• Revista Adynata

La sonrisa de Lelé / Rocio Feltrez

Hace unos días me crucé con Lelé, un amigo trans. Creo que estábamos los dos un poco inquietos. Yo acababa de ver a Helga, mi psicóloga; recién salía de ese encuentro, conmovida, contente, aliviado. La cosa es que Lelé me tenía que devolver un micrófono, un cable, y otras giladas que le había prestado, así que nos encontramos en Gascón y Corrientes y nos hicimos las preguntas de rutina, de protocolo: qué onda, cómo estás, qué paja la pandemia, ¿están tocando?, y así.


Yo no la estoy pasando muy bien en estos días realmente. Le conté un poco en la que ando y él también. En un momento me saqué el barbijo y le mostré mi barba. ¡Faaaaaaa, qué linda!, dijo Lelé, y sonrió un montón. Ese gesto funcionó como contraseña, nos hizo entrar a otro mundo. Las palabras que se pronunciaban dejaron de caminar en puntitas de pie; desde ese momento cada una de ellas comenzó a arrojarse desde la punta de la lengua sin disimular los harapos que las envuelven, sin querer dejar por fuera esa común fragilidad que nos habita y habitamos. Fue un alivio.

Empezamos a hablar de lo que nos viene pasando. Le conté a Lelé que hace un tiempo decidí dejarme la barba. Me crece sola, no hago nada para que eso suceda, nada más que no cortarla. Le conté también que la última vez que la corté fue el veinte de Enero de este año, dos mil veintiuno, cuando llegué a Bariloche. Paré una noche en un hostel y me tocó compartir la habitación con cuatro varones cis heterosexuales, y no me animé a dejármela; estaba sole y no me sentía bien con esas presencias. Fui al baño y la hice desaparecer. Lo cierto es que no me sentía mal sin la barba tampoco, pero sí me sentía mal con ellos y esa masculinidad tan FIT y paki cerca.


Vuelvo a la sonrisa de Lelé que, esa tarde, fue un abrazo. Yo me tenía que ir pero no lograba hacerlo y él tampoco, entonces le dije que podía acompañarlo unas cuadritas así entre paso y paso podíamos seguir hablando un poquito más, porque, bueno, estábamos en una. Que la testo esto, que la operación lo otro, que los miedos, que las alegrías, y así. Llegamos a Parque Centenario y nos sentamos unos ratos al lado del agua. Le conté que uso pronombres femeninos, masculinos y neutros. Que por estos tiempos la idea de lo no binario me da mucha calma, que si tuviera que identificarme con algo, tal vez podría decirlo así: lesbiane transmasculine no binarie. Entonces ahí Lelé me contó que hace poco una trava le dijo que pensara lo del pronombre, que el pronombre es importante, que a veces se empieza por ahí. La cosa es que después de eso, Lelé se miró al espejo y dijo: soy él. Y para él fue un alivio. A mí me dejó pensando mucho. Porque a él tampoco le molesta que algunas personas que están cerca a veces lo traten en femenino, no es que necesariamente en el pronombre radique todo. Pero bueno, algo le pasó con esa decisión frente al espejo. Algo lindo. En esto, lo que puedo decir es que es muy poco (tal vez nada) lo que es necesariamente tal o cual cosa o de tal o cual manera. No tengo muchas certezas, pero voy a tratar de decir cosas que siento que , que sí quiero, celebro, abrazo, y me parecen importantes compartir.


Lo primero: la sonrisa de Lelé. Ese abrazo. Tan importante como las palabras de les que están cerca y celebran los devenires, y, más aún, todes les que invitan –a veces sin proponérselo– a devenires que tal vez en el presente que se habita son inimaginables. Palabras, gestos, indicios que abren portales. A veces, mientras cogemos, alguien me dice: “ay, ¡éste puto!”, y yo me caliento. Y, por mucho que le pese a Mercedes Moral, sin esas invitaciones de la lengua hay cosas que no podrían sentirse ni imaginarse. A veces une se descubre pudiendo habitar un deseo así, de esa manera. Sucede que el cuerpo que se afecta con la palabra puto es de quien se identifica como lesbiane. Y ahí, la mismísima idea de identidad se echa a temblar. Qué clavo, viejo. “Bueno, al final, ¿de cuál de los dos lados de las fórmulas de sexuación te encontrás?, además, une psicólogue trans hablando de cómo coge, ¡qué escándalo!” Me pregunto, ¿hay «putos lesbianos» en la sala? ¿Existirá una palabra justa? ¿Habrá palabras para nombrar lo que pasa por los cuerpos que habitamos? ¿Es deseable que todo sea nombrable? ¿Cómo decir los matices?


