Conflicto no es lo mismo que abuso (2° parte) / Laura Macaya y Belén Soto (Hamaca)
- Revista Adynata

- 2 oct 2025
- 20 Min. de lectura
[Nota de edición: Esta es la 2° parte de un fragmento de la conversación publicado en el número de Septiembre: https://www.revistaadynata.com/post/conflicto-no-es-lo-mismo-que-abuso---laura-macaya-y-bel%C3%A9n-soto-hamaca]
(Laura Macaya)
Creo que de inicio tenemos que empezar por distinguir entre enfados justificados, comprensibles, incluso incomprensibles y, algo muy distinto, enfados instrumentales. Hoy en día, debido a una suerte de emotivismo burgués, cuando nombramos el enfado o cualquier otra emoción parece que se le dota de un halo de verdad incontestable: como si los sentimientos fueran algo puro, verdadero, no condicionado, no instrumentalizable. Como si no se hubiera denunciado desde la crítica política el papel perverso de esta deriva y de cómo lo que sentimos está condicionado por lo que nos quieren hacer sentir a través de sofisticadas –y a veces bien burdas– formas de control psicopolítico. De esto tenemos ejemplos claros en los estallidos punitivos por el asesinato de una niña –mostrándonos a unos padres rotos por el dolor– o en la parcialidad de imágenes en las que la gente sufre por una catástrofe –en cambio, se produce una desaparición pública de imágenes cuando esa gente se organiza para denunciar las causas estructurales de la supuesta catástrofe.
Nos condicionan emotivamente a creer que cuando la gente sufre o sufrimos se anula automáticamente cualquier otra capacidad racional, ética o reflexiva. Y, lo que es peor, siempre se muestra a la gente más pobre y marginalizada sufriendo desconsoladamente. Uniendo estos dos elementos entendemos cómo siempre serán las poblaciones pobres y marginalizadas las que sufren –o gozan– de forma desconsolada y exaltada, las que serán relacionadas con la falta de racionalidad, capacidad reflexiva y, por supuesto, legitimidad política. Un ejemplo de esto lo encontramos en las imágenes e informaciones que los medios mostraron cuando el Huracán Katrina. Los medios de comunicación, por una parte, prestaron muchísima atención mediática a las imágenes de los destrozos y la desesperación de la gente que vivía en Nueva Orleans cuando se destruyeron sus casas y sus vidas. Ahora bien, por otra parte, tuvieron muchísima menos cobertura las informaciones respecto a las protestas que esas mismas personas realizaron denunciando el clasismo y el racismo que provocó la carencia de medios suficientes para organizar la evacuación o el mal estado de las construcciones en una zona donde mayoritariamente viven personas pobres y negras.
Ocultar la agencia, la activación de la víctima para llevar a cabo buenas o malas acciones, resulta necesario para justificar el uso instrumental del estatuto de víctima. Este uso de la víctima en los marcos neoliberales exige una víctima sin agencia, sufriente y desesperada por el dolor, pero sin ninguna otra capacidad para evaluar, decidir, analizar críticamente lo que ha sucedido, una víctima completamente irresponsable que, como dice Giglioli, «es el sueño de cualquier poder»[i]
De esta forma, como han apuntado Gabriela Méndez Cota, se reduce la condición de víctima a una «performance victimista», es decir, a una posición esencialista, instrumental y autoritaria que, además, nada tiene que ver con los intereses de las verdaderas víctimas[ii]. La experiencia encarnada de victimización poco tiene que ver, por lo general, con esta «performance victimista» o el «chou tanatocrático» –que menciona Trebisacce– que llevan a cabo algunos feminismos que, erigiéndose representantes de todas las víctimas, promueven una determinada subjetividad de víctima irracional, apolítica –es decir: conservadora–, bondadosa y a la que no se le puede responsabilizar de nada o pedirle cuenta de sus acciones. Así, para lo que sirve ejercer el rol político y personal de la representación de las mismas es para el propio interés.
