• Revista Adynata

Gladis Cáceres. Esbozo de una vida viva 4: Un viaje a la independencia/ Oriana Seccia

Estabilizada la salud de Mati, lidiando con la insistencia intermitente de Mario en volver, en 2013 Gladis retorna, una vez más, a Villa Berthet. Algo de ese pueblo no la deja nunca, ni ella a él. Ahí tiene una casa que construyeron junto a Mario con sus propias manos y ayuda de sus hermanos, en un lote que les dio la municipalidad.

De nuevo en Chaco, se renovó la búsqueda laboral y, muchas veces, para Gladis eso significó encontrarse un rebusque con lo que había a mano. Levantar la vista desde su casa en Villa Berthet implica visualizar, muy de cerca, el campo abierto. Y eso que sería un “paisaje natural” para una mirada urbana, contemplativa, es para ella posibilidades de producción. Sobre esas tierras cercanas y sin dueño aparente, armó nomás un pisadero para producir ladrillos. Así, sin conciencia del desafío a las normas de género, se puso a hacer ladrillería, cosa que había aprendido de todos sus hermanos, con su característica curiosidad por toda actividad circundante.

El terreno estaba así, ofrecido, donde comienza el monte, pero no inmediatamente apto para la tarea que Gladis había proyectado sobre sus bases. Tuvo que bajar varios árboles de tuca para poner en condiciones el terreno donde apilaría los adobes: “agarré el hacha, el machete, me puse gorra y camisa, y me fui, dale que dale. Porque si no, ¿dónde meto los adobes? No me entraban ni 500 en esa canchita”. Para trabajar junto a ella llamó a algunos de sus primos –a quienes les dejó la cancha, sujeta a devolución cuando ella volviera: “yo soy muy buena, pero tampoco para que se hagan los locos”. Y también contrató para el trabajo a su hijo Alber y a un indígena que vivía por Las Tolderías. Cuando yo conozca Villa Berthet, comprenderé que hay una zona donde históricamente quedaron relegados los pueblos originarios pero, dadas las dimensiones del pueblo, no se trata más que de unas cuadras de diferencia respecto de donde se encuentra disperso el “resto” de los pobladores. Esa contratación “atípica” le ganó a Gladis una serie de reproches de parte de todos los trabajadores no indígenas, y despertó una serie de advertencias en teoría hechas “por su bien”: que ese tipo era vago, que no le iba a cumplir en el trabajo, que la dejaría en banda. Cosas todas que nunca sucedieron.

El trabajo de la ladrillería supone un régimen de extendido trabajo físico hasta terminar la partida de ladrillos a producir. En la “cancha” se apilan los adobes antes de ser cocinados. Previo a eso, hay que trabajar la tierra en el pisadero donde, después de que ella tome una consistencia húmeda, le echan aserrín o bosta. Para llegar a ese punto, antes hubo que caminar la tierra en círculo, siguiendo al caballo en su arrastrar una especie de arado de metal. Cuando uno hace ladrillos, se trata de un trabajo de 12 horas, durante casi un mes, rogando que no llueva, o que llueva solo en las cosechas, pero no en esa tierra endeble, cuya forma el agua cambiaría, hasta volver los adobes barro, para volver a comenzar. Con esa tierra ya trabajada, se procederá a “cortar”, acción que consiste en poner el barro en su molde, donde tomarán la forma de ladrillos. Esta actividad es un clásico rebusque local, y gran parte de esa producción es comprada por la municipalidad.

En medio de esas jornadas de trabajo, Gladis también volvió a vivir la cotidianeidad de su pueblo, ese ir de un lado a otro caminando o en moto, ese saludar a todos por la calle, las siestas, las habladurías, la precariedad material: ante la falta de un sistema de cañerías, en verano largan el agua a las 4 de la mañana en unas zanjas para que uno vaya a juntar su agua de todo el día. También Gladis me cuenta que se iba para la bailanta a tres cuadras de su casa con Luis, su hermano mayor, que en ese momento estaba separado. Eso era los sábados, y ahí se quedaba hasta las 3, 4 de la mañana pero, sorprendentemente, sin tomar: “yo sé que tomo un vaso de cerveza y yo no soy yo”. Y al recordar, cuando hablamos de esos tiempos desde Buenos Aires, Gladis compara: “yo tuve más salidas en Chaco, Villa Berthet, que acá”, comparación que se hace mucho más estridente en sus términos si se toma en consideración que ella, en barrio Belgrano, vive al lado de un polideportivo donde se hacen bailes.

