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Gestión o cuidado: ¿una conciliación imposible? / Pascale Molinier

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • 20 oct 2020
  • 21 Min. de lectura

Conferencia dictada el 29 de noviembre del 2014 en el Hospital de Niños Ricardo Gutierrez, Buenos Aires. Actividad organizada por el Programa de Salud y Trabajo de la Universidad Nacional de Lanús y la Asociación de Profesionales del Hospital Gutierrez.

"Nadie deberĆ­a trabajar a tiempo completo en un solo lugar; uno debe verse trabajando desde un otro lugar ", dijo el psiquiatra Jacques Tosquellas hablando de los equipos hospitalarios.

Comparto este punto de vista, muy aplicable a mi situación. Mi pensamiento y trabajo estÔn en la intersección de diferentes corpus teóricos: la psicodinÔmica del trabajo, la psicoterapia institucional y la ética del cuidado. Trabajo no solo en Francia, sino también en Colombia, a veces incluso mÔs allÔ. Me refiero a distintos equipos en el campo de la psicología o en los estudios de género. Mi trabajo es multidisciplinario y transcultural.

Voy a hablar del ā€œcareā€ o del cuidado, sabiendo que este concepto es intraducible en francĆ©s (Molinier, Laugier, Paperman, 2009). El inglĆ©s tiene dos palabras: ā€œcareā€ que se refiere a la preocupación o la atención y ā€œcureā€ que se refiere a la dimensión de sanación o de la cura. En francĆ©s, hay una sola palabra: ā€œsoinā€. Y esa palabra ya estĆ” muy cargada de contenido. Cuando hablamos de ā€œl’éthique du soinā€, es decir, de la ā€œetica del cuidadoā€, hablamos de la Ć©tica mĆ©dica en una lĆ­nea cercana a la de Canguilhem (Le Blanc, 2007, Worms, 2006). No obstante, Veremos que el cuidado en el sentido del ā€œcareā€ designa a otras actividades y a otros trabajadores/as diferentes a las o los mĆ©dicos.

UsarĆ© la palabra ā€œcuidadoā€ para decir ā€œcareā€ y ā€œcuidadosā€ para hablar de un conjunto de actos que combinan dimensiones del cuidado y de la sanación. Cualquier acción curativa debe ir acompaƱada de una atención a la persona.

Hablaré de las relaciones entre trabajo de cuidado y gestión a partir de una realidad muy específica: la de Francia. Espero que podamos compartir algunos aspectos de mi reflexión. El sistema de gestión hospitalaria tiene algo de específico en cada país, mientras que el neoliberalismo es el mismo telón de fondo en el mundo entero. Lo que caracteriza a Francia, desde hace por lo menos veinte años, es el uso de los métodos de gestión del mundo industrial y la exportación de los retos de la competencia económica en los sectores públicos donde el Estado es el empleador. Este es el caso de la gestión hospitalaria y también la de la gestión universitaria, y la de los colegios y servicios sociales. Así que, a pesar de que tenemos un servicio público que es uno de los mÔs extendidos del mundo, no existe ningún segmento de la vida laboral francesa que esté por fuera del neoliberalismo y de sus reglas en términos de management.

La Ć©tica del cuidado nació en los Estados-Unidos, en el Ć”mbito de la psicologĆ­a moral con la obra de Carol Gilligan y se desarrolló en el campo de los estudios de gĆ©nero (Gilligan, 1982). Permaneció confidencial por un tiempo largo, pero desde hace diez aƱos tiene cierto Ć©xito en Francia y en otros paĆ­ses. O sea, se hizo mĆ”s visible en un perĆ­odo de la historia de los cuidados que se puede describir como una regresión de las preocupaciones en tĆ©rminos de atención (care) a favor de preocupaciones vinculadas con la ā€œbuena gestiónā€. Es cierto que en un paĆ­s donde la protección social es extendida como en Francia, la salud es cara para los contribuyentes y para el Estado. Por supuesto, es necesario gestionar adecuadamente el dinero de los impuestos. Pero podemos interrogar los criterios de gestión utilizados para evaluar el trabajo. Estos criterios, en Francia, no toman en cuenta al trabajo real. Para decirlo en pocas palabras: no toman en cuenta la parte humana, de relación, del trabajo hospitalario. Sin embargo, esto es parte central de las expectativas de la gente – pacientes y sus familiares - en tĆ©rminos de cuidado. No es suficiente para la gente que sea bien tratada ā€œtĆ©cnicamenteā€. La gente tambiĆ©n quiere estar informada, sentirse segura, que se ocupen de sus problemas, sus necesidades, sus preocupaciones. En una palabra: la gente necesita cuidado.

