• Revista Adynata

Contracultura, contrapoder o ¿cómo hacer una revolución? / María Galindo

Contracultura, contrapoder o ¿cómo hacer una revolución? ¿Qué es la revolución feminista?


No sé si a esta altura de las luchas sea necesario repetirlo: está claro que los feminismos son una propuesta de revolución, un cambio estructural del orden establecido, y no la incorporación de las mujeres a las mismas estructuras patriarcales para reforzarlas. Como contundentemente afirma Paul Preciado en su llamado a la revolución post-COVID: la revolución es lo que ya ha comenzado, es lo que está aconteciendo, es el hilo invisible de la historia que está juntando voces dispares de diferentes latitudes para amasar un cambio estructural gigantesco y planetario.1 Cuando Las Tesis lanzaron una voz corporal desde una plazuela en Valparaíso contra el patriarcado fijándolo como violador y atreviéndose, en el Chile de Sebastián Piñera, a parafrasear el himno policial, les respondieron como eco resonante las voces de miles y miles de mujeres que las traducen a sus propios idiomas para llenar con el mismo canto plazas, estadios y hasta parlamentos del mundo.2 Nos convertimos con Las Tesis en una multitud planetaria unida por una conciencia colectiva compleja, no identitaria e imposible de clasificar. Una conciencia colectiva de alianzas insólitas de indias, putas y lesbianas juntas, revueltas y hermanadas.

La revolución feminista, sin ejército libertario, sin comandante preclaro, sin héroes de guerra, sin víctimas ni victimarios, sin armas y sobre todo sin enemigos que matar ni Estados que conquistar, es una revolución de las estructuras que está desestabilizando todo. La revolución despatriarcalizadora está devorando las instituciones patriarcales no para feminizarlas ni para darles una “perspectiva de género”, como absurdamente corean las oenegés, sino para desestructurarlas y deconstruirlas. El grito verde “Que sea ley” es también una consigna sin fronteras de algo que ya es una realidad, no porque se haya promulgado en el parlamento argentino sino porque se ha constituido en una voz sin dueño que tiene la magnitud de una conciencia colectiva y transforma los sentidos de la maternidad y del cuerpo para una, dos o tres generaciones enteras, más allá de los límites que imponen las fronteras y más allá de los contornos etarios que las ideologías han marcado tradicionalmente. Hoy la revolución feminista no sólo está en manos de las adultas, también las jóvenes y las niñas son ellas las que tendrán que encargarse de inventar este nuevo lugar de desobediencia.


Horizontes de sentido: no tenemos línea, somos puro curvas

El pañuelo verde argentino o la performance de Las Tesis son dos de los ejemplos más mediáticos; sin embargo, la suma de formas infinitas de desobediencia colectiva practicada por los feminismos del mundo, las incontables prácticas políticas que inventamos cada día, van acumulándose de forma intangible y subterránea y construyendo eso que llamo “horizontes de sentido”. La revolución feminista ha abierto la más profunda de las disputas, la que va por los sentidos. La disputa por el derecho de nombrar y de significar. Estamos disputando los sentidos de todo: de familia, de bienestar, de comunidad, de salud, de justicia, de educación, de placer, etcétera. Esa disputa está abriendo ventanas en el cielo y formulando sentidos nuevos. Su producción tiene el ritmo que tuvieron otrora los panfletos en esténcil, donde no podíamos parar porque las luchas sociales devoraban panfletos y más panfletos para derrotar dictaduras, para pedir amnistías, para denunciar desapariciones. La fiebre de sentidos no deja de inventar nuevas escenas y ni siquiera la pandemia la ha paralizado. Es un ritmo continuo, como cuando tejemos o bordamos. Cada punto va dándole a esto una forma que aún desconocemos, pero teje y teje estamos sabiendo que esto es más que una chompa o un vestido, teje y teje estamos sabiendo que esto no tiene forma conocida, lo único que intuimos es que la puntada final es lo que menos interesa. La conciencia de que todo lo que nos oprime descansa sobre nuestras espaldas está generalizada. Basta cruzar algunas palabras en la puerta de un colegio entre las madres o distraer de sus tareas a cualquier trabajadora en una farmacia, en un hospital o en un mercado; basta conversar brevemente con una trabajadora sexual para que nos lo diga con lucidez y precisión. Estamos listas para movernos del lugar que ocupamos, sabemos que si lo hacemos la estructura que sostenemos cae, y nos estamos preguntando no cómo, sino hacia dónde movernos.


