• Revista Adynata

Fernand Deligny: 136 cometas lanzados al cielo / Daniel Korinfeld

Actualizado: 20 sept

Sobre prácticas, afectos y emociones en la tarea de educar


En los desmadres más grandes, eres la calma sonriente. En las grandes calmas eres el viento.


Semillas para educadores


No hay modo de habitar un oficio sin entrar en conversación e intercambios con otros, con quienes lo comparten cotidianamente o lo compartieron en otros tiempos y lo han dejado o ya no están entre nosotros entonces conversamos a través de sus testimonios y relatos, de los textos en los que nos transmiten sus experiencias. Vamos encontrando estos interlocutores tan necesarios, llegan a nosotros de diversas maneras y nos acompañan por un tiempo, una determinada etapa o durante todo nuestro trayecto de oficiantes. Hay encuentros que son promisorios, que pueden cambiar tu manera de pensar y de hacer. Los diálogos con los que nos precedieron, el conocimiento de sus experiencias, esas herencias están allí para ser descubiertas y resignificadas, para ponerlas en relación con nuestras prácticas y lo nuevo de sus demandas.


Voy a compartir con ustedes mis comentarios, mi lectura de uno de los textos quizás más singulares de Fernand Deligny (1903-1966) un texto escrito en 1943 y editado en 1945 llamado “Semilla de Crápula”1. Deligny trabajo en hospitales psiquiátricos, centros de readaptación con los pibes caídos, excluidos de la sociedad, de las familias, del sistema educativo, con los niños y adolescentes llamados delincuentes, retrasados, idiotas, psicóticos, autistas. Es en el contexto de la segunda guerra mundial en Francia que escribe este libro2. Es un autor que ha despertado un creciente interés en los últimos tiempos, la publicación en español de una parte de su obra en nuestro medio nos ha permitido conocerlo, comenzar a leerlo3.


Si Fernand Deligny no estaba cómodo con que lo llamaran educador (fue escritor y cineasta al mismo tiempo, poeta, etólogo), no era ésta su única incomodidad en un oficio y en tareas de las que no esperaba ningún confort. Se encargó de señalarlo más de una vez dicho, enunciado y en acto. ¿Pero se trata del oficio de educar o de la posición que Deligny asumía al encarnarlo? No es esta la única pregunta que sembró, fueron diversos los interrogantes que nos ofrecen las aventuras de este sujeto inclasificable llamado Fernand Deligny, quien se empeñó en cuestionar categorías, atravesar clasificaciones, interpelando “las ideologías de la infancia” y el sentido común educador para resituarlo y desplegarlo en nuevos términos.4


Cierta radicalidad de su posición, la complejidad de las situaciones y de los contextos en los que desarrolló su acción, su decisión de trabajar-estar con los niños y adolescentes más “difíciles” son como un imán para nosotros, imaginamos una suerte de inagotable manantial capaz de refrescar nuestras prácticas para recuperar la energía que no parece sobrar, reactivación que nos ayude a atravesar las encerronas en las que nos encontramos, en las que creemos estar y a las cuales no vislumbramos la salida.


Situado como quien en todo momento emprende, busca y se encuentra atravesando una aventura5 dispuesto a lo que ha de advenir, pendiente y curioso por lo que va a llegar, sabiendo que es una empresa de resultado incierto pero que la acción y el pensamiento que implican remiten al futuro sostiene cierta vocación por transmitir los avatares de su oficio, bajo un modo particular de registro y transmisión. La escritura constante en torno a su tarea y a su experiencia parece confirmar esa idea. Trabaja, lee y escribe configurando un trípode valioso para el ejercicio de los oficios del lazo (Frigerio, 2017). “Consejos para los educadores que quieran cultivarla” es el subtítulo de “Semilla de crápula”- y el texto consiste en una serie de aforismos y sentencias o como él escribe: fórmulas, formulitas, paradojas y charadas. Tiempo después de haberlas escrito y publicado se autocrítica furiosamente al punto de comenzar a escribir un texto llamado “Semilla de crápula o el charlatán de buena voluntad”, finalmente y pasado el tiempo (1960) ya más condescendiente con su producción imagina un nuevo subtítulo: “Semilla de crápula, o el aficionado a las cometas” va a comparar sus ciento treinta y seis fórmulas con cometas lanzados al viento, que no buscan, ni pueden “aplicarse”, han sido hechas para que se agiten alegremente en el cielo de algunas memorias.


Deligny pudo dar cuenta cada vez de su aventura, de sus aventuras, en cierta medida cada quien podrá constatar en su historia, en sus historias cotidianas la vigencia, la pregnancia de algunas de las ideas echadas a rodar o a volar en su texto. Cada quien dirá como resuenan sus aforismos, sus frases que aquí llevan el sesgo de nuestras lecturas, cuánto tienen que ver con sus prácticas, con lo que nos hace pensar, cuanto toca ese núcleo que mueve y construye lo que llamamos experiencia, “esa lámpara tenue que sólo ilumina a quien la sostiene” (Louis Fernand Celine, citado por Piglia, 2010)



Semilla de crápula: Un niño a ser revelado


Hay tres hilos que habría que tejer conjuntamente: individual, el familiar, el social. Pero el familiar está

un poco podrido, el social está lleno de nudos.

Entonces uno teje solamente el individual.

Y se asombra de no haber hecho más

que un bordado de señora, artificial y frágil.


