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Las uvas del deseo / Marcelo Percia

hace 9 minutos
14 min de lectura

En las genealogías del hastío, la acedia tiene un lugar importante, junto a otros pensamientos considerados malignos o viciosos.


La acedia, que figura entre los pecados capitales, tiene siete hijas cuyos nombres cambian según la tradición o fuentes consultadas.


Cada una de las niñas nacidas de su vientre personifica una fantasía o forma de desear.


*****


En sus comienzos, la palabra deseo carga con la sospecha de ociosidad, pereza, dejadez: cualidades de la desidia. También transporta el dulce y amargo sabor de echar en falta algo que, habiendo estado, ya no está.


De todas las conjeturas y ficciones sobre el origen del vocablo latino, una imagina que deseo nombra una distancia y una espera: la distancia que nos separa de una luz en la noche y la espera de una estrella que oriente el viaje.


*****


Agamben (1977), en su libro Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental, recupera observaciones sobre la espiritualidad en los primeros siglos cristianos.


Recuerda proezas del deseo de los llamados padres del desierto.


Monjes, ermitaños, ascetas que se apartan de las ciudades para realizar una unión mística con dios.


Desierto no sólo como páramo deshabitado: desierto como práctica de silencio, de ayuno, de atención, de castidad, de pobreza, de oración.


Desierto como entrenamiento del don de desear.


Desierto como soledad y disponibilidad.


Desierto como baldío de excelencia, de perfección, de embriaguez, de desapego.


Desierto como espacio de ejercitación para la disolución de las fronteras que separan al deseo de la divinidad.


Una práctica de focalización para evitar distracciones y desvíos.


Una orientación imperturbable en dirección a la quietud, al sosiego, a la calma.


*****


¿En los desiertos se aventura una unión o se aprende a vivir en proximidad de esa distancia?


*****


Agamben advierte que la palabra acedia relata vicisitudes de ese deseo.


Acedia no se reduce a pereza, ociosidad, dejadez. Significa también impaciencia, angustia, inmovilidad.


Acedia cuenta qué le pasa al deseo cuando desea lo inapropiable. Qué hace cuando desea

incumpliendo lo que desea. Cómo se lo ve cuando anda perdido.


El deseo desea el bien divino. Pero, al mismo tiempo, sabe inaccesible la gracia que pretende.


*****


La palabra acedia nombra el germen del hastío en el corazón del deseo.


No describe falta de ganas, sino la fatiga de las ganas que sobran. De las ganas excedidas de sí.


El desaliento del deseo que desea, por demás, lo inaccesible.


La constatación de lo inasequible que lo sumerge en un “tedio vital”.


¿Qué hace el deseo, que dedica una vida a alcanzar lo inalcanzable, cuando se da cuenta de que recorre todos los caminos del bien sin llegar al bien? ¿Tender hacia la gracia divina sabiendo que nunca llegará a poseerla? ¿Sostener el trabajo de la fe, por la sola dicha de la fe, sin demandar resultado? ¿Volverse virtuoso, santo, inapetente?


Acedia nombra quebrantos del deseo.


La imperfección que retrocede ante la arduidad.


La flaqueza que deserta porque no obtendrá recompensa.


La blandura que desiste de la laboriosidad que exige tan grandioso bien.


Acedia describe uno de los momentos en los que el deseo cede extenuado. En los que huye de sí. En los que siente el vacío de abandonar lo que escapa a su conquista.


Circunstancia trágica del deseo, en la que deserta sin desertar, en la que abandona sin abandonar, en la que retrocede sin retroceder, en la que evita sufrir sufriendo.


Circunstancia trágica de su rendición.


La deshonra de no insistir ante lo inasequible. La amargura de no perseverar.


La degradación de quien desiste de lo que desea.


*****


La palabra acedia narra inconstancias y adversidades del deseo ante lo inapropiable.