Qué peligro abotonarse a las prescripciones de una palabra, y, también, qué alivio puede traer ella misma, la palabra, tantas veces. Tal vez convenga pensar que, aunque nos amarremos a una idea, a una palabra, a un protocolo para no sentir que nos desintegramos en el aire, ese sostén es muchas veces provisorio. Esto no es una frase bonita. En serio, ¿nunca les pasó? Que se dejó de vibrar con algo con lo que se venía vibrando y fue necesario ensayar otra cosa y, uf, cuánto más liviano es todo si no estamos adherides con uñas y dientes a eso que ya no va, a esa ilusión, a esa idea.


Me gusta pensar que hay un montón de cuerpos que ensayan otras maneras de existir que hacen trastabillar al relato oficial; ese que dicta qué es y cómo se es, por ejemplo, varón. No es que la tengamos clara. No. Nada que ver. Pero muchos de los cuerpos que habitamos vibran con las variaciones, los devenires, las fragilidades, de una manera que tal vez sí pueda decir algo que interesa.


Interpelan, en principio, las rigideces de las teorías con las que todavía se sigue pensando la vida. Invitan, también, a amigarnos con la idea de devenir. Dejan pensar lo importante que es saber que hay otres que están en una parecida y que el ensimismamiento es un bajón. Que es clave no sólo que alguien te invite a un viaje, sino que también te esperen si querés volver. Que quieran viajar con vos. Existencias que no le teman a las palabras, ni a las mutaciones, ni a las cicatrices, ni a los vaivenes.


Pienso en la hostilidad de las miradas que necesitan encasillar a ese cuerpo con el que se cruzan en uno u otro género. Pienso en el miedo que a veces nos habita. También le contaba a Lelé que, desde que me dejé crecer la barbita, algunos de los que están cerca no me dijeron nada. Sólo la miraron y siguieron como si nada. Me resultó extrañísimo, y, a la vez, en un plano, fue un alivio. Al fin y al cabo son pelos que crecen debajo de la pera, no hace falta sacarles pasaporte ni hacerles DNI. Pero, también, a veces, para que un cuerpo se anime a devenir lo que sea, hay que hacerle a cada uno de esos pelos una buena fiesta apenas se asoma.

Fueron lindos los instantes del “a mí también” que compartimos con Lelé y más lindos aún fueron esos momentos en que nos animamos a decir los matices; eso que difiere en cada cuerpo, cada vida, cada piel; eso que se resiste a la posibilidad de clausura y que impide que exista un manual. No hay manual. Hay cotorreo, pasillos, juntadas, risas, birritas, parques, canciones, tráfico de podcasts, pelis y libros. Hay señas que invitan a viajes, hay amigues, hay amores; hay dolores y alegrías.


Tal vez pueda pensarse qué pide en este tiempo ser abrazado, cuidado, sostenido, celebrado. La escucha de Helga. La sonrisa de Lelé en esa tarde de verano; la ternura de las palabras que nos dimos. Las complicidades imprevistas, las excepcionalidades tiernas que pueden sorprendernos en cualquier momento; esa fragilidad que invita a decir: no puedo con esto, necesito un abrazo, no sé cómo seguir, ¿vos qué pensás?, te agradezco mucho, ¡tal vez no sale, pero intentemos!, ¡fracasemos intentando otra cosa!


Celebro, también, esa sexualidad loca de la Perlongher; la insistencia que corroe a la normalidad porque no se estanca en una identidad tan fácilmente localizable sino que se desparrama sin pedir permiso; «aparece en la hija del portero, en las trincheras de las Malvinas, en el seno de las garitas azules, en las iglesias de Córdoba donde las locas entran para yirar».


Celebro las palabras amorosas, tiernas, provisorias; los abrazos que nos salvan del naufragio.


Veky Power: "Les enamorades", carta VI del tarot "X encima de todx". Instagram: @veky.power

795 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo