• Revista Adynata

No un juicio más / Georgina Andino

En septiembre del año pasado, en medio de la pandemia y el encierro, nos enteramos que se abría un nuevo juicio por delitos de lesa humanidad. Otro juicio, aunque no un juicio más: un juicio por delitos sexuales, los delitos sexuales que padecieron nuestras madres, hijas, tías, abuelas, amigas, compañeras.

Juicio que llevó mucho tiempo y esfuerzo conseguir.

Dos genocidas –Jorge “el tigre” Acosta –Jefe de la Sección de inteligencia del GT 3.3.2 que operaba en la Ex Esma- y Alberto “el gato” González, oficial de inteligencia, ya teniendo varias condenas perpetuas y/o a 30 años por represores, torturadores, apropiadores de bebés y niñes, ladrones, etc, hoy están siendo juzgados por violadores y abusadores sexuales, contra tres compañeras, una de ellas mi madre, Mabel Zanta.


El juicio no se transmite. El tribunal resolvió que por tratarse de delitos sexuales no sea público. Pero sí es importante que se sepa.

El 26 de septiembre comenzaron las audiencias. En la primera, la preliminar, los torturadores se negaron a declarar, amparados en la ley que nuestros compañeros y compañeras no tuvieron. Y como siempre: calladitos.


El 9 de noviembre declaramos mi hermano y yo como testigos en la causa. Nos pidieron que contemos qué fue lo que vimos y recordamos; y qué secuelas tuvimos como familia y personales. Y fundamentalmente, qué secuelas tuvo mi madre.

En septiembre del 78, cuando secuestraron a mis padres, yo hacía una semana había cumplido 13 años, mi hermano, hacía dos meses, había cumplido 19. Mis padres fueron llevades a lo que supimos luego era la Ex Esma, al sector Capuchita.


Repasar vida e historia es memoria, siempre. Aunque, a veces sea dura y duela. Estas memorias las hemos repetido innumerables veces, entre amigxs, familia, terapeutas y compañerxs.

Sin embargo, declarar en juicio es otra cosa.

Declarar en juicio libera, repara y sana. Implica contar en voz alta ante oídos amorosos y ante otros, odiosos y furiosos. Algunos tal vez indiferentes. Pero que, aunque no quieran, deben escuchar. O por lo menos hacer un gran esfuerzo para abstraerse, encerrados y paupérrimos en sí mismos.

Aunque declarar en juicio, también, es fuerte y hostil. No hay abrazos ni palmadas ni ánimos explícitos, aunque sepas que tantxs están ahí, afuera, pensándote y acompañándote. Es la mezcla más perfecta de felicidad y sed de justicia con congoja y pena. Es una tormenta de sensaciones encontradas y necesarias. Es la urgencia de que pase de una vez. Y de que haya justicia.


Así conté nuevamente todo lo que me acuerdo, todo lo que le pasó a mi vieja, a mi viejo también, todo lo que nos pasó, lo que se guarda en la piel, en el alma y en la mente. Una declaración que transcurrió entre el dolor del recuerdo y la certeza del alivio. Y tranquila, hasta que empezaron a preguntar los abogados defensores. El Tigre Acosta, es representado por un defensor oficial. El Gato González (pobre los felinos del mundo diría una amiga) por un abogado defensor de asesinos, histórico y recurrente: Guillermo Fanego.


Fanego se dedicó a intentar ponerme nerviosa, a preguntarme mil y una vez las mismas cosas, supongo que deseando que de tanto decir lo mismo, la verdad se transformara en algo distinto. Claro, difícil defender lo indefendible.

Fanego intentó que yo describiera los genitales internos de mi madre buscando marcas de la violación, o que le contara cuántas veces, a qué horas, qué días de la semana, de qué mes y de qué año, mi madre me había mostrado las escoriaciones de golpes y quemaduras de cigarrillos.

Fanego, prestándole su propia voz a todos y cada uno de los represores, genocidas, asesinos y violadores, quiso quebrarme, atontarme, desacreditarme los recuerdos del alma y las emociones de más de 40 años, dibujando imprecisiones absurdas de fechas y horas imposibles. Cada llanto, cada furia, cada secuela encajonarla en un corset imposible de clasificaciones que pudieran defenestrar el horror.

Fanego quiso sellar con discursos retóricos la carne de mi madre.

Fanego, Acosta, González no pudieron. Ni van a poder.


Terminé agotada, claro, me dolió el cuerpo muchos días por la crispación y la furia, y me costó un poquito recuperar la sensación y la convicción de la liberación y de la sanación que implica la justicia.

Me ayudaron mi mamá, mi papá (donde esté ahorita), mi hijo y mi niete. Mis compas, amores, amigues, todxs quienes estuvieron presentes, preguntando, queriendo saber y estar de alguna manera, me sostuvieron fuerte y lindo.

Para todxs ellxs, estoy escribiendo esto, ya pasada la audiencia. Y para les 30.000.


