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- Presentación de "Un destino común" / Lucrecia Martel y Malena Rey
15 de noviembre de 2025 Presenta: Malena Rey Autora: Lucrecia Martel Editorial: Caja Negra Editora Malena Rey: Bueno, estamos presentando tu primer libro, Un destino común , un libro que expande mucho tu práctica cinematográfica, que pensamos como una especie de caja de herramientas. Es un libro que queríamos leer y no existía. Entonces, desde Caja Negra, te lo fuimos a proponer. Es un libro en el que trabajamos mucho con Pablo Marín también —lo quiero mencionar—, que vive en Madrid y no pudo estar acá, pero para mí está en espíritu. Y quería empezar conversando con vos un poco sobre esto, porque el libro, si todavía no lo leyeron, reúne tu práctica como disertante, tus intervenciones públicas, tus conversaciones públicas, que es algo que sucede mientras vos hacés películas. Tus películas te llevan muchos años, mucho tiempo, un trabajo más interno, y estas charlas son parte de tu vida pública. Quería preguntarte qué te genera el hecho de que ahora se hayan reunido, que estén en un libro, porque las ideas se van transformando con el tiempo y en el libro quedan fijadas de algún modo, ¿no? Lucrecia Martel: Sí, bueno, muchas gracias a todos por venir. Muchas gracias, Malena. Muchas gracias a Pablo. Muchas gracias a Caja Negra, y felicitaciones, porque… ¿177 libros? Malena Rey: 171 libros. Lucrecia Martel: 171, y seis el año que viene. No, es increíble, ¿no?, un proyecto editorial como el de ustedes. Así que muchas gracias por hacerme parte. La verdad es que yo siempre trato de que no se graben las charlas, ya lo he dicho, porque la gente se empieza a distraer y siempre piensa “después veo el link”, y entonces se ponen a ver el teléfono o se ponen a grabar y dicen “después veo lo que grabé”, y es difícil estar en el momento en que pasan las cosas. Entonces, por ahí yo trato de que no las graben. Pero a veces me dicen: “Si las grabamos, te pagan más”, y entonces ahí aparece la prostituta que somos todas, y digo: “Sí, pero por supuesto, por favor”. Y la verdad es que lo que hicieron los chicos… a mí me da mucha vergüenza, porque yo hago chistes como estos que, cuando los leés, decís: “Qué papelón”. Entonces, que los chicos hayan hecho un trabajo tan bueno para que el libro no sea un papelón… bueno, ya lo verán, y estoy muy agradecida. ¿Y qué pienso de que mis charlas estén en un libro? Pienso que, por vanidad sola, diría que no. Pero me parece que estamos en una época tan difícil que todas las ayudas que nos podamos dar entre todos, bienvenidas. Y por ahí a alguien le sirve leerlo, y bueno. Malena Rey: A veces me ocurre, para esto, que me hacen hacer preguntas muy sesudas, aprovechar el libro y usar algunas citas que aparecen ahí para que las podamos ir expandiendo y que todas ustedes se vayan con muchas ganas de seguir leyendo o yendo un poco más profundo. Traje una cita que habla un poco de la cultura en relación con el cine. En un momento decís: “El cine de ir a la calle es hablar con los vecinos, caminar por la ciudad y hablar con la gente. Es preciso mirar sin tanto prejuicio, sin tantos eslóganes, tanta doctrina. Y cambiar el mundo es casi la única cosa atractiva que hay para hacer en nuestra existencia”. Me parece interesante que hablemos un poco de eso. También decís que, porque el mundo —como a veces medio una expresión—, bueno, hay que cambiar el mundo… pero el mundo es muchísimo. Cambiar el mundo es muchísimo. Decís que es muy alarmante qué poco situado está nuestro pensamiento. Entonces pensaba en algo más próximo, ¿no? ¿Qué se puede hacer para cambiar nuestra existencia más inmediata, en todo caso? Lucrecia Martel: Sí, cuando uno dice “cambiar el mundo” parece como que uno va a cambiar todo, pero es aunque sea un poquito algo. Aunque sea el consorcio, que la gente se trate mejor, no sé, algo. No sé cuánta gente de acá viene o tiene relación con el mundo del cine. No digo que levanten la mano… bueno, levanten la mano. Son muy pocos. Para nosotros —no sé, otra gente tendrá cosas parecidas—, pero para nosotros, la gente que trata de hacer cosas audiovisuales, hay permanentemente una tendencia a buscar referencias para lo que vamos a hacer en películas, en cosas que han hecho otras personas. Y es genial que haya cosas a las que podamos ir a ver, acudir para iluminarnos de alguna manera. Pero me parece que nos ha pasado —y que hemos ido perdiendo— la habilidad de mirar a la vuelta nuestro, y de que nos guste la luz, de que sepamos cómo se recrea esa luz que vemos en la vereda, que vemos en nuestras casas. Porque es mucho más fácil mostrarle una película al director de fotografía y al director de arte y referirse a lo que está en una película, y no a cómo intento eso que me gusta y que me hizo interesarme por contar una historia, por compartir algo con los otros. Y yo creo que en nuestra época el espacio se ha contraído muchísimo, nuestro espacio vital se ha vuelto muy chiquito, y nos resulta muy difícil saber cómo relacionarnos con el espacio. Entonces, eso creo: que el cine es para salir a la calle. Los que hagan cine o estén cerca de esa actividad acá: lo nuestro es —con cuidado, con precauciones, no a cualquier hora, con amigos si son horas complicadas—, pero lo nuestro es la calle, es la gente. No es tanto encerrarnos en el cine, que está buenísimo, pero lo otro es fundamental. Y tenemos un país que es muy complicado de contar. Entonces esa vocación de salir me parece que es fundamental para encontrar algunas soluciones para esta locura que nos pasa. Malena Rey: Eso que decías del espacio en el libro aparece bastante en la última de las charlas, en la nota para Los indios insomnes : el hecho de que se contrajo el espacio y se aceleró el tiempo, que me parece que son dos ideas bastante fuertes. Quería ver si las podíamos expandir un poco para entenderlas mejor. ¿A qué te referís cuando decís eso? Lucrecia Martel: Yo pienso que es una cosa que constatamos todos diariamente. Primero, que en situaciones como estas de crisis —que todos tenemos muchísimos trabajos para poder lograr pagar las cosas mensuales—, eso hace que el tiempo que tenemos para salirnos de los circuitos habituales sea menor. No tenemos tiempo de decir: “Ahora me voy a mi trabajo y voy por acá, que demoro media hora más”. No, porque después tenés otro trabajo y estás cansada. Entonces, la voracidad de cosas que tenemos que solventar con nuestro trabajo, la dificultad de encontrar trabajo, lo caros que son los alquileres… en fin, problemas que todos conocemos, hacen que nuestros recorridos espaciales sean muy acotados. A veces el fin de semana vamos a algún lugar, pero es medio difícil tener la percepción de la ciudad —o de la ciudad donde vivan—. Y encima la crisis económica es un factor de disminución del tiempo disponible. Pero además, la tecnología claramente aceleró el tiempo. Eso lo sabemos todos. Ya nadie puede soportar una pregunta más de cinco segundos: o buscamos la respuesta o le respondemos a alguien un mensaje. No tenemos paciencia para el tiempo. “A ver, después le escribo”. Le escribiste en una semana y la persona está ofendidísima. Eso antes no pasaba. Miren, hay un libro del Fondo de Cultura Económica que se llama Cartas a América , una cosa así, que son cartas que se mandaban desde la península hacia América en el siglo XV y XVI. Creo que compila —no sé si la conocerán— un librazo así. Compila cartas del siglo XV y XVI, y las cartas dicen: “Hace dos años que le envié mi última carta, no he recibido respuesta”. ¡Dos años! Dos años ya. Alguien tendría hijos con otra persona. Entonces es evidente que el tiempo ha ido en una… la tecnología ha permitido esa aceleración, pero nuestros organismos no están todavía acostumbrados a esa aceleración. Estamos todos un poco angustiados, un poco desesperados. La pandemia, para mí —para todo el mundo— fue una revelación de que era posible vivir encerrados. Y esas son cosas que marcan mucho nuestra época. Y los que escriben, los que quieren hacer algo, los que quieren expresarse a sí mismos y expresarse en relación con el mundo, necesitan callejear. Callejear es una parte importantísima. Y no callejear dentro de Nordelta —que está bien Nordelta—, pero digo: no, te vas a encontrar con gente toda muy parecida. Callejear donde te encontrás con gente diferente. La ciudad es ese lugar. Las rutas, el campo, las calles rurales. Y eso hace, me parece a mí, que se haya constreñido nuestra experiencia de existencia. Y todos tenemos una angustia, una cosa… no creo que haya uno acá que no haya percibido en este año una fuerte sensación de angustia. Uno la puede relacionar con alguna cosa: alguna cosa que dejó de existir, alguna subvención, alguna ayuda que era fundamental para su actividad. Pero también es algo que está pasando planetariamente, no es solamente este país. Y bueno, frente a eso… bueno, esto es una buena respuesta de espacio compartido, ¿no? Malena Rey: Pensaba que vos hablás de la aceleración del tiempo, pero que también sos de procesos muy lentos. En cada película sos de tomarte tu tiempo, y en la era de tanta inmediatez quizás es más revolucionario ver cómo hacer para frenar que para seguir montándose en ese ritmo. Y en algo que también decías: que vamos a tener que usar nuestras horas de sueño, nuestras horas de ocio, para pensar cómo salir de todo esto. Y pensaba: es un sábado a la tarde, hace treinta grados de calor, todos ustedes podrían estar… no sé, ¿no tienen amigos con pileta? Podrían estar recreándose de otro modo, y estamos todas estas personas acá juntas pensando libros. Estamos usando nuestro tiempo libre para juntarnos. Y quería preguntarte un poco sobre algo que para nosotras sobrevuela mucho esta jornada, que tiene que ver con eso que vos decís en el libro sobre cómo hablar con los que no piensan como nosotros. Pero a nosotras nos gusta también pensar cómo hablar con otras generaciones. Eso que también decía Diego al principio: que haya gente de distintas edades dialogando, que haya un espacio para chicos más chicos, que haya gente más grande, que todas estemos en la misma conversación, o tratando de dar esa conversación. Y pensaba también en la juventud como esa idea… o sea, la sociedad deposita sobre la juventud una idea de futuro. Las sociedades en general depositan sobre los jóvenes algo que no necesariamente se condice con lo que esa juventud quiere encarnar, ¿no? Y quería preguntarte: para vos, ¿qué implica ser joven? ¿Qué tipo de juventud tuviste? ¿O qué hay todavía de tu Lucrecia joven en tu madurez? Lucrecia Martel: Integral. Íntegra. Ajá. Malena Rey: Seguro. Y también eso, ¿no? ¿Qué hay todavía de la juventud presente en lo que hacés? ¿Te importa hablar con los jóvenes a vos? Lucrecia Martel: Sí. Es que hay mucha gente joven… pero ya les va a pasar. Los que tienen edad lo saben: es muy difícil envejecer, porque uno no envejece a la misma velocidad por afuera que por dentro. Por dentro, yo he intentado —y acá hay testigos— subirme a un hoverboard . Imagínense: yo estoy con un bastón. ¿Y cómo terminó eso? Me quebré la muñeca.Pero digo: la curiosidad por el mundo no se extingue con la vejez. Tenemos también esta cosa horrible que ha pasado… yo los odio a todos los poetas y músicos que se han suicidado a los 26, 27 años. Los detesto. Porque era gente brillante que necesitábamos para que nos enseñe cómo ser viejos. ¿Y ahora qué nos queda? ¿Bob Dylan? ¿Neil Young? ¿Patti Smith? ¿Alguna queda? Habrá que hacer una lista para ir a buscar cómo ser viejos en el siglo XXI. Y evidentemente, ahora, por esta misma situación, las distancias generacionales son muy abruptas. La mayoría de los que están acá es muy probable que —ojalá que no, pero— demoren mucho en tener un lugar propio. Van a vivir alquilando mucho tiempo, van a tener que tomar decisiones de compartir casa. Las crisis aparentemente van a ser muy profundas, esta que tenemos. Y si no pasa algo terrible —que es la crisis—, va a pasar lo otro: vamos a empezar todos a tener plata y va a ser como en 2002, que nos olvidamos rápidamente de lo que había pasado, se terminaron las asambleas y chau. Pero ser joven ahora es muy distinto a cuando yo era joven. Todavía, para mi generación —eso es increíble—, para la generación de mis padres, tener una casa propia era una posibilidad a través del trabajo. Para mi generación fue un poco más difícil y nos ayudaron nuestros padres. Para ustedes… si los padres somos nosotros, olvídense. Olvídense. Si los padres de ustedes tienen entre 50 y 60, es muy poco lo que vamos a poder hacer para ayudarles. Entonces… esa experiencia de… ¿A qué iba la pregunta? Malena Rey: Bueno, por un lado, algunas ya las fuiste contestando. Pero: ¿qué implica ser joven, más allá de lo biológico, como una temporalidad? ¿Qué recordás de tu juventud? ¿Qué hay todavía de tu juventud presente en lo que hacés? Lucrecia Martel: ¿Qué recuerdo de mi juventud? Por Dios, es una pregunta de mierda. No, recuerdo muy poco. Pero lo que creo es que, indudablemente, cuando uno empieza a caminar más lento —que en mi caso pasó muy rápidamente, pero probablemente ustedes demoren más en llegar a ese momento—… Mi percepción de la ciudad, sobre todo: yo pasé mi juventud en esta ciudad. Yo nací en Salta y a los 18 o 19 años me vine para acá. Y para mí la experiencia de juventud fue caminar Buenos Aires. Caminar… bueno, también me pasaron cosas, pero digo: conocer esta ciudad que es infinita. Entonces relaciono la juventud con una expansión del espacio. Yo pasé de ir a un colegio medio privado, haciendo un recorrido bastante pavote en Salta, a esta ciudad; a estudiar animación en Avellaneda y tener que irme desde Agronomía hasta Avellaneda. Cuando una chica de colegio católico de una provincia tiene que tomarse el 124 de Agronomía a Avellaneda… es la Odisea, es la Ilíada , es todo eso. Entonces, para mí, la juventud la relaciono con la expansión del espacio. Y por eso me resulta muy difícil, a veces, conectar con una juventud que resignó su espacio a encontrarse con los amigos en las plataformas. No lo digo como crítica, sino como algo que no conozco: no conozco esa forma de encuentro con los otros ni de expansión del espacio. Porque el espacio virtual es caro. No es una experiencia asequible para todos. El espacio virtual se