Del mismo modo que el cultivador conoce el cardo, la cizaña, el educador que frecuenta el encuentro con la infancia conoce al semilla de crápula. Pero a diferencia del cultivador que considera que infectan sus campos, Deligny sabe, sostiene y apuesta a que el semilla de crápula es semilla de hombre, y esa afirmación, asumida a cada paso de su práctica le permite usar un lenguaje que aún en su época podía exigir algún reparo. Resentidos, ladronzuelos, perversos. No se tratará de librarse de ellos, hacerse cargo de un niño no es para cumplir la función atribuida, demandada, docilizarlo, domesticarlo, rectificarlo,borrarlo, suprimirlo, librar de él a la sociedad (sabemos por la historia y nuestro presente no se trata solo de metáforas) se trata ante todo de revelarlo, como en fotografía, acompañar la posibilidad de su transformación. Transformaciones que no necesita reconciliar con el ideal de inocencia de la niñez (Deligny, 2015a).


Esa posición implica unos modos de pensar y actuar y sus reflexiones nunca pierden de vista esos tres hilos que menciona el epígrafe, dimensiones que están presentes siempre en toda relación al otro cuando lo que está en juego es una transmisión, una formación. Tres hilos entrelazados, reconocerlos más allá del alcance de nuestras intervenciones, que se suela tejer más el individual tal como nos recuerda- no implica que no sea imprescindible ese saber que es una posición, una mirada que impregna nuestras intervenciones y al mismo tiempo da cuenta, en cierta medida de la fragilidad de las mismas.


En una frase con un indudable efecto humorístico advierte que cuando conocemos las historias complejas y difíciles de los niños, abandonados y criados por distintos familiares acusamos, recriminamos a la sociedad y a los distintos responsables, pero cuando llegan a nosotros desde la prisión y comenzamos a conocerlos, nos dice, nos llenamos de indulgencia hacia la madre, la tía, la prima, el abuelo y el director de la prisión. Una vez más nos descentra de una visión simplificada de los problemas. Sin excusar a la sociedad pide registrar las intensas dificultades que supone acompañar a algunos de estos pibes y al mismo tiempo desvictimizarlos, un modo de ubicar la potencia de la responsabilidad que nunca desaparece y que antes o después será el motor de los cambios que pueda realizar. Capaz de tensar esta cuerda nunca olvida que esos niños fuertes y vulnerables, temerosos y audaces, frágiles y resistentes, sus pequeños vagabundos como los llama con afecto, son efecto de la indiferencia del mundo adulto y con mordacidad nos pregunta acerca de nuestras expectativas de que estos pibes “sean como todo el mundo”… paradojas de ciertos ideales.

¡Mantenlos vivos!


Mantenlos vivos. Si la vida, para ellos, es robar, es molestar,

es demoler, simplemente buscale a esos verbos complementos directos o indirectos

que hagan insensiblemente derivar su fuerza hacia actos confesables y útiles.


Pero como es de suponer Deligny tenía una visión radical de la sociedad de su época, tuvo una posición contestataria en todos los órdenes y nunca abandonó, pese a las vicisitudes desafortunadas de su siglo, una visión de futuro que anudara de mejores modos esos tres hilos de los que hablaba.


Una nación que tolera villas miseria, las cloacas a cielo abierto, las clases superpobladas, y que se atreve a castigar a los jóvenes delincuentes, me hace pensar en esa vieja borracha que vomitaba sobre sus pibes a lo largo de la semana y le daba una bofetada al más pequeño, circunstancialmente, un domingo, porque había babeado su delantal." (2015b:50)

Desde esa perspectiva plantea una suerte de anti-biopolítica, ante un tratamiento de los cuerpos de la gran mayoría de los niños y jóvenes como vidas que no merecen ser vividas, muertes que no merecen ser lloradas - tomando expresiones e imágenes que Judith Buttler expreso tan bien-’, ante la desigualdad cada vez mayor y cada vez más naturalizada -no podemos eludir pensar el deseo filicida que como sociedad revela-, lanza lo que alcanza el estatuto de una consigna: ¡Mantenlos vivos! Una denuncia, un desafío, un gesto político ante la inercia de ciertas instituciones que existen para “ocuparse” de la infancia. Sencillamente permitir que vivan, mantenlos vivos es para él un modo de denunciar las exclusiones y normalizaciones que los amenazan. Por ahí pasa su aventura, en ver hasta dónde en cada caso, en cada situación eso es posible para él y para quienes lo acompañan. Y eso implica una batalla sin tregua contra las idealizaciones, de los pibes, de los proyectos, las planificaciones, los sistemas, los seres queridos y sobre todo de-en los mismos educadores.


El desacople, el desarreglo, lo que no funciona como se espera, lo que sorprende, lo que asusta: de los contrastes de estos asuntos se nutren sus consejos, un juego de señuelos y de espejos en los que siempre caemos, más ingenuos o precavidos. Más experimentados o más noveles será necesario resbalar, golpearse un poco, quizás no caer siempre pero tampoco nunca. No parece ser un llamado al educador perspicaz, educador detective que ya fue y volvió como suele decirse, sino a aquel que sabe que su oficio consiste en esos enredos y detenciones, en esas capturas e imposturas y que cada vez y con cada una/o, cada pibe, en cada grupo se juega ese partido, esa partida, que no es de ajedrez, es de vida. Porque junto a otros Deligny sostiene que el educador es aquel que está dispuesto a que cada quien pueda ocupar su lugar en la existencia y entonces busca a aquellos que se quedan en los bordes, a los que los habitan, los bordes del salón, de la ciudad, de los lazos, de lo que llamamos normalidad, sobre todo a los que más les cuesta.


El semilla de crápula es frecuente que te desacomode, allí donde esperas un lobo, una fiera, los vas a encontrar serviles, aduladores, diligentes y si entonces crees haberlos conquistado nuevamente estás equivocado. La confianza, la apuesta al lazo pedagógico no la confunde con la ingenuidad. Tampoco se trata de un llamado al escepticismo lúcido sino a habitar esos lazos, esas transferencias, en todo su espesor, en toda su complejidad, en sus idas y vueltas, en las imposturas que le son inherentes, con sus ambigüedades y ambivalencias que llevan las marcas de cada uno de los sujetos, de cada situación y de cada contexto grupal e institucional.