Creo que se ha hablado bastante, a nivel teórico, de la rentabilidad política del victimismo y de los peligros cuando éste, como trampa ética del nihilismo, establece ciertos valores democráticos como la libertad de expresión o la participación política al servicio de proyectos políticos que son incoherentes con la emancipación17. La trampa es que todo ello podría, en una versión más rigurosa del marco de análisis que lo orienta, resultar interesante para combatir el lugar histórico en el que las víctimas de determinadas violencias, por ejemplo las violencias de género –y especialmente las violencias sexuales–, han sido tratadas y cuestionadas. La cuestión es que la infantilización y la ausencia de dignidad de la víctima tiene dos caras: el cuestionamiento patriarcal, por una parte, y la irresponsabilización al quedar reducida a un ser incapacitado por el dolor o la opresión de algunos feminismos, por otra. En ambas versiones del victimismo se parte de una visión inocente de la víctima que, muy rápido –en cuanto falla en nuestras expectativas–, se convierte en perversa. El par víctima-culpable funciona también entre las propias mujeres.
Por eso, en los casos que comentas creo que se dan todos los elementos del cóctel punitivo. En primer lugar, se da por hecho que la acción hacia los hombres del Centro social de Santiago deriva de situaciones de violencia sexual, pero a mí me gustaría saber cuáles son las situaciones que han sido denominadas como violencia sexual en ese caso y, por supuesto, cuál era el objetivo político de la acción. Particularmente, no le veo ningún objetivo político, al menos ninguno que resulte emancipador y transformador –más allá de, de nuevo, expresar enfado y rabia derivados de un malestar difuso que se particulariza sobre esos hombres. No olvidemos que la particularización del riesgo sobre hombres o colectivos concretos es una de las características de los modelos punitivos y de una determinada concepción de la seguridad como ausencia de ataques y no como promoción de espacios afectuosos, materialmente sostenibles y socialmente solidarios. En este caso parece decirse: «estoy enfadada, si pagan estos que paguen, que algo habrán hecho»… Y, claro, seguro que algo habrían hecho, alguna complicidad con el machismo habrían tenido –que no sé si con la violencia, dada la actual conceptualización de lo que se denomina como violencia. Después, el tema de recoger la acción en el libro ¿Y qué hacemos con los violadores? sin que se explicite ningún posicionamiento al respecto creo que tiene varios riesgos. Sobre todo: da lugar al fetichismo estético de la violencia irracional que tantos problemas y dolores personales y políticos nos ha causado a algunos movimientos militantes –y sobre la que, aunque de forma menos mayoritaria de lo que sería deseable, se ha reflexionado de forma profunda. Y aquí, pues nada: se recoge la experiencia y a la gente le hace gracia. A mí ninguna, la verdad.
Creo que es una irresponsabilidad promover o mostrar algunas experiencias sin contexto cuando adolecen, como tantas veces pasa últimamente, de incoherencias teórico-políticas tan importantes. En muchos casos algunas de las bases teórico-políticas que parecen justificar estas acciones, absolutamente contraproducentes, tiene una validez importantísima. El problema es que se llevan a lugares a los que, a mi entender, no deberían llevarse; y que son la muestra de la pobreza intelectual del feminismo actual que, en muchos casos, se ha convertido en una sarta de lemas y panfletos –debido a cuestiones que también están relacionadas con el punitivismo como la censura, el antiintelectualismo, la imposibilidad de cuestionar críticamente determinados axiomas del feminismo oficial, la beligerancia con la que son tratadas las posiciones críticas, etc. La materialización del punitivismo en todo ello impide crecer teóricamente y favorece la incoherencia política de algunas prácticas feministas. Por poner un ejemplo, acusar a militantes feministas antipunitivistas de favorecer a los agresores, desproteger a las víctimas o no acompañarlas ante la violencia que enfrentan cuando acuden a los sistemas de justicia es una falacia que funciona gracias a la falta de debate político, a la falta de política del contraste de la información y a la falta de perspectiva histórica y teórica feminista.