El Ć©xito del cuidado se debe entonces a la amenaza de su falta o desaparición, a pesar de que las necesidades de cuidado son cada vez mayores. Especialmente debido a una esperanza de vida mĆ”s larga y dado al trabajo asalariado de las mujeres, que fueron tradicionalmente las ā€œproveedoras naturalesā€ y mano de obra gratuita de cuidado. La sociedad estĆ” atravesada por una tensión entre la necesidad de atención o de cuidado y los requisitos de la gestión pĆŗblica.

El mundo, como dice la filósofa Elizabeth Anscombe (1970), sólo aparece ā€œbajo descripcionesā€. Una de las tareas de la psicologĆ­a social, me parece, es analizar el conflicto entre la descripción del trabajo hospitalario a partir de la gestión y del management, de un lado, y la descripción que somos capaces de producir a partir de la experiencia del trabajo de cuidado, del otro lado. No son las mismas descripciones.

Analizar el conflicto entre la gestión y el cuidado podría ayudarnos a sentar una base saludable para una confrontación equilibrada, y ayudar a desarrollar compromisos entre lógicas diferentes en una perspectiva progresista. Estas lógicas o, mejor, estas gramÔticas distintas podrían escucharse entre sí y eventualmente ponerse de acuerdo o tener la capacidad de generar coincidencias.

Pero hay un requisito previo. No se puede traducir el lenguaje del cuidado al lenguaje de la gestión. Estas no son sólo dos descripciones diferentes, sino que no hablan en el mismo idioma. En otras palabras, hay que reconocer la existencia de una poliglosia (o sea varios idiomas legĆ­timos en el mismo territorio), lo que complica la tarea de ā€œreconciliaciónā€.

Empiezo con una visión optimista: la conciliación o reconciliación. Veremos que el problema a veces es mÔs agudo. Si la gestión o el management no es una lengua como cualquier otra, sino como lo propone la filosofa Marcela Zangaro, el idioma de un dispositivo de gobierno en el sentido de Michel Foucault, entonces la perspectiva del cuidado se puede entender en términos políticos alternativos, como critica del monolinguismo del management (Zangaro, 2011). En esta perspectiva, el anÔlisis del trabajo hospitalario (o el trabajo en asilos de ancianos o en centros para niños discapacitados) toma un valor central. Permite el anÔlisis de la sociedad, de sus desarrollos actuales y ofrece otro idioma para resistir contra la extensión del dominio de la gestión.

Voy a comenzar con una introducción de la perspectiva del cuidado. Después hablaré de la escisión entre gestión y cuidado. Hablaré luego de los sistemas de defensas que operan ocultando el trabajo real. Terminaré hablando del cuidado como alternativa al dispositivo del management neoliberal.

LA PERSPECTIVA DEL CUIDADO: UNA VULNERABILIDAD COMPARTIDA, UN TRABAJO ATENTO

Las teorías del cuidado contienen un reconocimiento sin precedentes de la vulnerabilidad como una condición común de la humanidad. Lo que define al ser humano es su dependencia con los demÔs. Esto se opone al valor neoliberal de autonomía.

Hay, escribe Joan Tronto (2009), un continuo en el grado de atención que cada uno necesita, no una dicotomía entre los que son atendidos y la gente que los cuida. Pero no es una idea que la mayoría de la gente acepta fÔcilmente. Se supone que nos consideramos como seres vulnerables. Esto implica que abandonemos nuestro sentido de una autonomía completa. Y requiere que dejemos de pensar que la "autonomía personal" es la solución a todos los problemas de la sociedad. De hecho, el verdadero reconocimiento de nuestra profunda vulnerabilidad y el hecho de estar vinculados a los demÔs, pueden llegar a cambiar nuestra forma de pensar acerca de la responsabilidad social.

El cuidado no es una moral de los buenos sentimientos, es un proyecto social. Joan Tronto insiste, con razón, sobre el riesgo que presenta la reducción del cuidado a una concepción diÔdica (sobre el modelo madre-hijo). AdemÔs madre y niño no viven tampoco en una isla desierta, ello es un mito.

