Del aburrimiento / v. Nicolás Koralsky
- Revista Adynata

- hace 2 días
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D O S S I E R H A S T Í O S
1. Llegar a aburrirnos
Las próximas líneas presentan algunas notas sobre el aburrimiento que se escriben luego de haber experimentado su fragosidad indagando sobre él. Algunas ideas sueltas, preguntas, puntos, cuestionamientos que se dieron luego de intentar evitarlo. Fórmulas, ya repetidas o inciertas, sobre las formas que tomó y toma, y que dan a ver el enorme espectro de su alcance. Pasajes y paisajes sobre su configuración que esperan no aburrir.
Estas páginas no hablan del aburrimiento como destino universal, sino como síntoma socialmente distribuido. Hay vidas sin tiempo vacío; y hay vacíos hechos de otra cosa: deuda, hambre, desocupación, miedo, violencia, agotamiento. Lo que acá dice aburrimiento nace, también, del privilegio de poder distraerse.
Aunque el texto intenta rozar otras formas de lo que aburre por fuera de las clases medias, buena parte de la tradición que escribió sobre el tema lo hizo desde y para ese segmento social que buscaba una salida a su ahogo: la misma industria editorial y la academia ofrecieron ahí sus respuestas.
Este texto nació justamente a causa de un momento de aburrimiento, se escribió para no caer en él como recurrencia. También lo escribió alguien que, en algunos momentos se autopercibe como una sensibilidad aburrida. Se escribe porque sabe del dolor que puede producir el fenómeno y se ha dado cuenta que en los últimos años, ante cualquier signo de su presencia, busca su móvil y disimuladamente manda un mensaje a algún amigo o familiar para iniciar una conversación y distraerlo; o ingresa a una de estas tantas aplicaciones de entretenimiento del teléfono que garantizan dopamina.
El aburrimiento puede funcionar como una caída del mundo, un momento donde el tiempo toma una densidad diferente y se experimenta un sin relieve, una llanura que parecería no terminar nunca. Majestuosa, pero árida si tenemos que atravesarla y, mucho más, si no contamos con una imaginación que nos permita subvertir el tiempo inventado historias, juegos, narrativas. Más aún si estamos solos.
En una definición que llama su atención por su violencia clínica, el aburrimiento ha aparecido como “anomalía”, interrumpiendo el transcurrir de las horas, vaciando el presente, deteniendo el reloj vital, bajando la excitación y empujando a reacciones destructivas o desesperadas, como si se tratara de una afección a curar. En algunos casos esta idea sigue insistiendo y el gesto cultural dominante es: curarlo, sacarlo de encima, taparlo. La cura contemporánea que tenemos ante nuestro tedio, suele consistir en más estímulo, consumo, pantallas: una intensificación que, paradójicamente, terminará produciendo lo mismo que promete evitar. Si bien lo contrario del aburrimiento no es el entretenimiento, éste, muchas veces es su rodeo más eficaz. El tedio, en los circuitos contemporáneos de la industria cultural, se administra y algoritmiza, se rentabiliza y se interfiere con notificaciones intrusivas que aparecen en los momentos de descanso del teléfono[i]; así nos dejamos de aburrir en los tiempos que corren
2. Tediosos trazos
Podemos afirmar que el aburrimiento no es una afectación que queda por fuera de la organización histórico-política. Los nombres y las formas con la que este se sustancializó permiten comprender cómo configuró una órbita histórica alrededor del malestar. Cada modo de nombrarlo organizó un origen y fundamentación; una manera distinta de vivirlo, tolerarlo o condenarlo. Taedium, acedia, hastío, melancolía, spleen, depresión son algunos de los nombres que lo nombraron. Si bien podríamos usarlos como sinónimos, no lo son y sus performances históricas modularon regímenes morales, religiosos, productivos y afectivos diversos.
De la acción a la que llama la etimología del aburrimiento (abhorrere: alejarse de lo que eriza los pelos) al modo que se usa, existe un gran abismo sensible. De lo que afecta tanto que eriza los pelos y por ello (me) debo apartar, a lo que no produce la más mínima conmoción por lo que necesito algo que me aleje de ese estado.
