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La vida pasajera (fragmento) / Christian Bobin

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 1 día
  • 3 min de lectura

Un hombre llega al paraíso. Pide a un ángel que le muestre el camino que dibujan sus pasos en la tierra. Por curiosidad. Por el deseo infantil de ver y de saber. Nada más simple, dice el ángel, ve hacia esa ventana y mira. El hombre acerca su rostro al cristal y mira el rastro de sus pasos sobre la tierra, desde su infancia hasta su último aliento. Algo le llama la atención: a veces no hay huellas. A veces el camino se interrumpe y no reaparece hasta bastante más lejos. Esas ausencias, dice el ángel, corresponden a esos días en los que tu vida era demasiado pesada para que pudieras soportarla. Yo te tomé entonces en mis brazos, hasta el siguiente día en el que la alegría volvía a ti —y tus fuerzas con ella.


Si pongo esta fábula al comienzo de este libro, es porque nunca he escrito más que de esta manera: llevado por algo más ligero que yo; en los brazos —no de un ángel— sino de la vida pasajera, del centelleante rumor de vivir. Hace falta tiempo para alcanzar la inocencia de los días.


Hace falta tiempo para conseguir la simplicidad del lenguaje. Hace falta tiempo para aprender, y más tiempo aún para reír sobre lo que uno ha aprendido. Reír tanto de nuestro saber, como de nuestra ignorancia. Reír como ríe la primavera en los ojos, como ríe la infancia en la voz, como ríe la lluvia en los libros. Porque llueve en los libros. Una lluvia fina resbala por sus páginas, cae sobre el corazón. En este libro la lluvia cantaba en la punta de mis dedos, golpeteaba sobre el papel, refrescaba la habitación. En este libro la lluvia tenía el nombre de una mujer, luminosa en su voz, justa en su corazón. Nella. Nella Bielski.


A quién le hablamos cuando escribimos. No lo sé. Creo que es imposible de saber. Aquella a la que se escribe está al final de nuestras palabras como el día está al final de la noche, como la fiebre está al final del silencio. Las palabras van hacia ella para que las coja entre sus manos aquietadas, y las devuelva a algo más que ella misma —a no se sabe qué. “Te escribo” quiero decir: escribo a algo más que ti, a mucho más, es por ti que esto sucede.


Antes se escribía al rey para implorar su gracia. Hoy en día el rey no recibe más, no abre ya las cartas. Hoy en día el rey se retira, taciturno, bajo los artesonados de su cielo. Ya no se le escribe a él, sino a alguna de sus sirvientas, con el fin de que ella le resuma nuestra carta —por el eventual contento que encontrará en ello: no hay otra manera de hacerse oír por un rey que manifestar delante de él una presencia liviana, dulce y divertida —sin frases sobre todo, sin ninguna frase.


Este poema es una larga carta. Esta larga carta se ha convertido en un pequeño libro. Nunca he escrito más que libros cortos, por incapacidad de hacer otra cosa, pero quizá también por necesidad: escribir es convertir lo mucho en poco, el exceso en carencia.


Ningún libro debería ser más pesado que la luz. Ninguna escritura debería hacer más ruido que una sonrisa.


Christian Bobin, La vida pasajera, trad. Alicia Martínez, Ediciones El Gallo de Oro, Colección Gallo Azul, 2.ª ed., 2023, pp. 11–13.


Joakim Allgulander Cielo 2023 Óleo sobre lienzo  240 × 170 × 2 cm con marco
Joakim Allgulander Cielo 2023 Óleo sobre lienzo 240 × 170 × 2 cm con marco


 
 
 

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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