Una de mis estudiantes estĆ” realizando una tesis sobre la negación de la muerte en asilos para ancianos. Ella muestra que se espera que estas personas tengan un "plan de vida". Ojo: 70% sufren del Alzheimer. Y se supone que los y las cuidadoras deben estimularlas para mantener su ā€œautonomĆ­aā€. Por suerte las cuidadoras desobedecen y dejan a las personas mayores la posibilidad de una siesta. Los efectos del neoliberalismo estĆ”n en todas partes. Y si no tenemos cuidado, vamos a exigir de los y las ancianas que sean ā€œeficientesā€, ā€œcompetitivosā€, y porquĆ© no ā€œexcelentesā€, y vamos a evaluar su ā€œplan de vidaā€, o lo que sea.

El cuidado es una crítica política del neoliberalismo a partir de una crítica del valor de la autonomía personal. La autonomía personal, en este sentido, es una mentira: siempre hay alguien apoyando de manera discreta. No solo los mÔs dependientes se benefician de una ayuda, sino también los adultos competentes. Resulta que en la perspectiva del cuidado, pensamos en términos de relaciones, conexiones, redes, co-construcciones, etc. El valor principal no es la autonomía, pero sin duda si lo es el ser capaz de vivir una vida humana. Y hay muchas clases de vida humana. No sólo la vida de un ejecutivo de alto nivel.

Otra contribución conceptual importante es considerar que el cuidado de los demĆ”s significa hacer algo Ćŗtil para ellos. En otras palabras, el cuidado es un trabajo. Pero este trabajo no tiene nada de espectacular, es parte de la vida cotidiana. AdemĆ”s, permite a la vida cotidiana mantenerse como una condición de nuestra ā€œforma de vidaā€ (o sea: los seres humanos necesitan una vida cotidiana, una rutina con puntos de referencia familiares).

La perspectiva del cuidado propone prestar atención al mundo y a la gente comĆŗn, a las relaciones ordinarias como centro de ā€œla vida cotidiana del ser humanoā€ (para decirlo en los tĆ©rminos de Veena Daas).

Esta dimensión de lo común tiene poca visibilidad. Se ve sobre todo cuando desaparece: en casos de desastre, por ejemplo.

El aspecto discreto del cuidado había sido identificado por el psiquiatra y psicoanalista Jean Oury, que fue el jefe del movimiento de psicoterapia institucional hasta su muerte en marzo de 2014. Director de la famosa Clinique de la Borde, Jean Oury no es un teórico del cuidado, es un teórico del tratamiento de la psicosis. Pero sus teorías estÔn convergiendo con las teorías del cuidado y permiten que se vaya mÔs allÔ.

Ɖl cuenta la historia siguiente: HabĆ­a (en una sesión de formación para los cuidadores) una docena de empleadas de aseo hablando de su trabajo, todas mujeres y un jovencito. Una mujer dice: lleguemos antes de los enfermeros y luego barramos. Hay un pasillo largo y barramos. Otra cuenta que, cuando estĆ” barriendo el pasillo, hay una puerta que se abre, se trata de una anciana que estĆ” demente, que apenas puede caminar con su andador; una vez estaba al borde del pasillo y me sonrió con una gran alegrĆ­a y me contó de cuando era pequeƱa, de cuando tenĆ­a tres o cuatro aƱos, de cuando jugaba con sus amiguitas. Y, despuĆ©s de un rato, seguĆ­ barriendo el pasillo. En ese momento el chico concluyó: ā€œNosotros estamos aquĆ­ para recoger polvo y recoger palabrasā€.

Este ejemplo es bello porque se entiende bien que la atención no puede ser separada de la tarea física. Barriendo el pasillo, las aseadoras encuentran y escuchan ancianas. La ética del cuidado es en este caso inseparable de la labor de limpieza. EstÔn entrelazadas en la textura de la vida cotidiana. Barrer en un hospital es cuidar.

Limpiar un lugar habitado por enfermos es siempre mucho mĆ”s complicado de lo que uno piensa. La perspectiva del cuidado no sólo rehabilita la vulnerabilidad, sino tambiĆ©n el trabajo domĆ©stico y el mundo ordinario. Un mundo en el cual la gente estĆ” buscando con quiĆ©n hablar. En algunos hospitales franceses, las trabajadoras de la limpieza no tienen derecho de hablar con los enfermos mentales, ya que, supuestamente, no tendrĆ­an las habilidades necesarias para hacerlo. Afortunadamente, desobedecen. Y por la maƱana, nadie las ve. No se sabe. Esta ā€œforma de vidaā€ existe sin reconocimiento social.

Sin embargo, es importante destacar tambiĆ©n que el cuidado –el de un padre a un hijo, como el de una enfermera a un paciente– aunque no implique necesariamente una tarea fĆ­sica (como limpiar), moviliza siempre un proceso psĆ­quico de reflexión y anticipación, o para elaborar su propia ansiedad o irritación, cuando se trata de no hacer, por ejemplo: dejar que el niƱo lo haga solo, o respetar el ritmo del paciente, etc.