En “La enfermedad del aburrimiento” (2022), Josefa Ros Velasco describe cómo se fue articulando el aburrimiento durante la construcción de la civilización Occidental: del aburrimiento de algunos dioses como Hera y Zeus, capaces de incitar al conflicto para aliviar su tedio, a la personificación del aburrimiento en la figura de “Aergia” (deidad menor que representaba la indolencia) en la Grecia mitológica hasta la maquinaria tecnológica contemporánea que nos quita cualquier posibilidad de venerar el tiempo muerto. Las mutaciones de esta afectación han sido incontables.
La autora explica que, por ejemplo, en el mundo romano del siglo I, el taedium vitae denominaba al abatimiento profundo, una forma de hastío que no remitía a la falta de actividad sino a una saturación del tiempo. En la Roma del siglo II ac se realizaba una clara promoción del ocio y del placer como forma de control social, para deshacerse del dolor que implicaba gestionar el tiempo libre bajo diversas formas: circos, hipódromos, anfiteatros, termas, etc. Mientras tanto en la Edad Media, la vida clerical devota a la oración y la observación cronificó toda acción, de ahí el nacimiento de un modo del hastío vital: la acedia (como falta “a”, de cuidados kêdos). Orígenes, teólogo del S. III, afirmaba que las tentaciones de Jesús habían sido el sueño, la cobardía y la acedia. Con el pasar de los siglos el cristianismo moralizó esta forma del tedio dándole entidad de pecado capital: vicio mortal definido como incapacidad de tener interés -por el bien, por el prójimo, por Dios-, letargo diabólico que podría resultar en la fascinación por la muerte y voluptuosidad del descontento infinito. Ros Velasco agrega que Gregorio Magno es quien elimina la acedia como una falta divina dándole entidad de un simple problema espiritual, cercano a lo que entendemos como tristeza (no es el alma la que peca sino es el cuerpo al sufrir su encarnación. No es el tiempo el que se vacía; es la forma humana la que se vuelve insuficiente).
Por su parte, Pascal Quignard, a través del Secretum de Petrarca (S. XIV) ilustra al taedium vitae (asco de la vida) como lágrimas sin motivo, debilitamiento de la vida, tristeza pura como una “pasión áspera, dolorosa, terrible en estado puro” que reniega del fascinus[ii].
Pasados los siglos, el cristianismo reformuló el pecado bajo la forma de la pereza. Luego, con el giro antropocéntrico del Renacimiento, esa experiencia se reinscribió bajo el nombre de melancolía (asociada a una experiencia intelectual) signo de profundidad, antesala de la genialidad, privilegio de unos pocos. La experiencia de aburrirse quedó estetizada.
En la Europa del siglo XIX la forma del tedio se ancló como tópico literario bajo la figura del spleen [iii] o “mal del siglo”. El maldito Baudelaire será el encargado de retratar el choque entre una moderna realidad gris y la aspiración idealista. Por su parte, el romanticismo europeo lo retratará como una sensación de vacío, en un mundo que ya no ofrecía trascendencia: una pátina de hastío que parecería no tener una causa aparente. El romanticismo, la novela realista y la moral familiar burguesa organizarán así, una geografía del género del aburrimiento.