paga: tenés que pagarte el software, tenés que pagarte una wifi bastante rápida, tenés que tener una buena compu. No es tan fácil el espacio virtual como experiencia. Y lo que reconozco en mí es algo bastante infantil: la curiosidad. Curiosidad por la gente. El cine… yo creo que enganché en esta actividad un poco porque alguien me vio condiciones, y uno termina haciendo lo que hace porque alguien te ve condiciones. Así de débiles somos. Pero el cine es conversar con la gente. Y ciertamente el lenguaje de la conversación uno lo ejerce más cuando te cuesta entender a la otra persona: lo que piensa, lo que quiere, por qué está enojada. Porque con los amigos con los que uno se entiende, simplemente te ponés a ver un video y te reís, escuchás música… nada. Hacés cosas donde el lenguaje está en la zona del chiste: chiste, chiste, ja ja ja. Con la gente que uno no comprende es donde más se ejerce la invención del lenguaje. Y me parece que, por decisiones que han sucedido en nuestro país —desde su fundación—, hemos ido perdiendo, año a año, la capacidad de conversar con las personas con las que no nos entendemos rápidamente en términos de valores, ideas del mundo, del futuro, de la economía. Eso me parece una pérdida enorme. Una pérdida que, además, estamos experimentando todos los días. Malena Rey: Me quedé pensando en algo que decías del registro de las imágenes. Por un lado, esto de la juventud… y en el libro hablás mucho de tus abuelas, de las conversaciones, de la oralidad, de tu mamá. Y después le hablás a los jóvenes. Hacés como un recorrido de muchas generaciones. Y también eso que decías del registro de las imágenes: que la vida digital sale cara, pero que en otra parte del libro decís que las cámaras que ahora tenemos en los teléfonos son herramientas que filman mejor que las cámaras que vos tenías que pedir cuando estudiabas cine para que te las presten para hacer un corto. O sea, las herramientas las tenemos. Todas estas personas que estamos acá tenemos un teléfono que registra imágenes. Y a la vez, esas imágenes que están en esos teléfonos… ¿cuántas veces las volvemos a ver? ¿Cuántas veces hacemos algo con ellas? Lucrecia Martel: No, las consideramos como parte de… no sé, de nuestro archivo. De lo que después, cuando pasen veinte años, las vamos a volver a ver. Nadie las imprime ya, se rompen los discos rígidos. ¿Qué hacemos? ¿Cómo hacemos para volver a generar ciertas condiciones de registro que nos enseñen a narrar de otras maneras? Yo no sé bien cómo es el invento ese, qué es lo que hay que hacer. Porque mirá: ahora se me quemó mi computadora, el core . Entonces fui a que me la arreglen y me dijeron: “Lo único que puedo hacer es recuperar los datos”. Yo trato de pensar qué datos quiero recuperar de la computadora y la verdad es que no me acuerdo nada. Pienso que hay algo importante que tengo que recuperar —algún documento de alguna cosa, de Salta, no sé qué—, pero ni siquiera sé qué es lo que tengo importante en la computadora. O sea, no sé cuántos gigabytes enteros de fotografías de teléfono habré perdido, supongamos que no se recupera eso. Entonces eso también significa que —no significa que lo que haya sido registrado no tenga ningún valor—, pero evidentemente no generó ninguna memoria inmediata en mí, o algún anhelo. O igual son cosas que todos sabemos, ¿no? La cantidad de veces que borramos estupideces que nos llenan los teléfonos y eso. Pero, por ejemplo, cuando yo hice esta película —que a propósito vamos a estrenar en marzo del año que viene—… les digo el título para que no vayan y paguen la entrada para otro director. Se llama NUESTRA TIERRA. Esa película… nosotros, para hacerla, durante muchos años recuperamos archivos. Le pedimos a la comunidad de Chuschagasta —que es una comunidad indígena en el Valle de Choromoros, en el norte de Tucumán— que nos compartieran sus chips , las tarjetas de teléfono y las fotografías antiguas que tenían. Y bueno, durante muchos años estuvimos haciendo ese archivo. Y hay algo muy valioso en el archivo del teléfono. Uno siente que hay una banalidad en ese registro, en eso que uno preservó. Pero muchísimas cosas de audio de la película son valiosísimas, porque son cosas muy difíciles de producir para el cine. Es muy difícil, para la gente de cine, producir una fiesta de una familia en un cerro en Tucumán y que suceda ese ritmo de las voces, la inhibición para interpretar, decir cosas, los chistes, las cosas familiares. Ese sonido es valiosísimo. Hay infinidad de videos cuando nosotros registrábamos con nuestros teléfonos tonterías, con nuestros amigos, con nuestra familia. Y hay cosas de sonido que quizás la imagen es más o menos, pero el sonido es imposible de volver a generar. Es de un valor incalculable para el cine, ese sonido. De archivos y archivos, a veces prescindibles o repetidos, que uno tiene en el teléfono… no sé. Y a la vez, qué fácil es que cuando un teléfono se cae en un arroyo, lo pisa un caballo, se nos cae o nos lo roban, de repente desapareció. Y eso pasa… como les digo, lo que yo perdí en la computadora, supongamos que no lo pueda recuperar. No sé, quizás alguna vez me diga “uy, cierto, tal cosa”, pero ni siquiera es que tenemos un acervo ahí al que añorábamos o del que uno pueda tener melancolía. Malena Rey: Ahora que mencionaste Nuestra Tierra , quería preguntarte porque la película es un documental. O sea, hacés un giro después de Zama hacia el documental. Nuestra Tierra está basada en el asesinato —en el crimen— de un comunero, Javier Chocobar. Está el juicio en la peli, está el registro de la comunidad. Y pensaba… no sé, me imagino haber cambiado de registro para hacer esta película. No quiero spoilear nada de la peli —igual el spoiler mucho no importa—, pero sí preguntarte: porque cuando hacíamos el libro, en un momento yo tendía a pensar que tenía que haber un texto sobre la película, porque vos estabas haciendo la película y si este libro iba a convivir con la película, entonces ¿de qué manera estaba también presente? Y lo que te vino pasando —que me parece más interesante— es que se va colando todo tu proceso de trabajo de tantos años en muchas de las charlas del libro. Te preguntan sobre algo y vos decís: “No, estoy haciendo una película y tuve este problema”, o “estoy filmando y me encontré con esta cuestión”, o “estamos pensando con el equipo…”. Entonces quería preguntarte, más que por la peli en general —que ya habrá tiempo en marzo de hablar más en extenso—: ¿en qué momento se te revelaron cosas de tu proceso de trabajo, de tu proceso artístico, con la película? Si sentís que hubo puntos de inflexión en los que descubriste algo que necesitabas para seguir filmando, para el montaje… ¿qué momentos de revelación hubo en todos esos años de trabajo? Lucrecia Martel: Muchos, de muy distintas clases. El primero, creo, fue con el lenguaje. Ver lo difícil que era escribir una idea. Les doy este ejemplo porque creo que sirve para detectar el problema del lenguaje. Si yo tengo que explicar que una comunidad fue desplazada de un lugar a otro porque fue entregada en encomienda a un personaje, inevitablemente, para la comunidad el nombre va a ser un gentilicio —o simplemente la palabra “indios”— y un número. Y el sujeto va a ser un nombre propio. En la mayoría de los documentos se han registrado nombres propios de personas que no tienen ninguna relevancia real en su accionar sobre la historia. Tipo: “el capitán tal trasladó a…”. Exacto: por ejemplo, “el capitán Sotomayor trasladó cuarenta indios tasas de la comunidad de Chuschagasta al valle de Choromoro”. Entonces, ya el sujeto, el predicado, los complementos… ya hay una persona hábil, poderosa, que agarra a un gentilicio en gran número y lo puede llevar de aquí para allá. Es muy difícil, con el lenguaje. Uno tiene que empezar a poner oraciones y oraciones y oraciones —¿cómo se llaman?— oraciones subordinadas, para que esa frase no termine generándonos esa imagen tan clara en la cabeza: el capitán Sotomayor y cuarenta personas sin voluntad que obedecen y son trasladadas de aquí para allá. La historia de un país como el nuestro, que ha sido colonia —pero esto seguramente pasa en todo país donde alguien se tomó atribuciones sobre la vida de los demás—, está plagada de estas frases donde un montón de voluntades desaparecen en un gentilicio. Un gentilicio que encima ni se respeta ni se recuerda, salvo que por alguna casualidad exista un paraje que se llame Chuscha o, en fin, el nombre de alguna comunidad. Entonces, esa fue la primera dificultad: escribir y reescribir frases, y reescribir frases, y ver cómo, con la mejor de las intenciones, la frase volvía a reflejar la voluntad de un individuo y la no-voluntad de un conjunto. Después, lo que nos pasó… no sé si Jero está por acá. ¿Jero, viniste? Yo lo vi. Acá está, mirá. Jerónimo editó la película conmigo. Estuvimos en Salta y con Jero revisamos —imagínense— cuatrocientas horas de material audiovisual… un poco más, Jero, ¿no? Como cinco mil fotos. En fin, una cantidad de material enorme. El juicio lo habíamos filmado. El juicio duró como catorce días de jornadas, a tres cámaras. Eran muchísimas horas para mirar. Pero en un momento —que nosotros definimos como una espiral ascendente — nos dimos cuenta de que algo empezaba a aparecer. Revisando las mismas tomas, las mismas partes del juicio que ya habíamos visto, de repente algo hacía el segmento que elegíamos, o la cámara con la que era contado, y uno dice: “Ah, empezó a aparecer algo”. Y cuando pasa eso, con Jero había una luz afuera de donde editábamos y la cerrábamos, cerrábamos la puerta y poníamos la luz, porque Julio venía cada rato a cantarnos y a perturbar las horas de edición. Entonces, esa sensación… uno la reconoce. Por eso también hay que confiar mucho en la percepción compartida, no en la percepción en soledad. Cuando estás con alguien, con compañeros de trabajo, y empezás a sentir: “Che, empezó a aparecer”. Ese momento es genial. Y mucho tenía que ver con el lenguaje. Con, de repente, entender el espanto de una frase dicha en el juicio, una expresión… Quienes hayan editado imágenes y sonidos conocen bien este momento: cuando uno pasa muchos años buscando el lenguaje para compartir un acontecimiento como fue el crimen. Y no quién fue el autor del crimen, sino cómo fue posible ese crimen, de los que hay muchísimos casos en un país como el nuestro. Es tan difícil encontrar las palabras con las cuales la gente vuelva a escuchar lo que ya sabe. Porque es obvio que le quitamos la tierra a alguien. Hay que ser muy mezquino para no aceptar esa idea. ¿Cómo se resuelve eso? No sé, es muy complejo. Pero que eso ha sucedido en nuestro continente no cabe ninguna duda. Que ninguno de nosotros lo haya aprendido en sus manuales de primaria… salvo que hayan ido a una escuela muy progre. En el manual mío, editado en Salta —el manual Güemes—, las comunidades desaparecían en el siglo XIX por la malignidad de la Campaña del Desierto o por lo terrible de los realistas. Porque no hay nada mejor que echarle la culpa a otro de la invisibilización, de la desaparición. Salir de esa educación es muy difícil. Pero la reflexión sobre los materiales y el tiempo… y por supuesto, el tiempo es algo carísimo. Yo digo “tiempo” y me da vergüenza, porque hay que tener plata para tener tiempo. Pero a veces hay ciertas ideas que requieren tiempo, y entonces lo van a tener que sacar de donde sea. Y en general va a ser de las horas de sueño. Y en general la raza lucha les va a arruinar eso antes que a mí, van a estar con esto mucho antes que yo. Pero bueno, nos tocó la parte de la crisis, de la transición a otro mundo… no sé. Nos tocó esta época. Malena Rey: Te voy a hacer una última pregunta, porque esta jornada es muy extensa. La última parte del libro reúne charlas desde 2009 hasta 2025. Junio de 2025 es la última, la de Los indios insomnes . Es una parte ya post-pandemia, donde cambia un poco tu perspectiva: pasás a sentir que tenés que decirle algo útil a los jóvenes que van a escuchar esas charlas. Tengo algunas citas de ese momento. Decís: “Estamos en una época en la que el desánimo lleva a la inacción y todas las circunstancias que nos rodean son malas para infinitas cosas, pero no para pensar ni para tomar notas con cosas baratas como una birome y un papel. Aunque hagamos todo bien, nos va a ir mal por un tiempo. Entonces, ¿para qué obedecer?” Me gusta mucho esa frase. Y en otro momento decís que la debilidad de nuestra vida pasa fugazmente. Entonces, por un lado, quería preguntarte por eso. Y también: porque a vos el pesimismo te debe aplastar por momentos, ¿no? ¿De dónde sacás esa energía para pensar algo diferente? Lucrecia Martel: Yo, primero que nada, creo que seguramente la generación de ustedes —u otra que venga un poco después, o probablemente la de ustedes— ya tiene los anticuerpos para reaccionar frente a la transformación que está sucediendo en el planeta. Un poco sufriendo, un poco sucediendo. Es indudable que han aparecido tecnologías que van a modificar muchísimo nuestra forma de vincularnos con las cosas. Ya les debe haber pasado esa sensación de que internet no está funcionando bien, de que la inteligencia artificial no era tan……copada como parecía. Y de repente, sí, un día ven una cosa y decís: esto es fabuloso . Bueno, lo que sea que traiga toda esta tecnología —hasta que aprendamos cuál es nuestro lugar con eso— van a ser momentos de angustia, de zozobra. Pero lo que yo creo es que la humanidad se ha sobrepuesto a cosas más complejas que la inteligencia artificial y que lo que está pasando ahora. Quizás sea posible para ustedes vislumbrar por dónde hay que salir. Solamente les digo una cosa, para que no sea deprimente esta conversación: yo esperaba seis meses en la escuela de cine —que ahora se llama ENERC, antes se llamaba de otra forma— para que me den una cámara. Esperaba seis meses para una cámara cuya definición era cincuenta veces menor que la de cualquiera de los teléfonos que hoy tiene cualquiera de ustedes en el bolsillo. Hay ciertas cosas que la tecnología nos ha provisto con las que reinventamos los géneros, reinventamos las formas narrativas. Vamos a poder, quizás, prescindir de los grandes financiamientos. En esa computadora que se me quemó yo edité una cantidad enorme de materiales para esta película, y edité un montón de cosas más. O sea: hay una posibilidad de autonomía respecto del dinero bastante alta en la actualidad. Entonces digo: junten esa suerte tecnológica con lo que están percibiendo y sigan adelante. No me parece que haya que sucumbir. No me parece que haya que enfrentar ninguna “batalla cultural”. La cultura no es para pelear: la cultura es para encontrarse. Y una prueba viva de eso es Caja Negra. Y con esto cerramos. Julian Dupont - "Soñando en cóndores" - Blanco y negro toe - 2023- Máscaras de lienzo recubiertas de yanchama, rellenas de hojas de coca, toe, eucalipto y flores de datura, sujetas por malla negra artificial, cintas sintéticas, lana de oveja y tiras de yanchama, pigmentadas con carbón de coca y carbón de palo santo, bañadas en flor de toe. - 150 × 90 × 30 cm
