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La increencia / Diego Tatián

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 5 días
  • 9 Min. de lectura

D O S S I E R H A S T Í O S



“No tengo ganas de hacer nada. No tengo ganas de montar a caballo; el movimiento es demasiado potente; no tengo ganas de caminar; es demasiado cansado; no tengo ganas de acostarme, porque o tendría que quedarme tumbado, y no tengo ganas, o tendría que levantarme, y tampoco tengo ganas. Summa Summarum: No tengo ganas de hacer nada”

(Soren Kierkegaard, O lo uno o lo otro).


Durante siglos atribuida al Bosco, la Mesa de los pecados capitales (1485 circa) es una extraña pieza que según inventarios del siglo XVI al parecer estuvo colgada (no colocada como mesa) en la alcoba de Felipe II en El escorial. Una antigua leyenda transmite que habría sido lo último en lo que el monarca detuvo su mirada antes de morir. Para decepción del Museo del Prado donde actualmente se exhibe -y cuyas autoridades siguen considerando a la tabla en cuestión una obra auténtica del maestro de ‘s-Hertogenbosch-, en 2016 un grupo de expertos sostuvo que, al igual que Las tentaciones de San Antonio y La extracción de la piedra de la locura, la Mesa de los pecados debe ser atribuida a algún seguidor anónimo del maestro flamenco, o a lo sumo pudo haber salido de su taller, pero no es hechura de su propia mano.


Como se sabe, se trata de una tabla pintada al óleo en la que vemos un círculo con los siete pecados capitales en cuyo centro está Dios, y en cuyos ángulos las cuatro Postrimerías (la muerte, el juicio final, el infierno y la gloria). Representados por situaciones de la vida cotidiana, cada uno de los pecados es indicado por la palabra que lo nombra. En uno de ellos se lee “Accidia”, que suele traducirse por acidia o acedia (también por pereza). Se trata de una transliteración del término griego ακηδία, que existe ya en Homero para nombrar la situación de un muerto dejado sin sepultura, aunque -como veremos- la fuente principal de su actual significado se remonta a los Padres egipcios y sirios del desierto de los siglos III y IV.


En la imagen bosquiana de la acedia puede verse un hombre -quizá se trata de un religioso- dormitando plácidamente en un sillón junto a un perro que hace lo propio a sus pies, ambos acogidos por el fuego de la chimenea. A un costado, un libro -quizá un libro de oraciones- ha sido abandonado por haberse preferido el sueño, interrumpido por una mujer (según los estudiosos de esta obra representa la Fe), quien le lleva un libro y le extiende lo que parece ser un rosario para instarlo a retomar el estudio y la oración [1]



Más complejo es la representación de la acedia -aquí llamada “desidia”- en la serie de grabados al aguafuerte con los siete pecados capitales (1556-1558) realizada por Pieter Brueghel el Viejo algunas décadas más tarde, seguramente bajo inspiración del Bosco. Aquí se trata de una comunidad sumida en la inoperancia y el torpor. El simbolismo es complejo, en particular el de los animales y los seres fantásticos que acompañan la indolencia de las figuras humanas; de dificultoso desciframiento, es posible presumir en la imagen abarrotada del viejo Brueghel una superposición de evocaciones, desde el carpe diem horaciano hasta la acedia medieval y el elogio renacentista de la vida activa.



Poco a poco, la acedia se pierde o -como se constata en este último caso- se fusiona en otros males bajo otros nombres, pero en el medioevo su amenaza fue muy temida. La proveniencia más arcaica son los escritos de Evagrio Póntico (345-399), quien previno a los anacoretas del desierto que la lejanía y la soledad expone al peligro de ser capturado por el demonio de la acedia. Su amenaza era bien conocida también en los monasterios cenobíticos de la Tebaida, donde la vida se consagraba a la oración y el trabajo manual. San Jerónimo y Juan Casiano serán quienes introducen el concepto en el mundo cristiano occidental, donde es pensado como una negación de la Creatio y hasta como un odio de Dios. En la Suma teológica, Santo Tomás anota: “tristeza del mundo: cae sobre el monje en la hora sexta, pues es la hora del mediodía, cuando el sol aprieta con más fuerza, cuando al monje le resulta difícil seguir rezando. Por eso, los que ayunan hasta el mediodía, cuando comienzan a sentirse faltos de alimentos y afectados por el calor del sol, son atacados más vivamente por la acedia”. Pensada como obra de un demonio, o directamente como un demonio, a diferencia de los demonios nocturnos la acedia de “mortal sutileza” sumía a los monjes en el descreimiento durante la hora de la siesta (la hora sexta), sin que pudieran resistírsele.