De tal manera que ā€œNo hacer nadaā€ o ā€œabstenerse de hacer algoā€ puede ser cuidadoso. Estamos allĆ­, en el grado cero de la visibilidad del trabajo de cuidado.

En otros tĆ©rminos, si los y las cuidadoras permiten dormir la siesta a personas mayores, por ejemplo, no es necesariamente porque las cuidadoras sean perezosas, puede ser una respuesta completamente apropiada al estado de salud de aquellas personas que necesitan sobre todo, despuĆ©s del almuerzo, descansar. Y que no quieren ser ā€œestimuladasā€ por medio de herramientas artificiales de animación o ergoterapia.

Este trabajo atento moviliza saberes y haceres discretos que tienen su eficacia en su invisibilidad. El saber discreto se moviliza sin que alguien tenga que pedir nada. Para dar una imagen: el vaso de agua viene justo antes de la sed.

En la pelƭcula de Robert Altman, Gosford Park, la jefa de los domƩsticos dice: yo soy la sirvienta perfecta, sƩ antes de ellos (los amos) que tienen hambre.

Otro punto muy relevante: El trabajo del cuidado no es reducible a la actividad -la actitud de una sola persona- sino que estĆ” respaldado por el trabajo colectivo. Trabajo de apoyo, de cooperación, de atención compartida, o en otras palabras, atención colectiva a las ā€œpequeƱas cosasā€. AdemĆ”s, al menos en la psiquiatrĆ­a, los pacientes no necesariamente participan menos que los cuidadores. Ellos tambiĆ©n pueden cuidar a los demĆ”s.

El cuidado no es un trabajo especializado, toda la gente puede hacerlo. La pregunta es: ¿Por qué algunos no lo hacen? De este modo, liberan tiempo y energía para hacer otras cosas mÔs visibles, mÔs prestigiosas, pero no necesariamente mÔs útiles a la civilización, a lo que Freud llamó Kulturarbeit.

Respecto de este trabajo del cuidado, Jean Oury dice que es un trabajo que no tiene precio. Es un trabajo inestimable (Oury, 2008). Inestimable porque no podemos evaluarlo o medirlo debido a su invisibilidad. Y es inestimable porque es de valor incalculable, no se puede estimar bajo las leyes de la economĆ­a de mercado. ĀæCuĆ”l es el precio de una sonrisa? Ahora bien, esto es, por supuesto, una paradoja en tĆ©rminos de los conceptos convencionales que constituyen la Ć©pisteme del trabajo. Aunque no tiene precio y no se puede medir o confundir con una mercancĆ­a, el cuidado es un trabajo. Un trabajo no especializado, pero un trabajo. El cuidado debe ser distinguido del don o del amor. El cuidado siempre implica un esfuerzo, un ā€œknow-howā€, un saber hacer, una cooperación y una deliberación. El cuidado es una obra de la civilización.

Esta obra consiste en un conjunto de prÔcticas cotidianas. ¿Las decisiones son las correctas? ¿A ustedes les va bien dejar dormir a Madame X, en lugar de llevarla a hacer cerÔmica? Las respuestas a estas preguntas cambian de un día al otro. No hay regla firme, todo es contextual, todo implica deliberaciones, o sea tiempo improductivo.

El psiquiatra FranƧois Tosquelles distinguió el ā€œestablecimiento-hospitalā€ de la ā€œinstituciónā€ (Tosquelles, 1967). La institución ā€œson los vĆ­nculos que se crean en un lugarā€. Hay que ā€œcuidar la institución para cuidar los enfermosā€. O sea cuidar los vĆ­nculos. Crear este lugar requiere condiciones dialógicas o un ā€œespacio pĆŗblico internoā€ para desarrollar vĆ­nculos en conjunto. Estas condiciones -lo sabemos- son fĆ”cilmente minadas, debido a las diversas limitaciones de la organización del trabajo.

Recapitulemos. Las personas, para vivir de modo humano, necesitan volver a crear un mundo comĆŗn. Esa es la tarea del cuidado como trabajo ordinario, tejiendo lo ordinario, dĆ­a tras dĆ­a, noche tras noche. Nada se parece menos al mundo comĆŗn que un hospital. Al principio, es un mundo aterrador. Por eso, el cuidado es tan importante. Como se dijo: ā€œpara recoger polvo y palabrasā€.

