La banalización no es un crimen sino una opinión / Alejandro Kaufman
- Revista Adynata
- 1 jun 2023
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Actualizado: 2 jun 2023
I
Si las opiniones fueran mĆ”s valorables y valoradas, y menos palabras lanzadas al viento, tal vez no habrĆa que presumir cautela al atribuir a la banalización de genocidios y holocaustos el estatuto de la opinión y no el del crimen (2). Es solo una opinión cuando no es un rasgo que acompaƱe a otros enunciados como los negacionistas. Es una opinión solamente cuando es nada mĆ”s que banalidad, sin otras condiciones contextuales. Banalizar es dar a algo carĆ”cter de banal. La banalización es la acción y efecto de banalizar. Banal es lo trivial, comĆŗn, insustancial. AsĆ se usa el vocablo, con olvido de su etimologĆa que nos remite al sentido medieval que tenĆa el tĆ©rmino banalitĆ©. La raĆz ban referĆa a la condición seƱorial a la que se subordinaba aquello de uso comĆŗn: molinos, prensas de vino, hornos. Lo compartido por quienes integraban la comunidad, en un mundo social estĆ”tico, segregado por estamentos que no se pusieron polĆticamente en discusión hasta la caĆda del Antiguo rĆ©gimen. (3) El tĆ©rmino adquirió un sentido peyorativo en tiempos modernos, cuando la generalización de la igualdad y la caĆda de las referencias abrió la posibilidad de nuevos conflictos. El contexto devino de la elaboración de una igualdad transida de contradicciones y transiciones no resueltas. Exterminios y genocidios acaecen en el extremo de lo concebible como formas de resolver las aporĆas de la igualdad de la manera que sabemos. Las clasificaciones segregadoras arbitrarias, los mĆ©todos administrativos y eufemĆsticos aplicados a multitudes desaparecidas son en sĆ mismas banales en tanto la nuda vida impuesta remite a tal condición aniquiladora. Aniquilar es banal en su proceder, lo contrario en sus consecuencias. Lo que tiene el testimonio y lo memorial de reparador enfrenta un nuevo problema: cómo restituirles a las vĆctimas la condición que les fue arrancada, de modo de distinguir tales discursos de cualesquiera otros en el mismo movimiento por el cual enseƱar y divulgar lo que sea va dirigido a multitudes. Lo multitudinario vuelve a instalar la escena de lo comĆŗn en el sentido moderno transfigurado que habĆa quedado atrĆ”s en tiempos medievales. No importa aquĆ seƱalar mĆ”s que el hecho de que hay un problema, y que ese problema supone un formidable trabajo colectivo de elaboración. Nada que se pueda reducir de manera simplista sin cometer grandes injusticias y errores devastadores.
Los antónimos del tĆ©rmino usual, banal, nos llevan, digamos por brevedad, a aquello que es extraordinario o importante. Se desprende de inmediato lo magnĆfico, la magnitud, el nĆŗmero. Banalizar es subestimar, entonces. TambiĆ©n se subestima lo cualitativo. Si se compara lo extraordinario o importante con aquello que no lo es, si se equiparan, se subestima. Y subestimar es una forma de negar, no idĆ©ntica a negar porque negar es una operación binaria, adversativa, que desecha todo un asunto. Negacionismos. La tipificación del crimen de negacionismo en la forma jurĆdica de un delito, tal como se practica en paĆses que en sus territorios padecieron crĆmenes masivos de tal Ćndole genocida, exterminadora, alcanza delimitaciones especĆficas y precisas sin las cuales cualquier distinción podrĆa ser arbitraria. La banalización es un cĆrculo externo, una condición adjetiva, cualitativa, que acompaƱa al negacionismo: por sĆ sola es insuficiente para tipificar una delimitación criminal, porque serĆa muy difĆcil establecer una frontera. No es que el negacionismo sea meramente evidente, pero su carĆ”cter adversativo, aunque se disimule o encubra, tiene posibilidades de ser comprobado. Es lógicamente refutable porque se postula como (falsa) interpelación. No sucederĆa en principio lo mismo si solo se tratara de una adjetivación porque en tal caso nos hallarĆamos en un continuo gradiente discutible. Todo esto estarĆa muy bien si, desde el supino desconocimiento o mala fe que circulan, se limitara la cuestión a semejantes prĆ”cticas cognitivas objetivistas. Hasta se podrĆa codificar la banalización como se hace con el negacionismo si solo se tratara de la descripción de objetos inequĆvocos (en tiempos del gobierno por la distinción sagrado/profano, asĆ se procedĆa).
