• Revista Adynata

Encerrona trágica / Fernando Ulloa (1998)


Me propongo hablar de la crueldad, ese desamparo mayor en que quedan sumergidas las víctimas. Un desamparo que está básicamente expresado por una figura clínica: la encerrona trágica, que extraigo de mi práctica psicoanalítica con personas que han sido torturadas; figura que bien puede ser extendida a muchas situaciones del acontecer social. La encerrona trágica es paradigmática del desamparo cruel: una situación de dos lugares, sin tercero de apelación, sin ley, donde la víctima, para dejar de sufrir o no morir, depende de alguien a quien rechaza totalmente y por quien es totalmente rechazado.

Por otra parte, el desarrollo de la crueldad tiene como antecedente, en la constitución inicial del sujeto, la falencia de la ternura como primer anidamiento, como primer amparo que recibe el recién nacido. Obviamente no es éste el único origen del futuro despliegue de la crueldad, ya que serán necesarios dispositivos socioculturales posteriores que, o bien no reparen ese origen fallido de la subjetividad, o lo acrecienten.

El hecho es que la crueldad siempre requiere un dispositivo sociocultural que sostenga el accionar de los crueles, así en plural, porque la crueldad necesita la complicidad impune de otros. El eje de ese dispositivo cruel es la mentira. Aunque ésta no necesariamente desemboca en una producción cruel, puede sostenerse --con fundamentos psicoanalíticos-- que la crueldad siempre está comprometida con una mentira establecida en los primeros tiempos del sujeto. Una mentira que se va estableciendo como un saber fetichista recusador de la verdad.


Voy a abordar el complejo y arduo asunto de la crueldad desde distintos niveles:


1) En primer término "lo cruel", así escrito con el artículo neutro precediendo al adjetivo. "Lo cruel", sin sujeto manifiesto de la acción, convive en sociedad sin escándalo, incluso con nuestra connivencia. No en vano la palabra "connivencia" remite en su etimología a guiño, o a cerrar los ojos. No es que en "lo cruel" no exista un sujeto intelectual responsable, pero cabe destacar que puede adquirir estatuto de costumbre, en el que las mismas víctimas conviven con una intimidación que permanece inadvertida. Así "lo cruel" hace cultura, verdadera cultura de la mortificación en que la fecunda idea freudiana del malestar de la cultura es trocada por: malestar hecho cultura, donde claudica la valentía, la inteligencia, y el cuerpo se desadueña. Aquí la mortificación no sólo alude a muerte sino, fundamentalmente, a mortecino; sujeto coartado, en el que la queja nunca adviene protesta, y la transgresión a este acostumbramiento mortificado se queda sólo en una eventual infracción. Hasta se diría que, superada la faz aguda de la mortificación, las marcas siniestras de la crueldad, neutralizadas como "lo cruel", se entremezclan con la civilización desmemoriada. Son quistes prontos a activarse.


En la mortificación de "lo cruel", la ética queda reducida a una ética abstinente, atenta a lo que no se debe hacer, pero sin que aparezca el imperativo de advertir y accionar sobre las condiciones socioculturales y políticas que originan y sostienen esa situación mortificada.


2) Para el segundo abordaje es necesario examinar el pasaje de "lo cruel" a "la crueldad". La crueldad, como implementación de la condición agresiva y odiosa del hombre, es un hecho cultural y requiere una política que la ambiente. Dentro de esa política, ilustrada entre nosotros por los objetivos socioeconómicos de marginación que implementó el terrorismo de Estado, o por las políticas actuales de ajustes, se organiza ese dispositivo que da entorno directo a la mayor crueldad. Un dispositivo que configura la encerrona trágica donde, no habiendo tercero de apelación, no hay ninguna salida inmediata para la víctima.


