• Revista Adynata

La vida no es algo personal: palabras y vida ahre / Verónica Scardamaglia

¿Cuántas de las preguntas que laten e insisten en este libro habrán nacido en el Quem Quem? ¿Cuántas a orillas de un río, una montaña o al calor hipnótico del fuego de fogón? ¿Cuántas entre las cuerdas de alguna guitarra?

¿Cuántas de aquellas moléculas perviven y me han sido transmitidas al leerlo?


Presentar un libro quizás significa elegir con qué componer para desentrañarlo y hacerlo hablar y. al mismo tiempo, sugerirlo y hacerlo desear. Presentar un libro implica que te viva al punto de despertarse bajo efectos resonantes del mantra La vida no es algo personal, o Nuestra vida en tanto no nos pertenece.

Mantras que recuerdan que ese pedacito de propiedad en el que creemos afirmarmos, puede quedar despedazado ante el dolor, la enfermedad y la muerte. Puede quedar conquistado, alienado y oprimido ante Dios, patria, familia, trabajo y hasta amor.

Mantras de liberación que ayudan, a veces, a soltarnos de sujeciones. A despertenecernos. Privilegios de pertenencias y despertenencias. De vidas en las que se hacen posible ciertos ensimismamientos y hasta encierros en los que leer, filosofar, escribir, hacer música, hacer nada.


Muchas veces el trabajo profesional, las militancias y nuestros pensamientos (en tanto no nos pertenecen) quedan al servicio de otras vidas, de aquellas despedazadas ante el dolor, la enfermedad y la muerte. Leemos, discutimos, pensamos. Intentamos a pesar de leer posestructuralismo francés hacer trabajo territorial en la pobreza, las locuras, las prisiones, la violencia estatal. ¿Al servicio de qué, de quiénes, estas ideas? ¿Para qué estas discusiones sino para afinar el cuidado con palabras y decisiones, con palabras y vidas? ¿Cómo, cuándo y con quiénes discutir por palabras, por conceptos, por posiciones? ¿Con quiénes pensar la vida y quedar arrojadas a nuestras discusiones en tanto no nos pertenecen?


En este sentido, de las muchas citas citables para acercarse a este libro, prefiero aquellas que resaltan quizás por desopilantes. Hay algunas que se hacen paso entre cuestionamientos que se desvelan ante densidades filosóficas y que, a la vez, desbordan de ternura. Hay otras que se hacen lugar entre inquietudes más o menos intelectuales, y aún así aparecen y parpadean con la fuerza de la risa, con la fuerzas de las complicidades. Con la fuerza de las complicidades de la risa. Esas que hacen soltar nuestra carcajada (en tanto no nos pertenece).

Algunas otras aparecen simples: “Había una vez Deleuze” (Baquero Cano, 2020 p. 14)

Otras te llevan a pasear, te arman una atmósfera, un escenario para así infiltrarte pensamientos: “Podemos imaginar cómo en bares del siglo pasado de pronto se corría la voz de que un tal Sartre decía que somos libres pero no lo sabemos: pequeñas alegrías que se encienden porque descubren sus moléculas libertarias, historias que descubren tejidos secretos en lo que existe, en lo que vive. ¿Qué sentido puede tener una historia si no es esa posibilidad de componer con este magma concreto de lo que sucede o, al decir de Deleuze, si no hubiera efectivamente allí una porción clara en donde golpear?” (Baquero Cano, 2020 p. 52)


En este libro podemos asomarnos al mismo tiempo a un mirador natural del Bolsón como a la complejidad filosófica del mirar; “el paisaje se pliega sobre sí mismo en ese mirador que lo expresa. En un mirador natural, el paisaje se mira a sí mismo a través de una mirada”. (Baquero Cano, 2020 p. 98)