El problema es que no hay nada menos inequĆvoco que el objeto de que se trata, dado que su configuración originaria es denegatoria, de modo que la Ćŗnica prueba susceptible de presentar una constatación es retrospectiva. Aquello que se dice que desapareció y que por lo tanto no estĆ”, ni fue, ni estuvo, ni existió, si no logró la perpetración su propósito desaparecedor, dejó entonces trazas, huellas, indicios, testimonios, hasta sobrevivientes. Es asĆ como los acontecimientos del horror son innegables, y no son susceptibles por principio de subestimarse dada su magnitud y calidad.
Genocidios y exterminios no concluyen su infausta faena, de imposible consumación, sino que solo se interrumpen y es por ello que sabemos que tuvieron lugar. Si se detienen, entonces de algĆŗn modo se difieren. DirĆ”n: āno terminó el perpetrador su faenaā. Si se consumaran, nada sabrĆamos y no habrĆa lugar para el negacionismo ni para la banalización. Negacionismo y banalización son prosecuciones de aquello que se interrumpió y no se consumó. Hay una razón sustantiva de la interrupción: tales actos del horror no son realizables porque en general definen su objeto de maneras falazmente delimitables. NingĆŗn colectivo social se configura efectivamente segĆŗn los designios exterminadores. A todos se les imponen las comillas en tanto sus designaciones son citas literales de lo definido por la perpetración, siempre proyectos insostenibles en las delimitaciones de sus objetos de odio y eliminación. No es cuestión metafĆsica o imaginaria. Alguien ficcionalmente podrĆa eliminar a todas las personas con alguna caracterĆstica inequĆvoca, pero solo se nos podrĆan ocurrir rasgos fantĆ”sticos. En los eventos históricos se formulan interpretaciones que recortan a los colectivos sociales sobre la base de estigmatizaciones o prejuicios. En general los fenómenos perpetradores se basan en historias polĆtico culturales constitutivas de tejidos sociales que se trata de purificar o transformar, son extirpaciones de partes de esos tejidos que se delimitan llevando hasta las Ćŗltimas consecuencias distinciones que habitualmente no significan tan extremas decisiones, que en la vida social son difusas, porosas, si no del todo arbitrarias. Esa es una razón decisiva de porquĆ© los acontecimientos del horror tal como los conocemos se suelen interrumpir, ya sea porque cambian las condiciones que hicieron posible su realización o porque, y a la vez, desde el principio la perpetración se ve condicionada a establecer distinciones siempre problemĆ”ticas que deterioran al propio proyecto en su letal eficacia.
A lo que importa y es mĆ”s ignorado o mĆ”s objeto de mala fe. Si el negacionismo es una tentativa de convertir la memoria en una seudo historia, en una falsificación destinada a aparentar un debate objetivo cuando solo es un seƱuelo de la perpetración para proseguir estratĆ©gicamente su faena, la banalización acude a otro problema de muy diferente Ćndole, que es la cuestión de las representaciones. (4) ĀæCómo representar algo que no sucedió? Desde el principio, dar testimonio y memoria del horror es decir que sucedió algo que se pretende no sucedido desde su perpetración misma, en cuanto no sucedĆa mientras estaba sucediendo, y de lo cual se borran huellas y manifestaciones, asĆ como documentos. Para entender este punto es fundamental lo que sigue: las atrocidades bĆ©licas que existen desde hace milenios han sido representadas, ya sea mediante alguna variación del gĆ©nero Ć©pico, cantos de gloria o de derrota, de drama y victoria o desgracia, efemĆ©rides felices o relatos dolientes, ya sea por parte de unos u otros contendientes. La historia bĆ©lica y sus representaciones cuenta con sus contrapartes. Quienes han combatido con suerte varia, con historias de injusticia y sometimiento o conquista y seƱorĆo, mantienen tradiciones narrativas codificadas y establecidas a lo largo de milenios. Lo acontecido se representa, se relata, es objeto codificado de la historia y de la memoria colectiva.
