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- Repensar el arte en la era de la saturación mediática: diálogo con Ai Weiwei / Mo Li
Esta conversación se inscribe en una indagación más amplia sobre el vínculo entre su obra fílmica y su práctica artística, abordando los retos y motivaciones que han definido su incursión en el cine documental. La conversación tuvo lugar en Londres, durante la inauguración de su exposición en la galería Lisson. En este intercambio, el artista reflexiona sobre los desafíos de crear en contextos de restricción, su experiencia en el cine documental y su concepción del acto de registrar la realidad. Su discurso, marcado por la franqueza y la espontaneidad, ofrece una visión íntima de su proceso creativo y su posicionamiento frente al arte y la sociedad. La entrevista se llevó a cabo en chino y ha sido traducida al español por la autora. ML: Además de ser artista, usted es director de documentales. ¿Cuál fue su motivación inicial para comenzar a filmar de manera independiente? AW: Nunca planeé hacer documentales ni tenía la intención de convertirme en director. Como artista, el acto de registrar y expresarse es algo natural; no es que un día decida “quiero hacer una película”. Aunque estudié en una escuela de cine, nunca me propuse ser cineasta. Sin embargo, a veces surge la necesidad de documentar. Por ejemplo, el terremoto de Sichuan en 2008: la magnitud del evento era tal que sentí que debía registrarlo. Filmar es algo sencillo para mí. No pensé en si se trataba de un “documental” o no. En mi estudio, las cámaras siempre estaban encendidas, y mis asistentes registraban lo que ocurría. Así, de manera orgánica, captamos imágenes que podían convertirse en una película. Dado el impacto del terremoto y el interés público en la tragedia de los estudiantes fallecidos, decidimos producir Disturbing the Peace (2009). Como director, no sigo el método tradicional de planificación previa con un objetivo claro. Simplemente registro. Y después de grabar, cualquier material puede montarse en una película, porque los hechos son el elemento principal. No se trata de mi interpretación o mi punto de vista, sino de documentar lo que ocurrió. Por eso, la mayoría de mis películas son observacionales, sin una narrativa impuesta por el director. ML: ¿Cuál ha sido el momento más difícil durante un rodaje? ¿Se ha enfrentado a obstáculos o restricciones? AW: Cuando se filma este tipo de material, los obstáculos son inevitables. Nadie quiere que registres la realidad cuando esta entra en conflicto con ciertos intereses. Pero esto no lo veo como una dificultad en sí. A veces detienen a nuestros colaboradores, nos confiscan el equipo o eliminan las grabaciones. Pero todo esto es parte del proceso. Lo realmente difícil es cuando, en un momento clave, no logramos registrar lo que ocurre. Si no capturamos una imagen esencial, si el equipo no está listo, si alguien duda en encender la cámara, entonces perdemos la oportunidad de documentar la verdad. Eso es lo más frustrante, más que cualquier impedimento externo. ML: ¿Cuántas personas suelen conformar su equipo de rodaje? ¿Cómo financia sus películas? AW: Depende. A veces es solo una persona con un teléfono móvil o una cámara básica; en otras ocasiones, podemos ser un equipo de decenas de personas. Todas mis películas han sido financiadas por mí mismo, salvo una: Human Flow (2017). En ese caso, hubo financiamiento externo, lo cual fue positivo porque la producción tuvo costos elevados. Pero en general, la financiación siempre ha corrido por mi cuenta. ML: ¿Has apoyado económicamente obras de otros cineastas? AW: Si, lo hice en su momento, cuando sentí que alguien lo necesitaba. Pero hoy no creo que esa sea la mejor manera de hacer las cosas. Cada persona debe encontrar su propio camino, y los desafíos también forman parte del proceso creativo. No pienso que alguien deba depender del apoyo de otros, ni que yo deba esperar financiación externa. No creo que ese sea el enfoque adecuado. ML: ¿Qué pasa con los cineastas que no tienen recursos para filmar? AW: Pues que no filmen. Pueden dedicarse a barrer calles, pintar casas o desmalezar jardines. ¿Por qué tendrían que hacer cine a toda costa? En realidad, al mundo no le hace falta otro cineasta más. ML: Algunos artistas buscan hacer cine y participar en festivales de cine. Al contrario, hay cineastas, como Li Yifan con We Were Smart (2019), que llevan sus películas a los museos. ¿Cómo se puede lograr esa transición entre disciplinas? AW: Primero, no creo que eso sea realmente una transición. Segundo, tanto los artistas como los cineastas aprovechan las oportunidades cuando se presentan. Tal vez un día te encuentras con alguien que valora tu trabajo y te da una oportunidad. Pero, ¿qué es eso del “mundo de arte”? No es más que un espacio donde alguien decide que cierta obra es valiosa o donde alguien ensalza a otra persona. La mayoría sigue la corriente, así que no hablaría de “éxito” en este contexto. ML: Muchos directores que conozco están pasando por una crisis de agotamiento. Probablemente porque autofinancian sus películas, han gastado todos sus recursos y no han recibido mucha atención. Se sienten perdidos. ¿Qué cree que deberían hacer? AW: Pues que sigan perdidos y agotados. Tal vez el mundo no necesita otra película. Si realmente hiciera falta, su película encontraría su público. Muchas de nuestras producciones han pasado desapercibidas. Simplemente las subimos a internet. Pero nunca nos hemos sentido agotados ni confundidos, porque filmamos cuando creemos que hay una razón para hacerlo, cuando algo nos motiva. Si le gusta a la gente o no, ¿qué importancia tiene? Ni siquiera nuestros propios padres tienen por qué aprobarlo. Me parece que muchos cineastas son demasiado sensibles y tienen expectativas demasiado altas. ML: Es difícil mantener el compromiso con un proyecto que no recibe reconocimiento. Hace falta mucha perseverancia. AW: Ese es su problema, no el de los demás. Si alguien decide aferrarse a algo, que lo haga. Si al final no consigue resultados, pues no los consigue. ML: ¿Cree que puede ser un problema de enfoque? Tal vez no han sabido encontrar un punto que capte la atención del público. AW: No necesariamente. Tratar de agradar al público es complicado. El mundo está en caos, hay una infinidad de temas y, al mismo tiempo, la gente está saturada o insensibilizada. Esperar que una película genere empatía en el espectador es una aspiración poco realista. Es algo muy difícil de lograr. Yo mismo no lo consigo. ML: Si se abstrajera del contexto social actual, ¿de qué manera le gustaría exhibir sus películas? AW: Para empezar, el cine ya está muerto. Creo que el cine como medio está obsoleto. Es como el tejido, el recorte de papel o el grabado: en su momento fueron populares, al igual que el teatro de sombras, pero ahora prácticamente nadie los ve ni les presta atención. Con tantas formas de entretenimiento disponibles, la manera en que la gente percibe y experimenta las cosas ha cambiado. Por supuesto, siempre habrá quienes sigan haciendo películas, al igual que hay artistas que siguen pintando. Pero en términos generales, el cine es un medio en estado de muerte. ¿Quién va a sentarse en un cine o dedicar varias horas en internet a ver una película? Hay cosas en la realidad que son tan impactantes que lo que vemos en los medios supera con creces cualquier intento de construir una perspectiva o una actitud a través de una narrativa lenta. A veces, el cine parece innecesario. Personalmente, creo que dar masajes es mejor que hacer películas. Me encantaría que alguien me diera un buen masaje, porque es algo realmente placentero. O cocinar, cuidar las plantas… ML: ¿Se refiere a generar experiencias de belleza y felicidad en la vida cotidiana? AW: Si uno mismo no experimenta belleza o felicidad, ¿cómo podría ofrecérsela a los demás? No es tan sencillo. ML: En China, el proceso creativo está sujeto a muchas restricciones. ¿Cómo es para usted trabajar fuera del país? AW: En China, si hablamos de “crear”, en realidad nunca hice tantas cosas como se cree. Existe la idea de que el arte está limitado por las restricciones, pero creo que eso no afecta realmente a la creación. No comparto la idea de que “donde hay libertad, hay arte”. Me parece que no funciona así. Piense en los bloques de Lego: solo tiene 40 colores disponibles, pero nadie mira una construcción de Lego y siente que le faltan colores. Más bien, se sorprenden y piensan: “¡Cuántos colores hay aquí!”. En realidad, cada obra de Lego rara vez usa más de 20 ML: ¿Diría que la restricción o la resistencia pueden ser motores para la creación? AW: No son motores, sino condiciones. No se puede decir que la restricción o la resistencia sean impulsos creativos. Tampoco pienso en términos como “restricción”, “resistencia” o “impulso”. Si uno hace algo, es porque le interesa, porque lo encuentra divertido o porque nadie lo ha hecho antes y parece algo valioso. Eso es todo. Claro, a veces surgen problemas porque lo que haces puede ser considerado políticamente sensible. Pero, ¿qué es lo peor que puede pasar? En el peor de los casos, simplemente te impiden hacerlo. ML: Pero podría perder su libertad, su libertad personal. AW: ¿Y acaso las personas realmente tienen libertad? ¿Cree que todo el mundo es libre? Hay quienes están en prisión y, aun así, son libres. Desde ahí han escrito grandes textos y han creado grandes obras. Mi padre se convirtió en poeta estando en la cárcel. Si no hubiera pasado por la prisión, nunca habría sido poeta; en realidad, él era pintor. Así que estos conceptos que solemos repetir sobre la libertad no siempre son ciertos, o incluso es posible que sean completamente erróneos. ML: ¿Por qué eligió el arte como medio de expresión? AW: Lo que hago ahora tiene mucho que ver con las circunstancias en las que crecí. En mi infancia, no había muchas opciones: o eras campesino o eras obrero. Yo no podía ser obrero ni tenía posibilidad de entrar al ejército por el historial de mi familia. Mi padre, por otro lado, tenía una relación con el arte, así que al menos era un mundo que me resultaba un poco familiar. Eso me daba una mínima ventaja sobre alguien que no supiera nada del tema. Pero, para ser sincero, nunca tuve un gran interés. Hasta que un día me di cuenta de que otras cosas me interesaban aún menos. No hice mi primera exposición artística hasta 2004. Para entonces, ya no sentía un gran entusiasmo. Pero poco a poco empecé a vender obras. Y, aunque no tuviera un interés profundo, había que ganarse la vida. Si podía vender algo, pues seguí haciéndolo. Hasta ahora, sigue siendo más o menos lo mismo. No es que tenga una gran pasión por esto, de verdad. No estoy fingiendo. Es como el burro que gira alrededor del molino: una vez que estás en marcha, sigues girando todos los días. ML: Pero trabaja con mucha disciplina y esfuerzo. AW: Lo haría igual con cualquier otra actividad. Por ejemplo, todas las mañanas escribo durante varias horas y organizo textos. Puede que no sea la tarea en la que mejor encaje, pero la encuentro más interesante. También hago muchas entrevistas. En una conversación, la gente plantea preguntas y uno responde, y eso es estimulante. Si alguien realmente tiene una pregunta, ¿por qué no responder con seriedad? He dado muchas entrevistas y cada una es un ejercicio de reflexión. Además, estoy preparando la publicación de algunos libros, incluyendo textos que escribí hace tiempo y aún no he publicado. También estoy organizando mis colecciones. Al final, uno necesita mantener la mente ocupada. Hay demasiadas cosas por hacer, y nunca hay suficiente tiempo. ML: ¿Cree que sus ideas han cambiado mucho con los años? AW: Durante mucho tiempo, no tuve ideas propias. Pasé por muchas experiencias, pero hasta los veinte y tantos años solo repetía lo que decían los demás. Tener una verdadera forma de pensamiento lleva tiempo. Se necesita un sistema de ideas para poder decir que uno realmente “piensa”. Hay personas que nunca llegan a desarrollar un pensamiento propio, pero sí pueden tener una actitud: saben lo que les gusta y lo que no. Eso ya es algo. En mi caso, tardé bastante. No fue hasta 2005 que realmente pude expresar mis ideas con claridad. Para entonces, ya tenía 47 años. Siempre tuve opiniones y actitudes, pero cuando empecé a usar internet, tuve que estructurar mis pensamientos sobre justicia, equidad y libertad de expresión. En los foros online debatía con otros, y el simple hecho de discutir me obligaba a construir un sistema de pensamiento. Fue entonces cuando mis ideas empezaron a tomar una forma más definida. ML: ¿Cuándo fue la última vez que regresó a China? AW: La última vez que volví fue en 2015. Salí del país y, a los pocos meses, regresé por un breve período. Desde entonces, no he vuelto. ML: ¿Ha pensado en regresar? AW: Siempre quiero volver. Aquí no me siento del todo cómodo, aunque desde fuera pueda parecer que me va bien. Pero tampoco me sentiría cómodo en China. Cuando me fui, fue porque ya no soportaba más estar allí. Al final, en ningún lugar me siento completamente en casa. ML: Si tuviera que elegir un lugar donde se sienta un poco más a gusto, ¿cuál sería? AW: Portugal. Hay sol, mar, buena comida, muchas frutas, tranquilidad, poco aire contaminado. Y por la noche, el cielo está lleno de estrellas. Es un buen lugar. Si ni siquiera ahí uno puede sentirse bien, entonces no hay ningún sitio en el mundo donde se pueda estar en paz. ML: ¿Cómo le gustaría ser recordado por la historia? AW: No creo que la historia me recuerde. No pienso en eso, porque la historia es algo que la gente escribe de manera caótica. A veces, de manera arbitraria, algunos quedan registrados en ella, pero ¿qué tiene eso que ver conmigo? Nada. Son solo los nombres que otros necesitan recordar. ¿Y qué significa “ser recordado”? Es como si una cuerda tuviera un nudo. Pero en realidad no es un nudo, sino un enredo imposible de deshacer. La historia es así: un ovillo de confusión que nadie puede desatar. Fuente : Li, M. (2025). Repensar el arte en la era de la saturación mediática:: Un diálogo con Ai Weiwei. Index, Revista De Arte contemporáneo, 10(19), 6–14. https://doi.org/10.26807/cav.v10i19.636 Ai Weiwei - "Guardian" - 2024 - Serigrafía de 2 colores con una capa base de brillo metálico, impresa en papel blanco radiante Somerset Tub Sized de 410 g/m² - 60 × 60 cm
- Repeticiones sobre la guerra, la sangre las exclusiones y los algoritmos (final) / Fundamentalismo Estético
