• Revista Adynata

Don Marcos / Daniel Rubinsztejn

A dos mil doscientos metros de altura, en el cerro negro, vive don Marcos. Allí lo conocí, cumplía ese mes 91 años. Se subió a su caballo y, a pesar de sus problemas de vista, nos guió hacia la cima, hasta el sendero que baja al valle. En invierno, nos contó, se acuesta a las 6 de la tarde y sale de su habitación cuando despunta el día.

- ¿Tanto duerme?

- ¡No! me duermo tarde. Sonrió.

- Y, ¿qué hace don Marcos... piensa?

- No, no pienso. Escucho... las ovejas, si alguna sale del corral, si el negro ladra, si mi caballo relincha, el ruido del viento... escuchando estoy ahí afuera.

Sus palabras siguen resonando. Y a los pocos días decidí escribir lo que, nunca leerá.

Recordé un poema de Fernando Pessoa:

soy un evadido

luego que nací

en mí me encerraron

pero yo me fui

la gente se cansa

del mismo lugar,

de estar en mí mismo

¿no me he de cansar?

mi alma me busca

por montes y valles.

ojalá que nunca

mi alma me halle.

ser uno es cadena,

no ser es ser yo.

huyéndome vivo

y así vivo estoy.

Y entre el poema y las palabras de don Marcos se dibujaron para mí, las coordenadas en las que se despliega la labor analítica.

Ausencia de fórmulas, palabras sin representación, ausencia de sí, exilio.

A la intemperie, don Marcos no hubiera sobrevivido a las inclemencias del tiempo, al frío y la nieve. Pero estar dentro no le impide, cuando escucha, estar fuera de ahí.

El no sabe que sabe topología: utiliza “lo cerrado (dentro) lo abierto (fuera) los intervalos (entre) la orientación (hacia, delante) la cercanía (cerca, contra) la inmersión (en)”,[1] los puntos de frontera (adentro y afuera). Pero usa preposiciones que, sabemos, indican relaciones entre términos, entre palabras, y en el espacio.

¿Cómo estar ahí afuera (fort) y aquí dentro (da) al mismo tiempo? De un lado el mundo y del otro... también el mundo que se ha desdoblado en mundo que escucha y mundo escuchado. Para escucharse, el mundo necesita de sus oídos.

¿De quién son los oídos que escuchan? Tal vez, los oídos sean sólo ventanas por las que el mundo escucha al mundo.

Su cuerpo anciano está en la cama, pero él no está allí. Su atención es flotante en la montaña.

El cuerpo también sabe topología. Los ojos, los oídos, la boca y los esfínteres son bordes, ventanas entre adentro y afuera: a veces afuera es adentro y viceversa.

Sin dueño, los oídos reciben voces de las que no se apropian, hasta que por boca del analista se emite una nueva voz, que atrapa con una red agujereada, un deseo que se escabulle.

Cuando se escucha se está fuera... de sí. No ser, es (condición de) estar analista para alguien, de olvidarse de sí, exiliarse de sí. Salida de los propios límites, liberarse de la impaciencia, saber esperar en silencio el momento propicio para interrumpirlo, para volver al silencio con un deseo que espera.[2]

Una espera sin pensamiento, sin reflexión ni teorías.

[1] Michel Serres: Estar fuera de ahí, en Atlas, Cátedra, Madrid 1995; citado por J. Ritvo en Del Padre, Letra Viva, Bs. As. 2004. [2] “Quien ha vivido sufriendo, está hecho de su sufrimiento; si pretenden quitárselo, deja de ser él.” Italo Calvino: Palomar, Alianza, Bs.As.,1985.


Kilian Schönberger, Fotografía digital, 2015, Bosque Torcido, Polonia.

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