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Paradojas del aburrimiento / Arnaldo Bär

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 2 días
  • 5 Min. de lectura

D O S S I E R H A S T Í O S

  1. Todos los aburrimieintos. El aburrimiento

Según parece, hubo una época donde el aburrimiento era simplemente… aburrido.


En esa época, tenía mala prensa. Era algo malo. Un pecado, una amenaza al bienestar, un atentado al rendimiento. Hasta que vinieron al rescate los superhéroes (Nietzsche, Heidegger, Kierkegaard, Sartre, Barthes, Han, et al). Y entonces hubo que diferenciar al aburrimiento positivo del aburrimiento negativo, al superficial del profundo, al nauseoso del revelador, al texto de la obra, al situacional del esencial, al aburrimiento estático del aburrimiento que implica una contemplación serena que abre espacios de aguda reflexión…


Así, pues, el aburrimiento fue “extraído” de la inanidad y puesto en el sendero de la productividad, subjetiva, sí, pero productividad al fin…


(De todos modos, cabe hacer una distinción: quienes postulan el aburrimiento “profundo” como “el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia” (Benjamin), cuando se aburren escriben “El Ser y la Nada”, o “Ser y Tiempo”, o se ponen a garabatear “Así hablaba Zaratustra”, mientras que tipos como, digamos, yo, cuando se aburren van a ver a Banfield o escriben, digamos…esto)



  1. El aburrimiento en los tiempos de Netflix

Hoy en día no hay excusas para aburrirse. La radio transmite, en AM y en FM, programas noticiosos y programas musicales para todos los gustos. La televisión ofrece por lo menos 4 canales de aire. Para los que pueden pagar el cable, hay varios canales que transmiten 24 horas de noticias, cerca de 10 canales de deportes, innumerables canales de series y películas y varios canales religiosos. Para los que llegan a pagar una plataforma, hay todo tipo de películas, series, conciertos y deportes. Internet permite, desde la computadora o el celular, conectarse con todo el mundo en todo momento, visitar todos los sitios, acceder a todos los idiomas y todas las geografías, traspasar todos los límites, impunemente.


Sin embargo, esa abundancia puede convertirse en un “ruido” informe donde todo vale lo mismo, tanto la biblia como el calefón, donde no se puede discriminar lo relevante de lo accesorio, y, lo peor de todo, donde esa discriminación no le importa a nadie…


Pero en esa (sobre)abundancia de pasatiempos, más o menos interesantes, más o menos importantes, el aburrimiento, que supuestamente no tiene lugar, encuentra la forma de manifestarse, no a través de los intersticios sino como resultado propio de esa indiscriminación global, como efecto (¿buscado?) de ese muro sólido de estímulos “entretenidos”.


Tanta diversión, aburre



  1. El interés del aburrimiento

Lo interesante es lo contrario de lo aburrido. Sentir interés por algo aleja al individuo del aburrimiento. Las situaciones aburridas son motivo de rechazo y se ambicionan las situaciones interesantes: las primeras son rutinarias, previsibles, monótonas y repetitivas; las segundas novedosas, dinámicas, sorprendentes e inciertas. Las primeras propician la inmovilidad y el estancamiento y las segundas el movimiento y la creación. Entonces… ¿Por qué los chinos – o los occidentales disfrazados de chinos - maldicen deseando “que te toquen tiempos interesantes”?...


Porque los tiempos interesantes, para serlo, son también intensos, imprevisibles, caóticos, peligrosos… El interés es proporcional al desorden y cuanto más desordenada la situación/el mundo, menos posible la ilusión de control.


El aburrido se aburre, pero, como contrapartida, imagina que todo está bajo (su) control, aunque ese control lo aplaste.



  1. El aburrimiento (no) se elige

¿Por qué alguien – o muchos – “eligen” aburrirse?


¿Por qué alguien puede elegir, o soportar, instalarse en un momento en que “no pasa nada”, o lo que pasa no le alcanza?… Es verdad que ahí no hay diversión, no hay creación ni creatividad, no hay emociones fuertes, no hay movimientos, no hay cambios en las posiciones subjetivas, no hay riesgos, no hay sonidos, no hay furias…


¡Eureka! Por eso.