Dicho todo esto, reincido en que creo que detrás de muchas de estas prácticas políticas hay reflexiones político-teóricas muy valiosas: el cuestionamiento de la racionalidad blanca burguesa que orienta la subjetividad exitosa del capitalismo, la reivindicación de los saberes subalternos tradicionalmente excluidos de la esfera de los conocimientos legítimos... La cuestión, de nuevo, es qué decisiones políticas tomamos a partir de estas configuraciones políticas teóricas. Podemos optar por avanzar en políticas complejas, interseccionales, no identitarias y reclamar una objetividad reforzada a partir de los cuestionamientos a la parcialidad de los supuestos universalismos y sus efectos de poder clasista, racista y patriarcal. O bien, podemos tender a las visiones identitarias y del resentimiento que particularizan el malestar en lugar de convertirlo en una lectura estructural que promueva la solidaridad con otrxs que sufran, a la vez que señala de forma certera los orígenes de nuestro dolor en los marcos de la producción de nuestras condiciones de vida y nuestros valores dañosos.
Desde esta perspectiva entiendo que puede ser importante expresar el enfado y entender que éste, en ocasiones, tiene orígenes que van más allá de la acción particular, del momento en el que reaccionamos. Esto, a veces, se materializa en acciones que nos pueden parecer desproporcionadas pero que, en realidad, muestran cuán cansadas, agobiadas, dolidas estamos de que se produzcan de forma continuada estas situaciones de ninguneo, baboseo, desautorización, etc. Pero los marcos de análisis feministas que han destacado la estructuralidad de la violencia y su carácter socio-histórico nos deberían aportar la inteligencia política y afectiva para entender dos cosas: por una parte, los peligros de la sobredimensión del daño particular y, por otra parte, el reconocimiento de las herencias culturales y de los miedos atávicos que nos hacen sobre-reaccionar debido a las violencias acumuladas, heredadas por la pertenencia a comunidades históricamente violentadas.
Esto nos lleva a dos líneas políticas necesarias: (1) acompañar el malestar de quien sufre reconociéndolo y ofreciéndole la posibilidad de racionalizarlo, acompañando hacia interpretaciones del mismo menos dañinas para sí misma en espacios seguros y protegidos; (2) orientar la potencia política de esos dolores comunitarios señalando su origen estructural y pudiendo revisar la responsabilidad situada en cada unx. Por supuesto, también creo –es algo que se nombra mucho en el libro de Sarah Shulman– en el poder de intervenir antes de que aumente la situación que eleva el conflicto a una denuncia de agresión. Por ejemplo: pensando en analizar previamente cómo se distribuyen los poderes, las jerarquías, las voces autorizadas en nuestros contextos. Esto, lamento decirlo, pero es responsabilidad de todo el mundo que pertenece a una comunidad.
(Hamaca)
Conflict is not Abuse hace pensar también en que, generalmente, somos incapaces de reconocer que estamos enfadadas e incluso que tenemos sed de venganza. Esto, al inicio del conflicto –y fuera de las subjetividades culturales de lo que está bien o está mal– nos lleva más frecuentemente hacia una lógica de batalla que a la de castigo, tenemos el instinto de pelear. Pero no lo reconocemos, o no sabemos hacerlo, y las herramientas discursivas, de gestión del conflicto/abuso y las éticas que tenemos a mano no avalan tanto esa posibilidad de pelea pero sí la de castigo. Así que las diferencias se terminan convirtiendo, a menudo, en luchas cruzadas por castigar a une agresore o culpable y por proteger a une víctime. En el libro Alianzas rebeldes[iii] y en algunas entrevistas tuyas se problematiza que la víctima se configure como el sujeto político del feminismo: que la víctima deviene en un privilegio moral –son buenas– y epistemológico –tienen razón–, así como se excluye a otras formas de víctimas –las que no son tan buenas. Planteas, incluso, cómo podemos atascarnos en el rol de víctima incapacitándonos para transformarnos en personas más fuertes y más sanas –o más capaces de enfrentarnos a las circunstancias que nos traerá la vida. ¿Por qué es un problema esta obcecación con la figura de la víctima y la figura opuesta de agresor?
