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Caligrafía nómade XXXVI / Patricia Mercado

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 6 horas
  • 2 min de lectura

La gorda buscó el local de las toallas, ese de las ofertas, sin poder encontrarlo.

Sus días se dirimían entre menudencias variadas para que el reloj corriera hacia adelante y pusiera en fila progresiva la insípida semana.

Ella fingía esmero en esas bagatelas. Empero, el tiempo se empantanaba como si en alguna parte se hubiera tapado un caño.

 

Se fastidió de buscar el local, de no hallarlo en realidad. Decidió dar por terminada la faena y volver a su casa. Era mediodía.

Media cuadra después de emprender el regreso, pasó delante de la parrilla del barrio y el aroma a grasa crujiente se clavó en su nariz. La portentosa promesa aceleró el ritmo de algún órgano cercano a su corazón.

 

Entró y pidió un choripán en el mostrador. Pensó comerlo a puertas cerradas, cuando llegara a su casa. Una leve agitación la sacudía, pero controló la voz que se escuchó aplomada, sabía de sobra que el suculento sanguche estaba a una distancia astronómica de los buenos propósitos que se juramentó frente a los oscuros dígitos del aparato de medir la presión, apenas dos días atrás.

 

Esperó en un rincón del localcito mugriento ocultando la impaciencia. Se hizo la indiferente con cada músculo de su cara. Le parecía elegante.

Un rato después el chorizo salía de la parrilla incrustado en la punta del tenedor, reluciente como el pecado.

 

El empleado de remera gastada armó el sanguche y lo puso en la bolsa de plástico con respeto sacerdotal frente al sencillo manjar.

La gorda pagó con un billete grande, lustroso, y cierto aire de superioridad. Recibió el vuelto con displicencia y salió a la calle ansiosa por dar el primer bocado. Aferraba la bolsita con la mano del anillo violeta mientras aceleraba el paso.

 

Así iba por las mismas veredas por las que había venido cuando se cruzó, delante suyo, un hombre joven con la capucha del buzo subida, en la espalda llevaba una mochila de color incierto y el cierre destrozado, como un caracol extraviado. Enseguida supo por su olor y su aspecto, que era alguien que dormía en la calle.

Se sintió superior. Vieja, sin ropa de salir ni peluquería, se sintió infinitamente superior a ese tipo que llevaba una bolsa en su mano izquierda, igual que ella que venía detrás.

Casi sin darse cuenta, la gorda acomodó el paso para seguirlo, con el súbito regocijo de quien encuentra a alguien a quien despreciar.

Su magra jubilación, su departamentito con manchas de humedad en la pared del comedor desde hacía años, resplandecían como una moneda lustrosa en la vereda. El andrajoso le recordaba que ella pertenecía a la parte decente del barrio.

 

Así iba, casi feliz, detrás de él cuando, frente a los enormes tachos grises cruzaron a dos chicas con un bebé revolviendo la basura.

El tipo miró a las mujeres y les ofreció la bolsa estirando la mano, ahí tienen algo dijo.

Ella alcanzó a distinguir esas palabras. Fue rápido, fugaz, casi sin detener la marcha. Las chicas se alegraron, le agradecieron.

El tipo siguió caminando y empezó a silbar.

La gorda aminoró el paso y miró la punta de sus zapatos como si buscara algo. Lo dejó alejarse.

Aferraba con su mano derecha la bolsa del sanguche que se empezó a enfriar.


Cy Twombly Twombly 1963
Cy Twombly Twombly 1963

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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