Malabares y malabaristas: practicando lo imposible / María Emilia Tejedor
- Revista Adynata

- 2 dic 2025
- 9 Min. de lectura
Actualizado: 4 dic 2025
Un recuerdo hecho (de) pedazos
Me pregunté varias veces cuál era la mejor forma para hablar acerca de una contingencia: mi encuentro con lo real a partir del pasaje por una institución abocada a “La práctica entre varios”. Una práctica colectiva que se instala a causa de un insoportable clínico y no en vistas de un objetivo terapéutico.1 Una práctica que sella un modo de pensar y hacer clínica a partir de tomar la posición de “sujeto supuesto NO saber” en las instituciones
¿Cómo hablar de esa tyché, de ese encuentro con lo real que desarma el mundo de representaciones en el que nos sostenemos todos los días?. Tomando las palabras Eduardo Pavlovsky “Tampoco quisiera ordenar demasiado la exposición, cada vez desconfío más de mis exposiciones ordenadas; prefiero hablar como boceto”2 ejercitando la percepción de líneas que se van trazando, construyendo un dibujo del cual no se conoce su forma final.
Estas escrituras están hechas de simples e inacabados trazos. Están hechas de pedazos. De restos.
De aquellas líneas esbozadas sobre el piso, sobre las paredes, sobre la mesa, sobre los cuerpos (menos sobre el pizarrón). De aquellos silencios o ratitos de silencios como pequeñas alternancias entre el disparo continuo y pegoteado de palabras. De aquellas frases (varias, repetitivas como estribillo siempre igual. De esos cassettes de nunca acabar, eternidades tediosas). De aquellas palabras que a veces aparecían cuando el ruido cesaba, escondidas entre cánticos y murmullos, trabadas en la garganta, entrecortadas, apoyadas en mímicas. Distintas apariciones, pero siempre… pedazos.
De aquellos gritos (alaridos ensordecedores a veces, inentendibles otras o simplemente sacados de la galera descontextualizados). De aquellas babas esparcidas por los objetos y el espacio. De aquellas heces esparcidas por el baño en un intento de arte rupestre, o de aquellas voladoras frente a un enojo.
Trozos…pedazos que de sus juegos de entrecruzamientos nodales devendrán algunos posibles. Cada una con sus contornos, movimientos, cortes, distancias, relieves, interrupciones, vacilaciones, fijaciones, reiteraciones, figuras, grosores, direccionalidades, sentidos, errancias, sin verdadera significación y sin verdaderos sentidos.
Devenires abiertos de los que no se sabe nada de sus determinaciones venideras. Determinación. Qué palabra. Vaya apuesta hablar de determinaciones. ¿Existirán? ¿O simplemente son una fantasía neurótica de la gestalt, de esa forma que (nos) encierra y cierra, de esa forma que (nos) fija, para nosotros estar tranquilos, para nosotros estar bien anclados?
Así… como bocetos también llegan los recuerdos: pequeñas imágenes, partes de relatos, intervenciones aisladas, imágenes fragmentadas.
Porque al fin y al cabo … ¿Los recuerdos no son como bocetos? ¿No son esos pequeños fragmentos, trazos, sonoridades, frases, palabras, sílabas, imágenes? ¿No son restos de lo vivido, de lo pensado, de lo actuado, de lo sentido, de lo experimentado? Restos, fragmentos, bocetos, innovadores de fecundidad… algunos. Puesto que algunos inauguran nuevas posiciones y caminos y otros… bueno, otros, mejor despedirlos. Despedirlos como los niños con sus primeras heces en el inodoro.
La fecundidad de algunos restos es como esas semillas que se esparcen por la tierra, dando vida a flores nuevas. Flores provenientes de “La transitoriedad”3 como bien nos señala Freud en aquel texto bello -(y poco leído, ¿Por qué será?)-. Transitoriedad presente en el rasgo de la caducidad, porque al final las flores se plantan, que crecen, duran un tiempo, y luego caen. Para luego volver a nacer… otra vez.
“Hay cosas que necesariamente tienen que caer para poder empezar” escuche una vez de boca de un querido analista amigo. He aquí como la caída de los recuerdos habilita un espacio para la escritura.
Escribir es como el trabajo del sueño: un hacer con los restos. Esa elaboración secundaria que le da sentido a los fragmentos bizarros, a partir del anudamiento de significaciones que- por momentos- es posible. Significaciones nunca totales, nunca verdades eternas, sino simplemente apuestas de contraseñas deseantes que intentan hacer letra a partir de una necesidad: dar algún orden de sentido a lo innombrable, lo intraducible, valiéndonos de las trazas que dan a leerse.
Intentos y apuestas sin infinitivos, sin estridencias. Insistiendo en pensar sin poder nombrar, componen una danza de interrogaciones que inauguran el vacío estructural hospedando lo ilegible. “Incluso bajan la guardia para no cubrirse ni defenderse con el guión normativo de la institución (...)4, ni con esas lenguas del am(b)o.