Josefa Ros Velasco señala que en este período el tedio se vuelve situacional y existencial a la vez: no es solo el efecto de una circunstancia puntual, sino la percepción de una vida vacía, repetitiva, clausurada la que da forma a esa percepción. Esta experiencia no se resolvía igual para mujeres y varones. Observamos que en la literatura decimonónica, el aburrimiento femenino es domesticado. Frente al tedio, a las mujeres se les prescribe una salida moral: la abnegación. Matrimonio, hijos, administración del hogar, rutina. El aburrimiento no se elimina; se naturaliza como parte del deber. La vida que ama la casa aparece como antídoto simbólico frente al hastío, aun cuando sea su principal fuente. La filósofa toma el ejemplo de Madame Bovary de Gustave Flaubert: Emma no se aburre por exceso de ocio, sino por una doble exclusión: no es parte del mundo profesional y tampoco encuentra plenitud en el mundo doméstico, en gran parte delegado al servicio doméstico. El aburrimiento femenino emerge aquí como una experiencia sin salida legítima: desear otra vida es ya una falta. Para los personajes masculinos, en cambio, el aburrimiento encuentra salidas centrífugas. La vida marital es presentada como fuente de tedio, pero no como destino. Frente a ella, el varón puede huir: hacia la aventura, el derroche, la infidelidad. El donjuanismo funciona como escapatoria frente a la monotonía doméstica. El hombre se salva del aburrimiento siendo infiel; la mujer, siendo buena esposa. Una asimetría no anecdótica sino estructurante de una moral afectiva donde el deseo masculino se legitima como movimiento, mientras que el femenino debe ser contenido, sublimado. El aburrimiento femenino se vuelve sospechoso; el masculino, productivo. La operación a remarcar, es entonces, la erotización diferencial de la vida generizada. Mientras a las mujeres se les exige encontrar sentido en la repetición, a los varones se les permite huir de ella. El hogar (esfera privada) ya no será solo un espacio físico, sino un dispositivo que distribuye, también, quién puede aburrirse y quién puede salir a la vida pública.
Finalmente, en el siglo XX, se lo patologiza, bajo un diagnóstico individual, todo aquello cercano al tedio tendrá espacio bajo el paraguas de la depresión. Se pasa de la pregunta maldita de qué mundo produce este hastío a la sospecha de qué falla en mí. El aburrimiento, lujo de pocos, anomalía asociada al exceso de tiempo libre tomará otros matices a medida que la industrialización avance y más adelante cuando, el trabajo se informatice. El aburrimiento dejará de ser patrimonio de una élite y se “democratizará”.
3. Fábricas de tedio, industrias del entretenimiento
Un desplazamiento decisivo, y masivo, en relación al tedio tuvo como protagonista a la clase obrera; de las experiencias de hastío “individuales” a la cronificación del mismo con ritmos fabriles productivos. Las formas de organización derivadas de la Revolución industrial: colonias obreras, barrios industriales, ciudades fabriles centralizaron espacialmente al trabajo. El trabajador se vuelve ajeno de sí y del producto de su “fuerza”.
En el siglo XIX las fábricas hegemonizarán la organización del tiempo de vida y el hastío se popularizará. Del exceso de reflexión de unos pocos -lo que acercaba al spleen de la vida- a la repetición mecánica de los movimientos y la ausencia de exigencia “intelectual” de muchos. La bifurcación entre el cuerpo que trabaja y el sentido de lo que produce empujó hacia el vaciamiento de la cualidad del tiempo: tedio crónico, estructural, cotidiano. De don melancólico del genio a un problema de las masas a gestionar, con el posible riesgo de su revelación. Mantener consciente y sano al obrero será condición de su capacidad productiva. La escolarización de la prole del obrero-ciudadano consolidará su posibilidad de “ascenso” social y garantizará su normalización.
El tedio fabril tendrá una contra fuerza: crear actividades de ocio para las diversas clases. La clave: garantizar la productividad haciendo tolerable las horas dentro del espacio laboral. El entretenimiento, y su posterior industrialización, emergerá así como una tecnología compensatoria: una válvula de escape cuidadosamente regulada. Las industrias culturales -como tales- cumplirán esa función. Espectáculos masivos, deportes organizados, radio, cine, televisores, -entre otros- serán los dispositivos que acercarán a la distracción y el placer, operando también como anestesia temporal a un malestar diario. Se aprenderá a soportar turno laboral a cambio de pequeñas dosis de goce administrado. Además de contar con zonas de espacio público (parques, plazas, piscinas públicas, etc.) cada centro urbano erigirá sus espacios de entretenimiento con capital público o privado. El tiempo libre no será libre sino funcional. El aburrimiento quedará integrado al ciclo productivo como un residuo. Una solución técnica a un problema técnico.