UN HOSPITAL AEROPUERTO

El tema del cuidado en las instituciones muestra su contingencia. Un hospital sin cuidado es posible. Nuestros predecesores lo sabĆ­an: se llamaba el asilo o el distrito de los agitados. ĀæVamos a conocerlo ahora?

En los últimos quince años, se produjo en el hospital público en Francia, un aumento de la demanda de calidad de los cuidados, de forma simultÔnea con el aumento de la lógica de la gestión. Por supuesto, otra vez, es natural que tratemos de tener buenos cuidados y al mismo tiempo mejorar la gestión del dinero proveniente de los impuestos. El dinero de los ciudadanos.

Sin embargo, parece que la idea que los administradores se hacen de la eficiencia o la calidad, fundada sobre la evaluación, a partir de criterios objetivos y reproducibles, es difícilmente compatible con la realidad del trabajo de cuidado.

Esta realidad no es ni objetivable ni reproducible. Es asĆ­. Nunca la realidad -ā€œel torbellino de la vidaā€- va entrar en las tablas y cĆ©lulas de la gestión.

El trabajo de cuidado implica habilidades discretas, ajustes emocionales o ā€œpequeƱas cosasā€ casi inefables. La eficiencia del trabajo de cuidado es difĆ­cil de probar o evaluar. A veces, estos gestos o pequeƱos actos sólo tienen sentido en una larga temporalidad o en un ā€œaprĆØs coupā€ (a posteriori) inesperado.

El tiempo de la gestión no es el tiempo del cuidado, es un tiempo flexible y discontinuo, como sugiere esta cita de Jean Kervasdoué, ex director de los hospitales del Ministerio de Salud y patrocinador de la gestión hospitalaria en Francia.

"El tiempo del paciente -y del personal del hospital que buscamos maximizar- es el sello distintivo de la arquitectura contemporÔnea. El hospital es menos un lugar para quedarse, es mÔs bien un lugar de paso en salas cada vez mÔs especializadas. El hospital del futuro, en términos de su arquitectura, serÔ mÔs parecido a un aeropuerto que a un hotel, aunque la función de hotel nunca desaparecerÔ por completo "(Kervasdoué, 2004: pp 37).

Fue un discurso que tal vez haya sido deliberadamente provocativo. Los administrativos se quejan mucho de la ā€œinerciaā€ y del ā€œarcaĆ­smoā€ de los trabajadores hospitalarios. EstĆ”n, segĆŗn ellos, en un ā€œproceso de fosilizaciónā€, entre la omnipotencia mĆ©dica y las rigideces de los estatutos profesionales, sin hablar de los sindicatos. Esta psicologĆ­a peyorativa funciona como una defensa protectora que les impide pensar el daƱo causado al trabajo por la gestión y sus mĆ©todos de evaluación.

Un ejemplo para ilustrar ā€œel flujoā€ de los pacientes. Hoy en dĆ­a, en Francia, por razones de buena gestión, se prĆ”ctica cada vez mĆ”s la cirugĆ­a ambulatoria. La atención se subcontrata. ĀæA quiĆ©n? Nadie se puede ir a casa si estĆ” solo la primera noche despuĆ©s de la anestesia. Probablemente alguien ha calculado el riesgo estadĆ­stico de un problema por la noche y decidió que requerirĆ­a solamente la supervisión de una persona no mĆ©dica, apta para llamar una ambulancia cuando sea necesario. Ā”QuĆ© angustia!

El cuidado no es sólo una actividad de los cuidadores asalariados, sino también una actividad de familiares, y esto último cada vez mÔs. Hoy en día, tenemos que pensar el sistema de salud como dependiente de la integración de estos ayudantes invisibles y gratuitos. En Francia, se ha demostrado que los y las cuidadoras familiares de personas mayores tienen una alta morbilidad y una mortalidad superior a la media. Algunos mueren antes que sus enfermos. Pero esto no entra en el costo de la gestión hospitalaria.

De manera bastante sorprendente, el mismo Kervasdoué (2003), especialista de la gestión, publicó en un gran periódico, Le Monde, un artículo sobre su hospitalización. Incluso los gestores pueden romperse una pierna. Desde su camilla, Kervasdoué descubre el hospital desde el punto de vista del paciente, una verdadera historia de dolor, incertidumbre e incomodidad.