En el caso de lo que nos ocupa, como no hay contienda, sino solo sacrificio de vĆctimas puestas en estado de inermidad que se destinan a desaparecer, quienes asĆ desaparecieron sin retorno fueron privadas del habla aun antes de morir, y los perpetradores no tienen posibilidad alguna de articular sus hórridas acciones en la historia de la Ć©pica ni en ningĆŗn tipo de relato. Es por eso que no pueden confesar ni dar cuenta de lo que hicieron. No es porque sea fĆ”cticamente imposible sino porque no hay una lengua existente en la que se lo pueda expresar. La perpetración es inherentemente inconfesable y solo puede ser objeto del testimonio y de la memoria. (5) Y porque entonces no es representable, sus manifestaciones memoriales pertenecen al orden del testimonio y no a la condición del monumento. No hay monumentos de las memorias del horror en tĆ©rminos generales. O mejor dicho: la mayorĆa de las expresiones memoriales de genocidios y exterminios problematizan las representaciones y participan de debates de amplĆsima extensión y complejidad sobre cómo y quĆ© representar. Esto es lo que Āæno entiende? un intendente (6) que pretende borrar memoriales aplicados como baldosas sobre las que caminar cuando quiere aplicar las normas sobre monumentos en un acto de negacionismo de las memorias argentinas. Memorias que son movimientistas, contestatarias y vienen desde afuera y de abajo, aun cuando en determinadas condiciones la estatalidad responda a las demandas memoriales, pero siempre entonces implicĆ”ndose en la densidad que estos problemas exigen contemplar. Hay que decir que la amplitud que adquirieron los debates sobre la representaciones del holocausto, sus formas de expresión testimonial y memorial, inconmensurables tanto en materiales bibliogrĆ”ficos como en realizaciones conmemorativas y museĆsticas, asĆ como literarias y artĆsticas, pudieron desarrollarse con la riqueza, diversidad y conflictividad que les caracterizó en tiempos diferentes a los actuales. Eran tiempos en que se esperaba haber superado el horror, en los que el compromiso y la responsabilidad se concentraban sobre el nunca mĆ”s. La formulación del nunca mĆ”s es en la posterioridad de los acontecimientos del horror la Ćŗnica manera determinable de antagonizar la banalización. Si banal es la confusión de aquello con la vida normal, de modo que se pueda repetir por volverse parte de ella, tal como sucede con guerras y estragos, mafias y terremotos, asĆ como otros sucesos indeseables pero que suceden, lo no banal es la delimitación memorial y representacional en un estado continuo de excepción, en el sentido de que aquello, de todo lo que constituye la historia social, no se puede repetir. Por lo tanto se opone lo comĆŗn de la historia social, banal en tiempos modernos en que lo profano quedó atrĆ”s junto a lo sagrado en tanto constituyentes de la vida social y polĆtica, lo comĆŗn y por lo tanto recurrente, con lo que no puede ser comĆŗn y no debe repetirse. La repetición y lo comĆŗn forman parte de un Ćŗnico y mismo sentido: lo comĆŗn es aquello que se habrĆ” de esperar o considerarse posible aun si no deseable, aun si se lucha contra su advenimiento, pero aun asĆ es esperable, concebible, a diferencia de aquello que no es concebible que se repita, por lo tanto en la actualidad se impone delimitarlo de lo comĆŗn.
En este punto reside lo decisivo que enfrentan quienes postulan la repetición, ya sea como negacionismo de lo acontecido o como nuevos designios exterminadores, asĆ sea en forma primariamente taxonómica, ultrajante, difamatoria. Si lo contrario de lo banal es la delimitación excluyente de lo que no se debe repetir, para que no se repita, para que no suceda, y si ello se debe encarar en forma preventiva, dado que su advenimiento supone procesos de larga data, y dado que en el transcurso de esos procesos van sucediendo eventos inaceptables en sĆ mismos, lo cual puede ser discutible, lo que no puede ser discutible es la aceptación de regĆmenes de enunciación que reiteran los caminos que llevaron alguna vez al horror. Esos caminos no pueden ser transitables, no pueden ser parte de lo comĆŗn: no pueden ser banales (7) .