4. Músculo, guerra on line Mientras tomo un café intentando rellenar la convocatoria número veintiséis del trimestre, presencio un encuentro que se dispone a ser emotivo. Ella espera a alguien. Él llega. Él, unos 32 años. Ella, la misma edad. Después de saludarse, tras varias temporadas sin verse, ella, sorprendida, dice: “¡Qué fuerte estás!”. Él, entre orgulloso y avergonzado, responde: "entreno todos los días, por eso la demora". Anoto esta línea en mi procesador de texto mientras sigo escuchando: ¿Cuánto se necesita para ser viril? Él, parece leer lo que acabo de escribir. Agrega a sus disculpas por haber llegado tarde: son dos pechugas de pollo al día con arroz, más un batido proteico. Por la tarde tres huevos crudos en un licuado de bananas y una barrita de 30 gr . Un rato después leo: El síntoma de la pérdida del cuerpo es su máxima exposición. Acentuar la fortaleza física, la potencia sexual vinculada al tamaño de los genitales y el hieratismo (Gómez Beltrán, 2019) son rasgos característicos de las masculinidades en las apps. El síntoma ante su pérdida es su re aparición. Cuerpos para la exhibición. El mandato de masculinidad hoy toma una dimensión imaginativa como nunca antes había sucedido. Si los feminismos denunciaban tiempo atrás la objetificación del cuerpo de la mujer, las masculinidades viriles contemporáneas celebran su propia objetificación. Luego observo como el muchacho, alterna el agua natural sin gas con un líquido pastoso contenido en un sachet como si fuera un suero. Mientras veo como lo aprieta desde la punta sobre su boca, me llaman la atención sus venas marcadas y dos brazaletes en la mano derecha: uno con los colores de la bandera de España y su escudo y, otro, negro con azul. Las venas pueden quedar expuestas en el cuerpo como líneas azules. La sangre azul, debido a su bajo nivel de oxígeno, era considerada noble. En 2014, como respuesta al movimiento Black Lives Matter , surgía el movimiento Blue Lives Matter . Personas que se reconocen entre ellas al usar pulseras negras con una pequeña línea azul que rodea el plástico desde el centro. La violencia, los abusos y la injusticia racial denunciados por los afroamericanos tiene su contraparte en otro movimiento que apoya a la policía y a las “fuerzas del orden”, dando soporte económico y financiero a los agentes y sus familias. En la retórica policial de Blue Lives Matter (esas líneas azules que consagran la violencia estatal) se glorifica la fuerza, la obediencia, la virilidad como fundamento de la nación. Cuerpos entrenados para la guerra. Entrenamiento militar. Fuerzas armadas erotizadas. Unos con videojuegos, otros en gimnasios. Y en muchos casos, con capacidades inversamente excluyentes entre unos y los otros. Músculos, proteínas, disciplina…aunque en la guerra ya no sea necesario el cuerpo a cuerpo, el mano a mano; el culto a una masculinidad solventada en la muscularidad se expande lenta y sostenidamente. Se aprende a matar a distancia. El mejor tirador contemporáneo fue el gran ganador del Counter-Strike hace 20 años. 5.Tiempo de Guerra Mientras camino escucho a Bifo (2025) anunciar que no hay futuro, me pregunto si acaso tampoco hay presente. Mientras el filósofo nos recuerda que se nos ordena vivir el “aquí y ahora”, con el flow , disfrutando ; me quito los auriculares. Llego a escuchar a una mujer con una chapa de una sandía atornillada a su camiseta refunfuñar por las imágenes que se alternan en el feed de su Instagram, una bomba le explota frente a las narices en la pantalla del celular entre un post y otro. Dice que eso la altera mucho, la sensibiliza y no puede seguir con sus cosas. Camino unas cuadras. Entro al cine. Compro una entrada para la próxima película a dar comienzo. Asiento en el pasillo a seis filas de la pantalla. Silencio absoluto. En los créditos iniciales, ya se anuncia que lo que viene no será entretenimiento, al menos no para mí. Luego, como si se tratara de un visionado de películas de solteros (que me recuerdan los inicios de la pornografía), una docena de hombres en uniforme, hipnotizados, observan el pequeño monitor de un ordenador. En la pantalla dentro de la pantalla, un videoclip. Allí, una mujer a punto de comenzar a dar una clase de aeróbics, con una coreografía sensual ochentosa. Su dedo en la tecla del play dará movimiento al primer sonido: Call On Me ( Eric Prydz, 2004), canción basada en la versión de Steve Winwood (1982). La música que siembra un presagio argumental que nos anticipa que algo de lo conocido se repetirá pero en un tono diferente, remixado, con nuevos sonidos, pero con el mismo efecto. Algo siniestro, sangriento, pegajoso: la guerra. El videoclip con su único estribillo: I'm the same boy I used to be , presagia que nada puede ser igual después de ser parte de un conflicto armado. Justicia poética por los cuerpos sexo-generizados y por la división de tareas; si la anatomía femenina se vuelve carne erótica que alimenta el ojo bélico antes de salir a la contienda, el cuerpo fálico de estos hombres, que se mueven abrazados a sus armas, se convertirá en un pedazo de carne. Masculinidad viril, desgarrada; armaduras impenetrables, agujereadas; memorias, traumatizadas. Del asiento ocho de la fila seis, todo recrea el ritual patriarcal que insiste a través de los siglos: la sangre de los hombres derramada se glorifica a través de la guerra. Las guerras se repiten una y otra vez: ésta será la versión Irak 2006. La película muestra en tiempo real la incursión de un grupo de militares dentro de una zona insurgente. Dirigida por Alex Garland (Ex Machina), quien nos regaló un homenaje al trabajo del periodismo en zonas de conflicto en la distópica Civil War (2024), y un ex marine Ray Mendoza, encargado de dotar de realismo y precisión extrema el conflicto. En esta dirección a dos manos, se encargan de recordarnos que en una guerra somos todos perdedores, hasta los mismos espectadores. El gran desacierto de los directores de War fare llega al final: los postcréditos se encargarán de borrar cualquier conmoción crítica que se haya podido elaborar durante la película para edulcorarlo todo. Olvidando a Sontag: “ La guerra no es un espectáculo” , aunque ¿hay, todavía, algo que se salve de él? El cine que presenciamos puede acercarse al de Kathryn Bigelow (Hurt Locker, Zero Dark Thirty) pero distanciándose de la intimidad de un personaje en particular, con actuaciones que son un ejemplo de macho sinergia. Lo que permite comprender la fuerza que nace en un momento , haciendo que el protagonista sea el estado de las cosas , de lo viviente. La caracterización de los personajes logra que entremos en el estado anfetamínico en el que se encuentran. Preparados para matar, transformando todo diálogo, toda palabra en mero código, coordenada, posición. Ya no hay lenguaje, solo geografía de muerte. El espacio familiar invadido en el medio de la noche por los uniformados al son de: Va a estar todo bien es una promesa y un adelanto del horror. La meticulosa fotografía (David J. Thompson) y composición de los espacios parece determinante para alterar el clima desolador exterior con la diáfana tranquilidad del espacio doméstico. Los elementos de la casa son retratados como perfectas naturalezas muertas . Cortinas rojas flamean dejando entrar los primeros rayos del sol: dan la claridad para entender que el velo que cubre cualquier conflicto bélico siempre será la sangre. La paleta de colores hace un arco exacto que se extiende del negro, verde y marrón, garantía de camuflaje; al gris, granate y color de las vísceras expuestas. Los planos generales funcionan como las pinturas analítico-descriptivas nacidas para cartografiar las guerras (Cándido López, 1865-1870) mientras que la organización narrativa cumple con la síntesis que Otto Dix captura en Der Krieg (1932). El polvo, que lo cubre todo, hace de recordatorio de a dónde vamos y de dónde venimos, un efecto visual que, acompañado de los estallidos de los efectos visuales y de sonido reversionan a Milestone (All Quiet on the Western Front, 1930) y los inicios de un cine que grita por la paz ¿estaré confundido? El efecto tautológico de una imagen dentro de otra funciona como denuncia a los infiernos bélicos presentados como entretenimiento y, a la desafectación de los espectadores como posible resultado. La pregnancia de imágenes aéreas e infrarrojas mudas, nos distancian del infierno. Desde el cielo la ciudad se compone de arterias y venas, puntitos blancos que avanzan como si fuesen glóbulos blancos listos para enfrentar al agente patógeno. El plano cenital, paradójicamente, puede recordarnos al interior del cuerpo al ser observado en la pantalla de un ecógrafo; estos dejan de ser un todo para, integrado con las imágenes en el campo de batalla , transformarse en un pedazo, un órgano, una extremidad. La guerra todo lo separa. Allí las ruinas. La boca se llena del polvo que envuelve la atmósfera. El aire ya no logra pasar por la garganta, es espeso. Las imágenes son imposibles de tragar. Ante el dolor extremo, alguien grita. No sabremos si ese sonido gutural sordo sale de la película o de entre los espectadores. Alguien pide morfina, otro, desde la cómoda butaca del cine, finge demencia. Ambas formas de anestesiar el dolor de lo innecesario. Bibliografía. Berardi, B. (2025). Entrevista gelatina Agosto de 2025. Lewis, S. (2025) Enemy Feminisms. TERF, Policewoman & Girlbosses Against Liberation . Haymarket Books. Lewis, S. (2023). Abolir la Familia . Traficantes de sueños. Gómez Beltrán, I (2019). Grindr y la masculinidad hegemónica: aproximación comparativa al rechazo de la femineidad en Revista de Estudios Sociológicos XXXVII [online]. 2019, vol.37, n.109 . Pp.39-68. Solnit, R. (2016). Los hombres me explican cosas. Capitán Swing Libros. Sontag, S. (2010). Ante el dolor de los demás . De Bolsillo. v. Nicolás Koralsky “Ofrenda a la muscumasculinidad” 2025 Composición digital sobre fotografía analógica.
- Adynata Octubre / VPS
Lenguas insurrectas, cuerpos castigados vivas y furiosas contra el patriarcado Sudor Marika (2017) Adynata insiste en encontrar textos que piensen y discutan los fascismos y todas las policías; las de género, raza, clase. Y la policía de la salud. Adynata se desafía en seguir escribiendo, aun cuando sintamos las palabras cansadas. Y sobretodo en este tiempo, en el que muchxs nos estamos sintiendo en una especie de loop temporo espacial. Muchas veces sentimos la necesidad (y el hartazgo) de volver a decir lo que ya dijimos, volver a pensar lo que ya pensamos, volver a escribir lo que ya escribimos. Volver a gritar lo que ya gritamos. Brotan indignaciones, furias, rabias. Brotan lágrimas. Las luchas saben de insistir y estar ahí toda vez que haga falta. Cada vez que hace falta. Esta vez, quizás, necesitemos insistir también en descentrarnos. Además de señalar el pacto de varones y denunciar que no se trata de las buenas o malas víctimas, tal vez nos haga falta cuidarnos de que centralidades blancas, progres, académicas y de clase media no acallen ni se apropien de eso que solo saben las travas, las putas, las pobres, las negras, lxs trans, las marronas, las discas. Adynata Octubre, como desde ya hace 5 años, se ofrece a estas discusiones contra las centralidades: las del patriarcado, las del capitalismo, las de los extractivismos, las de la normalidad, las de la clínica y las que sean. Y para soportar seguir escribiendo, por un momento quizás necesitemos hacernos de esa posibilidad que imagina Lou Andreas Salomé: " me lo imagino muy bonito, como si la gente se hubiera transformado en flores para poder entrar y, sin mostrar una apariencia humana, pueden así permanecer en vuestra estima con bello aroma. " Quizás así podamos pensar que los transfeminismos en su potencia múltiple, caótica y mutante se pretenden más cercanos de las selvas, los montes y los bosques antes que de las civilizaciones y todo aquello que traen. Y de lo que necesitamos partir. v. Nicolás Koralsky (2025) Serie Frágil
- Correspondencia Lou Andreas - Anna Freud* (V) “Di doman non c´e certezza” / Cynthia Eva Szewach
“Tales son los enigmas a los que damos el nombre de vida” Lou Andreas Salomé Lou, en ocasión del próximo cumpleaños de Freud, le escribe una carta fechada el 3 de mayo de 1924. Le cuenta que no puede contener su “parloteo”: “Usted debería saber verdaderamente todo lo que este año he dialogado silenciosamente en mi interior con usted, para comprender la imposibilidad de escribirlo”. Habla silenciosa que descubre la zona imposible de escribirse. En esa carta, con el afecto de siempre, se explaya en su malestar por los modos en que algunos psicoanalistas, en especial en los Congresos, citan bíblicamente a Freud sin habilitarse un margen de juego creativo. Hace una divisoria entre aquellos textos o ideas que pertenecen al psicoanálisis su carácter enigmático, misterioso, y las que se apartan hacia otros caminos y lo malogran. Freud, en su respuesta días después, sin embargo, está más concernido por el dolor de las operaciones recientes de su maxilar y por la inquietud acongojada por el porvenir: di doman non c´e certeza (Del mañana no hay certeza), escribe evocando un verso de “Canzona di Bacco”, de Lorenzo de Medici. En la carta del 18 de mayo que compartiremos, Lou le propone a Anna, una forma de escritura cercana, en una atmósfera íntima y en un lenguaje coloquial en la que dialoguen a la manera de mensajes conversados, como vividos en presencia. Lou, a su vez, tiene el don de transformar algunas quejas de Anna en imágenes creativas. Ambas mantienen una continua preocupación por el dolor ocasionado por las prótesis maxilares de Freud, las intervenciones quirúrgicas que soporta con un temple inigualable, la presencia indispensable del médico, en este tiempo el Dr. Pichler, quien se ocupó con dedicación, cuidado y registro minucioso de cada situación clínica. Intercambian entre ellas “dimes y diretes”, críticas sobre libros y se refieren a personajes del mundo del psicoanálisis. Hay algo esencial que se menciona en las cartas: el análisis de Anna con su padre. Sabemos, gracias a un rastreo de Daniel Braun, que en una carta anterior (15 mayo de 1924) también hace mención al análisis con su padre. Lo nombra como de una “proximidad extra-analítica''. “En el análisis con papá falta la tercera persona, le dice a Lou, igual la cosa marcha. ¿Marcha la cosa? O se trata de un disfraz de autoridad, como plantea Lou?” [1] Lou Andreas en esta carta a esa experiencia analítica, Anna la nombra en ocasiones como conversaciones nocturnas con su padre, la considera una forma de amor, pero que porta una carga extra, una autoridad paterna revestida del ropaje del análisis. No deja de ser, sin duda, un enigma y un asunto no carente de controversia. Otro de los temas intercambiados: Anna, con admiración, encuentra en el origen ruso de Lou, la posibilidad de cierto modo distinto de sentir el mundo. Lou, en una larga carta posterior, relata entre muchas cosas, su crítica a la forma de pensar en Occidente, la considera reducida, impostada, simplificada por momentos, mientras que en Rusia, para ella, se amplía el espíritu interior a partir de una sabiduría de vida forjada durante milenios. Piensa, con su decir emancipado de las convenciones, que son las mujeres quienes tienen la posibilidad de obrar un cambio, predicar, en contra dicha simplificación occidental. Lou tiene la sensación extraña de una persistente permanencia en la contemplación de sus recuerdos más arduos, por el contrario, mira con cierta indignación torva el futuro: “Tales son los enigmas (Rätsel)[2] a los que damos el nombre de vida”. Sentimos cómo el psicoanálisis se está gestando también en estas correspondencias. Lo personal, lo cotidiano, el amor, los cuerpos que padecen, las preguntas por los caminos del analista, las concepciones clínicas de cada una, el clima, los viajes, los ensueños, se entrelazan en la creación de una intimidad surgiente, año tras año, entre las dos mujeres. 