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Aburrimiento en infancias / Cynthia Eva Szewach  

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 20 horas
  • 7 Min. de lectura

D O S S I E R H A S T Í O S


Lo aburrido                           

Vivir como recién llegada

Cristina Peri Rossi


Aburrirse, un verbo que guarda en la boca anhelos mascullantes de salidas no realizadas.

Las infancias a veces tienen sensación de aburrimiento, pero son momentos de desasosiego, de profundo enojo o de dolor inasible. Incluso entre juguetes muy lustrados, onerosos, distinguidos, pero que no cobran vida ficcional.


Estar en estado de aburrimiento asume el impedimento de encontrar ganas de algo. Se extravía una demanda de amor. También hay una suspensión de la curiosidad. Pero al mismo tiempo, al nombrarlo y apalabrarlo en voz alta, puede convertirse en llamado.


En la niñez puede sentirse aburrimiento al percibir a una madre o a un padre, como dice F. Doltó, de presencia ausente. También cuando un juego no es leído como juego, el tedio asume un modo de rebelarse, de protestar.


La mirada llorosa de una niña se dirige a la cerradura de la puerta. Permanece aburrida pero inquieta de esperar al padre, quien, en su llegada tardía musita por lo bajo sumisiones de oficina. De a poco comienza a jugarle con el traje puesto y aun transpirado. Una calma chicha, momentánea, sin viento, va ingresando en la escena que alivia el espesor de la atmósfera. El tedio da paso al encuentro sin tiempo establecido, el que incluye lo imprevisible.


Sentir embole. Embolarse, envolverse en una bola. Un modo de decir en lenguaje rioplatense del aburrimiento, del sopor, de una pesadez o de alguna plomada que se porta sobre sí. “Paja” dicen a veces adolescencias enfrascadas en el aplastamiento de deseos fulminados, caídos. Piden algún entretenimiento, una política de la distracción del compromiso. Pero la vacuidad no es el vacío. Sin embargo, a veces al escuchar esa zona páramo donde habita una inermidad corporal, encontramos palabras rastrojos donde el cuerpo accede a vibrar.


El aburrimiento en la infancia puede leerse como una angustia que no es percibida como tal. Se rompe la brújula que orienta el sufrimiento. Lo imaginario que asiste en toda escena lúdica, compartida, teatral, sufre magullones y desenfoques. Ingresa un clima inamistoso que advierte que algo se está soportando sin gusto.

Es una estancia de impaciencia en una soledad infinita o una forma de evitar sentir tristeza.

Entonces cada vez, ¿cuál es su función?



Inmovilidades

El riesgo no es caer sino perder el movimiento que la vida siempre tiene.

Débora Chevnik


“Necesito moverme” dice el niño. “Estar quieto me aburre”. Se puede jugar a las estatuas vivientes. Corremos y corremos, Alguien dice: ¡basta! Entonces se crean con las posturas corporales figuras congeladas, detenidas, como una especie de “Final de juego” de Cortázar donde niñas en la linde hacia la pubertad ensayan expresiones estatuarias para ser vistas o adivinadas.


La quietud a veces se camufla como temor a lo muerto. El aburrimiento señala enmascarado ese miedo. El juego lo intenta conjurar al embalsamar el cuerpo con gestos o con arena. La quietud puede quedar falsamente asociada a la incapacidad de hacer o encarnar esa figura detenida de algún fantasma congelado tal como la inmovilidad del cuerpo en algunas pesadillas.


La movilidad de un cuerpo vivo puede ser sentida como molestia y no como un juego. El tedio como queja trama un artilugio para hacerlo oír.


Un ejemplo extensamente relatado en “Hojas Encontradas”: Eduardo, de catorce años en sus clases se reía o hacía chistes, “jorobaba”, pero en su casa sin embargo estaba aburrido. Sin nada para hacer.

- “De niño era muy movedizo”, dice la mamá

- ¿Qué era lo movedizo?

- Estaba en la cuna yo le daba un juguete, él lo tiraba, yo se lo daba en la mano Y él lo volvía tirar cada vez que yo se lo alcanzaba de nuevo... ¡así sin parar...!


Cuenta Cecilia Patrón que un niño de siete años al ingresar al encuentro, de pronto sale corriendo antes que la puerta del consultorio se llegue a cerrar. Sin moverse de su lugar la madre dice: “siempre es así”. La analista lo va a buscar. En el camino ve que el niño se tira al piso, luego se levanta, huye por las escaleras, se ríe. Ella corre detrás. “¡¿A qué no te sale hacer esto?!” con sorpresa el niño se detiene. mira la acrobacia y la imita: “¡sí, me sale!”. Al rato deciden jugar juntos a que van a “asustar” a la mamá llegando de improviso…


Quizá el niño sale, corriendo. Corriendo se sale de algún lugar.


Una mujer cuenta un recuerdo situado entre la infancia y la pubertad. Le impactó durante la lectura el fragmento de un libro: “El tercer ojo” de L. Rampa. La prueba de iniciación extrema a la que tenía que someterse el joven Lobsang en el Monasterio tibetano, consistía en permanecer absolutamente inmóvil durante un tiempo prolongado. Sin distraerse, sin mover un músculo y sin dejarse dominar por el dolor se podía obtener el tercer ojo con el que se llegaba a percibir otras dimensiones de la emoción en las personas. Cada segundo se volvía una lucha contra el impulso de moverse. ¿Cómo soportar sin desesperación o sin hastío? Que se trate de un ritual como registro simbólico ancestral, hace posible transitarlo.



