Periplo Marechal / Patricia Mercado
- Revista Adynata

- hace 12 horas
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1
Así nació Marechal. Como una profecía en la noche invernal de la calle Rioja.
El tiempo juega a mestizarse. A veces, lo hace con descaro. Su frenético movimiento en planos de simultaneidad arrasa el barro de lo que llamamos presente.
Digo ahora mismo: 18 de octubre de 2025, por costumbre, por desesperación, como conjuro frente a lo perdido del porvenir.
Así, la memoria se revela como potencia regenerativa y no como evocación.
2
En 1979 ella estaba enamorada de un muchacho alto y rubio que, en ese invierno, la esperaba cada lunes a la noche en la puerta de la facultad, al final de la clase de Latín I.
Caminaban por la calle Rioja hasta Plaza Once. La peregrinación semanal estaba cargada de reflexiones metafísicas que intentaban bordear un silencio espeso.
Mientras, el invierno y la dictadura mordían la carne.
Tan solitarios como ellos, los árboles de la vereda respiraban en la oscuridad.
Oficiaban aquel trayecto como una liturgia de la que desconocían el significado.
Una de esas noches, el muchacho rubio le contó que su hermano, que pertenecía a Montoneros, había sido chupado por los milicos junto a su novia tres años antes. Él traía los muertos y la noche los borroneaba para guarecerlos mientras pronunciaban, con palabras casi inaudibles, el horror.
Dijo que, en el departamento del que se los habían llevado, quedaron libros. Allí rescató el Adán Buenosayres de Marechal, que acababa de leer.
Prometió que el lunes siguiente lo traería para regalárselo. Y así lo hizo.
Ella era tan joven que aún no se sabía extraviada.
Hija de una familia nómade cambiaba de casa, de barrio, de amigos, cada pocos años.
No sabía extrañar.
Habitaba una Argentina abstracta, hecha de rasgos inasibles. Nacida del otro lado de la General Paz, aquellos eran sus primeros escarceos en la ciudad.
El último lunes de aquel invierno, el muchacho le dio el libro de hojas amarillentas.
De inmediato, ella supo que le donaba un mapa y lo acomodó con parsimonia en su biblioteca.
3
Durante los años que siguieron se abocó, reiteradas veces, a leer la novela. No lograba comprender una sola palabra de las hojas amarillas. Leía veinte o veinticinco páginas y lo abandonaba, derrotada en la escaramuza. Pasaban unos años y lo volvía a intentar, con la misma suerte.
En cada mudanza, el Adán Buenosayres viajó embalado en las cajas de libros. Vivió junto a ella en todas sus casas.
El Adán esperó.
4
Toda lectura acontece a oscuras, donde el ojo no ve.
5
Esa noche leyó en la página 194 una marca que el muchacho alto y rubio dejó con birome azul: 11-7-79. Supo que los ojos de ambos se cruzaban en el mismo lugar 46 años y 3 meses después.
Se pregunto qué significaba esa Zanja de Alsina en el tiempo. No tuvo respuesta.
Entonces tocó, delicada, la hoja amarilla y frágil con la inscripción.
A veces el misterio sólo pide ser acariciado.
6
En el umbral del amanecer, página 508 de la máquina Marechal, entiende que la potencia de la ficción, de la literatura, radica en sostener la vida.
7
Esta madrugada el lomo del libro se despegó.
Ha envejecido como un buen vino: exudando un sabor macerado en la fragilidad.
8
Nadie escribe sin asumir un destierro. He ahí la puerta.
9
Adán cruza la calle Warnes en la página 365.
10
Marechal derrama signos en la intemperie donde ella abraza su cuaderno de hojas rayadas. Le enseña que la literatura es mediúmnica.
11
“Ciertamente, aquello era el otoño definitivo” subraya ella en la página 250.
12
Dejemos que ladre la jauría psi su “cosita” terapéutica.
La literatura pertenece a las grandes liturgias de los pueblos. Su sacramento es la palabra escrita. Y ni la industria editorial puede corromper la potencia de ese sacramento.
13
Él subraya con birome azul:” El mundo se conserva por el secreto” afirma el Zohar. Y no a todos es útil conocer el verdadero nombre de las cosas. (9.7.79, página 157)
14
Qué bendición no haber estudiado Letras.
Qué bendición hundirse en el laberinto del alfabeto.
15
Página 364, ella subrayó en lápiz:
“La iglesia de San Bernardo yergue su torre única en la noche. Adán Buenosayres escucha: nadie y nada: se han callado las voces.
Adán se interrumpe súbitamente desalentado: le parece advertir que sus palabras, lejos de ganar altura, se abaten como pájaros de arcilla no bien intentan remontar vuelo”
16
La noche devora la calle Gurruchaga.
Ella desanda los pasos de Adán por la rayuela húmeda de los adoquines.
17
Palabras deshilachadas hacen morada en los círculos infernales que Marechal dibuja.
Llega a Corrientes.
Un taxi sin pasajero avanza lento y dobla la bocacalle.
18
Cruza la avenida y camina hasta Vera. Dobla y, media cuadra después, se para frente a la puerta marrón. Saca una llave del bolso. Abre la puerta de su casa. Al final del pasillo sube la escalera.
Entra al departamento justo cuando su mano subraya la página 642:
” Cuando miré las cosas desde ángulos, para mí, desconocidos, una exaltación gozosa me dominó, en adelante me dí a la grata empresa de roer y devorar físicamente los volúmenes del recinto.”




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