Hastíos (presentación) / MP
- Revista Adynata

- hace 6 días
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D O S S I E R H A S T Í O S
Ortega y Gasset piensa que cada tiempo tiene una tarea. A eso se refiere en el libro El tema de nuestro tiempo publicado en 1923.
Acá no se trata de eso.
No hay un tiempo que nos pertenezca. Ni un tema que se identifique de antemano. No hay un haber ni un poseer. Hay sólo un ¡Ay!
Conversamos y escribimos porque algo duele.
Tampoco hay un nosotros, un nosotras, un nosotres. Se elige la orfandad pronominal de complicidades provisorias o disponibilidades dispersas que confluyen para hacer algo con ese dolor.
Lo que aquí se da cita bajo el nombre de Hastíos podría aludirse como angustia, aburrimiento, tedio, acedia, melancolía, letargo, desidia, increencia, languidez, apatía, desasosiego, indolencia, pesimismo, impasibilidad, anestesia, abatimiento, indiferencia, nihilismo, depresión, escepticismo, pereza, hartazgo.
Un encuentro para historizar y no sólo fechar el uso de estos vocablos. Si fechar quiere decir clasificar datos en una cronología, historizar supone reponer memorias en cada palabra: pensarlas como piezas enigmáticas de una época.
La invitación a estos despliegues, más inclinados a las rupturas que a las plegarias, estuvo precedida por esta profecía política: “Llegará el día en que la codicia aburra, en que la crueldad aburra, en que el capitalismo quede inmovilizado por las telarañas del tedio”.
En este dossier se lee el aburrimiento como una forma en que la angustia se trama en las infancias: una desazón que se siente al percibir que quienes acompañan el juego no han llegado, están por irse o nunca estuvieron. Como visión de un juguete impermeable a la imaginación.
Se piensan aburrimientos de las infancias como insinuación de la muerte. Se recuerda el juego de las estatuas como inmovilidad que nos vuelve invisibles. Astucia mimética que protege y ofrece una instantánea inmunidad ante lo que nos persigue.
En estas páginas se recupera la acedia como lasitud espiritual. Como desnudez abandonada a la desgracia y a la embriaguez de los sentidos.
En estas circulaciones se propone un tránsito del nihilismo a la increencia. Se intenta una torsión política: pasar del no creer en nada a una alianza de increyentes. El pasaje de los pesimismos solitarios a la conversación de las increencias.
Se piensa en estas corridas que el hastío sobreviene como pérdida de la investidura del mundo. Como desencanto. Caído el velo de la fascinación -como diría Quignard- resta el espanto. El mal de la no investidura se podría decir así: no se sufre porque se quiere algo que no se puede tener; se padece porque no se siente nada. No se siente querer.

