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Lou A. Salomé con Sigmund Freud. Una niña con miedos / Cynthia Eva Szewach

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • 4 may
  • 6 Min. de lectura

La más íntima infancia es como el centro, por su miedo agonizante y a la vez expulsor del miedo

R.M. Rilke



Durante la continua correspondencia entre Lou Andreas Salomé y Sigmund Freud (desde 1912 hasta 1937), en variadas oportunidades ella le cuenta fragmentos de su clínica. Son testimonios inaugurales en la historia de la conversación analítica donde se siente el interés de narrar y disponerse a pensar juntos. Se responden enseguida las cartas, las esperan con ansiedad cuando a veces están retrasadas por la guerra, se leen en una intimidad confiable, se cuentan sus pesares y alegrías cotidianas, se quieren mucho. Freud, en algunas ocasiones, escribe palabras elogiosas al referirse a la manera original en la que ella oficia como analista.


En relación a la práctica con infancias, el trabajo a partir de Juanito presenta un antecedente teórico esencial, pero -como sabemos- intermediado por el diálogo de Freud con el padre del niño. La vanguardia al respecto, estuvo en manos de Hug Hellmuth, una psicoanalista, que desde 1914 se interesó especialmente en la inclusión del juego en la clínica, Sabina Spielrein trabajó, por ejemplo, inmersa en el tema de la adquisición del lenguaje y Lou Andreas Salomé se abocó también prontamente a la práctica con infancias. M. Klein y Anna Freud, ingresaron más tarde al ruedo con sus descubrimientos y controversias.


Como lo plantean y desarrollan Florencia Abadi y Matías Trucco en el libro dedicado al pensamiento de Lou Andreas Salomé, hay en su transmisión una “extensión de lo infantil”, una ampliación y una “sutil distancia” respecto a los conceptos freudianos.

Ella se interesa por la potencia de la infancia en las zonas de lo impronunciable del lenguaje, de las primeras huellas del vivir donde anida la magia como valor de futuras creaciones y donde se asientan fragmentos imborrables de fragilidad como motor sublimatorio. Es un tema en el que se adentra con dedicación y lo define de una hermosa manera en “Mirada retrospectiva”. Escribe que la sublimación incluye una dotación importante de erotismo, que no se trata de ningún ascetismo: “Los que subliman son aquellos que aún en las más inhóspitas circunstancias conservan todavía el olfato para sus conexiones secretas con lo más remoto, como zahoríes que aún en el suelo más reseco perciben puntos manantiales”

En lo que leeremos a continuación, se apreciará un tránsito de su experiencia clínica con una niña pequeña. La forma inaugural de escuchar desafectada de encasillamientos y aventurada por dilucidar nuevos rumbos, crea una atmósfera de cercanía muy respetuosa de aquello que afectaba a la niña.



Compañera de sufrimiento

Crecí a la sombra de la amenaza del pozo ciego

Camila Pérez


El 28 de noviembre de 1917, Lou le pide por carta a Freud un “pequeño consejo”. Es acerca de una niña de 6 años, llevada por la madre, porque sufre de pavor nocturnus. La manera de referirse a su desorientación es: “Me encuentro como los bueyes junto a la montaña”

Relata que la niña no parece haber tenido dificultades hasta que dos años atrás había enfermado de escarlatina y como consecuencia hubo que operarla de otitis varias veces, a partir de lo cual cada noche gritaba desconsolada, sufría miedos y tenía llantos. Suponemos que se trataba de respuestas sufrientes a alguna inquietud incógnita que la acechaba. Asuntos no menores habían sido los excesos soportados: intervenciones médicas; una enfermedad doliente y febril, algunas operaciones en una zona delicada como la del oído y obviamente ninguna forma de lo que muchos años más tarde se configuró como trabajo prequirúrgico en la infancia con el valioso aporte al respecto en la Argentina de Arminda Aberastury.

Lou A. Salomé, sin embargo, hace una distinción acertada: ciertos sueños de angustia que tenía la niña, eran de un contenido divergente al pavor, pareciera ser, ligado a las operaciones. Allí en lo onírico circulaban reptiles, sapos, incendios, atentados, sangre y gusanos que subían reptando. Tenía miedo a ser robada y fantasías de ser raptada. Se levantaba pálida, absorta, afectada. Como un detalle al pasar, agrega que la niña es muy bella y la gente se lo dice. Como si recibiera de las miradas algo profuso para ella. Tenía por momentos también miedo de ser asesinada y a la muerte en general. No encontró en su vida impresiones reales o familiares que pudiesen afectarla especialmente y estén vinculadas con sus angustias.