De modo que la interdicción de aquello que constituye un camino hacia el inconcebible horror no es la punición de un delito. Los delitos forman parte de lo comĆŗn, de la historia social, y son esperables aunque indeseables. AquĆ se trata de encarar lo que no aceptamos que sea esperable, y por lo tanto aquello que debe ser delimitado como infamatorio. En consecuencia quien postule transitar ese camino tendrĆ” como tarea de su propio designio volverse banal, comĆŗn, recurrente, y no infamatorio. Esta es la clave de cómo neo fascismos y designios exterminadores se amparan en la democracia, el estado de derecho y la libertad de expresión. Para prosperar en sus inconfesables propósitos deben imitar a las vĆctimas de semejantes aniquilaciones, designios infamatorios y excluyentes, y presentar su escatologĆa de violencia y extinción como si fuera damnificación por discriminación. Y al mismo tiempo desechan las prĆ”cticas establecidas para combatirlos a ellos mismos. Imitan la damnificación pero no pueden recurrir a las mismas prĆ”cticas porque se pondrĆan en evidencia al ampararse en las acciones que sirven para neutralizarlos a ellos mismos. Entonces, en el mismo discurso, reclaman la disolución de las instituciones de prevención del horror, y acuden a litigar de manera penal o civil como vĆctimas de un daƱo inexistente e inconcebible. Tal temperamento somete al estado de derecho a situaciones dilemĆ”ticas de doble vĆnculo. Si se aceptan tales demandas se desnaturalizan las herramientas de prevención y se satisfacen propósitos criminales. Si no se las acepta se vulnerarĆ”, alegarĆ”n, el propio estado de derecho que se pretende defender.
Ahora bien, encarar este dilema solo como un conflicto entre prevención y libertad de expresión es reduccionista e indigente, Ć©tica y conceptualmente, aun siendo lo mĆ”s frecuente. Lo que se omite o encubre es la repugnancia hacia el propio asunto, hacia el horror. El mundo sociopolĆtico despuĆ©s de 1945 estĆ” constituido sobre tal repugnancia: la suscitada por los acontecimientos del horror exterminador, sucesos que fueron detenidos por el fin de la guerra y empujados a un borde cloacal, limĆtrofe, infamatorio. Es un error frecuente e ingenuo suponer que el problema se enfoque de manera solo pedagógica o museĆstica, como si se tratara de un asunto cognitivo y racional. No lo es. OjalĆ” lo fuera. Es en cambio una fuerza del mal, una deriva tanĆ”tica inscripta en nuestras formas de vida contemporĆ”neas, generadoras de tal hórrida reacción anti emancipatoria. La condición potencial para tal emergencia es constitutiva del malestar en la cultura. Sobre esto tambiĆ©n se ha escrito y producido de modo incontable tanto argumentativa como literaria y artĆsticamente. De modo que la prevención tiene como objetivo primario contrarrestar tal potencia con una fuerza infamatoria antagonista, asistida por la pedagogĆa y las prĆ”cticas museĆsticas y memoriales. Todo ello concurre. No basta con alguno de esos enfoques por sĆ solo. AllĆ reside la ingenuidad irresponsable de quienes pretenden librarlo todo a ādebatesā y lecciones de humanidad. No, el nazismo, el fascismo y todo lo que concurra al exterminio debe estar sometido a un rĆ©gimen continuo de excepción, sobre todo respecto de una Ć©tica alerta primariamente frente a tales crĆmenes simbólicos, y tambiĆ©n respecto, de manera muy cautelosa y delimitada, a la asunción de responsabilidades jurĆdicamente plasmadas por parte del estado de derecho.
II
Mientras que el cĆ©lebre concepto proudhoniano de que la propiedad es un robo tiene un sentido irónico, nunca se supuso que la propiedad fuera un crimen literalmente punible en un orden jurĆdico, ni siquiera en las revoluciones sociales, en que las intervenciones sobre la propiedad privada de los medios de producción, tanto en los casos históricos como en la teorĆa, no imputan como delito preexistente a la propiedad, ni como delincuentes a quienes la poseen, sino que transforman radicalmente el estatuto jurĆdico de la propiedad. O sea, se desapropia en tanto acto, no se castiga un delito individual. El crimen de la apropiación y de la propiedad consecutiva es un crimen social e histórico. En las sociedades capitalistas, la propiedad tampoco estĆ” exenta de interpelaciones categoriales, pero no por ello se les atribuye un estigma delincuencial tampoco a quienes se discute la propiedad. Se recurre a instrumentos jurĆdicos sobre necesidad social comĆŗn o pĆŗblica de una propiedad, y se procede de modo indemnizatorio. Nada de todo esto es sencillo ni exento de toda clase de controversias y conflictos, pero otra cosa muy diferente es a lo que asistimos: supuestos criterios de teorĆa económica definen a toda una parte -mayoritaria- de la sociedad, y de manera retrospectiva se le confiere un carĆ”cter delincuencial que autoriza a utilizar un lĆ©xico difamatorio cuya legitimación se procura. Es por ello que adquiere tanta relevancia evitar ser vĆctima de cualquier distinción que pudiera ser infamatoria, es decir, causante de infamia.
