Degenerarse ante el aburrimiento / v. Nicolás Koralsky
- Revista Adynata

- hace 2 días
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D O S S I E R H A S T Í O S
Tiempos y espacios
Entre las tantas tecnologías que marcaron la relación con el aburrimiento de las infancias de clases medias argentinas nacidas en la postdictadura cívico-militar, dos resuenan en mi biografía incesantemente: el televisor y el teléfono de línea.
Dos elementos de la comunicación de masas que, gracias a la convergencia digital, se comprimieron con el tiempo en uno solo: el teléfono móvil. Conversión del uso individual por encima del uso en común. De la disputa por quién se levantaría del sofá para cambiar de canal (cuando no existía el mando remoto) al poder que le confería a alguien tener el control. Del conflicto de quién atiende el teléfono cuando no para de sonar y nadie espera esa llamada, a su contracara: necesitar el teléfono, estar pendiente de él hasta que se libere para poder hacer una llamada, o requerir que se corte una conversación porque se espera el llamado de alguien[i].
La relación con la oferta televisiva durante la niñez de la generación nacida en los 80 en la Argentina fue siempre desigual entre el centro, La Ciudad Autónoma, y las “periferias”, las provincias. De tener varias opciones en la Capital[ii] a tener solo dos cadenas que funcionaban con “repetidoras” en el interior, con delay respecto a las horas o días en que se transmitía el mismo programa en la gran ciudad. Al interior todo llegaba más tarde, más lento, pasado.
Luego, esta mirada binaria se multiplicó con la llegada de la televisión por cable, que ampliaba la oferta durante un momento que tenía la misma política aplicada sobre los alimentos y bienes de consumo masivo. Las góndolas y los televisores alimentaban, según el segmento y la posibilidad de acceso, las retinas y los estómagos con los productos más diversos. Si bien, en materia de gustos, lo artificialmente saborizado estalló en las papilas[iii], en las pupilas[iv], lo diverso dejaría mucho que desear hasta algún Verano del 98[v], donde lo raro causó picos de rating [vi].
Suena una voz
Alimentarnos antes de ir al colegio fue la tarea de mi abuela durante años. Los murmullos de los mediodías en su casa tenían nombre y apellido de mujer: Mirta Legrand. La cena, en época de escuela y en los recesos y feriados, era una labor de mi madre. El rumor del ambiente mientras me volvía ayudante de cocina por las tardes estaba tomado por: “¡Hola, Susana! Te estamos llamando, queremos jugar” que sonaba desde el living. Dos mujeres rubias, blancas, heterosexuales, conservadoras, vinculadas con el poder de turno: una haciendo un personaje cubierto de inocencia tonta y la otra volviéndose una señora bien, refinada y culta; una wannabe Evita y la otra destellando un semblante aristocrático habiendo nacido en un pueblo de la provincia de Santa Fe; una poniendo de moda Miami y la otra evocando a Francia con solo pronunciar su nombre; una, la reina de los teléfonos; la otra, la reina de la televisión.
Las vacaciones de verano se hacían no en una reposera con los pies en la arena, la brisa del mar y el sonido de las olas sino frente al televisor. Las tardes en el interior del noroeste de la república eran distintas de las de la tele. Mientras los “móviles” permitían que gracias a la transmisión vía satélite tuviéramos cobertura de lo que sucedía en las zonas de veraneo, nuestra temporada se pasaba dentro de un departamento de tres habitaciones en la capital de una provincia donde los minutos melosos caían en cámara lenta como una gota de savia de un árbol antes de cristalizarse y volver a derretirse por el propio calor.
Las siestas de enero, el aburrimiento lo tomaba todo. No era falta de estímulo, era su exceso contenido al sentarnos frente a la pantalla. Lo más desalentador era saber que había que pasar el verano para volver a la misma rutina tediosa: el período escolar.
Las tardes del primer mes del año, eran tardes donde la progenitora de los cuatro niños del matrimonio estaba obligada a volver al lecho nupcial, una madriguera donde, con las persianas bajas, el único aire acondicionado de la casa se peleaba contra la sensación térmica del exterior que podía rozar los 45 grados. Con los rayos catódicos del televisor dándolo todo para entretener a los cuatro críos se les hacía imposible ponerse de acuerdo sobre qué ver. Eso era posible cuando la corriente eléctrica no colapsaba. La diferencia de edad y la fuerza se imponían en la elección.
Una de esas tantas horas entre un almuerzo fresco, cuyo menú podría ser una torre salada de panqueques con una lengua de vaca a la vinagreta, y el poder ir a la pileta después de las cuatro cuando el aburrimiento era incontenible frente a alguna de las tantas telenovelas[vii] de la siesta; comenzó a sonar el teléfono. Ninguno de los cinco, incluida la madre, tenía interés en atenderlo.
Primeras sucesiones de rings: el aparato aullaba. Nadie esperaba un llamado. Nadie atendía. Fuera de la habitación no existía el mundo.
Segunda tanda de rings: el timbre gritaba más fuerte. Parecía escucharse su estructura movida por un electroimán golpear la campana de dentro con una masa hidráulica. Nadie se inmutaba. Nadie imaginaba que podría llegar a ser una urgencia. Nadie quería salir de los 14 metros cuadrados de atmósfera acondicionada.
Tercera serie de rings: Laura, mi hermana mayor, concentrada en el protagonista de la novela, sentencia:
-Vos sos el más chico, te toca ir si sigue sonando.
Cuarto intento del llamante: Estoy obligado a atender por una cuestión de jerarquía etaria. Al abrir la puerta, anuncié:
Voy a levantarme a atender, pero si llegara a ser para uno de ustedes, le diré que no están. ¡Lo prometo!
El potencial interlocutor persevera con un quinto llamado. Me pregunto qué será lo tan importante en una tarde de calor como esa. Me acerco al espacio diseñado especialmente para poner el teléfono. Un hueco de 130 cm por 60 cm de profundidad, pegado a un armario, dando la sensación de tener intimidad. Quizás el único espacio de la casa con esa posibilidad. En ese nicho cabían: dos sillas; una mesa donde se apoyaba el espécimen gris con su disco transparente y centro rojo y plateado; la guía telefónica de 1993 con una foto de la ciudad en la cubierta; una agenda mullida color gris donde se apuntaban los números importantes; una lapicera bic azul con el capuchón mordido por todos los miembros de la casa en partes iguales; y un anotador con hojas a rayas donde se tomaban notas de números o recados. Ese último elemento, este pequeño conjunto de hojas unidas por espirales en la parte superior, era el espacio donde mi madre, cuando se aburría de los cuentos o las noticias que recibía por teléfono, y luego de retorcer el cable gris con un movimiento mecánico capaz de hacerle la permanente a cualquier pelo lacio, comenzaba a trazar líneas geométricas, estructuras[viii].
Atiendo el teléfono.
-¡Hola!
-Laura, ¿cómo estás? Tengo algo para contarte.
La que llamaba era Fernanda, una amiga de mi hermana mayor a la que pude reconocerle la voz. Ante el aburrimiento total de lo que pasaba en el cuarto de mi madre, seducido por la soledad del hueco del teléfono y aprovechando la correntada de aire que circulaba por el pasillito, sin dudarlo mucho, tomé la decisión de responder:
-¡Sí, Fer! ¿Qué pasó?
Ella comenzó a hablar sin reparos y sin parar. Le contaba a mi hermana lo que para mí eran tonterías disueltas en un chisme sobre el primer beso de Martita, la chica más acosada de la clase. A los dichos de Fer yo asentía usando las palabras que mi madre me había enseñado para sostener una conversación tediosa al teléfono. Decía que nunca fallaban en boca del emisor y que, salvo que el receptor perdiera el hilo de la conversación y dejara en evidencia la falta de lo que hoy llamamos “escucha activa” (antes, prestar atención), siempre funcionaba seguir una conversación diciendo: claro, sí, te entiendo, seguí contándome… Claves para sostener una llamada tediosa.
