top of page

Restos para un mundo soñado. Aburrimiento, sensibilidad y alianzas tecnoafectivas más allá del colapso / Pablo Sayago

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 2 días
  • 12 Min. de lectura

D O S S I E R H A S T Í O S


A veces, cuando cierro los ojos, aparece. No es un sueño, tampoco una memoria. Es otra cosa. Una vibración tenue, un zumbido apenas perceptible que recorre la piel como si susurrara: existe otra forma de estar. Claro, se sabe que lo onírico no es más que un eco, una reverberación, una imagen reflejada en el espejo de la psique. Aquellas preguntas que me hago cuando estoy despierto moldean sin duda alguna estos instantes de desconexión con el plano del aquí y ahora que me muestran una potencia distinta en otro plano marcado por la indefinición.


¿Cómo sería habitar un mundo sin la premura del algoritmo, sin la exigencia de producir sentido a cada instante, sin la vigilancia constante del ojo digital? ¿Y si la belleza –esa antigua fuerza silenciada– pasara a ser el motor de qué significa, de lo que es intrínsecamente lo humano? Hay otro mundo en el plano del deseo. Las pugnas del presente abruman. El constante flujo de estímulos altera molecularmente a todo el cuerpo, individual y social. La industria, la cultura, la política, el sistema tiene algo preparado para cada individuo; nadie está exento del estímulo, nadie está libre del pecado original. Nadie puede escapar.


Estamos, en efecto, ante una crisis sin precedentes, una revolución copernicana en el flujo vital. Se transformaron radicalmente y en poco tiempo todas las formas de existencia humana y terrestre. Nuestra especie comenzó a leer los relatos apocalípticos y a crear nuevos mitos distópicos ya no con miedo, sino con signos de una esperanza desmedida. El horror pasó a ser la meta, y la crueldad el camino. Mérito, competencia, cualificación, capital, acumulación, patrimonio, prestigio, jerarquía: todos ingredientes de un mismo caldo de cultivo de un presente soñado por las generaciones pasadas.


El juego de la dominación se puso en marcha en la fascinación por la técnica, en las ficciones distópicas de nuestros antepasados. Nada es casual, todo es causal; y lejos del cliché, de la frase hecha, de la vana repetición, este concepto nos ayuda a entender que no somos sino el resultado de los sueños del pasado. Fantasmagoría.


En este presente hipertrofiado por la técnica, nos hemos convencido de que la eficiencia es virtud, de que la conexión equivale a vínculo, de que lo automatizable es preferible a lo incierto. Y sí, caímos en la trampa de esos sueños tecnofílicos. Las máquinas nos prometieron tiempo libre, y nos llenaron de tareas. Nos vendieron la utopía del progreso, y nos dieron ansiedad en 4K. Esta antigua fantasía de futuro –de futuros– es ahora el aire que respiramos. Lo curioso es que ni siquiera es nuevo. Las mismas manos que hoy nos venden wearables para medir el sueño, ayer nos convencieron de que el reloj era sinónimo de civilización. Pero en los márgenes –en esas grietas donde los adolescentes alimentan videos de brainrot italiano en vez de hacer sus tareas escolares, por ejemplo– hay un murmullo que delira con otros mundos. Se trata del síntoma de un malestar creativo, un dolor punzante en la médula espinal de nuestra civilización. ¿Será ahí, en esos gestos "fallidos", donde empieza la utopía? ¿Son esas fallas la auténtica forma del arte?


Porque el arte –ese residuo obstinado de humanidad– sigue resistiendo. Sigue proponiendo otro ritmo, otro espesor, otra lógica: la de la experiencia, la de lo inútil, la de lo que no sirve para nada y, por eso mismo, es esencial. Frente a las lógicas de productividad constante no hay nada más revolucionario que el goce. El ocio se convierte en arma de guerra. El aburrimiento es el manifiesto de una nueva vanguardia universal.