Ya a mediados de 1900 los medios masivos de comunicación crearán contenidos estandarizados, entretenimiento y bienes de valor simbólico y económico. El aburrimiento de la vida metro-boulo-dodo[iv] no se eliminará, se le otorga un destino: planificar el tiempo libre, compensar el hastío consumiendo productos que lo maticen. El dinero-tiempo obtenido-perdido en el espacio de aburrimiento-trabajo se vuelve el flujo que permite obtener el tiempo-ocio al que se accede a través de la industria cultural que con los años expandirá su oferta de productos. El hastío se volverá un motor económico con una paradoja central: cuanto más se promete entretenimiento más se multiplica el aburrimiento. Como advierte Guy Debord (2008), el espectáculo prometerá una vida intensa mientras reproducirá la separación: todo lo vivido directamente se convertirá en representación. El aburrimiento será condición de posibilidad del espectáculo: sin tedio, no habría necesidad de imágenes, estímulos, promesas de experiencia a través de la mercancía. Desde los años 50 con Playboy (Preciado, 2010) inventa un modelo de negocio donde el hombre exitoso y “moderno” no sale de su casa televigilada y su vida queda perfectamente tecnologizada.
Más adelante, a través de los abaratamientos de la producción de la tecnología llevada a cabo en países periféricos; los aparatos de entretenimiento, reproducción y (re)transmisión, sujetos al poder adquisitivo, irán ingresando a la esfera doméstica, al mundo de lo privado. La globalización y sus productos ensamblados, inyectarán a las clases medias la posibilidad de salir del hastío que resulta de las vidas orientadas, exclusivamente, hacía el mundo laboral-profesional-escolar. Con una presencia de dios cada vez más borrosa y una presencia del Estado-Nación más diluida; los ingresos económicos se volvieron, para algunos, acceso a la compra de bienes tecnológicos para el uso familiar-personal (tvs, radiograbadores, reproductores de audio, videocaseteras, consolas de videojuego, cámaras fotográficas y de video portátiles, etc.) y la amplificación de la industria del turismo.
Con el pasaje al capitalismo cognitivo, el esquema se refinará. El trabajo; que ya no exige solo fuerza física, sino atención, creatividad, comunicación, afecto; se disfrazará bajo la idea de un desafío, algo divertido, una meta en común (la misma para el dueño de los medios de producción como para el trabajador más motivado). Eliminar la solemnidad, el esfuerzo, la lentitud y, si se puede, el cansancio. Transformar toda actividad (aún la propia vida) en experiencia eficiente y agradable; evitando que en algún momento de tedio, se busque imaginar otras formas de vida fuera de la captura del rendimiento voluntario. Es así que el trabajador cognitario se entretendrá en los mismos medios que lo unen a su tarea (ver apartado siguiente). En algunos casos, esas máquinas especializadas que antes solo podían ser operadas en los espacios de trabajo ahora se podrán trasladar al ecosistema doméstico.
“Desconectarse” del tedio del trabajo será conectarse a través de una pantalla o similar; tenido en claro que el trabajo se llevará consigo, la expectativa de rendimiento será permanente y el rendimiento medible en su más mínima expresión de tiempo-trabajo-proceso consumido; mientras que la idea de merecer lo que se tiene (o algo mejor) gracias al esfuerzo personal será el nodo permanente (Sibilia, 2024). El mandato ya no será solo producir, sino disfrutar produciendo y que los tiempos de descanso puedan tomarse en espacios diseñados por los mismos patrones (como lo plantearon las primeras .com con espacios reservados para actividad física, en los mismos lugares donde sucede la actividad laboral). El yo se vuelve algo que debe estimular. El tedio, en ese contexto, resulta obsceno. Las estrategias de motivación empresarial girarán hacia dispositivos antitedio: introducir juegos, flexibilizar horarios, gamificar procesos: no para cuestionar el trabajo, sino para hacerlo soportable sin reflexionar sobre su lógica. El aburrimiento se combatirá para evitar la pregunta sobre sí; su reflexión. La pandemia del Covid-19 también transformará la relación laboral, teletrabajar desde la casa durante la crisis mundial sanitaria de 2020, se volverá algo necesario. La casa se inaugurará como fábrica.
