Pre-potencia del aburrimiento/ Sebastian Schejner
- Revista Adynata

- hace 1 día
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“El aburrimiento es el pájaro que empolla el huevo de la experiencia”
Walter Benjamin
I
Un balón despega de una lánguida mano en algún hogar asfixiante de Buenos Aires. Su destino: ninguno. Tan solo recorrer el mismo aire una y otra vez, mientras gira sobre sí mismo a la espera de alguna idea intrusa que tuerza su destino.
De tanto en tanto roza el techo dejando testimonio de su velocidad rotacional y, precipitándose a un vacío desolador, es amortiguado por alguna presencia incandescente.
El lanzador observa la marca de su esfera y piensa, mientras se prepara para un nuevo lanzamiento. Piensa que no puede parar de pensar en que está aburrido, en loop y sin salida.
Es que el aburrimiento abate, enturbia, discontinúa y detiene.
Vuelve concreto el magma, pastosa el agua y petróleo el azúcar.
Su carácter indisimulable, lo vuelve inescondible, espeso e insorteable.
Se lo supone pesado y carcelario, tanto que estampilla toda ilusión de escapatoria.
Las imágenes se arrebatan como emboscada frente a sus ojos, desfilan rápido y sin darle respiro. Tan pronto como hace foco en alguna, se le escurre en el siguiente parpadeo.
Sin planificarlo y con los ojos lagrimeando para no dejar ir la imagen, se deja atrapar por el trampolín de un recuerdo que lo sumerge en un trance efímero pero fuera del tiempo.
Recuerda que…
Ella se desespera ante lo que ve. Su hijo adolescente, una y otra vez adoptando la forma del sillón, con la mirada extraviada en la pantalla de su celular. Decide, en un acto de valentía y convicciones, confiscar el aparato y aguantar las represalias.
El muchacho se muestra odioso, siente haber sido empujado al más desconocido de los desenlaces, por fuera de todo menos de sí mismo. Declama, como lo haría Rafael Alberti: ¡Me aburro! ¡Me aburro! ¡Me aburro!
¿Hay acaso denuncia en semejante protesta?
¿Un pedido de auxilio?
¿Un grito de ahogo?¿De liberación?
Otro recuerdo asoma, tímido, entre las las sombras del enjambre palabrero.
Relajado bosteza como signo de cansancio.
El día fue largo, sin embargo el adormecimiento ha sido constante.
La escuela ha perdido sentido, principalmente porque es un no-lugar.
Le cuesta hacerse amigos que se interesen en él y no en sus cosas.
La soledad se le hace presente una y otra vez como recordatorio de lo difícil que es el mundo real.
Aún así, dice que su problema es el aburrimiento.
¡No quiero ir más a la escuela, me aburro!
Abundan los cuerpos que se derriten sobre los pupitres áulicos, tomados, seteados, formateados por la estupidizante necesidad de entretenerse. De sostener deseos angostos, sin vuelos ni despegues.
Sin ser despertados por el contagio de algún fuego que disipe el humo, y encienda el motor de la curiosidad perdida por la abundancia de respuestas cibernéticas y su inexistente ausencia de latencia.
Dormidos, taciturnos, defendidos ante la posible sorpresa de algún encuentro con otro, con el saber, con la diferencia.
Paradojal resulta el encuentro virtual.
Una forma de verse sin hacerlo,
de hablarse sin decir,
de jugar sin cuerpo presente,
de sostener aún la ilusión sin causa.
La dificultad es evidente y siempre ha sido la misma, estar con otros siempre supone que la cosa cojee. La gran novedad es que la aparatología virtualizante permite sortear más o menos bien el asunto.
La vida sigue, evitativa, virtual y sin perturbaciones, aunque no sin a/e-fectos.
La quejadumbre se hace oír. Hace saber de la imposibilidad en la discontinuidad del tiempo y el hacer. Deja entrever que no solo el acto despoja a la angustia de su certeza, también la estupidizante anestesia del scrolling.
Sin embargo…
Escandir el infinito rompe el hechizo que esta hipnosis induce, revelando la naturaleza misma de su existencia.
Al aburrirse se eludirá, entonces, la germinación de una angustia sin deseo.
Proclamándose como una de las formas de la espera en tiempos de inmediatez.
Espera de nada, claro, porque el horizonte se ha pegado en la punta de la nariz.
Su exclamación es un signo de esperanza, mas no el abatimiento sin llamado.
Supone un poder, una alternativa a la angustia desoladora del encuentro con el vacío del tiempo agonizante.
Presentifica una mecánica pre-potente que aún esconde entre sus ramas una promesa. Algo de esto late ante el encuentro impenetrable con quien se aburre.
Particularidad inquietante que recita como el título de aquel libro infantil “No me molesten que estoy muy aburrido”.
Algo se cocina allí entre rendijas, cuando se hace lugar, cuando el tic-tac no pesa, cuando la pausa encuentra su cadencia, cuando la adicción cibernética es sorprendida por un tolerable silencio, cuando la soledad se deja acariciar por la inquietante presencia de un otro.
Allí descansa, al acecho, su potencia: el hallazgo de una experiencia creativa. El sobresalto de la imaginación, de la idea, de la ocurrencia.
Acto de moldeado performativo que evitará incurrir en la caída ilimitada que la extinción del deseo supone.
Aburrirse será también una forma de desear.
Y en consecuencia una compañía; o su más íntimo anhelo.
Alguien golpea insistente tras la puerta.
El lanzador pestañea y vuelve en sí.
Interceptado por un suspiro omnisciente, observa el esférico que ahora reposa en sus vigorosas manos a la espera de reanudar su vuelo.
Un alumbramiento fugaz lo ha despertado del letargo y propulsado más allá del mero deseo de desear.




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