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Lo redondo, lo que rueda / Horacio González

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 11 minutos
  • 7 min de lectura

En este país, no hubo -no hay- propiamente tribus urbanas. No las hay en el sentido de fulgores autónomos de cultura en las fisuras de la megalópolis. O en el sentido de cápsulas de vida grupal enteramente a espaldas del ciudadano, su casa y su trabajo. Esa clase de ruptura completa, una red totalmente desconectada del circulador urbano central, eso no se verifica sin más en las ciudades de este lugar del mundo. Squatters... no hay. Hay asentamientos, personas sin vivienda que luchan por incorporarse. Hackers... no hay. Hay gente que lucha no por interferir, sino para agregarse a la festividad informática.


Cirujas libres, bricoleurs emancipados, bandas desacopladas del mercado general de consumo, náufragos lúdicos que recusan la ciudadanía y los emblemas étnicos o nacionales que surgen de oportunas religiones cívicas. No hay... , no hay aquí el mito regenerador de la cultura a cargo de los últimos navegantes que rompen sus lazos con el mundo administrado. Apenas podemos jugar con esa idea. No sabemos, no se sabe si debemos ser squatters o militantes de noblezas sociales en peligro. Con palabras muy similares, el Indio Solari ha expresado en ese "no se sabe" las dudas que se les presentan a quienes desean una visión política del tiempo de la cultura. Pero decir "no se sabe" es un punto de partida. Porque se sabe. Lo posible, en realidad, es otra cosa: tomar esas dos antropologías contrapuestas, la del invasor libre que revive el mito tribal desde franjas arcaicas de la metrópolis y, por otro lado, la del amante de las acciones políticas reparadoras. Presuponerlas. Darlas por establecidas. Y entonces, en algún lugar novelesco de esa polaridad, alguien creará su propio modelo de rechazo sin dejar de coquetear con nada. Pero sin permitir que ninguna bandera clausure la experiencia imponiendo idolatrías ya tramitadas.


Existe en los Redonditos una reflexión sobre la forma y el momento en que se levantan idolatrías. No hay mundo que no sea un mundo idolátrico. De lo que se trata es de generar una crítica a la vida con idolatrías. Descartada la posibilidad de una retirada a la manera de indios metropolitanos o de políticos autónomos que aguardan en la espesura de la selva el colapso del orden malo, queda la idea de ídolos de los que se adueña la multitud liberada. ¿Pero qué ídolos?


En ese sentido, la relación con la multitud de los Redonditos hace de esa multitud una composición ética muy parecida a la de las hinchadas. Parecida, porque una hinchada es una fruición que se forma con asombrosa regularidad ritual y que tiene el sentimiento básico de activar una agonía. Son tan intensos esos sentimientos como fugaces. Esa intensidad tiene que extinguirse, simplemente porque debe dejar paso a la emoción siguiente que surgirá de la "nada". El colmo de la emoción permanente es la "racha". Una hinchada está para saber que las rachas se despedazan alguna vez. Y de la nada todo vuelve a empezar.


Esta última parte de la sabiduría fatal de las hinchadas es lo que intenta ser excluido en la reflexión de los Redondos. Un hincha siempre está esperando la traición o la caída, porque debe volver a empezar. El tema de la hinchada es la espera de que alguien, el ídolo, cruce la línea, abandone y vuelva. Es decir, que goce con el olvido del amor elemental de cuna. Pero que luego retorne con el descubrimiento de que ese amor primario -que castigaba y alentaba- era lo único que podía existir en el mundo. Los Redondos (la experiencia musical, argumental, literaria y antropológica que compone el conjunto de la "tribu") toman de las hinchadas el sentimiento de una arena sentimental momentánea, de una unción colectiva sin males. Pero desean excluir lo que toda hinchada sabe y espera, la caída y redención del ídolo.


Indio Solari reflexiona con puntillosidad sobre el tema. Defiende una filosofía bucólica del hincha no traicionado que va gestando ámbitos progresivos, de mayor abarque cada vez, pero trasfundidos de la cultura propia. "Cultura propia." No es posible definirla de otra forma, aquí, que con las propias palabras de Solari. Es la cultura que va desistiendo de premios y sistemas. "No quiero el premio de los ídolos", ha dicho Solari, premios que se conjugan con la obvia disposición que tiene la industria cultural de rodear a sus oficiantes de bienes tan ostensibles como volátiles. Son los premios "sistémicos", los premios del mundo cortesano que implican más que una materialidad o un hedonismo, una ideología del triunfo.


Aquí se separan las reflexiones redondas del ánimo habitual de las hinchadas. Es cierto que en éstas el triunfo nunca es un valor inocente y estable. El triunfo se dilapida y se frustra. Pero en esa crónica que las hinchadas tejen para sí (devolver el triunfo al regazo propio, salir de la "racha perdedora"), no es donde encuentran los Redondos la mayor inspiración para su ética de multitudes. El "triunfador" es un numen ideológico de la industria de entretenimientos, de las culturas maquinizadas y de los aparatos de difusión que mercantilizan la vida. El vencedor de las industrias culturales es en realidad un agente activo de la derrota de la vida. Vence y consagra un estandarte que apenas se instala en su sospechosa victoria. Justamente sobre los estandartes ocurre la siguiente reflexión de los Redondos…


Las hinchadas tienen estandartes fijos, blasones que actúan en un marco estridente y visual. Largas banderas que se arrojan desde las alturas, identificaciones que brillan como balizas nocturnas para asegurar el reconocimiento inmediato y provocar una emoción cíclica. Los Redondos juegan con estandartes. Los muestran y los disuelven. "No hay estandartes más allá de lo que uno vive cotidianamente", dice Solari. Igual que el Ídolo, se lo muestra y se lo retira. El juego teatral con los símbolos de la cultura es lo que caracteriza la sutileza estética y política de una tribu que busca no ser sorprendida en ningún espacio fijo, en ningún campamento físicamente perimetrado, en ninguna posición determinada. Los Redondos escapan de los determinismos. Son un grupo en fuga de sí mismos. Única forma de mantener la fidelidad "andando en sulky". La hinchada es determinada, espacial, territorial, rítmicamente reiterativa... Los Redondos no.