- Las aguas del mar / Clarice Lispector
Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser humano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volviéndose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar. Solo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones. Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra. Son las seis de la mañana. Solo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro. ¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar. Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en relación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es esa exigüidad que la vuelve pobre y libre, con su parte de libertad de perro en las arenas. Ese cuerpo entrará en el ilimitado frío que sin rabia ruge en el silencio de las seis. La mujer no lo sabe, pero está realizando una hazaña. Con la playa vacía a esa hora de la mañana, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la entrada en el mar en simple juego liviano de vivir. Ella está sola. El mar salado no está solo porque es salado y grande, y eso es una realización. A esa hora ella se conoce menos todavía de lo que conoce el mar. Su hazaña es, sin conocerse, entretanto, proseguir. Es fatal no conocerse, y no conocerse exige valor. Va entrando. El agua salada está tan fría que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal —y la alegría es una fatalidad— ya la posee, aunque todavía no se le ocurra sonreír. Por el contrario, está muy seria. El olor es de una marejada atontadora que la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ahora ella está alerta, aun sin pensar. La mujer es ahora compacta y leve y aguda; se abre camino en la gelidez que, líquida, se opone a ella, mientras la deja entrar, como en el amor, en que la oposición puede ser una petición. El camino lento aumenta su valor secreto. Y de repente ella se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan por un instante ciega, escurriéndose (espantada, de pie, fertilizada). Ahora el frío se convierte en hielo. Avanzando, ella abre el mar por el medio. Ya no precisa valor, ahora ya es antigua en el ritual. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale escurriéndose sobre los ojos salados que arden. Brinca con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol, casi inmediatamente endurecidos por la sal. Con la concha de las manos hace lo que siempre hace en el mar, y con la altivez de los que nunca dan explicaciones ni a ellos mismos: con la concha de las manos llenas de agua, bebe en grandes sorbos, buenos. Era eso lo que le faltaba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella está toda igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y retroceden, pues ella es una muralla compacta. Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe, más agua, ahora sin ansiedad, pues no precisa más. Ella es la amante que sabe que lo tendrá todo, otra vez. El sol se abre más y la eriza, al secarla, ella se sumerge de nuevo; está cada vez menos ansiosa y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere quedar de pie, parada en el mar. Así queda, pues. Como contra los costados de un navío, el agua bate, vuelve, bate. La mujer no recibe transmisiones. No precisa comunicación. Después camina dentro del agua, de regreso a la playa. No está caminando sobre las aguas —ah, nunca haría eso después de que hace miles de años ya alguien caminara sobre las aguas—, pero nadie le puede quitar eso: caminar dentro de las aguas. A veces el mar le opone resistencia, empujándola con fuerza hacia atrás, pero entonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera. Y ahora pisa en la arena. Sabe que está brillante de agua, y de sal, y de sol. Aunque lo olvide dentro de unos minutos, nunca podrá perder todo eso. Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son de náufrago. Porque sabe que ha corrido un riesgo. Un riesgo tan antiguo como el ser humano. Fuente: Lispector, Clarice (1988) Silencio. Traducción y Prólogo de Cristina Peri Rossi. Ed. Grijalbo Jorge Nava - "La mar de verano" - 2025 - Óleo sobre yute sobre bastidor - 140 × 180 cm
- Cuerpo del verano / Odysseas Elytis
Hace ya tiempo que se escuchó la última lluvia caer sobre las hormigas y las lagartijas Ahora se quema el cielo inmenso los frutos se pintan la boca los poros de la tierra se abren poco a poco y junto al agua que gotea silabeando una planta enorme mira directamente al sol. ¿Quién es ése que descansa sobre la playa fumando de espaldas, hojas de olivo de humo plateado? Las cigarras se calientan en sus oídos las hormigas trabajan en su pecho las lagartijas se deslizan por el césped de su axila y sobre las algas marinas de sus pies pasa ligera una ola vertida por una sirenita que cantaba: “Oh cuerpo del verano desnudo quemado devorado por el aceite y la sal cuerpo de roca y estremecimiento del corazón un gran viento orea la cabellera de mimbre aroma de albahaca sobre el rizado pubis lleno de estrellas y agujas de pino Cuerpo lozano bañado por el día!” Llegan lluvias ligeras, impetuosos granizos pasan azotando la tierra en las garras de la nieve que se ennegrece en las profundidades por las olas furiosas las montañas se lanzan a las ubres cargadas de la nube. Pero ante todo esto sonríes indiferente y vuelves a encontrar tu hora inmortal como te vuelve a encontrar el sol en las playas y en medio de tu saludable desnudez te encuentra el cielo. Fuente: Odysseas Elytis (1943) El sol, el primero. La poesía surrealista de Nota y traducción de. Carmen Chuaqui y Natalia Moreleón. UNAM 2011. México José Royo - "Aire de Verano" - 2023 - Oil on Canvas - 100 × 100 × 1 cm
- Partidas de nacimiento / Emilia Tejedor
Onirografías del alumbramiento Un mensaje, un día antes. No estaba mi nombre completo como era de su cotidiano. Hubo un momento en donde siempre aparecía coincidiendo con el momento en que empecé a usarlo entero. “María Emilia”, un nombre compuesto. Antes usaba solo “Emilia”, el “María”-con su etimología, con su peso- quedaba rechazado. Aquel día fue: “Buen día. Mañana 11:15 consultorio”. Así, seco. Al día siguiente “Buen día. 11 hs ya estoy”. Escribió mi nombre completo atrás. Un horario adelantado, sin explicación. Con menos, había restado. Había resto: 15 minutos restó. Cuando llegué, cerré la puerta del ascensor con fuerza; el ruido pareció anunciar algo. Enseguida el tintinear de llaves cerca de la puerta, como si fuera a abrir. Estaba esperándome. Él siempre me esperaba. De pronto el tintineo cesó. Pensé: Ya sabe que llegué. Lo escuché decir alguna vez: “ Tenes que llegar ”. Llegar … ¿a dónde? ¿a qué?. Él ya sabía que había llegado. El tintineo de llaves se detuvo. Está esperando a que toque el timbre pensé. A que me anuncie. A que enuncie. A que algo del decir se haga acto. Toque timbre. Unos segundos. La puerta se abrió. Hola y pronunció mi nombre completo. Hola y pronuncié su nombre. Entré con un entusiasmo casi excesivo y como si el cuerpo se hubiera adelantado a mí. Me dirigí al consultorio. “Pasa nomás”. Escuche de atrás. ¿Cómo andás? Todo bien -le respondí. Pero esta vez, me giré y pregunté ¿y vos? Bien, dijo. Nunca antes le había devuelto la pregunta. Era la primera vez. Me resulto aliviador estar otra vez ahí en ese espacio que ya era nuestro. Tenue la luz amarilla del velador en la esquina, los libros alineados en aquel mueble del lado izquierdo, los cuadros, la cortina de la ventana rectangular junto al velador. Una atmósfera de quietud donde el respirar se volvía posible. Los objetos permanecían en su lugar. Constancia que permitía algo del orden de la respiración, una mínima estabilización del cuerpo. Sin embargo, algo empezaba a incomodar. Al salir del consultorio, los sonidos de la ciudad se volvían excesivos para mis oídos. Las bocinas, los gritos, las frenadas de los autos, las conversaciones por teléfono de los transeúntes, los colectivos. Antes, era lo habitual, lo tenía tan naturalizado que ya no los escuchaba. Ahora la contaminación sonora se imponía. Lo que había sido fondo, se volvía figura. Lo familiar comenzaba a tornarse extraño. Rosario ya no era del todo Rosario. Me tendí en el diván. El cuerpo reconoció la posición antes que la conciencia. Lo había extrañado. Conté los segundos, aunque enseguida los perdí. Volvió. Y esta vez estaba muy atenta a sus movimientos, a su vestimenta. Podría haber hecho un inventario minucioso: remera negra, un pantalón negro, los zapatos… no los vi. Hay cosas que se ven y cosas que no. El detalle que no olvidé es que estaba más flaco. “¿Estará de luto ?”, pensé, pero no lo dije. ¿Quién estaba de luto? Esa vestimenta parecía mostrarme que la que estaba de luto. Tal vez, era yo. La vestimenta era una pantalla. Sostener el duelo de frente exige una posición. Terminar con la bella indiferencia de lo que se ve pero no se mira. Aquella que no desmiente la pérdida pero tampoco permite que se inscriba. Posición de reserva sostenida como defensa. Una forma precisa de estar, no sin costo. Una economía de goce. Siempre intentó desarmar esa defensa y lo logra. A veces lo veía mirándome, como estupefacto, como si no terminara de comprender si la defensa había sido conmovida o apenas rozada. Si algo había caído algo o si todo seguida erguido, en pie. Lo veía dudar. Pero yo sabía que ya no estaba intacta, la defensa había sido tocada. No caída aún, pero si agujereada. Ya no operaba como antes, aunque todavía insistiera en engañar. Algunos la llaman “ceguera histérica” a mí me gusta nombrarla como un modo de existir para no hacer duelos. Ver sin consentir la pérdida, sostener la imagen. Presté atención a como cerraba la puerta y sus movimientos para sentarse atrás del diván. Nunca había prestado tanta atención. “¿Cómo andás?” . No sé si esa fue la pregunta. Tal vez era la de siempre, porque la pregunta de siempre era “¿Cómo estás ?”. Y sin embargo, estar no es lo mismo que andar. Andar puede hacerlo cualquiera, porque justamente no cualquiera se zambulle en lo que no anda. Pero estar, estar, en cambio, a veces es difícil. No poder estar. No poder estar de luto. Quizá ese era mi síntoma. No se puede estar de luto sin aceptar la falta. Porque para estar hay que partir. Y también partirse. Entre partir y partirse, aparece el parir: hacer pasar algo por el cuerpo. Una sola letra de diferencia que escribe el pasaje del duelo en el horizonte. Duelos que comenzaban a vislumbrarse tras una neblina que comenzaba a disiparse, muy lentamente. Porque los duelos duelen. Y porque permitir que algo quede atrás- y que eso impulse- no es sencillo. Requiere disposición. Requiere trabajo. Cuando la defensa cede, el cuerpo toma la palabra. Un cuerpo que sucumbe a ser superficie de inscripción del goce. Desbordado. Sin ganas. Con insomnio. Sin poder levantarse de la cama. Aburrimiento, tedio, hastío. Una petrificación mortífera. Todo se vuelve pesado. El aire es denso. Lágrimas que inundan la cara pero no alivian. La frase retorna insistente: “me quiero ir”. Aparece como empuje. Un pasaje posible aún sin acto. Anuncios de partida que nunca parten, pero que no dejan de ser la chance de que el avión, alguna vez, despegue y vuele. El anuncio de partida como borde del acto. El salvajismo repetitivo e incansable del “ ma” que retornaba una y otra vez en diversas escenas. “ No me escucha ” “ Rechaza todo ” “ No me quiere” . El mismo guión, aunque cambien los personajes insistía una y otra vez. La repetición no fallaba. Las respuestas oscilaban entre angustias melancólicas donde todo era una mierda y la sombra cae sobre el yo y amenazas de huidas. “ Me quiero ir”. Escapar. Salir corriendo. Una actriz de las partidas: armaba las valijas, anunciaba la salida, pero el cuerpo no partía. El acto no se producía. Una sutil localización de que las escenas no eran las mismas y que quien había adoptado ropajes similares a aquella madre de alguna vez, no era mi madre era otra persona. La repetición insistía. Pero ese algo, apenas algo, empezó a no encajar del todo. Partiendo de una localización volvieron los recuerdos… la resonancia de ese “ pa” en aquel sueño. Un camino de madera que direccionaba hacia las orillas del mar. De repente me lo encontraba a él en el camino. Era mi analista. Caminaba al lado. Preguntaba ¿Cómo estás? Tenía un paquete de papas. Me compartía varias. Luego me saludaba y se iba para el lado donde estaba su familia. Yo me iba para el otro lado donde se hallaban mis amigos. “ Pa ” en todas esas palabras: parir, partirse, partero, partir, papas. Un “ pa ” que me eyectó Un “pa” que corta la serie del ma, ese circuito cerrado, pegajoso, donde todo retorna sin restos. Introduce una separación. No resuelve. Pero corta y abre una posibilidad: no la de comprender, sino la de perder algo sin quedar aniquilada. Bordes. Orillas que inauguran el deseo donde el deseo puede comenzar a inscribirse. Hasta que, finalmente, partí. La fantasía de estar en otro lugar o de ser otra, llegaba a su límite. “ Entraste justo en el límite” dijo alguna vez. Aquellas fantasías, habían tenido su tiempo de elaboración en la sala de pre-partos, su función de sostén, de placenta, ya no servía. Todo un trabajo. Era un hecho, la espera llegaba a su fin. Dilataba las salidas orquestando despedidas. Des-pedidas, ya no pedía nada. La demanda se caía. La placenta ya no nutría. El líquido se iba. La bolsa se rompía. Y el parto iniciaba. Llegué. Y todo era extraño. Muy nuevo. Nada tenía que ver con el mundo anterior. Al menos no de entrada. Luego aparecieron algunas familiaridades. No todo