• Revista Adynata

Los desfiladeros de la memoria / León Rozitchner


"El peso de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos"

Marx


La memoria ¿es recordar el "hecho" sucedido?


Todo genocidio histórico aspira a ser borrado del recuerdo. Los asesinos, tanto como la población sufriente, están de acuerdo. Unos, porque cuentan con la marca imborrable que han dejado: quieren que lo más importante -el horror sentido- no pueda ser pensado. Cuentan con su procesión interna, con la herida indeleble que han dejado abierta en los cuerpos de sus contemporáneos. Saben que el terror pasivo, no enfrentado, se hereda y se extiende por los corredores subterráneos de los cuerpos. Su memoria sensible y muda se prolonga como una tara hereditaria. Pero también la población aterrorizada no quiere saber nada. Se desentiende como si a ellos no les tocara: la memoria actualizaría nueva mente la amenaza y haría más viva su presencia intolerable. Pero este olvido es aparente: el efecto subsiste. Y para ratificar el ocultamiento de nuestra tragedia social, y ayudar a encubrir las consecuencias que el terror produjo en la sumisión conserva dora que le sucedió luego, los "cientistas" y politólogos aggiornados a la democracia, expertos extranjeros y nacionales de economía, sociología, psicoanálisis y otras retóricas, vienen a vender sus saldos teóricos. Nos hemos vuelto interesantes: un peno un dólar. Recordar de manera explícita y consciente el exterminio no es un acto espontáneo: requiere situar al recuerdo en un contexto humano del cual recibe su significación completa. Debe, para ser enfrentado, incluir en la memoria las causas, quizás antes invisibles, que sólo después de haberse producido el "hecho histórico llevan a agregarle el porqué de su existencia. (Ahora los archivos del Pentágono y la CIA se abren y confiesan que fueron los maestros de nuestros militares en la tortura y los asesinos que llevaron al ajuste económico, pero ya no importa: los cuerpos aterrados no quieren saber nada. No quieren darse cuenta que así se construyó nuestra democracia aterrorizada). De allí el esfuerzo tenaz que debemos hacer hasta crear las condiciones que lo integren en la memoria histórica. El terror aterra, y en eso consiste su insidia: se resiste a ser pensado, a que tomemos conciencia de su existencia. No podemos pensarlo como método político que hizo posible la sumisión colectiva al neoliberalismo: que hizo posible nuestra actual miseria.


Memoria y monumento


Recordar no consiste sólo en elevar un monumento y señalar con una estela que algo ha existido antes, porque su sentido vivo puede quedar oculto en la cosa muda y pétrea fabricada para re memorarlo -aunque su significado esté contenido como una alegoría sintética y abreviada. La memoria, sólo convertida en mausoleo externo, puede transformarse en un depósito pasivo, aunque constante, siempre presente a la mirada distanciada: una vez objetiva, hecha escultura, la memoria ya no necesita a los cuerpos resistentes para que la mantenga viva, dándoles con su recuerdo un sentido a los actos y al proyecto de la propia existencia. ¿Su visión, condensada en la piedra, motivará la pujanza de los cuerpos? ¿Determinará acaso la voluntad y el pensamiento de quienes asisten a su representación muerta? Pienso en el monumento al Ghetto de Varsovia, en los jardines del barrio arrasado por los nazis, todos sus recluidos resistentes aniquilados, cubierto el mismo espacio espectral con la nueva vida de sus inocentes habitantes actuales, quizá ahora tan antisemitas como los de aquella época. Depositada afuera, convertida en rastro, el monumento al aniquilamiento colectivo en una plaza se yergue solitario ante la mirada del transeúnte, o se lo rememora en un día señalado para el recordatorio. Y la vida cotidiana, se cree transcurre sin fantasmas.


Por eso depende del marco dentro del cual el re cuerdo actualiza la situación pasada para devolverle su sentido pleno. Pasó con el genocidio nazi, pasa entre nosotros con el genocidio militar, preparatorio del neoliberalismo menemista. La disyuntiva seria ésta: ¿holocausto religioso el “sacrificio” de 30.000, o aniquilamiento político asesino? Sus cómplices le propusieron a la memoria social poner a los desaparecidos en un contexto de designio divino, inmolación y pecado - holocausto a un Dios o teoría satánica de los "dos demonios" (Sábato) -donde el sentido histórico de la violencia y del terror, con to da intención política y económica, es velado y se pierde. O, para los que se resisten a aceptar esa mi seria complaciente, convertido en índice objetivo de un mal históricamente situado -aniquilamiento, Shoa, genocidio-, que depende de una estrategia de poder económica-política-liberal, y comprender entonces que el terror formó parte de un proyecto de dominio político