En estas sacudidas se pone a la vista la relación entre hastío y progreso: la incesante recurrencia de la compulsión a la novedad.
Se expone una fórmula que el capitalismo repite hasta el hartazgo: primero sacrificio, después muerte y, al fin, algo de felicidad para quienes sobrevivan.
Se advierte la fantasía zombi como carnadura del hastío. Extravíos de almas secas. Automatismos de la devoración como última imagen de la destrucción.
En estos ensayos se localiza un escrito de Borges (1932), Vindicación de Bouvard et Pécuchet, como pieza clave para pensar el hastío en la literatura.
En estas notas se realizan inmersiones en recuerdos de infancias. Se evocan lentitudes de los años ochenta en Tucumán o Tacuarembó.
Catas que interrogan si el hastío empalaga, si lleva al hartazgo, si conduce a la repugnancia.
Balbuceos que afirman que la nada del hastío silencia injusticias.
Una y otra vez, en estos enlaces vuelve la percepción de que el tedio sobreviene como parálisis, como imaginación incautada, como apabullamiento de datos. Incluso como nostalgia u olvido de la excitación de los cuerpos.
Hastíos no sólo describen estados de desgano y tristeza, comunican vidas privadas de erotismos.
En estos recorridos se denuncia el pensamiento heterosexual como uno de los regímenes del hastío. Se sostiene que las disidencias degeneran los géneros. Practican el disfraz, el travestismo, la mutación de las pieles, el delirar de los cuerpos; pero, ante todo, ejercitan la disposición a pensar aquello que todavía no sabemos cómo nombrar.
Entre estas inquietudes se sospecha el aburrimiento como privilegio de clase: el tedio de las abundancias. También como imposición de género y pedagogía de las mansedumbres.
Hastíos carcelarios piensan aburrimientos fuera de los muros como cansancios de gente bien. Hastíos forman parte de las lecciones punitivas. Así se lee en el poema de una vida que lleva muchos años encerrada.
En estos registros se repara en el aburrimiento como terreno fértil para los consumos. Entretenidas y deslumbradas las pasividades se vuelven inofensivas.
Acaso el hastío podría pensarse como granja de recuperación para atender uno de los males que el capitalismo más estimula: la insaciabilidad.
En estas indagaciones se considera el aburrimiento como condimento de prácticas coloniales. Se desliza la pregunta de si los cuerpos del sur están destinados a desaburrir a las sexualidades del norte.
Se advierte que hastíos ponen en discusión patrones de felicidad del capitalismo. Ponen en discusión angustias del presente. Y, sobre todo, ponen en discusión la hostilidad aplanadora de los diagnósticos de depresión.
Se cuestiona la proposición del aburrimiento que dice “no me pasa nada”. Se proponen juntadas, entre suavidades cercanas, para pasar la nada.
En estos escritos se recuerda una línea que estremece: “Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé”, con la que comienza El extranjero de Camus (1942). Se reconoce en Meursault, el personaje de la novela, uno de los nombres propios del hastío europeo de posguerra. Su indiferencia, su indolencia y sus rutinas anestesiadas componen una insensibilidad tediosa. Una apatía sólo alterada por el calor, el abatimiento del sueño o la descarga sexual.
En estas incursiones se pone a la vista que, a veces, alcanza con captar un momento para exponer lo que tanto nos cuesta pensar. Se lee este relato: “Cuando mi hijo Pablo era un nene de 4 o 5 años, me enseñó todo lo que pude aprender en mi vida sobre el deseo. Él estaba aburrido y yo estaba aburrido de su aburrimiento. Entonces caminamos juntos hasta un quiosco que estaba a pocos metros, en la esquina de nuestra casa de Almagro. Allí nos paramos y Pablito, frente a la góndola, repleta de golosinas, serio, concentrado, casi solemne, se interrogó en voz alta. Dijo: ‘¿A ver qué quiero querer…?’”.
Una y otra vez, en estas constancias se vuelve a Spinoza. Se encuentra ahí -como diría Goyo Kaminsky- una referencia para pensar una política de las pasiones.
Se distingue entre aburrimiento y depresión a partir del deseo de perseverar en la vida. Se recomienda practicar la cautela para no caer en tentaciones de mercado que empaquetan el aburrimiento como síntoma.
En este dossier se subraya que aburrimientos recorren la línea angosta que separa desánimos solitarios de apatías políticas y letargos sociales. Se localiza, en la canción De nada sirve de Moris (1970), una protesta decepcionada que expresa una larga letanía enojada y tediosa. Se lee: “De nada sirve / Escaparse de uno mismo / ¿De qué le sirven las heladeras / Y lavarropas, televisores / Y coches nuevos y relaciones / Y amistades y posiciones? / Si están podridos y aburridos / De este mundo que está podrido / No, de nada sirve / No, de nada sirve”.
En algunas de las colaboraciones se atiende el vértigo de los jadeos digitales: una continuidad repleta que cancela la pausa. Se aboga por la lentitud y la morosidad de las caricias y las palabras.
Se relatan intervenciones de Yihad Contra la Cultura Digital.
El aburrimiento entre dos, entre tres, entre más, como formas de un común resistir.
Se derrama la mirada sobre los suicidios como analizador. La crudeza desesperada de la última soberanía del desapego.
Vivimos tiempos en los que un dato vale más que la hoja inconcebible de un bosque olvidado.
Esta compilación puede leerse como manifiesto contra el hastío. Denuncia del desgano como indisposición utópica.
Se lee esta afirmación que hace temblar: “Este presente, el nuestro, fue el sueño distópico de otros”.
Insiste el deseo de transformar el aburrimiento en potencia emancipadora.
Se advierte que, en el momento fallido en que la inteligencia artificial alucina, acontece la fatiga de los algoritmos. El cansancio del smartphone. La emergencia contenida del hastío de los días y los ánimos rotos.
Se proponen juntadas para pausar. Flotaciones para dar un tiempo en el que conversar sobre lo que estamos escuchando, leyendo, cliqueando.
Se piensa la conversación como antídoto contra el hastío.
Y, ¿si la conversación aburre? Habrá que comenzar otra, o hacerla en otro lado, o convocar otras complicidades.
En esta reunión de perspectivas diferentes se visualiza el aburrimiento como nervio del movimiento punk. Un fastidio que más allá de las crestas y escupidas, ofreció (contra los dictados del mercado) una agarradera para detener una vertiginosa caída en el sinsentido. Un contorneo que intentó “la magia de hacer nacer algo de la nada: una náusea paridora de posibilidades”.
En estos trances se lee que en cualquier momento podría desencadenarse una guerra mundial. ¿Cómo aburrirse, entonces? Se dice que lo peor que nos puede pasar reside en que “el espanto no espante”.
La vida no nos necesita. Si no podemos dar alguna belleza; al menos, tratemos de no dañarla.
En esta revuelta se subraya que en el anagrama de la palabra destino, bulle el vocablo sentido.
Mientras el destino forma parte de la narrativa de la fatalidad, el sentido reemprende, cada vez, el camino de lo venidero. Se podría decir que hastíos cumplen un destino porque no confían en un sentido por venir.
Esta iniciativa se hace acompañar por un texto de referencia: Del tedio, un malestar en la estructura, publicado en 1985. Un escrito que entrevé el hastío como analizador social, a la vez que toma distancia de la automática muletilla de la alienación. Un texto que ancla en las intervenciones de Lacan sobre la Divina Comedia para leer tensiones entre tedio y deseo. Lacan sugiere que Dante “rodea la nada” con sus cantos. Los ojos de Beatriz insinúan la eternidad como tedio sin fin.
En este revoltijo se incluye el guion del episodio sobre las playas de Balnearios, la película de Mariano Llinás (2002), que describe la ciudad marítima como escenario de simulación de felicidad o dicha de quienes no tienen nada que hacer. El veraneo como tiempo de reparación o puesta al día de sensualidades aplazadas. La quimera veraneante como tedio que se llama descanso, desenchufe, cambio de aire, contacto con la naturaleza, vida sana, darse un gusto. El pueblo de playa como vertedero de hastíos.
Para concluir, se invita a leer este dossier. Los textos que siguen pueden gustar o no, pero: ¡Por favor, no te aburras!




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