era radicalmente Otro, pero ya no era lo mismo. Respire Reconquista. Sus espacios, discursos, palabras, afectos, cosas, costumbres. Una atmosfera Otra, una atmosfera distinta. Alteridad. Dependencia desnuda. La intrusión de algo tan Otro sin mediaciones. Y sin embargo, allí, en ese borde, algo del deseo podía empezar a escribirse. Allí lo tóxico. El medio profundamente Otro. El entorno se transforma en otro inquietante. El purgatorio empieza su rito: llantos, lamentos, y denuncias danzan a la par de imaginaciones febriles que ansían un regreso al hogar, un retorno a la quietud lejana. “ me quiero ir de vuelta a Rosario ”. La demanda de una vuelta a la placenta, a ese ecosistema de flotabilidad plácida donde el sujeto aún no estaba escindido. Imaginaciones febriles que deseando comodidad localizaban una incomodidad. La alteridad me había atravesado el cuerpo y descolocado. En hora buena: la comodidad a muerto. Rosario fue el punto de partida. Rosario fue un lugar materno diferente al escrito en mi propia historia, un lugar amable. Punto de partida que persiste como un remanente inflamable con algunas llamas encendidas. Puntos de ignición que marca el pasaje. Hay una distancia que no es métrica, no es física. Uno puede estar lejos y estar próximo, estar cerca. La partida de Rosario fue un retiro sin consumar la ausencia, pues las marcas permanecen como cicatrices que se revisitan desde una identidad en flujo. En los intervalos entre lo familiar y lo infamiliar, entre Rosario y Reconquista, entre lo familiar y lo extraño, reside la incomodidad de quien habita los bordes. La pregunta es clínica: ¿Cómo calibrar la distancia con lo extraño para no ser fagocitado por ello? ¿Cómo regular la proximidad con lo familiar para evitar la asfixia del encierro? El trazado de las orillas, aquellas zonas de contacto que permiten el enlace con lo extraño sin la pérdida de lo familiar. Habitar el borde es una apuesta de equilibrio precario. Se oscila entre el mar y la tierra firme. No hay amortiguación garantizada para la caída; solo diferentes modos de inmersión. Algunos ejecutan una entrada paulatina, dejando que el nivel del agua cubra el cuerpo por sedimentación; otros, por el contrario, optan por el ingreso súbito, el zambullido que anula la transición. En ambos casos, el cuerpo es el único territorio donde la marea termina por decidir. Persisto, por ahora, en la topología del entre. Habito la orilla como un estado de suspensión necesaria, un hiato donde la caída aun no se ha consumado y el peso de la decisión permanece en potencia. Reconocer(me) en el tránsito, ese ir y venir pendular, convertida en Tiresias: aquel que ha visto ambos lados, que ha cruzado los umbrales de lo propio y lo ajeno, y que extrae su saber precisamente de esa doble pertenencia. Umbrales donde el dolor se mezcla con la inminencia de lo nuevo. No hay urgencia en la fijación. Habitar las reconquistas de mi propia historia, un territorio que se gana palmo a palmo en el presente. Un acto de recuperar un territorio personal. El después se mantiene como una variable no calculable, una zona de sombra que no me asfixia. He arribado, sin embargo, a la naturaleza del proceso. En este espacio de fronteras y orillas, he llegado a un punto de certeza, entre varios. Los analistas somos parteros, aquellos que asisten al nacimiento de un sujeto, que, finalmente, emerge de las aguas para probar nombrarse. Y así es como una larga estancia en la sala de pre-partos se convierte en un tiempo de espera necesario donde las contracciones entre lo que fui y lo que intento ser fueron temblores que preparaban el cuerpo para el desprendimiento. Ya no temo a la caída ni a la profundidad del agua. Me dispongo a ingresar a la sala de partos. Allí, despojada de la comodidad de lo conocido, el análisis deja de ser teoría para volverse carne: el acto radical de parirse en una tierra nueva. ¡Bienvenida a Reconquista!. Me dijeron. Bobbye Fermie - "Common Ground" - 2025 - Acuarela sobre papel - 76 × 56 cm
- Trump y el retorno del jefe totémico / Ivo Krasutzky
Con Trump, ¿el Padre simbólico terminó de caer o mutó? ¿Murió la eficacia de la Ley entre pares, y sólo reina, desbocado, aquel jefe totémico de la Horda primitiva, a poseerlo todo y a todos, imponiendo la ley del más fuerte? Desde Freud, la humanidad comenzó con un acto de soberanía paradójico: eliminar al tirano para vivir entre pares, sujetos a lo colectivo. Desde entonces, vivir en sociedad implicaría acordar un sacrificio pulsional: renunciar a una parte de la satisfacción individual para generar protecciones, refugios y cierta organización de la supervivencia en común. En la lectura clásica y progresivista del tiempo occidental, ese pacto se habría ampliado: ya no haría falta pertenecer al mismo grupo ni aceptar la servidumbre como destino para integrarse —al menos en el discurso— a una mancomunidad de iguales, sostenida en la promesa de libertad y fraternidad. Ser humano, en un momento, pasó a implicar derechos, algunos llamados “básicos”, cristalizados en acuerdos posteriores al año 1945. Pero para quienes habitábamos ese espejismo, incluso padeciendo sus contradicciones, algo se quebró definitivamente el pasado 3 de enero: no por la violación sistemática de esos derechos, ni por la degradación progresiva y lobbista de las condiciones de vida, sino como caída de la escena simbólica en todo Occidente. La ficción democrática dejó de sostenerse incluso como relato. La pregunta, ahora inevitable, es bruta, es naíf: ¿cuánto de aquello fue verdad? ¿Cuánto fue performativo, es decir, produjo realidad social? ¿Nuestros pensamientos y votos alguna vez contaron, o solo funcionaron mientras no molestaron demasiado? La pregunta es no solo histórica o política, sino también existencial. En la Argentina hubo, no hace tanto, un matrimonio de abogados —uno del sur, otra de La Plata— que llegó al poder por vías hoy casi inverosímiles. Ya como presidentes, sostuvieron políticas de Estado con un margen de soberanía real, no exento de errores, pero claramente desalineados del eje imperial dominante. Esa experiencia deja una duda incómoda en el presente: ¿demuestra que no todo estaba decidido, que no todo era simulacro? ¿Precisamente por eso resultó intolerable, y Cristina está presa? Tal vez por eso el presente duela mucho: vivir en condiciones de verdad es más áspero que habitar una ficción confortable. La verdad no protege ni promete, pero evita una crueldad mayor: seguir fingiendo que hay reglas cuando solo quedan fuerzas, y quizás siempre sólo hubo fuerzas. A veces, perder la ficción es perder un refugio; otras, es la única forma de salir de la caverna. Ambas cosas duelen. Pero no duelen igual. 25 de Enero 2026 - Berlín, Alemania Alison Jackson - "Trump con Miss México" (Este no es Donald Trump) - 2016 - Impresión C - 142 × 203 × 3 cm
- Depresiones y hastíos / Marcelo Percia
Desde que Antonin Artaud (1947) escribió Van Gogh, el suicidado por la sociedad o desde que Vicente Zito Lema (2022) escribió "Fuegos mentales. La novela del poeta en el hospicio" , se sabe que depresiones y hastíos participan de revueltas de la vida en común. Las notas que siguen se arrepienten de sus enunciados seguros. Sólo se presentan en la intimidad de una conversación que las objeta, o las admite como juego del pensar, o las sabe venidas de balbuceos. Casi al final se insinúa una pregunta: ¿asoman lucideces en depresiones y hastíos? ***** Depresiones se confunden con hastíos. Hastíos se confunden con depresiones. ***** Depresiones se abrazan a lo perdido. Hastíos no tienen ganas de abrazos. ***** Depresiones se adhieren al desencanto. Hastíos esperan algo (aunque no saben qué ni cómo) que vuelva a encantar la vida. ***** Depresiones aprovechan el hoy no hice nada para reprochar una falta imperdonable. Hastíos sólo constatan un día más. ***** Depresiones no tienen ganas de vivir, hastíos sólo viven. ***** Depresiones se protegen de la falta de sentido hundiéndose en esa falta. Hastíos no dramatizan el vacío. Admiten el sinsentido de la existencia. Su gratuidad sin propósito. ***** Depresiones, para defenderse del dolor y de la tristeza por lo perdido, practican auto ensañamientos. Hastíos no participan de ese gusto. ***** Depresiones advierten la insipidez. Rechazan mínimos amaneceres del ánimo. Instan a tocar fondo. Hastíos no hacen reproches a la vida. ***** Depresiones, al cabo, sienten lo perdido como privación merecida. Se infligen castigos. Hastíos no gastan tiempo en recriminaciones. ***** Depresiones coleccionan decepciones. Hastíos coleccionan granos de arena en un inmenso reloj. ***** Depresiones sostienen que la vida ha sido injusta con ellas. Llevan una queja adherida a la piel. Antes que tristeza sienten rencor. Hastíos cumplen el ritual diario sin motivaciones. ***** Depresiones cultivan reproches y mortificaciones. Rastrillan alrededor de un ideal resquebrajado. Hastíos no se asoman al jardín. ***** Depresiones pagan deudas que aumentan con cada pago. Hastíos se sienten inmunes a las demandas. ***** Depresiones quedan atrapadas en la telaraña de sometimientos que ellas mismas tejen. Padecen tiranías del éxito, a la vez que las consienten. Ejercen la hostilidad como función correctora. Actúan como si la voracidad, que antes vivía ansiosa por obtener logros, ahora gozara con el desprecio. Hastíos se desentienden de esos rollos. ***** Depresiones, sumergidas en recriminaciones, rechazan caricias. Secan iniciativas, marchitan deseos, escarchan la piel del cariño. Se niegan a la palabra humedecida por otra boca. Hastíos sólo besan por encargo. ***** Depresiones demandan su derecho al paraíso. Relatan una y otra vez injustas caídas. No conciben la vida descendida de las cumbres. Hastíos no creen en promesas. ***** Depresiones se culpabilizan, hastíos no tienen energía para reproches. ***** Depresiones viven haciendo demandas al pasado. Sólo admiten un futuro que restituya lo perdido. Hastíos transcurren en un presente que se alarga y repite. ***** Depresiones después de despotricar por incompetencias personales y deficiencias de la voluntad, se declaran enojadas con la vida. Dicen: “no vale la pena hacer nada por esta sociedad de mierda” . Hastíos alguna vez intentaron hacer un compost con podredumbres, pero después de un tiempo se aburrieron. ***** Depresiones se fustigan por enfermarse, por la edad, por no haber conquistado una mejor posición social. Hastíos se aburren pensando esas cosas. ***** Depresiones desafían y coquetean con la muerte. Hastíos conjeturan la muerte como lo mismo que ahora, pero sin perspectiva de un mañana. ***** Depresiones pasan de la omnipotencia a la impotencia. Hastíos sienten adormecidas las potencias. ***** Depresiones llevan el sabor a fracaso en la boca. Hastíos acaso sienten el gusto del agua cuando sorben un cubito de hielo en un vaso de whisky. ***** Depresiones se atormentan. Hastíos consultan el pronóstico del tiempo. Sin confiar mucho en eso. ***** Depresiones piden pastillas cuando ya no soportan sus tormentos. Hastíos descubrieron que el desgano puede funcionar como un poderoso calmante. ***** Depresiones demandan no sentirse así. Hastíos están cansados de imaginar otra forma de sentir la vida. ***** Depresiones, al cabo, reinan caprichosas y altaneras. No dejan de lamentarse por hazañas que no pudieron cumplir. Hastíos no sienten necesidad de mover un dedo. ***** Depresiones se hunden deseando que el mundo se hunda con ellas. Hastíos, cada tanto, dan manotazos de ahogado para seguir respirando. ***** Depresiones inhabilitándose a sí mismas facilitan depuraciones requeridas por el capitalismo. Hastíos también contribuyen a las depuraciones. ***** Depresiones tienen la certeza de que lo que les ocurre seguirá ocurriendo todavía peor. Hastíos, ¿otean un porvenir más allá del alto muro del tedio? ***** Depresiones y hastíos, ¿engendran furias capaces de subvertir lo establecido? ***** Depresiones sufren, a la vez que consienten lo que les hace daño. Hastíos, que comienzan aplastando arañitas de puros aburridos, ¿podrían participar de matanzas por el sólo gusto de entretenerse? ***** Depresiones y hastíos, ¿transportan lucideces? ***** Depresiones eternizan el desánimo. Tienen visiones de los horrores del mundo, pero ello no las lleva a la protesta, sino a sumar más dolor a lo que les duele. Hastíos desean otra cosa; pero, a veces, ante esa otra cosa, sienten lo mismo. ***** Depresiones prefieren la depresión sin fin antes que la inquietud de la espera. Hastíos, ¿esperan que alguna vez no suceda lo mismo de siempre? ¿El cántaro del hastío va tantas veces a la misma fuente que, al final, se rompe? ***** Lucideces admiten discontinuidades que depresiones no conocen. Discontinuidades atenúan crudezas de la claridad, aunque esas pausas y ánimos muchas veces no alcancen. ***** Lucideces practican la atención, depresiones las alertas, hastíos las indiferencias. Depresiones y hastíos, por momentos, alojan lucideces que denuncian malestares de la vida en común. Pero, mientras depresiones se convencen de que todo seguirá igual (o peor), lucideces permanecen atentas a las sorpresas que, cada tanto, da la vida. Hastíos, cada tanto, acaso hagan lugar a alguna sorpresa. ***** Depresiones, detenidas en el desencanto, conducen a la abyección. A la ruindad de sí. No a la rebelión ni a la protesta. Hastíos, quizás, se presenten como estados de tránsito, de espera, de descanso, de pausa. Mientras tanto que lo que está pasando, pase. Aunque después no se sepa cómo ni con quiénes ni hacia dónde. ***** Depresiones quieren morir. Hastíos quieren vivir. No saben por qué ni para qué, pero quieren. ***** Depresiones sólo admiten la escabrosa aventura de la hostilidad contra sí. Hastíos, tal vez, se alfabeticen (sin que nadie lo detecte) en futuras lenguas insurgentes. ***** PD. Podríamos pensar el desgano que sentimos no como falta de deseo, sino como deseo que se rehúsa a vivir así. MP ÷, sin título, fines de diciembre 2025…
- Adynata Enero / VPS-NK