Pereza, tristeza, angustia, desidia, descuido, negligencia, indiferencia, abandono de sí, aburrimiento (el ennui baudelaireano es sin dudas una de sus derivas modernas), letargo, melancolía, quebranto, tedio (tedium vitae), desazón, languidez, descreimiento, abatimiento, apatía, desasosiego, indolencia, incapacidad para hacer nada… Acedia es vida pasiva, impotencia, falta de deseo, inexistencia ya de curiosidad (aunque la curiositas haya sido mencionada como uno de sus efectos por los Padres), desinterés por la maravilla de la creación, extinción del conatus.


En el ensayo que abre Stanze [2], Giorgio Agamben alude a una transformación conceptual de la acedia por la que acaba comprendiéndose como “pereza” (y su representación como torpor y somnolentia), alejándola de su significación más originaria que más bien sugería una angustia y una desesperación. En efecto, más que de una vagancia se trata en sus comienzos de una experiencia radical: el alejamiento del bien espiritual sin poder evitarlo, pero no la desaparición de su deseo, que se confronta así a una imposibilidad. No exactamente una caída en el a-teísmo, sino algo peor: una caída en el abismo de la vida sin Dios cuya existencia sin embargo no se niega; una perdición involuntaria de sí, producida por un demonio.


Querer creer y no poder. Ya no. Un vaciamiento. El “demonio meridiano” es el contrario exacto del “dios adentro” (en theós) del enthousiasmós (ἐνθουσιασμός): ningún dios habita de aquí en más en el cuerpo ni en el alma. Comprendida esta desgracia según la manera en que los medievales estaban en el mundo, algo semejante solo puede ser la obra de un demonio. Los demonios no son sino fuerzas que intervienen la vida humana, a las que simplemente se les pone una imagen. Pero esa poética no es una mera superstición, como solemos creer quienes hablamos de otro modo -de un modo menos poético, precisamente. No por hacerlo, los temores, las ansiedades, las angustias, la fantasmagoría triste o la servidumbre afectiva son menores. ¿Es la incredulidad un efecto de la apatía o es la apatía un efecto de la incredulidad? Quizá deberíamos nombrar la condición posrevolucionaria y posdemocrática en la que hemos entrado con la palabra que usó Heine para nombrar su proximidad a Spinoza, y que luego evocó Freud en El porvenir de una ilusión: Unglaubensgenossen, es decir, un compañero en el descreimiento. Entonces: compañeros en el descreimiento (en la increencia), a condición de extender este vocablo hacia fuera del ámbito estrictamente teológico (donde lo inscribían Heine y Freud). ¿Es posible vivir sin creer ya absolutamente en nada? ¿Cómo sería -es- esa vida?


Se dirá que si bien cada día que pasa se desvanece un poco más la confianza en la acción humana para construir un mundo menos injusto y menos violento (es decir se desvanece el humanismo de cuño kantiano prolongado en la filosofía de la historia que hace de ella un escenario de la reconciliación de los seres humanos merced a su solo trabajo político y de pensamiento), las religiones -particularmente el Islam- se expanden en proporción directa al descreimiento occidental en la política y la historia. Se dirá pues que el descreimiento indolente no es necesariamente una realidad en las comunidades originarias de América Latina, ni en el Tibet, ni en China. Que se trata de una deriva cultural específica y localizada, incluso de clase, cuya universalización es solo un abuso etnocéntrico, otro más. Ya no la imposición del entusiasmo racionalista de los últimos cinco siglos, sino la de su agotamiento infecundo y su derrota.


Esa prudencia al hablar de la evidente desidia cultural y política que afecta al proyecto político de la Ilustración, al igual que la restricción crítica de su alcance, es importante no perderlas nunca de vista. Pero no suprime el fenómeno de una mutación de los afectos sociales en buena parte de la humanidad que ha experimentado en su propio tiempo de vida una extinción de la creencia en algo, al igual que sucedía con la acedia de los monjes que optaban por el desierto o por la vida monástica. ¿Puede la desidia, el vaciamiento de cualquier entusiasmo, la indolencia, lo que desde Nietzsche y Turguéniev se llama “nihilismo”, ser convertido en abono de algo que no sabemos? ¿Algo desconocido o imposible de prever podrá retoñar de esa condición cuya argucia es la de hacer creer que es terminal?


