El péndulo de la locura / Fernando Stivala
- Revista Adynata

- 4 may
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Siguiendo con la propuesta de Spinoza —encarada en el dossier de Adynata que salió en marzo sobre hastío, aburrimiento y depresión— de pensarnos como si fuéramos líneas, superficies, o cuerpos, escribo lo que sigue.
En ese texto decía que Spinoza propone pensar las pasiones, los actos y los deseos humanos al estilo geométrico. También definía la esencia no como algo estático, menos como algo ideal, sino como movimientos y ritmos. Cercanías y distancias, velocidades y lentitudes.
Decía que si tengo que pensar en términos de cantidades me insiste el exceso, lo que Percia llamó demasías.
Imaginemos un péndulo y en sus extremos cantidades. En un polo lo sólido, en el otro líquido; las cantidades expresan cualidades. Una cantidad solidificada expresa hielo, una cantidad líquida expresa agua. Pasemos por esta imagen de pensamiento a las pasiones: una cantidad excesiva expresa una pasión incontrolable, ¿una cantidad moderada expresa algo?
Hagamos un esfuerzo más. Pensemos el tema de las locuras y las normalidades en ese sentido. Quizás la locura sea la expresión de una cantidad exacerbada. Una cosa será si explosiona, otra si implosiona. Y quizás la normalidad sea el recurso de una cultura para moderar el paquete pasional de lo que estamos hecho.
En un extremo del péndulo tenemos lo conservado, lo moderado, lo controlado. Y en el otro lo excesivo, lo demasiado, lo alocado.
En ese texto, “La diversión del conatus”, también decía que quizás a las sutilezas diferenciales se las pueda acompañar mejor en términos de cantidades y no tanto en términos de un lenguaje que, de tan codificado y coagulado, saltea muy rápido los movimientos de los cuerpos, y cree que sabe solo por nombrar de memoria y en automático. Quizás algo de esto tenga que ver con el problema de la Inteligencia Artificial y el gran Algoritmo global. Y quizás algo de esto tenga que ver con las revoluciones que necesitamos en estos tiempos.
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Ahora imaginemos un tinglado. También nos podemos servir de otras imágenes para pensar mejor lo que nos excede.
Guattari en 1980 dice para mí, solo tendría sentido este seminario si funciona. Es decir, precisamente, si las diferentes ideas teóricas que voy a proponer aquí sirven efectivamente a la gente.
La importancia de ofrecernos imágenes de pensamiento con más sutilezas diferenciales. No como compartimentos del código al estilo manuales de diagnósticos infinitos ni como un gran recetario estático que lo único que hace es sumar estadística y nombres cadavéricos. Un tinglado.
El tinglado de lo demasiado se llama normalidades dice Percia en el libro Sensibilidades en tiempos de hablas del capital (2020). La demasiada vida siempre en exceso. Por momentos necesitamos algo que nos cubra pero cuidado. La historia nos mostró que el exceso de miedo a lo que sobrepasa levanta muros, manicomios, represiones, controles, castigos.
Por eso necesitamos repensar las reclusiones y no solo en las instituciones. Sigue Percia Se comienza a entrever que las ciudades se configuran como encierros a cielo abierto. No sabemos qué hacer con lo que nos excede y lo reprimimos, lo anulamos, lo negamos, lo insensibilizamos, lo anestesiamos. Eso en cantidades altas se vuelve crueldad y la crueldad como el máximo de insensibilización.
El problema que se nos impone es cómo habitar lo mucho. Cómo alojarlo sin congelarlo, pero a la vez sin que nos lleve puestos. Entre la normalidad conservadora que enferma porque envenena implosionando y la locura desgarradora que enferma explotando.
Ahí veo fundamental el papel del arte. La invención, cada vez, de lenguajes heterogéneos que den lugar también a la locura que somos, a la demasiada cantidad pasional de la que estamos hechos. Crearse una singularidad, en un individuo o en un colectivo, da igual. El problema siempre es político.
Y clínico. ´¿Qué orientación terapéutica tenes?´ ¿Una clínica para normalizar la locura, o para alojarla? Son dos caminos completamente distintos.
Como decía Deleuze en 1988: amar a alguien es amar su locura.