Podemos meternos con y en abstracciones filosófico existenciales hasta empaparnos: “Una vez que estamos allí, en lo que no nos pertenece pero que nos arrastra revelando esa alegría, esa potencia de la que no sabíamos que éramos capaces, la opinión del pequeño yo no tiene más que hacer: sale corriendo a la calle en medio de la tormenta, del agua que cae a cántaros, de la intensidad de lo que sucede para gritarle a las personas que pasan que no está para nada de acuerdo con que llueva, que opina que no debería llover. Lamentablemente para el poder del individuo, eso que pasa ya no tiene que ver con él” (Baquero Cano, 2020 p. 101) o “Esta analítica de la finitud penetra por nuestros poros y hace que nos vivamos como individuos hasta en la intimidad de la ducha” (Baquero Cano, 2020 p. 62)


Si algo martilla en este libro (y en otras escrituras o discusiones que nos han encontrado con Tom), es lo que (le) pasa con las palabras, y con la vida. Eso que se despliega en torno a la relación entre palabras y vida, entre palabras y cosas, en esos ¿lazos?. Algo que insiste también es la posibilidad de inclinarnos, hacia el humor, aún cuando se trate del dolor. Leemos: “No interesa ser tribunales populares para muecas. Los gestos como algunos microbios parecen contagiarse y el contagio desde luego es uno de los temores de los poderes y su pureza”. Son pocas las personas que al ver un niño dicen ¡pero si tiene la mirada de Juana Azurduy! ¡esa sonrisa es la de Simone Weil!”


La preocupación por las palabras podría funcionar como las preocupaciones en torno a los amores y desamores. Dice: “No se pueden prever las palabras” (Baquero Cano, 2020 p. 21). Se pregunta Cómo elegir las palabras. (Baquero Cano, 2020 p. 55)Leemos: “hay que “impregnarse” a través de esta repetición en la cabeza hasta amar aquello de lo que se habla. Son como dos series paralelas: por un lado, la repetición, la impregnación, la elevación, y, por otro lado, el interés, el entusiasmo, el amor. En última instancia, parecería decirnos que solamente somos capaces de hablar de aquello que amamos. O, más bien, en ocasión de que lo amamos, en tanto lo amamos” (Baquero Cano, 2020 p. 26)

Insiste: “¿Cómo hablar entonces?” “¿cómo hablar de esas intuiciones a las que llegamos abandonando todo lo demás, incluyendo las palabras? Y, en particular, para las historias que cuenta Deleuze, ¿Qué es hablar de una intuición filosófica, en ocasión de ella? (Baquero Cano, 2020 p. 20)

Parece que a este libro le sucede lo mismo que el libro dice de Profanaciones: “Hay en Profanaciones cierta puesta del pensamiento que sabe que las condiciones de su propia producción, sus puntos de partida, son parte de las coacciones que intenta pensar. Una especie de certeza de que el emplazamiento del que se parte está también dentro de las cosas que habrá que abandonar”. (Baquero Cano, 2020 p. 63) Es decir pararse en las palabras para abandonarla, pararse en la propiedad de la vida para soltarla.


Desde hace unos meses nos encuentra un espacio que nace y está protagonizado por el dolor que desgarra las vidas de familiares de víctimas contra el gatillo fácil. Vidas, familias, destrozadas por la violencia estatal que buscan que el Estado reconozca lo que el propio Estado ha ejecutado. El libro nació antes que el espacio. Esa contradicción, no. En el libro ya se anticipa eso que sucede cuando se encuentra el hablar y la imposibilidad de hacerlo, esa tensión entre lo propio y lo impropio. Leemos: “hablar, como problema dialéctico, significa lidiar con esta vida anfibia. Situarse en esa tensión entre el espacio de las palabras y aquella intensidad donde ya no hay palabras. Tensión que, a su vez, nos revela de qué estamos hechxs. Contar una historia, en ese sentido, sería una suerte de composición entre los impulsos a los que se presta la voz y los impulsos que habitan en quienes escuchan. Sean quienes sean y cuántas personas sean, lo que habla y escucha son siempre impulsos, nunca cuestiones personales” (Baquero Cano, 2020 p. 50)