(LM)
Ya hemos hablado sobre esta cuestión pero, quizás, en sentido más específico, y partiendo del modelo de las situaciones de violencias machistas, esa obcecación que comentas tiene como principal problema la naturalización y la reificación de los roles de género tradicionales y patriarcales. Se esencializa el papel de víctima y se construye, de nuevo, una feminidad frágil, sexualmente susceptible, infantil, lábil, incapaz de establecer sus propios límites, presa del irracionalismo e incapacitada para la acción política más allá de la política expresiva de odio hacia la violencia y hacia quien la perpetra. Así, evidentemente, se consiguen ocultar las causas estructurales y presentar al estado como actor neutro en un conflicto, su connivencia con la producción y la reproducción de las violencias. Al construir a estas víctimas ideales se produce la exclusión y el cuestionamiento de las que no cumplan con estos parámetros, ya que, si las víctimas son bondadosas y sinceras, las que no lo sean no recibirán las mismas atenciones ni la misma compasión. Se produce así una moralización de los derechos y el modelaje institucional hacia la normativa hegemónica de género de la feminidad para, con suerte, recibir los derechos asignados al estatuto de víctima.
Aquí, lo peor son los efectos que toda esta construcción de subjetividad femenina sexualmente temerosa, llena de dolor y resentimiento tiene en las víctimas de la violencia. Hemos aceptado como sociedad la idea de que la violación, por ejemplo, es una violencia que no se supera nunca –eso no es aceptable, y dice más de las sociedades en las que vivimos que de la gravedad de la violencia en sí misma. Por supuesto que una violación es o puede ser traumática, por supuesto que hay repercusiones emocionales y psicológicas traumáticas que muchas veces necesitarán espacios seguros y protegidos donde poder ser acompañadas. Pero lo que también es evidente es que mientras sigamos otorgando ese carácter excepcional al sexo y a los cuerpos de las mujeres y sigamos insistiendo en esa hiper-susceptibilidad sexual, seguiremos siendo cómplices del dolor de las víctimas y condenándolas a la irrecuperabilidad con fines bien distintos a su protección o a la mejora de sus condiciones de vida para favorecer la reparación.
No es aceptable que haya mujeres víctimas de violación que se sienten afectadas como si las hubieran vuelto a violar cuando se hace pública una sentencia injusta de tribunales ante una violación. No es aceptable que vivamos en sociedades donde una mujer se suicida porque se populariza una foto o un video erótico suyo, como pasó en el llamado caso Iveco[iv]. Entonces, como propone la ley presentada como la quintaesencia del feminismo[v], podemos basar nuestra intervención en restaurar la reputación sexual de las víctimas y castigar a todos los hombres –y mujeres– que un día apretaron un botón para compartir esa imagen y acusarlos de inducir al suicidio de una inocente. Pero, en mi opinión, con ello se refuerza una institución patriarcal por excelencia y la reputación sexual de las mujeres –que está en el origen de las peores pesadillas sociales y sexuales de ellas– y se condena a personas particulares por hechos que tienen que ver, como apuntamos antes, con el marco opresivo en el que se desarrolla la sexualidad femenina. En lugar de intervenir sobre el mismo, tendemos a ofrecer, de nuevo, soluciones individuales.
Cuando decimos que tenemos la obligación de visibilizar y producir otros relatos respecto a la violencia nos referimos a que el impacto y las formas de vivir e interpretar lo que nos ha pasado no es natural ni esencial, sino que responde a los relatos culturales disponibles. Cuando, por ejemplo, damos por hecho que las víctimas en contextos de violación no activan ninguna resistencia y compramos los relatos de la inocencia y la paralización automática como reacción natural del cuerpo, negamos otra realidad muy presente: la de la negociación que hacen las víctimas en contextos de máximo riesgo para salvar sus vidas. Pero claro, es más fácil de aceptar –como sociedad puritana que somos– que las víctimas son casi muñecos inertes a pensar que a veces negocian, establecen pactos, complicidades con las personas que las agreden para salvar sus vidas, porque no prevén lo que va a pasar con toda nitidez. Eso no las hace menos merecedoras de nuestro apoyo. De hecho, esta construcción de lo que debe sentir una víctima, esta insistencia en su inocencia infantil, es uno de los escollos más graves en los acompañamientos a las violencias sexuales. Las mujeres sienten culpa, vergüenza por no cumplir con los estándares –unos estándares que muy lamentablemente están reproduciendo algunos feminismos. Y luego dicen: «es que no denuncian porque sienten que los jueces las van a evaluar moralmente». Bien, sí, correcto. Pero, ¿puedes reflexionar sobre cuántos de los discursos que tú promueves sobre las víctimas y la feminidad contribuyen a los juicios que condenan moralmente a esas víctimas y repercuten sobre sus procesos judiciales?