A través de este proceso, los tiempos muertos entre poleas y palancas así como las luchas asociadas a las opresiones patronales irán borrándose sutilmente por la sobrecarga de estímulos y recompensas, encuestas y seguimientos, valoraciones de clientes e informes de supervisores, algoritmos e inteligencias artificiales que sustituirán procesos y fuerza. Al mismo tiempo aburrirse o “ser aburrido” será un fracaso personal; las redes sociales funcionarán como comprobantes de una vida digna de ser vivida. El mandato de emprender y crear (contenido vuelto usuario, story, stream, posteo, opinión, etc.) se extenderá a cualquier ser viviente y hablante con un dispositivo móvil con conexión a internet.
4. 1 soy yo, a mi medida, mi patrón.
El entretenimiento se convierte así en un régimen, no en un descanso. No suspende la lógica productiva: la continúa por otros medios. Las posibilidades que brindará la comunicación digital hará más difícil el corte del universo laboral, un continuo. Por su parte, la oferta de entretenimiento incesante y reiterativa harán que siempre haya algo (nuevo) más para ver, para escuchar, para deslizar, para consumir. Lo “siguiente” (el ritmo del next) y la novedad organizarán el tiempo. La convergencia digital (Jenkins, 2006) y las redes sociales hará que la pausa productiva se vuelva un espacio de relato personal y sus usuarios viren a “prosumidores” (Islas-Carmona, 2008). Lo que se vivía de forma externa y virtual, especialmente en el campo del erotismo, se encarnará en los cuerpos bajo la cibercarnalidad (Mowlabocus, 2010).
¿Uno o I? Como señala Éric Sadin (2022) la tecnología de uso personal (para uno mismo) se ensalzará gracias al entretenimiento que promete, se produce y reproduce; los aparatos personales donde el prefijo yo/ I (iPod, iPhone, iMac, iCloud) no designarán solo dispositivos, sino una filosofía: el yo como centro de cálculo, de decisión y de rendimiento: del sí mismo, tanto como mandato de afirmación de sí y como del yo mismo. Yo/I asistido, guiado, anticipado por sistemas técnicos que prometen optimizar su experiencia. Todo lo que entretiene se vuelve “a medida”, uno mismo es el patrón[v]: playlists personalizadas, feeds curados, recomendaciones algorítmicas, coincidencias afectivas sugeridas. La norma en burbujas de contenido que van surcando el aire de las redes en una precaria bola de jabón que habilita la demencia fingida ante su propia vulnerabilidad e interdependencia con otros seres. La personalización extrema no eliminará el tedio: lo internalizará. Si nada me interesa, el problema ya no es el mundo, sino yo. El aburrimiento se profundizará como falla íntima, lejos de una experiencia compartida o una condición histórica. Dopamina regulada entre likes y matches, algoritmos anticipándonos lo próximo que no sabíamos que queríamos desear…la propuesta de lo deseable se reduce; una bandera con nuestros “gustos, intereses y deseos” parece plantar una sombría “soberanía”. Aburrirse sería interrumpir la autodeterminación-autonomía de nuestras pantallas-territorios: salir del circuito, suspender la respuesta inmediata. Sería, en términos mínimos, no hacer clic.
Entonces ese patrón aburrimiento dentro del capitalismo mundial integrado se explota, es condición para reactivar el consumo dentro de una lógica que se amalgama en la obsolescencia programada. Las cosas no solo tienen una vida útil menor sino que me aburren los muebles, mi ropa, mis amantes…mi vida. El tedio se convierte en combustible de gasto productivo. El cansancio, en mercado. El hastío, en oportunidad.
Esto no se distribuye de modo parejo: la posibilidad del “1 soy yo, a mi medida, mi patrón” es inconducente. Para muchos, la conexión a internet es intermitente o inexistente; no hay dinero para recargar el crédito del teléfono o los datos son insuficientes; la memoria no alcanza para bajar una aplicación más; la interfaz es compleja de utilizar para algunas personas de las tercera edad —y no solo para ellos—; la accesibilidad no es accesible cuando, en algunos casos, las capacidades son diferentes; la zona no tiene cobertura o no hay usuarios con quienes interactuar; la lengua en la que se puede acceder a ciertas aplicaciones no es la propia; el propio dispositivo fue vuelto efectivo para poder acceder a un bien más básico que quite el hambre o permita hacer un viaje, entre otras tantas situaciones.
