Sobre sueƱos y tierras / Ailton Krenak
- Revista Adynata
- 1 sept 2022
- 8 Min. de lectura
Desde el nordeste hasta el este de Minas Gerais, donde estĆ” el rĆo Doce y la reserva indĆgena de las familias Krenak, y tambiĆ©n en el Amazonas, en la frontera de Brasil con PerĆŗ y Bolivia, en el Alto RĆo Negro, en todos esos lugares nuestras familias estĆ”n pasando por un momento de tensión respecto a las relaciones polĆticas entre el Estado brasileƱo y las sociedades indĆgenas.
Esta tensión no es de ahora, pero se intensificó con los recientes cambios polĆticos introducidos en la vida del pueblo brasileƱo, que estĆ”n alcanzando de un modo bien intenso a cientos de comunidades indĆgenas quienes, en las Ćŗltimas dĆ©cadas, insisten para que el gobierno cumpla su deber constitucional de asegurar los derechos de estos grupos en sus lugares de origen, identificados en el acuerdo judicial nacional como tierras indĆgenas.
No sĆ© si todos conocen los tĆ©rminos referentes a la relación de los pueblos indĆgenas con los lugares donde viven, o las atribuciones que el Estado brasileƱo le ha dado a estos territorios a lo largo de nuestra historia. Desde la Ć©poca colonial, la cuestión sobre quĆ© hacer con la parte de la población que habĆa sobrevivido a los trĆ”gicos primeros encuentros entre los dominadores europeos y los pueblos que vivĆan donde hoy denominamos, de manera muy reducida, tierras indĆgenas, condujo a una relación muy equivocada entre el Estado y estas comunidades.
Claro que durante estos aƱos dejamos de ser colonia para constituir el Estado brasileƱo, y entramos en el siglo XXI, cuando la mayorĆa de las previsiones apostaba que las poblaciones indĆgenas no sobrevivirĆan a la ocupación del territorio, por lo menos sin mantener las formas propias de organización y la capacidad de gerenciar sus vidas. Todo esto porque la mĆ”quina estatal actĆŗa para deshacer las formas de organización de nuestras sociedades, buscando una integración entre estas poblaciones y el conjunto de la sociedad brasileƱa.
El dilema polĆtico quedó para nuestras comunidades que sobrevivieron el siglo XX y aĆŗn precisan disputar los Ćŗltimos reductos donde la naturaleza es próspera, donde podemos suplir nuestras necesidades alimentarias y de vivienda, y donde sobreviven modos que cada una de esas pequeƱas sociedades tiene para mantenerse en el tiempo, ocupĆ”ndose de sĆ mismas sin crear una dependencia excesiva del Estado.
El rĆo Doce que nosotros, los Krenak, llamamos de Watu, nuestro abuelo, es una persona y no un recurso como dicen los economistas. No es algo que alguien pueda apropiarse; es una parte de nuestra construcción como colectivo que habita un lugar especĆfico, donde fuimos gradualmente confinados por el gobierno para poder vivir y reproducir nuestras formas de organización aĆŗn con toda esa presión externa.
Hablar sobre la relación entre el Estado brasileƱo y las sociedades indĆgenas a partir del ejemplo del pueblo Krenak surgió como una inspiración, para contar a quien no lo sabe quĆ© sucede hoy en Brasil con estas comunidades -cerca de 250 pueblos y aproximadamente 900 mil personas, una población menor a la de las grandes ciudades brasileƱas.
En la base histórica de nuestro paĆs, que continĆŗa siendo incapaz de acoger a sus habitantes originarios -siempre recurriendo a prĆ”cticas deshumanas para promover cambios en formas de vida que esas poblaciones consiguieron mantener por mucho tiempo, por sobre el ataque feroz de las fuerzas coloniales, que hasta hoy sobreviven en la mentalidad cotidiana de muchos brasileƱos-, resiste la idea de que los indios deberĆan estar contribuyendo para el Ć©xito de un proyecto de agotamiento de la naturaleza. El Watu, ese rĆo que sostuvo nuestras vidas al margen del rĆo Doce, entre Minas Gerais y EspĆritu Santo en una extensión de seiscientos kilómetros, estĆ” todo cubierto por un material tóxico que bajó desde una barrera de contención de residuos, y que nos dejó huĆ©rfanos acompaƱando al rĆo en coma. Se cumplió un aƱo entero desde que ese crimen -que no puede llamarse de accidente- impactó nuestras vidas de manera radical, colocĆ”ndonos en la condición real de un mundo que acabó.