Reproduciendo las lógicas representativas de la política de la identidad fuerte se homogeneizan las necesidades de todas en torno a los intereses de aquellas que pueden permitirse suspender su vida y su vínculo comunitario por, por ejemplo, un comentario sexualmente incómodo, pretendiendo con ello establecer su causa como la causa común de las mujeres y/o las víctimas.
Cuando nos articulamos desde ese lugar podemos echarnos a temblar: ya sabemos que siempre se homogeneiza esa causa común hacia arriba, sin entender que las mujeres o las víctimas no son solo mujeres o víctimas, sino también son negras, gitanas, pobres, madres, sindicalistas, bolleras, trans o parte de colectivos políticos perseguidos políticamente.
De la misma forma que se produce la indefensión de las víctimas, en contraposición se produce al agresor como un ser poderoso, dueño de sus acciones, magnificando su poder frente a una víctima indefensa. Eso produce realidad. Afirmamos que estas visiones neoliberales y punitivas de la violencia y de los sujetos dóciles que las legitiman hegemonizan una determinada manera de entender a las víctimas. De la misma forma, en este proceso se esencializa también a los hombres como agresores y una determinada manera de interpretar sus acciones.
En el caso de las personas que agreden leídas como hombres cis-heterosexuales –que, como decíamos, lo son de forma abrumadoramente mayoritaria– no se distingue gravedad, intensidad, frecuencia, continuidad, intención, etc. En este sentido, la forma de entender a quien agrede, y más si agrede sexualmente, se parece mucho a las formas en las que las culturas, primero disciplinarias y después del control –ambas formas del capitalismo de abordar la cuestión–, han entendido al delincuente: un ser que adquiere control y dominio a través de elegir racionalmente la vía delictiva, o bien, un ser patológico y desenfrenado que no puede hacer otra cosa que hacer daño siguiendo impulsos naturalmente nocivos. Cada una de estas formas de entender al delincuente movilizan formas distintas de abordar la situación respecto al mismo pero ambas son justificativas de las respuestas punitivas: bien a través del control preventivo de las políticas de la tolerancia cero y su aumento desmesurado de las penas o consecuencias de los delitos; bien a través de los encierros, las medidas disciplinarias, la proliferación de ciencias de intervención sobre el sujeto y sus acciones, etc.
Actualmente estamos más cerca del primer modelo y es el que, de forma más frecuente, toman como referencia algunos feminismos: la intención de dominio como única fuente explicativa de las violencias. Ésta intención de dominio se plantea como una especie de decisión en propio beneficio y que tiene una lógica ascendente: si no se actúa en el nivel más bajo y leve de las conductas, estas irán en aumento debido a la naturaleza intrínsecamente violenta de los hombres o al afán de dominio que produce beneficios directos en los mismos. Son explicaciones simples, que favorecen el miedo y la marca, la monstrualización homogeneizante que responde a los intereses de las élites porque legitima las intervenciones más punitivas sin resolver el problema. Las lógicas de la violencia en aumento –«se empieza baboseando o riendo un chiste machista y se acaba violando, y es por ello que debemos actuar para cortar de raíz las conductas más leves»– son características de las políticas securitarias de la derecha y la extrema derecha, las de la tolerancia cero: «tolerancia cero al menudeo de drogas porque atacando al pequeño nos cargamos al grande». Creo que no es necesario entrar demasiado en lo absurdo de la conjetura y, sobre todo, en su carácter marcadamente racista y clasista que acabará afectando a las poblaciones más vulneradas.
