• Revista Adynata

Cuando el terror se apodera de los cuerpos / Fernando Ceballos

El sistema capitalista vivifica la fiebre del miedo. Al sistema sólo le importa el miedo, no le importa la belleza, el hacer bien las cosas o el placer en lo que se hace. No. Al sistema le importa que seamos productivos, que produzcamos técnicas, procedimientos, protocolos contables a través de un sistema informático que no mide el miedo, sino las producciones que de él se desprenden. Entonces el sistema sigue así su implacable desgaste subjetivo cooptando energías, ideas, luchas, esperanzas.


Pero el miedo a veces posibilita cosas, acciones, moviliza. La angustia se hace presente allí generando muchas veces inconformes que buscan una salida anticapitalista, a decir de Percia[1]. ¿Pero qué pasa con esos otros cuerpos inmóviles, empantanados, agobiados, ateridos, entregados, estampillados en una lógica qué los abusa, los deprime, los entristece, los ultraja? Ya no hay más angustia, el dolor psíquico causado por la violencia se apodera de esas almas. Es allí donde aparece el terror. Otro instrumento aleccionador por excelencia del sistema. Terror entendido como eso que se incrusta en los cuerpos disciplinándolos en sus gestos y movimientos, docilizándolos en sus palabras y sus silencios, mansificándolos en sus reacciones y sus acciones, paralizándolos en sus deseos y sus potencias, normalizándolos en sus saberes y obligaciones. La encerrona trágica[2] de la cual habla Ulloa.


El terror atraviesa esos cuerpos de tal manera que, si bien parece que junta transformándose en el hilo conductor de toda relación, el individualismo se apersona en esas relaciones unipersonales alejando las posibilidades de solidaridad, confianza, libertad, colectivo. No hay diálogo. Sólo monólogos que ordenan. Y así se estructura en la micropolítica del trabajo cotidiano una arquitectura de la desconfianza, del recelo, de la paranoia, del desánimo. No hay otro. El otro es sospechoso.


El terror se instala decididamente allí, en el corazón, en el alma misma de los lazos institucionales, generando individuos individuales e individualistas que van creando una competitividad desmedida, desalmada, degradante. Competencia que avasalla derechos y termina cumpliendo la función que deberían cumplir otros. El panóptico está presente. No hay nadie, nadie ve a nadie. ¡Pero cuidado parece que siempre alguien vigila!


El terror forma cuerpos apolíticos, les chupa toda la capacidad de resistencia y los vomita mansos y tranquilos. Nada es igual después de haber pasado por ese mecanismo silenciador y disciplinador. No, nada es igual. El cuerpo se entrega apaciblemente a esa lógica mortífera que lo robotiza, lo aliena. Lo hace usable, previsible, lo hace triste, sombrío, apagado. El terror camina por los rincones institucionales, por los pasillos, por las salas, por la dirección, por todos lados, y se regodea impune ante la mirada atónita de sus rehenes.


Un cuerpo aterrorizado es un cuerpo abusado y tomo palabras de Rita Segato, “Hablaría de lo que podría llamar violación alegórica, en la cual no se produce un contacto que pueda calificarse de sexual pero hay una intención de abuso y manipulación indeseada del otro (…) en la que un acto de manipulación forzada del cuerpo del otro desencadena un sentimiento de terror y humillación idéntico al causado en una violación cruenta”[3].


Así plantado institucionalmente el terror, comienza a ser funcional a un sistema que lo necesita como el agua. Y como tenemos terror, seguimos produciendo en soledad en donde deberían estar dos o tres o más. Pero no importa, el terror no me permite el reclamo, tampoco la queja y menos la propuesta. Al terror sólo le interesa atrapar subjetividades pasivas y domesticarlas a su antojo prestas a producir.


Para aquellos que osan vencer al terror, el sistema tiene preparado una batería de normas, obligaciones morales y prohibidos que fijan al disidente en el precipicio de la infracción. Así, el sistema estigmatiza al que no tiene terror y lo encierra en el más hondo derrotero de injurias, injusticias, denuncias, difamaciones, notificaciones, acusaciones, calumnias.


El terror anuda aquellas lenguas desatadas silenciando otros modos de estar institucionalmente. Silenciamiento que enmudece pasiones y congela irreverencias. Silenciamiento que produce afonía y aletarga revueltas en los discursos. Silenciamiento que produce siempre las mismas palabras que se apalabran entre ellas generando un discurso que se oye así mismo perpetuamente.


Y cuando decididamente el terror habita cada baldosa de las instituciones, aparece de repente subrepticiamente el fueguito de las insurgencias agazapadas en la dignidad y en el otro como otro, y se preparan para devolverle la alegría compartida, la vida, la transgresión, la valentía, el contentamiento a esos cuerpos ateridos. Y ahí, en ese preciso momento la posibilidad colectiva del acontecimiento emancipatorio empieza a gestarse.


____________________________________________________ [1] Percia, Marcelo. Inconformidad. Arte, política y psicoanálisis. – 1ª ed. – Lanús : Ediciones La Cebra, 2011. Pag. 209. [2] Encerrona trágica: Según Ulloa en la tortura, paradigma de la encerrona trágica, se organiza una situación de dos lugares, sin tercero de apelación. Es toda situación en donde alguien, para vivir, trabajar, recuperar la salud, etc., depende de algo o de alguien que lo maltrata, sin tomar en cuenta su situación de invalidez. La encerrona trágica es el factor etiopatogénico para un abordaje de la psicopatología social. Es un concepto extraído de su quehacer en el campo de los Derechos Humanos, principalmente referido a la tortura como situación límite, pues constituye uno de los pasos de la represión integral que organizaron en la región y en otras partes del mundo siniestras formas del Terrorismo de Estado. La encerrona se estructura en dos lugares: dominado y dominador. No hay tercero mediador a quien apelar, alguien que represente una ley que garantice la prevalencia del trato justo sobre el imperio de la brutalidad del más fuerte. En la encerrona trágica prevalece el “dolor psíquico”, un sufrimiento que se diferencia de la angustia por su infinitización, la desesperanza de que cambie la situación de dos lugares.http://www.elpsicoanalitico.com.ar/num10/autores-ulloa-chairo-sicardi-ulloa-revisitado-segunda-parte.php

[3] Segato, Rita Laura. Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. – 2ª ed. – Buenos Aires : Prometeo Libros, 2010. Pag. 40


Guillaume Chiron. Patrón de costura # 00, collage, 23 x 48 cm, 2018

158 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo