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- Entrevista a Monique Wittig sobre L’Opoponax
Entrevistador: He aquí un libro curioso, interesante y, en definitiva, un muy buen libro. Al leerlo, uno tiene la sensación de que está escrito como pensamos. La música de las frases, la forma en que unas se enlazan con otras, es la misma que tenemos en la cabeza. Los personajes de este libro son niñas que van creciendo. Al comienzo están en el jardín de infantes; al final tienen quince o dieciséis años. Y es a través del propio lenguaje de la narración, de su evolución, como sentimos el paso del tiempo, cómo llega la edad. Las vemos crecer; mejor dicho, las oímos crecer. ¿Era eso lo que usted quería, Monique Wittig? Monique Wittig: Sí, por supuesto. Quería que se las pudiera oír crecer, exactamente en el sentido que usted dice. Entrevistador: El lenguaje cambia. Cambia con la edad, cambia de un año al siguiente; no de un capítulo a otro, porque no hay capítulos, sino aproximadamente cada cuarenta páginas. Monique Wittig: Sí. Porque, en el fondo, uno encuentra aquí fragmentos de vida más que una evolución continua. La vida de estas niñas aparece en fragmentos, uno por cada período. Entrevistador: ¿Recordaba la manera en que pensaba cuando era niña o reconstruyó todo imaginando una determinada mirada infantil? Monique Wittig: Intenté reconstruirla mezclando imaginación y memoria. Entrevistador: ¿Tenía recuerdos? Monique Wittig: Muy pocos. Entrevistador: ¿Recuerdos de su manera de pensar? Monique Wittig: Muy pocos. Creo que los recuerdos son más interesantes cuando una los fabrica. A partir de ahí se reconstruye una impresión, una impresión propia del recuerdo, de aquello que queda de él. Lo que permanece es una impresión y, desde esa impresión, una intenta reconstruir un recuerdo. Creo que de esa manera se consigue mucho mejor la tonalidad de los recuerdos que intentando traducir el recuerdo mismo. Entrevistador: ¿Fue fácil? Monique Wittig: No. Fue bastante difícil. Entrevistador: Al leer este libro da la impresión de que fue escrito para ser dicho en voz alta. Incluso dan ganas de leerlo en voz alta. Monique Wittig: No, no fue escrito en voz alta. Me gustaría escribir algún día un libro pensado para ser leído en voz alta; sería simpático. Pero sí puede decirse que, cuando se escribe, siempre se oye una voz. Entrevistador: ¿Es la voz de una de las niñas? ¿La voz de Catherine? Monique Wittig: Me gustaría que fuera, alternativamente, la voz de cada una de las niñas. Entrevistador: Pero sobre todo… Monique Wittig: Sí, sobre todo la de Catherine. Entrevistador: En este libro prácticamente no hay una historia. Da la impresión de que no ocurre nada. Y, sin embargo, el lector siente una presencia muy fuerte, una realidad muy intensa.¿Qué es esa realidad? Monique Wittig: Podría decir que me corresponde a mí más que a usted…. En el fondo, soy yo quien termina haciéndose la pregunta. ¿La realidad que percibimos en un libro no es, acaso, la misma realidad que percibe quien narra? Entrevistador: Sí, pero entonces, ¿qué es esa realidad? ¿Es alguien? En definitiva, ¿qué es? ¿Es usted? ¿Es a Usted a quien el lector encuentra? Monique Wittig: No lo sé. Lo que impresiona es el mundo. El mundo tal como puede percibirse, tal como usted mismo puede percibirlo. Entrevistador: En cualquier caso, esa realidad llega inmediatamente al lector porque el libro lo consigue plenamente. El tono, la lengua y la escritura poseen las características propias de la edad de los personajes. Después de todo, las niñas siempre están haciendo algo; se mueven constantemente. Y en este libro está el ritmo de la carrera, de los juegos, de pasar de un juego a otro. Monique Wittig: Me alegra mucho que me diga eso, porque justamente quería expresar un movimiento mediante la frase. Creo que por eso mismo el libro está construido a partir de una especie de yuxtaposición. El movimiento de correr, de jugar, de caminar, aparece menos descrito que producido por los propios saltos del lenguaje: de una frase a otra, de una anécdota a otra, de un tema al siguiente, exactamente igual que una niña abandona un juego para empezar otro. Entrevistador: Hay una especie de interrupción permanente de la actividad. Todo está siempre en movimiento. Incluso los nombres pertenecen al mundo de la infancia. Es decir, los personajes no se llaman simplemente Catherine, Valérie o Nicole, sino Catherine Legrand, Valérie…, Denise…, exactamente como aparecen escritos en los cuadernos escolares. Monique Wittig: Sí, en los cuadernos de clase. ¿No le parece demasiado severo? Entrevistador: No, en absoluto. Es simplemente un hecho. En general, cuando hablamos de una persona adulta, decimos solamente su nombre de pila: Catherine… Monique Wittig: Pero creo que, para las niñas y también para las personas adultas, el hecho de tener un nombre completo es muy importante. Por ejemplo, en algunos libros de la Biblia aparecen únicamente largas enumeraciones de nombres. Se dice: «En tal tribu están Fulano, Mengano, Zutano…» Ya ni recuerdo cuáles son esos nombres. Y, sin embargo, el simple hecho de enumerarlos, de decir uno tras otro el nombre y el apellido, les da realidad. En el fondo, cuando alguien es nombrado, existe. Entrevistador: Es verdad. Hace un momento usted decía que en este libro nunca hay una pausa verdadera. Nunca se pasa realmente a otra línea de pensamiento: se va de un tema a otro, pero el movimiento nunca se detiene. Ayer, cuando hablábamos de esto, usted me dijo: «Vivimos así». ¿Cree que incluso de adultos vivimos de esa manera? Monique Wittig: Creo que sí. Al menos, me parece que sí. Entrevistador: ¿Y qué queda entonces? Monique Wittig: Creo que nuestros recuerdos nunca forman una línea continua. Si intenta recordar exactamente qué hizo hace tres meses, probablemente no recuerde casi nada. Tal vez aparezca un hecho cualquiera, completamente al azar, y ese hecho se engancha con otro. Los hechos no sólo se acumulan: somos nosotros quienes los vamos acumulando en nuestra vida. Siempre estamos corriendo detrás de algo. Entrevistador: ¿Hace zigzag.? Hay algunas expresiones que no deben tomarse literalmente. Pienso, por ejemplo, en una frase que aparece varias veces cuando habla de Denise o de Valérie: «Se le cayó la goma sin querer» o «se cayó sin querer». En esos casos hay que entender exactamente lo contrario: “sin querer” significa que fue deliberado, pero dando la impresión de que ocurrió por accidente. Monique Wittig: Sí. Creo que es una forma de camuflaje. Entrevistador: Tengo la impresión de que usted escribe eso de manera muy espontánea, como si esa idea siguiera estando muy presente, muy cercana para usted. ¿No le quedó un poco esa costumbre de hacer las cosas “sin querer”? Monique Wittig: Espero que no. Entrevistador: Da la impresión de que esa expresión vuelve muy a menudo. Monique Wittig: Sí, aparece bastante seguido. Pero creo que, en las niñas, siempre existe una cierta falta de sinceridad frente al mundo adulto. Siempre hacen las cosas “sin querer”. Entrevistador: ¿Y usted no conservó un poco de eso? Monique Wittig: No lo sé. Entrevistador: Cuando las niñas son un poco mayores, Catherine Legrand y su hermana ingresan como internas en un convento. ¿Su experiencia personal le sirvió para escribir esa parte? ¿Usted misma estudió en un internado religioso? Monique Wittig: No. Nunca fui a un internado. Pero sí conocí, como creo que casi todo el mundo en Francia, el convento y la institución religiosa. Y, sobre todo, hace tres o cuatro años trabajé durante unos meses como profesora en una institución religiosa. Eso me hizo volver a pensar en muchísimas cosas. Entrevistador: Es justamente en el convento donde nace esa amistad tan intensa —casi una pasión— entre Catherine Legrand y Valérie. Su protagonista debe tener unos catorce o quince años. Monique Wittig: No sabría decir exactamente la edad. Tal vez catorce o quince. Entrevistador: Es una pasión que, sin embargo, apenas se manifiesta. Aparece en unos celos apenas insinuados y, sobre todo, en una enorme tensión. Y es precisamente en ese momento cuando aparece por primera vez el opopónax. ¿Qué representa el opopónax? Recordemos que también es el título del libro. Monique Wittig: Creo que corresponde, en el fondo, a una toma de conciencia de sí misma. Y también al nacimiento del amor. Quizá sea el nacimiento del amor lo que hace posible esa toma de conciencia. No lo sé. Entrevistador: Entonces, ¿qué es exactamente el opopónax? ¿Es la intervención de los demás? Monique Wittig: Sí… Es la intervención de los otro…Una cosa oscura. Eso no hemos dicho, lo que no hemos expresado. Es eso que querríamos decir, que querríamos expresar. Entrevistador: Es algo que aparece repentinamente en la vida de alguien, en una ocasión determinada. Monique Wittig: Puede ser, y uno luego toma conciencia. Entrevistador: Por ejemplo, Catherine Legrand comienza a escribir pequeños mensajes anónimos. ¿Eso forma parte del opopónax? Monique Wittig: Si.. Es eso mismo… y, al mismo tiempo, es otra cosa. Es como si se dividiera en dos. Al menos, esa es la impresión que tengo. Entrevistador: Ayer usted me habló de una palabra alemana relacionada con el opopónax. Hoy, en cambio, me dio otra. ¿Cuál es la correcta? Monique Wittig: La palabra correcta es Trudemännchen. Designa a un pequeño hombre que oprime el pecho mientras uno duerme. Es el personaje de las pesadillas. Creo que proviene de un antiguo cuento popular alemán. Es aquello que nos obsesiona. Aquello que vuelve una y otra vez. Algo que viene de las pesadillas. Aquello que desencadena algo. Entrevistador: Al final del libro, Catherine Legrand y Valérie están sentadas una al lado de la otra en un autobús escolar que lleva a las alumnas de paseo. Ha nacido una amistad apasionada. Una aventura comienza. Y, sin embargo, el libro termina justamente allí, cuando todavía casi no ha ocurrido nada. ¿Por qué? Monique Wittig: Porque, si continuara, correría el riesgo de convertirse en un folletín. El amor comienza. Pero eso no es lo importante. Entrevistador: También porque, a partir de ese momento, la historia empieza a convertirse en una historia de personas adultas. Monique Wittig: Exactamente. Ya no estamos en el mismo plano. Es otra realidad. Entrevistador: Y desde el momento en que se convierte en una historia de adultos, ¿el lenguaje que había utilizado hasta entonces deja de servir? Monique Wittig: Creo que sí. Ya no sería el mismo lenguaje. En realidad, en los últimos capítulos el lenguaje ya empieza a cambiar. El ritmo se precipita. Y ese cambio ya anuncia un final. Entrevistador: Usted dice, en cierto modo, que cuanto más envejecemos, menos claramente vemos las cosas y, por lo tanto, más difícil resulta contarlas. Después de eso… ya se terminó. Habrá que inventar otro lenguaje para la próxima vez. Muchas gracias. Monique Wittig: Gracias a usted. Fuente: Monique Wittig à propos de son roman "L' Opoponax" dans Lectures pour tous (1964) En: https://www.youtube.com/watch?v=41ylkxSVGo4 William Mophos, “Quintal da Vovข”, (2025), Pintura acrílica sobre fragmento de pared, miniaturas de materiales mixtos, cúpula acrílica con base de tablero de cemento, 21,6 x 23 x 21 cm
- De Brasi esparcidor de pistas [1] / Marcelo Percia
1. Ensayo sobre el pensamiento sutil. La cuestión de la causalidad. La causalidad en cuestión es el último texto de una trilogía.[2] La idea de trilogía no remite sólo a tres libros, señala la persistencia de una búsqueda, la insistencia de una ética, la resistencia de una política, la consistencia de una soledad que espera. Un intelectual vive siendo lo que piensa, lo que no puede dejar de pensar, lo que imagina que sería posible si no pensara sólo lo que piensa. 2. El libro se inicia con un poema de Wislawa Szymborska que termina con estos versos: “Todo principio / no es más que una continuación, / y el libro de los acontecimientos / se encuentra siempre abierto a la mitad”. La vida es un instante en el curso histórico de un movimiento interminable. Todo pensamiento acontece en la mitad: entre lo pensado y todavía por pensar, en medio de algo sin comienzo y sin final. 3. En su Ensayo sobre el pensamiento sutil, Juan Carlos De Brasi intenta “deslindar la causalidad de la determinación”, lanza la piedra de una posibilidad a la vez determinada e incausada: ética de lo posible, absoluto político que sostiene que todo lo que es podría no ser o devenir de otros modos. La causalidad soporta la herida íntima de una desterminación que nunca termina de cicatrizar. De Brasi no opone certezas a incertidumbres, objetividad a subjetividad, cerrazones a aperturas, arrogancia a actitud dudosa (el método de la vereda de enfrente); sigue otros senderos: recorre los labios sensibles de lo herido, afina el oído para escuchar lo que pudo y no pudo decirse en esos cortes. 4 En otro pasaje del poema de la misma escritora polaca se lee que la casualidad juega con nosotros, la proposición podría interpretarse como que somos títeres de sus caprichos o que ella es nuestra compañera de aventuras. La casualidad ríe de las previsiones humanas. De Brasi se pregunta (siempre se pregunta) si la determinación se opone a lo azaroso. Recuerda que Mallarmé decía que “un golpe de dados jamás abolirá el azar” y añade que “la tirada de dados sostiene el azar como uno de los componentes de la determinación”. Así se comienza a comprender qué anuncia la de(s)terminación: la intención debrasiana de no desalojar a lo viviente del argumento. 5. La cuestión de la determinación está afectada por el agregado de la letra ese en el vocablo desterminación. De Brasi indica que “lo que está determinado en su trazo se encuentra de(s) terminado en el acto de su movimiento”. La vigésima letra de nuestro alfabeto participa, entre otras cosas, en la intuición de lo plural y en el prefijo (des) que trastorna el significado y sentido de las cosas. Desterminación no es un término más, sino una idea que ayuda a entrever lo que el pensamiento sutil llama la praxis de un sujeto singularmente colectivo en condiciones que son (siempre) sociales e históricas. [3] 6. El libro de De Brasi parece un manifiesto político a favor de una ética que no detenga la vida. Expresa su programa así: “la vida no debe paralizarse”. Dejar que la vida sea no es una excusa vitalista, sino la advertencia de que el pensar –que siempre fue impulso para vivir sin miedo a la muerte, a la soledad, al amor- puede también encerrar la vida e impedir su potencia plena para todos. ¿Qué paraliza la vida? El ensimismamiento, la culpa, la no elección de lo que cada uno va siendo. De Brasi escribió una vez que “si la envidia hablara, diría: quiero tu aliento vital, tus posesiones me son indiferentes”. Sin eso que llamamos aliento vital, deseo, potencia, complicidad, la vida se detiene. La ética debrasiana es posada de la potencia: en su escritura el deseo repone fuerzas. A su posición se opone la vergüenza: si ética es alegría que elige, en su devenir, la posibilidad de lo que todavía no es; la vergüenza es indecisión y negación de lo que se podría llegar a ser. La vergüenza, en su inacción, consiente la detención de la vida. 7. En Notas mínimas para una arqueología grupal (2003) De Brasi recuperaba la insistencia de lo grupal como equívoco feliz entre pensamiento y política: equívoco (en ese momento) necesario “para que un fututo distinto -en todas la direcciones- sea posible”. Lo grupal fue su astucia teórica para, pasando por los grupos, llegar a pensar las condiciones históricas de producción de subjetividad. 8. Recuerda De Brasi que La explosión del sujeto (1996) “trató de llevar hasta su frontera, a menudo forzándolo desde dentro, al discurso freudiano, para hacerle decir lo que no quiso ni pudo o no alcanzó a decir”. De Brasi recorre territorios hasta alcanzar sus límites, sabe que en esos bordes bulle lo expulsado o lo que resta fuera de dominio. Sus preguntas acampan en esas líneas. Suele memorar que “en cuestiones de pensamiento, como en cualquier otra ‘se trata de encontrar el problema y por tanto de plantearlo más aun que de resolverlo’”. 