También pienso que es evidente cuánto de complicidad con el neoliberalismo hay en muchas de las actuales configuraciones políticas del feminismo en cuanto al abordaje de las violencias de género. Pero, por si todo ello no es suficiente, recordemos –y no nos extendamos en ello aquí– que estas feminidades construidas por la cultura del castigo no solo legitiman la punición, sino que, además, son absolutamente imprescindibles para la reproducción social. Sin esas mujeres bondadosas, emotivas, altamente susceptibles y temerosas del sexo y de los hombres, ¿cómo se iba a garantizar el trabajo de cuidados gratuito, la filiación de los hijos, el control de los supuestos deseos irrefrenables de los hombres? ¿Cómo sino iban a garantizar que las mujeres fueran útiles a los intereses familiaristas del capitalismo?
Cuando no hay hombre Cis o cuando no hay agresor
(H)
Algo que siempre agradeceremos a la existencia cuir es que, más allá de la disidencia sexual, nos abre caminos distintos de los establecidos en un mundo a veces muy ensimismado y lineal –en el que parecería que todo tiene un final cerrado que ya se sabe cuál es. Conflict is not abuse hace eso: nos habla de la violencia en las relaciones humanas, de que hay un problema con la violencia sexual de los hombres cis que ocupa un lugar central en nuestro imaginario de la violencia, pero de que si quitamos a los hombres cis de la ecuación seguimos teniendo muchos problemas que no sabemos gestionar. Entonces, a excepción de unos epígrafes en los que expone su análisis sobre la violencia de los hombres, dedica el resto de páginas a analizar los mecanismos de evasión, sobredimensión del daño y castigo que repetimos una y otra vez también en entornos queer y en entornos donde el género o la sexualidad no suponen una cuestión central. Para romper estas dinámicas, una de las soluciones a las que apela es a la sensatez en el uso del lenguaje. Ella pide diferenciar entre conflicto y abuso. A mí me hace pensar en la manera excesiva en la que utilizamos la palabra maltrato y la figura maltratadorx. Y has introducido ya tu crítica hacia cómo nos excedemos en el uso de la palabra violencia.
El lenguaje, además, es una operación colectiva y genera subjetividades concretas en las diversas comunidades en que se emplea. Nuestra manera de habitar el mundo no se ha convertido aún en un cubículo distópico donde abordamos la existencia en absoluta soledad. Vivimos interdependientes no sólo de servicios y provisiones sino también de vínculos afectivos. Los conflictos nos suceden en grupo o nos suceden individualmente pero pertenecemos a una comunidad que nos acompaña a interpretarlos y a tomar decisiones. En función de los conceptos de violencia y de las prácticas de una comunidad, recurrimos en mayor o menor medida a la infraestructura del estado o gestionamos autónomamente nuestras respuestas. En unos tiempos en los que reaccionamos a los conflictos tal y como hemos ido describiendo, es habitual que el juicio se establezca entre aparentes iguales –aparentes, porque se obvia un análisis interseccional de los privilegios que afectan a lxs implicadxs. En el jurado popular de El jurado[vi], la película de Virginia García del Pino que proyectamos junto a la versión presencial de esta conversación[vii], se retrata una de las ocasiones en las que interviene el Estado.
En relación a estos juicios entre supuestos iguales, otro concepto interesantísimo que plantea revisar Sarah Schulman es el de la lealtad en la comunidad: lo identifica no como cerrar filas en torno a nuestro vínculo, sea lo que sea lo que sienta o lo que está reclamando, sino como la responsabilidad colectiva de ser sensatxs, de atender críticamente las distintas situaciones de tensión o enfrentamiento y de contribuir a sanar. Apela a que pensemos mejor lo que comunitariamente hacemos por alguien y lo que pedimos/permitimos que la comunidad haga en nuestro nombre.