Rastrojos del aburrimiento

                                        Cuando el yo no encuentra lugar, al principio de placer tampoco lo encontramos (…) si me estoy quedando sin cuerpo, sin referencia simbólica, lo que voy a tratar de imaginar es que alguna boca me está comiendo, tragando (…)

Jorge Fukelman


El aburrimiento que la vida cada tanto tiene.


Lou Andreas Salomé dice que el tedio se respira. Es una respiración cotidiana que a veces tiñe lo que cada día rejuvenece en el erotismo. Entonces el tedio envejece el aire.


Marcelo Percia se pregunta si el hastío puede engendrar furias capaces de subvertir lo establecido o anunciar la inminencia de una revuelta. Suponemos que es un camino contingente.


- ¿Te aburrís? Pregunta la niña mientras jugábamos a diseñar y de manera muy interesada, escenarios televisivos, espectáculos. Lo hacíamos recortando papeles de colores.

-No, para nada. ¿Por?

-Me dio un poco de miedo- responde- es que si te estabas aburriendo era que el juego se terminaba, y no quiero que se termine.


Algún misterioso deseo que cifra el juego se incrusta en el temor.


Quizás el tedio es un esfuerzo de detener una despedida.


En una carta de Freud a Ferenczi del 3 de marzo de 1926 le escribe a raíz de una de sus operaciones: “Tengo permiso, en mi internación que mis tres pacientes más graves vengan a verme para el tratamiento, lo que me ahorra un aburrimiento mortal (tödlicher Langweile)”. El valor esencial de estar analizando, aun en esas circunstancias. No es lo contrario al divertimento.


Constanza Michelson en “Nostalgia del desastre” trae la íntima conexión entre el hastío y el horror. Escribe lo siguiente: “La raíz de la palabra aburrimiento permite una exactitud fundamental, la íntima conexión entre hastío y horror: ab-horrere. En un desierto de aburrimiento el horror es un oasis, escribe Baudelaire” “El aburrimiento puede volverse peligroso”.


El prefijo latino ab, implica separación, distancia.


Jorge Lobov escribe en el artículo “El aburrimiento infortunio del acto” algo muy interesante: que una separación cuando es fallida, el aburrimiento puede ser un sucesor de ese infortunio.


Aburrirse entonces quizá no incluye la advertencia de incluir lo inseparable o siempre fallido de toda separación.


Lo tedioso es el tiempo que no pasa. Matar el tiempo es intentar el crimen de lo que sobra.


A veces se desespera, se encierra, se adormece, se enfiaca o se acompaña la vida con aburrimiento. Es una especie de estribillo; “me aburro, me aburro…”


En ocasiones es una manera de no asumir algún riesgo, temer algo desconocido, no tolerar una espera o estar en un sitio donde no se protagoniza la escena. En el estribillo el niño o la niña, canturrean para no inexistir.


Divertir como política del embobar. El hastío puede ser precaución a la sofocación de costumbres o al hartazgo de la devoración sin degustar. Para Dostoievski el aburrimiento es un sentimiento aristocrático y de pronto para no aburrirse comienzan a devorarse unos a otros. O como en La Noia de Moravia una burguesía que almacena objetos, excesos, abundancias marchitan la vida. Aquí ya con la responsabilidad que la infancia no tiene.


Aburrirse como una ostra. Pero ¿acaso la ostra se aburre en su soledad de ostra? Ella arriba a un lugar donde detenerse, para fijarse inmóvil. El ostracismo es lo contrario a un exilio. Se ostrae el placer.


Lo espacial. Se atiende habitualmente a la relación del aburrimiento con la temporalidad. ¿Por qué no pensar en el espacio? En el tedio el espacio sufre una mutilación. Sin rincones, sin altillos, sin vacíos, sin escondites. No se encuentra el lugar donde se quiera habitar, desensillar, desplomar.


Sentir aburrimiento avizora con alerta que hay un límite no incluido. Dicho de otro modo, algo no parece quedar por fuera de esa escena. A veces se siente un sopor que pide hablar de lo que traga, de lo que devora.


La monotonía que aplana un cuerpo se dirige hacia el letargo. Ceguera del semitono. Ni chicha ni limonada.


Hay a veces un detenimiento. El riesgo es empujar al movimiento donde se requiere momentáneamente la demora. No es un estado de ocio perezoso ni de inercia, ni abandono apático. Es algo que se está gestando en un guamil, abarbechado diría Masud Khan. Una inmovilidad activa escribe Hugo Savino sobre Bartebly.


Aburrirse es la pérdida de la capacidad de asombro, es la exigencia de suponer que se quiere estar en otro lugar del que se está, es creer que las palabras que se profieren no tienen valor. En el aburrimiento la imaginación está incautada. Es buscar “otra cosa” acentúa Lacan.


¿Qué es esa otra cosa cuando se trata de la niñez?


Puede que en la infancia se padece aburrimiento como forma de balbucear alguna palabra que nombre la ausencia de sostén lúdico. También la diferencia está acallada en quienes miran bajo el régimen lo mismo: “siempre es así”.



Carlos Tardez, Juguete , 2019, Óleo sobre lienzo, 81×60×3cm
Carlos Tardez, Juguete , 2019, Óleo sobre lienzo, 81×60×3cm




Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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