Llamar nazi a alguien nunca es difamación sino infamación, y cuando ello ocurre, es con arreglo al orden jurĆdico, Ć©tico y polĆtico instaurado a partir de 1945. No conviene ese orden a quienes vienen a destituirlo. Para quienes defienden los estados de derecho en el orden internacional tal como estĆ”n vigentes, es nazi, puede serlo, se lo puede caracterizar asĆ, quien habla y actĆŗa con arreglo a determinadas caracterĆsticas propias de aquel rĆ©gimen. No todas ellas, no solo porque no es un asunto identitario, sino porque se trató de un proceso histórico de varios aƱos, durante el cual se produjeron diversas transformaciones. Invocar a Hitler respecto de un comportamiento actual no es en absoluto una ācomparaciónā sino una caracterización que describe actos y decires afines al camino seguido durante casi dos dĆ©cadas hasta que devino en los horrores consabidos. No se atribuye identificación con los horrores, sino con algĆŗn momento precedente que llevó en esa dirección. Es una cuestión interpretativa y argumentativa, no un estigma, ni un prejuicio, porque no refiere a una persona por lo que es sino por lo que hace y dice. Intervenir en polĆtica en el orden jurĆdico, Ć©tico y polĆtico vigente implica asumir la responsabilidad de deslindar cualquier acto o palabra con semejante rumbo. Se es responsable por defecto. Se invierte la carga de la prueba. Levantadas sospechas, indicios o sugerencias, quien estĆ” asĆ imputado es quien debe desmentirlas o aportar pruebas. Convertir la imputación en su contrario, acusar de modo violento o litigioso a la imputación como si fuera un estigma difamatorio: eso hacen los nazis. Es de manual. El expediente nazi de Milei ocuparĆa tomos enteros a la fecha. Su constante, intimidatoria y ultrajante definición del conjunto socio polĆtico como delincuencial es correlativo en forma bĆ”sica e incontrastable de la precondición dóxica (8) de segregaciones y exterminios. Quienes le han dado cabida para manifestarse como centro de un formidable aparato de propaganda han propiciado aun si de manera no intencional la instalación de tal precondición dóxica, designación que refiere a la naturalización mediante la circulación pĆŗblica de enunciados, de la criminalización, estigmatización y segregación de una parte de la sociedad. El requisito para hacer viables tales acciones en la esfera pĆŗblica consiste en impedir que a tales intervenciones de propaganda fascista se las criminalice al seƱalarlas como advenimientos fascistas o nazis, como corresponde en un estado de derecho. Al contrario, se instaló considerarlas normales y aceptables, y al hecho de nombrarlas como nazis se logró imponer la idea disparatada y falsa de que serĆa banalizar el holocausto. Eso es lo que sucedió mediante la creación de una patraƱa que nadie parece haberse molestado en indagar ni en refutar pĆŗblicamente.