Acedia sobreviene como abandono de la escuela del desierto. Lo inalcanzable no tendría que frustrar al deseo, dado que lo pone en contacto con el secreto de su potencia: ir hacia una realización que no termina de realizarse.


*****


La claudicación deja al deseo inerme ante el hechizo de la tentación. La seducción de la inmediatez. La efímera saciedad de lo pasajero.


Evagrio Póntico, monje de los desiertos egipcios que vivió a fines del siglo cuatro, enumera ocho pensamientos malignos: gula, lujuria, avaricia, tristeza, ira, acedia, vanagloria y soberbia.


Una lista de deseos que dan el mal paso: de la virtud al vicio.


Ocho circunstancias desgraciadas que, antes de pensarse como pecados, se consideran

desórdenes del deseo. Derrotas de ansias que se quisieron excepcionales.


*****


Gregorio Magno, a fines del siglo seis, fija siete vicios capitales: la soberbia queda como raíz de todos. La acedia se incluye en la tristeza. Tomás de Aquino, casi setecientos años después, restituye la acedia como tristeza espiritual.


Se podría describir la acedia, tomando como referencia la escena de la Mesa de los pecados capitales atribuida al Bosco en el siglo dieciséis, en la que se observa a un monje durmiendo frente a un hogar, como el obsceno descanso del deseo que abandona la oración.


Como si, ante la visión de lo infructuoso, el deseo se preguntara: ¿para qué tanta devoción, tanta disciplina, tanto sacrificio, si lo intangible siempre superará mi capacidad de devoción, disciplina, sacrificio?


En esa mesa circular se representa la acedia como una lasciva siesta del deseo.


*****


Simone Weil, Michel Foucault y Giorgio Agamben piensan en cercanía con las enseñanzas de los padres del desierto.


Simone Weil se interesa por la atención, antes que como vigilancia, como disponibilidad y espera vaciada de metas.


Foucault se detiene en esos primeros saberes para pensar la relación entre deseo y poder. Se podría decir que el deseo más puede, cuando menos posee.


Agamben repara en los avatares del deseo frente a lo inapropiable. Observación que lo lleva a pensar en las tribulaciones de la acedia.


*****


Entre las legendarias historias de la tradición helénica, se recuerda la fábula de Esopo que

concierne al deseo: una zorra que anda con hambre, al ver unos racimos colgando en una

parra, quiere alcanzarlos, pero no puede. Alejándose, dice en voz alta: “Están verdes”.


*****


Del vientre de la acedia nacen sus hijas: Malitia, Pusillanimitas, Desperatio, Evagatio mentis,

Curiositas, Verbositas, Torpor.


Como se dijo, circulan diferentes versiones sobre ellas. Cada una hace lo que puede frente a lo inapropiable, pero ninguna reacciona como la zorra griega.


*****


Un soneto escrito a mediados del siglo quince, durante un tiempo atribuido a Leonardo da

Vinci, dice: “Quien no puede lo que quiere, quiera lo que puede; / pues querer lo que no se

puede es locura”.


Recomienda adaptar lo que se quiere a lo que se puede. Convencer al deseo de que se ajuste a lo posible. Que se mueva dentro de esos límites.


*****


Malitia se enoja ante la insuficiencia de su deseo. Siente que esa ineptitud la aproxima a la desidia.


El deseo lleno de frustración y resentimiento tironea la pesadumbre de lo inalcanzable. La aspiración se odia a sí misma.


No rechaza la presencia que anhela; siente animosidad ante la flojedad de su anhelo. Malitia no se retira como la zorra indolente de la fábula.


La zorra no alcanza las uvas porque están muy altas; entonces las desdeña diciendo que están verdes.


Malitia no transforma la imposibilidad en desprecio, lo inapropiable en indeseable, el límite en desinterés.


Malitia quiere las uvas, pero reprueba su falta de convicción, su devoción dudosa, su constancia inestable. Cree que querer significa poder.