Son fuentes de encanto. Un gesto. Lo difícil de entender es que las personas no tienen encanto sino gracias a su locura (…)
Es el lado en el que pierden un poco los estribos, es el lado en el que ya no saben muy bien dónde están. Eso no quiere decir que se desplomen, pero si no aferras la pequeña raíz o el pequeño grano de la locura de alguien, no puedes quererle (…)
Somos todos un poco dementes. Si no aferras el pequeño punto de demencia de alguien no puedes amarle (…)
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Volvamos al péndulo. En un extremo la locura hiper controlada y reprimida da normalidades que enferman de tanto conservar. Percia: Nunca más manicomios, supone nunca más represión de las rarezas, las anomalías, las discrepancias, las disidencias, las demasías.
En el otro extremo del péndulo está la locura suelta a cielo abierto que puede desplomarnos.
Habrá que evaluar. Quizás haya momentos transformadores y revolucionarios a nivel individual o colectivo donde se necesite acelerar esas cantidades, quizás haya momentos donde se las tenga que enlentecer. De una u otra manera nos toca inventar lenguajes para darles curso.
Que las internaciones prolongadas en manicomios se tienen que terminar se sabe desde mediados del siglo veinte pero no se sabe qué hacer con lo excesivo fuera del paraguas de los encierros. Este sigue siendo el asunto.
Percia (2026) No se sabe cómo vivir entre vecinos cuando irrumpen sentimientos desbordados. No se sabe compartir los días cuando estallan emociones violentes.
No se sabe cómo suavizar impulsos heridos en curtidas pieles de dolor.
Hasta ahora los fármacos solo consiguen, por momentos, dosificar, adormecer, enlentecer la demasiada vida.
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Otra entrada para pensar lo mismo es el tema de los impredecibles. Lo que está en el núcleo de lo vivo aunque se lo quiera congelar con títulos, diagnósticos, resoluciones. Uno de los problemas y enojos con la política, dice Eduardo Rinesi en una entrevista de este año, pero también con el resto de las disciplinas, es que no piensan bien el conflicto y suponen ingenuamente que puede ser resuelto.
El Hamlet de Shakespeare (1603) ¡Ser o no ser: esa es la cuestión! ¿Qué es más digno para el espíritu, sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna, o tomar armas contra un océano de calamidades y, haciéndoles frente, acabarlas?
La Ética de Spinoza (1677) En la naturaleza no se da ninguna cosa singular sin que se dé otra más potente y más fuerte. Dada una cosa cualquiera, se da otra más potente por la que aquella puede ser destruida.
Hay algo que se escapa. Lo que no quiere saber ninguna disciplina, ni la política, ni la ciencia, ni la salud mental remiten a una racionalidad perdida.
Otra en Hamlet el tiempo está fuera de quicio.
Sigue Eduardo Rinesi en esa entrevista (2026) Siempre el presente está un poco fuera de quicio.
El tiempo es una locura. El presente nunca es lineal. El tiempo siempre es un conjunto de tensiones y el resultado de fuerzas en pugna que nos tironean para atrás y para adelante. Entre espectros del pasado y del futuro. Qué nos hicieron, y qué mundo queremos dejar.
Percia (2020) Entre civilizaciones sin manicomios y vidas después de los manicomios todavía habitamos tiempos intermedios. Gramsci (1929-1935) escribe en sus cuadernos de la cárcel: “La crisis consiste en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer: en este interregno, aparecen diferentes síntomas de enfermedad”. Momentos de interregno suspenden eficacias de los poderes, entonces se abren oportunidades para desaprender modos de vivir establecidos. Manicomios no terminan de desaparecer y otras formas de estar en común entre demasías liberadas apenas comienzan a vislumbrarse.
Pero el mundo siempre estuvo loco. Nos toca alojarlo, intentar comprenderlo, y no negarlo. Es una tarea difícil de asumir. La idea de que somos defensores de una racionalidad de la verdad, de la política, de la información, frente a un grupo de desquiciados, nos deja en un lugar de aparente superioridad cognitiva que no es tal. No nos ubica en mejores condiciones para entender cómo funciona la sociedad, la comunicación, la afectividad, el capitalismo.
El presente siempre está estallado.