9. A propósito del desfondamiento del sujeto clásico escribe: “La multiplicidad de componentes y lógicas que lo poblaban hizo colegir que su fondo no era más que un abismo, mezcla de fugaces e irrepresentables transformaciones”. Suele imaginarse el fondo como lo más desconocido y oculto (en el fondo del mar, tocar fondo para salir a flote) o como el plano más alejado del espectador (el fondo de la sala). El fondo se presenta como lugar de sentimientos íntimos y sinceros (en el fondo de mi alma, en el fondo de mi corazón) o como refugio de lo más importante (el fondo de la cuestión). También el fondo como última línea (los cuatro del fondo en el fútbol) o como imaginario del dinero (hagamos un fondo común, un tipo con escasos fondos). Todavía aparece en expresiones como: hay mar de fondo, un pozo sin fondo, vive en los bajos fondos, fondos buitres, música de fondo o fondo editorial. La idea de sujeto quedó colonizada por la ilusión de un fondo: algunos creen que el sujeto del inconsciente es el fondo psicoanalítico del yo, suponen que el yo es apariencia, la persona máscara, el individuo unidad de control y el sujeto fondo profundo y verdadero de todas las superficies. De Brasi recuerda que lo humano no puede fondear o anclar definitivamente en nada (“su fondo no era más que un abismo”). Vivir es abismarse, no caerse del paraíso sino caer en lo posible. Si la idea de tocar fondo como límite, tranquilizaba (ya no puedo caer más bajo, peor no me puede ir), la caída de la que ahora se trata es la caída en el vivir: ese vértigo intranquiliza. La explosión del sujeto es experiencia del abismo: estallido como inquietud que cae, explosión como hemorragia de la mismidad, un poco detenida por el torniquete de la representación. De Brasi sabe que abismarse supone atravesar lo irrepresentable: eso que se mueve, danza, bulle entre las representaciones; las representaciones son balcones, cornisas, bordes, para asomarse a lo que, por no tener nombre, llamamos lo otro. Cuidar lo otro de la codicia de la representación equivale a guardar semillas no estalladas del pensar. 10. De Brasi trabaja en los límites de las definiciones congeladas, les arranca balbuceos inseguros, insinuaciones audaces, gestos que dicen otras cosas, se desprende de lo dicho, presta atención a lo no dicho o dicho a medias, a lo impensado o pensado en los márgenes. 11. No vale cualquier ocurrencia o intuición atolondrada en el juego del pensar. 12. Llamamos complejidad a lo que resiste nuestra simplificada comprensión, llamamos libertad a lo que no se deja poseer ni dominar, llamamos realidad a lo que se reduce a conjuntos de opuestos, ramilletes de dualidades uniformadas. Sin una urdimbre no se puede tejer una trama. De Brasi llama subjetividad a un hueco a la vez interno y externo, a una existencia porosa, permeable, interpenetrada, a la potencia diseminada que somos (antes de ser capturados por la organización de la anatomía o los sistemas psicológicos). Escribe: “se trata de una exterioridad -que deshace la barrera de lo interno y lo externo- porosa (de póros, vía de comunicación y reciprocidad), permeable e interpenetrada. El cuerpo es su enclave”. 13. Sutil es la hendidura por la que deviene lo inesperado, escribe: “Sutil es el nombre de un pensamiento que indica su avance por los senderos menos previsibles. Aquellos donde el pensamiento ejerce su máxima potencia realizativa”. Se suele confundir crítica con descalificación. Con las ideas pasa lo que con otros objetos de consumo: se exhiben como trofeos renovables o se las arroja a la basura junto a los productos vencidos. La actualización (estar al día) anima la fiesta del capitalismo. El despilfarro de ideas deja el residuo de un repetido repertorio de frases hechas que, con el tiempo, terminan en carpetas clasificadas. Los profesionales son coleccionistas. El sentido común es una de las prisiones del pensamiento. 14. De Brasi vive lejos del mundo académico, del perímetro de los suplementos de cultura de la industria periodística y de otros circuitos de mercado. Escribe para el porvenir notas que nadie le solicita, de allí su humildad y su arrogancia: humildad del que sabe que, en la eternidad, sus apuntes serán olvidados y arrogancia de quien, aún así, escribe con el deseo de que su palabra fecunde en un mundo por nacer, más allá de su mínima existencia. 15. Estos tiempos humanos serán recordados no tanto por lo que nos es dado conocer, como por los modos que practicamos de olvidar, ignorar, desestimar lo que no conviene o no se quiere tener en cuenta. La civilización actual proclama el ideal de una vida tranquila, incluso diseña momentos intranquilos como excepciones dosificadas que vigorizan el todo bien de la tranquilidad. Pocos autores se sueltan de la complacencia de lo ya definido, menos se dedican a buscar (en repetidas nociones) fisuras de un manantial negado: pliegue del que emana (y del que mama) el deseo de pensar de otro modo; sólo algunos afirman que los conceptos son históricos. El pensamiento sutil difunde intranquilidad: el sentido de una ética que espera una oportunidad desprendida del curso de un movimiento colectivo. 16. De Brasi dialoga con fantasmas, espectros que no mueren porque todavía tienen algo que decir. Aloja voces que hablan en sus palabras. La figura del médium gravita en la práctica del pensamiento más que en las antiguas creencias espiritistas: ideas invocadas por el dolor de una época buscan formas de hacerse presente. 17. El despliegue de una tela enrollada admite una especie de lisura (tal vez alterada por marcas de antiguos dobleces); pero el despliegue de una vida nunca se alcanza como superficie plana y sin asperezas. El estiramiento o la rigidez de una existencia llana es una deformación de las planchas causalistas que abundan en las escrituras universitarias. Lo sutil respira en los pliegues. 18. De Brasi se desprende del automatismo simplificador que en algunos tiene la idea de determinación. Tal vez no se alcance a percibir la fuerza de su cuestionamiento Las expresiones determinación (determinierung) y sobredeterminación (überdeterminierung) fueron ideas activas en el marxismo y el freudismo de los años sesenta: las representaciones que los hombres tienen de sí están sobredeterminadas, en última instancia, por el lugar que tienen en las relaciones materiales de producción; igual que los síntomas neuróticos están sobredeterminados por el inconsciente entreverado en los problemas actuales. En uno de sus ensambles, ironiza sobre la facilidad simplificadora difundida a través del Vocabulaire de la psychoalalyse de Laplanche y Pontalis, sugiere cómo cambia la posición del psicoanálisis si “se confunden, definitivamente e irremisiblemente, causalidad y determinación”. 19. De Brasi presenta esta cita de Bertrand Russell que dice: “La Ley de la causalidad (…) es una reliquia de tiempos pasados que, al igual que la monarquía, sobrevive por la errónea suposición de que no hace daño”. En La monarquía causal (1996) anotaba que un hecho determinado puede ser al mismo tiempo un hecho azaroso. Ese texto que coincide con su último despegue (ético-conceptual) de Buenos Aires -en el que, entre otras cosas, introduce la idea de desaparición ampliada-, De Brasi ya ponía en proximidad (y a distancia) las ideas de determinación y causalidad. Para De Brasi, la voz de los desaparecidos por el terror de Estado en la última dictadura argentina, se escucha como murmullo histórico de una ética de la responsabilidad. El pensamiento como acto por el cual adviene un sujeto singularmente colectivo, la decisión de generar otro mundo posible como desterminación. Escribe: "La responsabilidad nos libra de la impunidad globalizada, mientras evita que nos convirtamos en los "pálidos delincuentes" que repugnan a Nietzsche, en caricaturas que no están a la "altura de sus actos", víctimas de sí, victimarios de los demás". 20. Sutil tentación de otros modos de pensar. 21. Una ética de la responsabilidad no se rige por los sustantivos del consumo capitalista (salud, dinero, amor), sino por los infinitivos sutiles de la de(s)terminación: vivir, amar, pensar con otros. La ética resiste a todos los sustantivos que demandan asentimiento. 22. De Brasi sabe que no se avanza hacia al futuro sino que se avanza desde el futuro: no interesa el futuro como sitio al que llegar, sino como modo de reír todavía no acontecido que cosquillea en el presente; carcajada que hace que deseemos salir de nosotros mismos, desprendernos de nuestra conservadora identidad, desasirnos de la cálida representación que nos empantana. Si la ansiedad es apuro por llegar o apresuramiento por huir, el avance de De Brasi anuncia la fuga serena del devenir. 23. Futura Antigüedad es el oxímoron de todos sus libros. De Brasi busca entre los griegos clásicos señales del futuro que viene hasta nosotros, indicios para revivir lo inacabado. No se trata de una figura, sino del secreto de su ruta. ¡Qué alivio saber que las cosas no siempre fueron como las pensamos ahora! En uno de sus libros anteriores, citaba estos versos de Pedro Salinas: “¡Qué gozo, que no sean nunca iguales las cosas que son las mismas!”. De Brasi presenta a los griegos no tanto como pensamiento inaugural, sino como indicación para el descomienzo del sentido común del presente. Recuerda que para los clásicos “la causalidad y las causas no son objeto de una indagación cerrada ni de una preocupación constante, como en la modernidad”. A la pregunta de por qué las cosas son bellas, la respuesta es las cosas son bellas por la presencia de lo bello. Resalta que esos pensadores “no poseían una palabra que nombrara al efecto, sino que este era designado, sin excepción, por la perífrasis ‘aquello donde hay causa’”. 24. La ausencia de nombre es la posibilidad misma. Se suele confundir pensar con nombrar: pensar es avanzar hacia lo que no se puede nombrar. En el momento en el que alguien advierte que no tiene palabras para designar lo que le pasa o para decir lo que piensa, acontece un llamado: entonces, las ideas vienen no en auxilio de una supuesta carencia o para aplacar una urgencia, sino para actuar como anfitriones, puentes, enlaces o silencios hospitalarios con el vacío. Así, los nombres llegan cuando las ideas han hecho su trabajo. La designación es el epitafio en la tumba de innumerables ideas desconocidas. 25. No importa tanto la erudición filosófica de De Brasi (como cuando presenta la cuestión de la causalidad en Aristóteles o en cada una de sus intensificaciones de Hume, Descartes, Kant, Nietzsche, Spinoza, Hegel, Marx) sino su intención desnaturalizadora, su propagación de lo inquietante en el pensamiento no normalizado. 26. De Brasi no intenta dar un panorama sobre la cuestión de la causalidad en la filosofía de los griegos clásicos, se propone resaltar lo excluido, lo olvidado y lo reprimido en las lecturas canonizadas. Tras revisar las ideas sobre la causalidad en Aristóteles, pone a la vista que, en el griego, la cuestión se desliza a lo infinito (“hay una cantidad infinita de causas”). A la pregunta de por qué una cosa se da de una manera y no de otra, las respuestas nunca se agotan. Si las respuestas se agotaran el mundo se detendría. 27. En Ensayo sobre le pensamiento sutil, De Brasi pone a la vista cómo el deseo de infinito se corresponde con el amor por lo indeterminado y con la invocación de un porvenir inesperado: el mandato ético de no detener la vida. Valora en el banquete griego “la palabra dicha en comunidad solicitada para ser escuchada y valorada en esa reunión donde el théma ponía el asunto sobre la mesa con el fin de disolver el sentido único”. Busca pistas de un pensamiento abierto y excéntrico, amante de mezclas y dispersiones, un pensamiento en continuidad (sin tabicaciones). 28. Hay quienes reciben herencias y quienes se pasan la vida esperando o lamentando lo que nunca les llega, están los que dilapidan lo recibido o lo trabajan para conservarlo y acrecentarlo; también hay, entre los que no reciben fortunas, quienes inventan herencias. Escribe De Brasi: “Y creo que es necesario diferenciar claramente entre ‘precedentes’ y ‘padres precursores’. Los primeros modulan el pasado como lo que no acaba de pasar, de ahí que siempre estarán por venir, es decir: en cuanto sean trabajados como precedentes, en caso contrario serán meros antecedentes para un archivo. Los precedentes ofrendan una liviana orfandad, la tarea de ser padre de uno mismo. Los padres precursores, en cambio, han fundado las líneas, sólo dentro de las cuales el futuro es posible. Por eso sus hijos están siempre predestinados para… o destinados a… ser reabsorbidos en ellos, a precursarlos constantemente y a desempeñar la tarea de los héroes o de los ‘number one’, que, irónicamente, forman una verdadera masificación de ‘números uno’”: Una de las mayores sutilezas del don de la paternidad es no impedir que los hijos sean padres de sí mismos. La causalidad tiene debilidad por las relaciones de apropiación, mientras la determinación es sensible ante cualquier forma de posesión. 29. La realidad es el mundo histórico causado y determinado, mientras lo real es potencia de lo posible. 30. De Brasi recupera en sus lecturas de los griegos que la suerte (buena o mala) sólo les cabe a los que son capaces de actuar, la suerte afecta el resultado de los actos realizados. La inacción, como esperanza pasiva de que algo caiga del cielo, no convoca a la suerte (ni a la buena ni a la mala). La suerte no es un “bien supremo al que se tiende porque está tendido de entrada”. Se dice, entre nosotros, que “a la suerte hay que ayudarla”. De Brasi subraya que “llamamos suerte a aquellos eventos que se dan por azar para quienes pudiendo elegir, eligen”. 31. Encuentra en la Ética a Nicómaco de Aristóteles pistas para soltarse “del paraíso embobado del consumo lúdico, con sonrisa de foto fija, que nuestras sociedades publicitan como felicidad”. Ante la pregunta de ¿cuál será el supremo bien del hombre?, De Brasi recuerda que “La Ética a Nicómaco responde: la eudemonía; una felicidad provista de bienes y que los sobrepasa hacia una finalidad sin fin, es decir, por un movimiento hacia un logro imposible. Ese logro imposible motor de la búsqueda, es el bien más perfecto del hombre que implica un trasiego, una actividad (ergon) propia del alma (psúje), de ese ‘soplo vital’ que nos anima”. No hay fórmulas para la felicidad porque no hay felicidad como cosa, estado de bienestar, meta alcanzada; la felicidad, sin embargo, se puede buscar no como fin, sino como pulso imperceptible de lo que acontece porque sí: como vida sin causa. 32. De Brasi recupera la ética de la deliberación, sus tensiones con la elección y el teatro de la decisión. Retoma la pregunta de cómo cada uno llega a ser el que es. El ser es un problema: cada cual debe enfrentar el desafío de llegar a ser lo que va siendo. No se es, se elige ser o no ser quién se está siendo. Antes de la decisión no se es nada. Afirma De Brasi una idea que tiene consonancias sartreanas. “Para los estoicos, Aristóteles y un gran número de contemporáneos, la elección es lo que hace que un hombre sea lo que va siendo, donde lo que uno es se podría apreciar recién desde el final. Debo hacerme lo que soy. Esta es la realización no apriorística del hombre virtuoso como tal. Así, ‘elección’ y ‘decisión’ son los componentes constitutivos del acto de ‘ser hombre’”. A lo que enseguida agrega que la elección y la decisión, en Aristóteles, no se ejercen sin el deseo que las impulsa. Ser lo que va siendo o hacerme lo que soy son enunciados de la determinación como arrojo de quién se abisma a lo que sabe y no sabe de sí: salto sin red, pero no como audacia que desafía un peligro, sino como abandono de lo idéntico, decisión de no impedirse el devenir. 33. Explora, en los márgenes de la filosofía, posiciones de la medicina clásica griega sobre la cuestión de la causalidad. Recuerda que Hipócrates se auxilia en una semiología médica que supone que los fenómenos patológicos son signos que aluden a causas ocultas. 34. El sentido común es un sistema de certezas que protege y auxilia, De Brasi, que practica el abandono de esos lugares seguros, vive en el desamparo. 