El amor vendrá después

Sobre todo no intentes saber lo que dicen de ti entre ellos.

¿Tienen ganas de ponerse en marcha cuando te ven llegar?

Ese es tu trabajo.


No se trata del amor dice, el amor vendrá después y no está ahí tu recompensa. En un oficio que lleva las marcas del familiarismo, en el que el don suele confundirse con el amor del que se hace una apología a veces manifiesta y generalmente latente, su consejo impacta. Si se trata de hacer que te amen lleva caramelos, si quieres hacer tu trabajo llévales una soga para tirar, madera para quebrar, bolsas para cargar, hace falta que sepas lo que quieres, insiste. Que el amor y el bien guían la tarea de educar es una idea instalada en el campo educativo y más allá de él, no alcanza incluso con nombrar los desmanes y descalabros subjetivos que en nombre de tan altos ideales se han cometido para desactivar ese común sentido de lo familiar y lo materno que impregna toda tarea con la infancia y la adolescencia. No son pocos los esfuerzos por desmarcarse que nuestro autor realiza en esa dirección. Sin desestimar los afectos como motor del encuentro del educador con la infancia no ubica al amor en el centro del mismo. En efecto, se trata de estar advertidos de los malentendidos, ambivalencias y equívocos inherentes al amor también en los oficios del lazo.


En esa misma línea, la idea del educador como ejemplo, único lugar desde el que se construye el lazo pedagógico lo plantea como un riesgo para ambos, ser referente para el otro no necesita ni requiere necesariamente del “ejemplo”. Allí nos ofrece una indicación que no por conocida deja de tener su efecto: “no enseñarles lo que no sabes o no deseas, no te encargues de enseñarles a vivir si no te gusta la vida” (Ibídem:34) es en todo caso algo diferente al lugar del ejemplo, se trata de la relación con el deseo que lo anima, que aunque no sea idéntico al anhelo o al querer tiene que ver con las ganas, la pasión, la curiosidad, el compromiso con el propio oficio -en todo caso sabe que toda relación al deseo no es cosa sencilla-. Algo más terminante se muestra si el educador se reconoce en la abnegación, Deligny no duda en indicar que cambie de oficio, si la piedad le impide tomar decisiones, no vacila en señalarle la salida.


Escribe Fernand Deligny que en lugar de calmar al agitado y despertar al dormido encuentres el modo de que el primero ocupe útilmente su agitación y enseñar al segundo a trabajar durmiendo, te advierte que no serás entonces tan poderoso pero habrás hecho tu posible, dice; invita a hacer ¨tu posible¨, sostenerse a la mayor distancia de la omnipotencia que nos enreda y nos detiene en el mismo movimiento en el que nos concentramos en vencer, derribar la resistencia de los pibes. Agitación y somnolencia, acaso son dos modalidades que “representan” a las infinitas formas de presentación de los sujetos infantiles, juveniles. Modos privilegiados desde los que se resiste el afán pedagógico, a las que nuestro autor les solicita todo nuestro respeto, es decir, la valoración de esa posición singular que no requiere tanto un desciframiento como una compañía activa, empática y discreta. Dirá en otro texto que se requiere del educador una presencia ligera. Hacerse presente cuando uno no está ahí nos dice, que algo del lazo sostenga un trabajo más allá de la presencia. Ligero y al mismo tiempo con peso especifico es el arte de captar la ocasión y las circunstancias para hacerse presente, condiciones que sostienen toda inventiva del educador.


No creerse las máscaras de adolescentes agresivos, difíciles, bellos delincuentes rudos, ellos se desmayarán si los vacunas se burla no sin ternura; así como descree de toda impostura del educador insiste en no quedar fascinado, hipnotizado por los personajes tal como se nos presentan. O quizás se trata de creerles pero algo menos, es tan necesario dejar que el personaje funcione se despliegue como que tenga espacio en nosotros para mutar, bajar la guardia y enseñarnos otras dimensiones subjetivas que han quedado en segundo plano y a resguardo, otras facetas de sí mismos, aquellas que los muestran vulnerables, indefensos, a la intemperie.


La simulación, la idea de engaño está siempre presente, la ilusión -que siempre nos acecha?- de haber transformado, “rescatado” a un muchacho a partir de unas cuantas acciones. “Experiencia habla: guárdate tus experimentos para los ratones blancos¨. ¿Acaso no es algo contradictorio con su llamado a crear nuevas circunstancias, a confiar, a arriesgarse en cada acto pedagógico? Puede que lo sea, en todo caso los anti-consejos que se orientan en esta dirección intentan mostrarnos que durante cierto tiempo entre los niños, los adolescentes y los educadores, sobre todo en instituciones de cuidado, asistencia o protección funcionan lógicas bien diferentes y sobre todo tiempos y procesos subjetivos imposibles de predecir. Lógicas que ilustra con claridad cuando afirma:


¨Crees que el mundo está dividido en dos grandes grupos: los que son honestos y los que no los son. Ellos te dirán: los que son atrapados y los que no. (Ibídem:25)


En todo caso en su sentido más general apunta a detener el furor educandis, esa pasión que ciega al pedagogo, impotentiza al educador y tantas veces sus peores efectos recaen en los destinatarios de su proclamado bien.