Dice: ā€œEl equipo se dedica a lo mĆ”s urgente: primero usted, luego otro. Pero Āæpor quĆ© no a la inversa: el mĆ”s joven, mĆ”s daƱado, la vida mĆ”s doliente, la mĆ”s cercana a la puerta? Uno se pregunta cuĆ”les son las prioridades y sobre todo por quĆ© la atención intensa y real de unos momentitos esta seguida de largos perĆ­odos de abandonoā€. La descripción es correcta. Pero, Āæcómo puede un diseƱador del management no entender los criterios de la elección realizada por los cuidadores? Cómo puede ignorar que la clasificación y jerarquización de los pacientes es un trabajo diario y la rentabilidad de las enfermedades es uno de los criterios preeminentes de este ordenamiento.

ā€œMĆ”s tarde, desde mi habitación, oigo por el pasillo una queja, un sonajero que aparece y desaparece con el aliento de esa persona. Ella sufre allĆ­, no muy lejos. La expresión del sufrimiento puro, un cristal de desesperación. Me dijeron al dĆ­a siguiente que se trataba de un paciente con la enfermedad de Alzheimer y otros daƱos en algunos órganos. Nadie, ninguna unidad de hospitalización, la aceptó. AsĆ­ que esperó en este servicio de pasoā€ (lo que llamamos ā€œservicio puertaā€, entre las emergencias y la hospitalización).

ĀæPodrĆ­a ser que a los ā€œmalosā€ cuidadores no les gusta la gente mayor? O Āælos criterios de gestión que rigen la clasificación de las enfermedades no son tan favorables para las personas mayores? Algunas enfermeras de los servicios de urgencias, a veces, tratan de no decir por telĆ©fono la edad del paciente cuando buscan una cama en un servicio.

KervasdouĆ© no imaginó que las clasificaciones se hacĆ­an a partir de criterios de gestión. Es interesante. Ɖl no puede hacer que se comuniquen dos Ć”reas de su propia experiencia: su conocimiento de la gestión y su experiencia como paciente. Estas dos Ć”reas estĆ”n escindidas. Mi hipótesis es que esta escisión defensiva, es comĆŗn.

¿Quiénes realizan la selección de pacientes? No son los Kervasdoué, sino los propios cuidadores de primera línea.

Esta priorización no estĆ” prescrita/escrita, de tal manera que los cuidadores son responsables de hacerla. De este modo, participan activamente para constituir un ā€œremanenteā€, un ā€œresiduoā€. Este ā€œdesperdicioā€ -invisible en el marco de las evaluaciones de ā€œcalidadā€- estĆ” formado por pacientes que no producen recursos financieros dignos de reconocimiento. Esta clasificación es un verdadero trabajo sucio (dirty work) en el sentido del sociólogo Everett Hughes, quien describe muy claramente la participación de los cuidadores en el sistema de gestión, lo que debilita la legitimidad de sus crĆ­ticos. Y no tienen ninguna razón para estar orgullosos de su trabajo.

Otro ejemplo: un aborto voluntario vale tres veces menos que un aborto involuntario. Es el mismo acto. Pero se nota un valor normativo en dicho proceso objetivo.

En resumen: Por lo tanto, una parte importante del sufrimiento en el trabajo de los cuidadores hospitalarios puede ser descrito en tƩrminos de sufrimiento Ʃtico: hacer algo a pesar de un desacuerdo moral.

El testimonio de Kervasdoué sugiere, por otra parte, que los gestores, incluso cuando experimentan la enfermedad, no entienden el impacto de la lógica de gestión sobre la calidad de los cuidados.

ĀæQUIƉN ES EL BUENO EN EL TESTIMONIO DEL CUIDADO?

Las teorías que han formalizado la dimensión del cuidado permanecieron minoritarias, a pesar de su éxito social. A excepción de Uruguay (Aguirre et al, 2014).

AdemƔs, el trabajo de cuidado es llevado a cabo en su mayor parte por mujeres poco calificadas, cuyo discurso tiene una legitimidad social bastante dƩbil. No hay Ʃtica del cuidado sin una polƭtica que le dƩ valor. Y no una polƭtica del cuidado sin tener en cuenta las voces de quienes, en su mayorƭa mujeres, lo hacen.

Sin embargo, la ortodoxia mayoritaria en la medicina (por lo menos francesa) tiene un ajuste mucho mejor con las teorĆ­as de la gestión y el ā€œhospital aeropuertoā€ que prometen. Al centrarse en la reparación de órganos, los mĆ©dicos evitan enfrentarse a la persona enferma o a la ā€œenfermedad vivaā€. La devaluación del cuidado estĆ” muy profundamente enredada con la prĆ”ctica de evitar una dimensión de la experiencia humana: el cuidado genera sufrimiento, malestar, asco, miedo, emoción, excitación, tristeza, y a veces odio.

