• Revista Adynata

La culpa se parece mucho a la propiedad privada / Juliana Colángelo

Un relato que puede singularizarse en términos de sí mismx, da cuenta de una “correlación, dentro de una cultura, entre campos de saber, tipos de normatividad y formas de subjetividad” (Foucault, 1984: 10). Lo que nos permite analizar modos de subjetivación que se entraman allí, donde unx dice Yo. Por ejemplo, en ciertas prácticas y discursos actuales llamados “terapéuticos” donde lo privado, muchas veces, deviene propio, deviene culpa. Históricamente y mediante el montaje de una serie de dispositivos (religiosos, médicos, psi terapéuticos y/o confesionales) lxs sujetxs se han visto llevadxs a prestarse atención, a buscar el origen-causa de su sufrimiento, la verdad de su ser como realidad experiencial donde pueda pensarse y reconocerse. Lo que Foucault denominó: técnicas de sí. En palabras del autor:

La constitución de sí como sujeto moral, en la que el individuo circunscribe la parte de sí mismo que constituye el objeto de esta práctica moral, define su posición en relación con el precepto que sigue, se fija un determinado modo de ser que valdrá como cumplimiento moral de sí mismo y para ello actúa sobre sí mismo, busca conocerse, se controla, se perfecciona, se transforma (1984: 34).

Ese montaje idealista y performático fija la norma, el “cómo se debe ser” interviniendo directamente en los modos en los que cada unx se relaciona consigo: aspirando ser la norma o declinándola, de un modo u otro sujetadx a la misma con su consecuente padecimiento. La sujeción o sumisión a una norma fija, trascendental y exterior deviene propia. Esta privatización al interior de unx mismx instala el germen parasitario del padecimiento en forma de culpa. “Han vuelto al Yo una causa del ser, determinando que las cosas debían ser de una manera, ¿Es de extrañar que luego de encontrarse en las cosas lo que antes habían puesto en ellas?” (Nietzsche, 1998: 75). La culpa ya instalada deviene causa propia de algo que nos merecemos, pues sino, no nos sucedería. En términos nietzscheanos, “lo que en realidad nos asquea no es el sufrimiento, sino la falta del sentimiento de sufrimiento” (Nietzsche, 1945:50). Y ya no importa si es dios el que contempla como testigo el sufrimiento de lxs mortales, el cura, le terapeuta o unx mismx. Todo un montaje perfecto y occidental de padecimientos, culpas, deudas y sacrificios. “¿¡Más os habéis interrogado a qué precio ha costado siempre en este mundo la edificación de todo ideal!?" (1945:74) interroga Nietzsche con su martillo. Pagamos el alto precio de la mala conciencia, esa culpa interiorizada que nos recuerda constantemente que algo no encaja, que no es suficiente, que es excesivo, que no.



El día que mi mamá me pidió perdón

"Fija su retrato en una pared y dice:

He aquí a una madre" 1


Los actuales modos de producción de soledades han empatizado fuertemente con el reciente boom de ciertas prácticas (alternativas y hegemónicas) llamadas “para el alma, psicologías positivas o del arte del buen vivir”, que proclaman intensamente ¡Vive!, ¡siente! ¡Ama! ¡Piensa en positivo! ¡Viaja! y que insisten en llamar al encierro en unx mismo, bien adentro, y si queda tiempo ahondar en vidas pasadas o aún más atrás, o arriba o abajo pero nunca acá, y mucho menos en las calles.

El imperativo es ahondar en unx mismx porque es allí donde se espera hallar cierta garantía de equilibrio espiritual que otorgue paz y bienestar. Y el problema, claro está, no son las prácticas que cada unx ejerza para sentirse mejor, sino la moral desde donde se ofrecen. Estos dispositivos de poder operan como máquinas de producción discursiva y modos de subjetivación que regulan, normativizan y producen cierto tipo de sujetxs: culposxs, aisladxs. Son prácticas performativas del deseo, lo invisten, regulan y normativizan. Parten de la premisa de que lxs sujetxs son dueñxs de sí mismxs, y por ende culpables de sus pesares y padeceres, aislándolxs de una realidad contextual actual que cala los huesos (y a veces fractura), más allá de que algunxs pretendan hablar de un “afuera” que nada tiene que ver con este “adentro”. La culpa se ha vuelto propia, se ha interiorizado, la mala conciencia “entonces vino al mundo la más grande y peligrosa de todas las enfermedades, el hombre enfermo de si” (Nietzsche, 1945: 65).


Dentro de estos discursos morales (psico – médicos – biodecodificantes – religiosos – espirituales – del alma) encontramos “el supuesto trauma de haber abortado”. Nuevamente por la línea del árbol genealógico o la de moda constelación familiar (que claro está, el único problema que tiene es ser –solo– familiar) donde unx hunde sus supuestas raíces (únicamente biológicas) donde hallar puntos traumáticos desde donde reconstruir SU historia (siempre propia) y sortear los riesgos de repetir, cuasi de manera lineal-heredada, Lo mismo. Como si lo familiar fuese la línea hereditaria genética, afectiva y sintomática por excelencia, sostienen que abortar, en algún momento de tu vida (actual o pasada), implica irremediablemente un daño profundo y espiritual que necesita ser trasmutado y regenerado. Ya no sólo por sí, sino también por el supuesto riesgo que implicaría a generaciones venideras. Es decir, ya no solo se carga con la propia culpa, sino que se expande inter-generacionalmente y a veces hacia “vidas pasadas”. Desde ya, que no estoy negando el padecimiento subjetivo que cada cuerpo pueda sentir, sino que estoy afirmando que el supuesto sobre el cual se monta este padecimiento no es “neutral ni individual” sino moral-social-patriarcal-religioso-clasista-etc. En tanto suponen de manera Universal, que cualquier cuerpo gestante que abortó alguna vez en su vida posee (necesariamente) un trauma en su historia, una huella imborrable, origen (de algunos) de sus males actuales.