La patraƱa se desarrolló mediante varios recursos. Primero se falsificó la noción de banalización del holocausto reduciĆ©ndola a un hecho puntual, sin contexto ni referencias en los marcos requeridos para asĆ considerarla, como es el caso de los negacionismos. Como asĆ no bastarĆa, se buscó inventar un fundamento para lo cual directamente se instaló un falsedad reiterada hasta el cansancio en rotación mediĆ”tica en loop sin ser nunca repreguntada ni interpelada. Para ello se recurrió a un tema no muy conocido pĆŗblicamente. Una institución no gubernamental, dedicada a proponer recomendaciones para la memoria del holocausto que previnieran de recurrencias transgresoras del nunca mĆ”s, formuló algunas para definir el antisemitismo y prevenir la banalización del holocausto. La IHRA (9) obtuvo para su definición del antisemitismo, actualizada en función de nuevas circunstancias globales y regionales conflictivas, la adhesión de cierto nĆŗmero de paĆses, que la adoptaron con fines de diseƱo de polĆticas pĆŗblicas preventivas, educativas y de responsabilidad jurĆdica. Tales adhesiones, que comprenden a algunas decenas de paĆses, incluida la Argentina, no tienen carĆ”cter jurĆdicamente vinculante. Es solo una adhesión propositiva, de intenciones y voluntades. Por otra parte hay que decir que la definición de la IHRA dio lugar a polĆ©micas de gran complejidad en relación a diversas intervenciones que buscaron precisarla, enmendarla o aun suprimirla, de fuentes diversas, tanto referidas a autoridades acadĆ©micas internacionales especializadas en estudios del holocausto, como a entidades polĆticas hacia las cuales tal definición contribuirĆa a cuestionarles sus enfoques respecto de temas pertinentes. La adhesión es genĆ©rica y sobre todo referida a la definición de antisemitismo, no a la banalización del holocausto, que por ser un tema extremadamente opinable, que concierne a la filosofĆa, las ciencias sociales, las representaciones artĆsticas y literarias, la memorialización y la museĆstica es tan imposible como indeseable el supuesto de que pudiera formularse un protocolo a tal efecto. La definición de antisemitismo, aun con todo lo compleja y conflictiva que es, supuestamente admite una mayor delimitación o definición, que es por lo que la IHRA hizo la propuesta a la que adhirieron tantos paĆses. Milei inventó de manera absolutamente fantĆ”stica que decirle a alguien nazi es compararlo con Hitler, asesino serial de millones, y banalizar el holocausto, por lo cual demandó y continuarĆa demandando en los tribunales a quien asĆ lo tratara. Comenzó con dos demandas contra un puƱado de periodistas, cuyo comportamiento pĆŗblico al respecto fue, con algunas variaciones, de una discreción insostenible ante tamaƱa acción destinada a legitimar sus proferimientos que esas mismas personas comenzaron a llamar nazis. Un aspecto decisivo de las dos demandas levantadas es que no son por banalización del holocausto, que no es ni puede ser un delito, ni existe como tal, ni hay ni puede haber ningĆŗn tratado internacional al respecto, sino por calumnias, figura sin la cual no podrĆa ningĆŗn abogado intentar una demanda. En la demanda figura como frase de color la banalización del holocausto, sin fundamentarla ni establecer conexión argumentativa con el resto del texto, a los fines de darle alguna lejana plausibilidad a las declaraciones pĆŗblicas de Milei repetidas hasta el hartazgo sobre una demanda inventada e inexistente, dado que no menciona en estas entrevistas exhaustivas y constantes que es por calumnias. Logró asĆ pausar hasta cierto punto que lo llamaran de ese modo, cosa que con el tiempo fue extendiĆ©ndose cada vez mĆ”s, y tuvo que recurrir solo a los recursos clĆ”sicos de los nazis cuando asĆ los llaman, que es contraatacar con argumentos ad hominem e injurias y difamaciones en tonos intimidatorios y violentos. Con todo, logró, ademĆ”s de pausar el que asĆ lo llamen, sembrar la confusa sensación de que no estĆ” bien usar esa palabra para calificarlo, somo si fuera un tĆ©rmino estigmatizante o discriminatorio. No lo es ni lo puede ser porque se trata en todos estos casos de caracterizaciones polĆticas basadas en replicar a lo que Ć©l dice y hace, gestual y simbólicamente, no a algo que Ć©l serĆa, como es el caso de las segregaciones racistas o sexistas, no relacionadas con lo que alguien hace o dice, sino con lo que supuestamente es. En este caso es al revĆ©s. Se pretende convertir lo que se hace y dice, argumentable, susceptible de demanda, reparación y rectificación, en el mismo tratamiento que si fuera por lo que se es. De manual es por parte de nazis mimetizarse con sus vĆctimas. En este caso, criminalizar y difamar a todo el sistema polĆtico y a todas las opiniones democrĆ”ticas y victimizarse con los mismos argumentos. Por fin, la resultante de tales demandas judiciales facticias es por indemnización por daƱo moral, justamente lo que nunca alguien harĆa para protestar por racismos o sexismos: de ahĆ que desde esas problemĆ”ticas se impulsen polĆticas pĆŗblicas gubernamentales y no gubernamentales que formulen recomendaciones (sobre acciones comunitarias, pedagógicas, memoriales), como es el caso del INADI o de la propia IHRA, instituciones que las ultraderechas exigen continuamente suprimir. En tal caso, la IHRA que Milei invoca para su patraƱa es una institución idĆ©ntica al INADI o a los organismos de derechos humanos, o a la propia DAIA que tampoco encuentra entre sus facultades residuales cómo encarar un asunto como el aquĆ planteado.
