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¿Soy fotogénico? / Roberto Arlt

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 8 horas
  • 4 min de lectura

En Buenos Aires la vagancia pseudo artística florece que es un contento. Quizá sea ésta una de las

ciudades americanas más ricas en semejante fauna.

Aquí se nace vago, como en otros países se nace "activo y honrado a carta cabal". ¿No lo son así, acaso, todos los extranjeros, "empleados jóvenes de buena presencia"?

¿Por qué este amor al "dolce far niente"?, ¿por qué este apasionamiento por el baño de sol, por la gloria y por la plata que viene sin hacer nada? Las causas no nos las explicamos, pero el fenómeno es evidente. Y tan evidente que el treinta por ciento de nuestra población no trabaja, o hace como que trabaja y va vestida, regularmente alimentada, pero toda con la frente descubierta y el empaque de los antiguos hidalgos, lustrosos y famélicos.


¿Soy fotogénico?

Mi director me ha pedido que no emplee la palabra "berretín", porque el diario va a las familias, y la palabra "berretín" puede sonarles mal, pero yo pido respetuosamente a las señoras familias para usar hoy esta dulce y meliflua palabra "berretín". ¿Por qué? Pues porque es la única frase que puede definir la manía de cierto escalafón de vagos. Tienen el berretín de ser fotogénicos. ¡Hágame el favor! Es lo único que nos faltaba. Ser fotogénico.

Yo, cronista anónimo y burlesco, tengo una extraordinaria afición por los vagos. Me son personas simpáticas, sobre todo si saben vivir. Concibo el "squenun" en todas sus fases. Admito todas las chifladuras, hasta las de los dramaturgos. Me deleito en un café escuchando la charla vacua y filosofante de varios hijos de familia, y mi sonrisa pondera indulgentemente el charlatanismo jovial.

Pero no las voy con los fotogénicos. Los fotogénicos son sencillamente ridículos. Si yo fuera gobierno les enviaría a cavar tierra. Les haría acarrear bultos en el puerto. Descargar bolsas en las estaciones. ¿Por qué? Pues porque son las desgracias de las honradas familias, y los chiflados más peligrosos y enfáticos que apestan la tierra.


Las fotografías de los fotogénicos

El fotogénico es por regla general un admirador de Rodolfo Valentino. Yo concibo perfectamente que Rodolfo les guste a las mujeres. Para eso son mujeres. Más aún, ellas al admirarlo a Valentino demuestran tener un excelente buen gusto. Pero que un hombre se pase los días y las noches frente a un espejo frunciendo los labios y las cejas para parecerse a Rodolfo… ¡hágame el favor!

No hay nada más que registrar las colecciones de fotografía que estos "valentinistas" envían a las revistas que organizan el concurso de "¿soy o no fotogénico?". Es para reírse a gritos. Hay señores que se hacen retratos en traje de baño para demostrar su fotogénesis física completa. Y dan ganas de emplearlos de bañistas. Otros están reclinados en un alféizar, la melena revuelta, la cara empolvadita, la mirada melancólica. Otros desempeñan una tragedia, tienen la pelambre revolucionada, los ojos saltados que parecen huevos pasados por agua y un puñal de cartón en la mano.


Los sentimentales de la fotogenia

Pero el plato, el verdadero plato, son los que padecen de un romanticismo de relojero alemán. Una

papa, como decía el lorito. Estos románticos de barbería, antes de retratarse alquilan un frac, y en compañía de alguna hermana se van a lo del fotógrafo para representar el drama.

Ella, de pie, tiesa como si en vez de ser una mujer de carne y hueso lo fuera de madera; él, el fotogénico, con un pie estirado para atrás, la cara a lo ecce-homo, ladeada, y un brazo estirado hacia el gabinete de revelado del fotógrafo. Un plato.

Y los otros, los que se ponen un dedo en el vértice de los labios y hacen un dengue sentimental. ¡Si es para fusilarlos sobre el tambor!... quiero decir, sobre el aparato fotográfico.

Y todos patilludos, el pelo con ondulación Marcel, chaleco de fantasía y las uñas sucias para despistar.


Los buscavidas y los fotogénicos

Y durante un tiempo este gremio de fotogénicos no tenía quien lo explotara, hasta que los buscavidas repararon que la ciudad había sido enriquecida por un nuevo "berretín" que podía ser un filón de oro, y enseguida apareció la clásica, la novísima, la bella invención de los buscavidas:

"¿Quiere ser actor cinematográfico? Concurra a nuestra academia. Garantizamos empleo a quinientos dólares semanales."

Nosotros los compadecemos a los honrados padres de familia. Compadecemos a las madres beneméritas que remiendan los calcetines. Comprendemos el drama, el profundo drama doméstico, suscitado por el fotogénico que un buen día declara que no trabajará para asistir a la academia o que más sencillamente manifiesta que se irá a Norte América a ganar quinientos dólares semanales.

Comprendemos ... sí, comprendemos ese impulso que tiene el padre, honrado albañil o carpintero,

de coger una estaca y romperla en las espaldas del fotogénico. Lo comprendemos.


El negocio de los buscavidas

Y hoy día funcionan varias academias para fotogénicos. Los gastos para instalarlas son escasos. Se

necesita un elenco de "profesores" carasduras, un megáfono que sale barato haciéndolo fabricar de hojalata por un estañador, un aparato fotográfico descompuesto, varias bambalinas, y unas viseras de hule verde y los correspondientes arcos voltaicos en el "estudio".

Los alumnos accionan como locos frente al profesor. Los hay que se sienten con vocación de "apaches" y entonces el profesor les enjareta una corfií, un pañuelo y un puñal, y a ganarse la vida frente al espejo.

Otros hacen de galanes jóvenes y aunque curtidos en los espectáculos grotescos, los buscavidas tienen que hacer arduos esfuerzos para no reírse y echar a perder el negocio que prospera viento en popa.


[El Mundo, 7/8/28]


Fuente: En Roberto Arlt. Notas sobre el cinematógrafo, 1997. Editorial Simurg.


Mark Morrisroe Polaroid of Pia Howard on Glass cerca 1985 Polaroid sobre cristal  7  x 6,5 pulgadas
Mark Morrisroe Polaroid of Pia Howard on Glass cerca 1985 Polaroid sobre cristal 7 x 6,5 pulgadas


Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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