Hay historias que difíciles de ser contadas se dejan llevar por un impulso. Historias capaces de detenerse en gestos y morir y vivir ahí, en una bicicleta, en una fecha, en un rocanrol, en una calle, en la forma de comer una aceituna. Gestos a los que este libro da uno de los lugares centrales. En el libro se alerta no sólo la decisión de perseguir ideas sino también la de observar gestos como “apartados de toda finalidad orgánica o social permiten según Agamben experimentar las posibilidades de las que los cuerpos son capaces, sin agotarse en ninguna individuación particular, en ningún yo” (Baquero Cano, 2020 p. 81)

Escribe “El gesto, a partir de Profanaciones, podría pensarse como un modo de nombrar ese resto del cuerpo que logra hacerse disponible para continuar el proceso” (Baquero Cano, 2020 p. 82)

Gestos, lo que queda del Yo. Gestos, eso que titila, eso que tirita.

He aquí, entonces, uno de los riesgos luego de leer el libro: en caso de seguir cerca de este impulso al que le cabe el nombre de Tomás, sabremos, declaradamente, que en él vive el ánimo de captarnos minuciosamente en cada gesto.


Podría pensarse también que aquí se sitúa una fuerza que desustancializa aquello contra lo que lucha, leemos “no se trata de llegar al punto de no decir más “yo” sino de que no tenga ninguna importancia decirlo o no decirlo” (Baquero Cano, 2020 p. 77). Fuerza que arranca de cuajo la solemnidad y la destituye, como una especie de grafitti académico - antiacadémico encontrado en tiempos prepandemia en algún recoveco del aula 14 que decía: –DSM +BDSM.

Algo de lo destituyente podemos relacionarlo también con esta magia de inventar un juego de palabras, una melodía, un libro, aún nuestra vida en tanto no nos pertenece

Magia, las sincronías, las vibraciones. Magia, las inclinaciones

Leemos “Magos y magas son entonces, quiénes pueden dar con esos llamados (…) quienes ven con profunda agudeza las inclinaciones posibles de lo existente ante el nombrar. Este lenguaje de la magia - nos dice Agamben- es el de los gestos: aquello que nos sustrae de nuestro nombre manifiesto y que nos restituye a lo inexpresado. De algún modo, en Profanaciones, los gestos son el nombre de la vida que no nos pertenece, el modo de llamarla” (Baquero Cano, 2020 p. 85)

El libro recuerda cómo las infancias, profanan todo objeto jugando, dice “Profanar significa ante todo neutralizar el funcionamiento de aquello que se profana para darle otro uso, pervertir los dispositivos.” (Baquero Cano, 2020 p. 93)

¿Serán estas las operaciones del libro? ¿Profanar las palabras? ¿Destituirlas? ¿Despertenecerlas?


Creo que algo de esto hacés, Tom, cuando, casi como jugando, conseguís intervenir un enunciado tan complejo, tan denso, tan incómodo y abigarrado que taladra una y otra vez desde el libro Nuestra vida en tanto no nos pertenece con una casi palabra mágica, con un casi gesto, una casi onomatopeya que desorienta, marea, desestima y refuerza, que hace reír: Nuestra vida en tanto no nos pertenece Ahre.

Denuncia que condensa que todo deviene intervenible y que logra, como el meme, golpear como cross en la mandíbula.

Nuestra vida en tanto no nos pertenece ahre.

Así, entre risas, palabras, discusiones, la afirmación No se transmite una doctrina sino un impulso 22, el autor se destituye, se despertenece. Quizás esas 4 letras sirvan de pivote que arma apoyo, impulsa y anima. Ahre, intervención necesaria como modo para soportar este intento de decir – y no decir- la vida


*Texto leído en ocasión de la presentación del libro La vida no es algo personal, Tomás Baquero Cano, 2020, Red editorial


Fernando Livschitz, Beautiful Chaos, (2020), Fotograma

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