Se reprocha no creer lo necesario para elevarse hasta el fruto ansiado.


Mientras la zorra se desentiende de las uvas y se retira de la escena para no sufrir, Malitia permanece herida.


Siente la rajadura dolorosa que divide al deseo del deseo.


El corte que separa al impulso del impulso, al alma del alma, al paraíso del paraíso.


No hay cierre, no hay salida. Malitia queda cautiva de su dolor.


*****


Baltasar Gracián (1647), en el Oráculo manual y arte de prudencia, presenta estas líneas: “Cuando no puede vestirse la piel de león, vístase la de la zorra (…) Cuando no se puede alcanzar la cosa, entra el desprecio”.


Para Gracián el desprecio forma parte del arte de la prudencia: desvalorizar lo que no podemos poseer.


*****


Pusillanimitas se repliega ante la exigencia, la dificultad, la dureza del bien obrar. Su deseo se achica, se encoge, se disminuye. No se siente a la altura de las demandas divinas.


No se aborrece por no alcanzar lo inalcanzable, como Malitia; se arrodilla quebrada ante lo que no alcanza.


Siente pena de sí por no poder con tanto.


Se declara minusválida. Baja los brazos. Quiere huir de su fracaso, pero no puede.


No resuelve la tensión. Permanece en el umbral.


El deseo no se atreve a insistir ni a desistir.


Pusillanimitas, ante lo inapropiable, se humilla.


Queda confinada en la derrota. En la vergüenza del deseo vencido. En la pasividad de su impotencia desgraciada.


Malitia, ante lo inapropiable, odia su incapacidad, cultiva el encono contra sí. Vive con la espina de esa aversión. Se vuelve mala consigo y con el mundo. Acaso en la maldad habite un despiadado resentimiento por no haber alcanzado la excelencia de la bondad.


Pusillanimitas no se siente mala: se siente incapaz.


No pasa de largo ante las uvas como la zorra. No las declara verdes. No existe para ella el pasar de largo. No niega ni desmiente las uvas. Carga un deseo menoscabado.


Contempla vencida las parras de su incompetencia.


*****


En otra fábula, El cuervo y la zorra, Esopo cuenta que un cuervo hambriento se posa en una higuera. Pero, como los higos no están maduros, decide esperar hasta que estén sabrosos. Una zorra, que lo observa durante días, le pregunta qué está haciendo allí, eternizado. Tras la explicación del cuervo, la zorra le dice: “Qué equivocado estás, amigo mío, en confiar en semejante espera. La esperanza alimenta ilusiones, pero no da de comer”.


*****


Desperatio, ¿no espera nada? Espera de sí la virtud de una espera que no puede.


Se da cuenta de que desea alcanzar lo que nunca alcanzará, a pesar de la fe, la oración y todas las privaciones.


Siente la espera como postergación infinita que corroe su confianza.


Malitia se desprecia, Pusillanimitas lame las botas de su propia impotencia, Desperatio arrastra la pesadumbre de una gigantesca ilusión seca.


Malitia no se perdona su imposibilidad de alcanzar las uvas, Pusillanimitas las contempla sufriendo su rendición, Desperatio no desmiente las uvas como la zorra: sabe que están ahí, pero no para ella. La impaciencia de su deseo la vuelve indigna de las uvas.


No se maldice como Malitia, no se empequeñece como Pusillanimitas; admite su ansiedad como causa de una merecida condena.


En Desperatio late el corazón de pesimismos, escepticismos, nihilismos. También de melancolías y depresiones. Una prefiguración de afecciones descreídas del amor y de otras formas de solidaridad. Desperatio prefigura una afección antipolítica.


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Se lee en la tercera parte de la Ética de Spinoza (1677), treinta años después de Gracián:


“De lo dicho se sigue, pues, con claridad que no nos esforzamos por nada, ni queremos, ni apetecemos, ni deseamos cosa alguna porque la juzguemos buena; sino que, por el contrario, juzgamos buena una cosa porque nos esforzamos por ella, la queremos, la apetecemos y la deseamos”.


¿Se podría pensar que el deseo vuelve deseable lo que desea? ¿Que el mundo está en espera? ¿Que se enciende y late cuando se lo desea?


Spinoza invierte la dirección del deseo. No está primero la cosa deseada: el acto de desear hace a la cosa deseable. ¿Esa torsión haría madurar a las uvas?


*****


Evagatio mentis encarna la tendencia del deseo al vagabundeo mental. Al divague sin control que conduce a lo ilícito, a lo vedado, a lo no reglado. A la deriva que se pierde en fantasías mundanas o que erra en territorios peligrosos.


No puede con lo inapropiable. Desfallece ante lo inconmensurable.


Se evade de su falta vagabundeando.


El deseo, fuera de sí, va de quimera en quimera sin demorarse en nada. No encuentra sosiego ni descanso.


No puede posarse en la levedad de las nubes ni pararse en la gravedad de la tierra.


Evagatio mentis practica una dedicación defectuosa. Se interesa, pero no se entrega por entero a una sola cosa.


Se la asocia a Importunitas mentis, una indiscreción de la mente que abre las puertas a pensamientos desordenados, inconvenientes, lascivos.


Se podría pensar la dispersión del deseo como defensa ante lo que no puede ahondar, ante lo que se le escurre, ante lo que le da vértigo.


Evagatio mentis, en cuanto ve las uvas, muda la mirada hacia otras y otras; así, sin detenerse en ninguna ni registrar si están altas, verdes o maduras.


Pero, al terminar el día, no logra conciliar el sueño. Se reprocha, se acusa, se echa en cara no haber podido detenerse en las apetitosas y únicas uvas. Se cuestiona no haber permanecido sosteniendo esa distancia infranqueable.


A diferencia de la zorra, que se va casi tranquila, Evagatio mentis se recrimina no haberse quedado.


Esa volubilidad la deja con la misma sensación de impotencia que sienten sus hermanas.


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Las emociones que sentimos emergen como reacciones ante un mundo que nos afecta y, a la vez, como acciones capaces de cambiar las cualidades de ese mundo.


Sartre (1939), en Bosquejo de una teoría de las emociones, piensa así la escena de las uvas. Sugiere que, cuando no conseguimos asirlas, incidimos en la cualidad de las uvas declarándolas verdes, para disminuir la tensión.


Aunque advierte que esta comedia realiza su magia a medias.


*****


Curiositas, incapaz de alcanzar lo celestial, se defiende perdiéndose en efímeras banalidades terrenales. Sabe el arduo trabajo que implica tender hacia lo inapropiable. La íntima desolación de verse ante lo inalcanzable.


Se resiste a sentirse así.


Trata de acallar su imposibilidad entrometiéndose en cosas que no importan.


Curiositas no practica la hospitalidad con lo extraño; consume lo que encuentra para no conectarse con su renuncia.


Se entrega al vicio de los datos vanos: el ansia incesante por la novedad como distracción.


Curiositas, avergonzada, pega su nariz contra el suelo para buscar señales que la alejen de sí.


Su fascinación por lo nuevo rehúye lentitudes y métodos del estudio (studiositas). Se siente más atraída por el chisme que por la escucha; más atraída por la información pasajera que por la demora; más atraída por la intrusión que por la cercanía.


Curiositas no soporta el silencio de las uvas.


No se siente capaz de ese sabor que proviene de las viñas celestes. Y aunque sabe que fuera de ese fruto inaccesible no importan dulces ni mieles, muerde lo que encuentra allí y allá. Prueba el resto de los sabores sin sentir lo deseado.


*****


Ambrose Bierce (1899), que recrea fábulas y otras fantasías, en Esopo enmendado ofrece esta versión de La zorra y las uvas: “Una zorra, al ver unas uvas verdes que colgaban a centímetros de su nariz, no queriendo admitir que hubiera algo que ella no comería, declaró, convencida, que estaban fuera de su alcance”.