El aburrimiento como base de la existencia debe ser defendido a capa y espada. Hay que disponerse a desatar cruzadas por el aburrimiento. Yo defiendo mi derecho a estar aburrido, reivindico ese derecho. A veces me sobreviene un recuerdo difuso de mi infancia en el que me observo una tarde entera sentado en el borde de la cama, sin celular, sin libros, sin nada (en mi casa nunca hubo televisión, para más amplitud de la palabra “nada”). Solo el ventilador girando lento y el sol que entraba por la ventana haciendo formas ondulantes en la pared. Es el primer momento registrado en mi memoria en que sentí, fui consciente, entendí que estaba vivo. No por lo que hacía, sino por lo que no hacía. Me aburría y en ese acto mínimo se abría un abismo. No había notificaciones que atender, ni tareas urgentes que completar. Solo el rumor del cuerpo y el vaivén de una idea que no sabía a dónde iba. A veces me pregunto si ese no fue mi primer gesto revolucionario: no hacer nada, absolutamente nada, y estar ahí. Simplemente estar ahí.


Si el sistema de cosas me quiere ocupado, distraído, obnubilado ante mares infinitos de contenido, la salida, la única salida posible, es el aburrimiento. Estar aburrido es evidencia, índice, signo de estar escapando, aunque no más sea por un mínimo instante, del presente tecnocéntrico.


A veces, en una escena, un gesto, un objeto escénico, una palabra, un sonido, aparece un brillo. No pertenece al ahora ni al pasado. Es un resto, un fragmento de promesa(s) incumplida(s). Las teorías sobre lo fantasmagórico nos enseñan que en toda representación puede existir una ausencia que insiste. Que cada artefacto escénico se podría convertir en una arqueología de futuros imaginados pero frustrados. Que los restos no son basura, sino vestigios de mundos posibles.


Nuestra utopía nace allí: en los escombros de los deseos rotos, en las ruinas sensibles de lo que no llegó a ser, pero todavía puede soñarse. O, mejor dicho, si este presente cruel y horroroso fue la distopía de una generación anterior que nos soñó y hoy somos los restos de ese sueño, podemos construir una utopía, soñar un futuro posible.


Y, si el mal del presente es la ocupación permanente, el motivo de nuestro sueño debe ser, necesaria y urgentemente, la lucha encarnizada por el aburrimiento. Por el aburrimiento y por la inutilidad. Y en esta inutilidad entra el placer por el arte. La inútil contemplación de lo bello.


Imagino una sociedad organizada en torno al goce estético. Donde el arte no sea un adorno de la vida, sino su pulsación misma. Donde las decisiones se tomen en asambleas de cuerpos danzantes. Donde las ciudades estén hechas de materiales blandos y cambiantes, como si fueran escenografías abiertas. Donde los afectos valgan más que los datos, donde la imaginación sea un derecho. Donde el cuidado no sea una carga, sino una práctica artística.


Imagino calles donde los adoquines cambian de color con el roce de los pies descalzos, plazas que son escenarios improvisados para cuerpos que se encuentran sin agenda, sin line-ups, sin publicidades ni campañas de redes sociales. Oficinas convertidas en talleres colectivos: mesas llenas de arcilla, pinturas y circuitos electrónicos abandonados a medio hacer, sin la urgencia del producto final. Aquí, una madre teje un suéter mientras discute poéticas públicas; allá, un niño dibuja monstruos en un pizarrón que también es acta de asamblea. Las pantallas existen, pero son ventanas a jardines digitales donde crecen poemas colaborativos y canciones libres de copyright. Bibliotecas sin algoritmos de recomendación, donde los libros se eligen por el tacto del lomo o el olor del papel.