Luego de unos minutos, la corriente de aire cesó, el calor húmedo empezó a sentirse en el búnker del teléfono. Me aburría. No sabía dibujar garabatos geométricos interesantes y tampoco me interesaba peinar el cable del teléfono. La broma[ix] que había montado se volvía el tedio del que intentaba escapar antes. Prefería volver a la cama de dos plazas con el aire acondicionado, antes que seguir escuchando las banalidades de la compañera de segundo año de secundaria de mi hermana. Acabé por confesar:
-No soy Laura, soy su hermano más chico. Ahora te la paso.
Conteniendo la rabia, Fernanda dijo entre dientes:
-Sos rarito vos, ¿no?
En ese momento no entendí lo que significaba ser rarito. Sí sé que su modo de decirlo me hizo sentir una escupida directa en la cara. ¿Se hubiera enojado tanto si mi hermana Sol hubiese hecho lo mismo que yo? ¿La hubiera llamado rarita? ¿Ser rarito era jugar a hacerse pasar por el género que no se es? ¿Era eso algo que no se podía hacer? ¿Por qué? ¿Era rarito bromear usando la voz? ¿Jugar con el género era algo con lo que un niño no podía divertirse? ¿Algo tan malo había hecho?
Salí corriendo con todas estas preguntas explotando en mí, entré al cuarto y, con una vergüenza que me hacía sentir la desnudez más desnuda y con el temor de que Fernanda le contara a mi hermana algo, dije:
-Lau, te llaman por teléfono.
Una vez que mi hermana cerró la puerta, me metí bajo las sábanas, en lo más profundo, a la altura de los pies, en una especie de cueva oscura. Esa tarde de verano pegajosa se había vuelto gélida para mí. Esta tarde aprendí que, cuando uno se aburre, no debe aprovechar la voz —afeminada en este caso— para jugar con ella, y mucho menos sacar a pasear otro género para matar el tiempo. Jugar a atender el teléfono y ganar “algo” era algo exclusivo para los televidentes de Susana.
De vestir el género
Meses después llegaron las vacaciones de invierno. Siempre envidié las ofertas culturales que acercaban las publicidades de los canales porteños donde se exhibía un stock cultural vastísimo. En la “provincia” había algunas salas de teatro, el parque de la ciudad y sus juegos de diversiones y un payaso[x] que parecía un experimento de laboratorio mal concebido entre el IT de Stephen King y la niña de The Ring. Ni Disney on Ice, ni Ital Park, ni La ola está de fiesta en el teatro, ni nada que se le parezca. Todo el entretenimiento quedaba circunscripto a la lejana capital.
Las horas de invierno eran completamente diferentes a las de verano. Encendidos: el televisor del living y del cuarto de los padres, ahora eran dos; la estufa a gas, emplazada en el mismo hall de distribución donde estaba el teléfono, abrigando el cuarto de las chicas, el de los chicos y el del matrimonio; y el horno de la cocina, para hacerle frente al frío que se colaba desde la puerta de entrada. Horno a gas que solía apagarse cuando alguien salía o entraba en la casa; al hacerlo, solo el olor lo hacía reconocible.
El tiempo en invierno, y más en vacaciones, tenía el tacto áspero del cemento del patio, que cuando te caías o metían la pata para que te fueras de boca al suelo te dejaba una frutilla en las rodillas. Tenía también el sonido melancólico de la lluvia que caía en el mismo sector, cuando había que quedarse dentro del aula porque los desagües no funcionaban y el espacio de juego se inundaba.
De las 360 horas que duraba el receso hibernal, menos de una hora me bastaría para que el resto de mis horas de infante internalizaran un sistema de vigilancia que estaría activo por largos años -hasta ahora, de momentos, se activa-. Un sistema que limitaría no solo a mi voz sino también la posibilidad de travestir y/o transgredir el género que debía seguir.
