• Revista Adynata

Enero Adynata 2021**

Si hay un mes que ilusiona con promesas, a ese mes no le cabe otro nombre que “enero”.

Que cultura esta que nos ha hecho creer que, de un día para el otro, por obra y gracia de la decisión de un Papa, una vida nueva se anuncie. Que así nomás, entre campanadas y rituales, se resetee un año y el nuevo tiempo se vuelva capaz de cumplir, entre invocaciones y anuncios, lo que hasta allí no pudo y ahora si puede y desea para una vida.

Capacidad, la de esta humanidad, esa de habilitarle poder a las iglesias, a esas mismas instituciones que ella ha instituido. Qué fuerza la de creer que sólo esos inventos puedan regular los ritmos vitales.

El año nuevo, novísimo, resulta ser la consecuencia de un error de cálculos que arrastraba ya desde el año 46 a. C., el calendario juliano (obviamente por Julio César) -¡qué cultura esta que necesita de la propiedad de las ideas!-.

Calendario descompensado aquel al que se le escapaban algo así como 6 horas entre el año civil y el año solar, imprecisión por la que necesitaron compensarlo ya que se atrevía, por ese error contable, a retrasar las fechas de equinoccios y solsticios, acontecimientos que hasta ahora siguen logrando quedar exentos de patentes propietarias y cotizaciones en bolsa (no así como pasa desde hace muy poco con el agua…).

Cuentan algunxs historiadorxs que el médico y astrónomo calabrés Luigi Lilio estudió que con la bula Inter gravissimas del 24 de febrero de 1582 de Gregorio XIII, se subsanaron los inconvenientes del antiguo calendario dictaminando la supresión de 10 días en el mes de octubre. Alta arrogancia comprobada la de los Papas que desaparecieron varios días al mes de octubre de 1582. Por decreto papal se quedó sin los días del 5 al 14, ambos incluidos, entonces se saltaba, por obra y gracia del espíritu santo materializado en una bula, del día 4 al día 15, amenazando con penas severas tanto a aquellxs tipógrafos que incumplieran con imprimir como a quienes no difundieran el nuevo calendario gregoriano.

Parece que si Papas, reyes, leyes y conquistadores no hubieran metido las patas, el tiempo insistiría en quedar desenlazado de la medida de lo humano, que equinoccios y solsticios, conjunciones cósmicas y eclipses, seguirían acompasando el vivir –un común buen vivir- como pulso de lo vital que asumiría, como el dios de Spinoza, múltiples, distintas y simultáneas maneras de expresarse en juegos de composición y descomposición de potencias.

Eso sí, no celebraríamos revoluciones ni recuperaciones que contaron con la astucia de saber que el consumo se aprovechó del 1ro de enero gregoriano para confundirlo con festejos, comilonas y excesos. Y que esas distracciones sirvieron de oportunidad para inventar nuevas maneras de recuperar un común buen vivir.

El del tiempo de las revueltas sin tiempo: esas que afirman, expanden y resetean, cuando las calle se visten de verde.


Imagen: Lunario Novo sin autorización pontificia y sin días del 5 al 14 de octubre, encuadernado en uno de los volúmenes misceláneos de papeles del Papa Boncompagni compuestos en 1627 por Giovanni Battista Confalonieri, oficial del Archivo de Castel Sant’Angelo.




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