Siempre me interesó saber de la vida de Gladis más allá del trabajo, pero ella, muchas veces, responde con un “no hay que andar perdiendo tiempo; hay que trabajar y punto”, que me deja pensando: como si el disfrute por sí mismo fuera algo que ella no se puede permitir. Y claro que entiendo que efectivamente Gladis trabajó arduamente toda su vida, en el rebusque constante, ante la adversidad, y aun así sin poder conseguir una estabilidad duradera. Pero esa conquista de la adversidad, la disposición que creó en ella, no le permite permitirse la interrupción del trabajo, darle un lugar gozoso al no-hacer. Es como si abandonar esa disposición rígida, de esfuerzo y sacrificio, que es la que le posibilitó subsistir, se le apareciera como un riesgo, como un soltarse que la aflojaría, como un soltarse ante el que ella repetidamente dice no. Gladis sostiene una ética del trabajo muy fuerte, casi sacrificial, donde los placeres son pocos, y ella ni siquiera los considera importantes en su discurso: la mayoría de mis preguntas en este sentido son casi automáticamente remitidas por Gladis de nuevo al mundo del trabajo y de las obligaciones. Por ejemplo, una vez que le pregunté por las fiestas, y ella lo tomó para el lado de navidad y, concisa, sentenció: “como llegan las 12 de la noche, brindo, miro un poco de televisión y me fui a dormir”. Incluso el mundo de la amistad es representado en términos de unas pocas personas, y exclusivamente desde el lado de la fragilidad y la dependencia, no desde una lógica de la diversión: sus amigos son nombrados como “gente que estuvo cuando yo necesité”. En Buenos Aires, esos amigos son la kiosquera de su barrio y sus vecinos paraguayos. Ellos –y también acontecimientos que aún están por venir en este relato– serán los que, poco a poco, horaden parte de esa rigidez necesaria para sobrevivir que se supo forjar Gladis –rigidez violenta que para permitir vivir excluye una parte feliz de la vida–, comenzando por las cervecitas que ahora comparten por las noches.

Inconscientemente, quizá, algo de este viaje, lejos de su rol de madre, era parte de una búsqueda en ese sentido. Sin embargo, esa estadía se vio interrumpida por un acontecimiento grave. Un día, trabajando en el pisadero, la picó un bicho en la pierna. Fue entonces al hospital local que sus manos ayudaron a construir con el Alber, donde no le hicieron ningún estudio, pero sí un medicamento que terminó siendo ineficaz. Ante la hinchazón de la pierna, que no bajaba, pidió plata y fue a una clínica privada, donde le advirtieron que debía ir al Hospital general de Saénz Peña. Enfrentada a esta contrariedad, sintiéndose mal, Gladis volvió al hospital de Villa Berthet para hablar con la doctora que la había medicado mal, y exigió su derecho a una salud pública de calidad, solo para encontrarse con reticencias por parte de la médica:

—Yo no te voy a mandar a Sáenz Peña.

—Yo quiero que usted me atienda y quiero que usted me atienda bien porque usted fue la primera que me atendió a mí.

Por su tenacidad, Gladis consiguió que le den un antibiótico intravenoso, que finalmente surtió efecto. Pero debió quedar internada por 10 días, y Camila, una de sus sobrinas que por ese entonces tendría 9 años, la fue a cuidar durante su internación. Cuando salió, aún le pidieron que se quedase 15 días más en Villa Berthet, tras los cuales, asustada, Gladis volvió a Buenos Aires. Cuatro años después, cuando demos comienzo a las entrevistas, Gladis nos confesará que le daba miedo volver a Villa Berthet por ese episodio.


*Fragmentos del libro Gladis Cáceres. Esbozo de una vida viva (Tocoymevoy Ediciones, 2019)


HECTOR ZAMORA. NAS COXAS video instalación (2018)

11 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo