Pérdidas en la niñez (ll) / Cynthia Eva Szewach
Joder, venir a soñar con Beethoven en la mitad del desierto de Atacama
Raúl Zurita
La palabra ukemi significa en las artes marciales la capacidad de saber caer, la posibilidad de amortiguar el golpe de una caída para intentar recuperarse lo más rápido posible. En japonés, literalmente, se trata de la procuración de un cuerpo receptor. Es un cuerpo que se dispone a recibir esa caída.
“Esa capacidad poco común de transformar en terreno de juego, el peor de los desiertos”, es una frase de Michel Leiris que se encuentra en el prólogo de J-B. Pontalis para el libro de Winnicott, “Realidad y juego”. ¿Cómo transformar en juego los peores desiertos, cuando lo que ocurre, por ejemplo, es la muerte de un ser querido y por ende no tiene ese hecho un carácter lúdico? ¿Quiénes corporizan la recepción de esa caída en los estados de duelar?
Hay infancias que sufren el exceso de alguna ausencia o, a veces, el agobio de una presencia intolerable. Aun así, hay modos de encontrar madrigueras que conserven la posibilidad de convertir o atenuar esa inanición amorosa en ilusión de un porvenir, con lenguaje de la niñez junto a la ventriloquía de los personajes que ritualicen, con invención profana, un universo donde poder atravesar esos abismos. Si la propuesta ficcional va adquiriendo una constancia, hay cuerpos receptores del dolor que acompañan, y la infancia como tal queda protegida, incluso a veces en encuentros de análisis, se configura algún oasis para imaginar otros mundos.
En el libro “El que duerme despierto” de Pontalis, en un hermoso fragmento, nos habla de un niño con la mirada perdida. Su padre ha muerto unos meses antes, sin aviso. El niño se encuentra serio, mirando el mar, en una playa desierta. El niño espera, sin creerlo verdaderamente, ver aparecer a su padre. Un padre tan amado que el niño siente que lo abandonó ahí, en la arena, en el incierto horizonte. Espera en vano. Sabe que no vendrá. Esperar lo que se sabe que no llegará. Su madre está viva, pero poco viva, muy sola. La soledad del pequeño y la soledad de la madre, ni concilian ni se encuentran, dice Pontalis: “Entonces el niño mira el mar gris. Sí su mirada está perdida”. Es la pérdida de una mirada y hay una mirada perdida. Se trata quizá en algún momento de ayudarlo a que deje de esperar, y que siga el camino.
Nos preguntamos en “Infancias en duelo”[1] si acaso es posible la adquisición en la infancia de la noción de lo inexistente, de aquello que es definitivo, lo que no volverá jamás.
Lo perpetuo. En “Trilogía del duelo” de Alonso Tobón García, relata en la voz de un niño, los recuerdos que sobrevienen de la historia con su padre, a quien matan una bala perdida en Colombia. Ese día, a diferencia de muchos otros, él no lo acompañó a hacer las compras. El padre, esa vez, no volvió. Escuchó un grito desesperado e inolvidable de su madre. Cuenta a lo largo del libro una escena anterior a la muerte de su padre que transcurría en un velorio religioso por la muerte por un accidente, de un niño con el que jugaban. Quien oficia la ceremonia repite en la plegaria: “Que brille con una luz perpetua”. El niño no sabía qué significaba la palabra perpetua. Lo pregunta. “Algo que es para siempre”, le contestó bajito su papá. Luego de la muerte de su padre y del entierro, que el pequeño describe con detalles, un amigo le dice al abrazarlo: “Lo siento”. ¿Sí? ¿adónde lo sentís? Le pregunta esperanzado… La comprensión de lo perpetuo llegará más adelante en su vida.
En “Un cactus en el medio”, Lila Benderski busca reconstruir un lugar y un tiempo donde ella no estuvo. Una hermana de siete años muere por una enfermedad y al poco tiempo nace ella. Lo que un cactus trae, entre las vidas más frágiles o efímeras de algunas plantas, es la permanencia, algo que perdura en los climas más devastadores, persiste de maneras inconcebibles con la fuerza de la supervivencia. Metáfora de una cicatriz en la historia que la escritura agita para transformar. En especial la aguijonea una frase dicha por el padre a la madre según le relatan, desolados, en el entierro de la pequeña hija: “Tenemos que tener otro hijo”. Cinco palabras en la catástrofe y que funda su propia existencia. En este caso ¿de qué duelo se trata el que recorre esta historia que la antecede y marca su vida infantil? Requiere primero traerla a la vida, dice la autora, y coserla al entramado. Escribe su versión: “yo existo porque ella no está” …
Tres de los múltiples relatos pertenecientes a “Los últimos testigos” de la escritora Svetlana Alexievich:
Despedida en el viento. “¿De verdad no les doy miedo? ¿No les dan miedo mis palabras? Oigo voces, he visto un ángel en el vagón...” Recuerda Zoia, sobreviviente de la guerra a sus doce años. Cuando cuenta su historia no todo el mundo está dispuesto a escuchar. “Siempre estábamos hambrientas. Yo me quería morir, ya no sentía pena por nadie…pero una vez le tomé cariño a una niña pequeña, Mashenka, nos hicimos amigas un mes, un mes en el campo de concentración para una niña es toda una eternidad”. Cuenta que la niña se acercó. Le pidió un lápiz y una hoja de papel, que ella no tenía para darle. ¿Para qué las quieres? Le preguntó. “Sé que moriré pronto y quiero escribirle una carta a mi madre”. Su mamá no estaba viva y la niña pequeña se las iba a enviar de algún modo, quería despedirse: “Por la noche, abriré la ventana y el viento se llevará las hojas…”
Sin rastro. Los vecinos lloraban, mi madre lloraba, yo no comprendía lo que significaba eso de “desaparecido sin dejar rastro”. Estuve esperando a mi padre mucho tiempo. Toda la vida…
Sin la imagen. Su madre hacía panes muy sabrosos y bordaba, en su aldea rusa, durante la guerra. No recuerda quien le avisó que su madre había sido fusilada en las calles. El niño tenía siete años. Pensó: “si veo a mamá muerta, nunca volverá a estar viva, pero si no la veo regresaré a mi casa y mi madre estará allí”. La ausencia de imagen, en la infancia, a veces incluye una manera de conseguir un tiempo, para no creer lo intolerable…
Relatan que María tiene quince años. Perdió a su madre de pronto, muy pequeña. Se hace cortes en los brazos, intentando llorar, porque no recuerda ni siquiera haber sufrido por la ausencia de su madre. Lo que sí, prefiere no enamorarse de nadie. ¿Para qué? Ya sabe que podría perder en algún momento a esa persona amada. Lo que se juegue de novedoso, de transformador en su camino, para poder correr el riesgo del dolor de amar, estará, en este caso, en el terreno del encuentro con quien pueda escuchar esa niña sin llanto…
[1] A. Bugacoff, C. Szewach. “Infancias en duelo”, editorial Otro Cauce año 2023





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