Pero no por eso las hinchadas dejan de ser enigmáticas. El enigma de las hinchadas está referido a su capacidad de soportar la adversidad. Mejor dicho, a la sabiduría previa de carácter fatalista, por la cual se espera la caída, la violencia y la muerte. Los Redondos toman el enigma y lo sacan de la práctica de personificaciones propia de las hinchadas. Entonces, producen un interesante ejercicio. Coquetean con la técnica productora de ídolos, que mantiene viva la industria de la música juvenil. Pero ese ídolo tiene una exposición limitada, una lucha con las estrategias de difusión más tecnologizadas y una vía para la retirada permanente. Mi rol tiene que ser el de un enigma, el rol pontificante que te da el periodismo te achica, ése es el rol de la descapitalización del personaje. Así se expresa Solari.


La función artística del enigma ha sido siempre la de darles a las multitudes cierto aire sagrado. Las multitudes son sagradas porque en ellas se producen decisiones misteriosas. Nunca una interpretación queda cerrada, nunca se completa el sentido de la obra, queda fuera de juego la posibilidad de ser literal. Para el Indio Solari, el artista sólo debe provocar resonancias y no interpretaciones. Desde luego, cada uno compone una interpretación con las claves ofrecidas, pero una interpretación entera y terminada es imposible. El lugar del artista está siempre vacío o se llena con muñecos legendarios como Patricio Rey. Siempre debe haber una voz atrás, que es la del “artista colectivo" de la cual algo se recoge como obra. Pero una obra lo es porque no recogió más que hebras. Hilos sueltos de un sentido perdido, con lo cual los Redondos elaboran el diálogo trascendental con la hinchada. Hay una conmoción que recorre cuerpos porque hay una circularidad, una redondez, entre algo que se recobra del público y algo que se repone en el mundo. El público siempre se halla pulverizado y basta una minúscula llamada para convocarlo. Pero se le ofrece de inmediato la razón autogestionada de esa convocatoria. Estamos aquí porque podríamos no estar aquí. La estética de los Redondos se basa en un crecimiento del sentido sin capacidad de "ahorro". Es decir, no sólo sin linealidad en la acumulación de recursos -"un par de cheques sin fondo y no podemos volver a presentarnos", dice el Indio- sino también sin "linealidad del enunciado".


Esta última es también una frase de Solari. La linealidad del enunciado respondería al modelo empresarial del rock, basado en el ídolo expuesto como ilusión momentánea y en sistemas musicales o literarios que ya nacen interpretados por el mercado consumidor. Por eso, la apología de ese estar "fuera de contexto". Los Redondos avanzan hacia el centro de la escena cultural argentina, pero creando contextos propios o declarándose fuera de contexto. Insisten que lo que hacen es reunir, hacer visible fugazmente, sentimientos únicos que bien podrían no manifestarse. La estética redonda está en sustitución momentánea de algo que actúa por desaparición, que preferiría no estar pero se sintió llamado.


Las hinchadas tienen más "contextos", tanto de espacio como de tiempo. Pasan, ululan, se van. Siempre vuelven. No tienen premios, porque la esencia del hincha, del que alienta, es la de investigar su propia capacidad de aguantar lo efímero. La pasión más fuerte puede ser convocada. Aunque después se evade. Saber eso es su verdadero premio, la comprobación de que cualquier sentimiento puede en el fondo tolerarse, pues toda intensidad busca luego su descanso. Los Redondos dicen eso mismo. Sólo que la ética de la hinchada en ellos es protagonizada tanto por los que siguen al grupo como por sus miembros permanentes. La producción del texto artístico, literario, musical y visual de los Redonditos es el resultado de una comunidad de hinchas sin contexto, sin velocidad, sin vértigos, sin apuros, sin premios. Avanzan ante el llamado. No están fijos en ningún lugar. Todo puede extinguirse. Pero esta ideología de hinchadas a las que se les desea evitar el tema de la traición, la caída y la desilusión, propone el movimiento incesante de una utopía rural, artesanal, que no desdeña la astucia urbana. "Siempre algo está sucediendo", dice el Indio Solari con su paciente profetismo. Así, en ese suceder, el rock puede ser la ceremonia libre de los hinchas, el mito verdadero de la falsificación general de todas las identidades, el movimiento perpetuo, la redondez de lo que puede suscitar todo sin pararse junto a nada.


Ningún estandarte. Lo redondo, lo no lineal. No acumula, rueda.




Fuente: AAVV, Los Redondos. Buenos Aires, Editora AC, 1992. (Escriben: González, Horacio; Symns, Enrique; Chitarroni, Luis; Polimeni, Carlos; Panozzo, Marcelo; Fernández Bitar, Marcelo; Curto, Daniel; Pérez, Martín; Reyes, Angeles).


Romina Brunetti. (2026) Indio. Fotografía.
Romina Brunetti. (2026) Indio. Fotografía.

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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