¿Qué vidas llevamos con la vida que llevamos? / gonzalo sanguinetti
- Revista Adynata

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Actualizado: hace 22 horas
Quizás el gesto que consiste en querer cuidar de algo, inasimilable a lo que llamamos "propia vida", conforma cierto vértice sobre el que pendula la vicisitud de los días que nos tocan.
Disponer la vida que se lleva en procura de cuidar de otras vidas, es interpretado por la gramática de este presente, como gasto, ceremonia inútil, acto improductivo, despropósito, mala inversión, algo que arroja pérdida. Y por ende, algo erradicable del horizonte de deseabilidad en lo común.
Contra ese gesto exacto se organiza el conjunto de las políticas de estado del presente: cada una de sus decisiones está dirigida a la desintegración y a la descomposición de las condiciones que cultivan el deseo de ese gesto: querer cuidar de otras vidas.
Gestualidades del cuidar presuponen disponer algo de la vida que se lleva en procura de alguna otra vida, sin retribución de ninguna índole.
Cuidar relumbra como un infinitivo aneconómico: resulta irreductible e intraducible al cálculo de equivalencias que toda economía exige para funcionar. El más mínimo atisbo de su presencia parece portar un ineluctable presagio de ruina para la lengua del capital, quizás de allí el ensañamiento en erradicarlo.
Parece vislumbrar, en el gesto impretendiente de querer cuidar, la inquietante inminencia de una profecía antigua que anuncia su perdición.
La ruptura de la economía de prestación-contraprestación que un querer cuidar supone, pone en marcha, tan discreta como silenciosamente, un desmantelamiento irremisible de la apropiación como fundamento de la relación con lo vivo.
No se trata de cuidar lo propio o hacer propio lo cuidado, sino de cuidar como ejercicio de una relación con lo impropio como inapropiable.
Un querer cuidar, no cuida sino lo imperteneciente: lo insusceptible de apropiación.
No dejemos de señalar que no disponemos de una vida que se tiene, una vida que nos sería propia, sino de una vida que llevamos mientras nos lleva. Transcurrimos entre lo vivo como huéspedes y anfitriones de lo vivo, solicitando y ofrendando asilo a lo vivo, simultáneamente, permanentemente, interminablemente, irremediablemente.
Podemos decir, sin incurrir en exageración o imprecisión alguna, que la condición de todo lo existente radica en un principio de hospitalidad sin condiciones: lo existente, sucede como un desconcertante estado de gracia de la materia. Cada cosa, elemento, partícula, átomo -visibles e invisibles, perceptibles e imperceptibles, acontecidas y por acontecer- existe tendiéndose como sustento para que otras cosas puedan existir.
Cada cosa existe gracias a que cada cosa se ofrece como plano de existencia para otra: esta interdependencia no resulta ni discutible, ni impugnable, ni revocable, ni evitable, sencillamente es.
Una común gratuidad de la materia compone el principio de lo existente. Llamamos mundo a la incesante voluptuosidad de una extensa espesura que se derrama en el tiempo como erótica inmemorial de las composiciones.
Habríamos de decir, incluso, que no hay cosas sino estados de relaciones contingentes que inmovilizamos y unificamos como cosas.
No es posible determinar qué es preciso disponer de una vida para cultivar el cuidado de otras vidas, se trata de una decisión que -necesariamente- nos lleva una vida. No podría ser de otro modo: no se termina de saber en qué consiste cuidar despliegues de los modos de existencia de una vida. No porque se trate de una inefabilidad incognoscible, sino por el principio ético que un cuidar supone: cuidar sin prescribir horizontes de determinación para lo cuidado.
Cuidamos, sobretodo, la misteriosidad que palpita en lo vivo como promesa del porvenir inaudito de lo vivo. Eso que Juan L. Ortiz llamó: “la delegación de lo invisible / en unas sílabas de porvenir”. Cuidamos, también, la delegación de lo indecible.
Percibimos, intuimos, estudiamos, aprendemos, nos preparamos, leemos, ignoramos, practicamos, actuamos, equivocamos, escribimos, investigamos, erramos, desaprendemos, deambulamos, jugamos, nos perdemos, escuchamos, naufragamos, pensamos, conversamos, callamos, no sabemos, nos dedicamos, intentamos, imaginamos, nos disponemos, ensayamos, desesperamos, reescribimos, volvemos a leer, encontramos, volvemos a conversar, seguimos errando, entre tanto que requiere el deseo de querer cuidar alguna de las formas de lo vivo.
Pasamos la vida intentando pensar, queriendo aprender, dejándonos instruir en cómo disponernos como pasaje para lo vivo.
Decir pasamos la vida garabatea el trazo de un anhelo: querer devenir sitio de paso para lo vivo, querer que la vida encuentre aquí condiciones de paso, desear que pase vida en esta vida, un ojalá se haga vida esta vida, esperar que esta vida participe de lo vivo.
Disponernos como pasaje para lo vivo implica la tarea de advertir de qué manera, existiendo, ya participamos de los daños a lo vivo. Cuidar implica desaprender formas de dañar en las que vivimos.
La lengua del capital, mientras se empecina en agudizar la producción de condiciones invivibles, nos tienta a consentir la premisa de que cuidar de otra vida supone una pérdida para la vida que llevamos. Una pérdida no sólo innecesaria y evitable, sino también razón y causa última de la historia trágica de nuestros malestares.
Allí radicaría todo el problema del presente: en el inconducente e inconveniente deseo de disponer la vida para cuidado de otras vidas.
Quizás nos encontramos protagonizando una disputa por la sobrevivencia del gesto impretendiente sobre el que se apoyan las memorias de lo vivo: querer cuidar que viva otra cosa que la minúscula y mezquina miseria de una “vidita propia”, desinteresada de todo lo que no sea sí misma
La gestualidad de lo impretendiente consiste en hacerse tiempo que se da, para que otra cosa cuente con una posibilidad de existir.
Esa extraña insistencia -tan preciosamente díscola y refractaria a la economía- de querer disponer la vida que se lleva para que otra vida ocurra, para que algo ocurra en otra vida. Las más bellas de las veces, sin por qué, sin para qué.
Disponer algo de la vida que se lleva, para que algo de lo vivo ocurra para algunas otras vidas.
Conocidas y desconocidas, próximas y lejanas, concebibles e inconcebibles, posibles e imposibles, perceptibles e imperceptibles, existentes y no existentes, vivas y muertas.
Ante todo: otras.
Querer disponer algo de la vida, pero no a la manera sacrificial de una épica heroica que empeña el entero sentido de una vida en favor de la trascendencia de una causa más elevada, sino a la manera gestual de lo inútil, de las pequeñas gestualidades sin grandilocuencia, el gesto desasido de cualquier horizonte programático, incluso de cualquier horizonte de sentido.
Una gestualidad menor que prefiere prescindir de elevaciones, iluminaciones, redenciones, salvaciones y toda la metafórica de promesas de lo ascensional.
Una política del porvenir, un porvenir de la política podría comenzar por esa pregunta:
¿Qué deseamos cuidar con la vida, que sea inapropiable, inasimilable, irreductible a la vida que llevamos?
¿Qué vidas llevamos con la vida que llevamos?




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