18 de mayo de 1924, Göttingen Mi querida Anna, Dos grandes alegrías en este tiempo: la carta de tu padre —por la cual debes agradecerle con todo cariño— y hoy la tuya. No sé si terminaré de responder hoy mismo, pero la comienzo bajo la impresión de que así resulta lo más “sprecherichtesten” [3] acertadísimo, correctísimo en la palabra, como si fuera una conversación personal de hablar y responder. En cuanto a lo que me escribes del cumpleaños, que habrían estado más de sesenta personas y, sin embargo, sólo flores: me lo imagino muy bonito, como si la gente se hubiera transformado en flores para poder entrar y, sin mostrar una apariencia humana, pueden así permanecer en vuestra estima con bello aroma. El mejor regalo habrá sido que tu padre sienta por el momento menos molestias, pues esas molestias “normales”, las más inevitables de todas, deben finalmente irritar de manera colosal, como avispas que son imposibles de sacarse de encima. Él menciona que la prótesis ya no rinde ni lejos lo que en un principio prometía: pobre prótesis, que no puede acompañar lo que quizás las malditas cicatrices quizá logren durante mucho tiempo. (…) A menudo pienso en el análisis con tu padre: ¿cuándo hubo jamás algo semejante? Ya el simple hecho de que exista, es una obra maestra; él puede permitirse ese tierno y paternal don de severidad, la autoridad revestida (disfrazada) con el ropaje del análisis, que en cierto modo tiende a anularse a sí misma. Su beneficio no puede ser sino más amor hacia él, pero un amor por así decirlo, alado, que observa con superioridad, pero también aquella otra forma de amor que se siente más como una carga, que hunde sus raíces en los orígenes y con la cual siempre se lucha. ¿Existen realmente reuniones periódicas con analistas con orientación a la pedagogía? Debería permitirme escuchar —participar, naturalmente no. Es un tema que no tengo estudiado. También en el análisis se me impone, cada vez con más fuerza, el aspecto educativo en la “lucha en la resistencia”, me resulta infinitamente interesante cómo todo funciona en ese terreno: lo que en el analizante está hecho de valoraciones “éticas” o “morales” ya adquiridas o auto producidas. (…) Por lo demás ¿también vas por las mañanas al Pabellón psiquiátrico? ¡Eso es un montón! sobre todo siendo que tu propio análisis ocurre por la noche y difícilmente logres dormir enseguida. Te agradezco mucho por los libros: llegaron en buen estado. ¿Es necesario conocer “El libro del Ello” de Groddeck? Yo no lo tengo, ni lo he leído. ¿Y qué hay con el “Dios ajeno y propio” (¿o al revés?) de Reik? Varias veces lo he visto anunciado con elogios, pero eso no significa que nos aporte gran cosa al psicoanálisis; sus otros trabajos, sin embargo, son excelentes. Me irritó enormemente Kayserling. Me envió el séptimo cuaderno de “El camino hacia la perfección”, y allí me topé con observaciones tales como que Jung sería un pionero para toda la filosofía futura, además de que el mejor, el más fino, profundo y puro de los psicoanalistas sería nada menos que Hattingberg y que sólo a él deberían dirigirse quienes deseen ser psicoanalizados. Esto defiende Kayserling (…). Como único libro sobre psicoanálisis que “puede ponerse sin reparo alguno en manos de la mujer más pura” se presenta The Re-integrating of the Individual de Beatrice Hinkie; aparte de eso, “sólo los escritos posteriores de Jung no suscita escándalo…”. ¡Ah, qué estupidez citarte esto! Pero reviento de indignación al ver cómo esta cabeza significada por una vanidad sin límites pasa por alto cuán sublime no puede ser sino la reacción, frente a una “impureza” tan fuerte. También él estuvo en vuestra casa, después de haberse ocupado del psicoanálisis. Pero Romain Rolland habrá sido, sin duda, el más simpático (aunque, a decir verdad, tampoco logro digerir bien sus libros, pese a todo el respeto que me inspiran). Ahora escribes acerca de Eitingon; luego volveré sobre ello, pues esta carta debe partir ya, después de haber quedado día y medio en espera. Recuerdo el motivo real de nuestra discusión entonces: me decías que te parecía tan natural e ineludible seguir en todo a E., de manera casi involuntaria; y que algo de ello debía de hallarse incluso en el ideal masculino que formaste (junto a tu padre) a partir de H. Jones y E. Yo, en cambio, me sentí desconcertada por aquel librito de novelas de tu biblioteca que él te regaló [4]. No correspondía a la imagen del joven Eitingon que conocíamos de antes; mucho más, en cambio, correspondía al actual, en su ocultamiento de la muerte de su suegro. Y luego vinieron aún impresiones personales semejantes. Sólo que mi relación con él es distinta de la tuya: como él ha cambiado tanto (yo lo apreciaba mucho en aquel entonces), estoy en camino hacia él, aún no lo he reconocido, lucho contra él —quizás para luego sacudirlo. En cualquier caso, nuestra discusión es todo, menos teórica. También de eso se sustrae. Pero el punto decisivo requiere una exposición más extensa de la que cabe en este final de carta; es algo de gran importancia para mí. Ojalá que, en medio de todo el polvo, bochorno, penumbra y estrépito, con que caracterizamos el verano vienés, no tengas además catarro (de heno, alergia). Supongo que no lo mencionas porque el doctor Deutsch te lo curó. Sí, es una lástima que vuestro verano recién comience el 15 de julio, aunque es espléndido que puedan viajar lejos. ¿Adónde será? Mi querida Anna, te beso en la boca. Tu Lou 1 de junio 1924, Viena Mi querida Lou, Esta vez me tentó esperar hasta el domingo para escribirte, pues los días de semana estuvieron completamente abrumados por el sol implacable, acompañado del inevitable catarro ocasionado por la alergia y ocupados por la clínica psiquiátrica, los pacientes, un curso y mi análisis vespertino. Hoy, en cambio, celebro el domingo en calma, en la penumbra, detrás de la cual el sol debería molestar a otras personas, y así dejarme tranquila a mí. Papá se encuentra bastante bien. Pichler vuelve a ocuparse de la prótesis y, por lo pronto, ha logrado mejorar mucho la capacidad de comer. La próxima semana debería ocuparse de la capacidad de hablar. Sin embargo, en general me preocupa la larga interrupción del tratamiento con Pichler que, para papá, se ha vuelto indispensable. Si Pichler mismo no tuviera que ausentarse, preferiría de lejos que nos quedáramos enteramente en Viena. En cambio, los planes se extienden hasta algún lugar de Suiza, quizá Flims, en el Cantón de los Grisones. No puedo decir, de momento, que me alegro. Los dos libros por los que preguntas te los enviará la editorial en los próximos días. Papá piensa que ambos habrán de interesarte, por precaución, he pedido su opinión al respecto. El ensayo de Kayserling ya lo conocía cuando le hablé de éste a partir de tu carta, pero lo dejó bastante indiferente. El sábado pasado me visitaron por primera vez Aichhorn, Bernfeld y Hofer; conversamos de todo un poco, en especial acerca de los primeros análisis de la señora Klein en Berlín. Tal vez logremos reunirnos dos o tres veces más antes del verano. Lo que más me interesó es ver a Aichhorn y Bernfeld juntos y oírlos pronunciarse sobre las mismas cuestiones. Tienes razón en suponer que nuestras sesiones de análisis vespertinas tienen algo muy particular, justamente por la ausencia de la tercera persona, aquella que suele utilizarse en la transferencia y en la que normalmente se juegan y resuelven los conflictos. Pero aun así funciona, incluso con gran seriedad y profundidad, con avances más grandes y menos resistencias que en aquellos años atrás. Lo que ahora, por primera vez, experimento y comprendo en ello son justamente las cosas que también se relacionan con Eitingon y con lo nuevo en él, aquello mismo que mencionas en tu carta: la aceptación de la firmeza quizá que todos necesitamos (y de la que también Aichhorn carece) y la comprensión de aquello en lo que consiste la “excesiva bondad” de Eitingon, que en cierto punto acaba por anularse a sí misma (…). Anoche, por primera vez en más de un año, asistí de nuevo a una reunión social, una especie de fiesta vespertina en el jardín de los Bernfeld, allá en Lainz. Fue, sin embargo, bastante penoso y me aburrí terriblemente, hasta que hacia la una y media de la madrugada encontré a alguien dispuesto a acompañarme de regreso a casa. Con todo, me interesó ver a los demás y poder relacionarlo con todo lo que he oído en este último año, tanto en los relatos de mis pacientes como en la clínica, acerca del modo de vida actual en los diferentes estratos sociales. Pienso a menudo en lo que una vez me dijiste: que aquí, en los países occidentales, creemos demasiado en que no existe más que esta forma única de vida cotidiana, exterior, mezquina y pequeña, tal como la conocemos; mientras que ya en Rusia, y con mayor razón aún en Oriente, lo esencial, comienza detrás de lo que aquí constituye la realidad entera. ¿Lo recuerdas? Lástima no haber nacido como un monje errante indio. Me gustaría aún convertirme en algo semejante. Quizá te parezca que eso no constituye un gran éxito del análisis. Pero no es un pensamiento melancólico; al contrario, es muy gozoso. Además, todo este aprender y experimentar es en realidad algo muy hermoso, también parecido a lo que una vez conversamos: la paulatina plenitud de conceptos que hasta entonces se llevan consigo vacíos. Nos ha embargado la idea de que Rilke te llama a Suiza. ¿Y si nos encontráramos allí y pudiéramos quedarnos juntos? Suiza es pequeña y todo está cerca, y cada vez resulta más necesario que pronto te volvamos a ver. Te saludo y te beso de todo corazón. Tu Anna *La lectura y traducción de estas cartas fue realizada con Bettina Klunkert y Vanesa Haunold. [1] Daniel Braun, en su Seminario “Breve historia de la Contratransferencia” organizado por Otro Cauce(2025). [2] Rätsel puede ser traducido como enigma, misterio, adivinanza, acertijo. Elegimos por el contexto enigma. [3] Se trata de un neologismo de Lou, un superlativo compuesto entre sprechen (hablar) y richtig (correcto). [4] En el original no se entiende el título del libro dice sólo “…Sentimental". Vladimir Nemukhin Sobre 1988 Mixed media on paper 27 × 30 in | 68.6 × 76.2 cm
- Pasarse pueblos / gonzalo sanguinetti
Y he sentido de pronto que en ese momento era mi vínculo con un mundo vasto, vasto, de vidas secretas y sutiles, de vidas calladísimas, a veces duramente cubiertas, pétreamente cubiertas, y también de las otras cercanas de la suya manando —sin memoria, dicen— entre las sombras indiferentes y hostiles —ay, las sombras hostiles y opresoras y sangrientas somos siempre nosotros— hacia el sueño final ardiente todavía de otras vidas... Juan L. Ortiz Pasarse pueblos consiste en inventar pueblos que faltan un ir-hacia, una puesta en marcha , cuyo movimiento mismo inventa dónde llegar sublevaciones de imaginaciones nacidas de un dolor hecho común crean lugar para existencias desalojadas y despojadas de todo lugar La acusación de excedencia no apunta al haber terminado en pueblos indebidos o inapropiados , sino al haberlos inventado. Al gesto de deserción que abre estelas donde germinan jurisprudencias de otra imaginación, al tiempo que impugna al patriarcado-capitalista como único modo de habitar. Esos 3 pueblos infamados no pre-existen, quizás no existan todavía, señalan formas de apertura a zonas que hay por hacer-existir. Umbrales de pasaje por donde podrían pasar modos de habitar que esperan existir. Pasajes clandestinos de pueblos trafican horizontes de deseabilidad. Formulan promesas de habitabilidad de mundo. La recusación de estos pueblos habilita sospechar que algunas invenciones ya han comenzado, algunos pasajes ya han sucedido, ya han sido instaurados en lo posible. No porque sean, sino porque se ensueñan . Se le imputa a la confluencia sísmica que llamamos transfeminismos, haber ido demasiado lejos, pero no en lo existente, sino hacia lo que no existe y podría hacerse existir: Formas de vivir desafiliadas del deseo de infligir dolor, humillación y muerte. Se pretende condenar la demasía de una imaginación ética y estético-poética del vivir en común. Condenar la insolencia de imaginar otra cosa que devastación, fracaso, agotamiento y muerte de lo común. Decretar el agotamiento y muerte de lo común equivale a decretar el agotamiento y muerte de lo vivo. Modos de vivir colonialistas, patriarcales, capitalistas están hilvanados por la incapacidad para imaginar modos de vivir no sostenidos en la erradicación de otras formas de vivir. Colonialismos, patriarcados y capitalismos nombran efectuaciones de una imaginación del dar-muerte: realismos inconmovibles. Colonialismos, patriarcados y capitalismos componen modos de vida fundados en el gesto de hacer-temblar [i] mediante la fuerza, la brutalidad, la crueldad, el terror, para evitar darse-a-temblar . Darse-a-temblar supone pasibilidad ante lo existente, que la vida que vivimos sea susceptible de conmoción ante lo que acontece. Vida como estado de conmoción que solicita una recepción conmovida en otras vidas, para vivir. De allí, un insomnio: quizás donde no temblamos, cada vez que no temblamos, ejecutamos algún sacrificio. La impugnación de pueblos " demás ", de pueblos " que sobran ", de pueblos “ excedentes ” marca orientaciones hacia dónde ir: pasarse todos los pueblos que faltan, para hacerlos-existir, para dejarlos venir. Un pueblo no es sino una posibilidad de vida ahí donde el patriarcado capitalista dicta la muerte y hombres la ejecutan [i] Una idea que trabaja Mónica Cragnolini en “Caminar, temblar, demorarse. Aproximaciones para una política del temblor”. Publicado en “ Nombres” Revista de la Universidad Nacional de Córdoba. 2011. ISSN: 0328-1574. "Contenedor de feminismos" - Caramés, Anxela Nogueira, Carme Permui, Uqui - 2007- Pintura sobre madera, materiales documentales y cuatro vídeos monocanal. Proyecto de archivo móvil ideado para recoger la memoria de los feminismos en el espacio público
- No es cancelación, es el patriarcado estúpido / Verónica A. Cardozo
Le estuve dando vueltas al debate que se armó en torno a la entrevista de Pedro Rosemblat a Cordera. El enojo me impedía decir algo. Ahora que me bajó un poco la espuma, solo pensaba que estos días - largos ya -, después del cambio político que vivimos, estamos viendo un revival preocupante de discursos que intentan minimizar o acallar las demandas feministas. No está "de moda" hablar de patriarcado; es más, hasta resulta "cancelable". Se nos ha dicho que “nos pasamos de la raya”, “que nos pasamos tres pueblos”, por diestra pero también por siniestra. Esa frase ha sido expresada por una representante del progresismo peronista y plasmada en un capítulo de su libro. Es de la primera que lo escuché. Me indigné. Después se volvió moneda corriente de cualquiera que, años atrás, se sintió "cancelado", y entonces ahora, que encontró un argumento extraído justamente de una "feminista", no pierde ocasión para usarlo. Parece que hasta fuimos responsables de que haya ganado el peluca productivo (y no hablo de economía). No se trata solo de si alguien se disculpa o no, sino de que lo expresado en esa entrevista - por el entrevistado, pero también por el entrevistador al reconocer su pifie - revela más que nunca la persistencia de una cultura de la violación que todavía no se ha desmantelado. El tipo tiene, parece, capacidad de empatía… sí, con los peces. Con las mujeres… y bueno, ahí todavía no llegó. Pero el entrevistador tampoco, porque parece que a él, con la apología de la violación, no se le juegan cosas en el cuerpo que sí a sus compañeras (sic). Eso también se llama incapacidad de empatía avísenle a Pedrito, sobre todo si la emoción por ser fan de la banda parece que atraviesa más su cuerpo que cualquier indignación por los dichos. No se uds, pero esto último se parece mucho a lo que Segato ha definido tan bien, esa alianza entre varones que se sostiene en la complicidad y el respaldo mutuo, donde prima la validación entre ellos por encima de cualquier compromiso con las mujeres o con la justicia. Un pacto no dicho, pero efectivo, que refuerza el poder patriarcal y protege a quienes lo encarnan. Este es el problema, la entrevista lo protegió. Por otro lado, es mentiroso ese falso dilema de que si no lo entrevistas entonces lo acallás, y como dijo Pedro, así te estás posicionando a la derecha del código Penal que es a lo que él se niega. Claro que el derecho a la palabra lo tiene todo el mundo. Pero no: no entrevistar a alguien no es acallarlo. Es decidir no darle aire. Es una elección editorial, ética, política. No es censura, es posicionamiento. Quizás a eso podríamos llamarlo alianza con los feminismos, al final parece que no era tan verdad que eran "aliades". No, no es que nos hayamos “pasado tres pueblos”, es que estamos visibilizando algo que muchos prefieren ignorar. Y no, otra vez, no se trata de cancelar el diálogo, sino de exigir que ese diálogo se haga con responsabilidad y sin complicidad con discursos que perpetúan violencias. Así que no, no basta con una disculpa tibia por el modo de entrevistar, ni con decirnos “ya está bien”,- los hombres parece que siempre tienen la justa medida de cuánto podemos cuestionar, protestar, reclamar, indignarnos-. El hombre siempre considerándose la medida de todas las cosas. Bueno, no. Porque, mientras se siga intentando silenciar a quienes denunciamos esto, y se invite a reivindicarse y victimizarse a quienes han hecho apología de la violación, a los abusadores y a los nostálgicos del patriarcado, queda claro que la lucha feminista no ha sido un exceso: al contrario, nos quedamos cortas. No es cierto que ya entendieron, la cosa no terminó, no nos pasamos ningún pueblo. Lo que pasa es que los feminismos incomodan al machismo, interpelan, exigen. Y por eso mismo, más que nunca, nos urgen. Son, todavía, una necesidad. Nota: No es casual tampoco que este tipo de entrevistas se lleven a cabo en ese canal de streaming, que intenta hace rato mostrar que son "civilizados", que pueden hablar con Feinman, con Fantino cándidamente, que se mostraron hartamente cerca de Moreno y su Dios Patria y Familia. Y así, como quien no quiere la cosa, te pueden llevar un pelado, al que hay que darle la palabra porque las feminazis se pasaron tres pueblos y "con su cultura de la cancelación, nos piantan votos". Eso también, avísenle a Pedrito que ya está a la derecha hace rato. Elyse Pignolet Mujer Perro I (La revolución no será televisada) 2025 Tinta sumi sobre papel 38,1 × 27,9 cm
