• Revista Adynata

Caligrafía Nómade IV / Patricia Mercado


Atardecía, lo sabía por cierta displicencia del color que se hacía oscuridad en sus ojos. Por el irse alargado de férreas contigüidades, por la abrupta orfandad del tacto.

Como se derrama el vino sobre el mantel limpio, acérrima estela de lo ido.


Desfallecer de los cromatismos, otrora nítido contorno, desarraigo en que se mestizan especies lejanas. En esa rendija un copular de planetas, con sus astronautas, sellan un amor definitivo.


Irremediable atardecer.


Se hacía noche a fuerza de batallar hora tras hora la sucesión de instantes que el reloj enhebra mientras la sangre arremete, una vez, otra.

Silenciosa, la sangre que va. Al cruce del tiempo que, insoslayable, punza como un dolor pequeño al que nos acostumbramos.


Ese hostigamiento duele entre la piel y los órganos. Afanes atemperan su filo con intangibles capas de enunciación. Entonces nos acostumbramos.


Longevo ya, aquel día había amanecido a tiempo. O por lo menos eso creyó cuando apagó el despertador y fue hasta el baño.

Sacar el cuerpo, astilla por astilla, de la maraña del sueño.

El gusto a menta entre los dientes, el agua brotando en la canilla.

Su rostro en el espejo repasó las arrugas como quien reza el rosario del debe y el haber.

Lamió esa pequeña herida al costado del labio inferior, la cándida aspereza.


Saberse en pie, la mañana. Saberse de este lado del mundo. Donde la dentellada de la sucesión desgarra palabra tras palabra lo incierto, y ya sin piel, con aire de suficiencia digiere el enigma.


Discurrir la curvatura de las horas mientras el cuerpo sigue los pasos de las referencias, su voz afinada.

Aquí, dicen: ser y estar. Parecer. Eximido de lo extraordinario.

Bajo la bendición solar erguirse presente.

Aunque nadie sepa a ciencia cierta si ha llegado.

O qué.

O qué respira, irrefrenable, apenas un instante de vacilación.


Uno, irrepetible día, se despojaba de su aliento lumínico.

Sabía hacerse sombra de a poco, a cuenta gotas. Como si un deleite secreto hubiera en irse, lento, entre las cosas.


Esa voluptuosidad, ora suave, ora aterradora, vivir efímero de la otra vida. Una donde un pez mira con un solo ojo. Una cargada de placeres raros, de sin sentidos, de gente que conoce pero no.

Pero no.

Porque caído ya del otro lado del umbral donde la gravedad gobierna, donde la tierra gira alrededor del sol, se deja flotar entre signos equívocos con la naturalidad con que los árboles se desnudan en los días fríos.


Esa caída en el reverso del pequeño dolor punzante, rítmico, entre la piel y los órganos. Entonces yacer en una orilla larga de horrores y deleites, de pausas y vértigos.

Sentires a campo traviesa. La legendaria vaca mastica un mantra después de la lluvia.


Apenas olvido ese irse la luz, somnolencia el afán de existir.

Desidia de una voluntad mayor que abandona el esforzado gesto. Y se quita los zapatos.

Atardeciéndose.


Cy Twombly Lepanto, Parte V (2001)

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.