35. En medio de respetuosas discrepancias con Deleuze que abarcan fuentes y puntualizaciones del pensamiento de los estoicos, De Brasi escribe: “Había subrayado que la mayoría de los pensadores antiguos aceptaba que los cuerpos debían su composición a las mezclas, porosidades, fusiones, cavernas que serpenteaban bajo la perceptible solidez, compenetraciones y fisuras que habitaban en el núcleo de lo compacto mismo. Y eso ocurría por la modulación que ejercía un incorporal por excelencia: el vacío”. Si la causalidad pretende llenar el vacío con sus explicaciones, la determinación no se frustra por lo que resta no explicado, no causado, y no todo determinado: “la determinación es básicamente incompleta”. 36. En otro momento señala cómo los estoicos no se interesan por las proposiciones formadas por sujeto y predicado, a la vez que prefieren composiciones de sujeto y verbo. Escribe: "De esa forma generan una doble evitación: los juicios ya no deben recurrir a la cópula "es" ni expresan una propiedad común (un cuerpo es caliente) sino un acontecer (un cuerpo se calienta). Así, bajo esta modalidad, el acontecimiento deviene expresable. Y, en un ejemplo, parafraseado sin cesar, no se debería decir "el árbol es verde", sino "el árbol verdea". La cópula procura ligar o unir lo que concibe separado o desunido, los verbos ser y estar sólo piensan en vincular a un sujeto con su atributo: el árbol es verde asigna una cualidad al árbol, fija el orden de un enunciado; mientras el árbol verdea transforma el atributo en verbo, verdear no es sólo tender al verde sino acontecer lo verde, potencia que estalla en el devenir árbol verdeante, sin necesidad de unión ni ligadura alguna. 37. Escribe enseguida sobre esa desatribución que los estoicos todavía arrastran entre nosotros: "Converge la continuidad material de las cosas, sus atributos con el devenir y procesamiento de los verbos que roturan el campo del pensamiento. El lenguaje ya y para siempre quedará imposibilitado de cerrarse sobre sí mismo, así como las cosas sobre sus ojos ciegos e impenetrables" Si hubiera algo así como un manifiesto ético del pensamiento sutil diría: La vida no debe detenerse y, ahora, agregaría: El lenguaje ya y para siempre quedará imposibilitado de cerrarse sobre sí mismo. 38. De Brasi intenta liberar al futuro de su punto final, desprenderse de la idea de origen como algo dado de una vez y para siempre, discutir cualquier tipo de unificación por imperceptible que sea. Como anotó en el texto anterior de la trilogía: “…mostrar el caldero en donde hierve la imposibilidad de un proceso unificado”. Las ideas de que una cosa es así por algo (infección de la causalidad) o de que algo es así para siempre (infección del destino) son microorganismos que enferman al deseo de pensar otro mundo. 39. Escribe: “Hemos llegado, mediante una crítica radical de la causalidad, a limitar sus aspiraciones globalizadoras, a desenmascarar su unificación carcelaria que introduce en diversos modos de explicación, interpretación, legalización o determinación de los acontecimientos que penetran en la materia de los actos éticos, estéticos, políticos y las producciones conceptuales”. De Brasi advierte que la mejor manera de prevenir el reinado de la causalidad es alojarla como una posibilidad de determinación más entre otros infinitos modos que la vida tiene de expresarse. 40. Si antes de Deleuze y Guattari un rizoma era sólo un término que la botánica empleaba para nombrar a los tallos subterráneos con raíces y brotes foliáceos; antes de De Brasi la determinación sólo era una de las sentencias de la causalidad. Escribe: “Es así que las determinaciones, diversificados modos de afectación, van siendo determinantes según el régimen de acontecimientos con el que se conectan y desconectan a partir de rigurosas condiciones iniciales. (…) Los citados ‘modos de afectación’ son determinaciones explícitas e imperceptibles, pero no están originadas ‘por’ ni ‘para’, sino desplegados ‘entre’ un centelleo de virtualidades, un refrescante abanico de posibilidades, series concomitantes más acá de toda articulación, contactos reunitivos y disipativos, plegamientos incalculables, etc. Ellos instauran modos peculiares de elucidación y determinación que no preexisten ni están preestablecidos en ninguna estructura o espacio de referencia, sino existen con sus cadencias, velocidades, fugaciones y coagulaciones; en formas de vida singulares, en adscripciones poéticas, inscripciones políticas, asunciones éticas; en la crítica a la estatización reinante, en la necesidad de impulsar otros tipos de sensibilidad, de festejar el acto creativo, de rechazar el acto consumado, de potenciar la vida sin idealizar sus dones”. El pensamiento sutil no sólo es una manera de escribir: el estilo aquí es la astucia barthesiana de decir con el lenguaje aún lo que la lengua impide decir. La singularidad de un escritor puede buscarse en sus cadencias únicas, en sus movimientos más irregulares, en sus tonos irreproducibles y en su deformante forma de conjugar el dolor y la alegría del mundo que lo convoca sin llamarlo. 41. Escribe De Brasi a continuación de la cita anterior: “si algo tiene en común ‘todo’ lo designado es lo ‘abierto’ y que todo está dado al mundo para ser transformado. He ahí la única ‘ilusión’ que ofrecen las perspectivas de estos regímenes de determinaciones rizomáticas en que nos situamos durante las intervenciones grupales o institucionales específicas”. 42. Admira en los escritos de Nietzsche sus operaciones de desfondamiento, las desatribuciones de las supuestas sustancias en las ideas de hombre, sujeto, yo, voluntad. Escribe: “El concepto de devenir en Nietzsche no dice otra cosa que el ‘ser’, pero otra cosa totalmente distinta al ‘ser’, que es una interpretación sustancialista incrustada en el lenguaje”. 43. En La problemática de la subjetividad. Un ensayo. Una conversación declaraba que escribir era una especie de “resistencia activa a convertir la vida en destino, a metamorfosear un soplo en palabra sagrada”. 44. A esta altura, el manifiesto ético del pensamiento sutil diría: La vida no debe detenerse. El lenguaje ya y para siempre quedará imposibilitado de cerrarse sobre sí mismo. Impulsar otros tipos de sensibilidad. Aliviar a las ideas del lastre de las sustancias imperiales. Todo está dado al mundo para ser transformado. (Los imperativos y sentencias serían aquí furiosos golpes de un instante). 45. En Flechas de Pensamiento. Verdinales y meditaciones (en preparación), dice: “He sufrido todo tipo de exilio, político, cultural, grupal, violento, incomprensible, desmesurado. He pasado y resistido, no sin cierto dolor sosegado, en varios lugares. Pero jamás he sido subyugado por el verdadero exilio, el más lacerante, el de mi lengua. De su geografía nadie pudo alejarme”. ¿Cuál es la lengua De Brasi? ¿El castellano que se habla en Buenos Aires? ¿El que arrastra las eses, dice che y se permite enunciar que lo que mata es la humedad? Tras aclarar que no se trata de agregar otro dualismo (terminado/desterminado), se pregunta si la de(s)terminación es una noción o un concepto (interrogante que había echado a rodar en La monarquía causal). Escribe: “Llegados a este punto percibimos que la desterminación no juega en el baldío de las nociones ni en el dominio de los conceptos. ¿Lo haría en ambos conjuntando territorios? (…) En este punto es la desterminación la que empuja el nombre propio de su región experiencial: el nocepto”. Quien vive en su lengua deja delirar a las palabras, prueba aleaciones impuras, desliza vocablos, trama acoplamientos, sitúa lo intraducible. Si las invenciones de un escritor provocan pensamientos o acompañan sus desencadenados ímpetus, esa sutileza del lenguaje se llama filosofía. 46. En Subjetividad, grupalidad, identificaciones (1990), De Brasi -a la vez que alertaba sobre las fuerzas siniestras de la homogeneidad y la uniformidad- lanzaba una pregunta que siempre retoma: “¿Cuál será el monto de ‘singularización’ que soporta cada entramado social-histórico?”. 47. Una cita más que es la pista de las pistas. Respecto de la crítica de la representación escribe: “Es irrebatible que la vida cotidiana, las realizaciones artísticas, los procesos de conocimiento, las exigencias de la comunicación, etc., las requieren con urgencia y es imposible moverse sin ellas. Pero lo que aquí se apunta no se refiere al ‘sin ellas’, sino a la reducción habitual del ‘sólo con ellas’ que abunda en los distintos campos y disciplinas debidamente representados por sus objetos de estudio, sus métodos de abordaje y sus legiones de expertos”. 48. El relato de Borges Avatares de la tortuga (1932) termina así: “Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso”. [1] Esparcidor que se entiende con el viento, sus pista no llevan a un sitio, indican movimientos en los que habita el deseo. [2] Junto a La explosión del sujeto. Acontecer de las masas y desfondamiento subjetivo en Freud (Tercera edición corregida y ampliada). EPBCN Ediciones y Mesa Editorial, Buenos Aires, 2008 y La problemática de la subjetividad. Un ensayo, una conversación. EPBCN Ediciones y Mesa Editorial, Buenos Aires, 2007. [3] El juego de la letra en la de(s)terminación recuerda al de la differ(a)nce en el conocido texto de Derrida. De Brasi escribe indistintamente desterminación y de(s)terminación. En el curso de esta presentación, cada vez que aparece el vocablo determinación a secas, se verá, esta ya contaminado por los influjos de la desterminación. Fuente: De Brasi, Juan Carlos Ensayo sobre el pensamiento sutil . - 1a ed. - Lanús : Ediciones La Cebra, 2013. Verónica Scardamaglia Las criaturas no leen. (2026)
- En el inconsciente está el cosmos / Osvaldo Saidón
Este texto es una edición y transcripción de la intervención de Saidón en 2021, junto a Alfredo Aracil, en el marco del Congreso “Estados de ánimo de la salud mental” en el MALBA. El título original fue: Clínica y Sociedad. Del psicoanálisis al esquizoanálisis. Transcripción y edición realizada por Sofi Guggiari Alfredo: Buenas tardes a todos y a todas. Les damos la bienvenida a esta video-intervención de Osvaldo Saidón dentro del programa de este congreso llamado “Estados de ánimo de la salud mental”. Entre los participantes que ya hemos recibido y que vamos a ir recibiendo, hay médicos, psicoanalistas, otro tipo de profesionales del campo de la salud mental; hay artistas también. La idea es dar cuenta de esta heterogeneidad, de la cantidad de personas y de perfiles distintos, de subjetividades distintas que participan en las tareas de cuidado, en las tareas de contención. En todo el compendio de vínculos que se dan en el campo de la salud mental. Un campo muy abierto, precisamente, a cuerpos extraños, a encuentros desorganizadores, donde el arte tiene un papel importante, pero no en su sentido arte-terapéutico, sino más bien en un sentido desconocido, como algo de lo que apenas podemos contar antes de que pase. Después de los años 50-60, ese continuo de la salud mental termina de tomar forma en expansión siempre, ampliando un poco su campo de actuación, incorporando lo grupal y lo comunitario. En la clínica, incorporando también perspectivas más esquizo. En el sentido de pensar un inconsciente que deja de ser representacional, que deja de estar articulado en torno a un teatro, que empezó a ser concebido como una fábrica, como una unidad productiva. Ahora, con nosotras está Osvaldo Saidón. Su intervención tiene el título de Clínica y sociedad: del psicoanálisis al esquizoanálisis. Osvaldo es médico, psicoanalista y analista institucional. Fue parte activa, desde el comienzo, del colectivo y experiencia de edición de la revista-libro Lo grupal, con otros compañeros. Entre sus publicaciones se destaca Clínica y sociedad: Esquizoanálisis. Actualmente da clases y trabaja con grupos. Esa otra teoría del inconsciente es muy importante en su práctica. En su trayectoria en la salud pública tiene un lugar muy importante, igual que la política y las prácticas micropolíticas, como se ha conocido desde los años 80 a partir del desarrollo de Suely Rolnik y Félix Guattari. Una política de lo sensible, una política que no es la de los partidos y la de los grandes grupos, sino una política molecular. Y sin más, le voy a dar la palabra a Osvaldo. Vamos a escuchar su intervención, y a continuación le voy a hacer unas preguntas para continuar con su presentación. Osvaldo Saidón: Últimamente hemos realizado una serie de cursos y de experiencias a las que les hemos dado el nombre de clínica ampliada. Ese término lo trajo a consideración, en esta revista Lo grupal que citaba recién Alfredo, Juan Carlos De Brasi. Fue uno de los fundadores y de los redactores de Lo grupal. Valga esto para recordarlo, porque él, que era filósofo, desde el comienzo fue un apoyo muy importante para entender que nuestra práctica clínica, nuestra práctica de clínica con grupos, nuestra práctica de clínicas en las instituciones, nuestra práctica psicoanalítica en el cotidiano del consultorio, de la consulta del hospital, tenía una dimensión que apuntaba a preguntarnos sobre nuestra posición existencial en el mundo. Y en ese sentido, el estudio de la filosofía fue un elemento importante. Sin duda, el más importante es el aporte que en un momento hacen Deleuze y Guattari en el campo de una filosofía útil. Quiero decir que se puede bajar a la actividad clínica, a la actividad artística, a la realización cinematográfica y, sobre todo, a lo que podemos llamar una clínica también política. El análisis de las estructuras de poder, tanto de las instituciones como del modo en que nos insertamos en nuestra labor cotidiana, se volvió un problema fundamental en la historia del psicoanálisis argentino desde sus inicios. La muestra que está en el Malba con el nombre de Terapia muestra cómo el psicoanálisis, cuando nació en Argentina, y sus fundadores, como Pichón Rivière y Marie Langer en particular, siempre lo vieron como una herramienta para el cambio y la transformación social, y siempre fueron solidarios con lo que se llamó a nivel mundial el freudomarxismo. En realidad, todos nosotros. Digo nosotros porque todo el grupo después se dedicó a una práctica más ligada a lo que podemos llamar una clínica ampliada. Una clínica que no solo se ocupa de la neurosis, de los problemas familiares, de los problemas del cotidiano de alguien, sino también del modo en que eso está afectando lo social y de cómo lo social afecta a la persona. Y esto está en la propia ideología de muchos de los fundadores del psicoanálisis. En el Cordobazo, en 1969, se entra en una crisis profunda, porque realmente no había cómo dejar de lado la dimensión de lo social en la práctica clínica. Un grupo grande de psicoanalistas decide separarse de la Asociación Psicoanalítica Argentina y fundan los dos grupos que se llamaron: Plataforma y Documento. Esto es, sin duda, un antecedente importante para poder cuestionar el modo en que se piensa el inconsciente fuera de un modelo familiarista. Una vez en crisis ya, al final de los años 60, comienzos de los 70, esta relación en el psicoanálisis argentino se expresa en una división muy importante. Prácticamente muchos de los didactas, entre otros, Marie Langer, Rafael Paz García y varios psicoanalistas como Pavlovsky, arrastran detrás de ellos una serie de jóvenes, entre los que creo que me encontré en aquel momento, y pudimos acompañar esta trayectoria. Lo de esquizoanálisis viene porque en ese momento nos encontramos con El Anti Edipo de Deleuze y Guattari. Fue un modo de pensar, paralelamente, algunas concepciones que venían del freudomarxismo, cuestiones que venían de la articulación que se trataba de hacer entre el materialismo histórico y el psicoanálisis para pensar lo social y también la propia clínica, principalmente que se hacían desde el estructuralismo y con Althusser. Pero Deleuze nos permitió una línea de desvío: pensar conceptualmente otras cosas, otras cuestiones, pero fundamentalmente esto que vos decías, Alfredo: la idea de no reducir la comprensión del mundo, la comprensión del mundo psíquico, la comprensión del inconsciente a una estructura preformada, a un lenguaje preexistente. Se inaugura lo que después le dieron el nombre, que me parece un lindo nombre, de paradigma estético dentro de nuestra clínica. O sea, un paradigma