No hay memoria sin inscripción en el sujeto que recuerda


La memoria es la más común de las capacidades humanas, pero ante ciertos hechos históricos -el exterminio- pide algo más difícil de nosotros para que se conviertan en significativos y no olvidemos. Debemos re-construir el acontecimiento agregándole a la imagen de los desaparecidos, que sólo es una parte del recuerdo, el contexto pleno de sentido sin el cual su concreción en la memoria se pierde. La memoria del genocidio está cercada todavía por la amenaza de los asesinatos y las torturas que subsiste y se prolonga desde el pasado: no es la rememoración de cualquier hecho. Porque los productores de ese terror llamado "de Estado" están aún vi vos, presentes y amenazantes. Pero mucho más vi vos, tenebrosos y potentes están los poderes y las instituciones que lo produjeron y se siguen, de otro modo, apoyando en su amenaza, y que nunca fue ron sometidos a juicio. Someterlos a juicio: quiere decir que el pensamiento los incluya también a ellos como cómplices del genocidio. Que pueden ser pen. sados para deshacer una de las consecuencias más deseadas del terror: impedir la toma de conciencia de la situación completa.


Lo más temido entonces no es la muerte "natural" que todos al fin de la existencia sufriremos: esta amenaza histórica del terror está inserta, con su mayor insidia, en lo más profundo de cada uno de nosotros, y va acompañada con el mensaje de que la vida propia puede sernos quitada, si osamos resistimos a la sumisión que quieren imponernos. memoria de este suceso histórico, para vencer el objetivo del poder político, tiene que despertar el cuerpo sintiente y atreverse a animar desde el horror la significación de lo que en nosotros se resiste a que aparezca. Pero la memoria de un hecho reciente también toca y aviva lo in-memorial, aquello de lo cual no tenemos memoria, porque la memoria como capacidad personal se inició allí donde no existía aún: en el origen, sin ninguna imagen que la representara, estaba sólo la marca afectiva del terror primero, infantil y arcaico. Por eso todo lloro de niños nos despierta, en su congoja incontenible, la angustia del primer encuentro del hombre con la muerte. La muerte adulta del genocidio se inscribe actualizando la estela de esa antigua experiencia de la infancia.


Terror y distanciamiento: la impunidad no se refiere sólo a crímenes del pasado


Tal es el distanciamiento. La memoria adulta, aunque recuerde, a veces sólo se inscribe superficialmente en la conciencia: de tanto que duele no activa su fundamento afectivo, sensible e imagina rio. Puede dejar entonces adormecidos y relegados los motivos históricos y sociales de su advenimiento, porque en lo que evoca aún persiste y se hace presente, prolongación de aquél otro, le impone a la conciencia. Una desolación ciega e impotente que aún nos azota prohíbe penetrar en el lugar intimo que el terror dejó, amenazado, en los cuerpos de los sobrevivientes -que en el fondo somos todos. Estas son las condiciones del terror light en la democracia. De esto los economistas y politólogos a la moda no dicen ni una palabra.


Pero el vacío de los muertos insepultos, y el lleno de los asesinos que vagan por las calles y ocupan todavía un lugar de poder, es un escándalo invivible para la vida social: la torna imposible como vida comunitaria. Hace imposible la vida individual: cada uno siente la muerte del otro como un límite para vivir la propia y para actualizar los lazos de la memoria que abren el campo de futuro que la vida social había creado, Ya hace imposible la vida social: para que haya asesinos impunes es preciso entonces que exista, también ahora, un sistema social que se aprovecha de la vida de los demás hombres considerados como sobrevivientes: como asesinatos aplazados, todos convocados por la amenaza de muerte al sometimiento. Es lo que ahora estamos viviendo


Recordar no es sólo una imagen que retorna


Recordar no es sólo traer a la memoria la imagen aislada de un desaparecido: es hacer también presente la trama siniestra de un sistema económico político-religioso que requirió el genocidio para implantar sus fines. La máquina que organiza el ocultismo de ese marco social homicida, que difumina los rasgos más heroicos y rebeldes de los desaparecidos, se nutre ahora de implantar el terror en lo cotidiano, tomarlo invisible y sensible al mismo tiempo, de infiltrarse como imagen normalizada en los granos menudos de la vida: convertir a la muerte histórica en la forma banal y "normal" de la existencia.