Contracultura, arte e imaginario social

No hablo entonces de la contracultura únicamente en su conocido papel de medio de resistencia, ni de la revolución feminista como una revolución cultural no estructural. No hablo del arte como un instrumento de cambio donde supusiéramos que es “el arte” el que produce el cambio. Hablo de la cultura y del arte como herramientas que, cuando se colocan en el intersticio social entre aliento colectivo e historia, producen y recogen versos como los de Vivir Quintana: “Si tocan a una respondemos todas”, cantados hoy como se canta una “Internacional” socialista, es decir, una internacional feminista. Versos como el que dice: “Nos sembraron miedo, nos crecieron alas” saltan de la boca de la compositora a las de niñas que convierten estas palabras en fuerza política movilizada. El arte y la cultura feminista no son necesariamente aquello que los museos nos están tímidamente, y con mezquindad, mostrando como tales. El arte y la cultura que están creciendo en ese intersticio entre aliento e historia son los que ya no caben en un museo, en un lugar concreto, porque formulan un nuevo imaginario social, porque transforman el imaginario social a gran escala, y aquí nuevamente me refiero al trabajo de Vivir Quintana sobre el miedo, porque es mediático y todes quienes me leen lo pueden ubicar, pero los ejemplos son cientos de miles. Prácticas creativas transformadoras que van moldeando nuevos sentidos están aconteciendo a ritmo de latidos de corazón. Con toda la gráfica feminista podríamos construir un puente de hojas de papel dibujadas que vaya de continente a continente como otrora los conquistadores medían las cantidades de oro y plata extraídas de nuestras sociedades. La experiencia de las Mujeres Creando en Bolivia —a través de los grafitis que son tan sólo una de nuestras prácticas políticas sostenidas durante más de 25 años en cuatro ciudades del país, va concatenando un texto feminista gratuito callejero—, se ha ido convirtiendo en un espejo que modifica para las mujeres la imagen de sí mismas y el lugar que ocupan. Frases producidas para una marcha en defensa de la selva, como “Ni la tierra, ni las mujeres somos territorio de conquista”, han saltado de esa marcha a los movimientos indígenas de mujeres de todo el continente y son parte de la formulación política de sí mismas, de unas y de otras en diferentes coyunturas. La relación entre frase y conciencia, entre resonancia colectiva y sentido, es compleja, mágica y múltiple. La frase sola fotografiada y publicada es tan sólo el registro de una huella histórica que representa una nueva manera de comprender el territorio desde los cuerpos de las mujeres. El lugar donde estamos inscribiendo los sentidos no es el diccionario de la Real Academia Española de la lengua, sino el imaginario social colectivo.


No estamos en paz, pero tampoco estamos en guerra

Los feminismos estamos abriendo un conflicto descomunal con los Estados, los aparatos de justicia, las policías, los sistemas educativos, los sistemas de salud. Es un conflicto que nos coloca como movimiento insaciable y sediento, no uno que busca cerrarse ni resolverse. Es un conflicto al que cada día le salen más aristas y nuevos horizontes. La insatisfacción instalada no tiene límites, la náusea social colectiva hace que vomitemos cada día patriarcado; la indisposición política, la rabia, son los estados de ánimo colectivos que estamos experimentando. Ni el voto, ni la abolición de la esclavitud, ni la legalización del aborto, ni la Merkel de presidenta, ni la Kamala Harris de vicepresidenta, ni las leyes de identidad de género, ni las leyes contra la violencia, ni las leyes de participación política resuelven, achican, ni adormecen el conflicto. Las industrias intentan comerse nuestros contenidos y contratan raperas, fotógrafas o performeras para que ajusten sus marcas y nos conviertan en mansas consumidoras, y eso no pasa. Los feminismos siguen rebalsando e instalando problemas. Nuestros cuerpos con sus estrías, con sus delgadeces y gorduras, con sus achaques y matices, con sus colores de piel, se convierten una y otra vez en territorio indomable. Las tareas que tenemos por hacer son muchas. Resulta imposible saber qué es más importante, qué es más trascendente, todo se despliega como un gran mantel. Estamos ante una revolución continua, no finalista, donde las palabras, los colores, las formas y los movimientos que escogemos vienen a convertirse en la herramienta principal para alimentar esta conciencia y esta capacidad de inventar lo que queremos y de decir lo que no queremos. No somos un movimiento contracultural, aunque sí lo somos. Lo que producimos podría ser entendido bajo el rótulo de una contracultura, pero son las estructuras lo que estamos desestabilizando. Es la domesticación de nuestros deseos lo que estamos subvirtiendo. No hay un producto contracultural feminista que pueda ser comprado, empaquetado y vendido como producto que cierra y aniquila lo que estamos construyendo. Es Disney quien tiene que modificar sus parámetros para intentar alcanzar la rebeldía con la que crecen nuestr@s hijes, es la industria de la moda la que necesita buscar modelos trans para adecuarse a lo que estamos imaginando y haciendo, y no al revés. La revolución feminista parece tener la destreza de encontrar el punto en el que el orden se convierte en caos.