El mundo se nos presenta así: trastornado, payasesco, sin sentido, ridículo, patas para arriba, al revés, pero no nos asustemos con lo impredecible. La forma asustadiza que se nos presenta hoy para negarlo son las matemáticas predictivas que ofrece el algoritmo y la estadística. Es algo muy grave porque nos condena a pensar de cierta manera. Predecir un orden es lo contrario a un pensamiento que busque en lo impredecible las singularidades necesarias para abrir salidas donde no las hay. Necesitamos un pensamiento que no esté humillado por la capacidad de prever. Estamos todo el tiempo viendo lo que se dice sobre las encuestas, sobre la economía, sobre la guerra. Si no hay lugar para lo impredecible la dinámica democrática pierde su valor, su función vital.
Como decía León Rozitchner en el 2001 cuando un pueblo no lucha, la filosofía no piensa.
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Fíjense que casi ni hablamos de diagnóstico de esquizofrenia ni nada por el estilo. La locura es el corazón de lo vivo. Lo impredecible es lo que late aunque no se vea. Uno entiende que queramos tener las cosas previstas pero la vida no pasa así. Lo real no pasa así.
Les propongo un ejercicio: anoten hoy a la noche todo tal cual lo que quisieran hacer mañana, con el detalle máximo de previsión. Vivan el día, pásenlo, y al final del día de mañana contrasten con lo anotado. Estoy seguro de que ni al más calculador le va a dar igual. Entiendo que nos guste tener eso a mano. Las neurosis que quieren hacer todo lo que piensan.
Pero la vida es dinámica de lo impredecible. Pensemos en un deporte, en un juego, en un trabajo, en un amor. En las pasiones.
Los infortunios del azar. El verdadero pensamiento es el que más cosas incluye: las previstas, y las no previstas. Sino no es pensamiento, es cálculo o estadística. La gran memoria puede calcular y prever pero la vida toda también incluye el azar. Entonces calculemos, pero no olvidemos lo incalculable.
Considero que se sufre mucho de control no logrado.
Vuelvo a la clínica: ¿Una clínica para normalizar la locura, o para alojarla? Principalmente estoy pensando en esto. El problema de lo coacheado o lo conductual o lo neurocientífico. No está mal buscar cosas concretas para mejorar, está muy bien que también ejercitemos la herramienta de lo impredecible. Y ahí vuelvo al llamado tercer género de conocimiento en Spinoza: conozco tanto la singularidad de algo, por haberlo ejercitado mucho, que puedo habitar sus impredecibles. Como decía Nietzsche, a lo espontáneo es a lo último que se llega.
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Otra entrada es el sinsentido o el absurdo. El lado b negado de la cultura que retorna sintomáticamente. La demasiada vida retorna en modo exceso sintomático si se niega el sinsentido que siempre es mucho y por eso caótico. Afuera del tinglado la multiplicidad caótica. El sinsentido ordenado por la cultura: ley del incesto, instituciones, códigos. Por eso Nietzsche habla de ficciones útiles, sentidos útiles. Que es distinto a creerse el gran sentido, la moral. El inconsciente también es el lado b o el sinsentido. Querer ponerle sentido al inconsciente es un gran error, salvo que sea situacional, estratégico, conveniente para la potencia. Sabiendo que de fondo no hay sentido y por ende ese traje tiene que ser creativo, no simbólico.
La locura es el sinsentido negado por la cultura que todos tenemos de base. Que se vuelve chivo expiatorio en modo enfermedad, síntoma, expulsión, encierro. Es lo que no nos bancamos de nosotros mismos proyectado en el afuera.
Se trata entonces de crear formas de transitar el sin sentido, no de crear formas de negarlo. Un nihilismo que intenta afirmar la vida. Completamente distinto al nihilismo habitual que se apaga y deprime por su descreimiento. Habitar lo excesivo para crear creencias inventando sentidos. Y eso podría ser el arte.
Diego Sztulwark en su último libro El temblor de las ideas (2025), también mencionado en el escrito anterior, tiene un capítulo que se llama “El absurdo y lo absolutamente real”. Cuenta Diego que en 1957, Martínez Estrada dió una clase de literatura en Moscú. A 7 años de la publicación de Kafka en rusia, a 4 años de la muerte de Stalin. La conversación duró 2 horas y trató sobre realismo y literatura. Los estudiantes se mostraban preocupados por una literatura que se ocupase de la vida real, de los problemas concretos de la gente y del pueblo.