Pedazos trampolineros
“El Trampolín”, es el nombre de una institución. Un Centro Educativo Terapéutico de la ciudad de Rosario emplazado en uno de los establecimientos físicos pertenecientes a la Fundación del Desarrollo Infantil con dirección en Italia 466. Esa también era la contraseña del wifi, pegada en el interior de una de las puertas de un placard en el salón de los talleristas.
En ese placard se guardaba de todo. Desde ambos de profesionales actuales y de los que ya no estaban, ropa de niños que ya tampoco ya no estaban, galletitas y jugos para la merienda, hasta artículos de librería (frascos de témpera sin y con la tapa, cintas despedazadas y no despedazadas, hojas blancas, hojas dibujadas, rayadas, cortadas de múltiples formas y múltiples colores, y pedazos de juguetes). En fin, un placard de restos. Algunos perdidos en el fondo y otros que aparecían a flote y se dejaban ver de vez en cuando.
Ese placard sí que era un quilombo. Las neurosis de los talleristas, esos diversos modos de intentar plantear una organización de los elementos dispersos, esas gestalts propias, intentaban dar un ordenamiento. De vez en cuando se escuchaba, “Hay que ordenar el placard” y después de ordenarlo se escuchaba “intentemos mantenerlo ordenado”. Si de imposibles hablamos, en el Trampolín todo intento de orden de lo disperso tenía un punto de imposible. Pero, aun así- (“aún” ... linda palabra para señalar un por-venir cada vez. ¿No cierto? )- esa frase siempre aparecía.
Generalmente utilizábamos algunos minutos antes de que los niños y niñas comenzarán a llegar a la institución y entre los talleristas comenzaba la aventura. Agarrábamos las cajas y de una cosa por vez, y entre varios, tirábamos lo que ya había perdido toda condición de uso y dejábamos lo que aún le quedaba alguna que otra chance más. Tal es así que de boca de alguno se escuchaba: “Esto lo podemos usar para…”. Le hallábamos una vuelta más al objeto, cada vez. Armábamos y sosteníamos esos puntos suspensivos como potenciales de un decir.
El Trampolín es el nombre de un “boceto de institución”, porque el Trampolín es un lugar donde se presentaban niños y niñas como fragmentos y pedazos con características bizarras y extrañas. Desorganizados, violentados, desordenados, mixeados, confundidos, pegoteados, ecolalizados, mimetizados, desubicados, borroneados, babeados, defecados, sonorizados, aullados, gritados, agitados, excitados, agresivos, asfixiados.
En un entramado de conversaciones con Delfina Moreyra -psicóloga, psicoanalista, ex tallerista de El Trampolín-, bordeando y haciendo orilla al río de preguntas imposibles "¿Que es el trampolín?¿Que hay allí?" narraciones como caleidoscopio de su de puño y letra emergieron.
El Trampolín era un espacio bizarro en el que ocurría no sé qué cosa, un sitio loco en el que se encontraban retazos, pedazos, porciones, trozos, partes y trazos. Pedazos de juguetes, trazos de crayón, retazos de telas, porciones de comida, fracciones de tiempo, micro momentos, micro espacios dentro de otros espacios, partes de un todo, fragmentos de un cuerpo, sectores bizarros.
El Todo era para nosotros algo, una Gestalt a modo de guía. Una gestalt que de una forma neurótica nos perseguía y también nos limitaba. Nos encandilaba a la hora de ver lo que para un niño una parte significaba: el tratamiento de esa pequeña porción que para él era un todo, el trabajo que con ésta realizaba, construía y nos mostraba.
Aunque se desintegrara una hoja en cien pedazos, cada uno de ellos era pensado por nosotrxs como un todo, y esa pequeña fracción nos convocaba a observar con el más riguroso detalle qué estaba ocurriendo. ¿Cuáles eran los modos de presentación que aparecían? ¿Qué singularidades podíamos leer clínicamente? ¿Qué pasaba en cada recorte de papel? ¿Lo haría un bollito, lo metería en agua, lo tiraría al piso sin más, lo rechazaría, buscaría la mano de un adulto? ¿Qué hacía el niño con ese breve fragmento de tiempo? ¿Se iría a los tumbos, giraría en círculos, se pondría a gritar, exigiría nuestra mirada? Ese pedazo de-, esa parte de-, se mostraba como un todo y era allí a donde apuntaría nuestra intervención.
En un lugar así, como en toda institución, donde ocurren fragmentos de cosas y gestos que no configuran escenas, donde el principio y el final de una tarea se tornan difusos, donde el aquí y el allá no están claros, donde no existen fronteras, donde no hay bordes que funcionen de límites… en un lugar así aparecen todas las promiscuidades. Allí… en ese espacio uno siente la falta. Se vive como “un loco”, “un chino”, “un desmadre”, “un lío”, “un caos”, “un desorden” “anormal” difícil de soportar. Difícil de soportar para los trabajadores, por supuesto.