Tomar una inexistente banalización del holocausto para silenciar a quienes lo llamen nazi o fascista, forma parte ademĆ”s de una operación mĆ”s extensa, consistente en jew-washing, o una profundización de ātengo un amigo judĆoā. Tal expresión es de una popularidad extendida en un paĆs como el nuestro, receptor de sobrevivientes del holocausto, espectador masivo de manifestaciones cómicas como las del personaje Micky Vainilla de Peter Capusotto. Sin embargo, al paso de los tiempos y sus regresiones a situaciones hasta hace poco inimaginables, dado que ha sido deslegitimado tener un amigo judĆo como desmentida de antisemitismo, se ha recurrido a veces hasta a frases como ātengo una hija judĆaā, o ātengo un marido judĆoā. Milei incorpora una novedad: āme voy a convertir en judĆoā, āme dedicarĆ© al estudio de la torĆ”ā. Incorpora tĆ©rminos y metĆ”foras hebreas a su repertorio, todo ello de maneras cruzadas por una ignorancia y, esa sĆ, una banalización rampante. Para coronar la acción propagandĆstica de manual afirma que llamarlo nazi a Ć©l es no solo banalizar el holocausto sino por ello mismo ofender a las memorias de la shoĆ”. (Las memorias de la shoĆ”, si tienen algo de sagrado, es la obligación de llamar nazi a alguien asĆ, que usa los significantes judĆos para desmentir sus alianzas y concurrencias con negacionistas de la dictadura y de derechos humanos, y nazis declarados tanto en nuestro paĆs como en otros. No son nuevas estas formulaciones propagandĆsticas. EstĆ”n en el manual.)
No tienen estas lĆneas propósitos de denuncia, como no es el caso de cuando es demasiado tarde porque lo funesto que avanza, como ellos mismos dicen, ha avanzado demasiado. Lo aquĆ descrito refiere a una de las maneras en que avanzó y sigue avanzando, aun cuando a la vez, lenta como mancha de aceite, se extiende la evidencia de que hay ahĆ una figura hitleriana, asĆ mentada por periodistas, figuras del espectĆ”culo y de la polĆtica, el Presidente de la Nación y hasta por el Papa. El propósito de las presentes lĆneas, entonces, no es aportar al gĆ©nero de la denuncia al uso, como tal, sino al relevamiento de los caminos transitados por tantas y tantos que comparten responsabilidades difusas y colectivas, de esas que cuando es demasiado tarde suscitan la pregunta de cómo fue esto posible.
Texto publicado en https://lateclaenerevista.com/la-banalizacion-no-es-un-crimen-sino-una-opinion-por-alejandro-kaufman/.
2 VĆ©ase āEl negacionismo no es una opinión sino un crimenā. https://lateclaenerevista.com/el-negacionismo-no-es-una-opinion-sino-un-crimen-por-alejandro-kaufman/ Reproducido en Negacionismo. Repertorios: perspectivas y debates en clave de Derechos Humanos. Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, 2022.
3 Bloch, Marc. Land and work in mediaeval Europe. Routledge, NYC, 2015. TLFi: TrƩsor de la langue FranƧaise informatisƩ, http://www.atilf.fr/tlfi, ATILF - CNRS & UniversitƩ de Lorraine.
4 Cfr. Friedlander, SaĆŗl. En torno a los lĆmites de la representación. El nazismo y la solución final. UNQ, 2007, Bernal.
5 Estas no son afirmaciones dogmÔticas aunque estén expuestas de modo asertivo. Son hipótesis sobre el silencio de los perpetradores, no explicable solo por los pactos criminales. Es constatable que no ha sido posible el surgimiento de una épica del horror, y es constatable la historia de la violencia bélica como épica. El exterminio no es una guerra, es un secreto de los perpetradores, en cuya realización se privan, a veces conscientemente, como en los discursos de Himmler en Posen, de un relato de sus aportes a la salvación de la humanidad.
7 AquĆ puede resultar oportuno recordar que trivial tiene un origen afĆn a banal, referido a caminos transitados por cualquiera que sea, encrucijadas. Para definir lo peyorativo recurrimos a aquello que a las multitudes concierne.
8 Angenot, Marc. El discurso social. Los lĆmites históricos de lo pensable y lo decible. Buenos Aires, 2010, SigloĀ XXI.
9 International Holocaust Remembrance Alliance (Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto) https://www.holocaustremembrance.com/.