Escribía Sánchez Ferlosio: «(Equívoco pronominal) Se ponen como muy arrogantes usando el plural, porque piensan que Nosotros tiene la ejemplaridad de no ser personal sino solidario; pero Nosotros es tan persona como Yo, y, si cabe, muchísimo peor persona»[viii]. ¿Por qué es importante reclamar otros tipos de lealtad?
(LM)
La forma en que hemos acabado entendiendo que debemos acompañar a las personas que sufren, sea por situaciones de agresión, sea por situaciones derivadas de conflictos mal resueltos, de ataques y daños producidos por otras personas, es la de esa lealtad basada en cerrar filas en torno a la palabra de quien está sufriendo, principalmente en los casos en los que la figura de víctima y agresor están muy esencializadas. Lo peor de todo esto es que se presenta como la forma correcta de actuar, la única forma desde la cual se ayuda y se protege, cuando precisamente estas posturas son las más negligentes para con lo que está sucediendo y para con quien está sufriendo.
Ante el dolor de lxs demás podemos cometer dos negligencias: ningunear diciendo «no es para tanto, no me molestes con tonterías» o bien, cerrar filas en torno a su palabra en una especie de «claro que sí, lo que tú digas es la verdad». En ambos casos vas a abandonarlx. Antes o después, y en ambos casos, estás tratando a quien sufre como una interlocutora no válida, le estás despojando de su dignidad, que siempre va a consistir en poder ser preguntada, cuestionada amablemente en lo que siente, poder hacerla reflexionar en la responsabilidad, en el por qué y en el hacia dónde puede dirigir lo que siente a la vez que reconocemos su dolor e intervenimos en el contexto para modificar las condiciones que lo han producido. La primera postura es la típica del patriarcado masculino: decirnos a las mujeres que nuestros malestares son cosas menores y sin importancia. La segunda sería la del feminismo maternalista que se sitúa frente al oprimido desde un lugar de superioridad en el que se da la razón como a las tontas.
Las posturas en las que se da la razón a los colectivos oprimidos o a las personas víctimas de ataques por el mero hecho de serlo suelen ser llevadas a cabo por personas que tienen intereses particulares en hacerse acompañar de la víctima de turno o del colectivo oprimido de turno para ganar legitimidad en guerras políticas, personales, en venganzas afectivas propias, ascensos académicos, etc. Estamos bastante hartas de verlo. Lo más absurdo es que, vamos a ver: ¿cómo vamos a tener razón todas las víctimas? ¿Qué pasa, que nos violan y se nos cambia el cerebro? ¿Se nos borran los recuerdos? ¿Los posicionamientos políticos? Evidentemente no, y la prueba es que no todas pensamos lo mismo.
Esto no quiere decir que la experiencia de la violencia no produzca un determinado trauma y efectos en diversos aspectos de la vida de las personas dependiendo de la gravedad, la intensidad, la continuidad, etc. Pero, precisamente por ello, es importante poder acompañar con responsabilidad estos procesos.
Comentábamos un día que la postura en la que se cierran filas en torno a la palabra de quien sufre es una postura negligente que, además, va a provocar que abandonemos a la persona antes o después. Esto sucede porque cuando alimentamos el dolor y el malestar de la otra persona, o cuando dejamos que suceda –a través de sus interpretaciones y efectos o los de la comunidad–, este malestar crece y esa persona se convierte, ella misma, en el malestar. Cuando toda acción acaba siendo condicionada por –o interpretada desde– ese malestar entramos en las posturas victimistas, y ya no hay agencia ni responsabilidad. Es entonces cuando acaba pasando algo que también hemos visto muchas veces: la persona que ha sido víctima o afectada por una situación se vuelve insoportable, intransigente, hiper-demandante, cruel, no hay fin a sus demandas y estas son cada vez más irracionales e inasumibles. Es en este momento en el que se produce el abandono más cruel. Por una parte, porque se produce por parte de las mismas personas que han alimentado una mala interpretación de lo sucedido o un malestar o un dolor sobredimensionado en el tiempo. Por otra, porque se produce en el peor momento, cuando el malestar ya está muy alejado del acto que lo produce, se está en un momento de dolor y sufrimiento muy elevado, se han quemado probablemente muchos otros puentes con amistades o colectivos que podrían haber apoyado de otras formas, etc.