Aquel que se nos presenta como indiferente o dormido podrá ser el más rápido y habilidoso para alguna tropelía, o éste otro por el que nos preguntamos, ante el despliegue de sus virtudes, porqué se encuentra ahí frente a nosotros si en este lugar solo hay “pibes problema”. El que se muestra, es porque tiene ganas de hacerse ver, por ende de ocultarse, a cada paso nos advierte con alguna frase o sentencia algo provocativa aquello de que “las apariencias engañan” y en todo caso el engaño, la simulación, la picardía, las astucias de muchos pibes para burlar nuestros saberes acumulados, nuestros controles son signos de un vigor subjetivo, dato que debiera despertarnos del letargo de las certezas, las primeras impresiones que se cristalizan, las experiencias que nos arman inventarios rígidos. Vigor subjetivo, espíritu de supervivencia, de vida. Lejos de desanimarnos debiera hacernos sonreír y recomponer nuestras fuerzas para nuevas ocurrencias. “Pródigo y avaro, audaz y temeroso, mezquino y desinteresado, aquel es él mismo solo cuando duerme” (Ibídem:28), él mismo, en el territorio de los sueños en el que lo uno y lo otro, su contrario coexiste y eso no nos sorprende demasiado. Su insistencia a no ¨tragarse el anzuelo¨, ¨no comprar lo que nos quieren vender¨ (lo que no significa que es necesario denunciarlo, hacerlo ver, subrayarlo) apunta a no actuar con ingenuidad, posición que nos deja descolocados, nos hace perder tiempo, un tiempo que cuando se trata de niños y de adolescentes es algo particularmente valioso. Deligny sostiene que cada quien no es ¨Uno¨, no responde a esa idea de unidad que un concepto rígido de identidad nos haría suponer; la falta de transparencia y de unidad habita a todo sujeto, algo que sin dudas desorienta a toda pedagogía tradicional.

La paradoja es que esa suerte de sospecha, esa forma de mirar que propone es precisamente la que posibilita una apuesta mayor, una apuesta a la confianza como prerequisito del lazo pedagógico (Cornu, 1999). Estar despabilados ante esas imposturas, permeables a las sorpresas permite acompañar mejor cada itinerario subjetivo.

Ahora detengámonos en la siguiente indicación que nos propone:


No te dejes llevar al punto de decir: Oh! Jean, tu hiciste eso…. cómo me afliges. Si no es verdad, Jean va seguramente a darse cuenta. Y si es verdad, corres el riesgo de hacer que se acelere el ritmo de los delitos, aunque más no fuera por afligirte. Pues he allí un placer del que Jean está privado desde que abandono a sus padres.” (Ibídem:47)


La indignación, el enojo o la decepción, ¡cómo puede ser!, ¡cómo lo ha vuelto a hacer!, ¡cómo me lo hace a mi!, rápida y directamente nos deslizamos a lo autoreferencial. Conoce ese punto al que parece no suele ser difícil dejarse llevar, asumirlo como algo que “me” hace sufrir, que “me” hace mal personalmente, posición que si es simulada, fingida, teatralizada será inmediatamente develada, se va a descubrir la falta de sinceridad de lo dicho. Si se trata de una sobreimplicación, la idea de que el niño o el adolescente lo hace “para”, “me lo hace a mi”, corre el riesgo de producir lo que se teme o fantasea, sitúa el carácter potencialmente performativo de estas posiciones, alimenta el posible beneficio secundario de lo acontecido (satisfacción directa o indirecta que el sujeto obtiene allí), refuerza la noción de díada como soporte del lazo pedagógico cuando de lo que se trata es de triangular: la tarea, los lazos y transferencias múltiples, la institución tal como ésta se presente. Deligny sugiere transformar los enojos en energía digamos así (como vemos un consejo porta también sus ideales) pero mucho más interesante es cuando invita, recomienda evocar lo que se era capaz de hacer a esa misma edad, la propia biografía como instrumento para amortiguar la tendencia a lo autoreferencial y la sobreimplicación, herramienta\ de los oficios del lazo, un trabajo de evocación y de análisis que no concluye, que es interminable.


Dice que “ellos” conocen todos los métodos de seducción, desde la mano en el hombro hasta el puntapié, el sermón con la voz contenida, la mirada a los ojos, descree de su efecto por lo cual invita a desechar esas argucias… desnuda esas “artes”, esas “técnicas” del oficio, las visibiliza, las sobreexpone, las deja un poco en ridículo, vemos como depositamos allí grandes expectativas de cambio, sobredimensionando su eficacia. ¿Son consejos que debemos seguir?¿Acaso no forman parte de las tentativas, los movimientos y maniobras que surgen al calor de las vicisitudes del lazo con esa chica, con aquel pibe? Me inclino a pensar que Deligny denuncia la artificialidad de esas maniobras, cuando no están sostenidas en un vínculo entre el educador y el niño -siempre construyéndose - . Recordemos que sus consejos al ser afirmaciones universales supondrían que hay características idénticas para todos los pibes, algo contradictorio con su mirada, su posición y disponibilidad hacia la singularización, una tensión que no desconoce pero que reelige sostener como transmisión cuando decide reeditar su texto.

Castigos y bla, bla, bla…


Si le cortas la lengua al que miente y la mano al que robo

serás en algunos días amo de un pequeño pueblo de mudos y mancos.

Llama a no preocuparse por ser o demostrar ser severo, si se es demasiado severo se ocultan, sino no se es suficientemente severo no se les impide hacer las cosas mal… de ese modo sugiere desentenderse de la severidad como una posición que tantas veces embrolla al educador en ciertas imposturas que lo alejan de su estilo y lo descentran de la tarea que ha de llevar adelante.