En vacaciones de invierno, sin sol, entre chaparrones y días nublados, el aburrimiento era una forma baja de tristeza, distribuida en 21.600 minutos. Quince días sin épica, salvo que nevase al pie del cerro y mi madre lograra que otra mamá (de algún compañero de colegio) nos quisiera llevar a ver la nieve, o ella se pidiera el día para montar en la Renault 21 Nevada a la troupe de hijos y algún extra, hacer unos kilómetros, tocar el agua en su estado coposo y bajar a la ciudad. Eso pasaba poco y, para encontrar el tapizado blanco sobre la montaña sin haberse vuelto una pasta marrón al derretirse, había que hacer más millas de las que permitía el tiempo en que mi madre tenía que estar en casa para hacerle la cena a mi padre.
En esos tiempos no existía la posibilidad de acumular micro-distracciones scrolleando o saltando entre videos de YouTube. En los tiempos de Carlitos Balá y Xuxa, el aburrimiento era más bien algo inevitable. Un modo de estar, como quien junta migas del mantel para convencerse de que todavía come, de que todavía pasa algo.
Una de esas tardes de vacaciones en julio, después de recibir el cuidado de mi abuela paterna, que consistía en varias horas frente a la TV e incluía ver el almuerzo de Mirta, los chismes de Lucho Avilés y El Chavo del 8, ya en casa y antes de que mis padres volvieran del trabajo, no tuve mejor idea que disfrazar el aburrimiento con ropas “prestadas” de mi madre.
Ese mediodía la Chiqui tenía un vestido que, en mi imaginación de 1,34 m de altura y 21 cm de largo de pie, se parecía a uno que mi madre había usado en contadas ocasiones.
Determinado a matar el tedio para que pasaran lo más rápido posible las dos horas que quedaban hasta hacerme soberano del televisor del living, donde había TV por cable, preparé el terreno para llegar al armario de mi madre. Moví desde la cocina un banquito de mimbre, que medía poco más que cuatro pies míos.
Con paciencia comencé a mover las perchas en el barral de metal. Camisas, unas de lino, otras de seda; pantalones, unos de corderoy, otros de raso, otros de jean; batones de señora mayor con florcitas pequeñas; un tapado de piel roída heredado; una campera de cuero negra, otra de gamuza marrón con flecos en las mangas y geométricos indie por la espalda; camisolas de algodón con estampas de maxiflores o hechas con “tela de mantel”. Y ahí estaba él: un vestido de chiffon que a mi progenitora le llegaba a la altura de las rodillas, con una tela color lavanda de fondo y pintitas en pasteles rosa reina y verde menta, con unas enaguas en amarillo pálido por debajo y su chaquetín en gris perla ceñido al busto.
Haciendo algunos malabarismos quité la percha del soporte, lancé el vestido sobre la cama matrimonial y con la misma delicadeza con la que me quité el sweater azul escote en V tejido a ganchillo por la vecina sin nietos del sexto piso, las zapatillas Topper blancas que usaba para ir al colegio los días de gimnasia y, los pantalones que había usado mi primo mayor, recibidos en donación; saqué el vestido de la percha y lentamente fui metiéndome en él, y él se fue metiendo en mí.
El único problema real fue el cierre de atrás; no entendía cómo hacerlo subir. Luego de varios intentos decidí dejarlo como estaba: la chaqueta cubriría la apertura de la espalda.
Una vez en el vestido, me puse en cuclillas. Me concentré en el calzado del sector bajo del armario. Revolví entre los pares a la vista, estiré la mano y tomé una caja blanca con una B en el lomo. Dentro de ella: unos zapatos anaranjados, abiertos, con un tacón de unos 8 cm y una flor color vainilla en la puntera; los zapatos todavía tenían el cartón dentro para mantenerse erguidos.
La operación había desvanecido el tedium vitae; me había zambullido en un universo vedado. Algo que no duraría mucho.