creacionista. Un lugar donde podíamos experimentar con mayor libertad, pero con la potencia conceptual que nos daba toda una trayectoria filosófica que fundamentalmente Deleuze y Guattari nos aportaban. Por eso la importancia que le damos. Y entonces encontramos que nuestro psicoanálisis era spinozista a veces, era nietzscheano otras, era freudiano también. Hoy día hay muchas corrientes de las que somos muy amigos, como con el propio Ferenczi, que trajo toda una mirada diferente de lo que es la contratransferencia y de la implicación del terapeuta. Éramos ferenczianos. O sea, salimos de un binomio que hasta ese momento existía entre los psicoanalistas, que era: o eras kleiniano o eras lacaniano. Y nosotros no éramos ni kleinianos ni lacanianos. Pero también, cuando nos interesa y cuando nos gusta, sí. Porque obviamente hay muchísimos aportes de ellos que tenemos incluidos también en nuestra formación y práctica. Con este bagaje, me parece que hoy podemos hablar de una clínica ampliada en el doble sentido: en el sentido de ampliar nuestra actividad del paciente individual al grupo, del grupo a la comunidad, pero también de la comunidad al análisis político. Con esto recuerdo que este título que ustedes le dieron, medio de parodia, Estado de ánimo de la salud mental, el propio De Brasi ya decía eso. Decía que el psicoanálisis había tenido tanto desarrollo en la Argentina, incluso había sido una de las catedrales psicoanalíticas en un momento, porque el estado argentino, más que un estado político, es un estado de ánimo. La marca de lo que hoy me parece se ha constituido como clínica ampliada, de esquizoanálisis, de filoanálisis, de cartografía también —como usa también Suely Rolnik— está sustentada mucho más en que es una actividad micropolítica, en ver la práctica clínica también como una actividad micropolítica. Pero también ver la clínica ampliada en el sentido de que, en el propio tratamiento de un paciente, en el propio padecimiento, en el propio sufrimiento que trae, hay una ampliación que no se puede reducir simplemente a su historia y a su biografía individual, y que su explicación y su develamiento tienen que ver con una práctica siempre colectiva. Pasamos del individuo al grupo, al grupo familiar, al grupo extenso, pero también del grupo a la comunidad, al estado, y por qué no al cosmos. Yo creo que no es casual que la última obra de Guattari se llame Caosmosis, caos y cosmos. Sufrimos, nos enfermamos y solo nos curamos estando en conexión con problemas que no solo tienen que ver con el reducido cotidiano, el pequeño secretito familiar que tenemos escondido, sino con la posibilidad de lanzarnos a un riesgo de entender el misterio del mundo. Esto, en este momento de pandemia, en este momento de colapso humanitario, adquiere una significación muy importante. Hoy día yo les diría: no podemos hacer un grupo operativo como hacemos, un grupo de reflexión con los residentes en los hospitales, no podemos hacer un grupo terapéutico inclusive, donde la gente viene con sus sufrimientos, con la relación con sus hijos, con el encierro, con todo lo que está pasando, sin realmente abrir una dimensión de análisis que vaya más allá del inconsciente. Algunos llamaron inconsciente colectivo, inconsciente ampliado, y que Deleuze nos introdujo. Les recomiendo cualquier texto de él, porque abre la posibilidad de pensar el inconsciente mucho más allá de lo que tradicionalmente se pensaba. Él habla de un inconsciente de las ciudades, un inconsciente de la arquitectura. Un inconsciente que fundamentalmente es el encuentro, no con el lenguaje y con la estructura del lenguaje, sino el encuentro fundamentalmente con la creación y con lo que podemos llamar la potencia, y el modo en que esas potencias se expresan. ¿Qué sería tratar hoy? La otra vez escuché una frase de Kafka, no me acuerdo muy bien, algo así como: si no tenemos nada que aportar a una posibilidad deseante, a una posibilidad de que algún riesgo, que alguna aventura existencial podamos realizar, mejor quedarnos en silencio. Entonces el silencio que tanto se creó en el psicoanálisis sería la importancia de escuchar, es la importancia de dejar expresar a una potencia del inconsciente. El psicoanálisis tradicional, en muchos casos, pero no solo el psicoanálisis tradicional, sino muchas de las prácticas terapéuticas, al ser tan adaptativas, al preponderar tanto el principio conservador, el principio de realidad sobre la potencia del imaginario, de lo creativo, solamente han contribuido a esta especie de depresión social que hoy tenemos instalada. Últimamente nos gusta seguir a los chilenos, que lo resumieron muy bien en una consigna, sobre todo la feminista chilena; salieron con una consigna en Chile que dice: no es depresión, es capitalismo. Y con eso hicieron estallar un país que parecía entregado a la pasividad, pareciera a la pasividad. Mostrando que tenemos que develar, en toda la amplitud, las fuerzas que hacen que la vida sea más triste y menos potente. En aquel momento, entonces, hicimos algo muy simple. Por ejemplo, con los grupos, nos preguntamos cómo hacer que los encuentros sean encuentros potenciadores, sean encuentros predominantemente alegres, no sean encuentros tristes, como decía Spinoza, que no sean encuentros que nos descomponen. Encuentros tristes son las fiestas y encuentros donde la gente solo repite, solo ve lo que ya está para ser visto. Ir en busca de encuentros tristes... La pregunta es: ¿cuál sería hoy lo contrario, u otra cosa? ¿Cuál sería el encuentro alegre? No lo sabemos hasta que no lo hacemos. Es el principio de inmanencia. El inconsciente no trae ninguna trascendencia, es la pura inmanencia. Solo en la realización del propio encuentro es que vamos a percibir si los cuerpos se alegran, se componen, como en un cuadro, en una buena pintura y, sobre todo, pensándolo poéticamente. El gran desafío nuestro es cómo bajamos eso a nuestro trabajo clínico de todos los días. Para mí esto es fundamental, lo repito mucho a los muchachos y las muchachas en psiquiatría y en psicología: si no hubiésemos hecho ese acto en aquel momento, y entonces si no hacen este camino, con estos autores o con otros, no importa, con estas concepciones u otras, pero no hacen este camino, la verdad que dedicarse a estas carreras iba a ser, y es, un bodrio. Alfredo: Gracias primero por la extensa intervención. Me da casi vergüenza preguntar después de escuchar, muy bien expresado, lo que sería el esquizoanálisis, que era una de las preguntas que teníamos. Esa línea derivada del psicoanálisis. ¿No sé si te atreves a hacer una definición? Entiendo justamente que el esquizoanálisis se caracteriza por no tener escuela, por ser algo que está en contra de lo escolar, algo que no se puede transmitir más que por la experiencia. No es un kiosco en definitiva, no hay maestros. Es una ciencia infusa y difusa. Entonces, esa sería una primera pregunta: si te atreves a contestar con tu propia práctica. Luego, otra pregunta, otra cuestión más bien sería: y como bien explicaste, partiendo de que la potencia y el poder son dos cosas distintas, ¿cómo se hace clínica en momentos en los cuales los poderes totalitarios atentan contra la vida de las personas? ¿Cómo la clínica puede responder también, a veces clandestinamente, incluso sospecho, a este tipo de situaciones existenciales? Una última —y te tiro tres temas para ver cuál quieres tomar y continuar—: los años 70 y los 80 son una época de experimentación radical, de plasticidad, de creación de conceptos, de entornos más habitables y más respirables para vivir. Hoy, y no solo por la pandemia, vivimos una situación bastante irrespirable, ecológica incluso. El aire está contaminado, es cada vez más difícil respirar. La clínica, ¿qué respuesta ecológica tendría? Digo ecológica por esta especie de comunión entre los vivientes, de lo vivo y lo no vivo, lo humano no humano. Antes hablaste del último Guattari, de la Caosmosis; entonces, ¿dónde estaría la clínica frente a esta hoy amenaza de colapso del mundo? Saidón: Vamos a empezar por el final. Yo creo que el mundo ya colapsó. Hoy me confirmaron un dato bastante impactante: entre la deforestación del Amazonas y los incendios forestales de la costa del Pacífico en los EE. UU., producto del calentamiento, se ha invertido la relación entre oxígeno y carbono. Hoy se produce más carbono que el oxígeno que producía la Amazonia como pulmón del planeta. El tema es cómo vivimos hoy en esta situación, reconociendo, sin entrar en una posición apocalíptica, en lo ideológico, en lo vivencial, pero tampoco en un negacionismo de lo que realmente está pasando. Dicho esto, volviendo a la pregunta: ¿qué es un esquizoanálisis? Le decimos que es una ciencia del devenir. No podemos definirlo porque está dirimiendo todo el tiempo. No hemos abandonado el término esquizoanálisis. No nos olvidemos que el texto que da origen a esto es El Anti-Edipo: capitalismo y esquizofrenia. No solo es una crítica al familiarismo, sino el gesto de relacionar necesariamente el padecimiento y la clínica con el capitalismo, cómo actúa molecularmente en todos nosotros. Esto sería el aspecto esquizoanalítico. ¿Qué hacemos nosotros en una sesión, en una terapia? Particularmente, hago lo mismo que hacía cuando era un joven psicoanalista empezando a trabajar. Trabajo en general 50 minutos y converso. Hemos experimentado con muchos dispositivos. Experimentamos con las drogas lisérgicas, experimentamos mucho con el psicodrama. Y tanto se ha experimentado que hay una corriente que se llama esquizodrama, que lo ha fundado Gregorio Baremblitt, con el cual también hemos compartido todo este desarrollo de los grupos de estudio, primero, y después de trabajo de esquizoanálisis en Brasil durante el exilio. El esquizoanálisis es un modo de escuchar, un modo de relacionarnos y un modo de poner siempre en cuestión —por eso hemos vinculado mucho el trabajo institucional— la cuestión del poder. No confundir la potencia con el poder. No confundir el poder político con el poder deseante que se puede habilitar en diferentes situaciones, en diferentes momentos de la existencia. Nosotros encontramos esto en el dispositivo grupal y en el grupo terapéutico. Por ejemplo, hoy tenemos un desafío: ¿cómo hacemos grupo con Zoom? Guattari había dicho que la cibernética podría darnos un enorme poder micro y molecular de transformación y de información, o podría llevar a una moralidad de tipo fascista. Estamos ante el triunfo descarnado de esta segunda situación. O sea, hoy mismo no sé cuántos millones de fake news están circulando en el planeta sobre Cuba, tratando de desestabilizar y demostrar a Cuba como una dictadura y agitar lo que dicen ellos, el fantasma del comunismo. Todo esto apunta a producir un pensamiento único hegemónico. Todo lo que no sea este modo de conducir el poder en manos de las corporaciones económicas debe ser desterrado del planeta. Si para eso tenemos que aterrorizar a todos, si es necesario, se hará, porque así se sabe que funciona el mundo. Por ejemplo, el gran problema de la punición, del castigo. Para darte un ejemplo de cómo trabajamos: y en esto Foucault fue muy importante para nosotros, porque nos mostró que no es que, como pensaba el psicoanálisis y como piensa cierto pensamiento estructuralista psicoanalítico, la relación con la ley organiza el deseo. No es la ley. Primero está la punición. Primero está el castigo. Primero está aterrorizar a los jóvenes chilenos tirándoles balas en los ojos para que no salgan a movilizarse. Y después, producto de eso, viene la ley. Entonces vamos a ver si se castiga o no se castiga. Es fundamental primero castigar para aterrorizar, para dar miedo, para que la gente realmente sienta culpa en función de su deseo de vivir de otra manera. Porque lo que se estaba fundando es nada menos que la posibilidad de vivir de otra manera, otro deseo. Para mí, la revuelta chilena es un ejemplo extraordinario del poder deseante y no solo del poder constituyente. ¿Cómo pudieron resistir a pesar de ese terror que se quiso imponer? Esto me parece que es una clínica ampliada. Un movimiento psicoanalítico que realmente tenga el coraje de enfrentar los problemas de salud mental y no retroceda, como cuando Lacan dice esa linda frase de que no se trata de retroceder ante la psicosis. Lo que estaba dándonos ahí era decir: no retroceder ante las grandes dificultades. No pensar que de lo que se trata solamente es de reparar, sino de inventar otro mundo. La locura, lo esquizo, no es solo un lugar de padecimiento, sino también un lugar de invención. Desquicia. Por eso, esquizoanálisis. Las técnicas que usamos pueden ser muchas, podemos experimentar muchas, pero no está ahí la cuestión. La cuestión está en la posición que adoptamos en relación a la producción de subjetividad, a cómo se produce subjetividad. Como decía Foucault, el siglo XXI es deleuziano. Alfredo: Te agradezco muchísimo la intervención. Vamos a continuar con la programación de este congreso, con esta idea de fondo: la clínica y la alegría de la clínica, esa llamada deleuziana. Otro tipo de clínica que no repare, sino que invente el mundo. Porque está la cuestión reparativa que está en el centro de la política de los cuidados, que muchas veces no está asociada a la necesidad de inventar. Les invito a seguir con el programa de este congreso: Estados de ánimo de la salud mental. Fue un gusto. Lygia Clark Proyecto para un Planeta (1960) Escultura 28 x 30 x 20 Recorte de metal, aluminio
- La afonía colectiva: goles, gritos y comunidad / Sebastián Salmún
“En el fútbol hay momentos que son exclusivamente poéticos: los momentos del gol" Pier Paolo Pasolini “El gol es el orgasmo del fútbol… el entusiasmo que se desata cada vez que la bala blanca sacude la red, puede parecer misterio o locura, pero hay que tener en cuenta que el milagro se da poco” Eduardo Galeano A mi viejo y nuestros gritos de gol A diferencia de otros usos sociales de la voz el grito de gol, cuando sucede y es a favor de nuestro equipo, implica siempre una interrupción. Interrumpe una concatenación de palabras suspendiendo la trama del relato del partido y la escucha de su narración temporizada, interrumpe el diálogo que puede atesorar la pausa de la oralidad analizando las variantes de un juego entre quienes se disponen a observarlo, interrumpe la tensión silenciosa con una descarga que nace entre las cuerdas vocales, la garganta, los pulmones haciendo que, gol mediante, emerja su certera exaltación. El grito de gol interrumpe, irrumpe, corta. También extiende, alarga, continúa. Pero antes, interrumpe. No el gol solamente. Sino su grito. Y más aún el grito de gol en un mundial de fútbol. Y fueron días agitados por los gritos mundialistas. Nuestro repertorio sonoro después del acontecimiento así lo constata (volver a la voz después del mundial implica un esfuerzo de desinvestidura y posiblemente de silencios de duelo). Las desinhibiciones que encontramos mediante el pretexto futbolístico volvieron a marcar sus fronteras sociales. Los cuerpos cansados como si hubiéramos jugado los partidos de fútbol de nuestra Selección Nacional en reparación y muchas de nuestras gargantas ajadas, gastadas, afónicas se van poco a poco, recuperando con la agenda cotidiana. A las tribunas abiertas en los balcones de la ciudad durante los partidos les sucedían la conversación callejera, ciertas miradas cómplices, algún comentario al pasar entre quienes hasta el mundial éramos desconocidos interpelando el tejido colectivo hecho de hilos que suponemos cada vez más finitos e hilvanados por fragmentaciones sociales cada vez más frágiles. Y sin embargo, un mundial que volvió a revalorizar lo local, lo social, lo comunitario ¿Acaso lo nacional? También puso de relieve nuevas teorías conspirativas, las jugadas algorítmicas de desprestigio internacional y un reverdecer anticolonialista digno de ser mencionado. El fútbol no es (como versaba el nombre de aquella revista) sólo futbol. Y un mundial es, evidentemente, más que un mundial. Este en particular (a 40 años de otro mundial histórico) volvió a realzar ciertos aspectos de la heterogénea trama de la argentinidad. Inevitablemente ciertos aspectos de la localía, algunas