No obtendrás nada de la coacción sostiene y denuncia el espiral de acciones que conlleva toda coacción, el incremento en la intensidad de violencia que implica. Un espiral de violencia que tiene consecuencias en el sujeto que es objeto de la misma (aunque esas consecuencias no son necesariamente las que el educador-agresor imagina) y va transformando radicalmente a quien aún (o casi siempre) con las ¨mejores¨ intenciones pedagógicas lo argumenta y lo ejecuta. La adaptación social parece no tener limites desatando algunas vertientes que han nutrido y nutren la pedagogía, discute con esa perspectiva punitiva, la idea del castigo y también la de los premios, tan incorporadas al acto de educar, desplazada también a lo largo del tiempo en otros modos y otros dispositivos. Escribe en una época en los que los castigos formaban parte de la educación de un modo explicito y todavía sostenido en profusas fundamentaciones, situaciones que no pocas veces concluían en crímenes en nombre de la pedagogía,6 Deligny invita a pensar que la llamada disciplina, atraer la atención de los niños, construir el lazo que sostiene la tarea que reúne a los niños con los adultos en cada institución requiere de un educador capaz de convocarlos de mil maneras diferentes, y atención! se refiere a saber cantar, improvisar una historia de piratas, caminar con las manos, imitar gritos de animales, dibujar en las paredes con un trozo de carbón (Ibídem: 24). Si vamos más allá de las particularidades de su experiencia que como sabemos no se desarrollaba en escuelas, pone sobre el tapete que la función lúdica a la que refiere no puede estar disociada del encuentro con la infancia.


“Si quieres conocerlos rápido, hazlos jugar. Si quieres enseñarles a vivir, deja los libros a un lado. Hazlos jugar. Si quieres que le tomen el gusto al trabajo, no los ates al banco de trabajo. Hazlos jugar. Si quieres hacer bien tu trabajo, hazlos jugar, jugar, jugar.” (Ibídem: 23)


Jugar es reconocerlos en su estatuto de niños y reconocerlos allí permite conocerlos, conocerlos, en principio en el contexto y en los asuntos en común que hacen al encuentro pedagógico; y en la adolescencia hay una dimensión lúdica que aún transformada continua, no hacerle lugar es causa de mayores desencuentros. Allí se abre un campo que bien podemos nombrar como el de la escucha. Eso que la declaración de derechos de los niños, niñas y adolescentes plantea como el derecho a ser escuchado. Garantizar ese derecho, reconocerlos en su condición de niños, propiciar la escucha bien sabemos que no es convertirse en psicólogos o consejeros de los alumnos, solicitarles que se expresen y explayen porque sí, no es un llamado a la hiperexpresividad ni tiene como ideal la transparencia de o en la comunicación. Se trata de una disponibilidad y una posición que sabe transitar esa tensión en función de cada singularidad y situación. No se tratará de curiosidad. Deligny nos advierte sobre ese querer saber sobre las “pequeñas historias entre ellos”, vale también para “querer saber” todo sobre cada uno/a, sin preguntarse con detenimiento por su sentido y por la prudencia y discreción que requiere explorar esas historias en las que se corre el riesgo ¨de asfixiarte en el fondo del pozo ¨ (Ibídem: 38).


Jamás olvides fijarte si el que se rehúsa a caminar no tiene un clavo en el zapato; posiblemente sea ésta una de las frases que encierra todo su saber hacer, resultado de su valiosa experiencia. Educar implica detenerse a pensarlo y entonces acompañar en lo posible a quien tiene un clavo en el zapato, suspender ese furor educandis -tan emparentado con ese otro furor el furor curandis-. Otorgarle un valor a esa detención, a ese rehusarse; un tiempo y un espacio para darle un curso, para tratarlo, registrar que está cumpliendo una función subjetiva. Bien podríamos llamarlo síntoma, por su función sustitutiva. “Es brutal y terco, no te apresures a quitarle esas garras”. Intentar suprimirlo, resolverlo sin tratarlo con prudencia tiene consecuencias complicadas para el sujeto.


Insiste: “metete en medio de ellos sin armas y sin coraza, sin castigos y sin recompensas” (Ibídem: 35) y aunque nos advierte con humor que no lo tomemos siempre al pie de la letra porque podemos salir golpeados, sabe que prohibir los castigos obliga a reorientar y recrear las tentativas. El saber que necesitamos para la tarea que nos reúne se va produciendo en esos encuentros, y son sin garantía de éxito.


Deligny insiste en ocuparlos, precisamente darles una tarea, ¿hay educación sin tarea, sin un soporte más o menos material en torno al cual se generan los encuentros cotidianos? Pero se mantiene desde su “para todos” en su “uno por uno”: Rechazar a los que vienen a ofrecerse, no buscar a los que se alejan de ti… si hay uno solo comienza con ese. Una ocupación, una tarea para él es cantar, reír y bailar, hacerlos correr, sudar y saltar ¿y el resto? el resto dice, es cuestión de prudencia y organización (Ibídem:38). Allí vuelve a ubicar que para estos asuntos complejos de la educación se trata de cuestiones simples, pero suficientemente pensadas.


Entonces escuchar está en el modo en el que se abordan ciertas conductas y comportamientos: si quieren robar frutillas sugiere que las planten en su patio, estar atentos no solo al acto en cuestión cuya moralidad rápidamente predispone hacia un tipo de acción: la sanción y el castigo. La escucha en este registro en el que estamos se propone interrogar, entre otras cuestiones, lo que mueve la acción, el valor que tendrá ese objeto para cada quien. Incluso su lectura propone la necesidad de discriminar entre lo que llama malas acciones las que son menos destructivas.


Pero tratándose de Deligny, si denuncia las posiciones autoritarias y punitivas, al mismo tiempo nos advierte respecto de la sobreprotección, las posiciones y actitudes benevolentes o condescendientes cuyo efectos no son mejores, generando rechazos cuando no reacciones agresivas.


Después de la incontinencia verbal, el castigo es el arma más cara a los rectificadores de niños nos dice con sarcasmo, estableciendo cierta equivalencia en la ineficacia de esas posiciones y añadiendo a su aforismo una sutil observación: ¨lo más triste es que los niños le toman el gusto a estos vicios de los adultos¨ (Ibídem:35), alude a lo que Freud denominó beneficio secundario. Un estilo de lazo que proponen los adultos que fácilmente se hace carne en los nuevos… Sabía que no es infrecuente que los niños y los adolescentes encuentran en el castigo, esa respuesta directa, sencilla y sin complicaciones para toda transgresión: ¨un lugar¨. El castigo tiende a promover y multiplicar las transgresiones y produce más violencia.