La representación de los vicios y las virtudes del Giotto en la Capella Scrovegni de Padua antecede al motivo de los pecados capitales tratado por los pintores flamencos del Quattrocento y del Cinquecento, aunque la acedia no se encuentre entre sus figuras. La que sí está representada allí es una imagen misteriosa, que alude a un motivo quizá contiguo: la inconstancia. En ella, una figura femenina en situación de inestabilidad parece trastabillar y estar a punto de caer. Aún no ha caído; intenta recuperar el equilibrio perdido pero la suerte parece estar echada.



En 1583 el filósofo neoestoico Justo Lipsio escribió un libro que fue muy leído en los siglos XVI y XVII, de título precioso: Sobre la constancia en tiempos de calamidad pública (De Constantia in publicis malis, más simplemente conocido como el De constantia). Allí se enseña a afrontar las adversidades sociales y políticas, y a resistirlas sin no obstante sucumbir, por inútiles, a lamentos, quejas ni denostaciones de ninguna especie. Pero la virtud que en su serie el Giotto opone a la Inconstantia es la fortaleza. El mundo tardomoderno abandonará la cuestión de las virtudes para sustituirla por la de los afectos. Abandonará la ética por la política. Quizá los actuales tiempos de calamidad pública revelan para la vida una nueva relevancia de las viejas virtudes desechadas al desván del idealismo o de la ideología por las perspectivas predominantemente sociales de los asuntos humanos. Constancia, fortaleza, mansedumbre, valentía, agudeza, prudencia, sentido de justicia, cultivo de la atención, esperanza crítica, tranquilidad de espíritu, abonan de manera paradójica una reconstrucción de la vida activa (bajo la premisa de que nunca no hay nada por hacer y siempre hay mucho por hacer). Y acaso sean capaces de irrigar un realismo que traccione en un sentido diferente y contrario respecto del que impone como inexorable en el ánimo público y privado la nueva acedia sociocultural (desesperación paradójica que conjuga sin contradicción anhedonia y divertissement en su acepción pascaliana), y -para emplear una palabra pessoana- el desasosiego político que afecta buena parte del mundo [3]

Inquirir la materialidad afectiva de nuestra condición cultural no equivale a un regocijo cínico con su fragilidad, con su pérdida de vitalidad, de imaginación y de deseo, ni a un regodeo con su apatía impotente. Antes bien, es tomar nota de posibilidades de vida. Es prestar atención a la apertura imprevista de nuevos cursos de acción. Es sostener una esperanza en el pasado que alienta a entablar un diálogo con antiguas sabidurías en desuso, al tiempo que mantiene abierto un no saber acerca del porvenir para impedir la consolidación de una clausura que quiere mostrarse inexorable. Un no saber deliberado y lúcido que pone en abismo el estado de las cosas presentes, cuyo arcano es la ilusión de perpetuidad, el concomitante avance de la desidia pública -de la indiferencia, de la acedia, de la indolencia- y el abandono de tareas en lo que concierne a sostener el mundo y abrir el tiempo para que algo -no sabemos qué- suceda.




[1] En La visión de Tondal -otra importante obra del mundo bosquiano cuya autoría es igualmente imprecisa- la acedia es representada por una mujer acostada en su cama, junto a la cual pueden verse un mono y un ratón. En la iconología medieval, la acedia suele estar asimismo asociada con animales que denotan lentitud como el asno, el buey, el caracol o la tortuga.

[2] Giorgio Agamben, “Il demone meridiano”, en Stanze. La parola e il fantasma nella cultura occidentale, Einaudi, Torino, 1977, pp. 5-14.

[3] En el comienzo de su libro -que es posible leer como un manifiesto de la acedia contemporánea- escribía Pessoa: “Así las cosas, no sabiendo creer en Dios y no pudiendo creer en una suma de animales, me encontré, como otros hombres, en esa distancia de todo que solemos llamar Decadencia… Y así, ajenos a la solemnidad de los mundos, indiferentes a lo divino y despreciadores de lo humano, nos entregamos con futilidad a las sensaciones…” (Fernando Pessoa, Libro del desasosiego, edición y traducción de Manuel Moya, Alianza, Madrid, 2016, pp. 29-30).


Jheronimus Bosch, Mesa de los pecados capitales Circa 1500 Óleo sobre madera de chopo 119,5 cm × 139,8 cm
Jheronimus Bosch, Mesa de los pecados capitales Circa 1500 Óleo sobre madera de chopo 119,5 cm × 139,8 cm


Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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