  1. La política del aburrimiento y el aburrimiento de la política

Los argentinos tenemos sobrada experiencia con los políticos aburridos. El más notorio – sin dudas: no el único – fue presidente haciendo campaña con esa condición. Y terminó su presidencia de modo por demás “interesante”: con un corralito, un corralón y más de 40 muertos en la plaza, huyendo en helicóptero en una escena que envidiaría más de una divertida película de acción, una mala comedia de enredos… o una tragedia.


Hubo quien prometió un país “normal” (¿aburrido?) y en pos de ese objetivo conmovió algunos de los cimientos de la sociedad.


Y también algún payaso grotesco que logró el interés y los votos de la gente que estaba aburrida de los susurros del estar simplemente mal y prefirió los gritos del estar angustiosamente peor.



  1. El cielo y el infierno del aburrimiento

No es novedad: el paraíso, en su inmensa pureza, es la expresión más canónica del aburrimiento, mientras el infierno, con su tremendo dolor y su drama, es la expresión más diabólica (obvio) de la diversión.


En definitiva, parece que la humanidad solo puede elegir, para la eternidad, entre lo malo y lo peor… Al aburrido le pasa lo mismo.


(Por otro lado, el tiempo puede ser cruel y sin duda es letal, pero nunca es aburrido.)



  1. No se aburre el que quiere sino el que puede

No se aburre cualquiera. Para aburrirse hay que tener tiempo y disposición, hay que estar habilitado. No es sencillo aburrirse cuando uno está abrumado por el trabajo y/o perseguido por la situación económica. De ahí que alguna vez se consideró que el aburrimiento era un “lujo burgués”, algo propio solo de las clases altas, las bien acomodadas.


Aunque exagerado, algo de eso suena razonable. Quizás la diferencia entre el aburrimiento y la angustia pasa por el confort: el que se aburre suele sentarse en esos sillones tan cómodos, tan blandos, en los que uno se hunde tanto que después resulta muy difícil pararse…



  1. Aburrimiento no rima con movimiento

Es habitual que se utilice a la imagen del desierto como alegoría del aburrimiento. Un terreno donde nada crece, donde no hay frutos para recoger ni agua para calmar la sed o refrescarse. Allí no se avanza ni se retrocede, no hay rutas ni norte: el aburrido se percibe inmóvil no importa cuánto se mueva.


Sin embargo, quienes han insistido en discriminar un aburrimiento “profundo” lo que intentan es establecer fronteras a ese territorio desierto, una posible delimitación, un camino que lo atraviese.


En rigor, discriminan entre quienes se quedan quietos, instalados en ese espacio inerte, vacío, y quienes lo atraviesan y se dirigen a otros territorios más fértiles, en un “éxodo” que puede ser duro, pero nunca deja de ser promisorio.


Habría que reflexionar sobre el vínculo contradictorio entre la esperanza y el aburrimiento.



  1. El aburrimiento y Pablito

Cuando mi hijo Pablo era un nene de 4 o 5 años, me enseñó todo lo que pude aprender en mi vida y mi profesión sobre el deseo. Él estaba aburrido y yo estaba aburrido de su aburrimiento. Entonces caminamos juntos hasta un quiosco que estaba a pocos metros, en la esquina de nuestra casa de Almagro. Allí nos paramos y Pablito, frente a la góndola, repleta de golosinas y galletitas de diversos tamaños y colores, serio, concentrado, casi solemne, se interrogó en voz alta. Dijo: “A ver qué quiero querer…”


Entonces entendí: el deseo no es el cazador astuto y adrenalínico en busca de su presa: es la presa. El sujeto, me imagino, camina libre y sin rumbo por la sabana (¿sin acento en la a?) hasta que un león, un tigre o un chocolatín, lo toma del cuello o de los huevos, y lo captura.


El aburrimiento sucede cuando el sujeto deja de jugar el juego, cuando se retira, cuando se asegura de no correr ningún riesgo.


En definitiva: se aburre el que no es capaz de soportar el interrogante, el que ya no se para frente al quiosco de la vida a ver lo que quiere querer…   


Mojo (n. 1991) Negociar al tiempo, 2025 Vidrio soplado, arenado y madera cortada con CNC 74 × 146 × 14 cm
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Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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