- Entrevista a Slavoj Žižek / Florence “Flo” Read
Flo: Quiero empezar deseándote un feliz Día de la Liberación . Hoy se cumple el momento en que Donald Trump impuso tarifas a casi todos los países del mundo. Excepto —¿lo viste?— Rusia y Corea del Norte. ¡Literalmente! Es increíble. Un optimista de izquierda podría decir que esto marca el fin de la era del libre comercio servil. ¿Sos de esos optimistas? ¿Te sentís liberado? Žižek: No. Para empezar, voy a hacer un chiste barato, pero realista: en tiempos como estos, ser optimista es un suicidio, porque estás condenado a la decepción permanente. En cambio, si sos pesimista, de vez en cuando sucede algo mínimo que te da cierta esperanza. De hecho, en esto coincido con mi amigo Yanis Varoufakis —aunque tenemos grandes desacuerdos—. Todo debe ser repensado cuando figuras como Trump, J. D. Vance, Elon Musk, al menos en Estados Unidos, llegan a ser quienes gobiernan. ¿Qué representan ellos? Ya no son figuras de autoridad tradicionales. Y por “tradicional” no hablo del siglo XVII, sino de apenas unas décadas atrás. Lo primero es que la obscenidad —incluso la de burlarse de sí mismos— forma parte de su imagen. Por eso encuentro problemático el trabajo de tantos comediantes progresistas como Jon Stewart: repiten los chistes regulares, hacen burla de Trump. Pero Trump ya es, de algún modo, una caricatura de sí mismo. Todo debe ser repensado, y lo digo sin ironía. Incluso en sintonía con una cierta sensibilidad feminista, que tiende a culpar al patriarcado, pero no en el sentido habitual. Me refiero a lo mejor de la teoría crítica. Ya en los años treinta, Adorno escribió un texto maravilloso en el que subrayaba que figuras como Hitler no funcionan como “padres” en sentido clásico. Operan de otra manera. Hoy se debate cómo entender ese funcionamiento. Una hipótesis freudiana interesante viene de Tótem y tabú , donde Freud elabora ese mito del Urvater , el padre primordial que… En el mito freudiano de Tótem y tabú , el padre primordial —ese Urvater — aterroriza a toda la familia, viola, tiene sexo con todas las mujeres. Los hijos se unen, lo matan, y el padre regresa como fantasma, como autoridad simbólica. Así nace el poder simbólico normal. Lacan dio otra interpretación: dijo que Freud se había equivocado. Primero aparece el padre simbólico. Y hoy, con figuras como Kim Jong-un, Trump, y otros, lo que vemos son versiones del padre primordial en toda su obscenidad. Ahora bien, ¿son siquiera figuras paternas, aunque sea en versión perversa? Pensaba en Elon Musk. ¿Sabés a qué me recordó? A Marx, en lo que creo que es su peor texto, La ideología alemana . Allí Marx imagina cómo sería el comunismo: por la mañana trabajás en el campo, por la tarde escribís un libro, por la noche hacés otra cosa… ¿No es así como funciona Musk? Dos horas planea cómo volar a Marte, luego pasa a Tesla, después a despedir a 5.000 empleados, y así sucesivamente. Es una locura absoluta: saltar de un lado a otro. Y lo mismo con su vida sexual. Lo último que leí es que tiene 13 o 14 hijos, cada uno con una mujer distinta. Y algo todavía más extraño: me contaron amigos en Los Ángeles que para sus hijas creó no solo un sistema de homeschooling , sino una escuela secundaria pequeña, privada, hecha solo para algunos de sus hijos. Allí se enseñaba lo que él quería: sin humanidades, sin música, sin lenguas extranjeras. Solo lo que él consideraba útil. ¿No hay en esto algo casi —lo digo de manera ingenua— comunista? Una falsa forma de libertad, en la que “ser libre” significa saltar de acá para allá, sin límite. Mi conclusión, para no perderme: ¿no es Musk el resultado inesperado del 68? Cuando soñábamos con escapar del lenguaje alienado, del trabajo rutinario, de la monotonía… ¿no hemos terminado con Musk como su caricatura final? Creo que la única manera de entender a estos nuevos políticos populistas de derecha es verlos como el resultado final del 68. El 68 fue un acontecimiento muy ambiguo. Es el mayor ejemplo de cómo el sistema logró apropiarse de lo que percibía como un movimiento subversivo. Había tres grandes consignas. Primero: contra las fábricas, para un trabajo más creativo. Segundo: liberación sexual. Tercero: contra las universidades alienadas, para un estudio más individual, más creativo. Y lo que tenemos hoy es una versión pervertida de todo eso. En lugar de ser un simple número más en la cadena de montaje de un auto, lo que tenés es trabajo precario. Y creo que eso es lo más horrible que podés imaginar. Porque es ingenioso: para mí, la empresa capitalista típica de hoy es algo como Uber. Dicen: “No tenemos nada que ver con el capitalismo, somos mediadores neutrales. Hay gente que ofrece un servicio —manejar un auto— y gente que lo necesita. Nosotros solo los conectamos”. Ideológicamente funciona tan bien porque te hacen sentir que no sos explotado, que en realidad sos un pequeño capitalista. Mirá al trabajador precario: si manejás para Uber o trabajás en tareas digitales, se supone que “tenés tus propios medios de producción”. Entonces, ¿cómo podrías ser víctima de explotación? Eso es cómo el sistema apropió la lección del 68 contra el trabajo alienado en fábricas. Luego, la educación. Lo vemos no solo en Estados Unidos, sino también en Inglaterra. Las humanidades, las facultades que supuestamente eran espacios de pensamiento crítico, son denunciadas como abstracciones desconectadas de la vida real. Le pasó a mi amigo Frank Kruger en Dundee, en Kingston aquí, y en tantos otros lugares. Y en cuanto a la sexualidad… ya lo sabemos: se prometió libertad, pero lo que tenemos es una sexualidad totalmente mercantilizada. Para terminar: yo estaba allí, soy lo bastante viejo. En el 68 tenía 17 o 18 años. No participé, pero lo observaba. Y ya entonces algo me incomodaba: ese aspecto ocultamente antifeminista del movimiento. La histeria era percibida como un vector: las histéricas provocaban, pero en el fondo lo que querían era un nuevo amo. En cambio, la perversión era celebrada como liberadora. Pero la gran lección —y aquí Freud es maravilloso— es que “en ningún lugar el inconsciente es más inaccesible que en la perversión”. Esto contradecía la idea popular: se pensaba que el perverso era el que sacaba a la luz toda la basura, lo asqueroso, lo reprimido. Pero no. Lacan retoma a Freud en este punto: toda estructura de poder encuentra su subsuelo obsceno, su sótano de perversiones. Toda estructura de poder necesita su subsuelo obsceno, sus perversos ocultos que hagan el trabajo sucio. La crítica de Lacan al 68 es muy interesante. Se opone a esa fórmula popular —si hablás un poco de francés la conocés— jouir sans entrave : gozar sin obstáculos. Mi primera asociación hoy es Elon Musk: pura “libertad sexual”, pero en realidad disociada, porque recurre a la fertilización in vitro. Lacan decía algo decisivo: “Ustedes, revolucionarios, quieren librarse del amo. Pero lo que van a conseguir es un nuevo amo, aún peor”. Y creo que Lacan estaba muy adelantado. No porque fuera un genio, sino porque tuvo suerte. Estos personajes —Musk, Trump— son los nuevos amos, y no habrían sido posibles sin la revolución del 68. ¿En qué sentido preciso? Lacan lo resumió de manera brillante: “Mi lección, lo que trato de enseñarles a ustedes, estudiantes que protestan, es que no pierdan el sentido de la vergüenza. No hay nada subversivo en perder el sentido de la vergüenza”. Y creo que hoy esto es fundamental. ¿Dónde veo la falta de vergüenza? No solo en ejemplos obvios, como lo que está haciendo Israel en Gaza. Y no digo con esto que Hamas sea inocente, la cosa es mucho más compleja. Los últimos datos muestran —seguilos en las noticias— que Israel financió a Hamas. Es un juego oscuro. Por eso mismo ahora arrestaron a un multimillonario amigo de Netanyahu. Pero dejemos eso de lado. Mi punto es: ¿dónde identifico la desvergüenza? Un ejemplo menor: el codirector palestino de No Other Land… ahora no recuerdo su nombre. Ese codirector palestino de No Other Land… ¿sabés qué es lo que me shockeó? No el hecho de que lo golpearan, torturaran, etc. No creo que Israel sea necesariamente peor que otros en esto; todos lo hacen. Lo que me impactó fue la escena grabada: colonos llegan, lo provocan, lo golpean, y luego la policía lo arresta. Alegan “razones médicas”, lo encadenan durante 20 horas y lo sueltan sin explicación. Estamos entrando cada vez más en una era de desvergüenza abierta. En los viejos tiempos, al menos existía la necesidad de fabricar una versión falsa, de cubrirse. Hoy, ni eso. Flo: Hablemos entonces de Trump, porque él mismo encarna esa desvergüenza. Vos decís que la gran mayoría de sus votantes son gente decente, personas comunes que, en su vida cotidiana, se comportan de manera racional. Es como si proyectaran su locura y su obscenidad en Trump. ¿Podés explicarlo? Žižek: Sí, pero de manera algo caótica, llamando la atención sobre otro episodio. Creo que no lo incluí en mi libro aún. Una o dos semanas después de las elecciones, pasó algo clave para entender la eficacia de Trump. Alexandria Ocasio-Cortez —y perdón por ser políticamente incorrecto, pero sí, es una mujer atractiva— descubrió, a través de informantes, que aunque había sido reelecta como congresista en su distrito (creo que en Brooklyn), muchos de sus votantes, en la elección presidencial, habían votado por Trump. Ella los contactó: les escribió, les preguntó “¿Por qué hicieron eso?”. Y la respuesta fue para mí fascinante: “ Porque vos, de algún modo, tenés algo en común con Trump ”. Mirá a Kamala Harris: estaba tan entrenada por expertos que al final no decía absolutamente nada. Recuerdo que, días antes de la elección, le preguntaron qué opinaba sobre Gaza. Y se le notaba el cálculo, el miedo: no quería decir nada demasiado contra Israel ni demasiado a favor de los palestinos. Al final, solo salió con una platitud: “ Esto es horrible, hay gente muriendo, debería terminar ”. En cambio, la gente percibía a Trump y a Ocasio-Cortez —aunque sea una autenticidad extraña— como figuras que hablaban sin estar completamente domesticadas por asesores. Eso generaba una impresión de apertura genuina. Pero esto tiene consecuencias trágicas. Una amiga estadounidense me mandó un análisis: ¿por qué Trump no solo no pierde votos cuando lo descubren mintiendo, sino que incluso gana nuevos votantes? La respuesta, aunque triste, es simple: para ellos, sus errores y mentiras demuestran que “Trump es como nosotros, alguien no del todo entrenado”. La percepción de autenticidad en Trump tiene consecuencias trágicas. Como dije, una amiga estadounidense analizó por qué, cuando Trump miente, no solo no pierde votos, sino que incluso gana más. La respuesta es desoladora: para sus seguidores, esos errores significan “ Trump es como nosotros, alguien no totalmente entrenado ”. Eso, para ellos, es autenticidad. Lo encuentro muy triste, pero quiero provocarte un poco. Suena obsceno decirlo respecto a Trump, pero no estoy dispuesto a condenar de plano su estilo dictatorial de “al diablo con el Congreso, tengo mayoría, decido yo”. Creo que hoy algo así debería hacerse. La cuestión es: ¿qué hacés con ese poder? Algunos amigos que piensan como yo me recordaron un ejemplo mayor: Franklin Delano Roosevelt. Tal vez el mayor momento de la política estadounidense del siglo XX. FDR trabajó así: no le importaba demasiado la forma. Incluso en las elecciones del 40 o del 44, ya prácticamente ignoraba la campaña, no aparecía, no hacía recorridas. Y, sin embargo, ejercía un poder efectivo. Por eso, una de las opciones que me tienta seriamente —y sé que esto es polémico— no es decir “necesitamos más democracia auténtica”, sino tal vez un dictador blando . Por “blando” no me refiero a alguien que mata gente, sino a alguien que gobierna con eficacia, pero con una agenda progresista. Para provocarte hasta el final: esto sí está en mi libro. Conocés esa frase atribuida a Lincoln, que en realidad no era suya: “ Podés engañar a algunas personas todo el tiempo, a todas las personas alguna vez, pero no a todas todo el tiempo ”. Bueno, yo creo que quizá sí se pueda engañar a todos todo el tiempo. ¿Por qué? Porque estamos demasiado corrompidos. No en el sentido del dinero, sino en el nivel ideológico cotidiano. Y en ese contexto, necesitamos una figura de amo que nos despierte, que nos sacuda. En esto discrepo con mi amigo Yanis Varoufakis. Él sigue soñando con que habrá un momento en que la gente despierte. Yo le pregunto: ¿y si ese momento nunca llega? Flo: Vos decís que el 6 de enero, el asalto al Capitolio, no fue un golpe sino un carnaval. ¿Es parte de ese caos emergente, productivo, de alguna manera? Žižek: Sí. ¿Y sabés por qué? Lo he dicho antes —y me incomoda que la gente lea tanto mis cosas, porque después ya no puedo sorprenderlos—. Muchos amigos míos de izquierda estaban llorando. Me decían: “¡¿Qué está pasando?! Esto es el sueño último de la izquierda: un grupo de personas penetra y ocupa la sede del poder, el Congreso. Y fueron los derechistas quienes lo hicieron. Hasta la revolución nos la arrebataron”. Pero estaba claro que se trataba, como vos decís, de una revolución-carnaval. Y esto debería hacernos revisar cómo, cada vez que una estructura de poder conservadora entró en crisis, se usó esa estrategia. Por ejemplo, yo tenía un año entonces, así que no lo viví, pero lo leí en libros: cuando derrocaron a Mosaddeq en Irán, a comienzos de los cincuenta, ¿cómo lo hicieron? No fue militar. Contrataron artistas de circo, payasos. Fue un espectáculo público, un carnaval. La lección para mí, otra vez, es desvergonzada: no deberíamos tener miedo de dirigirnos a nuestros votantes como gente “normal, decente”. Tenemos que dejar de lado esas obscenidades. Yo estuve en el 68 y después. Pensábamos que los de arriba eran dignos, solemnes. Y que usar la palabra con F o hacer gestos obscenos era subversivo. No. Los derechistas nos quitaron eso también.