Algo que una y otra vez sigue siendo muy actual. Lo que le pedimos al arte. Que transforme la realidad. ¿Puede? ¿Es su tarea? ¿Cómo? ¿El arte tiene que ser político? ¿El arte por el arte? ¿Arte terapia: una especie de entretenimiento para los pacientes sin cuestionar el orden social, económico, y moral? (Recuerdo estas discusiones hace algunos años en el Frente de artistas del borda, un movimiento político y transformador de los estigmas en torno a la locura a través del arte).
Cuenta Diego que Martínez Estrada en un momento les propuso un giro a los estudiantes de literatura. No se trata de oponer imaginación versus realismo sino de explorar modos de concebir la realidad. Así como la radiografía capta una profundidad mayor en la realidad que la fotografía, hay en la literatura procedimientos radiográficos que redundan en un realismo superior. Es el caso de Kafka. Martínez Estrada les dice que leyendo sus novelas percibió que la manera de tratar la realidad como algo declaradamente absurdo estaba más cerca de la realidad de lo que habían estado nunca otros autores supuestamente realistas.
Sigue Diego (y ya no se sabe si es Diego o Martínez Estrada) Kafka es el descubrimiento de la radiografía: < La realidad es infinitamente más complicada, y hasta diré más incomprensible>. En Kafka hay algo más verídico y más patético que en los cronistas que se apegan a la imagen aparente del presente. Un fondo dramático que no es posible captar con el <ropaje de la realidad>. A continuación le ofreció a los jóvenes un resumen de El proceso (…) Tras la exposición, los estudiantes preguntan si no es precisamente esa base histórica y real lo que da fuerza a la novela, a lo que el argentino responde que sí, pero que lo <absolutamente real, lo absolutamente racional, es lo absurdo>. El proceso presta atención a algo que, pareciendo irreal, es la verdad profunda de la realidad. Lo absurdo en Kafka constituye el corazón mismo de lo real. Actúa como un drama subyacente a toda representación lógica pretendidamente realista
Termina Diego lo absurdo es lo <absolutamente real>, lo dramático mismo situado más allá de todo realismo. Aquello que busca despejar el realismo convencional, o bien encubrir lo real en favor de una comunicación humana que haga la vida más vivible. En Kafka la ficción está al servicio de un realismo superior, que permite a Martínez Estrada un desvío en cuanto a la concepción misma de lo humano como un ser fantástico y no como un animal económico. Todo el libro En torno a Kafka está formado por textos escritos en momentos bien diferenciados de su vida, busca captar esa superioridad que permite describir un mundo que no es lógico, sino dramático en cual el cuerpo humano aparece participando dentro de un plano más amplo y ahuecado, ocupado por misteriosas energías que determinan la conducta y la biografía de quienes allí habitan.
Kafkiano sería entonces el conocimiento intuitivo (a lo Bergson o a lo Lao Tsé) del mundo, en que el acceso a los cuerpos humanos depende del despertar de los sueños que nos transportan desde hace <millones de años>. Desde la <sin razón de sus comienzos>. Se trata de sueños y delirios que están <fuera> de la mente del <paciente>. De un drama pre lógico. (…) Si una deuda dice haber contraído Martínez Estrada con Kafka es, pues, la de haber aprendido de él el movimiento que lleva a concebir el mundo menos como un teorema y más como un laberinto.
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Y por último ofrezco otra imagen para desapolillar el deseo de pensar.
Una red.
Una red puede ser un rizoma, lo que conecta todo con todo y prolifera por todas partes, que abre y crea. O también puede ser una telaraña, esa que nombraba el poeta Oliverio Girondo en 1932. Esa que nos teje diariamente la costumbre en las pupilas. Así el deseo se enmaraña, se neurotiza, se infantiliza, se apolilla, se apaga, se modera, se conserva. Por eso cuidado con las normalidades, ellas son las que enferman.
Como dice Macedonio Fernández en su libro No todo es vigilia la de los ojos abiertos (1928) Sin fantasía, es mucho el dolor.



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