Tiempo de aburrirse / María Pía López
- Revista Adynata

- hace 2 días
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D O S S I E R H A S T Í O S
¡Qué problema es el tiempo! Se escurre entre los dedos, inadvertido, o se convierten los minutos en yunque que no se puede arrastrar de tan pesado. Nadie podrá decir lo que puede arrastrarse una hora, que puede ser instante o eternidad. La lentitud, la detención, no suele estar asociada a sentimientos placenteros, que son más bien los que aparecen cuando el tiempo vuela. ¿Quién no esperó un colectivo o un turno médico o un trámite bancario, durante una eternidad, quizás una de media hora de acuerdo al reloj, pero tramada en gravoso tedio que hizo detener, una y otra vez, las agujas?
Para evitar eso, existen distracciones, entretenimientos, placebos para olvidar lo moroso que nos acecha. Nuestras vidas, las de las mayorías, suelen ser al mismo tiempo, digitales y físicas, virtuales y materiales. En el orden de la materia está la lentitud; en el mundo digital, una velocidad que parece infinita. Trasladarse de un lugar a otro para dar clases o trabajar o ir al cine puede llevar mucho tiempo; encontrar unos videos en la web, un deslizar rápido por la pantalla. Hay algo en la experiencia que requiere ese pasaje por lo moroso, la percepción de un cambio de estado, una atención específica. La vida digital es otro ajetreo, en el que quizás la velocidad de lo que se nos presenta encubre lo mucho de idéntico, el fondo semejante de las cosas.
Se contrapuntean dos estados: aburrimiento y entretenimiento. Son opuestos, como si uno llevara a considerar la detención del tiempo que no pasa y lo otro hacer pasar el tiempo. Theodor Adorno y Max Horkheimer, en Dialéctica del iluminismo, consideran que la industria cultural enmascara su potencia de configuración ideológica bajo la presunta liviandad del entretenimiento. Se propone mera diversión. Para los filósofos, se trata de una colonización del tiempo libre, convertido en objeto de un tipo de mercantilización que tiene su plusvalía simbólica. Dos décadas después, Guy Debord consideraba en La sociedad del espectáculo la relación entre el fetichismo de la mercancía y los modos en que se organiza y presenta el consumo cultural. El entretenimiento, en la larga tradición de la teoría crítica, es sospechado de ser un camello escondedor, capaz de trasegar en sus jorobas núcleos de conformismo y aceptación de un orden desigual.
Todas estas cuestiones se complicaron o profundizaron con el desarrollo de tecnologías que ponen el entretenimiento al alcance de un dedo. Ya no es el cine de Hollywood que preocupaba a los alemanes exiliados por su formato serial y repetitivo; ya no es la televisión que entra a los hogares con horarios determinados; es el smartphone en el que se suceden desde las noticias escalofriantes hasta los memes risueños. Con una indistinción de nuevo tipo entre verdad y ficción, que vuelve a las noticias sobre un genocidio algo tan inverosímil como las riñas entre personajes del espectáculo o vínculos imposibles entre animales de distintas especies, creados por tecnologías de inteligencia artificial.
Entretenimiento es un pasar el tiempo, organizado por unas empresas que estructuran el formato al cual se adecuan los llamados “productores de contenido”. Nosotres mismes.
La Yihad contra las corporaciones de la distracción (YCCD) es un colectivo que construye una serie de intervenciones, sin autoría individual, para denunciar o esquivar esas lógicas del entretenimiento. Abandonar las redes (a) sociales, dejar los móviles, conversar. En una actividad en la que desplegaron una performance activista, propusieron que compartamos el aburrimiento durante unos minutos. Aburrirnos juntes durante dos o cinco minutos. Tarda en pasar el tiempo cuando nos situamos en esa contemplación o en ese estar sin objeto. El gesto tiene aspectos económicos y políticos, porque nuestra distracción programada por un conjunto de empresas genera pingües ganancias. Las empresas más exitosas, desde la pandemia para acá, son las corporaciones que administran el entretenimiento. Más distraídos, más productivos.
