• Revista Adynata

Adynata Enero / VPS

Entre tantas cosas sin estatuto, entre tantos estados civiles fantásticos, recoge lentamente su propia identidad, como si en los pliegues de las palabras durmiera,

junto a las quimeras nunca muertas del todo, la memoria absoluta.

Michel Foucault


La matrix erige la exaltación del anuncio de un nuevo año ¿nueva vida?. Anuncia un regalo del tiempo -tú eres le regaladx para el cumpleaños del reloj, susurran las amadas escrituras cronopias-.


Darse al leer, al escribir, quizás, las tablas de surf para pasar estos momentos, quizás un modo de estar en la vida para hacerla vivible.


Escribir y leer como privilegios de darse al tiempo, ¿tal vez modos de existir en una matrix en la que se multiplican las formas de cooptación de aquellas estrategias, ya probadas, para resistir(se)?.


Quizás haga falta renovar las ya sabidas relaciones con el silencio, con una “ecología de los sonidos” como escribe María Mora, para encontrar en el silencio -tal vez, para volver a encontrar en el silencio- “una pausa que obliga a afinar la capacidad de escucha”.

Quizás se trate, como nos dice pausadamente Juanele, de saber que “las cosas están allí silenciosas y uno va hacia ellas también silenciosamente.”


Tejer, destejer y volver a tejer relaciones entre escucha, silencio, poesía y vida.


Dice en la entrevista Juanele “una poesía es tanto más poesía cuanto más silencio ha evocado.”

¿Cómo entramarse allí ante los aullidos del hambre y la pobreza, ante los artificios artificiales de los brillitos decorativos de las fiestas? ¿Cómo hacer lugar a la pereza, la improductividad, el ocio como conjugaciones del resistir cuando la desocupación y la desesperación crecen a pasos agigantados en un mundo que pretende espejarse en cejudos análisis teñidos de los colonizantes colores de género, raza, clase e ideología que fulguran, vía Netflix y otras plataformas, ya sea mirando, ya sea sin mirar hacia arriba?

Los incendios de la casa de gobierno y la comisaría de Rawson, no serán televisados. Los desalojos bonaerenses y los incendios de los bosques patagónicos, los montes nativos y la selva misionera, tampoco. Mucho menos el Mar Argentino empetrolado.

“¿Era la furia y la indignación por los muertos inmediatos mezclándose con la alegría y la exaltación adrenalínica de los cuerpos palpitando en la acción?” se pregunta hoy Eduardo Gruner, a veinte años de una revuelta. Y martilla “la intensidad de la reapropiación aumenta, curiosamente, cuando ese ejercicio, ese ensayo de libertad, se hace junto a otros.”

“Tal vez furias de una común ternura puedan contrarrestar maltratos de esta época aciaga del mundo” leemos en estas Sesiones en el naufragio.

Mientras tanto, leer y escribir teniendo en cuenta que, como nos comparte María Zambrano, “todo libro ha de tener algo de bomba, de acontecimiento que al suceder amenaza y pone en evidencia, aunque sólo sea con su temblor, a la falsedad.”.

Escribir sin más, como en La isla, donde “inventaron un lenguaje que muestra cómo es el mundo, pero que no permite nombrarlo”.

Tal vez encontrar e inventar otras maneras de estar en el mundo “con la entrega de las piedras” y “para recordar la potencia de lo quieto, de la pausa, de lo lento, de la detención, y de la înacción.” como escribe Vir Cano.

Animarse a elogiar la pereza hasta encontrar que en ella “hay demasiada belleza como para convertirla en la prebenda de los clientelismos” sabiendo que “la culpabilidad degrada y pervierte a la pereza, prohíbe su estado de gracia, la despoja de su inteligencia” y que “a ella se llega por una natural inclinación a buscar el placer y evitar su contrario. Una simpleza que la edad adulta se empeña en complicar.”.


Escribir y leer como privilegios.

Ya en 1933 Severino alerta que “no se puede pedir a un cuerpo cansado y consumido que se dedique al estudio, que sienta el encanto del arte (...) ni menos que tenga ojos para admirar las infinitas bellezas de la naturaleza. Un cuerpo exhausto, extenuado por el trabajo, agotado por el hambre y la tisis no apetece más que dormir y morir. Es una torpe ironía, una befa sangrienta, el afirmar que un hombre, después de ocho o más horas de un trabajo manual, tenga todavía en sí fuerzas para divertirse, para gozar en una forma elevada, espiritual. Sólo posee, después de la abrumadora tarea, la pasividad de embrutecerse, porque para esto no necesita más que dejarse caer, arrastrar.”


Aquellas viejas tecnologías de gobierno que encuentran hoy nuevas ciber herramientas de múltiples entradas por múltiples pantallas, no logran agotar la insistencia ni la incitación a ir más lejos, como dice Foucault en ocasión de la publicación de El Anti Edipo. Volver a lanzar hoy aquellas preguntas presentadas allí: “¿Cómo se introduce el deseo en el pensamiento, en el discurso, en la acción? ¿Cómo el deseo puede y debe desplegar sus fuerzas en la esfera de la política e intensificarse en el proceso del derrumbe del orden establecido?”.


En este incipiente 2022, desde latinoamérica, ya no se trata sólo de aquellos enemigos mencionados en Introducción a una vida no fascista.

¿Cuántos más sumar a los ascetas políticos, los militantes tristes, los terroristas de la teoría, los burócratas de la revolución, los funcionarios de la Verdad, los lamentables técnicos del deseo, el fascismo? “Y no solamente el fascismo histórico de Hitler y Mussolini –que supo movilizar y utilizar muy bien el deseo de las masas- sino también el fascismo que reside en cada uno de nosotros, que invade nuestros espíritus y nuestras conductas cotidianas, el fascismo que nos hace amar el poder, y desear a quienes nos dominan y explotan”.


Quizás se trate de, en un plano, encontrar e inventar estrategias para perseverar en aquella chance mencionada por Deleuze en el curso sobre Foucault “La subjetivación”:

“plegar la línea del afuera (…) para encontrar un instante de reposo, para arrancarla de la muerte. El único medio de arrancar la línea del afuera de la muerte a la que nos arrastra, es plegarla y vivir en los pliegues.”

En otro plano, estar templadxs por si nos espera un nuevo momento en el que, como relata Gruner, “una multitud de cuerpos asfixiados, entre la mayoría de los cuales no había existido antes relación alguna, salieron simultáneamente a la calle a romper ventanas.”


V. Nicolás Koralsky (2020) sin título.

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