Convencido de que nadie me miraría, caminé por el largo corredor de distribución donde se apostaban la estufa y el teléfono, me miré en el espejo que estaba al final del pasillo y decidí salir al palier. Quería probar qué se sentía bajar las escaleras desde el piso de arriba con el vestido, que a mí, como a la presentadora del programa del mediodía, nos llegaba debajo de los tobillos.
Puse una silla en la puerta de entrada para que no se cerrara y subí los 16 escalones hasta el piso 14. Mientras bajaba suave cada escalón, como lo había visto hacer a las reinas de los almuerzos y de los teléfonos, escuché la cadena sin aceitar del ascensor. Alguien subía.
Al apoyar mi pie en el noveno escalón, noté cómo el elevador se paraba en mi piso. Seguí bajando: nada podía detenerme en mi carrera. Las puertas tijeras rechinaron al abrirse. De la caja del ascensor salió mi madre. Me interceptó con la vista apenas puso un pie en el palier. Su mirada fue fulminante. Todo el esfuerzo por sostener una postura de diva se volvió en vano. Quería que el vestido me comiese, desaparecer entre sus pliegos. Con un silencio hecho de navajas imaginarias, mi madre me agarró del brazo y, en cuestión de segundos, el día se volvió uno de los más tristes de mi niñez.
Me encerró en el baño, trajo mi ropa y mis Topper de su cuarto y, sosteniendo la mudez, esperó a que me vistiese como niño. Luego, sin agacharse, curvó su espalda para estar a mi altura, me agarró con fuerza poniendo sus dos manos sobre mis hombros y me dijo en un tono castrense: “Nunca más en tu vida vuelvas a vestirte como mujer”. Abrió la puerta del baño. Apagó la luz.
Esa tarde había aprendido que tampoco era una buena idea matar el aburrimiento de las tardes de vacaciones de invierno jugando con la ropa del armario de mi madre. También aprendí a meter en el clóset cualquier sensibilidad, percepción, ganas o juego rarito que pudiera llegar a tener.
¿El aburrimiento de género es como un disfraz pegado al cuerpo que no nos lo podemos quitar? ¿Una prenda tatuada? ¿Una voz que pide ser más grave? Entre las posibilidades de hacer algo distintito con nuestra determinación médico-biológica no se admiten curiosidades. Hacerse grande, atravesar la adolescencia, hacerse adulto parecía marcar un “ya está”, una categoría cerrada, una anestesia a cualquier cuestionamiento sexual que pueda “hacerse público”. ¿Qué hubiese pasado si me hubiesen dejado jugar a degenerarme en los tiempos de tedio? ¿Sería menos triste? ¿Tendría varias vidas? ¿Desintensificaríamos mi “identidad”?
Esos días hicieron que el juego de inventarse, de ser otre en la performance de género, quedara clausurado. Tal vez por eso cualquier gesto mínimo fuera de los que tenía que tener un varoncito de pueblo (una prenda desgenerizada, una camiseta rosa, un pantalón ceñido, el pelito largo, un rastro de labial en el cachete, una risa estruendosa, las figuritas de los Ositos Cariñosos, un grito agudo espontáneo ante un golpe, patear mal la pelota de fútbol, el gusto por jugar con Barbies, encantarme con el aroma de las hojitas perfumadas, el placer por cocinar dulces y decorarlos, un golpe o un roce mal calculado por un compañerito sentido como caricia, llorar ante una injusticia, etc.) activarían, de ahí en más, una alarma internalizada, una sirena que hacía sonar las alertas del buen hombre y tronar los cimientos del imperio de lo binario.
Parecería que el aburrimiento de un sí mismo generizado no se podía curar así de fácil: salir de este se volvería un peligro y, al hacerlo, yo me volvía uno. Cuando el aburrimiento cae durante las tardes en el interior de la República Argentina de los 90, no cae el mundo: aparece el sismo en la ficción de ese género-mundo que parecía ya estar dicho desde el nacimiento.
[i] La necesidad del teléfono podía ser tan fuerte como una necesidad fisiológica. Necesidades que hoy podemos satisfacer mientras usamos el celular.