¿Mi modelo? Siempre lo digo: compará a Trump y Bernie Sanders. Olvidemos la ideología de Trump. Mirá cómo actúa: es un comediante obsceno, un histrión. Cambia de posición todo el tiempo. Es el ejemplo viviente de la “muerte de la verdad”: actúa como un payaso. Por eso titulé mi texto sobre aquel infame debate —cuando Trump y Vance atacaron a Zelensky— con palabras del propio Trump: básicamente, “Trump agarró a Zelensky por la pussy”. Lo dije parafraseando su propio lenguaje. Ese es el gran contraste, el gran cinismo: detrás de toda su retórica de “proteger a la familia, la cordura, el retorno a la normalidad”, Trump no es más que un pervertido sucio. En cambio, lo que me gusta de Bernie Sanders, como persona, es que pese a su agenda radical, es un tipo decente. Lo crucé una vez en la calle, en Vermont, creo que en Burlington. Caminaba tranquilo, modesto, parecía casi un conservador. Un hombre normal. Creo que ya es hora de afirmarlo sin miedo: no son los derechistas quienes representan la mayoría moral, la decencia, la vergüenza. Podemos y debemos reclamar también ese lugar. Flo: ¿La perversión se ha infiltrado en la izquierda, creés? Žižek: No tanto en lo que hacen hoy la izquierda o la derecha mayoritaria. En grupos marginales, sí. Pero, ¿qué es la izquierda hoy? Mi chiste de siempre —seguro ya lo escuchaste— es que, si mirás al Reino Unido, lo que hay es un gran partido de derecha moderada, al que llaman Labour Party . Y después hay una derecha más loca, que hace lo que antes uno hubiera esperado de la izquierda. Otra perversión es que, si querés a la derecha loca en el poder, te aparecen negros, indios, mujeres negras, etc. Si querés a la derecha moderada, entonces te toca con hombres blancos, por supuesto. Y no lo digo solo como broma; hay algo serio en juego. Lo que quiero decir es que probablemente mi próximo texto se titule: “ Ruego que Trump sobreviva un par de años más ”. ¿Por qué? Porque me da más miedo que muera y que lo reemplace Vance. Hannah Arendt escribió un texto maravilloso a fines de los treinta sobre la brecha entre las SA —los nazis brutales, de las calles, que golpeaban gente— y las SS, que eran consideradas “eficientes”. Creo que Trump es más del estilo SA: vulgar, brutal. En cambio, Vance… es otra cosa. Si alguna vez dudé de que alguien del entorno de Trump pudiera no ser humano sino un robot o un alienígena, ese alguien sería Vance. ¿Recordás el discurso de Zelensky? Con Trump había, aunque sea, un placer vulgar en humillarlo. Con Vance, en cambio, lo que asusta es la frialdad absoluta. Él es un robot. Flo: ¿Creés que Dios salvó a Trump en el intento de asesinato? Žižek: No. Pero hubo algo bueno en todo eso. Yo temía que esa famosa imagen —Trump levantando la bandera estadounidense, gritando “ Fight, fight, fight ”— significara que el juego estaba terminado. Pero en realidad no fue así. Creo que los demócratas cometieron errores, pero lo que me dio un poco de esperanza fue otra cosa. Estuve hace poco en Estados Unidos y pregunté a mis amigos. Trump esperaba que esa foto se convirtiera en la gran imagen que lo definiera. Pero no ocurrió. La gran imagen sigue siendo otra: la correcta, para mí. ¿Recordás la inauguración de Biden? ¿Quién se robó la escena? Bernie Sanders, sentado solo con sus guantes de lana. Esa imagen dio la vuelta al mundo. Y es increíble, porque ni siquiera la gente era consciente: Bernie sentado ahí, solo, significaba que todos sentíamos de algún modo que el espectáculo de la inauguración de Biden era falso. ¿Falso en qué sentido? Permitíme mencionar a Hegel. Hegel tiene una teoría brillante: algo se vuelve necesario solo a través de la repetición. Primero lo ves como una contingencia. Da dos ejemplos. El primero: Julio César. Los senadores —Bruto y compañía— que lo asesinaron pensaban: “Esto es solo una desviación, vamos a restaurar la vieja república”. No. Lo que hizo Augusto fue transformar a César en un título. Eso marcó que había una necesidad histórica. El otro ejemplo: Napoleón. Cuando perdió la primera vez, pensó que había cometido errores tácticos. Tuvo que perder dos veces para que quedara claro el fin. Lo mismo pasó con los demócratas. Cuando Trump ganó la primera vez, recuerdo que Joschka Fischer —el ministro verde de exteriores en Alemania hace 10 o 15 años— dijo: “ Esto es una anormalidad, como si Trump hubiera caído de la luna ”. No. Trump —con todos sus horrores— es un síntoma, un efecto del fracaso del Estado democrático liberal de bienestar. Y aquí soy pesimista: el tiempo de la negación terminó. El error de los demócratas fue que hasta el final trataron a Trump solo como una abominación. Soy alérgico a esa postura: “nuestra única esperanza es algo distinto”. Ahora voy a ser un poco malvado. Trump solía burlarse de “Sleepy Joe”, Biden. Pero, ¿notaron que él mismo se está volviendo lentamente un “Sleepy Trump”? Ya no tiene gracia. Hace ocho años era más divertido, incluso en sus ataques crueles contra Elizabeth Warren. Había, al menos, un mínimo de ingenio. Hoy es pura vulgaridad, se pierde, se confunde. Pero —y acá Yanis Varoufakis me convenció— no hay que subestimarlo. Muchos izquierdistas piensan que su modo de actuar es caótico. No. Ese caos está planificado. Es su estrategia estándar: anuncia algo con pompa, desata el caos, y luego usa ese caos para negociar, para realinear fuerzas. He escuchado rumores bastante serios —y no es chisme barato— de que incluso cuando la gente dice “esto puede provocar protestas masivas”, lo que hay que preguntarse es: ¿y si eso es lo que Trump quiere? Porque ya lo dijo: si hay disturbios, puede suspender elecciones, usar la Guardia Nacional, reforzar su poder. No lo subestimen. No crean que en un año o dos todo colapsará. ¿Y si no colapsa? Les doy una mala noticia desde Argentina: muchos de mis amigos allá me decían que Milei era un payaso, que se acabaría rápido. Pues no: la economía se está levantando un poco, y su popularidad hoy es incluso mayor que cuando fue electo. Así que repito: no subestimen la fuerza de atracción de Trump. Él aprendió a usar la mentira misma como instrumento para afirmarse como auténtico. Yo recurro aquí a Lacan. Está esa diferencia entre el sujeto del enunciado (el contenido, lo que decís) y el sujeto de la enunciación (la posición subjetiva que implica lo que decís). Ejemplo clásico: la paradoja del mentiroso. Si digo “todo lo que digo es mentira”, es una contradicción. ¿Es mentira esa frase misma? Si lo es, entonces lo que digo no es mentira. Lacan lo resolvía de otro modo: puede haber verdad en esa contradicción. Supongamos que estás en una crisis vital, desesperado, y decís: “Toda mi vida fue una mentira”. No es contradictorio; puede ser la expresión auténtica de tu desesperación. Lo inverso también funciona: podés mentir bajo la apariencia de la verdad. Tanto la izquierda como la derecha hacen esto. Podés decir frases verdaderas como enunciados particulares, pero dichas de una forma que sirven a una gran mentira general. Por eso no es tan simple como reírse de aquella portavoz de Trump que hablaba de “hechos alternativos ”. Ella lo dijo de manera estúpida. Pero la categoría existe: hay “hechos alternativos”. Aclaremos: no hablo en el sentido de decir “el Holocausto ocurrió o tal vez no, es todo un constructo discursivo”. No. Lo que digo es que la realidad es un gran caos, y cuando seleccionás una línea para leerla, siempre es parcial. Aquí sigo siendo un marxista tradicional: si querés llegar a la verdad, no es cuestión de neutralidad, de colocarte por encima. La verdad se alcanza desde una posición sesgada, por ejemplo, la de la víctima. Mi ejemplo eterno: imaginemos que estamos en Alemania, 1936 o 1937, antes de la Kristallnacht. Estoy debatiendo con un nazi acérrimo sobre el papel de los judíos. Y puedo imaginarme a ese nazi dando un relato coherente: mis amigos judíos lo confirmaron, era verdad que el 60 o 70% de los abogados en Berlín eran judíos, que la mayoría de los críticos de arte lo eran, que buena parte de los banqueros también. Ese es el punto: si aceptás debatir con un nazi en el nivel de los “hechos”, el resultado siempre quedará en un término medio. El nazi dirá: “Bueno, quizá no son tan malos como pensaba, pero igualmente dominan demasiado”. No. La verdadera pregunta es otra: ¿por qué el sujeto nazi necesita la figura del judío para sostener su identidad? Porque si quitás al judío, todo el edificio nazi se derrumba. Es obvio. La explicación estándar es que los nazis querían volver a una sociedad sin antagonismos. Su visión era una especie de capitalismo feudal corporativo: un capital dinámico, pero dentro de un Estado armónico. Entonces, para explicar por qué surgen antagonismos, necesitaban una figura externa que “introdujera” disenso. Ese papel lo ocupó el judío. La cuestión verdadera es: ¿por qué están tan fijados en él? ¿Por qué lo necesitan para afirmar su propia identidad política? De ahí surge mi idea. Algunos quizás conozcan el pasaje de Lacan al que me refiero. Habla de un marido patológicamente celoso, convencido de que su esposa lo engaña. Lacan dice algo maravilloso: incluso si todos sus celos son ciertos, su celotipia sigue siendo patológica. ¿Por qué? Porque no se trata de si la esposa se acuesta o no con otros hombres. La cuestión es: ¿por qué él necesita el dispositivo de los celos para sostener su subjetividad? Sin esos celos, colapsaría. Estamos atrapados en esta paradoja. Y ahora concluyo, este será mi próximo libro. Sí, ya tengo uno nuevo en camino. Flo: ¡Estás sacando libros sin parar! Žižek: Esto es un suicidio. En esto soy demasiado trumpista. ¿Sabés por qué? Trump cometió un gran error —todos lo saben— antes de ser presidente: invirtió demasiado en Atlantic City, comprando todos los casinos. Al final terminó compitiendo consigo mismo. Bueno, yo tengo demasiados libros. El antagonismo fundamental que veo es este: por un lado, ¿recordás su discurso inaugural? El lema central era “ sanity, common sense ”. Decía: “Basta de locura LGBT, volvamos al sentido común. La gente normal sabe que hay hombres y mujeres, etc.”. Pero al mismo tiempo, mirá lo que hacen los trumpistas. Mi modelo aquí son tipos como Elon Musk y otros teóricos que hablan del concepto de “ Estado digital ”. La idea es: el mundo está tan corrompido que hay que limpiar un territorio y construir desde cero una nueva sociedad a través de algoritmos, expertos, tecnología. La mentira de Trump es que dice hablar en nombre de la gente común contra los intelectuales y su corrupción. Pero lo que en realidad propone es aterrador: una refundación digital desde cero. La era del sentido común ya pasó. Los problemas actuales —como la crisis ecológica— nos obligan a abandonar nuestra noción espontánea de “naturaleza”. Incluso en Marx la encontrás: la idea de que los humanos podemos dañar cosas, pero que existe una naturaleza infinita, armónica, que siempre se regenera y que, a largo plazo, ganará. Ya no creo eso. Sí, acepto la noción de Antropoceno, pero en un doble sentido: no solo hemos perturbado la autorreproducción de la naturaleza (si algo así existía), sino que quizás la naturaleza nunca fue “natural”. Siempre pongo el mismo ejemplo: ¿cuáles son nuestras grandes fuentes de energía? Carbón y petróleo. ¿Podés imaginar las catástrofes que debieron ocurrir en la Tierra antes de que existiera la humanidad para que se formaran esas reservas? De ahí mi línea estándar: si la naturaleza es nuestra madre, entonces es una madre perra y sucia. No podemos confiar en esa supuesta sabiduría eterna de que “la naturaleza siempre está ahí y volverá”. No. Un verdadero ecólogo materialista tiene que empezar desde otro punto: en la naturaleza misma hay amenaza, caos. No hay un fondo amable, un escenario al que podamos regresar. Básicamente, no tenemos adónde volver. Entonces, vuelvo al punto: ¿no es este el verdadero “comienzo desde cero”? Esto es lo que Trump intentó practicar en Gaza. Ese era su sueño. No era tanto una postura anti-palestina. Su sueño era: “ finalmente tenemos la oportunidad de limpiar un territorio, destruirlo todo por completo y construir desde cero una nueva sociedad ahí ”. ¿Y cuál es mi punto? Que, en ese sentido, Trump encarna una idea que solemos asociar con los estalinistas más duros: la de crear un “hombre nuevo”. Él, literalmente, quiere hacerlo. Ahí está su contradicción. Por un lado, se presenta como la voz de la gente común contra expertos y corporaciones: “yo hablo por ustedes”. Por otro lado, desencadena la más radical desnaturalización: la idea de borrar todo y rehacerlo desde cero. Y creo que esa es la verdadera catástrofe. Trump niega la ecología. Para él, es un pseudoproblema inventado por izquierdistas. Todos los problemas los despacha así, con un gesto de la mano. Y eso me da miedo. Por eso, para concluir con una mega provocación: cuando me preguntan “¿por qué sos comunista?”, no es por un análisis marxista profundo. Es mucho más simple. Si miramos en serio los problemas que enfrentamos hoy —ecología, inteligencia artificial, conflictos sociales—, ¿no es absolutamente obvio que solo podremos enfrentarlos mediante algún tipo de cooperación y organización global? Esa es mi única razón. Por eso todavía digo que me gusta cómo funcionó la pandemia del COVID. No solo porque fue un tiempo dorado para mí —lo amé—. ¿Podés imaginar algo mejor que no tener que ver amigos? Incluso fingía que Zoom era demasiado complicado para mí. Flo: Sí, recuerdo que la última vez que hicimos una entrevista intentaste zafar con esa excusa. (Fin de la primera parte) Traducción v. Nicolás Koralsky, abril 2025. Funete: UnHerd, accesible en: https://www.youtube.com/watch?v=1CS7EoRMhfs William Coupon - Donald Trump Businessman - 1985 - Impresión - 61 x 61 cm
- La psicóloga apurada / Verónica Scardamaglia
Como tantas otras tardes durante casi un año, tímidamente Liam se asomaba por el vidrio de la puerta del Departamento de Orientación Escolar, esta vez, con un sobre de papel madera en mano. Como tantas otras tardes, el movimiento del recreo habitaba aquel espacio “que es la escuela pero no parece la escuela” como definió un estudiante observador, que también advirtió: ”acá, para entrar, los grandes piden permisos pero los chicos no”. En medio de aquel bullicio Liam, suave y decidido, susurró al entregarme el sobre: “cuando puedas leelo y llamame” y se escabulló ágilmente entre otrxs estudiantes que buscaban calentar el agua para el mate, mientras un preceptor avisaba que había llegado la mamá de Jonás, y Mavy entraba casi empujada por Rodo porque quería hacerme una consulta al mismo tiempo que Rodo me pedía ayuda para responder un descargo ante una sanción por un chiste que hizo y que la profe de biología tomó como personal. Y así, como tantas otras tardes, aquel batifondo contrastaba con los silencios impuestos de las horas de clase. Ese barullo en movimiento, para algunxs desordenado, habilitaba un entrar y salir guiado por las necesidades y las ganas y desempolvado de aquellas constricciones a las que la obediencia performatea. Pasado aquel vendaval llamado recreo, una notita en cursiva de birome azul asomó desde el sobre pidiendo una opinión sobre el informe. Pasear los ojos por aquellas páginas membretadas y con faltas de ortografía, significó un viaje hacia esa crueldad aficionada llamada evaluación diagnóstica que veía en Liam "un TEA con recomendación de tratamiento cognitivo conductual, neurológico y psicoeducativo." Afición profesional que entrecomillaba insidiosamente algunas expresiones “es selectivo con sus amigos SIC”. Así juzgaba a quien estaba eligiendo cómo nombrarse, cómo vivir, cómo relacionarse con sus compañerxs de clase. "Categorías limitantes", como brillantemente Liam había observado días atrás mientras describía los tests que le estaban administrando debido a unas convulsiones que había sufrido. Al referirse a los test también advirtió que la psicóloga que lo evaluó estaba apurada. Que no se detenía a escucharlo. A él, que habla suavecito, que es tan alto, delicado y fuerte como un junco. A él, que sabe observar y cree que su sonrisa arrugada escondida bajo esos rulos negros, puede pasar desapercibida. A él, que ruborizado, una vez me dio la razón cuando descubrí que hablaba bajito porque le gustaba que se le acerquen. A él, que se deja ante abrazos atolondrados entre las idas y venidas del Departamento de Orientación Escolar. Esa psicóloga apurada también quiso obligarlo a que le cuente de un episodio muy doloroso de su vida “y a mí no me gusta hablar de eso, porque lloro. De eso hablo con mi psicóloga y con mi mamá. A ella no quería contarle, y me insistía e incomodaba mucho”. Esa psicóloga con escritura confusa, daba a entender que Liam no veía al padre después de una discusión, “lo veía cada tanto y para mí era una relación muy falsa, entonces le dije que así no me gustaba porque era muy incómodo y no nos vimos más, pero no discutimos”. Esa psicóloga apurada, nunca se va a enterar que esta crueldad aficionada que intenta mutar una fobia social hacia un TEA, se transformó en una puerta abierta a una madre que pide otra opinión profesional. Nunca se va a enterar que Liam se preocupa por sus compañerxs, especialmente por aquellxs tan rarxs como él. Por Matu, que le ha contado sobre algunas ideas suicidas y a quién trata de ayudar contándole que a él le ha pasado lo mismo alguna vez. No se va a enterar que ayuda a María, la nueva de 5to 3ra, porque ella duda si le gustan los chicos o las chicas. Como él, que en medio de esas dudas el año pasado pidió que ya no lo llamáramos Augusto porque prefería que lo nombráramos Liam, porque algunas cosas estaban cambiando. No se va a enterar que Liam pasó de no salir del aula en toda la tarde a hacer carteles tirado en el piso entremedio de muchxs compañerxs para el armado de un acto. No se va a enterar que a Liam le preocupa que los chicos “más normales” de su curso hayan hecho llorar a la profesora de geografía. El diagnóstico nunca se va a enterar que Liam late desde una sensibilidad que, con 17 años de estar en una vida con muchos profesionales, consultorios, tratamientos y pastillas, descree y ya sabe que "el diagnóstico es limitante". Margot Glass Sobre de seguridad 2016 Punta de plata sobre tabla preparada 4 × 25,4 cm