tradiciones, determinadas transmisiones intergeneracionales se tensaron así con una época globalizada por digitalizaciones, ensimismamientos y anonimatos. Claro, llegar a la final del mundial sufriendo y luego celebrando, llegar con una intensidad compartida conjetura escenarios que sólo pueden pensarse en su coyuntura específica, casi excepcional. Aún así o a causa de ello lo sucedido no es menor y posibilita pensar asuntos de lo común y de la comunidad (párrafo aparte también para los asuntos ligados a las acusaciones racismo, acusaciones que despertaron, más allá de su banalidad, el principio de un debate sumamente enriquecedor). Y es en tiempos de subjetividades cada vez más individualizadas e individualistas, es decir menos amalgamadas en la siempre compleja y apasionante vida entre semejantes que nuestras sensibilidades elaboran una escena que exalta el lugar multívoco de los afectos comunes. Acaso el dibujo de la Selección Argentina también conocida como la Scaloneta sea elocuente al respecto: la Scaloneta suele ser representada por un colectivo urbano, de esos que gran parte de los argentinos y argentinas compartimos con otros y otras para ir a nuestros trabajos o a nuestros estudios, para visitar a nuestros afectos o simplemente para volver a casa. Y el mensaje de sus protagonistas, mensaje dirigido entre sus compañeros y familias, pero también a nosotros y nosotras, sus seguidores, afirmaba siempre la fuerza del “todos juntos”. Una selección de fútbol no es sólo un grupo de jugadores. Representa como pocos acontecimientos culturales (por lo masivo, por la importancia, por la permanencia en el tiempo) a la mayoría sino a todos los argentinos y argentinas (en alguna medida). Y en este mundial resonaron en la Selección ideales como el esfuerzo, el talento, la picardía, el sufrimiento y el grupo con el que los argentinos y argentinas nos identificamos o queremos identificar. Y en este mundial emergió el término amistad como una de las versiones usadas para representar el lazo social, incluso, los términos de la “patriada” deportiva (Scaloni, Dt de la Selección, preocupado con sus mensajes en transmitir valores educativos a los niños y niñas concluyó en su mensaje post mundial diciendo “Pd: que tesoro tener de amigo a un argentino”). Fueron días ajetreados por otro un mundial de fútbol. Otra vez, un analizador colectivo. Otra vez un acontecimiento factible de pensarse desde las enseñanzas del psicoanálisis respecto de la llamada psicología de las masas con sus efervescencias e idealizaciones, con su historia siempre compleja (véase aquello que sucedió en los mundiales de 1978 y 1982 mientras duró la cruel dictadura), con sus trenzados e hinchados cuerpos identificatorios. Puede propiciar momentos de “lo común” tal como lo describe Marcelo Percia cuando afirma que lo común está siempre “por advenir”. Quizás el tiempo del grito de gol produzca un impase asimilable a la escansión de lo común. Sin embargo suele estar enmarcado en las potencialidades de la comunidad (descritas por el mismo autor en términos de compulsión a la unidad o adhesión unificada que el fútbol sin lugar a duda genera). Otra vez un mundial y como lo había sido el anterior, el germen de imágenes épicas, de burbujas de anímicas, de festejos masivos, de creencias supersticiosas, de rituales cuasi sagrados, de devociones religiosos, de colores celeste y blanco en las calles, en las escuelas, en las plazas, en los balcones, en las remeras. Un mundial de noches entrecortadas, de sueños premonitorios y de canciones popularizadas. Un tiempo de gritos descomunales de gol. El grito de gol, dijimos, y no así el gol. Sino su grito, su vociferación. El grito que nombra el hecho después del hecho, ese eslabón subsiguiente, ese salto a la pileta de y con la emoción, esa tela que recubre lo observado con una palabra. El grito, ese acto que sanciona la variación del resultado de un partido de fútbol, la alegría para unos, la tristeza para otros. Esa modificación en la pantalla y en el ánimo. Nuestro grito, ajeno al grito del que está en el estadio. Nuestro grito a la distancia del lugar de los hechos acercándonos. Ese agujero en el papel que modifica la hoja y a veces alguna perspectiva lectora. ¿Puede un gol cambiar la historia de una persona, de una familia, de un barrio, de nuestra comunidad? ¿Por qué recordamos los goles que más gritamos o que más sufrimos a lo largo de nuestras trayectorias futboleras? ¿Por qué recordamos con quien los gritamos? El grito de gol (pasional y perecedero por estructura) es una respuesta posible a la siempre difícil pregunta por la felicidad. El grito de gol tiene una dimensión temporal. Anuda pasado y futuro en su intensa e inmensa expresión. La o (entre la ele y la ge) constituye un túnel que enlaza lo sucedido con el porvenir ¿O acaso o no es eso lo que gritamos ante algunos rivales que exceden lo deportivo como es el caso de Inglaterra? Las rivalidades pretéritas y las reivindicaciones históricas se juegan también en su cancha simbólica, con sus banderas inesperadas (como la bandera que mostraron los jugadores después de vencer a su par inglés y que versaba “Las Malvinas son Argentinas”) y sus saltos de sinergia popular. Como dice Martín Kohan en su libro Argentinos a las Cosas a propósito del primer gol de Maradona en el ilustre partido de 1986: “Ese instante (fue un instante) termina cobrando importancia en una tradición épica argentina, junto con el gol durativo que vendría muy poco después… Efímero, fugaz, repentino, volátil, ese instante se fijaría en una fotografía primero y en la memoria argentina después. No la acción, que no se vio, sino su huella”. Quizás exageradamente se suele decir que el fútbol es la continuidad de la guerra por otros medios (los términos con que se describe su escena: batalla, guerreros, gladiadores, soldados, matar, morir así lo demuestra). Paradójicamente los goles, y en contra de la, a veces, violencia que se genera alrededor de este fenómeno colectivo, restituyen su lugar de juego, su pulso lúdico, su dignidad sublimatoria. Es el momento en que la dinámica de lo impensado se materializa en una gestualidad corporal: gritar. Pero ¿Qué es un grito? ¿Por qué gritamos? Vale decir que los gritos, incluso en el fútbol, no siempre son de alegría. Están los gritos de terror, los que ciertas películas o pesadillas generan, los gritos de dolor, de enojo, de perplejidad, de nerviosismo. Gritar proviene del latín “quiritare” que significa dar grandes voces. Implica levantar la voz más de lo acostumbrado. Implica un movimiento, dejarse tomar por la emoción y ahí hacerse oír. Es que gritamos también para ser escuchados, escuchadas. Y al hacerlo con otros y otras como cuando juega la Selección el gol se convierte en un único e irrepetible nudo polifónico que puede generar un sentimiento de pertenencia comunitaria (el hecho que el grito sea frente a otros, contra otros, ayuda narcisismo colectivo de las diferencias mediante, a dicha unificación). La voz gritando (vale el gerundio) se retira de la propiedad privada y pasa a formar parte de una escala mayor, pública. No se grita un gol sólo con la garganta: se lo grita con el cuerpo, se aprietan los puños, se camina más rápido, se mira hacia arriba, a veces se corre (en general hacia afuera del ambiente en el que se está), se extienden los brazos y en ocasiones, se complementa con un abrazo. En el grito la estela de lo común, en el abrazo, la sustancia de la colectividad. ¿Y el fútbol? El fútbol, que resultó ser un operador comunitario a principios del siglo XX se reconstituye así en una pieza privilegiada de reconfiguración colectiva. En palabras del célebre ensayo Fútbol y Patria de Pablo Alabarces (texto de suma relevancia para reflexionar sobre estos asuntos) el fútbol es un “lugar en torno del cual se construyen identidades e imaginarios, como una arena dramática casi sin equivalentes, como un espacio ritual de masas por excelencia en la Argentina del presente”. El fútbol, agrega es una práctica que se globaliza y “al mismo tiempo radicaliza su tribalismo, o su localismo, o su nacionalismo”. Entonces, vale preguntarnos ante la gestación de micropolíticas de la especulación deportiva, léase, el Prode (pronósticos deportivos) como medio para aproximarnos a los partidos y sus resultados o la omnipotente peste publicitaria de las apuestas digitales ¿Qué lugar ocupa el fútbol en una comunidad que diluye sin freno la presencia de rituales colectivos y las sustituye por inercias del consumo y expectativas de utilidad? ¿Cuáles son los mitos que sostienen aún, las ceremonias alrededor de un Mundial? Un grito de gol cuando involucra a una nación (no me animo a decir pueblo) puede pensarse como una forma de eludir la constante lengua argentina de la confrontación. Esta es el idioma mediático de los polarizados, la eterna y agotadora (y justificada hasta cierto límite) lucha de los bandos civiles de una belicosa contemporaneidad, la tensa convivencia en el malestar cultural irreductible hasta los bordes de la autolesión, la asimetría de las voracidades y la complicidad de quienes sin comer de su pan, las apoyan. Acaso un gol inventado de la Selección Argentina interrumpa como un trueno, con su trueno la ausencia de percepción muda de vivir en un país que no encuentra la respuesta a la ecuación de las distribuciones inequitativas de las riquezas o no halla las fortalezas políticas para mediar en las desigualdades consolidadas, o institucionaliza la ausencia de estrategias públicas eficaces. Acaso borre la memoria del odio a la alteridad segregada por operaciones que absorben del racismo su canallesca arbitrariedad. Acaso el grillerío restituya con la felicidad de su ebullición la posibilidad de la ilusión sin negar las tristezas de las precariedades cotidianas. Y quizás lo haga así, de forma frágil y precaria. Quizás mientras dura el gol o el partido o el mundial. ¿Y después? dice el tango tantas veces citado (fundamentalmente después del partido con Egipto). Claro que importa el después. Pero con los goles es quizás como con los actos de amor, llenos de fe en la eternidad mientras transcurren. Suele decirse, goles son amores. Y en estos días plenos de Mundial de fútbol, vidriera de sentimientos inigualables, son numerosos los relatos de llantos, de abrazos, de bailes ante los goles de la Selección Nacional. Porque entonces ¿Qué sucede cuando dicho grito es vocalizado no por uno solamente, no por el individuo en su estatuto personal sino por un conjunto de personas al que podemos nombrar comunidad? Y vale preguntarnos en nuestra siempre compleja vida imaginada ¿Una comunidad que es anterior al grito o una que se constituye al menos efímeramente a través de él? Aquí tenemos una clave. Porque vuelvo a este aspecto: cada uno y cada una ¿Grita su propio gol o sólo se grita goles con otros, con otras? ¿Acaso el grito puede asumir el estatuto de impersonal? El gol quizás sea un evento lleno de simultaneidades. Golear, ganar y gustar, se suele decir gustarnos al ganar ¿Dejar de hacerlo cuando perdemos? ¿Acaso un grito de gol tiene propietarios? Distinta es la reflexión cuando juegan equipos locales, los colores de todos los días, el barrio de los domingos. Es más, es habitual gritar el gol al vecino rival. Pero en estas circunstancias nacionales, federales, uniformes, el cambio es notable. Con los riesgos que la unanimidad le genera al pensamiento crítico. Riesgos que no hace sino recordar que poéticamente hay quienes dicen que los gritos de gol en el estadio Monumental tapaban los ruidos del horror perpetrados en la cercanía de la ciudad durante la última dictadura. Hay que decirlo. Los goles también pueden interrumpir la verdad histórica y empañar con sus vapores los maltratos de una sociedad. ¿Será que nuestro grito inevitable, desesperado, exultante enmudece otros horrores que quedan capturados por la fuerza de la catarsis, por la vehemencia de su proliferación, por la terquedad de sus flujos acústicos? Hay que pensarlo. Y así, interrumpe. No porque un gol no se pueda prever. Son muchos partidos donde es inevitable que suceda (se suele decir, ocasiones de gol). Sino porque su forma no remite precisamente a la razón predictiva. No se sabe cuándo sucederá ni se sabe que efectos tendrá. En el partido, en la vida de quien los grita. En la comunidad que los sufre o los comparte. El fútbol suspende algunas reglas sociales. Interrumpe y da continuidad. En la Argentina se vive el fútbol así, con esta desmesura porque creemos con o sin razón que no nos quedan por el momento muchos anclajes compartidos. Quizás en los gritos de gol mezclados, imitados, exacerbados por la mutualidad quede la esperanza de un destino común (¿De película?). Mientras tanto preparamos las gargantas cuando juega la Selección. ¿Sería mejor que la afonía colectiva se encarnara en otras causas que nos parecen justas? Puede ser pero no elegimos dónde o cómo se construyen las voluntades populares. Voluntades que no siempre responden a nuestros intereses y que por eso debemos aprender a compartir y a discutir, de ser necesario. También a respetar. Porque si un grito de gol nos envuelve en nuestras casas, en una pizzería, en una sala de espera o en un bar nada mejor que dejarse llevar por él y gritar. Los sonidos estridentes provenientes de la especie instintiva de la voz se transforma en texto memorable y la vieja fuerza del viento queda arrinconada en contra de su voluntad por la palabra. La afonía posterior, la falta de voz luego de los goles (en efecto muchos y muchas siguen gritando el gol a pesar del efecto de la ya afonía palpable en el estado de sus gargantas) y del fútbol quizás nos recuerden lo necesario de administrar nuestras fuerzas y entusiasmos para causas que vayan más allá del inigualable mundial. O no. Es que el gol ilusiona. Su amalgama de tres letras, su enunciado sonoro, su fuerza estridente, su gesto de expresa exteriorización se rige por la lógica del desborde. El grito de gol interrumpe cualquier idea de lo mensurable, sometida a la cuantificación y numerabilidad. En última instancia será después del desahogo que el número nos importará porque define un resultado. Por eso, lejos de la métrica y cerca del gol aparecen las promesas. Tal es así que el gol conserva en su interrupción un linaje con la oración religiosa. El fútbol que no carece de relaciones históricas con las instituciones de la fe es un acontecimiento lleno de creencias. De ahí que sea una arena fecunda para las cábalas y otro tipo de presencias mágicas del pensamiento y de la acción, de encomendación a otras fuerzas para cambiar el curso de un juego. Juego del idioma también. Gritar un gol, en castellano. La palabra gol proviene del inglés “goal” que significa “meta” (por eso el guardameta) Pero ¿Cuál es la finalidad gritar el hito? ¿Por qué no aplaudirlo solamente? El grito forma parte del lenguaje para descocerlo. Como si fuera una astucia que le hace trampa a la lengua por un momento agrietando su código para luego dejar que este se restituya. Pasolini completa: “Cada gol es siempre una invención, es siempre una perturbación del código: todo gol es "ineluctabilidad", fulguración, estupor, irreversibilidad. Precisamente como la palabra poética. El máximo goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año”. Gritar un gol es dejar que la invisibilidad de los ruidos, exagerada por la furia vocal explote. Es dejarse viajar por el gol al corazón de un sentimiento co - construido para que haya, para que resurja, para que aparezca como un proyecto reparador y después del fútbol, la ocasión para volver a dialogar. O para volvernos encontrar en el próximo encuentro, en el próximo gol de un mundial, en el suelo imaginado de estar aunque sea transitoriamente, en algún estado de bienestar y de porosa comunidad. Bibliografía: Alabarces, P (2008) Fútbol y Patria. Buenos Aires. Prometeo. Galeano, E (1995) Fútbol a Sol y a Sombra Kohan, M (2025) Argentinos a las Cosas. Buenos Aires. Seix Barral. Pasolini, P. P. (1971) “El fútbol es un lenguaje de poetas y prosistas”. En www.revistaadynata.com Percia, M (2017) Estancias en Común. Buenos Aires. La Cebra. Verónica Scardamaglia (2026) Eso que llevamos tatuado.