Las y los administradores y las y los médicos sentirían esas emociones como todo ser humano. Pero ellos estÔn muy bien protegidos por la división del trabajo. Añadiría que para un cirujano, lo mejor es estar protegido de esta manera: no debe ser conmovido por la persona para operarla bien. La división del trabajo, a veces, tiene una dimensión psicológica que garantiza la eficacia profesional.

Los y las cuidadores estÔn allí para estar lo mÔs cerca de los pacientes. Y logran aguantar los sentimientos dolorosos, contradictorios y ambivalentes que genera el trabajo de cuidado, y por eso deben elaborarlos. El logro de esta capacidad no depende de su personalidad o de su fuerza psicológica. El cuidado no es una virtud personal. Esto implica un trabajo colectivo importante: los y las cuidadoras tienen que transformar en relatos la experiencia que comparten con los demÔs. Estas historias deben tener una forma admisible: se trata de que sean soportables para permitir hablar de una realidad muy ansiógena. Las historias que cuentan los y las cuidadoras se desarrollan mediante el humor y la apelando a la modalidad de reírse de sí mismos (Molinier, 2013).

Este modo de narración permite a los y las cuidadoras que se entiendan entre sĆ­ y que elaboren los aspectos traumĆ”ticos de su experiencia. Pero esta narración hace que sea difĆ­cil de transmitir su experiencia fuera de la comunidad de origen, porque tales historias ā€œno son seriasā€. AdemĆ”s, para llevar a cabo este tipo de trabajo colectivo de elaboración, se necesita tiempo informal, pausa para el cafĆ©, o para el mate, por ejemplo. Sin embargo, en una descripción del trabajo, desde el punto de vista de la gestión, estos tiempos se consideran improductivos.

Por último, el trabajo sucio y el sufrimiento ético llevan la gente a guardar silencio. Para tener ganas de hablar del trabajo con sus colegas, la gente no debe sentirse avergonzada de lo que hace.

Los y las cuidadoras pueden también protegerse del sufrimiento a través de la creación de defensas diseñadas para mantenerlos lejos, a distancia de la experiencia de las personas que mal tratan o mal atienden.

Estas defensas requieren un sistema de representaciones despectivas en relación con los pacientes y compartidas en el equipo. Estas defensas alterizan a los pacientes (o sea limitan las posibilidades de identificación) o justifican su desprecio. No son dignos de ser bien cuidados. Por ejemplo, son responsables de su desgracia (como los alcohólicos, drogadictos, personas que han hecho un intento de suicidio). O porque son parte de un grupo Ć©tnico que supuestamente exagerarĆ­a el dolor, o porque ā€œya no tienen nada en la cabezaā€ o ā€œson vegetalesā€ (Alzheimer). En realidad, estas defensas estĆ”n funcionando bastante mal porque impiden dar sentido al trabajo en la medida en que el trabajo se harĆ­a para ā€œgente que no vale nadaā€.

Otras defensas contra el sufrimiento Ć©tico estĆ”n diseƱadas para reducir la percepción de su propia responsabilidad en el maltrato de los pacientes y tratar de proteger el sentido del trabajo. Estas funcionan mucho mejor. Luego, los y las cuidadoras consideran que los administrativos tienen toda la culpa. Si se trata mal a la gente, es por ā€œel aumento de la lógica de gestiónā€.

Pero hemos visto que los que administran no estÔn en condiciones para entender los efectos de sus propias decisiones sobre el proceso de cuidado cotidiano. Ellos necesitan ser informados por los cuidadores. Esto implica que los cuidadores hablen con ellos, y que ellos, por su parte, quieran escucharlos. Y tienen que escucharlos hablar en sus propias lenguas y cultura, es decir, a través de los relatos del cuidado. Los administradores tienen que aprender a tomar en serio otras formas de simbolización diferentes a las curvas y grÔficos estadísticos.

Creo que es muy posible a nivel micro o local, y así se puede evitar cierto tipo de tonterías. Pero en todos los casos de diÔlogo habrÔ un momento incómodo para todos: Cuando nadie esté protegido por sus defensas, o sea cuando deba enfrentarse a sus propias responsabilidades

Para sintetizar y concluir:

Asistimos desde los Ćŗltimos veinte aƱos, a la extensión del sistema neoliberal y sus formas especĆ­ficas de gestión y evaluación en el Ć”mbito de los servicios pĆŗblicos: educación, servicios de salud, trabajo social. El resultado, son situaciones absurdas, como el ā€œplan de vidaā€ de la gente con enfermedad de Alzheimer. O el de evaluar el trabajo de una cuidadora a domicilio a partir del nĆŗmero de camisas planchadas, mientras que el tiempo dedicado a hablar con las personas mayores no se reconoce. De una manera mĆ”s general, lo que le importa a la gente no se mide en las tablas y estadĆ­sticas de la gestión. Lo importante es la Ć©tica. Y la Ć©tica del cuidado no se mide.