¿Incontinencia verbal? Que curioso cuando nos dice que no nos contentemos con el valor de las palabras. Con gracia y no sin razón, nos dice utilizando una vez más metáforas ¨agrícolas¨ - indudablemente condicionadas por la época y su propio entorno- que si alguien compara a un campesino que le hablara a sus remolachas con un educador a sus niños, cualquiera se apresuraría a responderle que la diferencia es que las ¨crías de hombre¨ tienen orejas, y agrega: ¨por desgracia...si ese agujero no existiera, los adultos no podrían verter allí sus estupideces”. Provocativamente subraya el lugar que el tiempo tiene en los procesos subjetivos, sobre el fondo se escucha su crítica a la apelación sistemática, insistente, machacona, a esa voz que solo sabe llamar al orden de la voluntad.7 Deligny una vez más exagera y nos aguijonea, no apeles a su voluntad porque no la tienen. Describe con ironía, con gran humor la capacidad que tienen los muchachos de evadir el esfuerzo, la tarea, el intenso trabajo de evitarlos (Ibídem: 31). Alguien que lee y que escribe como nuestro autor, que hace de ello el combustible de su vida y su práctica, ¿cómo es que propone que no contemos con el valor de las palabras? no se trata de algo precisamente literal, la interpretación de su ¨consejo¨ apunta a quienes sermonean con sus admoniciones, amenazas, estigmatizaciones, palabras sobrecargadas de moralinas que no tienen en cuenta y poco le importan la alteridad que está en juego en todo lazo. También al palabrerío vacío, al “bla, bla, bla”, la insistencia que animada en la suposición del poder omnímodo de la voluntad y la consciencia como algo absoluto no encuentra otro modo más que pregonar indicaciones, recomendaciones y advertencias que prescinden de una necesaria y suficiente escucha. Pero si bostezan con la boca bien abierta al escucharte contar una historia, nos dice, tómalo si puedes, como una señal de confianza. Ahí donde alguno lo lee como falta de respeto él lo escucha de otro modo, como un dejarse llevar, sentirse tomado por la voz, sentirse capturado por el relato…diferentes modos de leer y hacer lazo con el otro.


En su “cruzada desidealizante” se enoja: “Los haces cantar canciones que glorifican la belleza del mundo. Y lo que buscan, con los ojos bajos, es una colilla solitaria” (Ibídem:29) esa voz educadora almibarada que se escucha a sí misma, que no atiende y que no entiende por donde “anda” ese otro, demasiado encantada con su propio tono, con su melodía, fascinada con su misión, obnubilada por algunos logros, convencida de su misión laica, que ya no busca un puente, ya siente que no lo necesita que alcanza y sobra con sus conocimientos, sus teorías y sus historias que confunde con experiencia.

Menciona la limpieza, el aire limpio, el fuego y la luz como herramientas del oficio en contraste con la suciedad, la sombra, el desorden. Un desafío leerlo con los ojos de hoy, sin embargo Deligny se encuentra lejos de estar imbuido de cualquier ideología higienista ¿Resonancias con muchas de las historias de los pibes?, ¿Condiciones para la convivencia?, ¿Prerrequisitos o encuadres para ciertas tareas? Interesante darle su lugar sin hacer de ello una educación “obsesiva”, el eje de una formación o el núcleo moral de la personalidad de los alumnos. No suena tan extraño después de todo, cualquiera conoce los efectos sobre el cuerpo y el “alma” de una apacible o refrescante ducha, la actividad más o menos automática de limpiar u ordenar, un breve paseo al aire libre o simple mente una taza de té en ciertos momentos, en determinadas situaciones- .



Pescar ballenas


Si por tan poco te asqueas del oficio, no te subas a nuestro barco,

pues nuestro carburante es el fracaso cotidiano,

nuestras velas se inflan de risitas burlonas,

y trabajamos mucho para llevar a puerto

pequeñísimos arenques aunque salgamos a pescar ballenas.


El incesante crecimiento de los niños y adolescentes es el tiempo y espacio de nuestro encuentro desencuentro con ellos, intolerancia y paciencia, ansiedad y confianza forman parte de las obstáculos internos que se han de atravesar… Haberse confrontado con los chicos denominados autistas, seguramente lo condujo a buscar modos de encuentro con ellos/as, en un más allá del lenguaje y la voluntad, formas de encuentro trazando nuevos caminos.


Cuando Deligny se refiere a hacer ¨frente común¨ con los niños nada tiene que ver con ser su cómplice o su abogado, sino a definir un medio adaptativo, dice más que un conjunto de reglas abstractas, un lugar que funcione un cierto tiempo para cada uno de ellos. Da cuenta de lo subjetivo con relación al niño, al educador, y como ya señalamos respecto del entorno, la institución y el sistema nunca dejan de estar presentes en sus reflexiones. E inscribiéndose en la filiación de tantos otros referentes (Bernfeld, Airchorn, Korczak por nombrar solo a algunos de una larga lista que pongo en relación en este momento) deja testimonio de su compromiso por reconfigurar entorno, institución y sistema, interrumpir sus inercias mortificantes y cuando conocemos su biografía constatamos su decisión de alejarse en busca de otras alternativas.


Saber, poder construir un lazo y una atmósfera, saber, poder darlo por concluido, el mejor logrado de esos espacios requiere interpretar, efectuar su corte, su final. Por eso nos advierte:


No los sueltes antes de que hayan tomado, de la atmósfera que has creado, todo lo bueno que podían tomar. Pero cuando estén demasiado cómodos, apresurate a separarte de ellos. Por tener un ejemplo que mostrar a los otros, corres el riesgo de dejar que se pudran los mejores frutas de tu cosecha.” (Ibídem:47)


El otro en posición de objeto, como ejemplo para otros, para sumar a otros a su modo de trabajar, incluso para obtener más recursos que redundarían en posibilidades para más pibes, para avanzar en las teorías... pero no el otro como sujeto ese es tu trabajo, por difícil o imposible esa es su posición y la orientación que nos propone.


