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Interrogaciones sobre el hastío y sus variaciones / Alejandro Kaufman

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 2 días
  • 6 Min. de lectura

D O S S I E R H A S T Í O S


Que las revoluciones industriales hayan quedado delimitadas por los campos profesionales de la historia económica conduce a omisiones interesadas o funcionales a los propósitos del progreso. El progreso es una agencia autónoma que trae consigo portentos, ingenios que lo cambian todo sobre la premisa de un venturoso futuro y sin advertencia alguna acerca de lo que después acontece como tragedia. Habría que invertir la fórmula. El progreso industrial y técnico, tal como cambia la vida entera, desde la memoria hasta la experiencia, comienza como comedia y termina como tragedia. No cuesta tanto así concebirlo si se consultan las fuentes adecuadas a tal efecto. Por ejemplo, la vindicación que hace Borges de Bouvard y Pécuchet. Ese solo texto es ya el Aleph de una crítica cultural radical y nos inspira tantos años después de la muerte de Jorge Luis para serenarnos ante la actual corrida gnoseológica.


Corrida, como son corridas las bancarias, las financieras, aquellas que derrumban valores en horas. Así sucede ahora con el conocimiento humano entero. Digamos rápido que las corridas son eventos pánicos que causan enormes destrucciones y víctimas masivas, pero que no cancelan el sustrato sobre el que tienen lugar. No desaparecen los bancos ni la moneda. Son ajustes. Las revoluciones industriales, preservadas en su inteligibilidad por las disciplinas histórico-económicas, y mucho menos transitadas como historia crítica de la cultura o filosofía de la historia, ahora que estamos en el vórtice de una de ellas, en la que en la actualidad acontece, nos revelan o deberían revelarnos con mayor contundencia la índole del mundo que habitamos. Cómo cada nueva novedad, sí, nueva novedad, porque las novedades ya no son nuevas, sino que tienen que anunciarse como tales y omitir lo que no tienen de nuevo, presentarse como discontinuidades y ocultar sus continuidades: encerrar en la erudición historiográfica, en los datos y factos, aquello que traen desde el pasado como retorno de lo siniestro, como una renovada promesa otra vez destinada a la decepción, al malestar, al hastío.


Hastío es producto de la repetición, del abuso contumaz de la recurrencia, del ritmo cuadrado de la máquina que nos sustituye en cada revolución industrial, como un monstruo que nos va devorando, como Saturno a sus hijos. Cada instancia promesante en que se nos va a quitar algo de lo que nos constituye se presenta como augurio de libertad, de emancipación, como proyecto irresistible de perfeccionamiento ilimitado. Sabemos del carácter ilusorio de cada uno de los acontecimientos promesantes del pasado más remoto o más reciente, y ello no nos ofrece en absoluto ningún alivio ni recurso frente a un nuevo episodio. En ese secreto con que se nos arroja un nuevo horizonte reside el secreto de nuestros tiempos, nuestra impotencia frente a lo nuevo que garantiza poder a quien lo domina y que como todo poder es opaco, silencioso detrás de sus heraldos, siniestro por fuera de la conciencia.


La condición digital se anuncia como “nueva”, “cambio”, diferente de los paradigmas industriales anteriores, pero como es más veloz también más velozmente sucede todo: la revelación de sus “daños colaterales”, la falsía propagandística de sus expectativas, la sobreexplotación sobreviniente de las clases trabajadoras, el terror que se les infunde para intimidarlas con el “reemplazo”… y la emergencia también veloz de contraculturas críticas que no habría que confundir con los voceros apocalípticos que sirven a los fines del nuevo poder del Capital, incluso si no es a conciencia (estas problemáticas también son recurrentes, aunque la “novedad” las vuelva difícilmente reconocibles para las mayorías).


Aviso: no nos vengan con heraldos del desastre que van a Davos a dar conferencias sobre cómo la IA nos va a matar a todos. No, porque ese relato es parte integral de las promesas cándidas de felicidad futura. Sus peligros apocalípticos son relatos supremacistas, de poder destructivo formidable, y por ello dadores de prestigio y suscitadores de inconfesables fantasías de Poder. En dioses olímpicos se instauran quienes tienen el poder de otorgarnos una felicidad eterna luego del pasaje sacrificial siempre insistente, y porque tienen ese poder son muy peligrosos. El peligro confiere prestigio, y suscita admiración y sometimiento. Todo ello mientras no sobrevenga la inversión mimética que marca el fin de todo despotismo.