Podríamos imaginar otras formas de gestión. Pero hay que preguntarse por qué este sistema se impone en todas partes. La razón es que el sistema neoliberal tiene precisamente una vocación sistémica. Podríamos decir que se trata de una forma de gobierno de las mentes y los cuerpos que, para ser eficaz, donde debe ser eficaz -o sea en el Ômbito de la competencia económica-, debe aplicarse incluso cuando no hay ninguna pertinencia. Este sistema se consolida a través de un conjunto de prÔcticas cotidianas, como si no hubiera otros horizontes, otras maneras de hablar o de hacer. Como si no hubiera otro mundo posible. Nuestras subjetividades estÔn determinadas por el neoliberalismo y el trabajo juega un papel central en esta conformación.

Vivimos en un mundo donde debemos ser capaces de clasificar y comparar los hospitales, universidades, colegios, etc. Nuestros hijos deben ser eficientes, nuestros ancianos autónomos, etc. No sólo debemos hacer nuestro trabajo, sino que tenemos que hacerlo visible, valorizarlo, haciendo su publicidad, su auto-promoción. Y, sobre todo, tenemos que competir para lograr recursos financieros, que nos ponen en constante competencia entre nosotros.

Al mirar las crisis que el neoliberalismo ha generado, parece ser un fracaso económico, un fracaso en términos de prosperidad y felicidad. Pero sin duda es un gran éxito en términos del imaginario social. Estoy convencida de que el neoliberalismo no es un enemigo fuera sino un enemigo dentro de nosotros. Como dijo Donna Haraway, no solamente estamos en el vientre de la bestia, no hay posición inocente: somos parte de la bestia (Haraway, 1992).

El neoliberalismo, y sus prĆ”cticas de management, de gestión, de evaluación, no son solamente un programa económico; son ante todo un programa polĆ­tico. En el trabajo de investigación, por ejemplo, igual que en el hospital pĆŗblico, las evaluaciones sobre bases volumĆ©tricas en tĆ©rminos de artĆ­culos o investigaciones, estĆ”n aumentando. Cada vez que una ā€œcampaƱa de evaluaciónā€ se termina, nos enteramos de que llega una nueva, por lo general antes de lo esperado. Se estima que en la Ćŗltima convocatoria para la financiación de la investigación, los cientĆ­ficos franceses han perdido 200 aƱos de tiempo para proponer proyectos en la competencia. Al final, sólo el 5-8% de los proyectos fueron financiados. Esto es absurdo en tĆ©rminos de investigación. Pero se puede hacer una observación. Mientras que los investigadores estĆ”n perdiendo su tiempo en ā€œproyectosā€, no piensan y no despiertan polĆ­ticamente.

La sobrecarga en términos de evaluación estÔ al servicio de un proyecto político: se trata de disciplinar a las mentes rebeldes. El desprecio abierto de los profesores de los colegios y de las universidades, y mÔs ampliamente, de todos los funcionarios, por parte de los representantes del Estado francés, es un indicador de este proyecto político.

Al gastar mucho tiempo respondiendo a las imposiciones administrativas, existe un gran riesgo de irse fuera de la realidad, lo cual es una experiencia cotidiana en Europa. Esto Ćŗltimo se llama ā€œalienación culturalā€ y con esta, el riesgo de un retorno a la realidad por la violencia, nunca estĆ” excluido. Nuestras responsabilidades son parciales en este proceso y no es una fatalidad. Creo que las historias de cuidado -estos relatos que parecen poco serios- ofrecen un camino posible para volver a la realidad, al ā€œsuelo Ć”spero de la experienciaā€, dirĆ­a Wittgenstein. Si el trabajo es un organizador central en nuestras sociedades, si el hospital y el dominio del cuidado son los analizadores privilegiados de las evoluciones del mundo neoliberal, entonces estas ā€œpequeƱas historiasā€ no tienen precio, son inestimables. Ustedes dirĆ”n que es David contra Goliat, y tienen razón. Pero, sin embargo, fue el pequeƱo quien ganó, asĆ­ que Āæpor quĆ© no?

BIBLIOGRAFIA

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Fuente con correcciones y ajustes en la edición: https://www.topia.com.ar/autores/pascale-molinier



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Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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