• Revista Adynata

Sesiones en el naufragio (4) Desmentidas / Marcelo Percia

El sentido común, en su ciega obstinación, se empecina en reclamar: “¡Queremos nuestra vida normal!”.


No sabe ni puede vivir sin esa normalidad, defiende sus hábitos y privilegios queridos, aunque esté a la vista que, así, está matando la vida.

¿Cómo ocurre que, en condiciones de pánico e indefensión, una comunidad desee lo que la daña y se resista a lo que la protege?

¿Cómo se llega a desconocer lo que se conoce? ¿Cómo se sostiene lo que destruye?


Ante lo insoportable se activan defensas.

Freud nombra diferentes modalidades de protección.

Menciono cuatro en su lengua, poniendo entre paréntesis la traducción de José Luis Etcheverry: Verdrängung (represión), Verneinung (negación), Verleugnung (desmentida), Verwerfung (desestimación).

Palabras que concentran abundancias, matices y connotaciones, que en las equivalencias posibles en castellano se pierden.

Pero, más allá de las finas y delicadas distinciones que merecen, todas tienen en común servir para la no aceptación de algo.

Freud (1927) decide emplear la idea de desmentida en su artículo Fetichismo para describir una argucia que consiste en no ver lo que se está viendo.

Alternativa defensiva que muchas veces se confunde y superpone con la represión, la negación, la desestimación.


Una lacerante fórmula política de desmentida en la Argentina dice así: “Cierto: hubo desaparecidos, pero no fueron treinta mil”.

El “fueron menos” confirma las desapariciones, a la vez que, al solicitar constatar el número, aparta la vista del horror. La solicitud de evidencia siempre hiere a las víctimas.

Desmentidas no desconocen la realidad, saben que eso que se llama realidad consiste en una imposición enunciativa.

Desmentidas realizan simulacros de reconocimiento de la muerte para seguir desconociéndola.

Desmentidas no niegan lo percibido, tratan de que la percepción dude de sí misma. Hasta que se sienta culpable de su cruda mirada.

Desmentidas no niegan la muerte, intentan confundirla y confinarla en donde no perturbe.


Desmentidas admiten lo que segundos después desdeñan.

Desmentidas emplean el poder de enunciación para violentar y desconcertar la percepción.

Desmentidas sobreactúan el reconocimiento en lugar de negar, reprimir, desestimar.

Desmentidas introducen paradojas que desquician.

Desmentidas emplean conectores adversativos y opositivos que despellejan la piel mientras declaran querer sanarla.

Comienzan diciendo: “Desde ya…”, “No ignoramos…”, “Sabemos muy bien…”, “Es innegable…”, “No desconocemos…”.

Pero, de inmediato deslizan una idea que contrasta, contradice, pone en duda, debilita, se opone, a la anterior: “Sin embargo…”, “Aun así…”, “A pesar de…”, “No obstante…”, “Empero…”.

Octave Mannoni (1963) condensa en una conocida fórmula las artimañas de las desmentidas: “ya lo sé, pero aun así...”.


Argumentos de las desmentidas razonan de esta forma: “Asistimos a una extrema terriblez, pero están sucediendo o podrían ocurrir cosas peores”.

Desmentidas practican la distracción. Concitan la atención en otros asuntos para igualarlos con emergencias que, dicen, no quieren negar.

Desmentidas se muestran afectadas por inconcebibles desgracias, pero las minimizan señalando contradicciones, impericias, equivocaciones, otros peligros; hasta terminar dudando sobre confiabilidad de quienes las sufren.

Desmentidas se escandalizan ante lo atroz, pero -al mismo tiempo- solicitan, para asegurarse de lo que está pasando, evidencias.

Desmentidas demandan certezas que funcionen como pruebas de lo mismo que comienzan admitiendo que no necesita pruebas.

Desmentidas operan invirtiendo la crueldad. Ante insistentes y repetidas denuncias de violación, preguntan con una fingida ingenuidad: “¿Es cierto que se está pensando en castrar a los varones?”.


Fuente: Este texto fue publicado con el título: “Políticas de las desmentidas” en la La Tecl@ Eñe Revista de Cultura y Política, 23 de abril 2021.




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