Dichos supuestos marcan y producen subjetividades, anudan deseos y ofrecen culpas. Y sin duda los cuerpos sienten, padecen esa carga culposa y dolorosa que el patriarcado y los discursos religiosos (morales por excelencia) instalaron allí. Es decir, las representaciones ya estaban ahí, producidas de ante mano como origen causal de otra cosa y no hemos hecho más que jugar el juego de la búsqueda del tesoro en nosotrxs mismxs. “Queremos disponer de una razón que nos explique por qué nos encontramos de este o de aquel modo, por qué nos sentimos bien o mal” (Nietzsche, 1998:76). Nunca no saber. La interpretación causal y moral se instala como dispositivo de poder regulador y productor de modos de subjetivación que reinstalan la culpa. Ofreciendo la calma de saber de si, prestando sentidos verdaderos, allí donde la incertidumbre tiene mala prensa. Una verdad que tranquiliza y brinda la sensación de cierto poder sobre sí, ya que lo desconocido nos inquieta, intranquiliza y resulta peligroso. La causa es algo que ya conocemos (la hemos aprehendido muy bien), por lo tanto, su búsqueda estará sujeta a un modo habitual o conocido –podríamos decir heteropatriarcal– de responder. Entonces: culpa, ser una mala madre, poca o mucha mujer. La mala conciencia nos recuerda que no se cumplió con lo que se esperaba de unx, la sensación de saber que algo anda mal y necesita ser curado porque allí radica el origen de otra cosa, la llamada falta o falla estructural –que el capitalismo y el psicoanálisis entendieron muy bien– aquello que nunca se colma, por lo que vivirá “insatisfecha”.


El sistemasexo-génerico modelizador de cuerpos y deseos, instala la culpa,la falla como contingente de aquello que produce. La moral terapéutica como dispositivo tecnológico de poder (re)produce lo mismo: deseos anudados a una moral, productos llenos de culpa, cuerpos normales y generizados sujetxs a determinadas normas sociales, políticas, económicas, etc. Y la madre siempre tiene la culpa. Que quede claro, no se trata de culpar a quien se culpa sino de genealogizar sus producciones. Son éstas supuestas terapias (y aquí esta lo peligroso) las que en lugar de anular o contextualizar la pretendida culpa y angustia de quien padece “por haber abortado” como parte un sistema excesivamente familiarista patriarcal –capitalista hetero-cis-normativo (que sostiene la maternidad obligatoria, que reduce los cuerpos y los deseos a un útero y a una identidad) reafirman, sostienen y vuelven a colocar la culpa a "quien pertenece": al sujetx individual, responsable y culpable de haber (se/nos) “hecho” eso, reafirmando la culpa de no haber tenido a ese “hijx”, y por ende merecedorx de sufrimiento, angustia y castigo. Es “la psicología de la tendencia a imputar responsabilidades” (Nietzsche, 1998:79) atribuyen la culpa a un modo de ser por lo tanto merecedora de un castigo o sufrimiento que permita expiar las culpas o purificar su conciencia.

"Su terapia consiste en castrar, la moral consiste en matar las pasiones, regular los deseos, exterminarlos. La moral… es el mismo instinto de decadencia que hace de sí mismo un imperativo, y que ordena: ¡Perece! Es el juicio de quienes están condenados” (Nietzsche, 1998: 68)


El día que mi mamá me pidió perdón, perdón por haber matado a mis supuestxs hermanxs, y a quien encontré con un bebé de plástico (de esos que “usan las niñas” para jugar y aprender su rol en la vida), al que tenía que hacerle un ritual tipo duelo (como lo indicaron) para lavar y aliviar sus penas (culpas) y resolver el supuesto trauma que conllevaba haber abortado... ese día escupí este escrito. Como necesidad, ética y urgente de escuchas clínicas – terapéuticas anti-patriarcales y sin morales. En este sentido, Percia refiere que “la angustia puede ser señal de la inminencia del desastre existencial o llamado de lucidez, golpe derribador de fetiches” (2009: 9). La angustia, entonces, puede ser aquello que (aun habiendo sido traducida e individualizada como culpa) resiste a ser normada-capturada-interpretada por la moral-normal. Entonces, que la escucha clínica sea otra cosa, por favor. Aquello que habilite su potencia, su devenir, su expresión y no su reafirmación mortífera, silenciosa e individual.



Notas

1 La cita fue modificada, la original dice: “(…) He aquí a un Hombre” (Foucault, 1984: 68)

Bibliografía

· Foucault, M. Historia de la sexualidad II. El uso de los placeres, trad. M. Soler, Buenos Aires, Siglo XXI, 1996.

· Nietzsche, F., El ocaso de los ídolos. España, Edimat, 1998.

· Nietzsche, F., La génesis de la moral, Buenos Aires, Editorial Tor, 1945.

· Percia, Marcelo (2009). La angustia como afección anticapitalista.

· Preciado, P., “¿Qué es la contra-sexualidad?” en Manifiesto contrasexual, trad. J. Díaz y C. Meloni, Barcelona, Anagrama, 2002.


Manolo Millares Animal de Fondo 1963 135 x 265 cm Pintura y arpillera sobre arpillera

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