*****


Verbositas abandona los rigores de la oración. Las palabras sagradas que se dicen para celebrar a dios. Aunque nunca lleguen a sus oídos.


Verbositas practica un habla vacía y sin sustento. Un habla que habla y habla para acallar vacíos, angustias, silencios del deseo. Un habla rápida y atropellada. Un habla frívola y vana. Un habla que no tiene mucho que decir. Un habla que habla mucho para no decir nada.


Así como Curiositas se relacionará con la avidez de novedades que Heidegger llamará Neugier, Verbositas anticipa lo que en Ser y tiempo se llamará habladurías (Gerede). O lo que Lacan nombrará palabra vacía.


Verbositas no para de alabar las uvas. Describe su color, su tamaño, lo que sintió al verlas, lo que otros dijeron de ellas. Hace comentarios sobre las vides y sus plagas.


El deseo, en su hemorragia, habla y habla como si, hablando, supliera el sabor que le está vedado.


Verbositas, como le sucede a Curiositas, no soporta el silencio de las uvas.


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Arthur Koestler (1952), en las páginas de su autobiografía, imagina las cosas así: la zorra, por no saber llegar hasta las uvas, sufre burlas y desdenes del resto de la fauna. Entonces, decide aprender a escalar. Pero, cuando por fin las alcanza, comprueba que las uvas estaban, como ella misma había dicho, verdes. No quiere admitir tanto esfuerzo inútil: se las come igual. Muere de indigestión.


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Torpor siente parálisis ante las uvas. El deseo anestesia su imposibilidad. No quiere sentir el dolor de no poder. El deseo permanece como si no deseara. Torpor comparece sintiendo su sensibilidad desértica e infecunda.


No odia como Malitia, no se encoge como Pusillanimitas, no renuncia como Desperatio, no divaga como Evagatio, no se pierde en chismes como Curiositas, no parlotea como Verbositas. Torpor no hace nada. No porque elija no hacer, sino porque no puede. Se presenta como la hija inmóvil y suspendida de la acedia. Sus hermanas conservan alguna relación con el excelso bien inapropiable: lo odian, vacilan, se autoexcluyen, divagan, se distraen, lo tapan con palabras. Torpor carga el deseo endurecido como si se tratara de una estatua de sal.


Torpor está de pie junto a las vides, pero la pesadez de sus párpados le cierra los ojos. La somnolencia del alma alivia el letargo del deseo.


El deseo sigue allí ante las uvas, pero sin latidos: como un corazón congelado.


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En una presentación ante la Sociedad francesa de filosofía, en 1957, conocida como El psicoanálisis y su enseñanza, Lacan evoca un proverbio que cita el profeta Jeremías para discutir la idea de que el hijo deba heredar la culpa del padre.


La sentencia dice: “Los padres comieron uvas verdes y los hijos tienen una sensación desagradable en los dientes”.


Lacan coincide con Jeremías respecto de las herencias, pero interroga misterios de la transmisión. Como si sugiriera que las “uvas verdes” habitan la boca de las criaturas que hablan como enigmas ácidos de deseos ajenos.


Acaso como sombras que llevan consigo sin saberlas. Como nieblas en las que lo propio no se distingue de lo impropio. Como historias de racimos improbables. Como decepciones escondidas en los sueños.


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La fábula de Esopo (seiscientos años antes de los tiempos cristianos) tiene una moraleja sencilla: la zorra no alcanza las uvas, dice que están verdes y se va. El deseo se topa con un límite, apela a una excusa para no frustrarse y el conflicto, por el momento, termina.


Las hijas de la acedia no pueden hacer eso. Cada una, a su manera, queda fijada a lo inapropiable.


La tradición cristiana no repite la simulada indiferencia de la fábula griega. Tampoco admite astucias que podrían conseguir una escalera o hacer caer las uvas con un palo.