- Nunca quise ser normal / Nan Goldin
‘The Ballad of Sexual Dependency‘ ha marcado mi vida, es el trabajo que sostiene mi nombre y del que la gente está deseando oírme hablar. Empecé a trabajar en él a principios de los 80 y vio la luz en forma de proyección de diapositivas. El pase de diapositivas existió mucho antes que el libro y continúa existiendo, solo que en 2008 lo reinterpreté y volví a editarlo, hice una nueva versión para el MOMA y otra para un coleccionista privado. La proyección dura ahora 48 minutos y va acompañada de unas 30 canciones diferentes. Las letras de las canciones hacen las veces de relato de la película. Para mí, las fotos impresas son tan importantes como las dispositivas. Creo que los libros son el gran soporte de la fotografía, es la única expresión artística que funciona de verdad en formato libro. También creo que las fotografías, cuando se muestran en cantidad, tienen un efecto muy similar al del libro. En 1985, Aperture contactó conmigo y me propuso convertir las diapositivas en un libro. Fue un proceso largo y difícil que nos llevó unos seis meses. Entre tres personas lo redujimos a la lo que es ahora. La introducción del libro es especialmente importante, son tres o cuatro páginas que explican el significado de mi obra. Con mi trabajo suele darse un malentendido. Se suele pensar que trata sobre gente marginal y nosotros nunca fuimos marginales, nosotros éramos el mundo, no nos importaba lo que la gente convencional pensaba de nosotros, no teníamos tiempo para ellos, no aparecían en nuestro radar, así que no estábamos marginados de nada. Mis amigos eran glamurosos y eran hermosos, nunca me sentí una marginada. No queríamos ser como el resto de personas. Formábamos una tribu. Todos dicen que fotografié a personas marginadas, vale, pero marginadas… ¿de quién? (…) Estoy orgullosa de haber sido rara toda mi vida, nunca quise ser normal. Para mí la esencia de ‘The Ballad of Sexual Dependency’ es esa la lucha entre la intimidad y la autonomía que se da en las relaciones humanas. Es de eso de lo que trata. Habla de la dependencia que uno puede desarrollar hacia una persona que es totalmente inapropiada a todos los niveles, pero con la que el sexo es bueno, y la conexión sexual es tan fuerte… ‘The Ballad of Sexual Dependency’ intenta reflejar la dificultad que hay en cualquier relación. Y no se trata de un tipo concreto de personas, se trata de mis amigos. Creo que no hay una persona en el libro con la que yo no haya convivido durante una buena temporada. Y en aquellos días en los que aún no se hablaba de gentrificación, a veces vivíamos 13 personas en un mismo piso. Vivía allí sola o con algún amante, pero en aquellos días, en los años 80, la gente iba y venía durante varios periodos de tiempo y todos eran mis amigos. Desgraciadamente, muchos de ellos han muerto de SIDA. Aquello fue una plaga que golpeó a mi comunidad de una forma increíblemente intensa. Y el libro también trata de eso, de cuánta de esa gente ha desaparecido y lo esenciales que eran. Recuerdo que la cámara era como una extensión de mi mano. Yo hacía fotos todo el día, nunca movía ni cambiaba nada. Para mí era un pecado retirar una botella de cerveza porque todo tenía que aparecer tal y como era. Ese era el límite de la fotografía para mí; quería enseñar las cosas tal y como eran, con exactitud. Usaba cualquier cámara que tuviera a mano, se las compraba a gente que las robaba. Siempre he odiado a las personas que hablan de sus cámaras, sus equipos, sus formas de revelar. Para mí lo importante siempre ha sido el contenido, no la calidad de la impresión. Lo que sí me preocupaba eran mis carretes, la calidad de la película, porque yo tenía una visión muy saturada. Solo veía los colores y no los detalles de las cosas. Creo que era porque estuve años sin llevar gafas y sin ellas soy incapaz de ver nada en condiciones. También hay mucho flash en esas fotos. Ya no lo uso. Por aquel entonces no era consciente de que hubiese luz natural. Sabía que existía el día y la noche, pero yo vivía solo de noche, así que la luz natural no era parte de mi vida. Y lo digo en serio, no me di cuenta de que el color de todo cambia con la luz del día hasta 1989. Aquello fue como una epifanía para mí. Hasta entonces yo había vivido en la oscuridad. Mi apartamento no tenía ventanas. Muchas de las fotos están tomadas en interiores, hay un sentimiento de claustrofobia, y sí, es verdad, hay mucho flash. En aquella época a la gente le gustaba Harry Callahan, Edward Weston. Eran los dioses de la fotografía. Así que jamás habían visto nada como ‘The Ballad of Sexual Dependency’, excepto ‘Tulsa’, el libro de Larry Clark que se publicó en los años 70. Aquel libro tuvo una gran influencia en mí porque él fotografiaba y publicaba su propia vida, y en aquel tiempo la gente no hacía eso. Cuando comencé a enseñar mi trabajo, no lo tomaron en serio, sobre todo los fotógrafos masculinos. Me abuchearon, me metí en muchas peleas y discusiones; muchos me dijeron que aquello no era fotografía, que no era bueno… A mí no me preocupaba la buena fotografía, lo que me importaba era la total honestidad. Y no es algo que puedas tratar de hacer, tiene que ver con hacer fotografías para poder seguir viva y creo que todo artista tiene que crear para poder vivir. Siempre que he tenido que enfrentarme a algo que me asustaba o me resultaba traumático, hacer fotos ha sido mi forma de sobrevivir. Me encantaba Diane Arbus. Sin embargo, las Drag Queen con las que yo vivía en los años 70, cuando salió el libro de Arbus, odiaban sus fotos. Hablé con personas que fueron fotografiadas por ella y me contaron que Diane esperaba el momento en el que pareciesen unos locos para sacar la foto. Y eso no les gustaba. Ella era un genio, pero yo tengo un problema con sus fotos de Drag Queens: Arbus las desnudaba para mostrar su género, su sexo masculino, mientras que yo siempre he aceptado a la gente tal y como es. Yo viví con las Drags en los 70 y nunca me paré a pensar cuál era su género. Las aceptaba con el género que ellas sentían que era el suyo. Así que creo que hay un toque de crueldad en su trabajo. Creo que Arbus era profundamente infeliz, y se buscaba a sí misma en la piel de otras personas. Yo no hago eso. Desde una perspectiva sociológica, mi trabajo era una afrenta a lo que había sido la fotografía hasta entonces: la fotografía ‘de verdad’ era en blanco y negro, imágenes perfectamente encuadradas y la cámara tenía una importancia vital. Los fotógrafos masculinos hablaban de sus aparatos todo el rato (ríe) y lo que yo hice era para ellos tan intolerable… no se aceptaba en el mundo de la fotografía. Así que sociológicamente mi propuesta rompió fronteras, penetró en un terreno ajeno y eso suponía luchar contra el poder. Fuente: https://www.cartierbressonnoesunreloj.com/the-ballad-of-sexual-dependency-nan-goldin-habla-del-libro-que-la-dio-a-conocer/ Nan Goldin The Ballad of Sexual Dependency, 2013 Diapositivas en color con Sonido
- Conflicto no es lo mismo que abuso (2° parte) / Laura Macaya y Belén Soto (Hamaca)
[Nota de edición: Esta es la 2° parte de un fragmento de la conversación publicado en el número de Septiembre: https://www.revistaadynata.com/post/conflicto-no-es-lo-mismo-que-abuso---laura-macaya-y-bel%C3%A9n-soto-hamaca ] (Laura Macaya) Creo que de inicio tenemos que empezar por distinguir entre enfados justificados, comprensibles, incluso incomprensibles y, algo muy distinto, enfados instrumentales. Hoy en día, debido a una suerte de emotivismo burgués, cuando nombramos el enfado o cualquier otra emoción parece que se le dota de un halo de verdad incontestable: como si los sentimientos fueran algo puro, verdadero, no condicionado, no instrumentalizable. Como si no se hubiera denunciado desde la crítica política el papel perverso de esta deriva y de cómo lo que sentimos está condicionado por lo que nos quieren hacer sentir a través de sofisticadas –y a veces bien burdas– formas de control psicopolítico. De esto tenemos ejemplos claros en los estallidos punitivos por el asesinato de una niña –mostrándonos a unos padres rotos por el dolor– o en la parcialidad de imágenes en las que la gente sufre por una catástrofe –en cambio, se produce una desaparición pública de imágenes cuando esa gente se organiza para denunciar las causas estructurales de la supuesta catástrofe. Nos condicionan emotivamente a creer que cuando la gente sufre o sufrimos se anula automáticamente cualquier otra capacidad racional, ética o reflexiva. Y, lo que es peor, siempre se muestra a la gente más pobre y marginalizada sufriendo desconsoladamente. Uniendo estos dos elementos entendemos cómo siempre serán las poblaciones pobres y marginalizadas las que sufren –o gozan– de forma desconsolada y exaltada, las que serán relacionadas con la falta de racionalidad, capacidad reflexiva y, por supuesto, legitimidad política. Un ejemplo de esto lo encontramos en las imágenes e informaciones que los medios mostraron cuando el Huracán Katrina. Los medios de comunicación, por una parte, prestaron muchísima atención mediática a las imágenes de los destrozos y la desesperación de la gente que vivía en Nueva Orleans cuando se destruyeron sus casas y sus vidas. Ahora bien, por otra parte, tuvieron muchísima menos cobertura las informaciones respecto a las protestas que esas mismas personas realizaron denunciando el clasismo y el racismo que provocó la carencia de medios suficientes para organizar la evacuación o el mal estado de las construcciones en una zona donde mayoritariamente viven personas pobres y negras. Ocultar la agencia, la activación de la víctima para llevar a cabo buenas o malas acciones, resulta necesario para justificar el uso instrumental del estatuto de víctima. Este uso de la víctima en los marcos neoliberales exige una víctima sin agencia, sufriente y desesperada por el dolor, pero sin ninguna otra capacidad para evaluar, decidir, analizar críticamente lo que ha sucedido, una víctima completamente irresponsable que, como dice Giglioli, «es el sueño de cualquier poder» [i] De esta forma, como han apuntado Gabriela Méndez Cota, se reduce la condición de víctima a una «performance victimista», es decir, a una posición esencialista, instrumental y autoritaria que, además, nada tiene que ver con los intereses de las verdaderas víctimas [ii] . La experiencia encarnada de victimización poco tiene que ver, por lo general, con esta «performance victimista» o el «chou tanatocrático» –que menciona Trebisacce– que llevan a cabo algunos feminismos que, erigiéndose representantes de todas las víctimas, promueven una determinada subjetividad de víctima irracional, apolítica –es decir: conservadora–, bondadosa y a la que no se le puede responsabilizar de nada o pedirle cuenta de sus acciones. Así, para lo que sirve ejercer el rol político y personal de la representación de las mismas es para el propio interés. Creo que se ha hablado bastante, a nivel teórico, de la rentabilidad política del victimismo y de los peligros cuando éste, como trampa ética del nihilismo, establece ciertos valores democráticos como la libertad de expresión o la participación política al servicio de proyectos políticos que son incoherentes con la emancipación17. La trampa es que todo ello podría, en una versión más rigurosa del marco de análisis que lo orienta, resultar interesante para combatir el lugar histórico en el que las víctimas de determinadas violencias, por ejemplo las violencias de género –y especialmente las violencias sexuales–, han sido tratadas y cuestionadas. La cuestión es que la infantilización y la ausencia de dignidad de la víctima tiene dos caras: el cuestionamiento patriarcal, por una parte, y la irresponsabilización al quedar reducida a un ser incapacitado por el dolor o la opresión de algunos feminismos, por otra. En ambas versiones del victimismo se parte de una visión inocente de la víctima que, muy rápido –en cuanto falla en nuestras expectativas–, se convierte en perversa. El par víctima-culpable funciona también entre las propias mujeres. Por eso, en los casos que comentas creo que se dan todos los elementos del cóctel punitivo. En primer lugar, se da por hecho que la acción hacia los hombres del Centro social de Santiago deriva de situaciones de violencia sexual, pero a mí me gustaría saber cuáles son las situaciones que han sido denominadas como violencia sexual en ese caso y, por supuesto, cuál era el objetivo político de la acción. Particularmente, no le veo ningún objetivo político, al menos ninguno que resulte emancipador y transformador –más allá de, de nuevo, expresar enfado y rabia derivados de un malestar difuso que se particulariza sobre esos hombres. No olvidemos que la particularización del riesgo sobre hombres o colectivos concretos es una de las características de los modelos punitivos y de una determinada concepción de la seguridad como ausencia de ataques y no como promoción de espacios afectuosos, materialmente sostenibles y socialmente solidarios. En este caso parece decirse: «estoy enfadada, si pagan estos que paguen, que algo habrán hecho»… Y, claro, seguro que algo habrían hecho, alguna complicidad con el machismo habrían tenido –que no sé si con la violencia, dada la actual conceptualización de lo que se denomina como violencia . Después, el tema de recoger la acción en el libro ¿Y qué hacemos con los violadores? sin que se explicite ningún posicionamiento al respecto creo que tiene varios riesgos. Sobre todo: da lugar al fetichismo estético de la violencia irracional que tantos problemas y dolores personales y políticos nos ha causado a algunos movimientos militantes –y sobre la que, aunque de forma menos mayoritaria de lo que sería deseable, se ha reflexionado de forma profunda. Y aquí, pues