El pueblo que volvió a respirar, donde yo respiro / Reyna Paz
- Revista Adynata

- 2 dic. 2025
- 2 Min. de lectura
Conocí aquel pueblo cuando el mundo recién empezaba a sacudirse la pesadez de la pandemia. Yo también caminaba con cierta prudencia, como si todavía midiera cada paso para no romper el silencio del después. Y tal vez por eso ese lugar me impactó tanto: un pueblo de apenas 16 manzanas y menos de 100 habitantes, tan pequeño que parecía más un paréntesis que un destino.
Ahí, el silencio tenía textura. No era vacío: estaba lleno de pájaros que cantaban sin vergüenza y del sonido suave y lejano de las vacas, como un recordatorio de que la vida seguía latiendo aunque el resto del mundo se hubiese detenido un rato. Ese concierto rural era casi un gesto de ternura, como si el pueblo te dijera: acá no hace falta apurarse.
Las calles, cortitas y tranquilas, parecían pensadas para caminar despacio. Algunas casas tenían paredes recién pintadas, como si sus dueños hubieran decidido devolverle color al tiempo. Otras seguían igual que siempre, sencillas y silenciosas. Y en cada ventana había una historia que uno podía imaginar sin demasiado esfuerzo.
La gente tenía esa mirada que solo existe en los lugares pequeños: una mezcla de curiosidad, reconocimiento y calma. La panadera me regaló una factura “para endulzar el día”; el señor de la plaza me contó que durante la pandemia cuidaba las plantas “para que no se sintieran solas”; y la dueña del almacén me dijo que el pueblo estaba aprendiendo a respirar de nuevo, igual que nosotros.
Caminé esas 16 manzanas como si fueran un mundo. Seguí un sendero que bordeaba un arroyo, y ahí sentí algo que hacía mucho no encontraba: tranquilidad sin culpa. El agua corría, los pájaros seguían su vida, y yo, por primera vez en mucho tiempo, estaba simplemente ahí. Presente. Sin ansiedad. Sin ruido.
Al volver al centro, unos chicos jugaban a la pelota. Durante la pandemia, esa escena nos habría parecido ciencia ficción. Ahora, sus gritos y risas eran la banda sonora de un tiempo que volvía a abrirse.
Desde entonces, vuelvo a ese pueblo cada vez que necesito desconectar del mundo adulto. A veces camino sin rumbo, a veces ando en bicicleta por los caminos de tierra, y siempre, siempre, me sorprendo con algo: un árbol que no había mirado bien, un caballo que aparece en la colina, un silencio nuevo, un aroma que me recuerda que la naturaleza nunca dejó de estar ahí, esperando.
Ese pequeño pueblo – sus 16 manzanas, sus habitantes contados y su calma feroz – se volvió un refugio. Un espacio donde vuelvo a respirar, a aflojar los hombros, a recordar que también existe una versión mía que no vive a las corridas.
Un lugar donde, de alguna manera, vuelvo a mí misma.




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