[ii] En Buenos Aires podían verse varios canales de aire con diversa programación.
[iii] Podemos mencionar a Pepsi Twist, Quatro Pomelo, Mountain Dew, Pringles, Ruffles, 3D, After Eight, Pingüinos Marinela, yogures Parmalat, Push Pop y Ring Pop, y un interminable etcétera; en su mayoría, productos importados, algunos con aroma a glutamato monosódico, otros combinando exceso de azúcar con colorantes más mutantes; en su mayoría, productos importados.
[iv]MTV, HBO, Nickelodeon, Cartoon Network, The Movie Channel, Space, Fox, E Entertainment Television, Warner Channel, Discovery Channel, ESPN, TNT, AXN, I-Sat y Volver; señales que comenzaron a circular masivamente con la expansión del cable. Canales mayoritariamente importados o franquiciados, algunos con producción local mínima y otros completamente enlatados, que introdujeron una dieta audiovisual hecha de series, dibujos animados, videoclips, películas y eventos deportivos comprados en paquetes de derechos. Esta diversificación fue posible por la liberalización del mercado de radiodifusión y telecomunicaciones, y desplazó el monopolio simbólico de los canales de aire, que hasta entonces concentraban la exhibición de cine, ficción extranjera y “lo internacional”. La grilla se volvió un bazar chino audiovisual: repetición, zapping, consumo fragmentado y desigual según territorio y poder adquisitivo.
[v] La serie, producida por Cris Morena, tenía como “novedad” incluir una historia de amor gay adolescente. El personaje, Tadeo, sufría su sexualidad mucho más que lo que podía llegar a “disfrutarla”. Algo que solía repetirse en las series de televisión que retrata un futuro poco prometedor para cualquier disidencia sexo-afectiva.
[vi] Hoy este fenómeno se emparenta con el denominado queerbaiting. Se atrae público de las minorías sexuales con la promesa de su representación.
[vii] Esas telenovelas que tejían desde la retina, a través del carácter dócil de sus heroínas, el único modo repetitivo de lo femenino.
[viii] Hoy ese conjunto de hojas se llamaría libro de artista.
[ix] Esta era una broma más de una decena que componía el repertorio de diversión para algunos niños y adultos que tenían teléfono en la época. En mi caso, en alguna pausa de jugar con los Rastri con compañeros de escuela -porque no podía invitarlos a jugar a la muñecas-. se creaba el momento célebre de la broma telefónica. Entre estas podíamos escoger un número de seis dígitos al azar y esperar que atendiera alguien. Imitando los juegos de la reina de los teléfonos, que llamaba a sus televidentes para “hacerlos participar por un 1.000.000 de pesos”, nosotros buscábamos reírnos de la persona del otro lado, haciéndola creer que se trataba de un juego de premios y así, nos entretuviera pisando el palito.
Otras bromas consistían en preguntar por alguien; por ejemplo: ¿Está Armando?¿Qué Armando? Respondía del otro lado. El banquito replicábamos. Luego este tipo de broma se haría popular gracias a Bart Simpson.
Esos juegos podrían asemejarse a la actual relación que arman las empresas de marketing para la venta telefónica donde no solo el que recibe el llamado lo padece sino también que lo hace. El maltrato que reciben algunos telemarketers al hacer esta labor insistiendo en vender un producto o un servicio; aunque el trabajo de estos operarios del teléfono no puede compararse con una broma pesada. Sus condiciones precarias y el stress que reciben en esas estructuras rebasa cualquier resguardo de cualquier legislación laboral.
[x] El payaso al que se hace referencia es Tapalín, quien en los años 80 y 90 supo tener un segmento dentro de la televisión pública de Tucumán, donde les niñes concursantes podían ganarse, por ejemplo, pollos congelados. Tapalín fue una figura pública tan pregnante que, en 1999, se presentó como candidato a concejal por la ciudad; tanto en las boletas de votación como durante la campaña se mostraba con su traje de bufón.




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