“La vida tiene más experiencia que tú” escribe; toda la experiencia acumulada, la intuición, las artes de hacer que a lo largo del tiempo nos hacen baqueanos,8 conocedores de situaciones y niños, conflictos y escuelas, madres, padres, adolescentes, colegas, instituciones y directores nunca alcanzan, fallan, y nuestros análisis, cálculos, predicciones y pronósticos, nuestros pálpitos y corazonadas pueden, suelen fallar porque la vida en común en todo ámbito es siempre mucho más compleja y no solemos estar a la altura de los desafíos que nos propone.


Como transmitir cierta experiencia, contar con ella sin hacer de ello el reaseguro definitivo, el espacio confortable, a salvo de toda novedad, a resguardo de algo nuevo que vuelva a desestabilizar el suelo en el que estamos afirmados, un piso que una vez más (y van cuantas veces) se mueve y nos conmueve.


Acompañar el recorrido del otro, confiar, esperar, haciendo desde nuestras presencias, nuestros mínimos gestos, haciendo y siendo en red (Deligny, 2015b: 83). Esperar lo que allí advenga... soportar la decepción, las interrupciones, las crisis, los retrocesos, los fracasos. Desconfiado, como hemos visto de las soluciones inmediatas, recuerda algo que educadores y terapeutas conocen bien cuando dice: “Les ha tomado quince años y nueve meses hacer de sus padres lo que es, y quisieran que en tres semanas lo conviertas en un niño modelo” (Deligny, 2017: 44)


Hablar de los fracasos (más allá que debamos debatir a que nos referimos en tanto éxito y fracaso se instalan en nosotros desde una lógica mercantil, eficientista, técnica y meritocrática), registrar la decepción, tomar nota de la fatiga, de la necesidad de administrar el ánimo son aspectos centrales para ejercer, habitar todo oficio. Nos acompaña cuando nos recuerda que se trata de una tarea en la que “otros además de ti, y que eran Dioses, estuvieron a punto de renunciar”.


Cuenta con la fatiga que te asaltará un anochecer, con las ganas de resoplar como lo hacen los caballos y el deseo de marchar hacia el horizonte hasta el país de los niños sanos, nobles y armoniosos, regordetes y bronceados por el sol. (…) Al día siguiente estarás allí una hora más temprano que de costumbre a modo de disculpa. (Ibídem:48)


A veces ocurre que todo es un desastre, nos recuerda, que nos resultan extraños y parecen extraños entre sí, y nos vamos con un disgusto, cierta desazón, un malestar, una sucesión de preguntas que no encuentran respuestas. Al día siguiente por el contrario todo parece marchar muy bien, quizás algo mejor que en la víspera, seguimos sin encontrar las respuestas, no todo podemos comprenderlo y mucho de lo que ocurre queda en ese espacio enigmático.


Administrar el ánimo parece configurar toda una posición, los proyectos deben enfrentar su desgaste, las brillantes ideas en poco tiempo pueden demostrar ser inviables, lo que motiva a algunos o incluso a toda una camada de niños, de alumnos, de estudiantes puede que sea el aburrimiento mayor para la siguiente… administrar el ánimo es la consigna que Deligny utiliza para no desanimarse, no ceder ante las dificultades, las complicaciones, como si se empeñara en decirnos una y otra vez que no hay fórmulas, que no hay trucos que nos pueden ¨salvar¨ todas las veces, o en todo caso si algún consejo enhebra a todos ellos es la persistencia en sostener un lugar, un lugar conformado por el conjunto de tentativas y gestos dosificados en un tiempo y un lazo singular, una posición que asume riesgos y es sin garantías. Es indudable que propone una cierta disociación de los afectos, reacciones que le suscitan al educador las vicisitudes siempre cambiantes de su práctica. La posición que ha de asumir supone una transformación de su propia afectación en función del lugar que tiene y le cabe respecto a los niños y adolescentes que están bajo su responsabilidad, y que como refiere en su caso todos ellos llevan en su cuerpo, como menos, la marca de la indiferencia de los adultos. Como refiere el epígrafe que encabeza este escrito, cuando las cosas se van de madre siguiendo la literalidad de la expresión, se requiere una posición que contenga y reoriente la situación, serás esa “calma sonriente”; los tiempos de inmovilidad, quietud, que sin duda pueden tener muchos sentidos e interpretaciones tanto en lo grupal como a nivel individual invitan al educador a su lugar de animador de la experiencia educativa común que los reúne y le da centralidad y sentido a ese encuentro. Dice que esta tarea requiere tener coraje para treinta niños, perseverancia para cincuenta, alegría para cien pequeños resentidos. Y a cada paso nos recuerda que -aunque no sea sencillo- siempre se puede cambiar de oficio, salir a pescar ballenas y volver a puerto con pequeñísimos arenques exige de alguna manera volver a elegirlo cada vez.


Como decíamos susfórmulas, formulitas, paradojas y charadas como él mismo las describe, contenidas en su “Semilla de crápula” dan cuenta de los tres hilos ya mencionados: el individual, el familiar y el social, y siempre desde el educador, desde los avatares de su oficio propone una mirada y una sensibilidad que se aleja de lugares comunes y sentidos cristalizados. Sin temor a incomodar con lo políticamente incorrecto, esa inconformidad con su época y con la nuestra, su rebeldía e inactualidad implica precisamente su contemporaneidad. Alejado de toda sensiblería construye una sensibilidad compleja, atenta, disponible, imprescindible para nuestras tareas, una suerte de potente inconformismo pedagógico… La posibilidad de encontrarse, encontrar algo de la práctica de cada quien en este texto ha sido su gran acierto, encontrar, encontrarse aunque más no sea para discutirlo. Posiblemente alcance con que sus ciento treinta y seis fórmulas, o al menos algunas de ellas, como cometas lanzados al viento, como soñaba Deligny, se agiten alegremente en el cielo de algunas memorias. Un viento que empuja a construir lo común en el aula, en la escuela, en las instituciones y lugares de encuentros con las nuevas generaciones porque sabe que allí radican nuestras mejores esperanzas.