La falta es difícil de soportar. Los fragmentos, los pedazos, los restos, a veces no pegan ni con plasticola ni arman imágenes. El no saber, las incertidumbres, cuestan … cuestan trabajo darles lugar. El deseo del analista, de analizar, la operatoria de vaciamiento sobre lo propio para dar lugar, para hacer lugar a que se hace respecto de ese otro, qué se piensa, qué se diseña para ese otro…es condición propiciatoria. Pero ella, la disposición a hacer lugar requiere de alguien para encarnarse. Se encarna y se pone a prueba cada vez en las instituciones.
Algunas veces, ese deseo del analista, de analizar, encarnado en “alguienes” se encuentra con atrolladeros y trastabilla. Trastabilla cuando se inundan con las aguas de la pasión clasificatoria que nos pone de guardia frente al otro. Guardia que nos protege de la angustia manteniéndonos absolutamente por fuera del lazo y hasta a veces, impidiendo el lazo.
Los pedazos, los fragmentos, angustian. No nos proveen de gestalts cerradas. Nos devuelven a los puntos de imposibles y contra los imposibles, vaya que lanzamos rúbricas y nombres “AUTISMO” O “PSICOSIS. Esfuerzos vanos porque aun así continúan siendo pedazos y fragmentos extranjeros dignos de señalar que hay algo que necesariamente tiene que no encajar para poder existir como alteridad.
Esos pedazos de los cuales nos horrorizamos, son las que presentifican lo singular como alteridad. ¿Qué es lo singular?. Eso que anda suelto. RE- SUELTO, llaman en la ciudad de Reconquista ( Santa Fe) a ciertos negocios. Lo re- suelto, la marca de la diferencia absoluta balizan que el otro es lo que no se espera. Y justo allí, anidan y coexisten la dificultad de los lazos como también su posibilidad.
La angustia: el lance de dados
La angustia, es el afecto que no engaña. Es el afecto que interrumpe el engaño. Lo que se suelta, lo que anda suelto. Porque lo que engaña es el mundo de representaciones con el que nos manejamos día a día. Las un y mil razones con las cuales nos empeñamos, una y otra vez, en capturar todo aquello que se nos presente ajeno y extraño para quitarle su estatuto de alteridad, puesto que la alteridad nos incomoda y nos atraviesa. Velos ilusorios que hacen las veces de petrificaciones.
¿Esos velos con los que nos engañamos nos hablan del otro o de las profundas dificultades de todo ser humano de lidiar con la alteridad radical de lo otro?
La angustia, la angustia como señal. ¿Qué señala? Señala la ilusión del velo. Briza de aire que corre un poco el velo, dejando ver la alteridad devolviéndonos al punto de no-todo, de imposibilidad, de castración. Rompe e interrumpe el mundo de ilusión.
Con la angustia, reina la chance de una caída, de un despertar que instaure una falta que haga de agujero para que la respiración se alinee con el deseo y no ya con la imagen. Eso sí, si podemos anoticiarnos de ella y ponerla a trabajar.
Sucede en nosotros que los acartonamientos teóricos en ciertas oportunidades son utilizados como armas y escudos con los que nos defendemos una y otra vez. Urgenciados por la prisa, los ponemos delante del otro haciendo las veces de condiciones. Anticipaciones precipitadas que en vez de invitar a comer al extranjero lo dejan absolutamente por fuera de la mesa. Pequeños gestos de crueldad que habitan cada institución y que nos involucran dejándonos sumergidos en las aguas de un impedimento… y sabemos bien que Lacan ubica al impedimento como un síntoma- síntoma institucional- que nos atrapa en una trampa de captura narcisista que no llega a un buen fin.
Un ejército de ciegos y sordos conminados a no querer saber nada de las alteridades gestan cinismos e indiferencias que habilitan las crueldades más extremas.
Deponer las armas, quemar las naves, habitar la angustia quizá sea más vivible. Orientados en el no saber, sueltos de los puntos de fijación convertidos en anclas, recuperamos la vista y la escucha. Navegar la incompletud, tolerar el caos, sostener la falta no es posible sin la invención de sentidos agujereados en el mismo navegar. Esas lecturas como puntos de sutura, capitonados, hechas con otros que responden punto por punto a tal sujeto y nada más que a tal sujeto, orientarán el navegar por momentos otorgando rumbos. Rumbos incerteros, que podrán o no devenir recursos, podrán o no dar en el blanco, posibilitarán o no ciertas condiciones de base.
1.Zenoni. A, “Orientación analítica en la institución psiquiátrica”, en La Otra Practica clínica- psicoanálisis e institución terapéutica”, Grama, CABA, 2021, p.24.
2.Pavlovsky, E. “La crisis del terapeuta”. Conferencia pronunciada en el ciclo psicoanálisis 71. Centro de psicología médico.
3.Freud. S, “La transitoriedad” en Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico. Trabajos sobre metapsicología y otras obras. (1914-1916). Tomo XIV. Amorrortu editores. Buenos Aires. 2017.
4.Chevnik,D. “Trescientos catorce pistas” en Post Guardia ¿Qué le hace un hospital a la noche?. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 2025.




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