• Revista Adynata

Gladis Cáceres. Esbozo de una vida viva 5: “Política”, esa palabrita multívoca / Ori Seccia

Con Lucas estamos fascinados con Gladis. No estamos ni cerca de ningún parámetro de objetividad científica –más allá de las múltiples disputas que la rodean–. Sí sentimos una empatía profunda y una gran cercanía, más allá de que las vivencias que nos cuenta nos parecen más lejanas que cualquier desierto, en términos de nuestras propias historias de vida. Y decidimos, un día, traer nuestra conversación hacia el presente, con la muy poco inocente pregunta de qué es lo que entendía por política.

Gladis arranca nuestra reunión diciéndonos que ella no quiere saber nada de política, con un gesto displicente, de desconfianza. Al rato nosotros retomamos esa frase para preguntarle qué entendía por política o cuál era su relación con ella. E inmediatamente vuelve su gesto de desconfianza, de no querer saber nada. Y nos cuenta una anécdota: nos relata que a sus papás, cuando había que votar, los venían a buscar en camiones por la casa, y les hacían promesas, y después de la votación no aparecían más, ni tampoco cumplían nada de lo prometido. Eso era la política: que cada vez que había que votar los fueran a buscar para llevarlos hasta las urnas, promesas mediante, y después nada. Nos cuenta también que su mamá les creía, que ella le intentó explicar que la usaban, pero que no había caso. La otra asociación sobre política de esa época que nos refiere concierne al dueño del lugar donde se deslomaba su papá como estibador de algodón, que era un intendente radical. Gladis enfatiza cómo se rompía el lomo su viejo laburando y el otro, que tenía un montón de plata, no le pagaba nada. No dice explotación –no está en su vocabulario– pero lo sugiere con sus gestos que apuntan a una relación desigual hasta la injusticia. Y le hierve la sangre a través de la mirada, que achica, como cada vez que habla de algo que le da bronca e impotencia.

¿Y los partidos políticos? ¿No hay acaso diferencias entre ellos? Nos encontramos con una negativa más: ahora el intendente de Villa Berthet es peronista, y el próximo será su hermano… En medio de ese círculo de autolegitimación al que Gladis apunta, cual revolución de los astros, ella nos cuenta que el actual intendente está casi regalando la madera de Chaco, cortando como cabezas de coles algarrobos de 50 años: “cuando me enteré dije: ¡esto no puede ser, es un abuso! Y como que me largué a llorar”. Aunque sí señala una diferencia, no entre partidos, sino en los modos locales de ejercer el gobierno: allá los chanchullos se hacen a escondidas.

Fuera de todo lo que nos hubiera gustado escuchar, surgen, luchando con ese vacío inicial en torno al significante “política”, nuevas asociaciones: la política está vinculada a “esas cosas de que te llevan mercadería”. No será en este encuentro donde Gladis nos cuente con detalle que también ella fue manzanera. Sin embargo, al experimentar la entrega discrecional de mercadería –que ella interpretaba, por el contrario, como un derecho– rápidamente se deslindó del asunto, más allá de su necesidad personal de ese ingreso.

No obstante, sus ejemplos sobre el mundo de la política no terminan ahí, y pasa a Buenos Aires, más cerca del presente, en la época del 2001, para sintetizar: “a mí nadie me dio nada”. Recuerda una de las tantas veces que el Mati estaba enfermo, y ella le tenía que conseguir un medicamento carísimo. De ningún modo podía pagarlo, era absolutamente necesario para la salud de su hijo, y fue a pedírselo al intendente, porque en el hospital no lo tenían. Hizo una fila que no la llevó a ningún lugar más que a reforzar un cierto malestar donde, agazapadas, aparecen una idea de justicia (incumplida) y una exigencia de representación (frustrada) que quedan en el tintero, como un sobreentendido que no despliega.

La solución al problema de Mati, empero, no vino por ese canal, sino por las hablas difusas de sus conocidos: alguien le comentó que en el Trueque de Libertad había una farmacia. Sabiendo que allí podría acceder al medicamento fue a comprar “una banda de fiambre y pan”, e hizo 100 panes grandes de sánguches, y se fue a venderlos al trueque. Con esa plata, le consiguió el remedio a Mati. Ni el intendente la ayudó, ni la salud pública. De hecho, en la farmacia del trueque tenían la pastilla que pertenecía al hospital. Esta información la dice en cantito, como marcando la posta: del hos-pi-tal. Gladis nos deja entender el entongue extraño ahí presente, pero sigue, como también siguió en esa ocasión, no sin haber tenido un conflicto de conciencia respecto de cómo llegó a aparecer esa pastilla con el loguito del hospital ahí, valorizándose en otro circuito que el de la salud pública. Pero qué iba a hacer, ¿quedarse sin el medicamento?

