Miguel Abuelo, el largo día de vivir / Patricia Mercado
- Revista Adynata

- hace 1 día
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Porque somos instantes en el mundo,
porque somos amantes en el cielo.
Miguel Abuelo -Miguel Ángel Peralta- se desliza en el horizonte de la música popular argentina mitad historia, mitad leyenda.
Nació en Munro, en el Gran Buenos Aires y su mamá, enferma de tuberculosis, tuvo que dejarlo en un orfanato.
Desde pequeño irradió un encanto capaz de conseguir que la gente perdonara sus arranques de ira, tan frecuentes como erráticos.
De su padre no tuvo ni el apellido, de su madre una lejanía difícil de saldar aun cuando volvió a vivir con ella una década después.
Sus raíces flotaron en el aire de la época desde el comienzo: desarraigo y errancia signaron su travesía.
Esa fragilidad se hizo fuerza, esa fuerza siempre sería frágil.
Durante toda su vida intentó inventar una casa donde cobijarse, la buscó en cada una de las incontables mujeres con las que se acostó, con cada amor al que le declaró eternidad, esas pieles se esfumaron como si no hubieran sido más consistentes que una gota de rocío.
Su hijo, Gato Azul, parecía el resto diurno de su ensoñación amorosa. Juntos fueron y vinieron por aventuras y desencuentros. Al final, Gato llevó sus cenizas a orillas del mar para que su padre pudiera seguir viaje.
Miguel quiso escribir un libro descomunal, La historia universal de la realidad. La imposibilidad de concretarlo la fue regando con infinitas botellas de vino. Mientras los años pasaban, y tironeaba de ese imposible, se le iban cayendo poemas que aprendió a decir cantando. Menudencias de una ambición desaforada por capturar algo que sospechaba detrás de espesos cortinados de fantasmas.
Su voz fue macerándose desde la infancia en los pliegues del folklore nacional: bagualas, chacareras, zambas.
Pero haciendo dedo en la ruta 2, ya a los veinte, en medio de los vientos de los años sesenta, conoció a Pipo Lernoud, un tipo que le abriría la puerta de la incipiente bohemia rockera. El sótano de Pueyrredón y Juncal, La Cueva, y la pensión Norte fueron los lugares de la iniciación.
Reventar los pétalos, disgregar el átomo
encajar las metáforas
como clavos en el vino.
Pipo y Miguel, escribieron la fórmula en 1966.
Se atiborró de drogas y de alcohol, para no doler, para no dormir. El reviente fue un abismo al que se asomó, aquí y en Europa, incontables veces. Acaso el vaivén de una puerta entre sus infiernos y el hambre de amor.
Ese insomnio concibió la magia como quintaesencia de la verdad.
Yo estuve muy solo,
pero solo sin recuerdos,
yo estuve muy solo,
pero solo y nada más.
En las calles de su orfandad la marea lo arrastró con otros náufragos.
A la madrugada, cuando las zapadas de La Cueva terminaban, peregrinaban hasta Plaza Once, y se quedaban en el bar La Perla donde los estudiantes de la facultad de Filosofía y Letras leían y discutían, y esa manada -que no siempre terminó el colegio secundario- se atrincheraba en la larga mesa del fondo a intercambiar letras incipientes, a inventar melodías de futuras canciones.
Miguel Grimberg, periodista y crítico contracultural, en 1966, habla de ellos así:
Porque eran las canciones el germen del mundo anhelado.
Algunos han vislumbrado una forma de crecer sin hacer concesiones a la barbarie cotidiana (…) es posible detectar el germen de una nueva sensibilidad: la de los trovadores. Contemporáneos de unos escombros llamados Vida Social y herederos de unas enormes ganas de vivir.
Miguel Abuelo supo imaginar cual vívida realidad ideas irrealizables y se arrojó, insaciable, en busca de lo fraterno: músicos, dibujantes, actores, productores, escritores, fotógrafos, artesanos que oficiaran la liturgia de sus visiones. Las predicaba con una verborragia de efectos paradojales, ora cautivaba ora espantaba a quien caía en el hervor de esa pócima.
Su voz de tenor cantaba melodiosa o aullaba desgarrada según la hora del día en cuestión.
La calle se abría como una hembra eterna, que jamás lo abandonaría, con su promesa de horizonte itinerante, de milagroso amanecer. La calle, umbral ardiente donde buscó exorcismos a lo insoportable.
Su estrella, revolcada en el asfalto de lo cotidiano, se rompía en mil pedazos una y otra vez, y a cada rato renacía con los bríos de lo inaugural. Así la música, los viajes, las mujeres, el poema.
Se acercan tiempos difíciles
amar es urgente
Extraño pez de reflejos dorados, buscó y encontró una troupe de artistas que tejieron la marea donde su poética se sostuvo y desovó.
Calamaro, Sbarra, Cachorro López, Kubero Diaz, Pomo, Pappo, Melingo, Bazterrica, Polo Corbella, como si no le alcanzara un solo cuerpo, impropio, tan impropio como las palabras, y tuviera desde el comienzo que aparear fragmentos de otros vuelos para hacerse al aire. Como se roban mandarinas en la siesta, darse a existir entre las rítmicas de lo inhallado.
Miguel insistió en cierto apego a la quimera, como si la vida le debiera algo a lo que no estaba dispuesto a renunciar.
Algo que jamás comprendió del todo. Mientras tanto escribió poemas propios de un predicador enfático.
Miguel, juglar afiebrado, pez hambriento en ese laberinto donde extendió la mano y mendigó lo innombrable en bares a punto de cerrar, plazas, pensiones, casas ajenas, para acunar el misterio de vivir.
Ellos, sus compañeros de insomnio, le dieron su elixir de a ratos, y a veces miró alrededor y no vio a nadie. Como sea nunca dejó de insistir con una fe tozuda en lo inexplicable.
Miguel Abuelo, peregrino de la nada, supo arroparse de extrañas visiones que dejó desperdigadas en discos y cuadernos cuando se fue.
No sin antes decir: un beso en el culo del perro.




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