Ejemplifica paradigmáticamente el accionar de la crueldad una situación frecuente en tiempos no muy lejanos. Una madre embarazada, en cautiverio, es sometida a tormento antes de que nazca su hijo. Una vez que se ha producido el parto la madre es asesinada y el niño entregado a manos apropiadoras. Obviamente un niño, si la madre es torturada antes que nazca, es un niño torturado. Insisto en que no estoy hablando de una situación abstracta sino siniestramente repetida entre nosotros durante el régimen militar de los años 70. En las pocas ocasiones en que los criminales se han visto ante la Justicia, suelen defender tenazmente la presa a la que dicen "adorar". Esta adoración, totalmente fetichista, está al servicio de la negación de su crimen: "Cómo vamos a ser culpables, si el amor que tenemos por este niño demuestra lo contrario". Un amor espurio, pública y obscenamente expresado para ocultar la verdad de los hechos.


Es conocido el efecto siniestro que este despliegue de la crueldad producía en amplios sectores de la población, activando ocultos dispositivos de la crueldad. Por ejemplo, la canallesca prescindencia expresada por aquel "por algo será" configura un polo social que se corresponde con otro polo, cuando una víctima capturada "equivocadamente" también era torturada a partir de la premisa de que "algo habrá de saber".


3) Denominaremos al tercer abordaje "el acontecer de la crueldad", como propia conciencia de la disposición personal que en grados distintos habita a todo sujeto. Este acontecer es el pasaje intrapsíquico de lo cruel, en su estado latente, a la asunción ética de la propia disposición para la crueldad como toma de conciencia.


Comencé señalando que el origen de la crueldad se vincula con la falencia del primer amparo de todo sujeto, la ternura. Freud dijo poco, pero dijo bastante, acerca de la ternura: que se origina en la coartación del fin último de la pulsión. Una coartación que depende de la presencia del tercero. Si pensamos esencialmente como agente de la ternura a la madre, este tercero está representado por la función paterna, ejercida por el padre mismo, o por los demás contertulios de la ternura, o por la sociedad. De hecho esta coartación ya es un valor inherente a las propias estructuras de la madre. Cuando no hay coartación de este fin último se recrean laa condiciones de la encerrona trágica. Aquí también falta la ley, y en ese sentido la ternura es el primer factor que hace, del sujeto, sujeto social, dado que se trata de un dispositivo social.


Esta coartación crea una precaria condición de sublimación en la madre, traducida en dos aspectos: la empatía que garantiza el suministro hacia el niño, y el miramiento, algo así como mirar con interés amoroso aquello que, habiendo salido de las propias entrañas, es sujeto ajeno. Si la empatía garantiza un suministro, el miramiento garantiza la gradual autonomía del sujeto.


Los suministros de la ternura son tres: el abrigo, para los rigores de la intemperie; el alimento, para los del hambre; y el buen trato, el trato según arte. Un trato que será bueno en tanto donación simbólica de la madre que concurre, no solamente a la invalidez material del niño, sino también a su invalidez simbólica. Precisamente con la experiencia de gratificación se irá instituyendo este buen trato, este trato según arte, basamento del sujeto comunicacional.


Si digo algunas palabras sobre la ternura es para contrastar el entorno necesario para la constitución ética del sujeto con el entorno de la crueldad.


Para un cruzamiento entre ternura y crueldad, apelo a una metáfora ecológica: cuando un cachorro ya viable es llevado a otro nicho ecológico, se observan tres maniobras. En un primer momento, se hunde: se deprime, se angustia. Luego se anida. Finalmente, se anima. El punto determinante será la calidad de ese anidamiento, según la cual será también el estilo de su animación. La animación puede ser más bien inherente al animal doméstico en el sentido del domus, el domicilio, o inherente al desamparo y la precariedad del sobreviviente.


Esta metáfora permite por un lado sostener que el dispositivo de la crueldad es una producción básicamente cultural, sin descartar que la agresividad propia de la evolución de las especies también juega. Si aplicamos este modelo al cachorro, tanto el canino como el humano, necesariamente el desamparo incrementa su instintividad astuta y agresiva. Por supuesto que el animal posee un mayor paquete instintivo, por lo que le lleva gran ventaja al humano. Es así que el infantil sujeto también incrementará su natural y precario paquete instintivo en la lucha para sobrevivir. Sabido es que lo instintivo tiene una función, un sentido y un objeto único. Este acrecentamiento instintivo lo será en desmedro de las variables pulsionales propias del humano con caminos de descarga alternativos -–incluida la sublimación-- y donde el objeto de la pulsión puede ser también distinto. Si lo instintivo unívoco tiene carácter metonímico, lo pulsional ya es un rudimento de las variables de la metáfora, propias de lo humano.