- Caligrafía nómade XXXVII / Patricia Mercado
El ventilador la mira sin inmutarse. Tirada en el suelo, como un charco que respira. Toda: menos la cara. La cara no descansa nunca de su monólogo. Cuando duerme también. Como si alguien la mirara. Siempre. Como si el ventilador nunca se apagara. Otra vez la historia de las azucenas y el vendedor de la calle. Otra vez el detalle del pétalo caído. Otra vez frunce el labio inferior para hacer una pausa. La cara se le arruga mientras pasan los días como una fila de hormigas sonámbulas. Bajo las arrugas el gesto insiste en su relato. Después del diluvio, los arqueólogos van a exhumar el fósil de esa cara y escucharán la misma historia por primera vez. Cy Twombly - Pan - 2007 - Offset printing
- Memes, prompts y la extinción del estilo, o sobre cómo ignoramos aquello que usamos / Francisco Reos
John Berger, en Modos de ver (1972), destaca que desde que fue posible la reproducción masiva gracias a la fotografía, se pudo manipular cualquier imagen para transmitir mensajes a gran escala distintos de sus intenciones originales. Podemos tomar una pintura, por ejemplo, El Nacimiento de Venus (Sandro Botticelli), y modificarla para que sirva como gráfica de una refinada etiqueta de vinos. En el momento en que Berger escribió este ensayo, los smartphones eran un delirio de ciencia ficción, pero hoy en día los stickers, memes y las imágenes generadas por IA se presentan como el paroxismo de su planteo. Asimismo, los dispositivos inteligentes y su renovación permanente han colaborado en acelerar de manera exponencial un desplazamiento conceptual que se venía gestando hace algún tiempo atrás: lo antiguo y lo arcano ha pasado a convertirse en un depósito de piezas visuales. Entonces, nuestra relación con las imágenes se asemeja a la de un nigromante sin reparo alguno por las historias que las sostienen porque solo le interesa exhumar imágenes, rostros y texturas para tratarlos como simples piezas de recambio estético. Para el Doctor Frankenstein, lo antiguo no es una fuente de sentido, sino una cantera de despojos —píxeles y pinceladas amputadas de su contexto original— que se cosen arbitrariamente para dar una apariencia de vitalidad a un presente que, incapaz de gestar formas propias, se limita a reanimar cadáveres culturales ensamblados a capricho. Así, terminamos siendo habitantes de una época donde aquello presentado como lo “nuevo” se asemeja más a un cadáver viejo, un monstruo que nos devuelve nuestro propio mensaje de manera invertida: el tiempo ha dejado de avanzar para volverse un bucle de restos ensamblados. Es en este presente producto de la profanación donde el concepto de hauntología de Fisher se presenta como una cruda verdad: el estado de una cultura que, incapaz de gestar un presente auténtico[1] o de imaginar un futuro posible, saquea al pasado de modo que queda embrujada por fantasmas del futuro que nunca llegó. Así la humanidad sufre un afecto muy particular: la nostalgia por el futuro. Ahora bien, ¿Cómo interviene específicamente la IA en este asunto? Si el smartphone nos permitía manipular su pasado, la IA nos permite forcluirlo. La diferencia entre el meme y la imagen generada por IA no es de grado sino de naturaleza. El meme, por burdo que sea, supone un ojo que mira: alguien tuvo que reconocer en una imagen existente algo que valía la pena reutilizar. Es un gesto torpe, quizás irreflexivo, pero es un gesto de interpretación intencional. El prompt no mira nada. Parte de ordenes y coordenadas que produce una imagen que nunca existió pero carece de originalidad porque se asume ahistórica. Más que el saqueo de un cadáver cultural es algo más retorcido: la fabricación de un cadáver que nunca estuvo vivo. Donde el meme cita —mal, superficialmente, pero cita— la IA simula. El smartphone nos volvió saqueadores del pasado visual. La IA nos ahorra incluso la profanación. La genealogía no se interrumpe ni se omite, sólo desaparece. Es el golpe de gracia a toda novedad posible. Es el cliché automatizado. Todo lo fabricado bajo esta lógica no es capaz de ir más allá de la demanda del consumo. Por lo tanto, en su uso convencional no tiene ninguna potencia para generar un estilo o una ruptura. Es un arte a la carta: su única lectura posible es aquella dictada por el capricho del usuario. La IA solo necesita un prompt impreciso y caprichoso para activar su gran potencia de cálculo y probabilidad con el fin de darle al usuario un producto que pretende ser exactamente lo que pidió. Estas herramientas que se presentan como facilitadores para la generación de contenidos tienen, en realidad, un propósito evidente pero difícil de aprehender: incitar a llenar el vacío infinito del ciberespacio —porque si hay un vacío alguien tiene que intentar llenarlo—. Tarea que recae sutilmente en el usuario, como si la orden subliminal fuera: “te damos todas estas herramientas. Ahora ¡A trabajar!”. Proletarios creyendo ser dueños del espacio que habitan. La promesa por semejante tarea es la quimera de la fama: una viralización tan fugaz como insignificante y que, en todo caso, servirá de materia prima para que otros produzcan más contenido generando un loop infinito de capas que se pliegan sobre sí mismas. Entonces, como redactores de prompts y creadores de memes nos asemejamos al Doctor Victor Frankenstein: jugamos con fuerzas que están más allá de nuestra comprensión y cuyas creaciones quedan en un “sin sentido” por no poder enlazarse con una verdadera genealogía. Se usan y ni siquiera nos tomamos la molestia de descartarlas: quedan vagando por lo ancho y largo del ciberespacio. Solo rellenando el vacío infinito digital. *** ¿Cuáles son las consecuencias que genera este tipo de manipulación en nosotros como sujetos atravesados filogenéticamente por la historia, explícita e implícita, de cada imagen que compone nuestro universo sensible? Al poder servirnos de la imagen a nuestro antojo nos volvemos perezosos: solo reparamos en el significado más directo y superficial. Tratamos a las imágenes como objetos de consumo sin historia o trasfondo volviéndolas -y volviéndonos- irremediablemente banales. Al predominar el sentido más vulgar, simple y pornográfico, no queda ningún margen para una veta sutil, complementaria y hasta incluso ambigua u opuesta al significado obvio. Justamente, una peculiar cualidad de las imágenes es la de poder alojar múltiples sentidos y opuestos a la vez, pero toda esta riqueza se diluye en las adulteraciones obscenas y básicas. Una imagen ya no vale más que mil palabras porque tiende a un único sentido: el que más nos plazca. Este asunto va más allá de reflexionar sobre cómo los usuarios trastocan un objeto: las imágenes nos ayudan a conectar con nosotros mismos y con nuestros aspectos ocultos o reprimidos. La manera en que tratamos a las imágenes es un correlato de cómo nos tratamos a nosotros mismos, nuestras determinaciones y a los otros. Al volvernos impacientes y superficiales con las imágenes nos hemos vuelto impacientes y superficiales con nosotros mismos. Nuestra posibilidad de conectar con aquello que está más allá de lo evidente se vuelve más escasa, distante y, lo que es peor, menos interesante. Las pretensiones y exigencias de descarga y satisfacción rápida -alentado por la lógica porno(gráfica)- nos vuelve ansiosos, incapacitando nuestra mirada profunda y ambigua. Le hemos perdido el gusto a pensar lo que nos rodea en su forma sutil, sugerida, ambigua y hasta contradictoria. Exigimos que todo se nos ofrezca directo y claro, condiciones que no son ni propias de la imagen ni propias de nosotros mismos. Les pedimos a nuestros objetos que sean smart, que es un eufemismo de que hagan las cosas por nosotros. No es deseable que algo se tome su tiempo, sea engorroso y, menos aún, que no sea claro cuál es su sentido. Cada vez más se impone la objeción: “Si el éxito no está asegurado ¿para qué hacerlo?” Priorizamos hacer o consumir solo aquello que se muestra transparente, directo, sencillo, útil y satisfactorio, pero vivimos preguntándonos qué es lo que queremos o cuál es nuestro sentido en la vida. Lo eficiente del entorno convive con el desconcierto de nuestro interior. No sabemos qué es lo que nos hace feliz pero sí lo que nos hace la vida más fácil. Es en esta clausura de sentido donde resulta imprescindible convocar la distinción que el psicoanalista Alejandro Ariel establece entre Estética y Estilo. Para Ariel, la Estética es el conjunto de formas, normas y representaciones consensuadas por una sociedad en una época determinada; es el código que dictamina lo bello, lo aceptable y lo decodificable. Las imágenes generadas por IA y los memes serializados son el triunfo absoluto de la Estética: un lenguaje visual que no cuestiona la estructura, sino que la confirma y la estabiliza. En la Estética, el espectador siempre sabe qué esperar, y la imagen siempre entrega lo que el algoritmo promete. No hay fricción, no hay misterio, solo una repetición confortable que anestesia la mirada. El Estilo es aquello que agujerea la Estética. No es un adorno ni una marca de diseño, sino la irrupción de la falta, el síntoma y la singularidad de un sujeto. El Estilo es ese desvío, esa torpeza o aspereza inasimilable que no encaja en ninguna plantilla prefabricada, ontológicamente está por fuera del consenso de la época. Mientras la Estética (como el prompt de una Inteligencia Artificial) se nutre de la inducción y la predicción para replicar el pasado, el Estilo es un salto al vacío, un acto creador que inaugura una manera inédita de estar en el mundo. Al reducir nuestro universo visual a meras piezas de recambio intercambiables y efímeras, no solo estamos agotando la Estética; estamos clausurando la posibilidad misma de que irrumpa el Estilo y, con él, nuestra propia verdad. *** Detengámonos en algunos breves ejemplos que servirán para ilustrar cómo en cada imagen se encuentra el recorrido del pensamiento y de la filosofía de la humanidad entera. Por más que las lógicas contemporáneas de circulación intenten achatar lo visual, reduciéndolo a la inmediatez del consumo, al arte a la carta o la ironía rápida, cada imagen concentra una profundidad filogenética imborrable. Arcano mayor número 6 (o triunfo) del Tarot de Marsella, baraja que se cree que fue compuesta durante el siglo XV Esta conocida plantilla de meme guarda una profunda conexión con las vicisitudes del amor y los vínculos sexoafectivos: cuando se pone en juego una elección del partenaire hay siempre un tercer elemento en disputa. Por más que el vínculo esté formalizado, la terceridad continúa teniendo algún lugar en la pareja como un ordenador. Este simpático y divertido meme no parece que vaya mucho más allá de los significados que cada uno le quiera dar. Sin embargo, su mundial viralización se debe a las resonancias que esta imagen guarda con la imaginería de la historia humana. El conflicto, la disputa, la duda y la decisión son elementos nucleares en cualquier relación amorosa. Por eso las resonancias implícitas con la segunda imagen citada -el arcano sexto de la baraja de tarot de Marsella- son innegables. En esta carta, los personajes son los mismos y juegan el mismo papel. Poder detenerse para analizar y apreciar la riqueza de esta imagen es una manera de aproximarnos a comprender la complejidad de nosotros mismos. Similar análisis se puede hacer con el siguiente ejemplo: En esta publicidad se reproduce la relación del sujeto con su propia imagen: su admiración y belleza y también sus aspectos ominosos y mortíferos. Toda imagen especular posee una parte luminosa y otra parte oscura. El mito de Narciso se puede ver con claridad, pero no como una advertencia o parábola, sino asociado a un objeto de consumo exclusivo y de estatus. Entonces, tratamos a las imágenes con una total indiferencia hacia sus trayectorias, su densidad y su origen. En vez de intentar leerlas como capas sedimentadas de sentido, las tratamos como objetos descartables de nuestro capricho: impresas rápido, compartidas sin pensar, reemplazadas por la siguiente imagen que —en un ciclo sin pausa— hará lo mismo con la que la precedió. Como ya fue mencionado, vivimos en un entorno en el que la obsolescencia ya no está restringida a los objetos técnicos sino que alcanza también a los símbolos, a los relatos y a las formas sensibles. La imagen pierde su potencia disruptiva: la potencia del Estilo como acto creador está aprisionada, solo una pantalla infinita donde todo circula al mismo ritmo y al mismo volumen. Si las imágenes están hechas de historia, de mitología, de lucha simbólica, de fuerzas en tensión, entonces nuestro trato ignorante hacia ellas genera consecuencias existenciales. Al renunciar a comprenderlas, estamos renunciando a comprendernos. Nos hemos conformado con la última hoja de la copa del árbol creyendo que esa hoja es todo lo que hay o, lo que es peor, perdiendo directamente el interés por conocer el resto de sus ramas, flores y tronco. Recuperar el espesor de las imágenes es recuperar también una ética de la percepción. [1] Denominó presente auténtico a aquel contexto actual que es capaz de ubicarse en una genealogía que lo precede y, por tanto, se reconoce como efecto de una línea temporal. Paradójicamente, lo que garantiza su autenticidad es asumir su condición filogenética, rechazando cualquier delirio refundacionista. Caravaggio (1597-1599) Narciso. Pintura al óleo 110 cm × 92 cm. En Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma, Italia
- Espejo / Silvia Plath
Soy de plata y exacto. No tengo prejuicios. Todo lo que veo lo trago de inmediato tal y como es, sin la turbiedad del amor o de la antipatía. No soy cruel, solo veraz- el ojo de un diosecillo con cuatro esquinas-. La mayor parte del tiempo medito sobre la pared de enfrente. Es rosada. Con manchas. La he mirado tanto que creo que forma parte de mi corazón. Pero se mueve. Caras y oscuridad nos separan una y otra vez. Ahora soy un lago. Una mujer se asoma sobre mí, buscando en mi extensión lo que ella es en realidad. Luego se vuelve hacia esas embusteras, las velas o la luna. Veo su espalda y la reflejo con fidelidad. Me recompensa con lágrimas y gesticula con las manos. Soy importante para ella. Viene y va. Cada mañana es su cara lo que sucede a la oscuridad. En mí ha ahogado una muchacha, y desde mí una mujer mayor se eleva hacia ella día tras día, como un pez terrible. Fuente: Publicado por primera vez en la revista The New Yorker en 1963. Se incluyó en el poemario póstumo Crossing the Water publicado en 1971 por la editorial británica Faber and Fabe. Diego Velázquez Las meninas 1656 Óleo sobre lienzo 320,5 cm × 281,5 cm Museo del Prado, Madrid, España
- Adynata Julio / GS
En medio de tanto que pasa todo el tiempo ¿Cómo pensar en medio de tanto? ¿Cómo pensar aún en el entretanto de tanto? Adynata Julio piensa en vislumbres: luciérnagas, intermitencias, redondeces, súbitos regocijos de la mezquindad, cantos a un oído que mitigan tristezas, miradas pasajeras, restos de savia imperceptibles, heridas en terciopelo azul, la pena de una garza, ángeles para soledades. “Vislumbrar es un poco menos que ver. Es ver un poco menos bien, menos bien que cuando la cosa por ver se ha convertido en objeto de observación, pues: ver justo antes de que desaparezca el ser por ver, el ser apenas visto, entrevisto, ya perdido. Pero ya amado, o portador de un cuestionamiento, es decir, de una suerte de invocación.” Ligeras inclinaciones hacia lo menor, hacia lo un-poco-menos, a contramano de lo mucho, de lo tanto, de lo todo. Vislumbres desairan compulsiones a entender, explicar, razonar, responder a la totalidad de lo que nos pasa. En medio de tanto que pasa todo el tiempo “Hay una conmoción que recorre cuerpos porque hay una circularidad, una redondez, entre algo que se recobra del público y algo que se repone en el mundo.” (...) Esa redondez ricotera dice: “Estamos aquí porque podríamos no estar aquí. (…) Ningún estandarte. Lo redondo, lo no lineal. No acumula, rueda.” En medio de tanto que pasa todo el tiempo Casi sin darse cuenta, sobrevivencias desencantadas practican un deleite del que ninguna existencia puede ser privada, “el súbito regocijo de quien encuentra a alguien a quien despreciar”. En medio de tanto que pasa todo el tiempo Se encuentran 13 formas de darse y una abstención, como modulaciones de una disposición ético-poética tendida hacia los rincones más remotos del insondable tejido de lo vivo. En medio de tanto que pasa todo el tiempo Se advierte que la vida todavía sigue llorando. En medio de tanto que pasa todo el tiempo Se recuerda la común invención de porfías invencibles que saben la derrota ante lo insondable del dolor: “hospitales, barrios, centros comunitarios, todo eso que no termina de construirse”. Lo invencible no radica en la pretensión arrogante o la creencia dañina de poder terminar con lo doliente, sino en la insensatez de una porfía que insiste en darse -una y otra vez- a lo que -sabe- no terminará de construirse. En medio de tanto que pasa todo el tiempo No parece que quepa, hoy en día, otra poesía que la que diga el hambre. Y el terror. La desolación y la extrañeza. En medio de tanto que pasa todo el tiempo Se dice que no piensa una voluntad, piensa una herida. En medio de tanto que pasa todo el tiempo Estas páginas de Adynata Julio invitan a la lectura como ensueño deseado. Como obsequio de un pedazo de silencio entre el aturdimiento. Una comarca indiferente a la compulsión de rendimiento. Tierra extraña fecunda en improductividades, donde lo vivo exhala pesadumbres de mundo, busca inspiraciones de lo ingrávido. En medio de tanto que pasa todo el tiempo Invita a leer como forma de “hacer amistad con quienes sienten la vida de un modo que nos hace bien.” Entremedio de tanto que pasa todo el tiempo Alguien recuerda haber cantado en susurros, a la oreja de un muchachito que dormitaba, a poco de ser internado, para mitigar la tristeza, para acunar un sueño silenciado. Entremedio de tanto que pasa todo el tiempo Un ensayo musical sobre lo impreciso del tocar se pregunta si saber tocar música permitirá que la música le siga tocando. Si al saber tocar, podrá seguir dejándose tocar. Un saber ¿se deja tocar? Entremedio de tanto que pasa todo el tiempo Resuena un hallazgo en voz de Atahualpa Yupanqui: “La guitarra, cuando ve que la persona todavía no está preparada para entender lo cósmico, la consustanciación entre el misterio de la guitarra y el vehemente y silencioso anhelo del hombre de decir algo o de encontrar algo que lo ayude...si no está parejo el asunto, la guitarra se queda callada y lo deja en el aire. Como diciendo: no entiendo ese idioma” Entremedio de tanto que pasa todo el tiempo ¿Sabremos cómo volver a dejarnos tocar por la materia sensible del mundo? ¿Es pasible de saberse, practicarse, orientarse, abrirse una tal disposición sensible? Entremedio de tanto que pasa todo el tiempo Un resto de savia brota, casi imperceptible. Entremedio de tanto que pasa todo el tiempo Se insiste en que hay. Aún en el realismo fatalista, no deja de haber lo incomprensible, lo inesperado, lo inhallado, lo intraducible, lo incapturable, lo intempestivo. Entremedio de tanto que pasa todo el tiempo “Escribir algunas frases, algunos párrafos, algunas “vislumbres”, no sería otra cosa, entonces, que atesorar los rastros de acontecimientos minúsculos pero decisivos, es decir, abiertos a infinitos campos de posibilidades.” Entre los muchos desencantos, entre la mucha calamidad, entre la demasiada vida, vislumbres de Adynata Julio. Entremedio de tanto que pasa todo el tiempo respirar, esa herida de aire… latir, esa herida de vida… amorar, esa herida de luciérnagas…