Quienquiera que seas, no importa cuán sola estés, el mundo se ofrece a tu imaginación, te llama como los gansos salvajes, áspero y apasionado, anunciando una y otra vez tu lugar en la familia de las cosas Mary Oliver Los aires de enero 2026 traen otra yunta de escrituras-lecturas que quizás se amalgamen, quizás provoquen chirridos, quizás nada. Las rejunta, traídas como a ese borrador de carta habitada por el aburrimiento, “a indiscretas manos por el viento, fauno burlón y atrevido” mientras hacen que vuelen gansos o balas salvajes o “palabras que escupen los demás”. Se alejan y acercan, revolcadas ya por el fragor de un pogo de las bandas, ya por el juego de las olas de una playa, mareadas y sin saber si se trata de la Bristol o de Bristol, Inglaterra. Tan mareadas como la masculinidad que “no tiene nada que decir de sí misma. Es torpe. Tiene principios abstractos. (…) Es como si la masculinidad tuviera que ser narrada desde afuera, porque ella es demasiado ciega respecto de su propio poder.” como expresa en la maravillosa entrevista Édouard Louis. Quizás inviten a fundar gestos mínimos y tal vez a volver a encontrar recovecos que pongan “en la fiesta, en la insubordinación sexual y en las «superficies de placer» nuevas y radicales formas de asociación entre los cuerpos“. Y, también, convoquen a sospechar de cierta intelectualidad progre, aquella que desde el espejo retrovisor veía (¿ve?) en toda nueva superficie que provoca extrañamiento, “una frivolidad sin contenido político”. Recordemos que cuando el gran Jacoby invitaba a decir «yo tengo sida» “no era solamente evaporar de una vez y para siempre la alteridad radical a la que los discursos mediáticos y fascistoides confinaban a las comunidades LGBTIQ, sino que también era decir yo tengo el virus de ser jubiladx, el virus de ser estudiante, el virus de ser desenpleadx, indix, mujer, negrx, el virus de todas aquellas comunidades que, para el neoliberalismo, sobran. Decir «yo tengo sida» era decir yo estoy afectadx por el virus neoliberal de la precarización.”. Tal vez en algunos momentos estemos soñando como gauchoides (o alguna otra versión de los androides referidos por Michel Nieva: tangueroide, borgesoide, peronoide o kirchneroide) y esos sueños eléctricos nos provoquen descargas y nublen la posibilidad de percibir de cuántos racismos somos capaces o qué atribuciones arrojamos contra aquello que no entendemos o no ejercemos o cuán seguido nos domina el miedo trasvestido en epifanía que obliga a la libertad del buen vivir. Revolcadxs en medio de todo esto, para este 2026 un deseo: que sepamos insistir con otres —humanes y no—, habitando lo incierto como un modo de aliviar los pesos, sin afirmarnos en tradiciones, ideas, encuentros, romanticismos o ambiciones que, bajo la promesa de hacernos especiales, paralizan y vulneran la existencia de otras vidas y terminan siempre dañando la vida en común. v. Nicolás Koralsky (2025) Serie Frágil
- Playas - Mar del Plata / Martin Parr
Llegué por primera vez a Mar del Plata, el mayor balneario argentino, en 2007, cuando estaba tomando imágenes para mi proyecto Playas, un estudio de playas latinoamericanas. Me sorprendió entonces la magnitud del complejo. Cuenta con dos mil hoteles, dieciséis kilómetros de playas y recibe a más de siete millones de visitantes al año. En términos de tamaño, Mar del Plata eclipsa a otros complejos turísticos de renombre mundial, como Copacabana, Blackpool y Benidorm, pero es prácticamente desconocido fuera de Argentina. Con ganas de volver y explorar más con mi cámara, aquí estoy, muchos años después, en la primera semana de enero, la semana más ocupada de la temporada de verano argentina. La playa central se llama Bristol y me enorgullece decir que vivo en el Bristol original. No entiendo cómo se llamó, pero es algo digno de admirar. La playa tiene su propio ritmo. Temprano, sobre las 8 o 9 de la mañana, los bañistas habituales, generalmente mayores, llegan para tomar el sol, nadar y reencontrarse con viejos amigos: la gente vuelve al mismo lugar año tras año. Nunca verás una mejor colección de sombreros, trajes de baño y sombrillas en un solo lugar. Lenta pero segura, la playa se llena a medida que el sol se intensifica y el calor sube. Para cuando las familias jóvenes llegan a primera hora de la tarde, puede ser difícil encontrar un sitio donde sentarse. Hay una gran variedad de alimentos y chucherías a la venta, y hay un coro constante de productos que se anuncian a los bañistas. Vendedores africanos recorren la playa ofreciendo relojes y gafas de sol. Churros, palomitas de maíz y todo tipo de bocadillos argentinos están disponibles. Bristol es la playa tradicional de Mar del Plata. Los visitantes provienen tanto del interior de Argentina como de Buenos Aires, por lo que se ven personajes de la época. Al conducir por la carretera principal desde la capital, se ven cientos de autobuses que llegan a Mar del Plata desde toda Argentina. Mar del Plata es un destino para todas las clases sociales. Los visitantes más adinerados, de clase media, se congregan en playas como Playa Grande, evitando Bristol como la peste. Si eres realmente rico, vas a Punta del Este, en Uruguay. En Playa Grande, verá a un grupo de jóvenes a la izquierda y a visitantes mayores, junto con familias, a la derecha. También verá a los residentes de la ciudad venir aquí, ya que es su playa local, con los numerosos apartamentos altos para jubilados detrás. Así que cada una de las aproximadamente doce playas tiene su propio elenco, definido por su clase y posición, con sus propios clientes habituales. Al final, para mí, todos los caminos me llevaron de vuelta a la playa de Bristol, donde el conjunto de personajes era el más distintivo. Otro reto que me propuse fue usar un teleobjetivo por primera vez para explorar las posibilidades. Esta nueva aventura me sacó de mi zona de confort; un reto y un poco desconcertante. Desde una posición estratégica elevada, puedes aislar a la gente y enfocar la multitud. Puedes enfocar y captar detalles que el ojo humano tendría dificultades para identificar. Continuaré esta exploración cuando reanude mi temporada de playa en el Reino Unido este verano. Este trabajo tiene su propio lenguaje y dinamismo, y estoy tanteando las nuevas posibilidades. De regreso a Buenos Aires, visité a Ataulfo Pérez Aznar, quien lleva muchos años fotografiando en Mar del Plata y es conocido por sus retratos en blanco y negro de formato medio que comenzó a tomar en la década de 1980. Muy cerca de su casa en La Plata se encuentra el balneario fluvial de Punta Lara, y fuimos juntos para contemplar el atardecer y la multitud del domingo. Aunque es un estuario, había mucha gente haciendo picnics y el lugar tenía un aire similar a la playa Bristol. Muchos de los asistentes provenían de las favelas de los alrededores de Buenos Aires. Además de fotografiar turistas, ir a la playa ha sido una fascinación para mí durante toda mi vida, y he viajado a cinco continentes en mi búsqueda de las mejores playas por su gente y su atmósfera. No tengo ninguna duda de que Mar del Plata es el mejor balneario que he visitado. Es el balneario con más energía, con más gente y no ha sido desinfectado ni ha perdido su popularidad. Si eres argentino, visitar Mar del Plata es como ir a la escuela: hay que hacerlo, no hay elección. Fuente: Todas las fotografías pertenecen a Martin Parr (1952 - 2025) https://martinparr.com/2014/mar-del-plata/
- ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? 1 / Michel Nieva
1 La caja traía seis piezas (cabeza, brazos, torso y piernas, que eran de muy fácil ensamblaje) además de ropa y una guitarra. Una vez que lo armé y lo vestí, su piel fue abandonando la palidez hasta volverse rosada; sus soñolientos párpados se alzaron y el rostro, antes inexpresivo, se iluminó de un no sé qué cándido: como la expresión de un niño, imaginé, que despierta. Salud, patrón, soy don Chuma, se presentó. No necesité escandir su primera oración: octosílaba. Al androide, o gauchoide, para ser más precisos, lo había comprado cuando volví a Buenos Aires de Colombia, después de las extrañas circunstancias que me habían deparado el libro Papelera de reciclaje. Mis desarreglos mentales, el temor a una nueva recaída o, sin más, a la pura demencia, me habían sugerido la necesidad de una ayuda para mis faenas cotidianas, que transcurrían en la soledad del departamento donde trabajaba y vivía. Por otro lado, como mi familia era de campo, de San Antonio de Areco, y como había pasado allí mi infancia, pensé que la compañía de un androide modelo gauchoide*, hasta donde era posible, estimularía un nuevo contacto con esos años tan felices de mi vida, y quizás así, también, sobrellevaría mejor mi depresión. ¡Y qué alegría y qué alivio habían sido esos primeros días con don Chuma, mi gauchoide! Sin ofrecerle demasiadas instrucciones, de manera inmediata aprendió dónde se guardaba cada utensilio doméstico, y ya desde la primera mañana me acostumbré a despertar y a caminar guiado por el olor de las tortas fritas que me dejaba, junto al mate, sobre la mesa. Sabía amenizar estos desayunos rasgando su guitarra mientras recitaba alguna estrofa del Martín Fierro o de Santos Vega, que conocía enteros, o bien zapateando una chacarera. Tampoco me escatimaba (Chuma no lo sabía, instaladas artificialmente en su memoria) anécdotas sobre la vida en el campo: los atardeceres de ginebra en la pulpería, con los paisanos; el sentimiento oceánico y casi místico de galopar la pampa sobre el zaino; algún duelo remoto que justificaba cierta cicatriz de su frente; el recuerdo de alguna china que explicaba cicatrices de las otras, las del corazón, entre otras historias que se desplegaban por las sobremesas, y que me endulzaban de una manera inexplicable. Además, el hecho de que su figura y costumbres evocaran el recuerdo de mi familia y de mi niñez me dio la confianza suficiente para encontrar en su oído un lugar donde intimar mis penas, penas que el robot devotamente escuchaba y a veces, también, con gran acierto aconsejaba. Digamos entonces que, en poco tiempo e inesperadamente, este dispositivo de segunda generación se había vuelto una pieza fundamental de mi vida. Pero como en cualquier relación, cuyo bienestar sin matices siempre es efímero, y cuya prosperidad siempre se reconoce una vez deteriorada, un día, más o menos a los cuatro meses, llegaron los problemas. Recuerdo con absoluta claridad aquella mañana, ya que, cuando me desperté, todavía Chuma no me había preparado el desayuno (algo extraño, dado que hasta ese día siempre lo había hecho), de manera que le tuve que pedir que lo hiciera, pero fue apenas después de que me sirviera el mate y las tortas fritas que me susurró aquella frase, que, en ese momento, solo por zafarse una sílaba de la métrica a la que me tenía acostumbrado, me inquietó: –¡Habría preferido no hacerlo! –me dijo, y se encerró en su habitación sin dar mayores explicaciones. Como un detalle nimio, aunque inusual, lo dejé pasar. Y absorto en mis quehaceres, recién más tarde reparé en que había pasado la una del mediodía, hora en la que religiosamente Chuma, quien todavía no había salido de sus aposentos, tenía el almuerzo preparado. Desde mi escritorio, percatado de la rareza, le grité: –¡Chuma, la comida! No respondió. Extrañado, me acerqué, golpeé la puerta de su habitación, y volví a gritar: –¡Chuma, la comida!De vuelta, silencio. ¿Qué pasaba? Abrí la puerta y ahí lo encontré a oscuras, sentado, con las manos sobre las rodillas, los ojos clavados en el suelo, y un rostro que no ocultaba una profunda desolación. Musitó sin mirarme, entre sollozos: –A este pión perdone, patrón, que en la escuridá silente algo apenado se siente y explicar por qué el corazón se le amarga tercamente decir no sabría con razón. Y después de un breve silencio, agregó enigmáticamente: –¡Y habría preferido no hacerlo! Como por un reflejo instantáneo, sentí, entonces, el impulso de preguntarle ¿qué te pasa?, ¿qué es lo que habrías preferido no hacer?, pero inmediatamente me rectificó la siguiente idea: no es humano. Los androides de segunda generación no tienen emociones, de modo que todo esto debía ser un error de su sistema operativo, pensé. Preocupado porque algún mecanismo interno de Chuma estuviera fallando, solo se me ocurrió ordenarle que volviera a sus faenas domésticas, para averiguar si podría desempeñarlas correctamente, y entonces le grité: –¡Dejate de joder con estas pelotudeces, Chuma, y andá a prepararme la comida! Obedeció, pero a la vez que, ya en la cocina, dejaba un churrasco asándose en la plancha y empezaba a cortar un tomate, me susurró, con el mismo tono de desamparo que antes: –Bueno, pero habría preferido no hacerlo. A partir de este episodio, su comportamiento viró noto riamente: ya no adornaba con anécdotas bucólicas la sobremesa, ni se empeñaba en escuchar mis confesiones. Ya casi tampoco hablaba. Cualquier cosa que yo le pidiera, por ejemplo que me buscara unos archivos, o que resolviera algún problema doméstico, lo hacía sin chistar, pero, cuando terminaba, me miraba con una lastimosa mueca de puchero y me decía, antes de volver a encerrarse en su cuarto: –¡Habría preferido no hacerlo! ¿Qué carajo se suponía que era lo que habría preferido no hacer? Las personas, al menos las humanas, normalmente obedecen las órdenes o no lo hacen, pero, ¿qué sentido tenía decir que no se quería obedecer, después de haberlo hecho?, ¿qué cambiaba más que causar, sin sentido, amargura en el que recibió la orden, y desconcierto en el que la dio? Encima, el recuerdo que yo tenía de los gauchos, al menos de los gauchos humanos, era el de personas duras e implacables, que no se arrepentían de nada de lo que hacían, y el hecho de que Chuma llorara, así, como un maricón, y que repitiera todo el tiempo esa frase tan enclenque, me indignaba de una manera inexplicable. Habría preferido no hacerlo … una acción muda y ya muerta, una presencia en el presente de algo que no fue pasado, un abismo de irrealidad inútil y de inservibles deseos cobardes, y lo que también me desconcertaba era no saber si la repetición de esa fórmula respondía a una suerte de extraño malestar que Chuma intentaba transmitirme, o era apenas una falla mecánica, el error en la maquinaria de un autómata… Lo ignoraba, pero la situación de convivir con un gauchoide tan inseguro, que obedecía a cualquier cosa que yo le dijera y que después me respondía habría preferido no hacerlo, me irritaba profundamente. Y a la vez, como cumplía de manera impecable todas mis órdenes, no sabía si debía o no castigarlo, lo cual