Allí, la relación con la pantalla no es “optimización” sino supervivencia, y el aburrimiento adopta otras formas o directamente no tiene lugar. Entonces, el algoritmo promete “a medida”; el prepago decide “hasta cuándo”.
La promesa del “I/yo” tiene un supuesto material: un piso técnico y económico. Sin ese piso, el “a mi medida” es una fantasía. El régimen de entretenimiento no desaparece: cambia de forma, se vuelve discontinuo, espasmódico, atado al crédito, al robo, a la señal, a la supervivencia.
Dentro de este régimen del I/yo aparece con fuerza lo que Eva Illouz y Edgar Cabanas (2019) describen en happycracia: un sistema emocional donde la felicidad se vuelve mandato, índice de salud y prueba de adaptación. En ese contexto, aburrirse no es solo incómodo: es sospechoso. Estar aburrido implicaría no estar aprovechando las oportunidades para cultivar la felicidad, no estar gestionando bien el propio tiempo, no estar “trabajando en uno mismo” lo suficiente. En el giro happycrático el aburrimiento será un déficit de la actitud o una falencia de la propia voluntad. El Ipaisaje contemporáneo compondrá una imagen donde no habrá una excusa para el hastío o la infelicidad. Siempre habrá algo nuevo para hacer, para ver, algo en lo que mejorar para sentirse aún mejor. El tiempo muerto desaparecerá. O, mejor dicho, se volverá inexistente o intolerable. La felicidad, escrita en manuales de autoayuda, aparecerá como un cruel paraíso suspendido en los aires como esas frágiles pompas de detergente. Por su parte, se asentará la lógica del Realismo capitalista (Fisher, 2009): no solo como un sistema económico, sino un clima ontológico. Por fuera de él no hay afuera imaginable, no hay alternativa creíble. El mundo es así y no puede ser de otro modo. En palabras de Fisher viviremos ajustados bajo el hedonismo depresivo una no imposibilidad de gozar, sino la obligación de hacerlo sin que nada cambie.
El patrón del yo hastiado, descripto anteriormente, se da en un repliegue individual, se vive en soledad pero con 4K en seguidores que pueden comprarse. De alguna manera construye un régimen de personalización de la experiencia que rompe la posibilidad de un suelo común. Cada quien gestionará su propio tedio como puede: distracción, consumo, porno, scroll infinito, productividad, citas, fármacos, espiritualidades express; imposibilitado un “común aburrimiento”.
La configuración anterior diferirá de las formulaciones más antiguas del taedium vitae que era exclusivamente entendido como mero problema individual sino era una experiencia histórica, situada, incluso socialmente reconocible. La acedia monástica, la melancolía renacentista, el spleen moderno o la depresión no nombran lo mismo, pero sí performan una relación específica entre cuerpo, tiempo y mundo. El aburrimiento no era “mío” sino algo determinado por el entre. Navegando entre marcos teológicos, médicos o psicológicos.
El cuestionamiento al hastío actual hará ver, removerá el velo de una vida siempre feliz. Esa revelación, ese contacto, resultará insoportable sin un mundo común que lo sostenga. Como explica Marina Garcés, lo que duele no es solo la falta de sentido, sino la imposibilidad de aferrarse a una humanidad compartida. El aburrimiento no duele porque no pasa nada; duele porque no pasa nada con otros. Sin trama donde inscribirlo; no conducirá necesariamente a la imaginación, como pueden prometer manuales de creatividad. Un estado que no abre hacia los otros sino que nos (en) cierra. No suspende el tiempo para la pregunta sino que lo aplasta. No eleva preguntas críticas sobre de dónde aparece; qué vidas compartidas podemos construir; qué formas que organizan la vida producen nuestro hastío; qué tiempos, qué espacios, qué vínculos permitirían no huir de él de inmediato sino pensarlo como algo de orden de lo común; es posible pensar una ética —o incluso una política— del aburrimiento que no sean ni resignaciones ni anestesias individuales; qué formas de estar juntos admitirían alojarlo…quizás la lectura de este texto sea una de esas formas.