- La Patria Ricotera / Verónica Scardamaglia
Hay mundos que son indudablemente redondos, sujetos a convicciones indemostrables. Hay patrias que enarbolan mil banderas: rojas, negras, de todos los colores y de ninguno. Hay misas y procesiones de morales suspendidas. Hay lo múltiple, colectivo y anónimo que pretende encaramarse en una vida. Hay lo misterioso y lo intraducible. Hay lo desbordante y lo incapturable. La intensidad, la fiesta y los excesos. Hay lo que vibra en lo incomprensible y hay lo incomprendido. Hay contagios y extrañezas inexplicables de palabras prestadas que te hablan al oído y saltan de tu garganta. Hay lo intempestivo. Hay miles de pogos en un pogo. Miles de dolores en un dolor. Hay esta conmoción, singular y movilizante. Y la celebración de todo lo vivido. Cuando lo intransmisible ocupa el trono, hay transmisiones que, aún así, viajan en toda fibra sensible y dejan en evidencia la potencia de lo no buscado y el hallazgo de lo no esperado. Ahora tenés un ángel para tu soledad. El rey está desnudo y Patricio ya lo sabía. La patria ricotera (2026) Verónica Scardamaglia
- Herencia de esta época. Prólogo (1935) / Ernst Bloch
Prólogo a la edición de 1935 Desde aquí se puede divisar una amplia panorámica. El tiempo está en decadencia y está gestando algo simultáneamente. La situación es mísera o infame y el camino por el que se puede salir de aquella es tortuoso. Sin embargo, no cabe duda de que el fin no será burgués. Lo nuevo se presenta bajo una forma especialmente compleja. Aquí lo estamos considerando en sí, también en aquello que impide su llegada. Pero sobre todo lo consideramos en la ruptura involuntaria y en algunas de sus señales irisadas. Éstas, por supuesto, solo pueden rastrearse entre las víctimas, los engañados y los embriagados. Los engañadores mismos y sus actos, con los que Alemania tiene que cargar, no presentan ningún matiz irisado. Ellos solo dan la cara por el capital que los puso a desempeñar la función de provocar el grado más oportuno de susto y confusión. No hubo novedad ni ruptura ante las que no tuvieran que reaccionar. Los poderes que todavía ejercen hoy en día el dominio son unánimes a pesar de todo. Otros asuntos son aquellos a los cuales engañan. Los campesinos y los susceptibles pequeñoburgueses, que no están saciados en más de un aspecto, muestran una inquietud confusa y a la vez extraña, como no se había visto nunca antes de la crisis. De modo que la cuestión de su susceptibilidad ante lo nuevo y lo, al menos, complicado, se revela también en lo que verdadera o aparentemente lo obstaculiza. Hay un impulso anticapitalista que se encuentra fuera del estrato proletario, aunque este impulso haga avanzar, tanto teórica como prácticamente, el desarrollo verdadero. No obstante, la liberación proletaria y, en definitiva, la liberación de todos los seres humanos únicamente puede ser la obra de la mismísima clase obrera. El tenor de estas páginas y el punto de vista desde el cual se investigan las cosas son específicamente marxistas. Pero justamente en el marco de este tenor, surge indirectamente otra pregunta respecto al movimiento ideológico de la clase cultural de la baja y más aún de la alta clase media. Esta es la cuestión: ¿en su desmoronamiento la burguesía aporta los elementos para construir un nuevo mundo? Y, si este fuera el caso, ¿cuáles son esos elementos? Es una pregunta puramente indirecta, una de uso diabólico; como tal la cuestión ha sido aparentemente descuidada, aunque de todas formas es dialéctica. Y es que no solamente un ascenso revolucionario o la eclosión de una clase pueden incluir una herencia dialéctica apropiada, sino también la decadencia de otra y los contenidos variados justamente liberados por la descomposición. El fraude centelleante y embriagador del fascismo le resulta de inmediato útil solo al gran capital que, a través de este fraude, distrae y ciega la vista de las clases depauperadas. Sin embargo, de forma indirecta, en esta distracción se muestra la ruptura leve de una superficie a la que previamente se le ha dado una forma plana, de tal modo que en esta ebriedad irracional se revela el vapor de abismos, útiles no solo desde el punto de vista capitalista. Aparte de la vileza y la indecible brutalidad, aparte de la necedad y la empavorecida aptitud para ser engafado, cada hora que pasa, cada palabra que se dice en una Alemania asustada tiene un componente de la antigua y romántica protesta contra el capitalismo, muestra una nostalgia que echa algo de menos en la vida presente y ansía para ésta algo diferente. La susceptibilidad de los campesinos y los empleados tiene un reflejo distinto, no solo de retraso, sino de falta de actualidad, a sabiendas un resto económico-ideológico de tiempos ya pasados. Hoy en día, las contradicciones de esa falta de actualidad sirven exclusivamente a la reacción. En esa utilidad casi ininterrumpida hay al mismo tiempo un problema marxista y específico. Se ha excluido de modo demasiado abstracto la relación de la irratio con la insuficiente ratio capitalista, en vez de examinarla caso por caso y descubrir concretamente, si la hubiera, la contradicción presente en aquella relación. Por consiguiente, los perros y los falsos magos [1] han podido invadir tranquilamente grandes zonas antiguamente socialistas. Por consiguiente, aquellas zonas no solamente son escondrijos y arsenales de la reacción, sino que están en peligro de convertirse en refugios, también para más tarde y frente al marxismo victorioso. Ha llegado la hora de arrancarle de la mano estas armas a la reacción. Mucho más aun ha llegado la hora de movilizar las contradicciones de clases no simultáneas en contra del capitalismo bajo la dirección socialista. Aquí la irratio no sería ridiculizada en bloque, sino ocupada: precisamente desde una posición que entiende mejor la irratio que los nazis y sus grandes capitalistas. Situada después de la pequeña introducción «Polvo» y después de «Distracción» preparada de modo diferente y ya experimentada por los empleados, la parte del libro «Embriaguez es la que más sirve a este propósito. El capitulo sobre «Embriaguez» (o sea, sobre el nacionalsocialismo): sobre «la no actualidad y la disciplina de su dialéctica» se encuentran en el centro vertebrador del libro. Sin embargo esto no agota esta época sorprendente, ya que también las decadentes clases altas producen o liberan elementos que no les pertenecen. Desde el punto de vista marxista, no se pone en duda que la más reciente máquina creada por la tecnología de la última burguesía sea la mejor. Sin embargo, no se reconoce ninguna herencia con respecto a las apariencias ideológicas y los productos de la época tardía. A excepción de la objetividad, como apariencia seudotécnica y falazmente colectiva al mismo tiempo, no se da importancia alguna a la recta final, aunque está llena de singularidades. Una parte de aquella, también de modo indirecto, es con toda seguridad completamente insustancial y solamente interesante desde el punto de vista sociológico: pero algunas cosas, como el montaje burgués tardío, sin duda llevan consigo algo más que la decadencia. Puesto que el montaje arranca trozos de un contexto colapsado y múltiples relativismos del tiempo para combinarlos con forma de nuevas figuras. Este proceso muchas veces es solo decorativo, pero a menudo es involuntariamente experimental o se utiliza con plena voluntad como hace Brecht. Es un proceso de interrupción y por eso de convergencia de áreas muy lejanas. Justamente aquí, la riqueza de un tiempo en fragmentación es grande, se trata de un llamativo tiempo de noche y día, el de los años veinte. Esto queda de manifiesto ya en los apenas divisados contactos visuales y gráficos hasta Proust, Joyce y Brecht, sin duda se trata de un tiempo caleidoscópico, de una Revue. La parte del libro «Objetividad y montaje» sirve a este cometido; simultáneamente la irratio específica de la mismísima alta burguesía lleva consigo el fastidio astuto y refinado por la vacua mecánica. Esto ya lo lleva preparando la burguesía desde hace treinta años de manera lírica y filosófica, en parte como subsistencia para los malos tiempos, en parte como brecha del propio cansancio. El capital hace que estas brechas sean ocupadas por pequeñoburgueses armados en la lucha contra el proletariado; bien ocupadas éstas pueden ser brechas o, por lo menos, debilidades del frente reaccionario. La vida, el alma, el inconsciente, la nación, la totalidad y semejantes anti-mecanismos no serían utilizables reaccionariamente al cien por cien, si la revolución no solo quisiera, razonablemente, desenmascarar estas categorías, sino también, de un modo igualmente razonable, sobrepujar al antiguo poseedor de las mismas y hacerse dueña de aquellas. Están en manos del viejo dueño, lo que no significa que pueda seguir estando inalteradamente en sus manos desde los tiempos del joven Marx. Sin embargo, la obligación de comprobar y de ocupar los posibles contenidos, también está presente aquí; el libro se puede ver como escaramuza entre los achacosos, entre los mismos enemigos para desvalijarlos si es necesario. Se limita a tendencias, nombres y a los síntomas que muestran; el fondo es concreto-utópico, y está teñido de colores por indignos que sean, y los objetos heredados pertenecen a una época que será inolvidable, pertenecen a su fin y a la transición a una diferente. El escrito presente contiene su propio trozo de contenido temporal burgués tardío, se trata en su mayor parte de un contenido ambiguo y por eso dialectizado. Éste empieza con algo pequeñito, en cierto modo se va acostumbrando a escucharse. Cada vez acomete los asuntos desde el principio, avanza con interrupciones, tal como corresponde hacer hoy en día. Tanto lingüística como objetivamente es lo adecuado esperar hasta que se haya alcanzado la velocidad apta para que uno mismo pueda atravesar los vastos caminos de las cuestiones. En esencia, el libro ha sido escrito durante la época que analiza; y en Alemania. Su tema es de hecho la burguesía polvorienta en decadencia, teniendo en cuenta sus estratos y los períodos cronológicos: cuando «La distracción» (1924-1929) ya ha terminado, «La embriaguez» (1924-1933) todavía está en plena marcha; no obstante, ambas persisten en su transformación. «Objetividad y montaje» como condición contradictoria de la clase alta, comprende igualmente en el ámbito temporal las dos primeras manifestaciones de la transición. El acento no solamente está puesto en el desenmascaramiento de la apariencia ideológica, sino en la inspección de los posibles contenidos restantes. Aunque no faltan conocimientos para tratar con brujas, de hecho éstos son la música crítica de cada comienzo, es más importante servirse del activo de la quiebra, que aunque ruinoso pueda ser útil de un modo mediato, así como neutralizar lo que sea dudoso. Solo una palabra más para que el malentendido, que anida fácilmente, lo tenga más difícil. Si este escrito no solo habla desde arriba, si mira también un montón de caos malévolo o brillante, no obstante, no ayuda al diablo, sino que intenta quitarle -con un enorme esfuerzo- sus armas mentirosas y sus artificios. De todas maneras, eso no se consigue pasando una prueba contra la que los pequeñoburgueses se rebelan solo de manera torcida y turbia. Esto, por supuesto, hace mucho que ya se sabe. De ellos no puede salir «nada más que una oposición pequeñoburguesa». No cabe duda, porque en el mejor de los casos ¿de qué serán capaces los pequeñoburgueses más que de una oposición pequeñoburguesa? Sin embargo, más importante que dicha observación, interesante, aunque algo estereotipada hoy en día, es el trabajo de diferenciación y de exploración, es llevar a cabo una campaña militar que no infravalore al enemigo que está haciendo botín. Hace botín de hombres que se han vuelta inquietos, hace botín de material ambiguo, hasta revolucionario, el cual solo de modo ambiguo puede ser útil para el engaño anticapitalista. Aquí notamos la presencia de una nueva faceta del problema: la oposición pequeñoburguesa no se articula a si misma, ni tampoco la alta burguesía se provoca a sí misma una infección, tal como pretenden augurárnoslo cantinelas tocadas al viejo organillo. Más bien ambas condiciones son consideradas desde una posición marxista sólo indirectamente, además esta posición valora en ambas lo dialéctico –en medio de la pura podredumbre sustancial del desmoronamiento-, siempre y cuando se tome lo dialéctico como factor de transición. De todos modos la comprensión de las cuestión no tiene nada que ver con la disolución socialdemócrata, ni con las intrigas trotskistas, porque lo que hizo el partido antes de la victoria de Hitler fue completamente acertado solo fue erróneo lo que no hizo. La tendencia aniquila lo que se le cruza en el camino y hereda lo que encuentra en éste. Aquello raras veces era más pagadero que hoy en día. Es cierto que la tía de la que se quiere heredar primero tiene que morir, no obstante, uno ya puede ojear antes las habitaciones en detalle. También es cierto que la revolución, una vez ocurrida, liquidará una serie entera de preguntas y seudocontenidos que todavía hoy son considerados como tales; pero no todo lo irracional podrá solventarse. El hambre de, llamemoslas así, complicaciones se mantendría o sería lo primero quedaría satisfecho a través de la privación de alimentos. El talento terriblemente multifacético tampoco tendría sitio ni siquiera en el Reino de Dios sobre la Tierra. Quedarían preguntas y el concepto realmente concreto no disolvería sin más, sino que tan solo valoraría previamente de un modo más adecuado. Otra cosa naturalmente sería el grado de recuperación de estos conceptos, es decir su explotación para otro propósito y es que a quien saboreó una vez la crítica marxista le repugnan todas las bobadas ideológicas. Además de lo que queda después de la crítica, aquel no intentará obtener, un happy end cueste lo que cueste ni se dejará llevar por la miserable lógica del sí-pero. Por el contrario muchas veces solo da por resultado la advertencia para evitar un escondrijo peligroso y tentador, tranquilo y tormentoso a la vez, en definitiva, irracional. Además, sobre la herencia indirectamente positiva que se ha obtenido se cierne una duda, incluso aparece como una duda. Aquella recuperación da entonces materia para un problema marxista o para la propaganda entre los susceptibles o para la neutralización. Si uno quiere entender y superar los remedios que se administran al burgués depauperado justamente en contra de la revolución verdadera, entonces hay que estar diabólicamente en el país del burgués o, mejor dicho, en su barco. Ya tan solo le queda un barco: pues está en época de transición. El libro quiere contribuir a determinar la longitud y la latitud del viaje final del burgués para que realmente sea su viaje final. Locarno, 1934 [1] Aquí Bloch se refiere a dos de las apariciones del diablo en la primera parte del Fausto de Goethe, como perro y como falso mago. Fuente: Ernst Bloch Herencia del esta época. Introducción, traducción y notas de Miguel Salmerón Infante. Ed. Tecnos. 2019. Caroline Wogan Durieux (1896-1989) - “Paz" - lápiz hoja de 12 1/8 pulg. x 19 7/8 pulg.
