• Revista Adynata

Alterar las aulas / Verónica Scardamaglia

En el dispositivo pedagógico laten diversos planes de exterminio de lo que difiere, activados desde la repetición de acciones micropolíticas que toman como blanco el uso de cuerpos, espacios y tiempos.

Pensar las aulas implica reconocer guiones que nos esperan, reforzados disciplinariamente en dictaduras, reactualizados con el maquillaje del marketing. Otros, los disfraces actuales para políticas represivas, ya materializadas desde las llamadas sociedades disciplinarias, construidas por estos sures con la sangre que poblaba el falso desierto arrasado por Roca y Falcón.

Aulas diagramadas por políticas educativas estatales con formas institucionales que, a pesar de las reformas, permanecen en manejarse con restricciones y exclusiones, en otros tiempos garantes de la llamada “lucha contra la subversión” enarbolada en consonancia con la doctrina de la seguridad nacional, ahora perpetuada en aquella búsqueda de moldear normalidades de clase, raza y género buscando “clasemediatizar” vidas empobrecidas y vulneradas.

Estrategias pedagógicas que siguen apuntando a dios, patria, familia, moral y buenas costumbres enfatizando meritocracia, obediencia, subordinación, silencio y miedo aleccionador. Y aún con las mejores intenciones que viajan en las izquierdas, ellas también adoctrinan con moldeamientos y repeticiones.

Aulas inoculadas también por la sociedad del espectáculo.

Las de la facultad, en tanto espacios que garantizan la perpetuidad de fórmulas ya dichas como slogans con aspiraciones de novedad. Que aseguran la gestión de producción, en serie y a medida, de psicólogxs profesionalistas, flexibles para adaptarse al mercado en el que vender y comprar terapias, talleres y seminarios; curas, alivios y sanaciones.

“Sumisión y Admiración habitan las aulas. Una, copia nerviosamente en su cuaderno palabra a palabra lo que escucha y, como suspirando, suspende sus pensamientos y repite. Admiración, en cambio, cuerpo exaltado, que sale a la caza de algún comentario-autógrafo desde donde busca mostrarse, lucirse y aparecer. Sumisión y Admiración como nombres para posiciones intercambiables para algunas existencias colonizadas por el monopolio de la apariencia (Debord, 1967) que perdura sostenido por una audiencia estable que le asegura su condición. Si la vida entra al aula, lo hace como caso clínico, como ejemplo o noticia ilustrada”[i].

Las aulas de las escuelas medias (creadas en Argentina para las elites ilustradas) se llenan de interpretaciones adultocéntricas que no saben de trabajar con interferencias y desvíos, que -mientras están allí - se olvidan de jugar y reír. Se ven compelidas a seguir lo planeado para asegurarse llegar a donde está planificado, sin detenerse a preguntar(se) sobre necesidades y placeres, sobre dolores y cansancios. Para ello, despejan (y tantas veces desmerecen) todo lo que se interponga a su paso.

Si risas y murmullos acontecen, verán allí faltas de respeto y desinterés. Si preguntas acontecen, se tratará de distracciones inoportunas y desechables. Todo aquello que intente desviar el plan trazado conspirará contra sus principios, contra su autoridad y contra ese poder concentrado.

También lo adultocéntrico se plasma desde acciones-inacciones que no saben, no ven, no escuchan y dejan hacer, dejan pasar.

También existen excepciones que escapan a estas formas pero que no logran destartalar las estrategias de moldeamiento amenazante. ¿Cuántas voces autorizadas para el saber se vieron tentadas de acallar para moldear voces no autorizadas? ¿Cuántas veces resistencias a esas voces inventaron miradas y posturas para simular obediencias? ¿Cuántas veces el armado de condiciones de posibilidad para que acontezcan transmisiones se vieron anidadas / embichadas por desconfianzas, órdenes, miedos y amenazas?