La fiesta y el deseo

Continuamente se reedita en nuestra práctica grafitera la discusión sobre la inutilidad de nuestro trabajo. “Ensucian la ciudad”, “ésas no sirven para nada”, “qué cosa han cambiado escribiendo la ciudad” , “vayan de una vez a cocinar”, “por lo menos ayuden a las mujeres”, “superen ya su adolescencia”, “sean útiles para la sociedad”. Son palabras que, adornadas con insultos, escuchamos continuamente. La irritación que los grafitis despiertan es directamente proporcional al cambio que provocan, al cambio que anuncian, al grito escrito que representan. Vienen periodistas a preguntarme qué hemos logrado en 25 años de lucha: ¿dónde está la ley escrita?, ¿cuál es el cargo que hemos ocupado?, ¿cuál la placa de bronce que hemos puesto en la institución?, ¿cuál el premio que hemos sujetado entre las manos?, ¿cuántas seguidoras tenemos? Yo me río y les respondo: “Nada hemos logrado nosotras. Somos el fracaso. Lo único que hemos construido es un espacio de fiesta y deseo sin trascendencia histórica.” Los periodistas me miran entre complacidos y desconfiados, no están seguros si me estoy burlando de ellos o no, en todo caso registran lo que creen que es la confesión de una resignada derrota. Y preguntan: ¿Qué es lo que proponen ustedes? Y la respuesta es: Proponemos una revolución. Entonces la mirada del periodista cambia, se pone tenso y vuelve a preguntar: ¿En qué consiste esa revolución, qué es lo que ustedes quieren cambiar? La respuesta es: Todo, queremos cambiarlo todo. ¿Y por dónde empezar?, repregunta el periodista. La revolución ya ha comenzado y usted no se ha dado cuenta porque no ha salido en las noticias, pero le explico, compañero: la revolución que estamos haciendo comienza por la fiesta y el deseo. El periodista deja de tomar notas, interrumpe la entrevista. Nada de lo que le estamos contando es digno de ser escrito en su periódico, en su registro lingüístico la palabra revolución ha desaparecido hace tiempo, la palabra deseo no existe ni existió nunca, ni siquiera para borrarla. Y la entrevista sale titulada: “Mujeres Creando confiesan su fracaso, dicen que nunca se presentarán a elecciones, que no se integrarán a un partido político, que no ejercerán cargo alguno”. Mi conclusión es: la revolución feminista es ininteligible para el patriarcado porque no es una pulseta de fuerzas ni una imposición violenta. Como lo exigía Audre Lorde, no estamos desarmando la casa del amo con las herramientas del amo.

1. Paul B. Preciado, “Estábamos al borde de una revolución feminista y luego llegó el virus”, El Independiente. Disponible en https://bit.ly/3aGW4ja

2. Performance colectivo Las Tesis “Un violador en tu camino”, Colectivo Registro Callejero. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=aB7r6hdo3W4

Publicado en el Dossier Cotracultura de la Revista de la Universidad de México, Marzo 2021

https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/40bbe834-fb20-4252-b346-0fa53d532b0b/contracultura-contrapoder-o-como-hacer-una-revolucion



Johanna Laakkonen Sin título 2018.

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