Y así, de un modo impensado, aterrizamos en la época del 2001 y en las diversas estrategias que Gladis fue desplegando para seguir adelante en aquellos tiempos de penuria económica. Nos cuenta que en su momento, enterada por una conocida, empezó a ir al Mercado Central para conseguir la comida más barata. Sin embargo, para que no la tomasen por una desinformada e intentaran sacarle ventajita, resolvió ir a hacer las compras vestida de hombre: circulaba así por los pasillos del Central con ropas anchas, en búsqueda de cajones de verdura baratos. Un día la descubrieron, y quisieron hacerle precio a cambio de –lo insinúa sin decirlo– algún favor sexual. A Gladis ese intercambio más barato vía levante no le gusta nada: “no, no, no, a mí mi mamá no me enseñó eso”. Nos reímos con ella e, insoportable, insisto con el tema de la política, preguntándole si acaso ella podría pensar alguna relación entre política y justicia, formulando la pregunta por la vía propositiva: “¿cómo se te ocurre a vos que las cosas podrían ser más justas?”. Gladis me corta en seco, hablando del gobierno de Macri:

—¡Este presidente! … Ése quiere llegar a lo de antes.

—¿Qué es lo de antes?

—¡A lo de antes! Que no tengamos luz eléctrica, que tengamos mechero… Es más, ¡lo estoy por empezar a hacer yo!

“Este presidente a mí no me gusta para nada”. Sus declaraciones enfáticas vienen argumentadas por la falta de conocimiento de la realidad que Gladis le atribuye; de hecho, por el conocimiento mediado que él tendría de la realidad a través de lo que los ministros le cuentan: “¡tiene que ir a ver a los pueblos!”. Gladis no repara en la complejidad organizativa-burocrática del Estado Nación, pero sí nos da a entender, una vez más, cómo desde el poder político estatal se vulnera su modo latente de comprender lo justo. Y lo hace, nuevamente, trayendo su experiencia a la luz: se acuerda de la inundación de 1985. Allá entonces, en Chaco, el gobernador mandó colchones que, en algún desvío, pasaron a convertirse en mercadería de reventa. Tiempo después, una comitiva de empleados estatales de Resistencia va a Villa Berthet a preguntar qué habían recibido como ayuda por la inundación. Cuando le preguntan a su mamá, ella cuenta que no recibió nada, solo para encontrarse con la sorpresa de los empleados estatales: “Pero, ¡¿cómo?! Si acá figura su firma”. Claro, no había ninguna posibilidad de que esa firma fuera de la mamá. Gladis nos explica: su mamá firma con el dedo. Y al interior de su lógica, habiendo probado su punto, vuelve al presente: el presidente se tiene que “poner los pantalones”, y no dejarse endulzar los oídos por sus funcionarios como –reitera– efectivamente sucede con este presidente. Fulminante, nos sintetiza su percepción sobre el gobierno de Macri: “Le está robando a los pobres para darle a los ricos. ¿Viste como Robin Hood? Pero al revés”.

Hasta aquí, claro, ¿por qué habría Gladis de ver en la política algo más que el curro organizado? Usaban a sus padres, y cada vez que ella tuvo una necesidad, las soluciones vinieron más de su inventiva personal que de las instancias estatales. Sin embargo, sus palabras sobre el presente político nos permiten volver al pasado inmediato y, de este modo, retomar la pregunta por su percepción sobre posibles diferencias entre los partidos políticos. Y esta vez, con una comparación temporal cercana, aquello que antes parecía ser indiferente, se expone como distinto: con “Cristina” ella comía mejor. Desde un “nosotros, los diabéticos”, nos cuenta que “yo tenía para comprarme un buen churrasco, una pechuga, algo sin grasa” y que, por el contrario, ahora tiene que comprar un pollo entero y diseccionarlo: “¡es otra cosa!”. En sus palabras, esa diferencia entre Macri y Cristina se dice así: “ella se preocupó”. Nos habla de construcción de escuelas, de la Asignación Universal por Hijo, del hospital que las Madres de Plaza de Mayo llegaron a construir en Villa Berthet con su ayuda como obrera… Y la comparación, en el mismo hilo de su discurso, retorna: “y este presidente no hace nada. Y lo que hace, lo está haciendo para las amistades de él, y los pobres, ¡que sigan siendo pobres!”

Gladis, que según ella no sabe nada de política, nos deja anonadados. Y al describir su percepción del presente político del país trae a colación, como ejemplo de la confusión de prioridades que se están manejando, el hecho de que se esté discutiendo que chicos de 14 años vayan a la cárcel: “¡estamos todos locos!”


*Fragmentos del libro Gladis Cáceres. Esbozo de una vida viva (Tocoymevoy Ediciones, 2019)

REINALDO PRADO Sin título Misión Chaqueña, 2016, acrílico sobre aglomerado, 45 × 34,5 cm, colección del autor.

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