me sumía aún más en la perplejidad. Un día, se me ocurrió la idea de preguntarle qué le pasaba. Abrí la puerta de su habitación repentinamente y, al verme, me miró con una expresión de pánico y de espanto exageradísima, como si supusiera que yo quería pegarle. Su reacción me disgustó, pero intenté parecer lo más simpático posible. Tranquilo, don Chuma, no vengo a pedirte nada que después habría preferido no hacer, le dije: solo quería… quería saber cómo estabas, si de casualidad te pasaba algo. Inmediatamente, los ojos de don Chuma dejaron de mirarme y se volcaron hacia el suelo. Empezó a llorar desconsoladamente, y me respondió, con una voz entrecortada y adolorida: –¡Soledá, patrón, soledá! Los días, en mí, sin sentido como lodo se acumulan, y más no haber nacido que esta hubiera preferido vida monótona, de mula. ¡Estoy solo, patrón, solo! ¿Qué soy sino un elemental simulacro, una accidental copia falsa? ¿O un fundamental propósito acaso traigo? Ni padres ni amigos haigo y solo el encierro arraigo. ¡Qué daría yo por tener un caballo en que montar y una pampa en que correr! ¡Diga, patrón, si tal vez, de otro gauchoide gimiente deba yo hacerme padre y juez pa no ser tan contingente! ¡Soledá, patrón, soledá! Y después de un breve silencio, agregó enigmáticamente: –¡Y habría preferido no contárselo! Aturdido, sin saber cómo ni qué responderle, cerré su puerta. *Después de que se prohibieran los androides de primera generación, indistinguibles de los humanos, cuando se develó que varios países los utilizaban para reemplazar a los opositores que encarcelaban, torturaban y desaparecían, la empresa que los fabricaba lanzó una segunda generación con números de identificación tatuados en los antebrazos, entre otras marcas que los volvieron fácilmente reconocibles. Y, con este mismo propósito, la medida comercialmente más exitosa había sido la de producirlos, según cada país o región, caracterizados como personajes folclóricos autóctonos. En Argentina, con gran éxito, se habían lanzado cinco modelos: tangueroide, borgesoide, peronoide, gauchoide y kirchneroide. Michel Nieva por Coni Rosman Fuente: Publicado en Ficciones gauchopunks ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? seguido de Ascenso y apogeo del Imperio Argentino. Nieva, Michel 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires Caja Negra, 2025. Agradecemos a Caja Negra Editora por la amabilidad para permitirnos la publicación del texto y las fotografías de Coni Rosman. Erik Buijs GAUCHO 2018/24 bronce, pintura 49×38×18cm
- Entrevista a Édouard Louis – Dressé par les hommes / Naomí Titi para “Les Couilles sur la table” (parte 2)
La parte 1 puede leerse en Adynata Diciembre Édouard Louis: Esa era su historia. La habían dejado hacía poco; había sido abandonada por un hombre al que amaba, con quien pensaba compartir su vida. Y esta mujer tenía una particularidad: no pertenecía al mismo mundo que nosotros, no era del mismo medio social. Trabajaba para la comuna, era funcionaria pública. Había estudiado un poco, había vivido en la ciudad. Tenía una manera de hablar distinta, una forma de vestir más acomodada, más burguesa. Y eso nunca pasaba. En el mundo de mi infancia, las jerarquías sociales eran extremadamente fuertes, casi sagradas. Nadie salía de su clase. Un obrero jamás habría ido a cenar a casa del farmacéutico del pueblo; el alcalde no era amigo de quienes vivían de ayudas sociales. Era un sistema jerárquico cerrado, absoluto. Y de pronto, esa mujer —porque estaba triste, porque estaba en depresión— como si su condición psicológica hubiera suspendido las condiciones sociológicas normales, entró en nuestra vida. Y mi madre, en contacto con ella, encontró una aliada, una mujer con la que podría huir de mi padre. Principalmente porque esa mujer tenía carné de conducir, cosa que mi madre no tenía, ya que mi padre repetía que no servía de nada, porque él era quien conducía . Gracias a eso, mi madre pudo subirse a un coche y partir: se iban al mar, a la montaña por unos días, o a tomar algo a un bar. Mi madre vio en esa mujer la posibilidad de una amistad transformadora, una forma de transformación a través de una relación entre dos mujeres, pero también una transformación social. Poco a poco empezó a imitarla: comía lo mismo que ella, se vestía como ella, adoptaba sus giros de lenguaje. Recuerdo que cuando venía a casa, para el aperitivo traía hummus o tomates cherry. Yo era un niño y nunca había visto a nadie comer esas cosas: me parecían alimentos de otro mundo. Como comer tofu o bulgur: comidas de clase, caras, livianas, no como las pastas, las papas fritas o las patatas —esas comidas que “llenan el cuerpo” cuando hay poco dinero. Mi madre empezó a transformarse a una velocidad increíble al contacto de esa amistad. Angélique leía algunos libros, iba a conciertos, viajaba a Amiens o a París para escuchar música. Y mi madre vio en ella la posibilidad de otra vida. Cuento esa historia como la de dos mujeres que, al encontrarse, logran escapar, cada una a su modo, de su relación con la masculinidad: una escapaba de un desamor; la otra, de la violencia cotidiana. Pero un día esa mujer dejó de estar triste. Dejó de estar deprimida. Y fue como si se despertara de golpe: dejó de venir a vernos. Mi madre, que había pasado con ella casi todos los días durante dos o tres años, la llamaba y ella no respondía. “No entiendo qué pasa”, decía mi madre, abatida, destruida. Yo también la quería mucho, así que fui a verla y le pregunté: “¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no le respondés a mi madre?” Y ella me dijo: “Porque no soporto ese mundo. No soporto cómo hablan tus padres. No soporto la televisión encendida todo el tiempo. No soporto los chistes de tu padre sobre las mujeres, los negros o los árabes. No soporto ese mundo.” Su herida psicológica, su depresión, había hecho posible esa relación. Pero cuando sanó, cuando “volvió a la normalidad”, esa relación se volvió imposible. Fue una crueldad extrema, sin duda, pero también plantó algo en mi madre. Creo que en ese momento empezó a vislumbrar la posibilidad de otra vida: entendió que tenía derecho a ser otra, a transformarse, a desear otra cosa. Y fue extraño verla cambiar tan rápido, como si ese vínculo entre mujeres le hubiera abierto una grieta luminosa. Poco tiempo después, yo me fui a Amiens a estudiar, y mi madre finalmente logró echar a mi padre de casa. Una noche se cansó, sacó todas sus cosas, y le dijo: “No vuelvas más.” Desde entonces seguí viendo cómo se metamorfoseaba: empezó a maquillarse —algo que él le había prohibido—, a hacer cosas para sí misma, a reconstruir una vida. Ese impulso de huida que había nacido con su amiga se concretó. Más tarde se emparejó con otro hombre que parecía más cariñoso, menos dominante que los anteriores. Pero al cabo de algunos años, se reveló violento también. Una noche, mientras yo estaba en el extranjero por trabajo, me llamó pidiendo ayuda. Y así empieza Monique s’évade ( Monique se escapa ), mi sexto libro, publicado en 2024 por Seuil. Es un libro con un ritmo vertiginoso, que se vive casi en tiempo real, donde adopto una mirada materialista sobre las posibilidades de la fuga. Enumero cada paso, cada llamada, cada trámite, cada gasto, todo lo necesario para que mi madre pudiera salir de esa violencia. Intento sopesar el precio de la libertad. Naomi Titi: ¿Y lo encontraste? Édouard Louis: Intenté hacerlo. Tenía la sensación de que hoy la cuestión marxista y materialista está menos en el centro del debate político que en los años 60 o 70, en la estela de Mayo del 68 y de los grandes movimientos feministas y marxistas de la época — aunque, por supuesto, esa tradición sigue viva hoy, con autoras como Silvia Federici, por ejemplo. Quería explorar justamente eso: ¿cuánto le costó a mi madre irse? El día que me llamó, en medio de la noche, me dijo: “Pensé que él sería distinto a tu padre, pero es igual. Me hace revivir lo mismo.” Esa relación entre violencia y repetición me interesaba mucho. Cuando publiqué Monique s’évade , ya había publicado Combate y metamorfosis de una mujer , el primer libro sobre mi madre. Y mucha gente me preguntaba: “¿Por qué escribir un segundo libro sobre ella? ¿Por qué volver sobre la dominación masculina?” Y lo que intentaba decir era precisamente eso: una de las violencias más terribles de la violencia es su repetición. Si la violencia ocurriera una sola vez y se terminara, la vida sería mucho menos difícil. Si alguien te dijera “puto” una sola vez y eso acabara ahí, sería soportable. Si una mujer fuera molestada una sola vez en la calle, sería insoportable, pero sería una. El problema es que la violencia vuelve, se repite, se instala. Todas las personas que han vivido la violencia viven con el espectro de su repetición. Por eso, cuando sos una mujer o un gay, tenés que ajustar tus comportamientos en el espacio público: ¿puedo vestirme así sin que me agredan? ¿Puedo usar una minifalda? ¿Puedo, si soy gay, tomarle la mano al hombre que amo? ¿Puedo caminar por este barrio? La violencia crea una geografía del miedo, una cartografía invisible que organiza nuestros movimientos. Édouard Louis: Eso es lo que producimos a nuestro pesar: ¿a dónde puedo ir?, ¿cómo?, ¿vestido cómo? Y si tomamos todas esas precauciones es porque sabemos que la violencia siempre está ahí, lista para reproducirse; sabemos que va a volver, que puede volver. Y por eso para mí era necesario escribir una segunda huida de mi madre; de lo contrario, era como mentir sobre la violencia. No es un happy ending : Combate y metamorfosis de una mujer , donde mi madre escapa de la relación con mi padre… y de repente todo va bien, de repente su vida es perfecta. La realidad es mucho más difícil. Muy a menudo creemos que la “próxima etapa” será la gran liberación. La vida no funciona así: siempre trae nuevas pruebas, nuevas violencias, nuevas preguntas. Tenemos el fantasma de un momento en que todo se detendrá. Pero la vida no se detiene, el mundo no se detiene, y la violencia tampoco. Así que, cuando mi madre se ve obligada a repetir una evasión después de dejar a mi padre en Combate y metamorfosis de una mujer , en Monique se escapa tiene que huir de otro hombre, violento como mi padre. Y entonces me doy cuenta de que mi madre necesita dinero para escapar. Necesita un departamento donde vivir lejos de ese hombre. Necesita poder comprar comida porque no tiene dinero, no tiene trabajo: vivía con un hombre que trabajaba. Muy a menudo —lo sabemos— las mujeres renuncian a su carrera o a sus estudios para criar a los hijos. Mi madre hizo eso: crió hijos toda su vida, no tenía empleo ni oficio. De pronto, la posibilidad de la liberación eran sumas de dinero concretas. En Monique se escapa intenté pensar ese costo de la libertad y, al hacerlo, casi agredir a la literatura: el dinero parece algo poco noble en literatura. ¿Qué hay más vulgar que un ticket de caja? ¿Qué hay más vulgar que una factura? La literatura siempre quiere ser noble, grande, por encima de esas cosas materiales, cotidianas. Pero si la vida de muchas personas pasa por ahí —si para liberarte necesitás pagar un alquiler, hacer la compra, ir al supermercado y comprarte comida para alejarte de la casa de un hombre con el que vivías sin dinero—, ¿cómo no contarlo? Era difícil de narrar en literatura: poner una cifra concreta para escapar de una situación. La cuestión del dinero en relación con las violencias patriarcales es central, porque es una de las razones por las que la huida es tan difícil para las mujeres víctimas. Hay cifras serias que muestran que, en promedio, una mujer víctima de violencia de pareja hace siete idas y vueltas antes de dejar definitivamente a su agresor. El dinero es una de las vías para lograr que la salida sea definitiva. Naomi Titi: Quisiera volver a vos. Tu destino social fue sacudido por mujeres amigas y aliadas. En el primer episodio hablaste de tu infancia y del comienzo de tu adolescencia, donde la obligación de la masculinidad más dura —y las sanciones por no ajustarte— estaban muy presentes, todo amplificado por la miseria social que narrás en tus libros con realismo. Cuando ya no pudiste soportar tanta violencia, buscaste huir. Eso lo contás en tu quinto libro, Cambiar: método (2021), del que ahora vamos a hablar. ¿Fue más bien la pobreza, el destino trazado hacia la fábrica, o la homofobia lo que te hizo huir? ¿O ambas? Édouard Louis: Fueron ambas. Volvemos exactamente al tema del primer episodio: la complejidad de la violencia y la dominación. Me fui —tuve que irme— y pude escapar de mi destino social precisamente porque estaba más dominado que otros: tenía dos veredictos, uno de clase (pobre) y uno sexual (maricón), y ambos chocaban, entraban en contradicción. Tenía que irme. No tenía elección. En el fondo, me fui porque estaba más dominado que los demás. Y algo similar —en niveles distintos— pasó con mi madre como mujer: ella estaba más dominada que mi padre porque era mujer de clase popular; tenía un veredicto de género y uno de clase. Mi padre tenía el veredicto de clase pobre, pero su veredicto de género —ser hombre— era dominante, así que era más dominante que ella. Por eso, mi padre, a causa de su masculinidad, creyó toda su vida que había elegido lo que era: bebía “para ser un hombre de verdad”, hacía cosas peligrosas “para ser un hombre de verdad”, se autoexcluía de la escuela “para ser un hombre de verdad”. Estaba ciego por su propia dominación: todo lo que lo destruyó, cree haberlo elegido. Esa es la maldición de la masculinidad. Mi madre, como mujer, no pensó que lo había elegido. Aunque a veces lo aceptara, eran los hombres quienes le decían: “te quedás en casa”, “cocinás”, “cuidás a los niños”, “no sacás el carné”, “no te maquillás”. Por eso, un día pudo decir: “Voy a recuperar lo que el mundo me robó. Voy a recuperar lo que la sociedad me robó.” Porque sabía que se lo habían robado. Mi padre era menos consciente del robo, encerrado como estaba en su estatus dominante. Y yo, como homosexual, viví lo mismo: no elegía mi vida ni lo que era. Mi cuerpo no tenía derecho a existir en el espacio donde me encontraba, con tanta homofobia. Tuve que buscar mi libertad en otra parte. En el fondo, los libros sobre mi homosexualidad y los libros sobre mi madre son espejos de