• Revista Adynata

Potencia de la dulzura (introducción) / Anne Dufourmantelle

La dulzura es un enigma. Incluida en un doble movimiento de acogida y de don, aparece en las lindes de los pasajes que signan nacimiento y muerte. Por tener grados de intensidad, por ser una fuerza simbólica y poseer un poder de transformación sobre las cosas y los seres, es una potencia.



Una persona, una piedra, un pensamiento, un gesto, un color… pueden dar muestras de dulzura. ¿Cómo aproximarse a su singularidad? Su aproximación es arriesgada para quien desea delimitarla. En muchos aspectos, tiene la nobleza feroz de un animal salvaje. Al parecer, sucede lo mismo con algunas otras especies escasas. La inocencia, el coraje, el deslumbramiento, la vulnerabilidad, al margen de los conceptos examinados por la gran historia del pensamiento, son también observados con inquietud por la filosofía. Obligan a una elasticidad inédita, ya que no se dejan definir solo bajo el ángulo del valor ni contener en la descripción de su fenómeno.



Podríamos ceñirnos a situarla en una frecuencia de delicadeza, transcribir su amplitud. Pero la intención que la anima desaparece entonces, reduciéndola a no ser más que una suerte de clima. ¿Quién siente “la dulzura” de un acto, de un pensamiento, de una cosa? ¿Su destinatario? ¿El que lo concede? ¿Puede darse sin testigo ni autor? El sosiego, la delicia o el tacto son beneficios tanto espirituales como físicos. Esa es una de las tantas paradojas de esta noción que parece flotar en las esferas del ideal: solo manifiesta su potencia porque es también muy sensual.



La dulzura provoca violencia, ya que no le ofrece ninguna presa posible al poder. Dostoievski, Melville, Hugo, Flaubert o el Tolstoi de “Amo y criado” hacen que su fuerza inasible se oponga a la injusticia. De tal suerte que condena a los ojos de los hombres a aquel que la encarna. Desde el príncipe Myshkinhasta los vagabundos de Hamsun, aquellos a quienes se ha dado en llamar los inocentes no saben que son portadores de una dulzura que los destina a la errancia y a la soledad. Su contigüidad con la bondad y la belleza la vuelve peligrosa para una sociedad que por lo que más se siente amenazada es por la relación de un ser con lo absoluto.


Tanto en el orden simbólico como en ciertas artes marciales, la dulzura puede dar vuelta el mal y deshacerlo mejor que ninguna otra respuesta. Nada puede obligarla ni comprometer a otro en ella. En nuestros días, se nos vende la dulzura en la forma adulterada de la puerilidad. Exaltándola en lo infantil, la época la niega. Es así como se intenta poner fin a las altas exigencias de su sutileza: no combatiéndola sino atenuándola. El lenguaje mismo se encuentra al respecto pervertido: lo que nuestra sociedad destina a los seres humanos que destroza “suavemente” [“en douceur”] lo hará en nombre de los valores más elevados: felicidad, verdad, seguridad.


Si el amor y la alegría tienen afinidades esenciales con la dulzura, ¿es porque la infancia guarda su enigma? Porque la dulzura tiene, con la infancia, una comunidad de naturaleza, pero también de potencia. Es su doble secreto, allí donde lo imaginario se reúne con lo real en un espacio que incluye su propio secreto, haciéndonos experimentar un estupor del que nunca se vuelve por completo.

Fuente: Dufourmantelle, Anne (2013). Potencia de la dulzura. Introducción. Traducción María del Cármen Rodríguez. Nocturna Editora / Archivida Ediciones. Buenos Aires, 2021.



Rym Tarfaya - 2021

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.