Como cada vez en el pasado, la distinción binaria entre bien y mal entendidos de esa manera estúpida sirve al fin de obstaculizar una verdadera reflexión crítica y sensible, siempre empujada a la difamación por ingenua, romántica, carente de “propuestas”, pesimista y tantos otros improperios. Y claro que hay quienes se prestan a desempeñar ese papel. De ahí la cita en estas líneas de la ironía borgiana, texto en el cual se reúne una parte significativa de la biblioteca ajena a la tontería binaria, Flaubert, Swift, Voltaire, Cervantes y varios otros citados en este texto, muchos otros citados en las Obras completas y aun muchos más no citados. No son pesimistas: se ríen. Sátira e ironía.

Cada vez lo que se industrializa es aquello que nos libera del trabajo. No es el “trabajo nos libera” como efectivamente hay que pensar nuestros tiempos sino el modo en que suponemos liberarnos del trabajo, para lo cual hay que trabajar primero en forma sacrificial, tanática y descendiendo en términos de injusticia al mismo nivel, o aún peor, que la esclavitud tuvo durante milenios. Y cada vez, se impone todo ello sin precaución, o con avisos susurrantes de almas clarividentes que no pueden ser escuchadas, y como un destino irrefutable e irreductible. La fórmula se repite hasta el hartazgo: primero sufran, sacrifíquense, dennos todo lo que son y todo lo que tienen para enriquecernos y empoderarnos, y después de que mueran otros serán felices, por caso.


Mencionaba la vindicación de Borges porque leído en estos días de nueva revolución industrial se nos enciende como una inspiración hacia lo que nos acontece, cuando la IA procede con los saberes como los dos personajes de Flaubert, que son uno, según dice nuestro poeta nacional. La IA, ya dicho así como si fuera “alguien” que “viene” y va a “despertar”, son un mal chiste al lado de la novela de Flaubert, frente a la cual es como si la literatura cumpliera como nunca su aviso de incendio inaudible, la muerte del canario en la mina ignorada porque quienes se pretende prevenir.


Conjeturemos un conflicto entre azar y razón, entre una máquina sintáctica probabilística (que no sabe y nada entiende, igual que los personajes de Flaubert) y un régimen de inferencias, una logicidad humana, y supongamos que ambos comportan alguna forma de estupidez, entendida la estupidez como “almost savage torpor” (sopor casi salvaje), según Wordsworth atribuye a la “mediaticidad”, como hoy le diríamos, en su emergencia temprana en la modernidad, en 1800, en su prólogo a las Baladas líricas. Hoy no usaríamos el mismo adjetivo, que no vamos a requerir, aunque remite la cuestión a otros problemas señalados abajo.


De un lado, la nutrida familia de palabras a las que convoca el vocablo hastío: melancolía, spleen, tedio vital, aburrimiento, acedia, angustia, malestar y otras pertenecientes a la historia cultural, aquella en que la experiencia concurría a su destino y sabía cómo enfrentarlo, de un modo que a la progenie revolucionada por las industrias resulta ridículo o patológico, de ahí que de ello se hayan ocupado el desprecio tecnocrático y la clínica.


Del otro lado, el modo en que las revoluciones industriales promueven el “almost savage torpor”, es decir, un estado zombi, como diríamos ahora no sin ironía o, de modo más canónico, aburrimiento, hartazgo, hastío. No se trata de la densidad corpórea, visceral, humoral de las antiguas afecciones devenidas, hasta no hace mucho, literatura, arte, poema, sublimidad, o sea de aquellas que proclamaban desde la dramaturgia que la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa, por ejemplo. Se trata en cambio de una estupidez, idiotez, imbecilidad plana, ornamentada con océanos de datos que nos engullen como ballena a Jonás sin que llegue el momento de retornarnos a tierra.


Situar aquí por ahora una observación necesaria. Esas palabras, idiotez, imbecilidad, estupidez, condición zombi, canceladas para referirse a personas que un rato antes, en lugar de ser el idiota de la aldea cuya palabra tenía un valor sagrado como parte de la vida en común, pasaron a ser cosificadas, mortificadas por la clínica y exterminadas por los nazis de ayer y de hoy, esas palabras, que no pueden retornar como pretenden los nazis de hoy, ya no son aplicables a quienes la clínica y el prejuicio supremacista difamaba y vuelve a difamar, sino al uso crítico de la especie humana, a la concurrencia hacia la pregunta sobre si esto es un hombre. Así es como las utiliza Borges y así las dijeron otros como Flaubert y Swift.


(continuará)


Michael Marks Novia zombi y muñeca bebé, Asbury Park, Nueva Jersey 2018 Impresión en gelatina de plata virada realizada por el artista 17,8 × 22,9 × 2,5 cm
Michael Marks Novia zombi y muñeca bebé, Asbury Park, Nueva Jersey 2018 Impresión en gelatina de plata virada realizada por el artista 17,8 × 22,9 × 2,5 cm





Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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