Nada de tiempo libre en el antiguo sentido -el tiempo no laboral, desvinculado de la producción-, porque ese tiempo es monetizable, generador de ganancias, convertible en dinero. Algo de la aceleración jadeante existe en el dedo que pasa escrolleando, en el conteo de adhesiones y me gusta, en el seguimiento de las cotizaciones de una moneda virtual, y más aún, en las apuestas en línea. Jadeo y pantallas, liberación de químicos neuronales, ataduras y servidumbres de nuevo tipo. En Silicon Valley definen con precisión cuántos segundos de espera se requieren para que sea más satisfactorio el hallazgo de lo buscado. Los segundos necesarios para no llegar a aburrirse.
El aburrimiento es lo que hay que esquivar, para que nadie se desenganche. De allí que la YCCD llame a aburrirse, a encontrar en ese gesto una pequeña resistencia.
Nos enseñan a temer el aburrimiento y sin embargo cunde el tedio vital. El cansancio de vivir, un desapego que en sus instancias más extremas supone la supresión del sujeto. No sabemos por qué las personas se suicidan, aunque ese haya sido uno de los problemas más interesantes tratados por la sociología en sus orígenes. Lo que sí sabemos es que, en los últimos años, en Argentina, las estadísticas muestran un aumento considerable de suicidios. La mayoría son jóvenes varones, entre 15 y 29 años.
Una secuencia llamó especialmente la atención: en dos meses se suicidaron cinco jóvenes enrolados en las fuerzas de seguridad. Muchachos armados por el Estado, que dirigen las armas contra sí. Se suceden las hipótesis: malos salarios, deudas, desazón. Por otro lado, algunos otros suicidios en 2025: mujeres que matan a sus hijos y luego se suicidan. Dos de ellas, hasta donde se sabe, inmolaron a sus hijos con autismo. Cansancio, hartazgo, imposibilidad de sostener los cuidados privatizados, que recaen en esos cuerpos maternos.
El suicidio es síntoma, realización final de un desapego. Tiene algo de decisión soberana y algo de abandono a fuerzas incontroladas, las de la tristeza, el miedo, la depresión. Quizás la eficacia de las corporaciones de la distracción es que nos permiten tolerar o hacer silente ese tedio. El aburrimiento, pienso, podría ser la serenidad de ese tiempo moroso que exige considerar el tedio, no soslayarlo.
Aburrirse para detenerse en un lugar y en la duración de una experiencia.
Si el aburrimiento es un estado en relación al tiempo, a su pasar, al modo en que lo pasamos; el tedio está más vinculado al desapego, al cansancio con lo que hay. ¿Habrá tedio de vivir de estos modos en el acto de suicidio? ¿o más bien será imposibilidad de seguir viviendo así, como parece suceder en los casos de las madres cuidadoras o de los muchachos endeudados? ¿Se pueden leer esas decisiones de ausentarse definitivamente, esas interrupciones mayúsculas, como síntoma de las fragilidades del lazo social? ¿Qué dicen cuando ya no pueden hablar? ¿En qué tejidos de otras palabras, otros hartazgos, otras interrupciones se sitúan? ¿Se puede escuchar el grito cuando es mudo o tiene el sonido de un balazo o el ahogo de una cuerda o el filo de un cuchillo?
El entretenimiento es la invocación a pasar el tiempo sin la pesadez de sus lentitudes, por eso declara el aburrimiento como el enemigo de la vida. Habría que pensar contra él, contra las máquinas del entretenimiento y las corporaciones de la distracción, para comprender lo que mantiene impensado, ese tedio de fondo, teñido de hartazgo o convertido en desazón. Puede ser, como dice Marcelo Percia, que sea hastío de vivir así, y ese hastío es combustible de rebeliones, vitalidad explosiva y, a veces, resolución sacrificial. Quizás la morosidad del aburrimiento, ese tiempo reticente a pasar, pueda abrirse como respiración para comprender el hartazgo, el no querer, el no aguantar. Contra la épica del aguante, imaginar una ensoñación del aburrimiento. O una experiencia detenida, una rumia y un hartazgo del que es mejor no olvidarse.




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