El bien divino no se puede declarar verde. Ni alcanzar con atajos, destrezas, picardías. Lo inapropiable no se conjura con la comedia del desprecio o el olvido.


En la acedia, el deseo no encuentra salida a su malestar. Incluso irse supone llevar su desasosiego en el alma.


La zorra se va; las hermanas permanecen o huyen. Hagan lo que hagan, no escapan a la pesadumbre de lo inalcanzable.


El deseo, embelesado ante las uvas, sigue ahí tratando de hacer algo con su herida, irremediable.


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Un día pasó la zorra y las uvas no estaban. Las vides no crecieron. Nadie se interesó más por las fábulas.


*****


Y si el deseo no viviera lo inapropiable como una mala noticia, una tragedia o una muestra de su insuficiencia.


Y si ante lo inalcanzable no se ensañara consigo, ni se disminuyera, ni arrastrara su desilusión. Ni vagara como si hubiera perdido el alma. Ni se extraviara espiando qué hacen otros deseos. Ni dijera cualquier cosa para no enterarse de lo que le duele. Ni se agrietara endurecido.


Y si cuanto menos posesión, más deseo.


Y si el deseo siguiera, debajo de la lluvia, deseando. Y contra el viento, deseando. Y, aun sin voluntad, deseando.


Y si prescindiera de un motivo superior. Y si lo inapropiable estuviera en todas partes. Y, en cada una de ellas, hubiera un sentido.


Y si concibiera su singularidad no como suya, ni como proeza solitaria, sino como composición que se potencia con otras soledades.


Y si supiera el secreto del solo desear.


*****


Y si acaso el deseo deseara el extravío no como defecto o enfermedad, sino por el gusto de andar errante.


Y si acaso el deseo deseara la inconstancia no como pereza o desánimo, sino por el gusto de pasar a otra cosa.


Y si acaso el deseo deseara el vagabundeo y la dispersión no como renuncia o incapacidad para el arduo trabajo de la concentración y la profundidad, sino por el gusto de lo pasajero que levita.


Y si acaso la curiosidad se presentara como disponibilidad que, de pronto, cruza una calle. Como las liebres hacen en las rutas.


Y si acaso los místicos cristianos, que se retiraban a vivir en los desiertos hace casi dos mil años, tuvieran razón sobre el deseo pusilánime y desesperanzado que se siente disminuido para ir por lo que quiere.


Y si acaso estuvieran en lo cierto y el deseo pudiera sentirse cautivado por la placidez de la inacción.


Y si acaso todas las morales, las pedagogías, las lecciones y las amenazas pudieran nada o pudieran poco para orientar, armonizar o amordazar deseos.


Y si acaso el deseo deseara lo inapropiable y encontrara la forma de poseer lo imposible a través del odio, el resentimiento, e incluso de la culpa.


Y si acaso las uvas hubieran absorbido demasiado veneno.


Y si acaso se apropiara de lo inalcanzable teniéndolo bajo la forma de la nostalgia, la melancolía o la vaporosa posesión de lo inasible. Y si no hubiera otra posesión que la del secreto de lo inapropiable.


Y si admitiéramos que llevamos más de dos mil quinientos años interrogando ese insondable misterio de la vida.


Y si acaso la clínica sumara y sumara argumentos tan verosímiles como inútiles.


Y si sólo importara argumentar hasta que las conjeturas se cansen; y, entonces, partir sin razones. Y seguir andando como se pueda.


Y si acaso decir o escribir esto ayudara a vivir. Y si acaso, no.


Egidius Sadeler  (Diseño / Referencia: Atribuido a Marcus Gheeraerts )  c. 1570–1629 Fábula de la zorra y las uvas (Fabel van de vos en de druiven)  Grabado
Egidius Sadeler (Atribuido a Marcus Gheeraerts) c. 1570–1629 Fábula de la zorra y las uvas. Grabado

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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