los libros sobre mi padre — Quién mató a mi padre , El derrumbe —, donde cuento esa inversión de las relaciones de poder y el hecho de que, a veces, esa doble dominación puede convertirse en el punto de partida de la emancipación. (No siempre, claro; vuelve a depender de condiciones materiales). Naomi Titi: Sí, está muy ligado a las condiciones materiales. Édouard Louis: Totalmente. Hay muchas mujeres que nunca tienen la posibilidad de huir. Pero aunque no huyan —lo cual no basta, por supuesto—, las mujeres de mi infancia eran más inteligentes que los hombres. Porque la sociedad, al ponerlas al margen, les daba una mirada desde afuera del mundo —no estaban en el centro—, y estar en el margen también es una posibilidad de lucidez. La masculinidad suele estar contada por los perdedores de la masculinidad: los gays, las personas LGBT, las mujeres, todas las personas víctimas de la violencia masculina. Porque es desde fuera que se la ve; desde dentro no se ve. La masculinidad no tiene nada que decir de sí misma. Es torpe. Tiene principios abstractos. No sé si intentaron leer memorias de grandes generales militares o ese tipo de textos… son tontos, en realidad; no dicen nada. Es como si la masculinidad tuviera que ser narrada desde afuera, porque ella es demasiado ciega respecto de su propio poder. Y es verdad que las mujeres de mi infancia tenían algo que decir del mundo porque estaban un poco fuera de él, por su posición. Por eso las encontraba, muchas veces, más inteligentes o más interesantes. No lo digo para halagar a nadie: cualquier gay te lo dirá. Para mí, cuando estaba con mujeres, podía respirar. No es que estuviera exento de violencia: mi madre también decía cosas homofóbicas o racistas —era una mujer de las clases populares del Norte que votaba al Reagrupamiento Nacional. No digo que todo fuera perfecto. Pero cuando mi padre se iba al bar con mi hermano y yo me quedaba en casa con mi madre y mis hermanas, había una pesadez que desaparecía, una forma de brutalidad y estupidez que se disolvía. Eso, cualquier gay te lo puede contar. Édouard Louis: Creo que eso es realmente imposible. Y, de otro modo, hay mujeres que también cuentan su amistad con personas LGBT, con hombres gays, como una manera de estar con hombres sin sentir la violencia masculina. Por eso existe una larga tradición de alianza y convergencia de luchas. Mis libros son también un homenaje a todas esas mujeres de mi infancia y de mi adolescencia que fueron momentos de oxígeno, sin los cuales me habría asfixiado por la masculinidad, por la estupidez masculina. (Aquí aparece una pausa publicitaria en el podcast, donde la presentadora introduce un mensaje de la aplicación de citas Bumble, hablando de la confianza, la seguridad y la autenticidad en los vínculos. Luego vuelve la entrevista.) Naomi Titi: Y ahora, volvemos a Les Couilles sur la table . Una de esas mujeres que marcó tu vida, la conociste cuando llegaste al liceo en Amiens. La llamás Héléna en tus libros. Ella transformó completamente tu vida, hasta el punto de que hablás de un efecto Héléna . ¿Podés contarnos qué es ese “efecto Héléna”? Édouard Louis: Llegué a Amiens para comenzar el liceo; era el primero de mi familia en hacerlo, el primero en iniciar estudios generales, un bachillerato. Y cuando llegué, como cuento en Cambiar: método , me di cuenta de que no pertenecía a la misma clase social que los demás estudiantes. Tenían otras maneras de hablar, de vestirse, de comportarse. Además, era un liceo bastante burgués, porque ofrecía opciones artísticas: danza, música, teatro. Era un lugar donde los padres de la burguesía cultural enviaban a sus hijos, los que querían tener hijos artistas, que valoraban el arte. Así que me encontré en un entorno donde la mayoría eran hijos de profesores, periodistas o gente del mundo cultural. Y enseguida me enfrenté a una forma de ilegitimidad de clase. Me decían: “¿Por qué hablás con acento del norte?” “¿Por qué te vestís con ropa deportiva?” Porque los chicos de las clases populares de mi pueblo se vestían como los raperos de la televisión: pantalones bajos hasta las nalgas, calzoncillos a la vista, Air Max , las medias por encima del pantalón. Así llegué al liceo. Y los hijos de la burguesía me preguntaban: “¿Por qué te vestís así?” Yo no conocía sus referencias. Eran chicos que habían ido al teatro, que viajaban con sus padres. Yo nunca había viajado, nunca había ido al teatro. Me encontré completamente desfasado, fuera de lugar, ajeno al mundo del liceo. Y ahí conocí a Héléna: una chica, hija de un profesor universitario y de una ex actriz. Había crecido entre libros, teatro, museos, viajes. Cuando la conocí pensé: “Quiero ser como ella. Quiero que mi vida sea la suya. Quiero hablar como ella, vivir como ella, tener el mismo cotidiano.” Ejerció sobre mí una fascinación enorme, porque era una chica que amaba y valoraba la cultura, que soñaba con ser actriz, directora, que estaba muy próxima al arte. Y el arte, de repente, era un universo donde los valores masculinos de mi infancia estaban completamente devaluados. Toda esa ideología que consistía en ser fuerte, agresivo, dominante, en imponerse físicamente, de golpe ya no valía nada. En el mundo del arte, lo que se valoraba era sentarse, escuchar, estudiar, observar, callar. Era un sistema de valores totalmente distinto. Y de pronto sentí que, a través de Héléna, descubría un mundo donde mi cuerpo podía existir: mi cuerpo disidente, mi cuerpo gay, mi cuerpo deseante de otros hombres, mi cuerpo que no era fuerte ni agresivo ni performativo, por fin tenía un lugar donde podía ser. Esa amistad transformó mi vida por completo y me llevó hacia otro mundo. Naomi Titi: Sí, porque ella realmente te inició en ese nuevo mundo que estabas descubriendo. Y lo apasionante de ese relato es que, después de haber desmontado lo que la filósofa Judith Butler llama la performance de género en tus libros anteriores, en Cambiar: método lo que aprendés es la performance de clase. Cómo hay que vestirse, cómo hay que comer, cómo comportarse en el espacio público, cómo abrirse a los demás, cómo mantener una conversación, todas esas cosas ligadas a la politesse, a la cortesía. Todo eso te llegó a través de Héléna, pero también a través de su madre, Nadia, que tuvo un papel muy importante en tu construcción personal. Édouard Louis: Sí, es curioso, porque en el primer episodio hablamos del adiestramiento en la masculinidad. Y cuando llegué al liceo, viví —experimenté, atravesé, sufrí— una mezcla de todo eso a la vez: un adiestramiento de clase, un adiestramiento social. Y, paradójicamente, a diferencia de la masculinidad obligatoria, que me hacía tanto daño, que me destruía, esta formación de clase, aunque a veces era dura y me llenaba de vergüenza, aunque me sentía ilegítimo y muchas veces no lograba adaptarme, tenía algo liberador. Recuerdo que en Cambiar: método cuento cómo intentaba corregir obsesivamente mi acento del norte de Francia. Me ponía frente al espejo y pasaba horas tratando de hablar de otra manera, de hablar sin acento, de pronunciar correctamente palabras como jaune (“amarillo”), que me resultaba imposible. Cuando era niño, en mi pueblo decíamos jône o ni siquiera lo decíamos bien, y ese sonido au no me salía. Cuando decía jône con mi acento del norte, todos se reían: “¡Cómo habla, qué gracioso!” Entonces, claro, hubo una forma de disciplina muy dura, una transición de clase, en cierto modo. Pero al mismo tiempo, no fue una transición que me asfixiara, sino una transición que me liberó, al menos al principio. Después pude mirar todo eso críticamente: de todo lo que absorbí de la burguesía, hoy tengo mucho que criticar —ese mundo de privilegio, de poder, de dominio—, pero en aquel momento yo no tenía fuerza para resistirme y veía en ese adiestramiento una vía de fuga, una posibilidad de emancipación, lejos de mi padre, lejos de mi hermano. Así que, aunque fue violento, era una violencia liberadora, no una violencia destructiva. Y cuando analizamos la violencia, habría que hacer una lectura compleja, distinguir entre las violencias que destruyen y las violencias que liberan. Quizás la palabra “violencia” no sea del todo adecuada, pero la diferencia es compleja. Sabemos, por ejemplo, que en el movimiento feminista hubo —y aún hay— una resistencia de muchas mujeres al discurso feminista, porque ese discurso les decía: “Vivís vidas dominadas, no elegidas, alienadas por el poder masculino; tenés que rebelarte, tomar conciencia, transformarte.” Y escuchar que una no eligió su vida puede ser algo extremadamente violento. Cuando alguien te mira y te dice: “Creés que elegiste, pero no elegiste”, hay una violencia en esa frase. Y, sin embargo, toda la tradición emancipadora del siglo XX —los movimientos antirracistas, el movimiento gay, el obrero, el feminista— contiene esa misma forma de violencia la de decirle a la gente: “Pensás que sos libre, pero no lo sos.” Quizás no todo el tiempo, quizás no en cada gesto, pero detrás hay un sistema que dicta tus conductas. Y esa violencia, de golpe, se convierte en la posibilidad de emancipación. Para mí, el encuentro con Héléna, con Nadia y con ese mundo, fue exactamente eso: una violencia a veces muy pesada, pero también la posibilidad de alejarme de mi hermano, de mi padre, de mi medio. Y más tarde pude volver sobre eso, pensarlo críticamente. De eso hablaremos en el tercer episodio, sobre mi llegada a la burguesía, digamos. Esa violencia paradójica me parece fascinante, porque muestra que las relaciones de poder a veces son fáciles de ver, y otras veces son muy difíciles de desenredar, ya que dentro de ellas también encontramos cosas que nos liberan, cosas que nos oprimen aún más. Y en ese adiestramiento de clase, como decís, había también una violencia simbólica que terminé interiorizando: ese desprecio de clase que se expresaba, por ejemplo, en cómo debía aprender a comer. Recuerdo que Héléna me dijo un día: “Tenés que aprender a comer distinto, porque si seguís comiendo como un campesino, frente a los demás no vas a poder desenvolverte.” Y claro, cuando uno lee eso, lo que siente es el desprecio de clase brutal, pero a la vez, eso me liberó. Naomi Titi: Sí, porque vos consentiste en eso, ¿no? Édouard Louis: Exacto, consentí. Consentí hasta el punto de convertirme, más tarde, en un agente de esa violencia de clase. En ese proceso de transformación al contacto con Héléna y con la vida en el liceo, empecé a sentir esa transformación como una posibilidad de venganza contra mi infancia, contra la homofobia de mi infancia. Hubo un momento en mi adolescencia en que utilicé el poder de clase contra el poder sexual. Cuando volvía a casa los fines de semana —yo estaba internado durante la semana—, quería mostrarle a mis padres que sabía cosas que ellos no sabían, que leía libros que ellos no podían leer porque yo había ido al liceo y ellos no, que conocía directores de cine, autores, referencias culturales que ellos no tenían. Usaba eso como instrumento de venganza por la vergüenza que había sentido de niño cuando me decían que no valía nada, que era un “puto”, que no era legítimo. Y claro, me avergüenza profundamente haber ejercido violencia sobre la violencia, pero intento contarlo con la mayor lucidez posible, sin ahorrarme a mí mismo, así como no ahorro a los demás. Lo que me interesa no es ser “bueno” o “malo”, sino ser justo al escribir. Así que sí, me di cuenta de que todo lo que aprendía en el liceo podía servirme para ganar un poder que nunca había tenido. Más tarde quise usar la literatura para desmontar el poder, y escribí contra el adolescente que había sido. Pero al principio, sentí la violencia de la cultura, su potencial violento: yo mismo la usaba para inferiorizar a mis padres, a mi familia. Por eso, cuando llegué a París y empecé a escribir, nunca pude creer del todo ese gran discurso burgués sobre “el arte que libera”, “el arte que construye puentes entre las personas en lugar de muros”. Yo sé en mi carne, en mi cuerpo, en mi sangre, que la cultura también es uno de los grandes lugares de la violencia: de las jerarquías, de quién conoce a quién, de quién lee a quién, de quién sabe qué. La cultura es también eso. La literatura es también eso. Y eso es lo que intento narrar hoy. Édouard Louis: Para mí, el desafío también era mostrar la violencia de clase en toda su complejidad y multiplicidad. Cuando era niño, pensaba que la diferencia entre una clase y otra era ser rico o ser pobre. Creía que nosotros éramos pobres y que en el mundo había otros que eran ricos. Y, poco a poco —por mi trayectoria social, por haber estudiado, por irme a una ciudad más grande, por salir del pequeño pueblo donde crecí—, me di cuenta de que la clase social era mucho más que eso. También era, por supuesto, la cultura que se posee o no se posee —algo que de niño conocía de forma abstracta—; era la manera de vestirse o de no vestirse; era qué se come: si se come más bien pescado y marisco o comida basura y cheeseburgers; era qué deporte se practica: fútbol, o equitación, o golf; si se hace música: ¿piano o rap? En el fondo, la distancia entre una clase y otra no estaba cerrada por una puerta, sino por 800 puertas. Como si hubiera 800 puertas entre una clase social y otra. La cultura, el conocimiento, el saber forman parte de esos instrumentos del poder de clase. Esa es la gran revolución teórica que aportó Pierre Bourdieu con La distinción (1980), despegándose del marxismo tradicional que analizaba las clases en términos de relaciones de fuerza en el capitalismo, de capital económico, etc. En literatura, a través de la historia de mi familia —que funciona casi como un laboratorio del análisis del mundo social—, intenté mostrar esa variedad extrema del poder de clase. Y eso explica también lo difícil que es combatirlo. Si solo fuera una cuestión de ricos y pobres, sería más simple: iríamos a robarles el dinero, a embargar sus cuentas —me encantaría que lo hiciéramos—. Pero no: es mucho más complicado. Es quién habla, quién tiene acento, quién no lo tiene, quién tiene acento del Norte; quién se ríe fuerte, quién no; quién conoce a Bach, quién no. El poder se traduce así. Y es impresionante hasta qué punto el poder de género se manifiesta de la misma manera. Por eso es tan complicado combatir la dominación