El día 30 de noviembre, declaró mi madre. Justo una semana después de haber cumplido 81 años. Cualquiera podría aventurar una primera sensación de vergüenza ajena al pensar en cuánto tiempo después. Pero bueno, llegó. Y junto con muchxs, estuvimos allí, mi vieja y yo, esperando se abra la audiencia.


Con su acostumbrado apego a las prácticas de tortura, Fanego -con la voz de las lacras- le preguntó a mi madre reiteradas veces las mismas cosas. Una y otra vez. Tantas veces que hasta el presidente del Tribunal tuvo que “explicarle” que esa tal cosa ya había sido contestada.

Fanego, con su morbosa insistencia, intentó quebrar, atontar y desacreditar a mi madre una y otra vez. Al igual que conmigo, pero con la saña más aceitada seguramente por lo directo del testimonio, intentó encajonar los recuerdos del alma y de la piel vejada de mi madre con pretensiones de precisiones obscenas e imposibles.

Fanego le pidió a mi madre detalle de posiciones, altura de cuerpos, caras y nombres (no) recordados bajo antifaz y terror. Y no logró disimular el hilillo de baba cómplice y arrogante cayendo por la comisura de su boca cada vez que intentaba acosar a mi madre con detalles de recuerdos espantosos e inviables.

Fanego intentó doblegar a mi madre, callarla, quebrarla y velar su declaración, su voz clara y contundente de tantos años exigiendo justicia. Fanego no pudo evitar escuchar lo que no quería. Ni Acosta ni González. Ni nadie.


Mi madre también terminó agotada. Y aliviada. Con todo el encontronazo que significa el testimonio en el cuerpo y en el alma, después de tanto.

En el mismo lugar de la declaración -su casa- estábamos físicamente su hija, su nieto, su bisnieto y su marido.

Y rondando por los aires, el padre de sus hijxs -mi papá- sus amiguxs y compas: la muchacha rubia que vio en el playón de la Ex Esma, embarazada y feliz porque “la trasladaban”, cuyo nombre no sabe y cuyo hije seguiremos buscando siempre. También, seguramente, el “negro” Kacs, repartiendo eso llamado “comida”, y Vicky Freier con sus esperanzas y amores en forma de miga de pan (por nombrar sólo a quienes pudo ver).

Corriendo, llorando y tirando risas al aire, todxs nuestrxs compañerxs.

Todas, todos, todes.

Esperando y exigiendo justicia, claro.


Como dije antes, los abusos y violaciones que formaron parte de la política de terror de estado de la dictadura se enmarcaban en el disciplinamiento social necesario para acabar con los proyectos políticos revolucionarios que denunciaban la opresión y anunciaban que otra vida era posible.

No nos han alcanzado los adjetivos para tratar de describir los tormentos a los que han sido sometidxs nuestrxs compañerxs. Someter sistemática y brutalmente a un otrx.

Un otrx que tuvo que ser deshumanizado, aislado de su condición de semejante, plausible de múltiples aberraciones cuan objeto o cosa: lo mismo que decimos hoy cuando hablamos de patriarcado, de machismo, de odios de géneros.

Mucho tiempo después nos fuimos enterando, haciéndolo consciente. Los abusos varios, las violaciones, los manoseos, el poder extendido al propio territorio cuerpo mujer ha quedado oculto, subsumido en el propio horror de cada tormento: la violencia patriarcal y sus múltiples latigazos que estigmatizan, invisibilizan, culpabilizan y oprimen.

Los delitos sexuales han quedado doblemente ocultos.

No se pudo decir de entrada. Costó. Y mucho. Nos sigue costando. Nos cuesta todos los días. Nos cuesta mujeres, niñas, travas, tortas, putas. Nos cuestan. Duele nombrar el dolor. Duele gritar la violencia. Sin embargo, ya no hay vuelta atrás.


Con orgullo, fuerza, entereza, rabia y alegría, en los juicios se testimonia el dolor y el ahogo. También el nunca más, el no nos olvidamos, el juicio y castigo, el BASTA que venimos gritando desde hace mucho.

Gracias por cada compañera que está y por las que ya no, por mi madre y por todas quienes han sufrido abusos y violaciones, por las que pueden decir, por las que no, por mí también, por cada piba violentada, por nuestras ancestras y por nuestras venideras. Por todes elles, éste es un juicio histórico. Se enjuician violadores. Y esperamos su condena.


Testimoniar desde el género, desde los géneros, suma.

Suma, es reparador y liberador. Las voces que denuncian restituyen, transforman, colectivizan luchas, ponen de cara al poder machista, patriarcal, capitalista y opresor.

Pero fundamentalmente, testimoniar desde el género, suma ovarios.

Suma mucho ovario, rompe los mandatos de silencio victimizadores.

Descubre. Des-cubre.


Porque adonde vayan les iremos a buscar.

Mil veces.

Porque basta de patriarcado y de capitalismo.

Basta.

Porque no olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos.

Jamás.


Teddy Cruz, Cultural traffic. From the global border to the border neighbourhood, 2010



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