Referencias: 1 Fernand Deligny, Semilla de Crápula. Consejos para educadores que quieran cultivarla.

2 Para conocer más sobre su biografía y su obra existen excelentes y completas referencias, entre otras la introducción que escribe Jordi Planella a la edición en español de Los vagabundos eficaces (Editorial UOC, 2015); la introducción, el glosario y la cronología escrita por Sandra Alvarez de Toledo en Permitir, trazar, ver una interesante compilación de sus textos (Ed. Museu d’Art Contemporani, 2009).

3 Le debo a Graciela Frigerio el conocimiento de su obra cuando comenzamos a trabajarlo en los Ateneos de Pensamiento Clínico hace ya varios años. Fue comentado y citado en varias de sus recientes publicaciones, el texto presente trae la resonancias de los intercambios y debates que hemos mantenido sobre los escritos de este autor.

4 Expresión de Pierre- Francoise Moreau retomada por Sandra Alvarez de Toledo (2009, Barcelona, Ed. Museu d’Art Contemporani).

5 Aventura, una empresa de resultado incierto o que presenta riesgos. “Lo que va a venir, lo que va a llegar’ (latín). Ventura: “hechos inciertos que están por venir”. Futuro, suerte, fortuna y riesgo están trenzados en este significante. 6 Pedagogía negra, así llamó Katharina Rutschky al sadismo inducido, la violencia legitimada con el fin de disciplinar al niño. Uno de los casos que llegó a las clasificaciones de la naciente psiquiatría y sexología de la primera parte del siglo XX fue abordado por la brillante investigación publicada bajo el título de El Preceptor. Un caso de educación criminal en Alemania de Michael Hagner. Recientemente publicamos una serie de reflexiones sobre ese caso en Korinfeld, Daniel, Derivas del lazo intergeneracional. De ¨El preceptor¨ a ¨Nada¨ en Saberes en los umbrales. Los oficios del lazo, Frigerio, G.; Korinfeld, D.; Rodríguez, C. (Coord.).

7 Una insistencia que se encuentra entramada en la matriz del discurso pedagógico tradicional. Alguna vez comparamos esa ferviente creencia en el poder absoluto y universal de la voluntad con los llamados a la normalidad con las que los primeros psiquiatras comenzaron su relación con los “alienados” cuando decidieron quitarles sus cadenas, la autoridad y la voluntad más fuerte de los primeros lograría hacer retroceder a la locura. En Korinfeld, Daniel (2008), “Adolescentes y adultos: ¿Una lucha de voluntades?” en Infancia, legalidad y juego en la trama del lenguaje, M. Minicelli (comp.).

8 La fecunda noción de baqueano retomada del trabajo de Fernando Ulloa la trabajamos en Korinfeld, D., “De Pandora, cajas negras, baqueanos e instituciones. Tres notas desde los Ateneos de Pensamiento Clínico”en Trabajar en instituciones: los oficios del lazo. Frigerio, G.; Korinfeld, D.; Rodríguez, C.. (Coord.).



Referencias Bibliográficas

CORNU, Laurence, (1999), “La confianza en las relaciones pedagógicas” en Frigerio, G., Poggi, Korinfeld, D. (comp.): Construyendo un saber sobre el interior de la escuela, Buenos Aires, Edición Novedades Educativas – Centro de estudios multidisciplinarios.

DELIGNY, Fernand (2017), Semilla de Crápula. Consejos para educadores que quieran cultivarla, Buenos Aires, Cactus. Tinta Limón.

DELIGNY, Fernand (2015)a , Los vagabundos eficaces,.Barcelona, Editorial UOC.

DELIGNY, Fernand (2015)b, Lo arácnido y otros textos, Buenos Aires, Cactus.

DELIGNY, Fernand (2009), Permitir, trazar, ver, Barcelona, Ed. Museu d’Art Contemporani.

FRIGERIO, Graciela (2017), “Oficios del lazo: mapas de asociaciones e ideas sueltas” en Trabajar en instituciones los oficios del lazo, FRIGERIO, G.,. KORINFELD, D., RODRÍGUEZ, C. (Coords.), Buenos Aires, Noveduc.

HAGNER, Michael (2012), El Preceptor. Un caso de educación criminal en Alemania, Buenos Aires, Mardulce.

KORINFELD, D., (2018), “Derivas del lazo intergeneracional. De ¨El preceptor¨ a ¨Nada¨”, en Saberes en los umbrales. Los oficios del lazo, FRIGERIO, G.,. KORINFELD, D., RODRÍGUEZ, C. (Coords.), Buenos Aires, Noveduc.

KORINFELD, D., (2017),“De Pandora, cajas negras, baqueanos e instituciones. Tres notas desde los Ateneos de Pensamiento Clínico”en Trabajar en instituciones: los oficios del lazo, FRIGERIO, G.,. KORINFELD, D., RODRÍGUEZ, C. (Coords.), Buenos Aires, Noveduc.

KORINFELD, Daniel (2008), “Adolescentes y adultos: ¿Una lucha de voluntades?” en Infancia, legalidad y juego en la trama del lenguaje, MINICELLI, M. (comp.), Buenos Aires, Noveduc.

PIGLIA, Ricardo (2010), Blanco nocturno, Buenos Aires, Anagrama.


Fuente: Publicado en Las marcas subjetivas de la educación. Carina V. Kaplan (Ed). Buenos Aires. Miño y Davila Editores.


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Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.