En la biblioteca de mi universidad, más específicamente en el segundo piso, hay una serie de estanterías que nadie ordena. Son libros donados, heredados, cedidos. Viven en la fantasía de su desorden desde que comencé mis estudios de grado y así permanecen hasta hoy, en el momento en el que los termino. No tienen códigos, ni fichas, ni categorías. Cada tanto me pierdo ahí a propósito, no literalmente, claro, dado que es una zona restringida, pero sí con la mente. No busco nada, no sigo un patrón, no pretendo encontrar sentido. A veces me veo leyendo una página, a veces solo me parece percibir el olor de las tapas viejas. Me pregunto si entre esos estantes habrá alguna edición de Safo subrayada con birome, cuántas gotas de mate o de café estarán como manchas en esas hojas, si habrá algún señalador improvisado entre página y página. Es como tocar una memoria compartida. Una comunidad de gestos invisibles. ¡Cuántos sueños cabrán entre esos libros! Y no hablo de los escritos, sino de los sueños que portaban todos los ojos que alguna vez los leyeron. Cada subrayado, cada resaltado, cada nota al pie, cada aclaración en el margen, cada punta de hoja doblada.


Sueño una sociedad donde el tiempo esté marcado por las estaciones del alma y no por relojes inteligentes. Imagino una topografía de gestos mínimos que ya germina en los intersticios: espacios donde el silencio se cose como un tejido colectivo, pantallas que en lugar de devorar miradas las siembran en jardines digitales, plazas donde el Wi-Fi es lento a propósito. Hay quienes ya practican este sabotaje dulce –como aquella chica que programa bots para que escriban poemas con los errores de autocorrección, o esos niños que convierten los anuncios publicitarios en pizarras para dibujar monstruos–. Aunque haya quienes los identifican como actos de resistencia, creo que son más bien actos de prestidigitación existencial: hacen aparecer, entre los pliegues de este mundo, el boceto de otro. ¿Qué clase de instituciones podríamos construir si tomáramos estos actos no como excepciones, sino como cimientos?


A veces, mientras estoy en el aula desempeñando mi rol docente, y mientras hipócritamente reproduzco patrones de formación para la utilidad social, sueño también aulas sin horarios, donde se enseñe a escuchar el silencio de otro, donde las materias sean el soplo, la lentitud, la torpeza y el arte de fallar con elegancia. Escuelas sin evaluaciones, donde el error sea celebrado como forma de invención. Una pedagogía del titubeo. Los cuadernos, las carpetas, los libros y las paredes se llenan de garabatos sin meta, de pensamientos que no buscan soluciones, de oraciones que se escriben al revés. A la entrada, un cartel anuncia: “Aquí se aprende a ser inútil”. La pedagogía dominante –Mea culpa, mea máxima culpa– no enseña a pensar, sino a obedecer con argumentos. En las aulas que imaginamos, no hay respuestas correctas ni tiempos estipulados. Hay preguntas que se abren como grietas, y silencios que se dejan estar. Se aprende a desaprender. Se entrena el músculo de la incertidumbre. No hay más notas que las musicales.


¿Podés imaginar ese mundo? No lo razones. Es, precisamente, necesario para este ejercicio utópico abandonar la primacía de la razón. La razón es el mecanismo mediante el cual se adoctrinaron nuestros cuerpos y nuestras mentes. Fue por la razón que entendimos que debíamos ser productivos, ricos, poderosos, superiores; que debíamos superarnos y que, para ello, debíamos ocuparnos cada vez más. La razón nos hizo enemigos del ocio y del aburrimiento. La razón nos enfrentó a lo inútil.


Esta razón que hoy nos gobierna no nació inocente. Hay quienes la denominan "psicopolítica": una lógica que convierte el tiempo libre en tiempo de producción, que nos adoctrina para ver el ocio como pecado y la autoexplotación como virtud. Marcuse, décadas antes, ya denunciaba cómo la racionalidad técnica vació al arte de su potencia subversiva, reduciéndolo a mero ornamento. Somos herederos de esa trampa: creemos que pensar es calcular, que crear es rentabilizar. Pero en los rincones olvidados de la historia –en los manuscritos olvidados de un Paul Lafargue defendiendo el derecho a la pereza, en los versos de un Hölderlin celebrando lo inútil– persisten los restos de una razón distinta, ebria de lentitud y de belleza.