El terror y el genocidio es un recurso del poder. Hay que comprender el exterminio militar como una estrategia de guerra de los poderes siniestramente organizados contra la vida. Forma parte, en su crueldad autóctona, de un proyecto para expropiar la hasta un límite antes desconocido. Los sistemas de dominación social, cuando se apropian del trabajo y de la riqueza de sus habitantes, y requieren para lograrlo el dominio sobre la voluntad de los hombres, deben multiplicar los ejemplos de aniquilamiento y sufrimiento: convertirlos en masivos. Tan masivos como son masivas las resistencias. Cuando son los pueblos los que se resisten, el exterminio de be ser adecuado a su número y medida: debe blandir y hacer reverdecer la amenaza de un exterminio para todos. Entonces la economía se apodera del esfuerzo de los cuerpos como la Iglesia se apodera del alma de los pobres. El mundo globalizado del capitalismo se apoya sobre la amenaza global de la bomba atómica y del consuelo global del cristianismo. Hay que comprender cómo pudo ser dicho, ante la total indiferencia de la gente, que el ajuste eco nómico habría de ser aplicado, gozándose del dolor, como la tortura: "sin anestesia", para que duela. Y que nadie se inmutara.


La memoria, aunque reza lo impensado, a veces evita que aparezca


Hay entonces una memoria negativa, memoria vigilante de lo que no debe aparecer: lo temido, aquello que la amenaza de muerte torno distante y mantiene profundamente sumergido. Hay una memoria afectiva y doliente, pero sin imagen ni palabra: sólo el afecto sintiente de la angustia permanece allí en lo hondo, límite donde se borra su contenido. La imagen y la palabra pueden abrir el surco de un saber consciente de lo amenazante, pero de tan te mido sólo queda el sentimiento de muerte que los excluyó de la mente. De-mente se dice de los que están solo con su terror a cuestas: terror interno, que existe allí en lo más íntimo de la gente. El terror es feroz: crea sus propios ámbitos de enceguecimiento porque al mismo tiempo oculta la verdad Siniestra que lo produjo, y sólo deja el misterio de lo más temido en lo más hondo: la estela blanca y si lente de muerte, es decir su rastro, su aguijón entrañado, la amenaza indescifrable que la angustia abre cuando se roza su espacio amojonado.

Por eso no se trata solo de recordar, de tener el coraje o la voluntad de hacerlo: de que la imagen de lo más temido aparezca nuevamente. Se trata de crear, como suelo firme donde podamos apoyarnos, las resistencias que lo venzan, que el genocidio se produzca históricamente de nuevo. Hay que recordar, pero dentro de una inscripción social nueva, para que entre todos construyamos una fortaleza contra el miedo y contribuyamos a crear la fuerza colectiva que le haga frente. Sólo así cada uno, aunque esté solo, se sentirá libre y potente.


Recordar en la soledad individual no basta


La memoria es un hecho colectivo: hay que construirla materialmente con los cuerpos marcados que han quedado vivos, Por cada cuerpo asesinado se necesitan miles de cuerpos que actualicen en la memoria la vida de quienes la perdieron por hacer lo que nosotros debemos continuar ahora. Como los cuerpos de los niños desaparecidos en la Noche de los Lápices: se multiplicaron por miles de cuerpos resistentes en los jóvenes que volvieron a darles vida en los suyos, unidos en las marchas por las calles, Este es el único milagro: no son los panecillos los que se multiplican, sino los hombres que producen hombres. Todas las tumbas permanecen vacías y abiertas mientras permanezca el poder que se apoyó en la muerte para dominarnos.


El cuerpo colectivo resistente es el continente de la memoria individual desfalleciente, vencida, no quizá su permanencia como "hecho" recordado sino por el modo como la memoria existe para cada uno: si existe sólo como amenaza o también existe como resistencia. Las meras figuras del horror, aisladas del contexto histórico, no bastan para el recuerdo: más bien espantan nuevamente. Si cada uno se queda sólo con la Escuela de Mecánica de la Armada o con Vesubio, cada uno se queda solo con el terror adentro, inmóvil, fijado al espanto que nos convierte en estatuas de piedra. De qué manera la memoria se inscribirá en los cuerpos sintientes dependerá del soporte que encuentre en el cuerpo colectivo. Si el terror sigue imperando, sin resistencia, nos quedamos solos angustiados y vencidos: impotentes.