En este encuentro estamos intentando abordar el impacto que nosotros, los humanos, causamos en este organismo vivo que es la Tierra, y que en algunas culturas continĆŗa siendo reconocida como nuestra madre y proveedora en sentidos amplios, no solo en la dimensión de subsistencia y mantenimiento de nuestras vidas, sino tambiĆ©n en la dimensión trascendente que le da sentido a nuestra existencia. En algunos lugares del mundo nos alejamos de un modo tan radical de nuestros lugares de origen que el trĆ”nsito de los pueblos ya ni es perceptible. Atravesamos continentes como si estuviĆ©ramos yendo aquĆ al lado. Si bien es cierto que el desarrollo de tecnologĆas eficaces nos permite viajar de un lugar para el otro, que las comodidades facilitaron nuestra circulación por el planeta, tambiĆ©n es cierto que estas facilidades son acompaƱadas por una pĆ©rdida del sentido de nuestros traslados.
Nos sentimos como si estuviĆ©ramos sueltos en un cosmos vacĆo de sentido y exentos de una Ć©tica que pueda ser compartida, pero sentimos el peso de esta elección sobre nuestras vidas.
Nos recuerdan todo el tiempo las consecuencias de esas recientes elecciones que tomamos. Y si pudiĆ©ramos prestarle atención a alguna visión que escape a esta ceguera en la que vivimos en todo el mundo, tal vez esta pueda abrir nuestra mente a alguna cooperación entre los pueblos, no para salvar a los otros, sino para salvarnos a nosotros mismos. Hace treinta aƱos, la amplia red de relaciones que integrĆ© para llevar el conocimiento de otros pueblos, de otros gobiernos, las realidades que vivĆamos nosotros en Brasil, tuvo como objetivo activar las redes de solidaridad con los pueblos nativos.
Durante esas dĆ©cadas aprendĆ que todos necesitamos despertar porque, si durante un tiempo Ć©ramos nosotros, los pueblos indĆgenas, quienes estĆ”bamos amenazados de ruptura o de la extinción del sentido de nuestras vidas, hoy estamos todos frente la inminencia de que la Tierra no soporte nuestra demanda. Como ya dijo el pajĆ© yanomami Davi Kopenawa, el mundo cree que todo es mercaderĆa, al punto de proyectar en ella todo lo que somos capaces de experimentar. La experiencia de las personas en diferentes lugares del mundo se proyecta en la mercaderĆa, y esto significa que ella es todo lo que estĆ” fuera de nosotros. Esta tragedia que ahora alcanza a todos se ve postergada en algunos lugares, en algunas situaciones regionales, donde la polĆtica -el poder polĆtico, la elección polĆtica- configura espacios de seguridad temporal, en los cuales las comunidades -aunque ya vacĆas del verdadero sentido del compartir espacios aĆŗn son, digamos, protegidas por un aparato que depende cada vez mĆ”s del agotamiento de la floresta, los rĆos, las montaƱas, colocĆ”ndonos en un dilema donde aparentemente la Ćŗnica posibilidad para que las comunidades humanas continĆŗen existiendo tenga que ser a costa del agotamiento de todas las otras partes de la vida.
La conclusión o comprensión de que estamos viviendo una era que puede ser identificada como Antropoceno deberĆa sonar como una alarma en nuestras cabezas. Porque, si dejamos una marca tan pesada en el planeta Tierra al punto de caracterizar una era y permanecer aĆŗn despuĆ©s de ya no haber nadie aquĆ, pues estarĆamos acabando con las fuentes de vida que nos posibilitan prosperar y sentir que estĆ”bamos en casa, hasta sentir, en algunos perĆodos, que tenĆamos una casa comĆŗn que podĆa ser cuidada por todos, y por una vez mĆ”s estar frente al dilema al cual ya aludĆ: excluimos de la vida, localmente, las formas de organización que no estĆ”n integradas al mundo de la mercaderĆa, poniendo en riesgo todas las otras formas de vivir -por lo menos las que fuimos incentivados a pensar como posibles, donde habĆa corresponsabilidad con los lugares donde vivimos y respeto por el derecho a la vida de los seres, y no solo de esa abstracción que nos permitimos construir como una humanidad, que excluye a todas las otras y a los otros seres. Esa humanidad que no reconoce que aquel rĆo que estĆ” en coma es tambiĆ©n nuestro abuelo, que la montaƱa explotada en algĆŗn lugar de Ćfrica o de AmĆ©rica del Sur transformada en mercaderĆa es en algĆŗn otro lugar y tambiĆ©n el abuelo, la abuela, la madre, el hermano de alguna constelación de seres que quieren continuar compartiendo la vida en esta casa comĆŗn a la cual llamamos Tierra.