- Vislumbres (fragmento) / Georges Didi Huberman
"[...] Adopté la costumbre de llamar “vislumbres” a fragmentos de cosas o de acontecimientos que aparecen ante mis ojos. Esto nunca dura mucho tiempo. Fragmentos, astillas del mundo, restos que van, que vienen. Empiezan a desaparecer en cuanto aparecen. Sin embargo, todo lo que es visible a mi alrededor no es para mí una “vislumbre”. Por hábito personal –más que por una voluntad cualquiera de dar un sentido de categoría, definida o definitiva, a esta palabra–, digo “vislumbre” cuando lo que aparece ante mí deja, antes de desaparecer, algo así como la estela de una pregunta, de un recuerdo o de un deseo. Es algo que dura un poco más que la aparición en sí misma (una remanencia, una asociación) y que merece entonces, siempre en mi hábito o bricolaje de escritura, el tiempo de trabajo, o de juego, de una frase o dos, de un párrafo o dos, o más. De experiencia vivida en el tiempo del puro pasaje, la vislumbre deviene entonces una práctica de escritura intermitente, mi “pequeño” género literario disperso-rápido, multiforme y sin proyecto, al margen o a través de mis “grandes” investigaciones obstinadas-pacientes. Vislumbres, del verbo vislumbrar. Es un poco menos que ver. Es ver un poco menos bien, menos bien que cuando la cosa por ver se ha convertido en objeto de observación, esa cosa de ahora en más inmovilizada o posada en una alguna plancha de estudio, como el cadáver bajo el ojo del anatomista o la mariposa prendida con alfileres a su plancha de corcho. Vislumbrar es solo ver al pasar, ya sea que algo o alguien pase fugitivamente por mi campo de visión (estoy sentado a una mesa de café, una persona notable pasa delante de mí y desaparece de inmediato en la multitud), ya sea que mi propio campo de visión pase demasiado rápido para demorarse en algo o en alguien (estoy en el metro, una persona notable está de pie en el andén, pero soy yo quien pronto me precipito en el túnel de la estación). Vislumbrar, pues: ver justo antes de que desaparezca el ser por ver, el ser apenas visto, entrevisto, ya perdido. Pero ya amado, o portador de un cuestionamiento, es decir, de una suerte de invocación. El género literario de las “vislumbres” sería una forma posible de escribir ese tipo de miradas pasajeras. Vislumbres, en plural, evidentemente. Singularidades múltiples, si es cierto que singularidades y multiplicidades constituyen los elementos más cruciales de la exploración literaria (desde Proust) o filosófica (desde Bergson). No obstante, no deseo ni trazar el sistema de las singularidades múltiples en el que se dibujaría una fisonomía de mi sensibilidad ni escribir una novela del personaje que mis experiencias de mirada acabarían por dibujar. Me contento con atrapar al vuelo y liberar enseguida mi presa (que no es tal) sin decidir la importancia que reviste el pájaro que pasaba en ese instante. Dejar ser la ocasión, escribir si se da la ocasión. Esbozar. No releer durante un largo tiempo. Un día, remontar todo eso como se remontan los rushes de mil y un filmes breves y ver cómo se dibujan los motivos inconscientemente formados de miradas en miradas, las inquietudes persistentes, las invitaciones a pensar. Vislumbres, en femenino, necesariamente. No me gusta que lo vislumbrado lo sea en masculino, porque evoca entonces algo así como un resumen, una tabla de materias, un programa. Una “vislumbre” será más bella y más extraña. Me remite al femenino en tanto pasa y me abandona, en tanto la llamo y vuelve a mí. Apenas escritos estos verbos (pasar, abandonar, llamar, volver), surgen tres motivos. El primero: muerte de la madre, cuando el niño aún no ha comprendido la irreparable pérdida y siente la infinita duración del abandono (de ese tiempo pasado no me quedan sino algunas imágenes, viejas fotografías y este apellido Huberman que me prometí poner un día en una página impresa, como si la decisión de escribir hubiera sido tomada en el momento preciso de esa muerte). El segundo: espera del amor, cuando el muchacho escruta en una multitud la aparición del ser amado (razón, sin duda, por la que me conmueven los andenes de las estaciones o las zonas de espera de los aeropuertos, cuando miro a las personas concentradas en su espera, en sus reencuentros o en sus lágrimas de despedida). Sin duda, Charles Baudelaire es el gran maestro de la vislumbre, porque es a la vez el poeta de la transeúnte que para siempre se ha perdido de vista y del deseo de pintarla para siempre: La calle atronadora aullaba a mi alrededor. Alta, esbelta, enlutada, con un dolor majestuoso, Una mujer pasó, que con gesto fastuoso Recogía, oscilantes, las vueltas de sus velos; [...] Un relámpago… ¡y luego la noche! – Fugitiva belleza Cuya mirada me hizo súbitamente renacer [...]. Necesito pintar a la que pocas veces vi Y huyó tan velozmente, como algo hermoso y desafortunado tras el viajero que la noche arrastra [y que] inspira el deseo de morir lentamente bajo su mirada. A esta ninfa en movimiento responde otro motivo, el del pensamiento que aflora al pie de su estela. Escribir algunas frases, algunos párrafos, algunas “vislumbres”, no sería otra cosa, entonces, que atesorar los rastros de acontecimientos minúsculos pero decisivos, es decir, abiertos a infinitos campos de posibilidades. Acontecimientos entre los que cada uno, por derecho propio, merecería mucho más, como si cada frase, cada párrafo, fuera la llave de una búsqueda siempre nueva del tiempo perdido". [...] Fuente: Didi Huberman, G. (2019) Vislumbres. Ed. Shangrila. Barcelona. Gregory Moore Un vistazo al invierno, 2020 Mezzotinta 7 9/10 × 14 3/5 × 2/5 pulgadas | 20 × 37 × 1 cm
- Lo redondo, lo que rueda / Horacio González
En este país, no hubo -no hay- propiamente tribus urbanas. No las hay en el sentido de fulgores autónomos de cultura en las fisuras de la megalópolis. O en el sentido de cápsulas de vida grupal enteramente a espaldas del ciudadano, su casa y su trabajo. Esa clase de ruptura completa, una red totalmente desconectada del circulador urbano central, eso no se verifica sin más en las ciudades de este lugar del mundo. Squatters... no hay. Hay asentamientos, personas sin vivienda que luchan por incorporarse. Hackers... no hay. Hay gente que lucha no por interferir, sino para agregarse a la festividad informática. Cirujas libres, bricoleurs emancipados, bandas desacopladas del mercado general de consumo, náufragos lúdicos que recusan la ciudadanía y los emblemas étnicos o nacionales que surgen de oportunas religiones cívicas. No hay... , no hay aquí el mito regenerador de la cultura a cargo de los últimos navegantes que rompen sus lazos con el mundo administrado. Apenas podemos jugar con esa idea. No sabemos, no se sabe si debemos ser squatters o militantes de noblezas sociales en peligro. Con palabras muy similares, el Indio Solari ha expresado en ese "no se sabe" las dudas que se les presentan a quienes desean una visión política del tiempo de la cultura. Pero decir "no se sabe" es un punto de partida. Porque sí se sabe. Lo posible, en realidad, es otra cosa: tomar esas dos antropologías contrapuestas, la del invasor libre que revive el mito tribal desde franjas arcaicas de la metrópolis y, por otro lado, la del amante de las acciones políticas reparadoras. Presuponerlas. Darlas por establecidas. Y entonces, en algún lugar novelesco de esa polaridad, alguien creará su propio modelo de rechazo sin dejar de coquetear con nada. Pero sin permitir que ninguna bandera clausure la experiencia imponiendo idolatrías ya tramitadas. Existe en los Redonditos una reflexión sobre la forma y el momento en que se levantan idolatrías. No hay mundo que no sea un mundo idolátrico. De lo que se trata es de generar una crítica a la vida con idolatrías. Descartada la posibilidad de una retirada a la manera de indios metropolitanos o de políticos autónomos que aguardan en la espesura de la selva el colapso del orden malo, queda la idea de ídolos de los que se adueña la multitud liberada. ¿Pero qué ídolos? En ese sentido, la relación con la multitud de los Redonditos hace de esa multitud una composición ética muy parecida a la de las hinchadas. Parecida, porque una hinchada es una fruición que se forma con asombrosa regularidad ritual y que tiene el sentimiento básico de activar una agonía. Son tan intensos esos sentimientos como fugaces. Esa intensidad tiene que extinguirse, simplemente porque debe dejar paso a la emoción siguiente que surgirá de la "nada". El colmo de la emoción permanente es la "racha". Una hinchada está para saber que las rachas se despedazan alguna vez. Y de la nada todo vuelve a empezar. Esta última parte de la sabiduría fatal de las hinchadas es lo que intenta ser excluido en la reflexión de los Redondos. Un hincha siempre está esperando la traición o la caída, porque debe volver a empezar. El tema de la hinchada es la espera de que alguien, el ídolo, cruce la línea, abandone y vuelva. Es decir, que goce con el olvido del amor elemental de cuna. Pero que luego retorne con el descubrimiento de que ese amor primario -que castigaba y alentaba- era lo único que podía existir en el mundo. Los Redondos (la experiencia musical, argumental, literaria y antropológica que compone el conjunto de la "tribu") toman de las hinchadas el sentimiento de una arena sentimental momentánea, de una unción colectiva sin males. Pero desean excluir lo que toda hinchada sabe y espera, la caída y redención del ídolo. Indio Solari reflexiona con puntillosidad sobre el tema. Defiende una filosofía bucólica del hincha no traicionado que va gestando ámbitos progresivos, de mayor abarque cada vez, pero trasfundidos de la cultura propia. "Cultura propia." No es posible definirla de otra forma, aquí, que con las propias palabras de Solari. Es la cultura que va desistiendo de premios y sistemas. "No quiero el premio de los ídolos", ha dicho Solari, premios que se conjugan con la obvia disposición que tiene la industria cultural de rodear a sus oficiantes de bienes tan ostensibles como volátiles. Son los premios "sistémicos", los premios del mundo cortesano que implican más que una materialidad o un hedonismo, una ideología del triunfo. Aquí se separan las reflexiones redondas del ánimo habitual de las hinchadas. Es cierto que en éstas el triunfo nunca es un valor inocente y estable. El triunfo se dilapida y se frustra. Pero en esa crónica que las hinchadas tejen para sí (devolver el triunfo al regazo propio, salir de la "racha perdedora"), no es donde encuentran los Redondos la mayor inspiración para su ética de multitudes. El "triunfador" es un numen ideológico de la industria de entretenimientos, de las culturas maquinizadas y de los aparatos de difusión que mercantilizan la vida. El vencedor de las industrias culturales es en realidad un agente activo de la derrota de la vida. Vence y consagra un estandarte que apenas se instala en su sospechosa victoria. Justamente sobre los estandartes ocurre la siguiente reflexión de los Redondos… Las hinchadas tienen estandartes fijos, blasones que actúan en un marco estridente y visual. Largas banderas que se arrojan desde las alturas, identificaciones que brillan como balizas nocturnas para asegurar el reconocimiento inmediato y provocar una emoción cíclica. Los Redondos juegan con estandartes. Los muestran y los disuelven. "No hay estandartes más allá de lo que uno vive cotidianamente", dice Solari. Igual que el Ídolo, se lo muestra y se lo retira. El juego teatral con los símbolos de la cultura es lo que caracteriza la sutileza estética y política de una tribu que busca no ser sorprendida en ningún espacio fijo, en ningún campamento físicamente perimetrado, en ninguna posición determinada. Los Redondos escapan de los determinismos. Son un grupo en fuga de sí mismos. Única forma de mantener la fidelidad "andando en sulky". La hinchada es determinada, espacial, territorial, rítmicamente reiterativa... Los Redondos no. Pero no por eso las hinchadas dejan de ser enigmáticas. El enigma de las hinchadas está referido a su capacidad de soportar la adversidad. Mejor dicho, a la sabiduría previa de carácter fatalista, por la cual se espera la caída, la violencia y la muerte. Los Redondos toman el enigma y lo sacan de la práctica de personificaciones propia de las hinchadas. Entonces, producen un interesante ejercicio. Coquetean con la técnica productora de ídolos, que mantiene viva la industria de la música juvenil. Pero ese ídolo tiene una exposición limitada, una lucha con las estrategias de difusión más tecnologizadas y una vía para la retirada permanente. Mi rol tiene que ser el de un enigma, el rol pontificante que te da el periodismo te achica, ése es el rol de la descapitalización del personaje. Así se expresa Solari. La función artística del enigma ha sido siempre la de darles a las multitudes cierto aire sagrado. Las multitudes son sagradas porque en ellas se producen decisiones misteriosas. Nunca una interpretación queda cerrada, nunca se completa el sentido de la obra, queda fuera de juego la posibilidad de ser literal. Para el Indio Solari, el artista sólo debe provocar resonancias y no interpretaciones. Desde luego, cada uno compone una interpretación con las claves ofrecidas, pero una interpretación entera y terminada es imposible. El lugar del artista está siempre vacío o se llena con muñecos legendarios como Patricio Rey. Siempre debe haber una voz atrás, que es la del “artista colectivo" de la cual algo se recoge como obra. Pero una obra lo es porque no recogió más que hebras. Hilos sueltos de un sentido perdido, con lo cual los Redondos elaboran el diálogo trascendental con la hinchada. Hay una conmoción que recorre cuerpos porque hay una circularidad, una redondez, entre algo que se recobra del público y algo que se repone en el mundo. El público siempre se halla pulverizado y basta una minúscula llamada para convocarlo. Pero se le ofrece de inmediato la razón autogestionada de esa convocatoria. Estamos aquí porque podríamos no estar aquí. La estética de los Redondos se basa en un crecimiento del sentido sin capacidad de "ahorro". Es decir, no sólo sin linealidad en la acumulación de recursos -"un par de cheques sin fondo y no podemos volver a presentarnos", dice el Indio- sino también sin "linealidad del enunciado". Esta última es también una frase de Solari. La linealidad del enunciado respondería al modelo empresarial del rock, basado en el ídolo expuesto como ilusión momentánea y en sistemas musicales o literarios que ya nacen interpretados por el mercado consumidor. Por eso, la apología de ese estar "fuera de contexto". Los Redondos avanzan hacia el centro de la escena cultural argentina, pero creando contextos propios o declarándose fuera de contexto. Insisten que lo que hacen es reunir, hacer visible fugazmente, sentimientos únicos que bien podrían no manifestarse. La estética redonda está en sustitución momentánea de algo que actúa por desaparición, que preferiría no estar pero se sintió llamado. Las hinchadas tienen más "contextos", tanto de espacio como de tiempo. Pasan, ululan, se van. Siempre vuelven. No tienen premios, porque la esencia del hincha, del que alienta, es la de investigar su propia capacidad de aguantar lo efímero. La pasión más fuerte puede ser convocada. Aunque después se evade. Saber eso es su verdadero premio, la comprobación de que cualquier sentimiento puede en el fondo tolerarse, pues toda intensidad busca luego su descanso. Los Redondos dicen eso mismo. Sólo que la ética de la hinchada en ellos es protagonizada tanto por los que siguen al grupo como por sus miembros permanentes. La producción del texto artístico, literario, musical y visual de los Redonditos es el resultado de una comunidad de hinchas sin contexto, sin velocidad, sin vértigos, sin apuros, sin premios. Avanzan ante el llamado. No están fijos en ningún lugar. Todo puede extinguirse. Pero esta ideología de hinchadas a las que se les desea evitar el tema de la traición, la caída y la desilusión, propone el movimiento incesante de una utopía rural, artesanal, que no desdeña la astucia urbana. "Siempre algo está sucediendo", dice el Indio Solari con su paciente profetismo. Así, en ese suceder, el rock puede ser la ceremonia libre de los hinchas, el mito verdadero de la falsificación general de todas las identidades, el movimiento perpetuo, la redondez de lo que puede suscitar todo sin pararse junto a nada. Ningún estandarte. Lo redondo, lo no lineal. No acumula, rueda. Fuente: AAVV, Los Redondos. Buenos Aires, Editora AC, 1992. (Escriben: González, Horacio; Symns, Enrique; Chitarroni, Luis; Polimeni, Carlos; Panozzo, Marcelo; Fernández Bitar, Marcelo; Curto, Daniel; Pérez, Martín; Reyes, Angeles). Romina Brunetti. (2026) Indio. Fotografía.
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

![De Brasi esparcidor de pistas [1] / Marcelo Percia](https://static.wixstatic.com/media/57f2cd_3a6c647a1b764cda8ac505a237ea4046~mv2.jpg/v1/fit/w_176,h_124,q_80,usm_0.66_1.00_0.01,blur_3,enc_auto/57f2cd_3a6c647a1b764cda8ac505a237ea4046~mv2.jpg)