Cabe preguntarnos también qué pasa cuando lo que pasa con otros es lo insoportable y, aun así, no alcanza a volverse trama común o la trama común es lo insoportable. Cómo distraemos esos dolores que producen el estar con otros, como desromantizar la salida al individualismo con una com-unidad que puede ser la fricción que haga aparecer la marca, el dolor, el fastidio; qué hay cuando el aislamiento no se padece sino es el escape.
5. El tedio de una satisfacción frustrante
De una sexualidad disciplinada para la reproducción a una controlada para la producción de placer. De movimientos para la libertad sexual y diversa de las minorías (una lucha en común por derechos sexuales y reproductivos) a una experiencia molecular en miniatura que regula el contagio o los embarazos con nombres pegadizos [vi]. El pasaje de la sexualidad tabú a una que hace a la vida más sana y plena, que parecería resultar en el descubrimiento de sí, lleva a los satisfyer a las góndolas del supermercado. Los adultos ahora tienen sextoys para entretenerse.
A fines de los 2000 con Sex and the City (HBO) al retratar una nueva forma de la libertad sexual femenina soñada se agrega una capa más a la pedagogía sentimental y un toque de barniz a la auto-cosificación de lo femenino, el sexo se normaliza como algo que contar (como experiencia, cantidad, tipo, etc).
Los tiempos que corren nos corren por su instantaneidad y nos hacen correr[vii] gracias al fácil acceso a contenidos xxx combinados con la incorporación de los fármacos que dio lugar a un régimen que Paul B. Preciado (2008) dio en llamar régimen Farmacopornográfico: un sistema que gobierna los cuerpos mediante la gestión combinada de sustancias (hormonas), entretenimiento, autoimágenes, narrativas y tecnologías del placer. Se estimula, acelera y descarga la excitación sexual; el cuerpo se regula con píldoras de control pop que crean vidas más “autónomas y sanas”; el tiempo se comprime para conseguir su satisfacción.
Dentro de este, el aburrimiento no funciona como un error que estalla sin esperarlo como un subproducto evitable, sino que es el aburrimiento el que mantiene viva la llama del propio consumo. Saturados de estímulos y vaciados de expectativas, todo parece entretener de la misma manera. La estructura del entretenimiento contemporáneo ha copiado el modelo porno: excitación, descarga, detumescencia, retorno del tedio. Una rueda que gira cada vez más rápido y produce cada vez menos desplazamiento. Ahora la satisfacción es frustrante. No se huye del hogar, se lo erotiza. El aburrimiento será combatido recubriéndose de sexualidad y esta será revestida en intensidad.
Como expone Eva Ilouz (2014) Erotismo de autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico, en el marco contemporáneo, por ejemplo, las prácticas BDSM funcionan menos como transgresión que como gramática contemporánea del consentimiento administrado donde emociones románticas y transgresión sexual confluyen. La sexualidad negociará con el tedio introduciendo reglas, contratos, roles, límites. No se libera a la sexualidad sino que se la optimiza. La industria del sexo-afecto ofrecerá soluciones: más comunicación, más sexo, más autoexploración, más talleres, más pareja, más ruptura, más terapia rápida, más match, más maquillajes al tedio de la rancia carne del amor romántico sazonada con nuevas especies picantes que llegan de todas partes del globo extendiendo membresías o afinando las búsquedas.
La pornografía ocupará un lugar privilegiado en esta economía afectiva no porque se sexualice todo, sino porque se abreviará la necesidad; y se reducirá el tiempo entre la excitación y la descarga. Achicar el intervalo. Neutralizar la espera. Eliminar el rodeo. Lo mismo harán -o dirán hacer- las aplicaciones de citas que ayudarán a palear el aburrimiento sexo-afectivo. Todo orquestando bajo un régimen biocapitalista produciendo ideas móviles, órganos vivos, símbolos, deseos, reacciones químicas y estados del alma (Preciado, 2015: 47), los contenidos xxx serán los encargados de mostrar la verdad de la sexualidad (…) una sexualidad que es siempre y en todo caso una performance” (Ibíd.:181). Una performance que requiere todo un esfuerzo para poder realizarse. Entonces, si bien, la pornografía libera a la sexualidad del mandato de procreación y reproducción (Escoffier, 2009) pero la organiza bajo la base del rendimiento[viii] sexual. Un modo de sexualidad que puede volver la vida impotente.