La razón asesina del poder político se sigue multiplicando en sus signos


Memoria, en el campo de la vida histórica, es la movilización colectiva que actualiza la lucha que quedó, como un límite insuperable, detenida en el momento de las torturas los asesinatos. Pero abren ese sentido pasado mostrando lo que de común tiene con el presente. En una sociedad vencida, dislocada, el terror sigue trabajando en el silencio dentro de los espacios sociales conquistados por la muerte. Fue el terror el que hizo posible en el presente la sustracción de la vida cotidiana y la riqueza colectiva entregada, como si se tratara del botín de una guerra perdida. Y en realidad para ellos fue una guerra ganada con los medios adecua dos para alcanzar el triunfo: bajo la excusa de enfrentar a la guerrilla se trataba en realidad de derrotar y someter a toda la población argentina. Ese fue su objetivo: atomizar sus fuerzas, exacerbando el individualismo por la ganancia y el consumo o la mera subsistencia, perdido el sentido de la vida, disueltos los vínculos sociales construidos en el largo tiempo solidario, mientras los cuerpos de los ejecutores y las Instituciones asesinadas están entre nosotros como amenazas impunes, ¿qué sentido tiene entonces el recuerdo, el coraje, la memoria, si no encuentra un cuerpo real, imaginario y colectivo, para hacerle frente y resistirle?


Anudar la memoria social con el pasado es volver a retomar el camino que quedó allí entregado, para emprenderlo nuevamente de otro modo: es confirmar la alianza colectiva en un desafío ineludible para volver a andarlo, luego de haber aprendido algo más de la dimensión asesina de los poderosos. Para que el pasado y el sufrimiento no haya sido en vano debe convertirse en una nueva secundaria material, hacha de cuerpos vivos, donde el recuerdo revela la profundidad del obstáculo que debe ser enfrentado y la compleja trama de un proyecto nuevo. El terror desnudo en su anverso también lo que el poder más teme, mostrando a quienes en verdad iba dirigida la amenaza: ligándola a la lucha por transformar las condiciones de la vida. Ese terror fue una respuesta contra la rebeldía social: también ellos tenían miedo. Recodar es construir un hecho vivo más poderoso que antes; volver a activar, al evocarlo, la sabiduría de una nueva e inédita experiencia histórica: lograr, por nuestro empuje, que sus armas, sus fantasmas religiosos y sus amenazas sean impotentes para detener la resistencia.


El recuerdo vivo, encarnado en las Madres


Los modelos de hombres y mujeres rebeldes expresan la dignidad de un enfrentamiento allí donde todos los demás, que debían sostenerlos, habían flaqueado o se habían excluido. Los héroes trágicos son los que asumen el destino contradictorio donde la muerte no pone límites a la responsabilidad de enfrentarla con un acto que lleva hasta el extremo la tensión del enfrentamiento humano. Ponen de relieve, con este acto de coraje extremo, lo que los ases: nos no pueden permitir que suceda. Y lo hacen allí donde todos defeccionan: muestran que es posible a resistencia. El poder de la dignidad desarmada, en un enfrentamiento disimétrico, descubre con su coraje la miseria y la debilidad cobarde sobre las que se afirman los criminales armados. Pone al desnudo la debilidad de la pretendida fuerza de los poderosos. Por eso estos le tienen tanto miedo a las madres: tienen la verdad de la que ellos más temen.


Las madres de Plaza de Mayo no representan na da, como lo hacen los monumentos, las estelas o las tragedias literarias: presentan, en sus personas vi vas, la realidad de un enfrentamiento asumido hasta el extremo límite de la coherencia y del dolor humanos, no sólo como lloro, desesperanza, ni como olvido. Que no "re-presentan" nada quiere decir que con sus cuerpos engendrantes de vida -las Madres fértiles por antonomasia, no las Vírgenes estériles que está con banda de generala con los cuarteles - son las que han dado testimonio de que era posible la resistencia, y la pusieron en acto allí donde casi todos por terror, indiferencia o complacencia- habrían entrado en el pacto siniestro y silencioso de los represores. Han abierto y mostrado, en este mundo doblegado por el miedo, el lugar más hondo de la memoria histórica.


*Publicado originalmente en la revista Fin de Siglo. Número especial, octubre de 1996 y uno de los capítulos del libro Trelew, una ardiente memoria, compilado y editado por Vicente Zito Lema, 2015.


Guillermo Kuitca Nadie olvida nada, 1982 acrílico Pintura 67.4 x 57.5cm


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