Cuando el anidamiento es en un "nido de serpientes", conlleva al incremento instintivo del sobreviviente. La rigidez instintiva es factor que contribuye a que el futuro sujeto, ahí mortificado, reproduzca los valores que recibió. Así que el golpeado tiende a ser golpeador, en tanto sus alternativas pulsionales se hayan instintivizado unívocamente.


Si la donación simbólica, aquella que puede signarse por el buen trato como tercer suministro de la ternura, es fallida, el sujeto que de ahí resulte incrementará su angustia de muerte frente a la que irá organizando un "saber" fetichista, como recusación de esa angustia. Un fetichismo que confiere al saber el carácter de "saber sagrado", "saber fundamental", "saber ortodoxo" que excluye, odia y elimina todo lo distinto, que pueda poner en duda aquel saber. La sumatoria de esos valores instintivizados que tienden a reproducirse, más esta propensión a un saber fetichista, serán el caldo de cultivo del sujeto cruel. Llegamos así a lo que podríamos llamar la vera crueldad, aunque resulte paradojal aludir a la verdad para definir lo que está establecido sobre la mentira.


Para que la vera crueldad resulte tal, es necesario que la violencia del ejecutor y el desamparo de la víctima estén enmarcados en un dispositivo sociocultural (avalado y montado por los cómplices intelectuales), con pretensión de impunidad. Pero, si bien esto es necesario, no es suficiente: la vera crueldad requiere que el ejecutor sea realmente maligno, es decir, sin ningún lugar para el remordimiento, por lo cual debe haber organizado su fetichismo como un saber mentiroso que lo hace impune frente a sí mismo, arrojando todo vestigio de conciencia moral con relación a sus actos; un saber mentiroso que será el baluarte de su impunidad recusadora de toda ley.


El maligno, es decir el sujeto de la acción de la crueldad, justifica sus actos en este saber canalla, es así que su impunidad fetichista le permite simular los finos modos del culto y aun del piadoso. Se presentará leyendo los Santos Evangelios cuando, ante los estrados de la Justicia, se le evidencien la magnitud y la atrocidad de sus crímenes. Incluso podrá decir que su causa fue la defensa de los valores occidentales y cristianos, o quizá orientales y musulmanes, cualquier punto cardinal y credo degradados fetichísticamente.


Podrá también ofrecer los sufrimientos -–que de hecho cree injustos-- causados por el enjuiciamiento y sus inconvenientes, como verdaderos actos de servicio a su institución represora. Muchos genocidas que ilustran en nuestro medio esta situación. O tal vez sean los familiares quienes pidan misericordia, en nombre de la humanidad, para algún anciano que está menguado en su salud y en su confort.

No es necesario ir a estos ejemplos de genocidas directos. Muchos de los inspiradores y planificadores de los ajustes sociales que arrojan millones de víctimas a la miseria se les corresponden.


Un comportamiento tan impune podría promover la sed de venganza, la pretensión de que el tormento sea la vía para que el criminal reconozca sus crímenes; algo así como montar una inquisición maligna frente al maligno, curarlo con su propia medicina. Será sólo el enjuiciamiento justo, con todos los recaudos de defensa en juicio, el que logre desmontar el ídolo fetichista y su mentira que pretende afirmar que es lo que no es, o que no es lo que es.


El fetichismo es pura renegación, con sus amputaciones de la conciencia que además de negar, niega que niega. Mientras que la utopía, definida en términos modernos, constituye otra doble vuelta de negación frente a la renegación: la de negarse a aceptar todo aquello que niega la causa del accionar de la cruel impunidad. Se configura así una utopía con tópica no conjetural, sino ahora, en el presente. Esta es la única justicia posible frente a los señores de la crueldad.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/1998/98-12/98-12-24/psico01.htm



Paco Pomet - Libertad fraternidad igualdad - 2020 - Óleo sobre tela

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.