masculina. Mi experiencia de clase en la adolescencia es paralela a mi experiencia de género en la infancia: todo lo que yo hacía se asociaba a lo femenino. La dominación masculina no operaba solo por la apariencia, la ropa, la forma de caminar: también por qué música escuchabas. Cuando yo escuchaba Britney Spears, me decían: “Si sos varón, no podés escuchar eso. Es música de maricón.” Recuerdo que llené mi cuarto de posters de Britney Spears, y eso horrorizaba a mi hermano mayor —el que murió—: “Un chico escucha rap o techno; no podés escuchar a Britney Spears.” También era lo que comía: los chicos comían mucho porque era un signo de fuerza. A mí no me gustaba comer demasiado, y me decían: “Sos un delicado, comiste poco.” La dominación masculina se inscribe en 800 cosas: en las maneras de existir a diario, de mirar, de vestirse, de escuchar música… en todos lados. Por lo tanto, para combatirla hay que combatir 800 cosas. Recuerdo el escándalo que era que me gustara saltar a la comba con las chicas en el recreo —con mis amigas Anne-Claire, Mathilde, Amélie—. Me consideraban “no masculino” porque los chicos jugaban al fútbol. Era caricaturesco, pero en el patio era un escándalo saltar a la cuerda. ¿Hasta dónde llega el sistema de género? Al nivel del detalle, a una precisión absurda. ¿Qué tiene de más masculino o femenino saltar la cuerda o patear una pelota? No sé qué hay, en el orden “natural”, que haga que una actividad sea más masculina que la otra. Y, sin embargo, la dominación se incrusta en un conjunto de prácticas, en todos los detalles de la vida, y hace que la lucha contra esa violencia sea extremadamente compleja porque pasa por todo eso. En Cambiar: método hablo de Héléna, pero también de otras mujeres: Pascale Boulnois, que era documentalista; Stéphanie Morel, bibliotecaria; Babette, que me contrató como acomodador en la Maison de la Culture de Amiens. Todas ellas me introdujeron en ese lenguaje de clase, en ese nuevo lenguaje, con una violencia que podía ser difícil de vivir, pero a la que yo consentí, como ya conté. Naomi Titi: Esa apertura, ¿qué permitió en tu apertura a la homosexualidad? Édouard Louis: Esas mujeres, que marcaron mi trayectoria por los encuentros, las amistades, las complicidades y la ternura, hicieron posible un cuerpo para mí —como dije antes. Y hay toda una historia literaria sobre esto. No solo en autores gays, sino en quienes tienen cuerpos disidentes respecto del mundo social que habitan. Está el encuentro de Jean-Jacques Rousseau con Madame de Warens en las Confesiones , una mujer que lo ayuda a transformarse, a convertirse en otro. En Maupassant, en Bel-Ami , el protagonista intenta escapar de su condición social y en su camino encuentra mujeres que lo ayudan, lo empujan a transformarse. Mi vida evolucionó así: las relaciones con chicas y mujeres fueron un espacio donde la dominio homófobo era, por lo general, menos fuerte —aunque existiera; mi hermana también podía decirme “caminás como un maricón”—. Pero no mis amigas: ellas nunca me dijeron eso. Con ellas tenía derecho a existir tal como era. No tenía miedo con ellas. Y, además, en términos de representación, como niño gay, las mujeres eran para mí más emancipadoras que la representación de la homosexualidad. Muy a menudo, cuando veía homosexualidad en la televisión —en realities que mirábamos mucho—, eso me generaba rechazo. Veía a un hombre homosexual juzgado “afeminado” y no quería ser él; me daba miedo ser él, porque me recordaba algo que me había hecho tanto daño que intentaba ocultar. No lograba identificarme con figuras de hombres gays. En cambio, identificarme con mujeres me resultaba enormemente emancipador, porque me permitía existir con mi cuerpo. No es casual que, si vas a un concierto de pop de una gran cantante —Lady Gaga, Beyoncé, Lana Del Rey, Mylène Farmer—, veas una sobrerrepresentación de hombres homosexuales. Lo sé: fui a un concierto de Lana Del Rey. Creo que esas figuras representan para muchos gays la posibilidad de afirmarse, la posibilidad de otro cuerpo, otro ser, otra vida, la posibilidad de la luz también. Y eso aparece también en cineastas gays como Pedro Almodóvar, Xavier Dolan o Gus Van Sant, que han representado mujeres deslumbrantes. Me parece interesantísimo, porque esas figuras —a menudo en una performance de ultra-feminidad— pueden ser pesadas y violentas para niñas y mujeres que sienten la obligación de la feminidad social: para ser legítima hay que ser “mujer”, maquillarse, ponerse guapa, ser seductora, ser delgada, etc. Conocí mujeres que sufrieron el peso de esa norma. Y lo fascinante es que eso mismo, que para ellas era una carga, para mí, como gay, era una fuente de liberación. Esto complejiza la política: una misma realidad puede ser violenta para alguien y emancipadora para otro al mismo tiempo. Édouard Louis: La feminidad obligatoria, o la sobrefeminidad, que de pronto puede volverse una norma e imponerse sobre el cuerpo de todas las chicas y todas las mujeres, puede ser, para los gays, una forma de escapar de la masculinidad obligatoria. En realidad, la feminidad y las mujeres, desde el inicio de mi trayectoria, me permitieron encontrar otros caminos. Para retomar la metáfora de Monique Wittig, la gran teórica feminista, yo era como un esclavo cimarrón de la masculinidad. Los esclavos cimarrones eran los esclavos que, en tiempos de la esclavitud, huían de las plantaciones. Esa práctica —el cimarronaje— consistía en escapar del lugar donde uno estaba retenido como esclavo, lo cual era durísimo: muy a menudo los capturaban, los mataban, los destrozaban los perros. Patrick Chamoiseau o Toni Morrison escribieron sobre eso. Wittig dice que los gays y las lesbianas son esclavos cimarrones del género: que huyen de una forma de asignación obligatoria a una identidad de género y sexualidad. Y mis amistades profundas con mujeres representaron, justamente, esa huida. Hay novelas maravillosas de Patrick Chamoiseau en las que los esclavos que escapan recrean comunidades en la selva, ocultas del poder por la vegetación, por los árboles, por las hojas, lejos de las ciudades, lejos de los sistemas de vigilancia. Y cuando yo estaba con mujeres en mi infancia y adolescencia, sentía exactamente eso: que todos esos cuerpos alrededor mío eran como protecciones contra el poder que estaba allá, un poco más lejos, donde estaban la vigilancia, las redes, la mirada de los otros. Y esa fue la apertura que vamos a profundizar en el tercer episodio, porque hablaremos de los hombres gays que conociste antes de convertirte en escritor. Pero antes de cerrar este segundo episodio, ¿tenés alguna obra de arte que quieras recomendarnos? Édouard Louis: Sí. Como lo mencionamos antes, recomendaría el libro de Toni Morrison, Beloved ( Amada ), que es una de sus obras maestras —porque escribió muchas—, y que cuenta la historia de una mujer esclavizada que logra huir de la esclavitud. Creo que hay mucho que aprender de esa cuestión de la huida en las grandes escritoras como Toni Morrison, aunque, por supuesto, las situaciones que vivimos no sean las mismas y la violencia que ella describe sea incomparable. Pero me parece una obra enorme sobre ese tema. Naomi Titi: Muchas gracias. Fuente: “S’évader grâce aux femmes” Podcast Les Couilles sur la table , episodio 123. Entrevista de Naomi Titi para “Les Couilles sur la table” Emitido el 2 de octubre de 2025 Traducción: Fundamentalismo Estético para Revista Adynata. Lim Ji Min Escribo una nueva carta, 2023 Óleo sobre lienzo 24,2 × 33,4 cm
- Vamos las bandas / Verónica Scardamaglia
Otra ceremonia en otro Obras de la Kermesse Redonda, esta vez celebrando el cumpleaños de Patricio Rey que, como siempre, andaba dando saltos por ahí. Los treintaypico grados de calor no fueron suficientes para detener a esa amalgama ricotera que trasciende edades, parentezcos y temperaturas hasta componer una entrañable identidad permanente y mutable al mismo tiempo. ¿Cómo contabilizar el paso de los años con músicos de una talla tal que logran vivir la fiesta en el escenario como si el tiempo no existiera -ya sea por su duración, ya por su intensidad-? ¿ Cómo no sentirme así , si se vive ese clima tan redondo que mantiene intactos códigos presentes en estos recitales desde hace más de 40 años? La suspensión de las morales represoras desata solidaridades alocadas que dejan de ver al desconocidx como sospechosx o enemigxs porque ahí pasamos a transformarnos en un redondito más. Recuerdo alguna vez, creo que en Villa María, que ante una casi agarrada a piñas, la mediación resolutiva consistió en varixs que repetían insistentemente mirando a uno y otro lado, hasta bajar la espuma: ¿somo redondo o no somo redondo?, ¿somo redondo o no somo redondo, eh?. El arrebato coral y contagioso del agite con cantitos que se vuelven palabras que, al decirlas, se reconocen en su recuerdo con esa extrañeza de una memoria en acto. Cantitos como ese, conmovedor y actual, que ya sabía que a Walter (y a tantxs más) lo mató la policía o aquel otro que sabe que “sin policías sin militares vamo a vivir mejor”. Los pogos, que ya no acontecen sólo en la delantera cercana al escenario y en los temas clásicos sino que, desde hace tiempo, lo okupan todo. El pogo no discrimina platea, vip, popular o campo. Ni edades y mucho menos cuerpos. Lo okupa todo. Aún el tiempo de espera a la aparición de la banda. La primera vez que corroboré esto nos habíamos ubicado a distancia prudencial de la zona pogo porque estaba con mis hijas. A los pocos minutos de iniciado el primer tema, una ola expansiva se desató de modo tal que las agarré a ambas del cuello de sus remeras y las arrastré rápidamente al fondo. Pareciera que hay formas que insisten tanto que pegan la vuelta. Pareciera que se han disuelto nuevamente las barreras que dibujan el arriba y el abajo del escenario. Pareciera que, como hace casi 50 años, el lugar de centralidad se desplaza y va de una banda con un sonido impecable y arrollador hasta las figuras sinuosas que arma y desarma el agite increíble de los cuerpos transpirados. ¿A dónde mirar? ¿Es posible mirar al escenario en el medio del pogo? ¿Importa? Las bandas (2025) Verónica Scardamaglia Fotografía. Este 28 de diciembre no sólo nos regalamos rocanrol del mejor, pogos y cantitos por doquier sino también un muy destacado agite arrasador en los teclados y cantándose todo de Mariano Pirato. La precisión vocal danzante y arengadora de Jorge Cabrera y el Chino Laborde, el caudal encantador y desbordante de Leti Lee, el patriotismo metalero y redondo de Walter Meza, la magia rap de Miss Bolivia, la grositud tanguera de Juli Laso, el vuelo al que nos invitaron los teclados de Lito Vitale y la maestría de los saxos invitados. ¡Y la banda! Esta banda que insiste en hacernos ejercitar la capacidad de sorpresa delineando un repertorio tan encantador y maldito como nuestros infiernos y nuestro días hermosos. Esa sagaz batería-Aramberri, encantadora y precisa, que generó ovaciones con los primeros sonidos del Capitán Buscapina; ese bajo entrañable y esas visuales maravillosas de Semilla con su presencia cercana y cómplice; esas magias envolventes de la virtuosa guitarra del ovacionado Tito Fargo; el juego impecable de la guitarra de Oscar Kamienomosky y la onda inigualable de don Sergio Dawi, señor de los vientos y destacado maestro de ceremonia capaz del silencio y la palabra justa. (¿cuántos pulmones caben en un cuerpo?) ¡¡Fulgurantes celebraciones a los 10 años de la Kermesse Redonda!! Fiesta recomendada para revivir ante lo invivible, para gritar contra injusticias, para denunciar siempre la farsa actual del teatro antidisturbio. Y bienvenidxs a aquellxs que quieran saber cómo eran los recitales de los redondos, porque eran como estos (ahora con generaciones varias) con el mix embriagador de rock y denuncia y fiesta y emoción y ardor y desacato y magia y conmoción y violencia que puede soportar un pogo de más de 5000 personas que acontece al mismo tiempo arriba y abajo del escenario. Un pogo redondo y de ricota. Nota: ¿Será que, a pesar de todo, siguen los festejos y el año que viene Patricio Rey cumple 50 años? Cumplimos, porque como afirmó Dawi “todos nosotros, el Indio, Skay, Willy Crook los pibes, los viejos, los maestros, todos somos Patricio Rey”. 28 de diciembre (2025) Verónica Scardamaglia. Fotografía.
- ¿Quién nos cuida de la gorra? / Jesi Jess
Un amanecer como todos los días, la villa se levanta. Los vecinos se van a laburar mientras se quejan de que la guita no alcanza. Afuera está lloviendo y adentro las goteras me inundan el rancho. El cielo está llorando porque murió otro en el barrio. Me corrijo, no murió, ¡lo asesinaron! ¿Quiénes? Los ortivas. Los ratis. La yuta cobarde que dispara, tira y tira sin piedad y otra familia más que acaban de arruinar. Acá es así. Sos un cartonero, sos un albañil, sos un jugador de fútbol, sos un pibito chorro o sos un fisura no tenés derecho a existir. Ya nos acostumbramos a que nos verdugueen estos giles. Nos matan a palos, nos paran a cada rato por portación de rostro o el color de nuestra piel. El abuso de la fuerza policial de estos que quedaron en el pasado son los que patean cuarteles, se quedaron en la dictadura, torturan en las comisarías, total ninguno va en cana, porque la impunidad policial les da permiso a hacer lo que se les dé la gana. Voy dejar los nombres, para que no queden en el olvido porque quiero recordarlos, porque tengo memoria cuando asesinan a los pibes en mi barrio. Luis Garcia, Ezequiel Meza, Sabino Jiménez, "El Paragüita", Nahuel, Lucas Gonzáles y muchos más que aumentan la lista de gatillo fácil. Hoy la villa está de luto y me da bronca aceptar que vamos a seguir llorando. La lista se va agrandando, en mi villa y en otros barrios. Yo te tiro la posta, para muchos el mundo es una bosta. Se escuchan los disparos, otro yuta pide perdón y dice: "no quise matarlo". Acá nos cuidamos entre nosotros aunque nos tilden siempre de delincuentes y que nos merecemos la muerte. Somos villeros y a mucha honra ahora yo me pregunto, ¿quién nos cuida de la gorra? Fuente: La villa en mis venas, Jesi Jess, editorial Chirimbote, 2022. Karla Díaz Más Poesía, Menos Policía 2023 Acuarela y tinta sobre papel. 61 × 45,7 cm
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