Lou decide un camino personal. Se nombra como compañera de sufrimiento. Cuenta.: “Lo que pude extraer en materia de sueños, lo logré contándole que yo también gritaba y que íbamos a tratar de liberarnos mutuamente de ello”. 

Pareciera anticiparse a cierta zona donde Ferenczi postula lo que nombrará como análisis mutuo. Lou principalmente realiza una contribución a la práctica con infancias donde experiencias narrativas de la historia del analista muchas veces son incluidas con valor ficcional, lúdico, espejado. Le da una cobertura imaginaria de cierta paridad, al ofrecer un recuerdo personal.

En presencia de una compañera de sufrimiento fue que la niña pudo revelar por primera vez sus sueños. “Ahora nos escribimos mutuamente tarjetas en forma recíproca, en las que mediante cruces, rayas o dibujos ella me cuenta lo que ha gritado o soñado, y esa anticipación le quita inquietud”. La escritura de tarjetas también era una forma innovada y sensible del encuentro amoroso, creativo, garabateado. Allí radica, a su vez, para Lou un lenguaje secreto que puede inventar otras vías al temor y a la neblina.

Aun así, llamativamente le escribe a Freud, diciéndole que no observa que la cosa marche del todo. Le pregunta: ¿es posible con una niña emprender un análisis en profundidad?

Freud le devuelve una carta el día 4 de diciembre: “Donde hay humo allí también hay fuego (…) Es imposible que en la niña algo no haya determinado su pavor, ni sirve encerrar a la belleza en la torre”.

Escucha a la sexualidad infantil como eje de las variantes de la angustia. Según su lectura, la enfermedad le interrumpió un placer sexual autoerótico antes de dormir. Tiene la impresión de que los malestares físicos en la infancia muchas veces aparecen como castigos a faltas cometidas y despiertan culpa. Puede que la niña haya estado en alguna lucha con la masturbación. No dejan de ser hipótesis.  Agrega que lo importante son los destinos de la libido utilizada para el miedo y ligada a lo sexual.

De inmediato la elogia: “A la excelente terapeuta que ha sabido abrirse un acceso tan lindo se le han abierto dos caminos, esperar con paciencia confiada, o el camino más breve, decírselo, aunque diga que no”.

En una posdata acota un “consejo” interesante: “Pequeñas incongruencias entre su presunta hipótesis y la realidad en la niña, no causarán daño alguno”. Pero ¿de quién es la hipótesis?

Lou pulsa por seguir conversando, entonces envía otra carta. Le cuenta que en principio la niña no quiso escuchar su conjetura. Siempre competían, a la manera de un juego, acerca de quién podía gritar menos, y sin embargo esa vez no sucedió. Aunque en la sesión siguiente, se confesaron secretos.  Lou le dijo que quizá ella era de tocarse y que gritaba por ello pero que la verdad que no tenía mucha gravedad la cosa. Yo antes de la escarlatina también, dijo la niña, luego ya no.

La niña está mucho mejor. Sus padecimientos cedieron y entonces deja de concurrir. A Lou eso le da pena, porque le hubiese gustado seguir un trecho más entre dos.

Freud la felicitó por la curación de su “joven amiguita” y aseveró que el hecho de que se pusiera al nivel de la niña le resultó muy hábil terapéuticamente, seguramente operó una represión.

Podemos subrayar que esa paridad lúdica, ofició de un sitio donde bordear un abismo. Un borde sublimatorio, en palabras de Viviana Garaventa. Cartas, secretos, sensibilidades, interrogantes desde un lugar distanciado de saber anticipado.

Escribe Freud: “Encuentro conmovedora su comprensión de que el éxito finaliza las cosas. Se puede seguir, pero si hay aún algún sufrimiento…”

El asunto del síntoma en el análisis de infancias merecería otro extenso desarrollo. En principio, no basta con que lo que afecta ceda para dar por terminado el recorrido, pero es allí donde muchas veces se interrumpen o finalizan los encuentros.

Lou anhelaba continuar trabajando con la niña, contactarse con otras dimensiones donde la represión no sea el único móvil pulsional, pero no tensa las cosas. Se queda con sus interrogaciones. Hay experiencias que quizás le ocurrirán a la niña fuera de los encuentros analíticos: en la experiencia misma del vivir, la amistad, el transcurrir lúdico propio de la infancia, el mundo de la creación, del ensueño…


Mary Cassatt Niña sentada en un sofá ca. 1883 Grafito 22,1 × 14,8 cm
Mary Cassatt Niña sentada en un sofá ca. 1883 Grafito 22,1 × 14,8 cm


Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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