nada: se recoge la experiencia y a la gente le hace gracia. A mí ninguna, la verdad. Creo que es una irresponsabilidad promover o mostrar algunas experiencias sin contexto cuando adolecen, como tantas veces pasa últimamente, de incoherencias teórico-políticas tan importantes. En muchos casos algunas de las bases teórico-políticas que parecen justificar estas acciones, absolutamente contraproducentes, tiene una validez importantísima. El problema es que se llevan a lugares a los que, a mi entender, no deberían llevarse; y que son la muestra de la pobreza intelectual del feminismo actual que, en muchos casos, se ha convertido en una sarta de lemas y panfletos –debido a cuestiones que también están relacionadas con el punitivismo como la censura, el antiintelectualismo, la imposibilidad de cuestionar críticamente determinados axiomas del feminismo oficial, la beligerancia con la que son tratadas las posiciones críticas, etc. La materialización del punitivismo en todo ello impide crecer teóricamente y favorece la incoherencia política de algunas prácticas feministas. Por poner un ejemplo, acusar a militantes feministas antipunitivistas de favorecer a los agresores, desproteger a las víctimas o no acompañarlas ante la violencia que enfrentan cuando acuden a los sistemas de justicia es una falacia que funciona gracias a la falta de debate político, a la falta de política del contraste de la información y a la falta de perspectiva histórica y teórica feminista. Dicho todo esto, reincido en que creo que detrás de muchas de estas prácticas políticas hay reflexiones político-teóricas muy valiosas: el cuestionamiento de la racionalidad blanca burguesa que orienta la subjetividad exitosa del capitalismo, la reivindicación de los saberes subalternos tradicionalmente excluidos de la esfera de los conocimientos legítimos... La cuestión, de nuevo, es qué decisiones políticas tomamos a partir de estas configuraciones políticas teóricas. Podemos optar por avanzar en políticas complejas, interseccionales, no identitarias y reclamar una objetividad reforzada a partir de los cuestionamientos a la parcialidad de los supuestos universalismos y sus efectos de poder clasista, racista y patriarcal. O bien, podemos tender a las visiones identitarias y del resentimiento que particularizan el malestar en lugar de convertirlo en una lectura estructural que promueva la solidaridad con otrxs que sufran, a la vez que señala de forma certera los orígenes de nuestro dolor en los marcos de la producción de nuestras condiciones de vida y nuestros valores dañosos. Desde esta perspectiva entiendo que puede ser importante expresar el enfado y entender que éste, en ocasiones, tiene orígenes que van más allá de la acción particular, del momento en el que reaccionamos. Esto, a veces, se materializa en acciones que nos pueden parecer desproporcionadas pero que, en realidad, muestran cuán cansadas, agobiadas, dolidas estamos de que se produzcan de forma continuada estas situaciones de ninguneo, baboseo, desautorización, etc. Pero los marcos de análisis feministas que han destacado la estructuralidad de la violencia y su carácter socio-histórico nos deberían aportar la inteligencia política y afectiva para entender dos cosas: por una parte, los peligros de la sobredimensión del daño particular y, por otra parte, el reconocimiento de las herencias culturales y de los miedos atávicos que nos hacen sobre-reaccionar debido a las violencias acumuladas, heredadas por la pertenencia a comunidades históricamente violentadas. Esto nos lleva a dos líneas políticas necesarias: (1) acompañar el malestar de quien sufre reconociéndolo y ofreciéndole la posibilidad de racionalizarlo, acompañando hacia interpretaciones del mismo menos dañinas para sí misma en espacios seguros y protegidos; (2) orientar la potencia política de esos dolores comunitarios señalando su origen estructural y pudiendo revisar la responsabilidad situada en cada unx. Por supuesto, también creo –es algo que se nombra mucho en el libro de Sarah Shulman– en el poder de intervenir antes de que aumente la situación que eleva el conflicto a una denuncia de agresión. Por ejemplo: pensando en analizar previamente cómo se distribuyen los poderes, las jerarquías, las voces autorizadas en nuestros contextos. Esto, lamento decirlo, pero es responsabilidad de todo el mundo que pertenece a una comunidad. (Hamaca) Conflict is not Abuse hace pensar también en que, generalmente, somos incapaces de reconocer que estamos enfadadas e incluso que tenemos sed de venganza. Esto, al inicio del conflicto –y fuera de las subjetividades culturales de lo que está bien o está mal– nos lleva más frecuentemente hacia una lógica de batalla que a la de castigo, tenemos el instinto de pelear. Pero no lo reconocemos, o no sabemos hacerlo, y las herramientas discursivas, de gestión del conflicto/abuso y las éticas que tenemos a mano no avalan tanto esa posibilidad de pelea pero sí la de castigo. Así que las diferencias se terminan convirtiendo, a menudo, en luchas cruzadas por castigar a une agresore o culpable y por proteger a une víctime . En el libro Alianzas rebeldes [iii] y en algunas entrevistas tuyas se problematiza que la víctima se configure como el sujeto político del feminismo: que la víctima deviene en un privilegio moral –son buenas– y epistemológico –tienen razón–, así como se excluye a otras formas de víctimas –las que no son tan buenas. Planteas, incluso, cómo podemos atascarnos en el rol de víctima incapacitándonos para transformarnos en personas más fuertes y más sanas –o más capaces de enfrentarnos a las circunstancias que nos traerá la vida. ¿Por qué es un problema esta obcecación con la figura de la víctima y la figura opuesta de agresor? (LM) Ya hemos hablado sobre esta cuestión pero, quizás, en sentido más específico, y partiendo del modelo de las situaciones de violencias machistas, esa obcecación que comentas tiene como principal problema la naturalización y la reificación de los roles de género tradicionales y patriarcales. Se esencializa el papel de víctima y se construye, de nuevo, una feminidad frágil, sexualmente susceptible, infantil, lábil, incapaz de establecer sus propios límites, presa del irracionalismo e incapacitada para la acción política más allá de la política expresiva de odio hacia la violencia y hacia quien la perpetra. Así, evidentemente, se consiguen ocultar las causas estructurales y presentar al estado como actor neutro en un conflicto, su connivencia con la producción y la reproducción de las violencias. Al construir a estas víctimas ideales se produce la exclusión y el cuestionamiento de las que no cumplan con estos parámetros, ya que, si las víctimas son bondadosas y sinceras, las que no lo sean no recibirán las mismas atenciones ni la misma compasión. Se produce así una moralización de los derechos y el modelaje institucional hacia la normativa hegemónica de género de la feminidad para, con suerte, recibir los derechos asignados al estatuto de víctima. Aquí, lo peor son los efectos que toda esta construcción de subjetividad femenina sexualmente temerosa, llena de dolor y resentimiento tiene en las víctimas de la violencia. Hemos aceptado como sociedad la idea de que la violación, por ejemplo, es una violencia que no se supera nunca –eso no es aceptable, y dice más de las sociedades en las que vivimos que de la gravedad de la violencia en sí misma. Por supuesto que una violación es o puede ser traumática, por supuesto que hay repercusiones emocionales y psicológicas traumáticas que muchas veces necesitarán espacios seguros y protegidos donde poder ser acompañadas. Pero lo que también es evidente es que mientras sigamos otorgando ese carácter excepcional al sexo y a los cuerpos de las mujeres y sigamos insistiendo en esa hiper-susceptibilidad sexual, seguiremos siendo cómplices del dolor de las víctimas y condenándolas a la irrecuperabilidad con fines bien distintos a su protección o a la mejora de sus condiciones de vida para favorecer la reparación. No es aceptable que haya mujeres víctimas de violación que se sienten afectadas como si las hubieran vuelto a violar cuando se hace pública una sentencia injusta de tribunales ante una violación. No es aceptable que vivamos en sociedades donde una mujer se suicida porque se populariza una foto o un video erótico suyo, como pasó en el llamado caso Iveco [iv] . Entonces, como propone la ley presentada como la quintaesencia del feminismo [v] , podemos basar nuestra intervención en restaurar la reputación sexual de las víctimas y castigar a todos los hombres –y mujeres– que un día apretaron un botón para compartir esa imagen y acusarlos de inducir al suicidio de una inocente. Pero, en mi opinión, con ello se refuerza una institución patriarcal por excelencia y la reputación sexual de las mujeres –que está en el origen de las peores pesadillas sociales y sexuales de ellas– y se condena a personas particulares por hechos que tienen que ver, como apuntamos antes, con el marco opresivo en el que se desarrolla la sexualidad femenina. En lugar de intervenir sobre el mismo, tendemos a ofrecer, de nuevo, soluciones individuales. Cuando decimos que tenemos la obligación de visibilizar y producir otros relatos respecto a la violencia nos referimos a que el impacto y las formas de vivir e interpretar lo que nos ha pasado no es natural ni esencial, sino que responde a los relatos culturales disponibles. Cuando, por ejemplo, damos por hecho que las víctimas en contextos de violación no activan ninguna resistencia y compramos los relatos de la inocencia y la paralización automática como reacción natural del cuerpo, negamos otra realidad muy presente: la de la negociación que hacen las víctimas en contextos de máximo riesgo para salvar sus vidas. Pero claro, es más fácil de aceptar –como sociedad puritana que somos– que las víctimas son casi muñecos inertes a pensar que a veces negocian, establecen pactos, complicidades con las personas que las agreden para salvar sus vidas, porque no prevén lo que va a pasar con toda nitidez. Eso no las hace menos merecedoras de nuestro apoyo. De hecho, esta construcción de lo que debe sentir una víctima, esta insistencia en su inocencia infantil, es uno de los escollos más graves en los acompañamientos a las violencias sexuales. Las mujeres sienten culpa, vergüenza por no cumplir con los estándares –unos estándares que muy lamentablemente están reproduciendo algunos feminismos. Y luego dicen: «es que no denuncian porque sienten que los jueces las van a evaluar moralmente». Bien, sí, correcto. Pero, ¿puedes reflexionar sobre cuántos de los discursos que tú promueves sobre las víctimas y la feminidad contribuyen a los juicios que condenan moralmente a esas víctimas y repercuten sobre sus procesos judiciales? Reproduciendo las lógicas representativas de la política de la identidad fuerte se homogeneizan las necesidades de todas en torno a los intereses de aquellas que pueden permitirse suspender su vida y su vínculo comunitario por, por ejemplo, un comentario sexualmente incómodo, pretendiendo con ello establecer su causa como la causa común de las mujeres y/o las víctimas. Cuando nos articulamos desde ese lugar podemos echarnos a temblar: ya sabemos que siempre se homogeneiza esa causa común hacia arriba, sin entender que las mujeres o las víctimas no son solo mujeres o víctimas, sino también son negras, gitanas, pobres, madres, sindicalistas, bolleras, trans o parte de colectivos políticos perseguidos políticamente. De la misma forma que se produce la indefensión de las víctimas, en contraposición se produce al agresor como un ser poderoso, dueño de sus acciones, magnificando su poder frente a una víctima indefensa. Eso produce realidad. Afirmamos que estas visiones neoliberales y punitivas de la violencia y de los sujetos dóciles que las legitiman hegemonizan una determinada manera de entender a las víctimas. De la misma forma, en este proceso se esencializa también a los hombres como agresores y una determinada manera de interpretar sus acciones. En el caso de las personas que agreden leídas como hombres cis-heterosexuales –que, como decíamos, lo son de forma abrumadoramente mayoritaria– no se distingue gravedad, intensidad, frecuencia, continuidad, intención, etc. En este sentido, la forma de entender a quien agrede, y más si agrede sexualmente, se parece mucho a las formas en las que las culturas, primero disciplinarias y después del control –ambas formas del capitalismo de abordar la cuestión–, han entendido al delincuente: un ser que adquiere control y dominio a través de elegir racionalmente la vía delictiva, o bien, un ser patológico y desenfrenado que no puede hacer otra cosa que hacer daño siguiendo impulsos naturalmente nocivos. Cada una de estas formas de entender al delincuente movilizan formas distintas de abordar la situación respecto al mismo pero ambas son justificativas de las respuestas punitivas: bien a través del control preventivo de las políticas de la tolerancia cero y su aumento desmesurado de las penas o consecuencias de los delitos; bien a través de los encierros, las medidas disciplinarias, la proliferación de ciencias de intervención sobre el sujeto y sus acciones, etc. Actualmente estamos más cerca del primer modelo y es el que, de forma más frecuente, toman como referencia algunos feminismos: la intención de dominio como única fuente explicativa de las violencias. Ésta intención de dominio se plantea como una especie de decisión en propio beneficio y que tiene una lógica ascendente: si no se actúa en el nivel más bajo y leve de las conductas, estas irán en aumento debido a la naturaleza intrínsecamente violenta de los hombres o al afán de dominio que produce beneficios directos en los mismos. Son explicaciones simples, que favorecen el miedo y la marca, la monstrualización homogeneizante que responde a los intereses de las élites porque legitima las intervenciones más punitivas sin resolver el problema. Las lógicas de la violencia en aumento –«se empieza baboseando o riendo un chiste machista y se acaba violando, y es por ello que debemos actuar para cortar de raíz las conductas más leves»– son características de las políticas securitarias de la derecha y la extrema derecha, las de la tolerancia cero: «tolerancia cero al menudeo de drogas porque atacando al pequeño nos cargamos al grande». Creo que no es necesario entrar demasiado en lo absurdo de la conjetura y, sobre todo, en su carácter marcadamente racista y clasista que acabará afectando a las poblaciones más vulneradas. También pienso que es evidente cuánto de complicidad con el neoliberalismo hay en muchas de las actuales configuraciones políticas del feminismo en cuanto al abordaje de las violencias de género. Pero, por si todo ello no es suficiente, recordemos –y no nos extendamos en ello aquí– que estas feminidades construidas por la cultura del castigo no solo legitiman la punición, sino que, además, son absolutamente imprescindibles para la reproducción social. Sin esas mujeres bondadosas, emotivas, altamente susceptibles y temerosas del sexo y de los hombres, ¿cómo se iba a garantizar el trabajo de cuidados gratuito, la filiación de los hijos, el control de los supuestos deseos irrefrenables de los hombres? ¿Cómo sino iban a garantizar que las mujeres fueran útiles a los intereses familiaristas del capitalismo? Cuando no hay hombre Cis o cuando no hay agresor (H) Algo que siempre agradeceremos a la existencia cuir es que, más allá de la disidencia sexual, nos abre caminos distintos de los establecidos en un mundo a veces muy ensimismado y lineal –en el que parecería que todo tiene un final cerrado que ya se sabe cuál es. Conflict is not abuse hace eso: nos habla de la violencia en las relaciones humanas, de que hay un problema con la