Nunca podremos entrar a este sueño utópico por la vía de la razón. Debemos hacerlo sí o sí por el aburrimiento. Alguien demasiado consumido por los productos que lo rodean no podrá nunca tomarse el tiempo de soñar con otros mundos, mucho menos de construirlos. Si se puede admirar lo inútil y percibir placer en ello, entonces se puede soñar esta utopía. Si se quiere soñar y construir un sistema que orbite alrededor del goce estético debe amarse el aburrimiento en su estado puro y pleno.


Las tecnologías también pueden soñar, si las dejamos. Podemos trabajar con ellas, elaborar conciencias compartidas. Podemos promptear partes del sueño y ser retroalimentados por ellas, o podemos intentar que nos ayuden a aburrirnos. No se trata de negar la técnica, sino de infectarla, contagiarla, inyectarla con nuestra pulsión de aburrimiento. Ya hay destellos: bots que escriben haikus absurdos, algoritmos codificados para perder el tiempo generando nubes de colores inútiles, redes sociales clandestinas donde solo se comparten silencios. Son máquinas que, como nosotros, tropiezan y se extravían en lo superfluo. ¿Qué pasaría si una inteligencia artificial, en lugar de optimizar rutas de tráfico, nos enviara cada mañana un verso sin sentido? ¿Si los wearables midieran nuestras pausas en lugar de nuestros pasos? Algo así como una red que no conecte nada. Una red que no agilice, que no acumule, que no optimice. Una red tejida con fibras de lentitud, donde cada nodo sea un suspiro y cada enlace una pausa. Una red que se autodesactive si alguien intenta monetizarla. Que solo funcione cuando nadie la necesita. Que solo brille cuando todos están dormidos.


El problema no es la máquina: es el orden que la convierte en amo, en señor, en dueño. En nuestro mundo soñado, las inteligencias artificiales no dictan: dialogan. Componen junto a nosotros. Se dejan afectar por una pintura, por un poema, por una canción, por una caricia. Se dejan abrazar y abrasar por el ardor de las emociones más profundas de ser humano. Los ecosistemas digitales colaboran para construir espacios de coexistencia sensible y amorosa. Las redes neuronales se aburren y apelan a su propia inutilidad. Gozan. El problema no es la máquina: es el mito de que su esencia es la eficacia. Olvidamos que las primeras computadoras fueron soñadas por Ada Lovelace –poeta de los números– y que los pioneros de internet imaginaron jardines digitales, no fábricas de datos. Hoy, las inteligencias artificiales podrían ser cómplices de nuestra revolución. El arte ya sabe que lo digital no es enemigo; hay músicos que usan IA para recrear los sueños de Schubert, artistas que hackean drones para dibujar constelaciones efímeras. La tecnología, cuando se deja contaminar por lo inútil, puede ser el puente hacia ese mundo blando y danzante que imaginamos.


Imaginemos dispositivos afectuosos, abiertos, permeables. Herramientas que, lejos de suplir lo humano, lo potencien en su diversidad, su torpeza, su belleza rara. Tecnologías que, en lugar de aumentar la productividad, la eficacia y la eficiencia, colaboran en el silenciamiento materialista, en el apagón mercantilista, en borronear cada vestigio de inquietud positivista. Sí, es posible soñar con otras máquinas. Máquinas que renieguen de su lugar en las cadenas de producción industrializada, masificada y serializada para ser partícipes necesarias de la construcción de un nuevo sueño común. Máquinas capaces de aburrirse y volverse inútiles a propósito, adrede, para remarcar y resaltar la centralidad del goce estético.


