• Revista Adynata

Revelación de un mundo (fragmentos) / Clarice Lispector

Quién no se ha preguntado alguna vez ¿soy un monstruo, o es esto ser una persona?



Es lo que menos se ha dado en mí: la delicadeza infinita de la alegría. Pues cuando me detengo demasiado en ella y trato de apoderarme de su levísima vastedad, me vienen a los ojos lágrimas de cansancio. Soy débil ante la belleza de lo que existe y de lo que habrá de existir. Y no logro, en este adiestramiento continuo, apoderarme del primer regocijo de la vida.



Y si a usted le parezco rara, respéteme. Incluso yo me vi obligada a respetarme.



Sé que lo que escribo aquí no se puede llamar crónica ni columna ni nota. Pero sé que hoy es un grito. Un grito de cansancio. Estoy cansada. Es obvio que mi amor por el mundo nunca impidió guerras ni muertes. Amar nunca impidió que por dentro yo llorase lágrimas de sangre. Ni impidió separaciones mortales. Los hijos dan mucha alegría. Pero también tengo dolores de parto todos los días. El mundo me falló, yo le fallé al mundo. Por lo tanto no quiero amar más. ¿Qué me queda? Vivir automáticamente hasta que la muerte natural llegue. Pero sé que no puedo vivir automáticamente: necesito amparo y amparo del amor.



Estoy segura de que en la cuna mi primer deseo fue el de pertenecer. Por motivos que no interesan aquí, de alguna manera yo debía estar sintiendo que no pertenecía ni a nada ni a nadie. Creo que nací sin motivo.


Incluso mis alegrías, qué solitarias son a veces. Y una alegría solitaria puede tornarse patética. Es como quedarse con un presente todo envuelto con papel de regalo en las manos, y no tener a quien decirle: tome, es suyo, ábralo. No queriendo verme en situaciones patéticas y, por una especie de contención, que evita el tono de tragedia, raramente envuelvo entonces con papel de regalo mis sentimientos.



Fuente: Lispector, Clarice. Revelación de un mundo. Adriana Hidalgo editora. Buenos Aires, 2004.

Trabajo de selección: Facundo Abalo



Alec Soth Dog Days, Bogotá 2007 Fotografía en digital

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.