violencia sexual de los hombres cis que ocupa un lugar central en nuestro imaginario de la violencia, pero de que si quitamos a los hombres cis de la ecuación seguimos teniendo muchos problemas que no sabemos gestionar. Entonces, a excepción de unos epígrafes en los que expone su análisis sobre la violencia de los hombres, dedica el resto de páginas a analizar los mecanismos de evasión, sobredimensión del daño y castigo que repetimos una y otra vez también en entornos queer y en entornos donde el género o la sexualidad no suponen una cuestión central. Para romper estas dinámicas, una de las soluciones a las que apela es a la sensatez en el uso del lenguaje. Ella pide diferenciar entre conflicto y abuso . A mí me hace pensar en la manera excesiva en la que utilizamos la palabra maltrato y la figura maltratadorx . Y has introducido ya tu crítica hacia cómo nos excedemos en el uso de la palabra violencia . El lenguaje, además, es una operación colectiva y genera subjetividades concretas en las diversas comunidades en que se emplea. Nuestra manera de habitar el mundo no se ha convertido aún en un cubículo distópico donde abordamos la existencia en absoluta soledad. Vivimos interdependientes no sólo de servicios y provisiones sino también de vínculos afectivos. Los conflictos nos suceden en grupo o nos suceden individualmente pero pertenecemos a una comunidad que nos acompaña a interpretarlos y a tomar decisiones. En función de los conceptos de violencia y de las prácticas de una comunidad, recurrimos en mayor o menor medida a la infraestructura del estado o gestionamos autónomamente nuestras respuestas. En unos tiempos en los que reaccionamos a los conflictos tal y como hemos ido describiendo, es habitual que el juicio se establezca entre aparentes iguales – aparentes , porque se obvia un análisis interseccional de los privilegios que afectan a lxs implicadxs. En el jurado popular de El jurado [vi] , la película de Virginia García del Pino que proyectamos junto a la versión presencial de esta conversación [vii] , se retrata una de las ocasiones en las que interviene el Estado. En relación a estos juicios entre supuestos iguales , otro concepto interesantísimo que plantea revisar Sarah Schulman es el de la lealtad en la comunidad : lo identifica no como cerrar filas en torno a nuestro vínculo, sea lo que sea lo que sienta o lo que está reclamando, sino como la responsabilidad colectiva de ser sensatxs, de atender críticamente las distintas situaciones de tensión o enfrentamiento y de contribuir a sanar. Apela a que pensemos mejor lo que comunitariamente hacemos por alguien y lo que pedimos/permitimos que la comunidad haga en nuestro nombre. Escribía Sánchez Ferlosio: « (Equívoco pronominal) Se ponen como muy arrogantes usando el plural, porque piensan que Nosotros tiene la ejemplaridad de no ser personal sino solidario; pero Nosotros es tan persona como Yo, y, si cabe, muchísimo peor persona» [viii] . ¿Por qué es importante reclamar otros tipos de lealtad? (LM) La forma en que hemos acabado entendiendo que debemos acompañar a las personas que sufren, sea por situaciones de agresión, sea por situaciones derivadas de conflictos mal resueltos, de ataques y daños producidos por otras personas, es la de esa lealtad basada en cerrar filas en torno a la palabra de quien está sufriendo, principalmente en los casos en los que la figura de víctima y agresor están muy esencializadas. Lo peor de todo esto es que se presenta como la forma correcta de actuar, la única forma desde la cual se ayuda y se protege, cuando precisamente estas posturas son las más negligentes para con lo que está sucediendo y para con quien está sufriendo. Ante el dolor de lxs demás podemos cometer dos negligencias: ningunear diciendo «no es para tanto, no me molestes con tonterías» o bien, cerrar filas en torno a su palabra en una especie de «claro que sí, lo que tú digas es la verdad». En ambos casos vas a abandonarlx. Antes o después, y en ambos casos, estás tratando a quien sufre como una interlocutora no válida, le estás despojando de su dignidad, que siempre va a consistir en poder ser preguntada, cuestionada amablemente en lo que siente, poder hacerla reflexionar en la responsabilidad, en el por qué y en el hacia dónde puede dirigir lo que siente a la vez que reconocemos su dolor e intervenimos en el contexto para modificar las condiciones que lo han producido. La primera postura es la típica del patriarcado masculino: decirnos a las mujeres que nuestros malestares son cosas menores y sin importancia. La segunda sería la del feminismo maternalista que se sitúa frente al oprimido desde un lugar de superioridad en el que se da la razón como a las tontas . Las posturas en las que se da la razón a los colectivos oprimidos o a las personas víctimas de ataques por el mero hecho de serlo suelen ser llevadas a cabo por personas que tienen intereses particulares en hacerse acompañar de la víctima de turno o del colectivo oprimido de turno para ganar legitimidad en guerras políticas, personales, en venganzas afectivas propias, ascensos académicos, etc. Estamos bastante hartas de verlo. Lo más absurdo es que, vamos a ver: ¿cómo vamos a tener razón todas las víctimas? ¿Qué pasa, que nos violan y se nos cambia el cerebro? ¿Se nos borran los recuerdos? ¿Los posicionamientos políticos? Evidentemente no, y la prueba es que no todas pensamos lo mismo. Esto no quiere decir que la experiencia de la violencia no produzca un determinado trauma y efectos en diversos aspectos de la vida de las personas dependiendo de la gravedad, la intensidad, la continuidad, etc. Pero, precisamente por ello, es importante poder acompañar con responsabilidad estos procesos. Comentábamos un día que la postura en la que se cierran filas en torno a la palabra de quien sufre es una postura negligente que, además, va a provocar que abandonemos a la persona antes o después. Esto sucede porque cuando alimentamos el dolor y el malestar de la otra persona, o cuando dejamos que suceda –a través de sus interpretaciones y efectos o los de la comunidad–, este malestar crece y esa persona se convierte, ella misma, en el malestar. Cuando toda acción acaba siendo condicionada por –o interpretada desde– ese malestar entramos en las posturas victimistas, y ya no hay agencia ni responsabilidad. Es entonces cuando acaba pasando algo que también hemos visto muchas veces: la persona que ha sido víctima o afectada por una situación se vuelve insoportable, intransigente, hiper-demandante, cruel, no hay fin a sus demandas y estas son cada vez más irracionales e inasumibles. Es en este momento en el que se produce el abandono más cruel. Por una parte, porque se produce por parte de las mismas personas que han alimentado una mala interpretación de lo sucedido o un malestar o un dolor sobredimensionado en el tiempo. Por otra, porque se produce en el peor momento, cuando el malestar ya está muy alejado del acto que lo produce, se está en un momento de dolor y sufrimiento muy elevado, se han quemado probablemente muchos otros puentes con amistades o colectivos que podrían haber apoyado de otras formas, etc. Recientemente, en un encuentro de militantes y profesionales que trabajamos y reflexionamos en torno a los abordajes no esencialistas y restaurativos de las violencias machistas, una compañera –Maitane– lo explicaba muy bien. Ella es activista feminista y su trabajo se centra en el acompañamiento a niños y chicos menores en un centro de acogida. Desde esa experiencia –y otras que la atravesaban personalmente– reflexionaba en torno a lo difícil que resulta a quienes acompañan acoger el dolor y acompañarlo «sin asumirlo como mandato», pero de lo imprescindible –coincido completamente con ella– que es hacerlo. Cuando estamos dolidas y fuertemente impactadas por la violencia podemos expresar deseos de venganza y de odio terribles además de otras demandas que, como ella apuntaba, si se hacen realidad «a la larga te van a joder a ti y a tu entorno». Que en esos momentos haya gente que te sepa escuchar y aceptar sin escandalizarse es muy importante. Escandalizarse es un gran peligro porque nos pone en un lugar en el que no sabemos entender a la otra. A veces, porque venimos de contextos más pacíficos, otros marcos culturales e incluso de clase donde la violencia se expresa menos, donde las emociones son más pausadas, y entonces nos escandalizamos con las hiper-expresiones de malestar. Como no sabemos acompañarlas en el proceso de irlas situando en lugares más saludables, como nos da miedo esa hiper-reacción, queremos que cese. Por eso acabamos dando la razón, cuando lo que deberíamos hacer es ofrecer el soporte para poder ir reconduciendo el malestar e ir poniendo límites al mismo. De lo contrario, lo único que se hace es alimentar el sufrimiento y sobredimensionar el conflicto. Todo esto va más allá de las lógicas individuales e interpersonales, ya que, como decíamos, lo que sentimos individual y colectivamente está producido por los relatos culturales disponibles para interpretar nuestras experiencias, pero también condicionado por un montón de otros malestares derivados de condiciones de precariedad económica, comunitaria y afectiva. Y es que el problema que va más allá de nuestros malestares particulares, de nuestros dolores y de nuestra pérdida de vínculos. Todo esto responde a unos patrones afectivos y relacionales que solo contribuyen a las racionalidades neoliberales. Esencializando la condición de víctima se contribuye a construir una determinada cultura política colectiva en la que se promueve el nihilismo infantil, caprichoso y destructivo de los lazos afectivos, familiares y comunitarios, a la vez que se normaliza la violencia comunicativa como herramienta para enfrentar los conflictos o cualquier tipo de situación que consideremos amenazante. [i] Daniele Giglioli expone su investigación sobre la ideología de la víctima en el libro Crítica de la víctima , publicado por Herder en 2017. [ii] Lo explica en “El victimismo estratégico o las trampas del nihilismo”, artículo integrante del libro Deseo y conflicto. Política sexual, prácticas violentas y victimización publicado por Fondo de Cultura Económica en 2023 y coordinado por Marta Lamas y Mariana Palumbo. [iii] Alianzas rebeldes: un feminismo más allá de la identidad es un libro coordinado por Cristina Garaizabal, Laura Macaya y Clara Serra publicado por Bellaterra en 2021. [iv] Puedes encontrar alguna información al respecto en esta noticia: www.eldiario.es/sociedad/justicia-archiva-trabajadora-ivecodifusion_1_5972443.html [v] Se refiere, de nuevo, a la Ley 10/2022 de garantía integral de la libertad sexual, más conocida como la «ley del solo sí es sí». [vi] La película, de 2012, filma a los miembros de un jurado popular enfrentados a un juicio por asesinato. Puedes verla en www.hamacaonline.net/titles/el-jurado [vii] Nos referimos al Dimarts de vídeo [Conflicto] no es lo mismo que [Abuso] del 14 de noviembre en el Santa Mònica (Barcelona) programada por Hamaca. [viii] En el libro Vendrán más años malos y nos harán más ciegos , publicado en 1993 por Destino. Natalia Castañeda - De la serie “Espera me amarro el zapato” - 2015 - Óleo sobre lino y objeto - 72×23cm
- Caer no es caer / Ángela Urondo Raboy
Chupar no es chupar Cita no es cita. Dar no es dar. Caer no es caer. Soplar no es soplar. Pinza no es pinza. Fierro no es fierro. Máquina no es máquina. Capucha no es capucha. Submarino no es submarino. Personal no es personal. Parrilla no es parrilla. Apretar no es apretar. Quebrar no es quebrar Cantar no es cantar. Volar no es volar. Dormir no es dormir. Limpiar no es limpiar. Guerra no es guerra. Cuerpo no es cuerpo. Desaparecer no es desaparecer. Morir no es morir. Ser no es ser. Yo, nada. Fuente: Del libro ¿Quién te creés que sos? (Capital Intelectual, 2012) que se publicó previamente en forma de blog –el blog personal de Angela, Pedacitos. Hija del poeta Francisco “Paco” Urondo y la periodista Alicia Raboy. Nota de Mariana Enriquez (3 febrero 2013): https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4933-2013-02-03.html 降下 (Kōka) , Descenso, septiembre 2025. Plastilina modelada, 70 cm x 45 cm
- Caligrafía Nómade XXXII/ Patricia Mercado
Sentado a la mesa, al lado de la ventana, revolvía el café con parsimonia. El mozo le dijo algo. Apenas contestó con una especie de mueca. Era joven aún, pero sus ojos tenían un cansancio viejo. El pelo alborotado le caía sobre la frente. De a ratos miraba por la ventana. Miraba sin ganas, tan cansados los ojos. Del otro lado del vidrio el brillo de los autos lo arrastraban hasta la esquina. De derecha a izquierda, de izquierda a derecha, y así. Afectada de un extraño tropismo, su cabeza apenas giraba. Un rato más y llega Flor, pensó, como quien reconoce las señas de un camino transitado desde hace mucho. Cuando la presentaba a los compañeros del trabajo, o a algún amigo, se enredaba: mi novia, mi mujer, mi... Siempre en tono titubeante. Los otros sonreían un poco incómodos. ¿Qué hacía Flor en su vida? Hijos ya no iban a tener, lo habían conversado con pocas palabras el verano anterior cuando volvieron de esos días en la playa. No tenía sentido. Ella tenía pendiente el doctorado y a él le daba lo mismo. Una piba inteligente, Flor. Se habían conocido en un cumpleaños del que había dudado ir. Era en la Capital. Un sábado frío y lluvioso de invierno de esos en los que la computadora promete más que el andén desolado del Ferrocarril Sarmiento. Ahí donde tendría que esquivar el olor a orina, perdería dos o tres cigarrillos en el mangazo y, sobre todo, donde podía quedar varado un tiempo indefinido si se encendía la voz metálica del tipo del parlante que anuncia la demora del servicio. Pero fue. Y se enganchó con Flor. Idas y vueltas, hasta el departamento. En la Capital estaba desde hacía varios años. El almanaque hizo lo suyo y una semana después de los cuarenta de ella, hablaron de los hijos y quedó decidido sin grandilocuencias. A veces, eso sí, tenía que espantar un pensamiento que se le posaba cual una mosca molesta. ¿Quién lo cuidaría cuando fuera viejo? Aunque enseguida venía la consabida constatación, ¿Y yo? Hace meses que no voy a ver a la vieja. Raudo, se ocupaba de la cena ,o de decirle algo a Rodriguez en el escritorio de al lado, para espantar la idea monocorde. ¿Qué hacía Flor en su vida? Solo, no hubiera podido comprar el departamento. Seguro que no. El banco había dado el crédito a ella. Con el recibo de la imprenta sólo le hubiera alcanzado para una moto o un auto usado. El departamento era chico. Chico, pero lindo. Estaba bien para ellos dos. Total, hijos no iban a tener. Un poco apretados entre las paredes blancas, eso sí. Estaba demasiado acostumbrado a vivir en una casa con terreno. La cama no pudo ser la Queen Size que pretendía regalarles su suegra. Midió docenas de veces y no. No hubo caso. No sobraba ni un centímetro. Pero la familia entendió y aceptaron cambiar el regalo por la heladera con frezzer que pusieron en el living comedor. Una barbaridad lo bien que enfriaba la heladera. De lunes a viernes, por las noches, las latas de cerveza lucían gélidas en la mesita frente al sillón antes del partido que veía rigurosamente a solas, o de la serie, eso sí, compartida. Los fines de semana se aburría un poco porque en el departamento no hay pasto que cortar ni limonero que defender de las hormigas. Pero iban con Flor por ahí a comer una pizza. O alguien llamaba. El mozo volvió a ofrecerle algo más. Dijo que no con la cabeza sin sacar los ojos cansados del vidrio de la ventana. En un rato llegaría Flor y se irían al departamento. Cy Twombly - Sin título, de On the Bowery , 1969-1971 - Serigrafía a color sobre papel Schollers Parole - 65 × 65 cm
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