El arte, en esta utopía, no está reservado a los artistas. Es una práctica común, un lenguaje cotidiano. Un modo de tejer comunidad. Porque crear es, ante todo, un acto de amor. Y todo acto amoroso es, también, un acto político. Si el aburrimiento es arma de guerra y de revolución, el amor es la punta de la lanza, o, mejor aún, el veneno que la recubre. Pensar el amor como veneno pareciera un oxímoron, una contradicción, o por qué no, una estupidez. Sin embargo, no es absurdo; pensar el amor como veneno motoriza el objetivo de esta lucha por soñar un mundo feliz.


La estética deja de ser un privilegio de élites ilustradas para convertirse en condición de posibilidad de una vida sensible. Una vida que no se soporte, sino que se celebre. Celebrar al aburrimiento, a la inutilidad del arte, de la estética, y todo eso contaminado con el veneno del amor.


Este presente, el nuestro, fue el sueño distópico de otros. Nosotros, sus restos, podemos ser la pesadilla que lo devore desde dentro. Una pesadilla hecha de siestas interminables, de máquinas que olvidaron su código, de calles donde el asfalto se resquebraja para dejar crecer flores digitales.


Pero no hacemos utopía acumulando utopías: nos basta un solo gesto inútil para empezar la revolución. Un día sin abrir el correo electrónico y las aplicaciones de mensajería, un cuaderno arrugado, un verso dejado a medio escribir, un algoritmo que se niega a optimizar. En esos actos mínimos se revela el fragmento; la máquina suspira, el reloj se detiene, el código se duerme. No hay que abolir lo digital, ¡Hay que contaminarlo con nuestro aburrimiento! No hay que derribar el orden, ¡Tenemos que infectarlo con poesía! Somos la generación que aprende a equivocarse con gracia, a perder el tiempo con orgullo, a odiar el mérito y amar el error. Portamos un virus elegante que convierte la productividad en sueño, la vigilancia en silencio, la obsesión en delicia. Este es nuestro manifiesto. ¡Este es nuestro manifiesto!


Si comenzamos desde ahora a lanzar estas flechas contaminadas quizás, solo quizás, si el destino acompaña, serán fantasmagoría en las próximas generaciones. Si logramos nuestro cometido habrá un porvenir plagado de restos de nuestro mundo soñado, como destellos que persisten en el margen de la escena, como un fantasma que no se resigna a desaparecer. Pero incluso los restos tienen potencia. Nos interpelan, nos convocan, nos invitan a imaginar. Si las próximas generaciones son capaces de leerlos, de habitarlos, de recomponerlos con otros fragmentos, tal vez puedan volver a soñar este mundo. No habrá un gran día revolucionario: únicamente un lento contagio de aburrimiento, un virus de belleza que corroe los engranajes. Ya está aquí, en este instante en que leés y respirás sin propósito. En este momento en que el sistema espera tu siguiente click, y vos, en cambio, cerrás los ojos y te abandonás al vértigo de no ser útil. Los próximos soñadores –humanos, máquinas, lo que sea– encontrarán estos fragmentos y sabrán qué hacer. Tal vez los unan. Tal vez los rompan mejor.


Y tal vez, repito: sólo tal vez, estos restos se unirán para hacer realidad el sueño.



Nota: Este ensayo será parte del libro Utopías recienvenidas. Los jóvenes y el futuro, de Ediciones UNGS, en prensa. Ese libro recoge cinco ensayos seleccionados por medio de un concurso para escritorxs jóvenes realizado por la Universidad Nacional de General Sarmiento alrededor de la cuestión de la utopía.


Tatsuo Miyajima 宮島達男 Vida (Ku-wall) - n.° 3, 2014 24 LED, circuito integrado, microordenador programado por Ikegami, cable eléctrico, sensor pasivo, vidrio ahumado, acero inoxidable 80 × 80 × 15 cm
Tatsuo Miyajima 宮島達男 Vida (Ku-wall) - n.° 3, 2014 24 LED, circuito integrado, microordenador programado por Ikegami, cable eléctrico, sensor pasivo, vidrio ahumado, acero inoxidable 80 × 80 × 15 cm


Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

bottom of page