El nombre krenak es constituido por dos tĆ©rminos: uno es la primera partĆcula, kre, que significa cabeza; la otra, nak, significa tierra. Krenak es la herencia que recibimos de nuestros antepasados, de nuestras memorias de origen, que nos identifica como ācabeza de la tierraā, como una humanidad que no consigue concebirse sin esa conexión, sin esa profunda comunión con la tierra. La tierra no como un sitio sino como ese lugar que todos compartimos y del cual nosotros, los Krenak, nos sentimos cada vez mĆ”s desarraigados; de ese lugar que para nosotros siempre fue sagrado, pero que percibimos que nuestros vecinos tienen casi vergüenza de admitir que puede ser visto asĆ. Cuando decimos que nuestro rĆo es sagrado las personas dicen: āEso es algĆŗn folclore suyoā; cuando decimos que la montaƱa estĆ” mostrando que lloverĆ” o que serĆ” un dĆa próspero, un buen dĆa, dicen: āNo, una montaƱa no dice nadaā.
Cuando despersonalizamos al rĆo, a la montaƱa, cuando les sacamos sus sentidos, considerando que estos son atributos exclusivos de los humanos, liberamos estos lugares para que se transformen en basureros de la actividad industrial y extraccionista. De nuestro divorcio con las integraciones e interacciones con nuestra madre, la Tierra, obtenemos como resultado que ella nos estĆ” dejando huĆ©rfanos, no solo a los que en un grado u otro somos llamados de indios, indĆgenas o pueblos indĆgenas, sino a todos. OjalĆ” que estos encuentros creativos que aĆŗn estamos teniendo la oportunidad de mantener, animen nuestra prĆ”ctica, nuestra acción, y nos den coraje para salir de una actitud de negación de la vida para forjar un compromiso con la vida, en cualquier lugar, superando nuestras incapacidades de extender la visión a lugares mĆ”s allĆ” de aquellos a los que estamos apegados y donde vivimos, asĆ como para salir de la negación de formas de socialización y organización de las cuales una gran parte de esta comunidad se encuentra excluida, que en Ćŗltima instancia gastan toda la fuerza de la Tierra para suplir su demanda de mercaderĆas, seguridad y consumo.
ĀæCómo reconocer un lugar de contacto entre esos mundos que tienen orĆgenes en comĆŗn pero se despegaron al punto donde llegamos hoy: en un extremo, personas que necesitan vivir de un rĆo, y del otro, personas que consumen rĆos como recursos? Respecto a esa idea de recurso que se atribuye a una montaƱa, a un rĆo, a una floresta, Āædónde podemos descubrir un contacto entre nuestras visiones que nos saque de este estado de no reconocimiento los unos de los otros?
Cuando sugerĆa hablar del sueƱo y de la tierra querĆa comunicarles un lugar, una prĆ”ctica que se mantiene en diferentes culturas, en diferentes pueblos, de reconocer esa institución del sueƱo no como una experiencia cotidiana de dormir y soƱar, sino mĆ”s como un ejercicio disciplinado de buscar en el sueƱo las orientaciones para nuestras elecciones del dĆa a dĆa. Para algunos, la idea de soƱar y abdicar de la realidad es renunciar al sentido prĆ”ctico de la vida. Sin embargo, podemos encontrar tambiĆ©n quien no verĆa sentido en la vida si no fuera informado por los sueƱos, en los cuales puede buscar los cantos, la cura, la inspiración e inclusive la solución a problemas prĆ”cticos que no consigue resolver, cuyas elecciones no consigue realizar fuera del sueƱo, pero que allĆ se encuentran abiertas como posibilidades. Hoy a la tarde me quedĆ© muy aliviado conmigo mismo cuando mĆ”s de una colega de las que hablan aquĆ trajo la referencia de la institución del sueƱo no como una experiencia onĆrica sino como una disciplina relacionada a la formación, la cosmovisión, la tradición de diferentes pueblos que depositan en el sueƱo un camino de aprendizaje, de autoconocimiento sobre la vida, y la aplicación de ese conocimiento en su interacción con el mundo y con las otras personas.
Fuente: Conferencia dictada en Lisboa en el Teatro Maria Matos, el 6 de mayo de 2017, con transcripción de Joëlle Ghazarian publicada en Ideas para postergar el fin del mundo editada por Colectivo Siesta (2019). Traducción y coordinación Carolina Pierro.
Publicado originalmente bajo el tĆtulo āIdeias para adiar o fim do mundoā, Ed. Schwarcz S.A. Companhia das Letras.