Por su parte, los cuerpos en el Sur global serán los encargados de desaburrir las sexualidades del norte global. Eyacular no eliminará el aburrimiento: lo confirmará. El tedio vital retorna no como un déficit de estímulos, sino un síntoma del realismo capitalista: no hay afuera imaginable donde el deseo pueda (re)componer una imaginería.
Algo extrapolable a las diferencias en estos puntos cardinales sucede en ciertas escenas juveniles donde también aparece un cruce de clase erotizado: la fantasía de “salir con un turro” —estética RKT, “elegante, callejero fino”— no solo como rebeldía, sino como promesa de trato (“me trata como una princesa”)-. El deseo se vuelve, ahí, una forma de movilidad imaginaria: un cambio de guion social antes que una salida del tedio.
La paradoja es clara: cuanto más erotizada sea la vida cotidiana, más insoportable se volverá el vacío cuando esa excitación cese. El aburrimiento ya no aparece como tiempo muerto, sino como amenaza[ix]: en un instante la intensidad falla y el mundo se nos cae (o nos caemos de él). Desde aquí, el aburrimiento ya no puede pensarse como déficit de deseo. Es, por el contrario, el efecto de su captura. El deseo no desaparece: es acorralado, acelerado, gestionado. Y cuando ya no encuentra espacio para durar, el tiempo se vuelve pesado, viscoso, insoportable.
Séneca describía el taedium vitae como una enfermedad específicamente humana: nace del conocimiento de un cuerpo atrapado entre dos límites innobles el coito del que procede y la putrefacción de la muerte que lo espera (Quignard, 2014) . Quizás sea por eso el aburrimiento no se “cure” con más estímulo. Tampoco con más placer. Lo que queda en suspenso serán entonces: ¿qué formas de deseo, de tiempo y de relación podrían emerger si el aburrimiento no fuera inmediatamente anestesiado?
Bibliografía consultada
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[i] Lo que el dispositivo puede interpretar como aburrimiento del usuario.
[ii] Al conceptualizar los sentidos que se condensan en la idea de fascinus en el estudio de P. Quignard (2014) debemos pensar dos sentidos inseparables: fascinus como falo y como fascinación. Siguiendo el primero de ellos, es entendido como el falo explicito, exhibido y apotropaico (amuleto). Nudo falo fuera de todo erotismo sentimental, cercano al exceso, la fuerza y la erección (lo que muestra potencia vital). Por su parte el fascinus como fascinación -desde lo fálico que prueba su potencia- tiene el poder de hechizar, capturar, paralizar, retener. Fascinante y Fascismo derivan de la palabra fascinus..
[iii] Spleen nombre con el que se conoce en español al órgano del bazo producía una la bilis negra responsable de un estado de apatía y abulia.
[iv] Metro-dodo-bolou (metro-sueño-trabajo) forma monótona de la rutina organizada para volverse un ente productivo en un ciclo sin fin.
[v] A propósito: modelo de personalización y, a la vez, amo.
[vi] Ejemplo de esto es la medicación para la prevención del virus del HIV PrEP (Profilaxis pre exposición. Compuesto de emtricitabina 200 mg y fumarato de disoproxilo de tenofovir TDF, 300 mg) o la DoxiPep (Hiclato de doxiciclina 100 mg.). Ambas drogas son prescriptas a poblaciones de riesgo históricas -hombres que tienen sexo con hombres, trabajadoras sexuales, personas trans y travestis-.
[vii] Correrse en el Reino de España hace referencia llegar al orgasmo.
[viii] Mientras en algunas fábricas chinas los cuerpos de las obreras toman anfetaminas para cumplir con los labores industriales y las demandas domésticas; algunos homosexuales en las capitales de las economías mundiales, consumen las mismas drogas para extender el goce sexual un fin de semana y evitar caer en el tedio de una vida derecha y homonormalizante.
[ix] Tal vez por eso el aburrimiento resulta tan amenazante: porque suspende la ficción de autosuficiencia. Porque recuerda que el deseo no se sostiene solo, que con el mero goce no basta, que la vida individualizada se agota rápido.




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