Desde la función docente muchas veces se ejerce el terrorismo pedagógico tanto con el uso del miedo y la amenaza como con la imposición de saberes y prevenciones centradas en castigos, enfermedades y horrores. ¿Cuántas veces escuchaste en algún pasillo de alguna escuela “se puso la gorra” / “sacate la gorra” cómo exhortación hacia algún adulto que cree / quiere hacerse respetar? Pareciera que algo se confunde entre las fuerzas de la educación y la policial.

¿Cómo no dejarse vampirizar por esas formas que nos están esperando para poseernos?

¿Cómo no dejarse cooptar por esas formas?

Quizás algo se habilite interrogando ¿cuántas aulas caben en un aula? ¿cuántas composiciones? ¿cuántos estados puede un aula?. Tal vez podamos producir otros cursos en ese curso. Intentar, con mucho cuidado y con ternura, otros usos de cuerpos, espacios y tiempos. Y hacer entrar al aula otras formas, otros objetos (libros, por ejemplo). Hacer otro lugar para lo rechazado (series, raps, celulares). Mudar el aula y rediseñarla, con decisiones cuidadosas y estratégicas, acerca del sentido de esas acciones que nos interesen.

Sabemos que estamos moldeados por esas formas, sabemos que no existe la posibilidad de abstraerse del todo, de no pisar ese suelo que nos parió. Aún así, tal vez podamos probar con retomar flujos que ya se iniciaron. Intentar algo de la afirmación por garantizar, al menos en esa cuadrícula espaciotemporal –tantas veces potente, azarosa y misteriosa- algunas condiciones para que se instauren formas de convivencia anticapitalistas guiadas por confianza y amabilidad, para que algo del saber acontezca allí.

Aprendiendo de los principios zapatistas, quizás podamos inventarnos algunos, en tanto intentos u orientaciones posibles que nos lleven a transmitir, no domesticar. Discutir, no aplastar. Cuidar, no reprimir. Educar, no acallar ni someter ni sojuzgar ni basurear. Preguntar, no interpretar. Surfear lo múltiple y lo simultáneo que recorren y se materializan en las aulas. Escuchar y no hablar y hablar y hablar. Y estar alerta, además, paraferaseándola, a la advertencia que nos ofrece Doris Lessing: existimos como una amalgama de prejuicios en curso. [ii]

Alterar las aulas porque quizás, un aula también implique aquella de la que necesitamos escapar. Aquella de la que necesitamos liberarnos. Aquella que necesitamos inventar cada vez.

[i] Scardamaglia, Verónica: Las aulas en la sociedad del espectáculo (2010), trabajo presentado en el IX Congreso Internacional de Salud Mental y Derechos Humanos, mesa “Clínicas: lógicas colectivas, devenires, resistencias” Universidad Madres de Plaza de Mayo. [ii] Lessing, Doris (1962) El cuaderno dorado: "Idealmente, lo que debería decirse y repetirse a todo niño a través de su vida estudiantil es algo así: Estás siendo indoctrinados. Todavía no hemos encontrado un sistema educativo que no sea de indoctrinación. Lo sentimos mucho, pero es lo mejor que podemos hacer. Lo que aquí se les está enseñando es una amalgama de los prejuicios en curso y las selecciones de esta cultura en particular. La más ligera ojeada a la historia les hará ver lo transitorio que pueden ser. Les educan personas que han sido capaces de habituarse a un régimen de pensamiento ya formulado por sus predecesores. Se trata de un sistema de autoperpetuación. A aquellos de ustedes que sean más fuertes e individualistas que los otros, los animaremos para que se vayan y encuentren medios de educación por sí mismos, educando su propio juicio. Los que se queden deben recordar, siempre y constantemente, que están siendo modelados y ajustados para encajar en las necesidades particulares y estrechas de esta sociedad concreta. "

Banksy (2016) imagen de mural que regaló a una escuela en Bristol.

Regalo en agradecimiento por bautizar uno de los pabellones con su nombre. Dicen que le dejó una notita al director que decía "recuerda que es más fácil pedir perdón que pedir permiso".

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