Recientemente, en un encuentro de militantes y profesionales que trabajamos y reflexionamos en torno a los abordajes no esencialistas y restaurativos de las violencias machistas, una compañera –Maitane– lo explicaba muy bien. Ella es activista feminista y su trabajo se centra en el acompañamiento a niños y chicos menores en un centro de acogida. Desde esa experiencia –y otras que la atravesaban personalmente– reflexionaba en torno a lo difícil que resulta a quienes acompañan acoger el dolor y acompañarlo «sin asumirlo como mandato», pero de lo imprescindible –coincido completamente con ella– que es hacerlo. Cuando estamos dolidas y fuertemente impactadas por la violencia podemos expresar deseos de venganza y de odio terribles además de otras demandas que, como ella apuntaba, si se hacen realidad «a la larga te van a joder a ti y a tu entorno». Que en esos momentos haya gente que te sepa escuchar y aceptar sin escandalizarse es muy importante.
Escandalizarse es un gran peligro porque nos pone en un lugar en el que no sabemos entender a la otra. A veces, porque venimos de contextos más pacíficos, otros marcos culturales e incluso de clase donde la violencia se expresa menos, donde las emociones son más pausadas, y entonces nos escandalizamos con las hiper-expresiones de malestar. Como no sabemos acompañarlas en el proceso de irlas situando en lugares más saludables, como nos da miedo esa hiper-reacción, queremos que cese. Por eso acabamos dando la razón, cuando lo que deberíamos hacer es ofrecer el soporte para poder ir reconduciendo el malestar e ir poniendo límites al mismo. De lo contrario, lo único que se hace es alimentar el sufrimiento y sobredimensionar el conflicto.
Todo esto va más allá de las lógicas individuales e interpersonales, ya que, como decíamos, lo que sentimos individual y colectivamente está producido por los relatos culturales disponibles para interpretar nuestras experiencias, pero también condicionado por un montón de otros malestares derivados de condiciones de precariedad económica, comunitaria y afectiva. Y es que el problema que va más allá de nuestros malestares particulares, de nuestros dolores y de nuestra pérdida de vínculos. Todo esto responde a unos patrones afectivos y relacionales que solo contribuyen a las racionalidades neoliberales. Esencializando la condición de víctima se contribuye a construir una determinada cultura política colectiva en la que se promueve el nihilismo infantil, caprichoso y destructivo de los lazos afectivos, familiares y comunitarios, a la vez que se normaliza la violencia comunicativa como herramienta para enfrentar los conflictos o cualquier tipo de situación que consideremos amenazante.
[i] Daniele Giglioli expone su investigación sobre la ideología de la víctima en el libro Crítica de la víctima, publicado por Herder en 2017.
[ii] Lo explica en “El victimismo estratégico o las trampas del nihilismo”, artículo integrante del libro Deseo y conflicto. Política sexual, prácticas violentas y victimización publicado por Fondo de Cultura Económica en 2023 y coordinado por Marta Lamas y Mariana Palumbo.
[iii] Alianzas rebeldes: un feminismo más allá de la identidad es un libro coordinado por Cristina Garaizabal, Laura Macaya y Clara Serra publicado por Bellaterra en 2021.
[iv] Puedes encontrar alguna información al respecto en esta noticia: www.eldiario.es/sociedad/justicia-archiva-trabajadora-ivecodifusion_1_5972443.html
[v] Se refiere, de nuevo, a la Ley 10/2022 de garantía integral de la libertad sexual, más conocida como la «ley del solo sí es sí».
[vi] La película, de 2012, filma a los miembros de un jurado popular enfrentados a un juicio por asesinato. Puedes verla en www.hamacaonline.net/titles/el-jurado
[vii] Nos referimos al Dimarts de vídeo [Conflicto] no es lo mismo que [Abuso] del 14 de noviembre en el Santa Mònica (Barcelona) programada por Hamaca.
[viii] En el libro Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, publicado en 1993 por Destino.




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