• Revista Adynata

Caligrafía nómade II / Patricia Mercado

Actualizado: 3 abr

La docente iba y venía afanosamente. Pulsaba su computadora con ahínco buscando archivos y enlaces en el revoltijo de documentos que convivían en la pantalla. Como un eco, los papeles del escritorio se incrustaban y superponían unos en otros. Simulaban torres al borde del desmayo. A cada rato perdía la lapicera y su mano quedaba huérfana.


A contra corriente del reloj preparaba las primeras lecturas que se anunciarían al día siguiente en las aulas. No era fácil evitar atolladeros donde se perdían, como agua en un colador, las escasas horas disponibles para reunir todo aquello a tiempo.


Una lista de la bibliografía para ser impresa en los kioscos de la facultad, a eso se había comprometido.

Tildaba con un marcador cada lectura que ingresaba en la hoja blanca que, de a poco, iba poblándose de referencias como si se tratara de carteles en una ruta.

Pedía ayuda a las compañeras con mensajes breves y nerviosos que disparaba desde su teléfono. ¿Tenés el archivo del texto de Barthes? Terminaba, indefectiblemente, con un gracias demasiado presuroso.

Del otro lado de esa pulsación llegaban los esperá que cuando estoy en casa te lo mando o ese no lo tengo. O el maravilloso ahí va!.


Su ansiedad crecía como otro reloj. Uno que contaba el tiempo más rápido, azuzado por los dientes de la voluntad que como perro malo jadeaba en su nuca.

Entonces ella solo podía correr. Agitar su cuerpo como una bandera tras el fantasma de ser quién era.


Cuando la alcanzó la noche solo faltaba un texto que se mostraba esquivo a las requisas de infinitas carpetas. El curso de la herida, primera entrega, decía la lista. El curso de la herida como la contraseña de una carta de navegación.


Cuando llegaron desde una mano amiga, los archivos de ese texto eran dos. ¿Cuál tomar?

El que necesitaba se llamaba confianzas.

Abrió cada uno en la premura de esa bifurcación. Buscó frenética la palabra en los títulos, en los primeros renglones, en lecturas cruzadas de arriba abajo, de abajo arriba. Se sintió extraviada, con dolor de cabeza. No podía recordar nada.

Como si a punto de partir hubiera quedado sin camino.

La palabra confianza había desaparecido.


Apenas con un resto de fuerza murmuró el pálpito que se cruzaba en la planicie de su agitación.

Fragmentos de una oración pagana: Se sienta a la mesa y escribe.

Se sienta a la mesa y escribe, ese, ¿no? Ponía en un mensaje y en otro y en otro.

Voces compañeras dudaban, contagiadas del ajetreo, revisaban, asentían. Hasta que una voz escribió, serena, una invocación que decía Gelman.

Una corriente de aire frío movió las espesas nubes del desaliento: Gelman, y la urgencia cayó por su peso.

Y entonces la confianza volvió.

Volvió el poema, pájaro en la mano del nombre invocado, y los ojos leyeron la insistencia de aquella palabra en el surco de la herida.

Respiró.


Y sintió gratitud por las palabras necesarias. Porque extraviadas regresan en otras bocas a decirnos que vivimos.




Bibliografia

Rolon, Cintia.El curso de la herida.Primera parte:Confianzas.Texto inedito.Bs.As.2021.

Cy Twombly Sin título 1954

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.